Una región, todas las voces

¿Resurgirán los conflictos tras la pandemia?

Hacia fines de 2019 los jóvenes chilenos tomaron las calles durante varios días y la disputaron con vehemencia, pese a la fuerte represión de los carabineros. En diferentes países de la región se recrudecían protestas sociales que pese a estar enmarcadas en reivindicaciones específicas, compartían un profundo descontento con el orden de las cosas. En su mayoría estaban impulsadas por sectores sociales no tradicionales: los jóvenes de sectores populares y medios urbanos en Chile, o el movimiento indígena en Ecuador.

En Chile, el motivo de las reivindicaciones era el hartazgo con el injusto sistema económico mantenido desde el pinochetismo y con un modelo societal estructurado en torno a la mercantilización de todas las prestaciones sociales. En Ecuador la protesta se articuló en contra del plan de ajuste del gobierno de Lenin Moreno a instancias de una negociación de créditos con el Fondo Monetario Internacional (FMI).

Esos dos estallidos no fueron los únicos. En Perú se registraron protestas contra un sistema político, —especialmente el poder legislativo— corrupto, con vetos mutuos y al servicio de los intereses de la clase política. En Argentina organizaciones de desempleados y trabajadores precarizados protestaron contra el gobierno de Macri por la profundización de su, ya de por sí, desfavorable situación económica. Emergían conflictos también en Colombia a raíz de los Acuerdos de Paz, y en Bolivia por el fallido proceso electoral y la salida del país de Evo Morales.

El hartazgo de la sociedad latinoamericana

Más allá de las diferencias, lo cierto es que todos esos conflictos tenían características comunes. Desde protestas contra el status quo o rechazo a matrices sociales muy desiguales, al odio hacia los negociados y enriquecimientos de las élites, y el aislamiento de las mismas con respecto a la sociedad. Los manifestantes también guardaban ciertas características comunes: jóvenes pertenecientes a sectores medios y populares excluidos de la economía formal y sujetos de la represión continua de las fuerzas de seguridad.

Más allá de los problemas cíclicos y estructurales en la región, —crisis económica, desempleo, informalidad, pobreza, exclusión— los diferentes conflictos apelaban a todas esas cuestiones, pero no se detenían en ninguna. Todo se resumía en una manifestación de hartazgo con el funcionamiento de la vida social. El problema era el sistema tal cual estaba instituido. No una de sus partes sino el conjunto.

El aislamiento sanitario derivado de la pandemia puso entre paréntesis las razones de la protesta social, pero no las sofocó.  Pese a que la racionalidad occidental nos lleva a tener siempre plazos definidos, la pandemia sigue y no se sabe cómo continuará. Esta falta de certeza ha generado que, aún cuando la Covid-19 no ha sido extinguida, la gente ha vuelto a salir a las calles.

Las protestas se han retomado donde se habían quedado y, desde finales de 2020, ciudades y espacios públicos de varios países de la región volvieron a escenificar la expresión del descontento. Expresión cubierta de altas dosis de furia, odio y, por ende, violencia. Con ese nuevo emerger de la protesta social florece también la represión y la muerte. Como ejemplo, el reciente asesinato del malabarista en Chile.

Descontento que ni la pandemia ha logrado opacar

A lo largo de 2019 se sucedieron algunos acontecimientos relacionados con las protestas previas que operaron como amortiguadores del potencial disruptivo y antisistema de la acción colectiva. Eventos que surgieron como respuesta a los conflictos previos a la pandemia.

En Chile, el llamado a votar una asamblea constituyente para reformar la constitución heredada del pinochetismo calmó a los grupos que protagonizaban el conflicto. Tal es así que la votación de la convocatoria constituyente, ampliamente aceptada, fue leída por parte de los manifestantes como un bálsamo para diluir la protesta. Sin embargo, pese al apoyo a la constituyente, estos grupos se mostraban absolutamente escépticos a que esa nueva Constitución modifique el status quo.

En Ecuador, la protesta de octubre de 2019 implicó la marcha atrás del programa de ajuste de Lenin Moreno y la inminencia de las elecciones de febrero de 2021 generó una expectativa real de cambio político. En Argentina, la pandemia comenzó con el retorno de un gobierno peronista y las expectativas de cambio, sumadas a una convocatoria a la “paciencia social” derivada del contexto sanitario.

En Perú el cambio de gobierno impulsado por el Congreso despertó el rechazo violento de parte de la ciudadanía, al punto de provocar la renuncia del mandatario puesto por el parlamento. El éxito de la protesta, en tanto pulseada con el poder parlamentario, y la nominación más consensuada de un nuevo presidente, calmaron los ánimos. Y en Bolivia, el triunfo aplastante del MAS volteó cualquier movimiento de los sectores más reaccionarios y despertó expectativas de cambio en el país, simbolizados con el retorno de Evo Morales de su exilio.

El panorama político de la región, convulsionado por fuertes y violentas protestas antes de la pandemia, parece que ha recuperado cierta calma por la irrupción de la crisis del coronavirus. Sin embargo, si entendemos las movilizaciones como un rechazo a las estructuras y resultados sociales de las instituciones económicas y políticas vigentes, es difícil pensar que las protestas no volverán a repetirse.

Los eventos que calmaron las aguas no serán suficientes para garantizar el orden si no se modifica el entramado económico e institucional que reproduce sociedades con fuertes bolsones de pobreza y exclusión.

Foto de pslachevsky em Foter.com / CC BY-NC-SA

¿Quo Vadis, Ecuador?

Los recientes comicios ecuatorianos han sido uno de los más atropellados de la historia reciente del país. La fragmentación del voto y la desconfianza institucional, presentes hoy más que nunca, actúan como obstáculo para la gobernabilidad. Sin embargo, por encima de esto, la incompetencia del Consejo Nacional Electoral y el auge del movimiento indígena son dos de las notas más características del proceso electoral. En este marco ¿Quo Vadis, Ecuador?

Desde la convocatoria de las elecciones, las disputas entre el Consejo Nacional Electoral (CNE), órgano encargado de organizar el proceso, y el Tribunal Contencioso Electoral (TCE), responsable de resolver las controversias en materia electoral,  provocaron demoras en la confirmación de las organizaciones políticas autorizadas a competir en las elecciones generales del pasado 7 de febrero. Los dos partidos que enfrentaron más problemas para su aprobación fueron “Centro Democrático” (CD), encabezado por Andrés Arauz y apoyado por el ex presidente Rafael Correa” y el “Movimiento Justicia Social”, del varias veces candidato Álvaro Noboa Pontón. Mientras que el primero logró presentar a sus candidatos, El partido de Noboa se quedó fuera de la contienda, pero su proceso ante el TCE continuará.

Sin embargo, esta no ha sido la única polémica. A inicios del mes de enero, y con cerca del 40% de papeletas para la elección de Presidente y Vicepresidente impresas, se evidenció un error en las mismas ya que el nombre y el logo del “Movimiento Amigo” tenían errores. Esto supuso una pérdida económica de 500.000 dólares al Estado, además de numerosas críticas por su ineficiencia. Asimismo, durante el inicio de la jornada electoral se sucedieron algunos inconvenientes, como la ausencia de los miembros de las juntas receptoras del voto (JRV), la demora en su instalación y largas filas para ingresar en los recintos electorales.

El auge del movimiento indígena

Pese a los obstáculos y dificultades, agravados aún más si cabe por un contexto de pandemia, las elecciones tuvieron lugar durante la jornada del 7 de febrero. Esa misma noche, tras un conteo rápido realizado por el CNE, se anunció que la coalición “Unión por la Esperanza”, liderada por Arauz, había obtenido el 31% del total de votos válidos. La sorpresa vino con el segundo candidato con más apoyos, Yaku Pérez de Pachakutik, quien contaba con el 20.04% de los votos. En tercer lugar, con el 19.97% de los votos quedaba Guillermo Lasso, cabeza del Movimiento CREO. Sin embargo, con el avance del escrutinio, Pérez descendía al tercer puesto y con apenas 20.000 votos de diferencia, Lasso pasaba a la segunda vuelta.

La posibilidad de que Yaku Pérez alcanzase la segunda vuelta generó muchísimas expectativas por la posibilidad de tener por primera vez un presidente indígena. Por ello, cuando se avanzó en el escrutinio y Lasso adelantó al líder de Pachakutik, algunas voces manifestaron dudas hacia la fiabilidad del proceso. Esta desconfianza hacia los resultados no es algo nuevo: ya en 2017, en el balotaje entre el mismo Guillermo Lasso y Lenin Moreno, se denunció un supuesto fraude por parte del primer candidato. Sin embargo, el asunto no llegó a más por la ausencia de pruebas.

Desconfianza institucional y ejes de fractura

Ecuador es un país cuyas instituciones democráticas no han gozado tradicionalmente de elevados niveles de credibilidad. Por ello, si a esta desconfianza estructural se suma el continuo de errores logísticos y de comunicación que han acompañado al actual proceso electoral, no sería extraño que para el balotaje del 11 de abril se incrementaran las dudas sobre el resultado de las elecciones. Esto no sólo afectaría a la percepción de los ciudadanos hacia las instituciones, sino que pondría en una situación delicada al próximo presidente de la República.

Junto con el incremento de la desconfianza, los resultados reflejan otras tres dinámicas evidentes en la actual política ecuatoriana: la persistencia de la diferencia regional, una profunda crisis en el espectro del centro hacia la derecha y que la “imbatibilidad” del correísmo ha desaparecido. El clivaje regional se hace patente en la distribución de votos entre los candidatos: mientras que Arauz ha concentrado la mayoría de sus votos en la costa, donde ha obtenido en promedio el 42,94% de los votos, en la región sierra Yaku Pérez ha sido el vencedor en la mayoría de las provincias. Así, pese a que en el discurso de los actores políticos persiste el eje correísmo-anticorreísmo, en la práctica la distribución del voto responde en mayor medida a diferencias regionales.

Respecto a la crisis en los partidos de derecha y centroderecha, tras 8 años en campaña y tres elecciones consecutivas, Lasso no ha logrado consolidar su propuesta conservadora como la gran alternativa política al oficialismo. Si se compara con los resultados de las elecciones de 2017,  donde obtuvo el 28% de votos en la primera vuelta, en cinco años ha perdido casi el 10% de su electorado. Los resultados de las elecciones legislativas refuerzan la crisis de las fuerzas conservadoras. De los 137 escaños, apenas el 23.33% estará compuesto por legisladores de esa tendencia (Movimiento CREO, Partido Social Cristiano, Movimiento Ecuador Unido y Construye).

Por último, el correísmo ya no es una fuerza imbatible. Su candidato, Andrés Arauz, ha obtenido cerca del 7% de apoyos menos que su predecesor pese a la continua presencia de Correa en su campaña. Pese a las expectativas de ganar en primera vuelta, será necesario el balotaje. Además, en caso de ganar en segunda vuelta, será un gobierno en minoría ya que no ha logrado obtener los 69 diputados necesarios para el control del parlamento.

Fragmentación y desencanto

Estas elecciones, además de las sombras generadas por el pésimo desempeño del Consejo Nacional Electoral, se caracterizan por dejar un escenario político diferente al que ha tenido Ecuador en la última década. Por un lado, es claro el fraccionamiento del voto. Por otro, destaca la emergencia del movimiento indígena como una opción electoral sólida que ya no sólo tiene opciones en las provincias con mayor población indígena (Cotopaxi, Chimborazo, Tungurahua, Cañar), sino también conquista en los centros populares urbanos (por ejemplo, en el centro sur de la ciudad de Quito o en la provincia del Azuay).

El votante de derecha o centroderecha tiene pocos motivos para la esperanza. Desde 1998 ningún partido de esta tendencia gana una elección presidencial. Los correístas tienen motivos para preocuparse. El ex presidente Correa  ya no es el de antaño y los candidatos de su movimiento no siempre son la opción ganadora. Arauz deberá competir en segunda vuelta sabiendo que sus detractores tratarán estimular el voto por cualquier otra opción para evitar que el ex mandatario y su alargada sombra regresen al país.

En medio de las elecciones más atropelladas de los últimos 20 años, con la distribución del poder entre cuatro fuerzas políticas en el poder legislativo, que generará un gobierno que será muy débil, y bajo una sombra de desconfianza institucional, ¿Quo Vadis, Ecuador?


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de Montserrat Boix

La impronta de Menem en la democracia argentina

Desde la recuperación de la democracia en diciembre de 1983, la Argentina demarcó sus ciclos políticos al ritmo de los períodos electorales y mandatos presidenciales, marchando siempre (tomando una imagen de Giovanni Sartori) “con una locomotora de un solo motor”. El presidencialismo —esa locomotora— le dio forma a estos ciclos, pero también las propias características de la cultura política, la evolución del sistema de partidos, los liderazgos y las experiencias de gobierno que, a lo largo de cuatro décadas, atravesaron —en diferentes contextos y con diversa suerte— por comparables etapas de ascenso, estabilidad, prolongación y crisis.

La de Carlos Menem, el ex presidente fallecido este domingo 14 de febrero a los 90 años, fue la más prolongada: gobernó desde julio de 1989 hasta diciembre de 1999, cubriendo completa la década de los ’90, cuando el mundo salió de la Guerra Fría y los países latinoamericanos afrontaron el desafío de insertarse en la globalización. Años después, iniciado el siglo XXI, Néstor Kirchner y Cristina Fernández, marido y mujer, recogieran el legado —y las secuelas— de aquella experiencia y le pusieron su sello diferencial, recomponiendo esa locomotora y reorientándola en otra dirección, adaptada a un contexto internacional distinto.

El primer recambio de gobierno, del radical Raúl Alfonsín al peronista Carlos Menem, en 1989, fue traumático pero significó, al mismo tiempo, la primera alternancia en el poder por obra del voto popular desde la vigencia de la Ley Sáenz Peña. Al “menemismo” le tocó pilotear la entrada en los ’90 y fue —a su manera— la respuesta que dio la Argentina a los desafíos de la crisis del Estado y la globalización; un modelo hiper-presidencialista y decisionista que arrancó prometiendo una “revolución productiva” de regreso al peronismo tradicional y produjo un giro copernicano encarando reformas neoliberales drásticas, una “revolución conservadora-popular” con dos pilares —privatizaciones drásticas de todas las empresas públicas y la convertibilidad peso-dólar— con sus dos cerebros y alfiles: Roberto Dromi y Domingo Cavallo.

Así logra Menem estabilizar la economía y alcanzará su reelección en 1995, reforma constitucional mediante, acordada con el ex presidente y líder del radicalismo Raúl Alfonsín. Pero su segundo gobierno toca su techo y empezó a agotar sus energías hacia 1997, cuando pierde las elecciones de medio término. Se produjo entonces la segunda alternancia, en 1999, con el triunfo de la Alianza entre la UCR y el Frepaso que llevó a la presidencia a Fernando De la Rúa.

Pero esta experiencia de gobierno resultó frustrante y terminó siendo más la prolongación de los 90’s que la entrada en un nuevo ciclo: el descalabro a fines de 2001, la renuncia de De la Rúa en medio del estallido social y el fin de la convertibilidad, desembocó en la presidencia de Eduardo Duhalde, el primer vicepresidente de Menem, surgida de la Asamblea Legislativa (2002-2003).

Lo curioso es que en las elecciones de 2003, Menem vuelve a presentarse y gana en primera vuelta, con un 24% de los votos. Si no regresa a la presidencia es por la propia reforma constitucional del ’94 que le habilitó una reelección, pero introdujo la segunda vuelta electoral. Con un 76% en contra, nunca hubiera logrado una mayoría. Con el peronismo dividido en tres fracciones, desiste de seguir en carrera y así es como llega a la presidencia Néstor Kirchner. Una gran lección de cómo las reglas institucionales pueden contener y domesticar el personalismo de los líderes: no alcanza con ser la primera minoría para ganar. Y menos para gobernar.

El “menemismo” fue, en un sentido, más que las dos gestiones de gobierno de Menem: representó una forma de ver y entender la política que trascendió al peronismo. Pero fue también, en otro sentido, menos que éste: un sector con su jefe indiscutido y venerado, que fue perdiendo su predominio y terminó devorado por sus sucesores, quienes crecieron bajo su influjo.

El principal de ellos resultó una revelación: un gobernador proveniente de Santa Cruz, que acompañó a Menem durante todos esos años, heredó algunos de sus rasgos distintivos y construyó un nuevo liderazgo presidencial destinado a prolongarse en el tiempo con el concurso de su esposa Cristina Kirchner. Y así fue que el “kirchnerismo” mantuvo al ex presidente en su espacio, como senador cuasi-vitalicio, al mismo tiempo que no dejaba de mostrarse como las antípodas de su década emblemática.

Carlos Menem, el presidente que gobernó durante más tiempo de manera ininterrumpida en la historia argentina, superando al mismísimo Juan Domingo Perón, dejó su impronta en el curso de la democracia. También de sus distorsiones, asignaturas pendientes y promesas incumplidas. Y en este sentido, puede decirse que las dos “mitades” que polarizaron la política de este país en la última década: kirchnerismo y anti-kirchnerismo, son hijas de aquella experiencia. La de una democracia que se entrega a las virtudes y fortunas de sus líderes y sólo madura cuando estos entran en su fase de declive.

*La versión original de este texto fue publicada en Clarín, Argentina

*Foto de Presidencia de la Nación

El “nacionalismo de la vacuna” y la grieta Norte-Sur

“El nacionalismo de la vacuna” es como se ha denominado al comportamiento de los gobiernos —de derechas o del centro— de los países desarrollados en su disputa para garantizar el suministro de la vacuna contra el Covid-19 a sus respectivas poblaciones. Es en realidad la idea del “sálvese quien pueda” de los necios, ya que como ha afirmado António Guterres, Secretario General de Naciones Unidas, “el Covid-19 en cualquier lugar significa Covid-19 en todas partes”.

Esta búsqueda para asegurar el bienestar propio mientras las naciones pobres se las deben arreglar como puedan, ignora un aspecto básico como son las mutaciones que van surgiendo y que hacen que el virus tenga mayor resistencia. Por lo tanto, para minimizar los riesgos, el virus debe ser contenido de forma global.

Sin embargo, desde que la Organización Mundial de Comercio (OMC) declaró la situación de pandemia el 11 de marzo de 2020, lo único que se ha globalizado fue la descoordinación —a ojos vistas adrede— para seguir enriqueciendo a los más ricos, a las grandes multinacionales y particularmente a las farmacéuticas. Esto, a pesar de que Guterres afirme que “la vacuna para todos y todas es la vía más rápida para reabrir la economía global”.

En los últimos meses, gobiernos de países líderes del Sur global como India y Sudáfrica han pedido a la OMC que suspenda temporalmente las patentes vinculadas al coronavirus. Esto con el objetivo de que se puedan distribuir los medicamentos de manera más democrática y hacer que las vacunas se conviertan en un bien de la humanidad.

Pero la Unión Europa se puso de acuerdo con los gobiernos de los Estados Unidos y Gran Bretaña para oponerse al pedido, argumentando que ello desincentivaría la inversión y la innovación. La defensa de la industria farmacéutica ha sido una estrategia histórica de los países desarrollados y en este caso no hubo ninguna excepción.

La piratería de las grandes farmacéuticas

Las gigantes farmacéuticas Pfizer y AstraZeneca —proveedores de la vacuna— no han devuelto el favor. El anunciando retraso y la reducción de las entregas de vacunas no agradó nada a los gobiernos europeos, los cuales han apoyado con adelantos multimillonarios y compromisos de compra de más de 1.300 millones de dosis.

Las farmacéuticas no sólo aspiraban a priorizar el orden de llegada de países ignorando los contratos firmados, sino que la competencia por las vacunas se extendió a los precios. Algunas publicaciones afirman que hay países de la Unión Europea que pagan entre 14 y 18 dólares por cada dosis, Estados Unidos paga 19 dólares mientras que Israel, quien se encuentra entre los líderes en vacunación, paga hasta 62 dólares.

Medios periodísticos afirman que Pfizer prevé facturar, tan solo en 2021, 12.000 millones de euros con la vacuna contra el Covid-19. Y si se tiene en cuenta que las farmacéuticas mantendrán los derechos exclusivos por 10 o 20 años, dependiendo del caso, las ganancias son inimaginables.

Los suministros de vacunas en general y particularmente a la Unión Europea están muy por debajo a los compromisos acordados en los contratos. Y en este marco, líderes europeos como la presidenta de la Comisión Europea —Ursula von der Leyen— y su vicepresidente —Josep Borrell— han afirmado que se necesita mantener la transparencia sobre el destino de las vacunas.

¿Y qué pasa en América Latina?

Si la opacidad es un problema para la ciudadanía de la Unión Europea, la exigencia de las farmacéuticas de confidencialidad en los acuerdos con los gobiernos latinoamericanos es alarmante. El objetivo es mantener en silencio las disparatadas y abusivas pretensiones de las empresas con los países en desarrollo. Pero a pesar del hermetismo, las condiciones filtradas a la prensa o diplomáticamente deslizadas por altos funcionarios gubernamentales han dejado entrever algunas perlas.

En Argentina, Pfizer habría exigido como garantía “una nueva ley con bienes inembargables que incluía glaciares y permisos de pesca”, según dejó saber un asesor de Axel Kicillof, el gobernador de la provincia de Buenos Aires. No se supone que la inclusión de glaciares sea por activismo contra el cambio climático, sino porque el agua ha comenzado a cotizar en Wall Street.

La ministra de Relaciones Exteriores de Perú no pudo dar detalles del contrato “por la cláusula de confidencialidad”, pero admitió en una entrevista que el 23 de noviembre el gobierno peruano recibió el proyecto de contrato de la empresa Pfizer. Sin embargo, este no pudo ser firmado en la fecha prevista por su contenido.

El presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou, declaró a la prensa que la información de los contratos con las farmacéuticas no sería entregada a la ciudadanía. Y se justificó en que “había que optar entre tener un contrato de confidencialidad o no tener vacunas”.

A su vez, el ministro de salud brasileño dijo que las “cláusulas leoninas y abusivas que fueron establecidas por el laboratorio Pfizer crean una barrera a la negociación y compra”. Mientras que en Colombia, diversas organizaciones sindicales y de la sociedad civil vienen denunciando la negativa del gobierno de Iván Duque a entregar información sobre los contratos.

Estos ejemplos describen las presiones de las gigantes farmacéuticas a los debilitados gobiernos de los países en desarrollo. Y no hay razones para creer que exigencias similares no se hayan extendido a otros países de América Latina, África y Asia, en perjuicio del Sur global. Este comportamiento de las grandes empresas como si el mundo fuese su “patio trasero” se debe precisamente a la falta de reglas internacionales claras que pongan freno a su codicia.

Ante semejantes atropellos, el Secretario General de Naciones Unidas afirmó que el mundo necesita un multilateralismo fuerte. La imposición de confidencialidad de los contratos no solo favorece los apetitos leoninos de los laboratorios, sino que es una oportunidad para que algunos gobiernos corruptos se amparen en ella para seguir delinquiendo.

La fragilidad del planeta ante la pandemia del Covid-19, la pérdida de empleo, el empobrecimiento y el cambio climático fueron algunos de los temas mencionados por Guterres en su discurso ante el Foro Económico Mundial. Se refirió también a la posibilidad de una gran fractura geopolítica en los sectores liderados por las dos potencias (China y los Estados Unidos), con dos monedas diferentes, y dejó entrever el aumento de la brecha Norte-Sur.

En cierta manera, Guterres pintó un panorama que en muchos aspectos se asemeja al de 70 años atrás. El gran logro del neoliberalismo fue hacer retroceder al mundo al momento inmediatamente posterior al de la Segunda Guerra Mundial, con un multilateralismo muy debilitado y en el cual los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas no parecen ser parte de la agenda internacional.

Foto por Presidência do Peru em Foter.com / CC BY-NC-SA

Las FARC frente al espejo de la realidad

Han pasado más de cuatro años desde la firma del Acuerdo de Paz entre la guerrilla de las FARC-EP y el Gobierno colombiano dirigido por Juan Manuel Santos. A pesar de los reduccionismos simplistas, las mentiras y los ataques furibundos del uribismo al Acuerdo, análisis con un profundo rigor científico social como el del Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame, alertaban desde el inicio del alcance, la profundidad y la relevancia que implicaban los compromisos suscritos entre guerrilla y Ejecutivo. De hecho, este se concibió como el acuerdo de paz más completo de los últimos treinta años y actores como la Unión Europea, Naciones Unidas o la Corte Penal Internacional no dudaron en respaldarlo.

La entrega de armas por parte de la otrora guerrilla y su desmovilización masiva a favor de un proceso de reincorporación a la vida civil se acompañaba de mecanismos de participación política y tratamientos jurisdiccionales alternativos. Sin embargo, en muchos casos los opositores al Acuerdo rápidamente y de una manera tan falaz como sibilina, interpretaron  los acuerdos como ofrendas y tratos de favor a cambio de la entrega de armas.

Nada más alejado de la realidad. La participación política de las FARC-EP, en realidad, implicaba reconocer a la democracia y a la institucionalidad del Estado de Derecho la prerrogativa exclusiva de canalizar el conflicto a través de las urnas. Asimismo, por más que le pese al Gobierno de Iván Duque, —principal saboteador al cumplimiento de lo acordado— el Acuerdo también se dotaba de mecanismos que alzaprimaban los derechos de verdad, justicia, reparación y no repetición para con las víctimas y el conjunto de un tejido social maltrecho por décadas de violencia.

Dos acontecimientos fundamentales

En los últimos días se han producido dos acontecimientos que ponen a las FARC frente al espejo. En primer lugar, cabe destacar la celebración de la segunda asamblea nacional del partido heredero de las FARC-EP. En el primer congreso nacional, que albergó la fundación de la Fuerza Alternativa Revolucionaria de Colombia (FARC), se plantearon unos postulados que a todas luces eran erráticos. Mantener unas siglas que en realidad son un lastre maldito para el recuerdo y la convivencia democrática en Colombia, se unía a unos postulados ideológicos y programáticos profundamente trasnochados y extemporáneos para lo que demanda la sociedad colombiana en el siglo XXI.

Estas decisiones se debieron, en buena parte, al liderazgo de la facción más ortodoxa, encabezada por “Iván Márquez” y “Jesús Santrich”, y que finalmente tomó el “camino fácil” de volver a la actividad armada en 2019.

Producto de todo aquello, los resultados electorales de la FARC hablan por sí mismos: poco más de 52.000 votos, equivalentes a un 0.34% del escrutinio, en las elecciones al Senado, y un resultado no más halagüeño en las elecciones departamentales y municipales de finales de 2019.

Es decir, la realidad política y social ha mostrado el profundo rechazo de la FARC en la sociedad colombiana, reiterando que los más se seis millones de ciudadanos que respaldaron el Acuerdo en el plebiscito de octubre de 2016, en ningún caso, eran firmes valedores de apoyar en las urnas un proyecto político proveniente de la antigua guerrilla.

El segundo encuentro nacional, postergado durante un año a causa de la pandemia, deja consigo el cambio de nombre del partido que a partir de ahora adopta el de “Comunes”. Este deja además una estrategia por visibilizar y un significado político, hasta el momento tan ambivalente como endeble, que consolidar.

Elecciones generales 2022

El próximo año se celebrarán elecciones y nada invita a pensar a que el redefinido partido presentará candidatura alguna. Más bien, buscará entrar en un marco de alianzas que, hasta el momento, al margen de excepciones, no se han consolidad. Esto debido a que, para cualquier agrupación, el apoyo proveniente de la extinta guerrilla es una suma que resta.

Sin nuevas caras, nuevos discursos, nuevas aportaciones y un nuevo programa, el partido heredero de las FARC-EP corre serios riesgos de caer en un ostracismo sin retorno. Y, más pronto que tarde, que su proyecto político desaparezca sin más.

Por otra parte, también en estos días, llegó la acusación formal que miles de víctimas en Colombia esperaban. Esto es, la acusación formal por parte de la Jurisdicción Especial de Paz por los delitos muy graves de privación de libertad y toma de rehenes en el marco del conflicto.

Dicha causa, iniciada en octubre de 2018, contempla más de 20.000 secuestros que coinciden con el momento de mayor auge y capacidad de combate de la guerrilla, entre 1998 y 2002. De este modo, y recurriendo al principio de responsabilidad de mando, destacados excomandantes y dirigentes del partido político, se verían afectados.

De prosperar la causa, el Acuerdo prevé penas alternativas de privación de libertad de entre 5 y 8 años para los integrantes del Secretariado que entonces fungía como el órgano máximo de la guerrilla. Entre ellos Rodrigo Londoño (“Timochenko”), Pastor Alape, Jorge Torres (“Pablo Catatumbo”) o Milton de Jesús Toncel (“Joaquín Gómez”).

En conclusión, simplemente se trataba de entender que el Acuerdo de Paz necesitaba de tiempo, recursos y voluntades políticas. Ya lo dijeron hasta la saciedad nombres cuyo compromiso con la paz es ineludible como es el caso de los responsables del equipo negociador del Gobierno, Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo, o el mismo Juan Manuel Santos.

No obstante, y a pesar de las resistencias del actual Gobierno, el hecho que la exguerrilla pudiera participar en política o ser juzgada por un instrumento como la Jurisdicción Especial para la Paz, son elementos cuya magnitud, por sí misma, justifican la superioridad moral de preferir un Acuerdo imperfecto a proseguir con un conflicto armado inconmensurablemente violento.

Lo más lamentable es que esto llega en un momento de empeoramiento de la seguridad y del orden público, de violencia masiva contra líderes sociales y exguerrilleros y de profundo encono y polaridad social. En cualquier caso, las FARC terminaron frente al espejo de sus actos y responsabilidades y, sin duda, es ésa la mayor grandeza de la construcción de paz.

Foto de Gobierno de Chile

La popularidad de las políticas de mano dura

Coautor Jonathan D. Rosen

América Latina y el Caribe viene lidiando desde años con una epidemia que no es la del coronavirus. Las altas tasas de homicidios en la mayoría de los países de la región, llevó a la Organización Mundial de la Salud a clasificar este flagelo como una epidemia. De acuerdo al Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), entre 2000 y 2010 más de un millón de personas murieron como resultado de la violencia criminal. Durante estos años, la tasa de homicidios creció casi un 11%, registrando más de 100.000 asesinatos por año. En este marco, gobiernos de ambos lados del espectro político han implementado políticas de seguridad y las estrategias de “mano dura” se han vuelto cada vez más populares.

El endurecimiento de las penas, el uso discrecional de la fuerza por parte de la policía, el encarcelamiento masivo e incluso la militarización de la política doméstica han sido algunas de las iniciativas para hacer frente a la violencia y los sentimientos de inseguridad. Pero según diferentes investigaciones, las políticas de mano dura, sin embargo, tienen un impacto limitado sobre las tasas de homicidio y los niveles delictivos en general.

Las redes criminales se han adaptado a estas estrategias, volviéndose más violentas y organizadas. Algunos estudios señalan también que las políticas de mano dura implementadas en la región durante las últimas décadas han socavado la democracia de diferentes maneras. En este contexto, ¿por qué la mano dura sigue siendo tan popular a pesar de la amplia evidencia en su contra?

Brasil y Colombia

Al igual que en otros países, las percepciones de inseguridad en Brasil y Colombia favorecieron la elección de candidatos de derecha que llegaron al poder apuntalados por propuestas radicales contra el crimen. En 2018, los colombianos votaron por Iván Duque, quien prometió relanzar muchas de las estrategias implementadas por el ex presidente Álvaro Uribe, para que los criminales de su país tuvieran en claro desde el primer día que “quien las hace las paga.” Ese mismo año, Brasil eligió a Jair Bolsonaro, quien además de elogiar las décadas de dictadura militar, aseguró sin titubear que con su plan los criminales “morirían en la calle como cucarachas.”

En nuestro artículo de investigación publicado recientemente en Trends in Organized Crime, donde utilizamos datos del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (LAPOP, por sus siglas en inglés) de la Universidad Vanderbilt, revelamos que la victimización por delincuencia y la ideología no son factores relevantes que permitan predecir el apoyo a políticas de mano dura en Brasil y Colombia.

Las tasas de criminalidad en ambos países no influyen directamente en las preferencias punitivas de la población. El respaldo a la mano dura parece estar relacionado con factores emocionales como el miedo al crimen. Los electores conservadores, por otro lado, no son necesariamente más punitivos, porque el apoyo a la mano dura se extiende a lo largo de todo el espectro ideológico. Asimismo, las personas que respaldan a las Fuerzas Armadas, una institución que goza de altos índices de confianza en ambos países, tienen mayores probabilidades de favorecer medidas extremas en la materia.

A pesar de las decisiones de los votantes en Brasil y Colombia, los determinantes socioeconómicos subyacentes detrás de la creciente popularidad de estas medidas no son los mismos en ambos países. En Brasil, el régimen político parece no ser una prioridad si el gobierno aborda la delincuencia, ya que tanto las personas que apoyan la democracia como las que defienden el régimen militar están de acuerdo con que las penas por delitos deben aumentar.

Curiosamente, el caso brasileño también revela que las demandas de mano dura crecen entre aquellos con mayores niveles de educación e ingresos familiares mensuales. Esto sugiere que las preferencias punitivas están vinculadas a las clases sociales.

En Colombia, por el contrario, las personas que creen que la democracia es el mejor sistema de gobierno están mayormente a favor de la mano dura. Esto explica por qué los colombianos no están dispuestos a sacrificar la democracia para combatir el crimen a pesar de sus preferencias punitivas.

Además, los resultados de la investigación también indican que las personas mayores y aquellas que residen en áreas rurales tienen mayores probabilidades de apoyar medidas extremas. Si bien el envejecimiento parece estar vinculado con menores riesgos de victimización y a que las personas mayores fueron testigos de la violencia de la “guerra contra las drogas” durante los años ochenta y noventa, es probable que el punitivismo en las zonas rurales esté asociado con los altos niveles del narcotráfico y organizaciones guerrilleras.

Colombianos y brasileros comparten una gran preocupación por el crimen y la inseguridad, y los ciudadanos de ambos países están dispuestos a tomar medidas drásticas. El ascenso de Bolsonaro y Duque, al igual que en otros países de la región durante la última década, puede entenderse como una respuesta a la opinión pública y la creciente popularidad del punitivismo. Esto en un contexto en donde el sistema tradicional de partidos y las ideologías políticas pierden relevancia frente a las percepciones de inseguridad.

Por otra parte, los altos niveles de confianza en las Fuerzas Armadas han acelerado la militarización de la seguridad doméstica a pesar de las violaciones de derechos humanos y las consecuencias negativas para la democracia. A tan sólo unas pocas décadas del proceso de democratización que caracterizó a América Latina, los escenarios en Colombia y Brasil ilustran muchos de los dilemas que hoy enfrenta la región.

Foto de canhotagem en Foter.com / CC BY-NC

El enfrentamiento es entre las izquierdas

Después de las elecciones del pasado 7 de febrero, Ecuador ha vivido una semana de fuerte emocionalidad política. Los resultados confirmaron al favorito para el primer lugar: Andrés Arauz, ahijado político del ex presidente Rafael Correa. La sorpresa la dio el candidato por el movimiento indígena Pachakutik, Yaku Pérez, que apareció en el conteo rápido de la misma noche del 7 de febrero en el segundo lugar, arrebatando el sitial que los sondeos de opinión asignaban a Guillermo Lasso, representante de la alianza de derecha CREO-PSC.

La escasa diferencia, de apenas unas centésimas, se fue desvaneciendo con el pasar de los días, para dejar paso a una incertidumbre que se resolverá en no menos de una semana más, gracias a un acuerdo entre los candidatos y el Consejo Nacional Electoral, que consensuaron la revisión de los resultados en las mesas electorales que presentan inconsistencias.

El surgimiento del movimiento Pachakútik

Más allá del desenlace, lo que revela este resultado es la emergencia de un nuevo protagonismo político, el del movimiento Pachakútik que termina modificando las tradicionales coordenadas políticas. Lo que aparecía como una confrontación entre la izquierda y la derecha, está siendo sustituido por un nuevo campo para las definiciones políticas que es el enfrentamiento dentro de las mismas fuerzas de izquierda.

Por un lado, la que ahora ya se podría llamar como izquierda tradicional encarnada en los postulados del ex presidente Rafael Correa, versión ecuatoriana del bolivarianismo inaugurado por Chávez y continuado por Maduro en Venezuela. Y esta nueva expresión que se proyecta como un actor relevante de la escena política, combinando los valores ancestrales de defensa de la naturaleza frente al extractivismo, con las reivindicaciones de movimientos emergentes como el feminismo y el ecologismo global.

El debilitamiento de la derecha tradicional

El resultado electoral, más allá de cómo se resuelva el recuento de los votos, nos presenta un cuadro de debilitamiento de la derecha tradicional. La alianza PSC-CREO (Partido Social Cristiano y Movimiento Creando oportunidades) se demostró infructuosa. Desde un inicio, reveló su debilidad de fondo: una alianza electoral y no programática, unida únicamente por la necesaria presencia electoral, pero acompañada por la reticencia a fortalecer demasiado a una de sus expresiones en desmedro de la otra.

En el fondo los unía, sin que se percatasen suficientemente, una voluntad de auto boicot como tendencia: poca claridad en afirmar un programa político conjunto que signifique la propuesta de una alternativa real para salir de la profunda crisis económica y sanitaria que afecta al país. El 20% de la votación que alcanza el candidato Guillermo Lasso dista mucho del 44.41% que las dos fuerzas lograron sumar en la elección de 2017, cuando ambas se enfrentaron a Lenin Moreno. Entonces, se trató de una fragmentación que les impidió, como tendencia, vencer a la izquierda correísta representada por Alianza País. Ahora, ‘unidas’, el resultado es peor.

Por otro lado, la victoria de Andrés Arauz muestra también una caída significativa de desempeño electoral del correísmo respecto de los resultados que esta agrupación venía alcanzando en anteriores contiendas electorales. Apenas rebasa el 30%, cuando históricamente su cota superaba el 40%, alcanzando en la última elección un 39.36% de adhesión.

Dos actores emergen de manera sorprendente en la elección del 7 de febrero: Yaku Pérez que representa a Pachakútik, brazo político de la CONAIE, organización histórica del movimiento indígena, que alcanza alrededor del 20% de votación; y Javier Hervas, que logra un 16%, en representación de Izquierda Democrática, partido de centro, reedición de la tradicional socialdemocracia ecuatoriana, vigente en los años 80 y 90 del siglo pasado.

El resultado electoral muestra el crecimiento de Pachakútik, protagonista de la revuelta de octubre de 2019. Yaku se encargó de posicionar su candidatura al interior del movimiento, al desplazar a los otros líderes indígenas más cercanos al correísmo, Iza y Vargas, línea que se consolida con el resultado actual.

Igual acontece con el voto que está tras lo alcanzado por Javier Hervas: la necesidad de abandonar la retórica ‘ideológica’ por el pragmatismo de ofrecer soluciones empresariales a la problemática del empleo, en particular para los sectores medios urbanos seriamente afectados por la crisis.

La distribución del voto

Una rápida lectura de la distribución del voto es aleccionadora. Mientras Arauz se fortalece en los antiguos bastiones de la costa populista y de la derecha socialcristiana (Guayas y Manabí), Yaku consolida su representación del mundo rural de la sierra y la Amazonía, donde Pachakútik y la CONAIE son su máxima expresión.

El crecimiento sorpresivo de la presencia electoral del candidato indígena modifica el tradicional enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, al introducir nuevos desafíos para la elección de segunda vuelta en el caso en el cual el vencedor fuera el representante de Pachakútik. Para el candidato Arauz, sería enormemente difícil enfrentar a Yaku Pérez y a su programa, que recoge las tradicionales reivindicaciones del mundo indígena y las nuevas demandas de los actores sociales emergentes.

Los ofrecimientos de subsidios y dádivas ya no serían suficientes para cautivar a un electorado que está caminando hacia nuevos referentes y soluciones vinculadas con la necesidad de combinar el crecimiento sostenible de la economía, con la defensa y profundización de los derechos y las libertades, posición que representa la línea opuesta a los postulados del correísmo de Arauz.

Los desafíos

Los desafíos que se presentan para la segunda vuelta son enormes. Para los opositores a Arauz la dificultad de evitar el posible desgaste en la disputa por el segundo lugar. Para este, la dificultad de demostrar independencia frente a Correa que se sabe todavía relevante en el escenario político del país.

Lo sucedido en las urnas y durante esta semana atípica de la disputa por el segundo lugar, ha revelado la posibilidad de acuerdos entre actores políticos, a pesar de sus diferencias ideológicas. Pero, sobre todo, deja en evidencia a un electorado protagónico, que marca la agenda política y que no se deja encasillar por el convencionalismo de la polarización entre izquierda y derecha. ¿Cómo canalizar esa votación? Ese es el verdadero problema.

Foto de Agencia de Noticias ANDES

Fin de los acuerdos para expulsar refugiados

En el año 2019, el gobierno de Trump presionó a los países del Triangulo Norte centroamericano, Honduras, Guatemala y El Salvador, para firmar acuerdos bilaterales para blanquear la expulsión de quienes solicitaban protección ante las autoridades estadounidenses. Bajo la premisa falsa de que podrían acceder a la protección internacional, los acuerdos establecían las bases para que los inmigrantes fueran trasladados a uno de estos países, a la espera de la resolución de sus casos.

El acuerdo fue un rotundo fracaso y Guatemala fue el único país donde el mismo fue ejecutado. Durante los pocos meses de su implementación, Estados Unidos remitió unos 900 solicitantes de asilo a ese país. Sin embargo, ante los riesgos que los migrantes debieron enfrentar durante su espera, más del 95% se vio obligado a regresar a su patria, de la que habían huido para salvar sus vidas.

Los Acuerdos de Cooperación sobre Asilo (ACA), muy criticados desde las oposiciones en los tres países, fueron conocidos como “acuerdos de tercer país seguro”. Sin embargo, se trató de un eufemismo para apuntalar las políticas restrictivas y excluyentes del gobierno de Donald Trump respecto de los migrantes irregulares.

La inviabilidad de estos acuerdos fue notoria desde el mismo momento de sus firmas. Debido a las exigencias de Washington, que nada tenían de diplomáticas ni de contemporizadoras, los gobiernos centroamericanos debieron aceptar los acuerdos a regañadientes. Sin embargo, era precisamente de esos países de los que huían los migrantes. Es en éstos donde se producen las mayores violaciones a los derechos humanos y donde los respectivos contextos socio-económicos y políticos determinan emigraciones masivas. Especialmente desde Honduras, cuna de las tristemente famosas caravanas que comenzaron a salir del país en octubre de 2018.

En tal sentido, esos acuerdos se convirtieron en un paso más hacia el desmantelamiento de la protección internacional de las personas refugiadas, exponiéndolas a violaciones de derechos humanos y, por consiguiente, a graves riesgos para su vida e integridad.

La política migratoria de Biden

A inicios de este mes de febrero, la administración Biden ha resuelto, entre sus primeras medidas respecto al fenómeno migratorio, anular esos inútiles y abusivos acuerdos. Buena decisión, de acuerdo con fuentes como el CEJIL (Centro por la Justicia y el Derecho Internacional), quien siempre se opuso a esos acuerdos por considerarlos una seria amenaza para los derechos humanos de los refugiados.

Según el secretario de Estado Anthony Blinken, el Gobierno de EEUU da así los “primeros pasos concretos para lograr una mayor asociación y colaboración en la región”, en consonancia con la nueva política migratoria trazada por el presidente Joe Biden, quien desde que llegó a la Casa Blanca se abocó a desmantelar la política migratoria de Donald Trump.

“De acuerdo con la visión del Presidente, hemos notificado a los gobiernos de El Salvador, Guatemala y Honduras, que Estados Unidos está tomando esta acción a medida que comienzan los esfuerzos para establecer un enfoque cooperativo y mutuamente respetuoso para gestionar la migración en la región”, agregó Blinken en un comunicado oficial.

Falsas esperanzas

Expertos prevén que esta anulación podría generar falsas espectativas en las poblaciones del Triángulo Norte, que podrían interpretarlo como una apertura de las fronteras de Estados Unidos. Nada más lejos de la realidad. Las nuevas políticas quizás no sean tan restrictivas como las emanadas desde Washington en los últimos cuatro años, pero no serán lo permisivas que muchos creen en estas castigadas tierras centroamericanas.

Se infiere, de acuerdo con otras iniciativas, como la Lista Engel, que la perspectiva de la administración Biden será integral, pretendiendo valorar las causas reales de la migración de estos tres países, respetando los convenios internacionales.

Por lo pronto, ya se ha aprobado un aporte económico para la región de cuatro mil millones de dólares a desembolsar durante los cuatro años de su gobierno. Con ello, se buscaría la creación de más oportunidades para la población del Triángulo Norte, evitando, de esa forma, la migración masiva hacia el norte. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que la crisis económica regional, con la subsecuente falta de trabajo, no es la única razón para emigrar. La violencia generada por el crimen común y organizado, es también una razón de peso.

Asimismo, de acuerdo con lo manifestado por la congresista demócrata Norma Torres, de origen guatemalteco, la actual administración se enfocará muy especialmente en combatir la corrupción imperante en la región como causal de las migraciones. Según este razonamiento, las corruptelas de los poderes fácticos e institucionales en los tres países  generan desvíos de dineros necesarios para mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.

Resta ver hasta dónde llegarán las medidas del actual ocupante de la Casa Blanca en torno a esta problemática, para ver si las expectativas despertadas se justifican o no. Atendiendo a la historia personal de Biden, podría ser una ilusión vana.

Foto de Daniel Arauz em Foter.com / CC BY

¿Por qué AMLO no quiere a Biden?

Los presidentes de México y Estados Unidos sostuvieron el pasado 23 de enero su primera conversación telefónica. Según reportes de prensa, Joe Biden empezó el diálogo señalando divertido que él no era Donald Trump, a lo que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) respondió serio que él tuvo una gran relación con el ex presidente y magnate neoyorkino.

La anécdota confirma lo que ya sabíamos: AMLO fue un trumpista de closet en las elecciones estadounidenses. Algunos explican la afinidad del tabasqueño con Trump señalando que son almas políticas gemelas. No les falta razón. Ambos son populistas, demagogos, buscapleitos y sienten desprecio por la ciencia y las élites intelectuales.

Su mutua afinidad quedó evidenciada en la extensa carta de presentación que AMLO le envió a Trump en 2018 en que resalta sus similitudes: “En cuanto a lo político, me anima el hecho de que ambos sabemos cumplir lo que decimos y hemos enfrentado la adversidad con éxito. Conseguimos poner a nuestros votantes y ciudadanos al centro y desplazar al establishment o régimen predominante.”

Con ese guiño, AMLO hizo puntos con Trump al presentarse como uno de los suyos: un outsider al que las arrogantes élites de Washington y Ciudad de México consideraron no aptos para ocupar la alta dignidad de la presidencia. Pero de forma espectacular y sorpresiva demostraron lo mucho que estaban equivocadas.

La frialdad de AMLO con Biden

Tanta camaradería y calidez contrasta con la frialdad (rayana en descortesía) que AMLO mostró al resistirse a felicitar a Biden por su inequívoco triunfo en noviembre pasado. Bajo el falaz argumento de que el proceso electoral estadounidense no había terminado, AMLO daba juego de esa forma a las infundadas acusaciones de fraude electoral de Trump que hicieron crisis con el asalto al Capitolio el pasado 6 de enero.

La lógica de AMLO, sin embargo, no aguanta el más mínimo escrutinio. Su gobierno ha sido siempre el primero en felicitar a presidentes de su mismo signo político, como fue el caso de Alberto Fernández de Argentina.

Me parece -sin embargo- que la malquerencia de AMLO por Biden es más prosaica: no se basa en diferencias de carácter sino en fría y calculadora estrategia política. Lo cierto es que AMLO prefería a Trump porque éste le dejó hacer y deshacer a su antojo y sin el más mínimo reproche. Las cosas serán bien distintas con Biden en al menos tres ámbitos que directamente afectarán la relación México-Estados Unidos.

Tres puntos que afectarán la relación México-Estados Unidos

El primer ámbito es el medioambiente, un tema que al gobierno de AMLO lo tiene sin cuidado. Para muestra un botón: en lo que va del sexenio han desfilado tres titulares en la hoy irrelevante Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT). El actual titular es un miembro desconocido del muy cuestionado Partido Verde Ecologista de México (PVEM).

Para todo efecto práctico, el gobierno mexicano ha abandonado la protección ambiental como política de Estado y las consecuencias saltan a la vista. Se mandó desmontar un manglar entero para construir una refinería en el estado natal del presidente, se sigue inyectando dinero a PEMEX y favoreciendo el uso de combustibles fósiles, y se promueve la construcción en áreas protegidas como la reserva de la biosfera de Calakmul. Para disgusto de AMLO, la administración Biden pondrá el tema medioambiental en el centro mismo de la agenda diplomática con México.

El segundo ámbito de conflicto será la democracia. Al ex presidente Trump le gustaba estrechar la mano dura de los autócratas. En el fondo les admiraba y hubiese querido llegar a ser un hombre fuerte al mando de su nación al estilo de Vladimir Putin o Erdogan. En esto también salió perdiendo AMLO con la victoria de Biden. La nueva administración ya ha avisado que la defensa de los valores democráticos volverá a la agenda de los Estados Unidos. Ello necesariamente echará agua al embate directo y frontal de AMLO sobre el Instituto Nacional Electoral (INE) y sus consejeros, a quienes descalifica un día sí y otro también.

Y ahí no para la cosa. Si AMLO llegase a cancelar las elecciones de junio de este año bajo el pretexto de la pandemia, o desconocer sus resultados acusando al INE de cometer fraude, tendrá que dar explicaciones en la Oficina de Asuntos Hemisféricos en Washington.

El tercer y último ámbito es la militarización creciente del país. Aquí el tema de la detención y posterior liberación del General Cienfuegos se cruza. Los puentes entre la DEA y el FBI con el ejército mexicano volaron por los aires cuando Cienfuegos fue detenido en el aeropuerto de Los Ángeles en octubre del año pasado. Fue un golpe muy duro para el ejército, el cual goza en México de apoyo y reconocimiento transversal entre los actores políticos. La posterior liberación del general por las autoridades estadounidenses a instancias de Trump y la acusación de AMLO a la DEA de fabricar evidencia sólo agravaron la situación.

El resultado es que hoy tenemos un presidente mexicano que utiliza al ejército como garante de su proyecto político, y una nueva administración en Washington que desconfía de las fuerzas armadas mexicanas. Son los elementos de una tormenta perfecta que puede devenir en un grave conflicto diplomático.

Y por todo ello es que AMLO prefería a Trump sobre Biden. Mala suerte para él pues ahora le va a tocar bailar con la más fea.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

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La invasión del Capitolio: ¿América Latina está aquí?

La invasión del Capitolio, incitada por el propio expresidente Donald Trump a partir de la farsa del fraude electoral, ha sido calificada por muchos periodistas y analistas políticos como el mayor ataque a la democracia en Estados Unidos. El acontecimiento, supuestamente excepcional en la historia de este país, se comparó con algo rutinario en el escenario latinoamericano.

La invasión llevó al ex presidente George W. Bush a asociar las imágenes de caos resultantes con las típicas de «una república bananera». Tales analogías fueron refutadas por el ex secretario de Estado Mike Pompeo, quien dijo: «Esta calumnia revela una comprensión errónea de las repúblicas bananeras y la democracia en Estados Unidos”.

La «república bananera»

Mientras discrepaban entre sí sobre la pertinencia de comparar el episodio con los que tienen lugar en América Latina, Bush y Pompeo utilizaron el término «república bananera» en su habitual sentido peyorativo. El término fue acuñado por el escritor estadounidense conocido por el seudónimo O. Henry en el cuento El Almirante, a principios del siglo XX. Allí se refería a Anchuria, un país ficticio inspirado en Honduras, donde el autor huyó tras ser acusado de defraudación bancaria.

Desde entonces, el vocablo se ha expandido para incluir a los países latinoamericanos con instituciones políticas inestables, dominados por la corrupción, la violencia y una profunda dependencia económica internacional.

La «república bananera» alude, en los discursos de Bush y Pompeo, a un lugar metafóricamente alejado de los Estados Unidos, de decadencia institucional y moral, supuestamente ajeno a la democracia estadounidense que se proyecta en el mundo como sólida y ejemplar. De hecho, la democracia estadounidense se ha arrogado la posición de norma para las demás democracias del continente, consideradas como frágiles y poco institucionalizadas. Las desviaciones, como la cubana o la venezolana, se castigan con el no reconocimiento, el bloqueo, las sanciones y la suspensión de las instituciones internacionales.    

Sin embargo, lo que la narrativa de Bush y Pompeo silencia es que la historia de inestabilidad institucional, brutalidad y golpes de Estado en América Latina no es una historia aparte de la de los Estados Unidos. No es el opuesto a la historia de los Estados Unidos, sino que es una parte central de su historia.

La tradicional política exterior de Washington

El autogolpe de Trump es familiar porque nos retrotrae a la tradicional política exterior de Washington de promover políticas antidemocráticas, desestabilización política y económica en América Latina. A lo largo de la historia de la región abundan los ejemplos de intervenciones militares estadounidenses para derrocar gobiernos contrarios a sus intereses económicos y de seguridad, de ayuda militar y económica para perpetuar regímenes autoritarios o de fomento de grupos de oposición para depositar gobiernos constitucionalmente elegidos.

Si tenemos en cuenta esta otra historia de los Estados Unidos como potencia imperialista en América Latina, la invasión del Capitolio no causa tanta extrañeza. Más bien puede considerarse como el resultado de un efecto bumerán, como dijo Aimé Césaire al referirse al experimento nazi. El poeta antillano afirma que antes de ser víctimas del racismo con el advenimiento de los regímenes nazis, los europeos fueron cómplices porque toleraron, legitimaron y absolvieron las prácticas racistas en los dominios coloniales antes de ser impactados por ellas.

La pregunta que queda es: ¿hasta qué punto los Estados Unidos no fue cómplice de los golpes de Estado, de la destrucción de los ecosistemas, de la producción de desigualdades en América Latina antes de que el golpe trumpista le impactara?

En otras palabras, es como si la incitación a los golpes de Estado, una práctica tan cercana a la política exterior de Estados Unidos para América Latina, hubiera emigrado inadvertidamente a territorio estadounidense. Lejos de ser una aberración o una anomalía en la historia de los Estados Unidos, tanto la incitación a los golpes de Estado como la racialización de América Latina que los sustentó están firmemente inscritos en la historia del país.

Una América estrecha, blanca y heteronormativa

En los contornos racistas del imaginario de Trump y de sus partidarios, los pactos democráticos no deberían extenderse a todas “las Américas”. La narrativa trumpista de volver a “hacer grande a América“ equivalía contradictoriamente a apaciguarla, a defender “una América” estrecha, blanca y heteronormativa, tratando de combatir con todas las fuerzas la latinización de los Estados Unidos.

Aunque el ex presidente no logró hacer viable su principal proyecto político de construir un muro «físico impenetrable» que separe las fronteras de los Estados Unidos y México, los estadounidenses fueron convocados e investidos de autoridad por el ex presidente para encarnar los muros en sus discursos y prácticas cotidianas.

La confrontación se fue convirtiendo en la tónica de la vida política, lo que dio lugar a que se entablillaran las tendencias preexistentes de polarización ideológica y racismo institucional. Los niños hijos de inmigrantes y refugiados fueron separados de sus padres y metidos en jaulas. Los tuits presidenciales, impulsados por el odio a las minorías raciales y étnicas, a veces acusaron a los negros y a los inmigrantes latinoamericanos de crímenes violentos en los Estados Unidos y a veces pidieron a México que pagara el muro fronterizo.

En esa era Trump, los límites y contradicciones de la democracia estadounidense que fueron, en parte, exportados a sus patios traseros a lo largo de los siglos XIX y XX, manteniendo la ilusión de la excepcionalidad de su democracia, ganaron visibilidad y dramatismo llegando a su casa principal, el Congreso.

La invasión del Capitolio fue una acción temeraria de la “América blanca” contra las “otras Américas” (afroamericanos, latinos, chicanos, indios) que fueron sistemáticamente acribillados por los caudillos del sur y del norte del continente.  

Foto de Blinkofanaye em Foter.com / CC BY-NC