Una región, todas las voces

La polarización sistémica

La polarización es un vocablo de moda en el mundo político contemporáneo. Sin embargo, se utiliza en el debate público de manera ambigua y sesgada. Se suele ubicar con dos polos que se presentan como radicalmente antagónicos, pero aunque estos se muestren como “extremos” ideológicos, eso tiene que ver más con la construcción de los propios actores políticos sobre la polarización que con la realidad. Que Jair Bolsonaro diga que el Partido de los Trabajadores (PT) representa la encarnación de la extrema izquierda y del comunismo radical no significa, obviamente, que eso sea así. El PT es, más bien, un partido moderado. Pero a partir del momento en el que el actual presidente brasileño, con su visceral antipetismo, elige al PT como su principal enemigo político, y este partido trata de reubicarse en el nuevo escenario político, poniéndose a la defensiva y teniendo también a la extrema derecha como principal contrincante, la polarización está armada.

La polarización no existe en abstracto. Es una construcción de los propios actores políticos en disputa, siempre retroalimentada por otros vectores, especialmente los medios de comunicación. Al cubrir de manera frecuentemente distorsionada y desequilibrada los acontecimientos y las figuras y posiciones políticas, varios medios acaban contribuyendo a la amplificación y visibilización de la polarización en la escena pública. Las redes sociales digitales también son un espacio privilegiado hoy para insuflar posturas enfrentadas que están llevando la división a planos más íntimos de la vida social. Eso significa que la polarización va más allá de los partidos, de las elecciones y del comportamiento político, llegando también a las calles, a las esferas cotidianas de sociabilidad, a las familias y a las redes de proximidad.

Si entendemos la política como lucha, es decir, como una actividad eminentemente conflictiva, la polarización se torna intrínseca a la política y puede darse entre fuerzas muy diversas y con intensidades distintas»

No hace falta que existan dos extremos ideológicos totalmente opuestos para que se produzca una polarización política. Si entendemos la política como lucha, es decir, como una actividad eminentemente conflictiva, la polarización se torna intrínseca a la política y puede darse entre fuerzas muy diversas (según el momento, las correlaciones de fuerzas y los intereses y objetivos de cada cual) y con intensidades distintas. De hecho, la polarización puede oscilar entre el reconocimiento del otro como un rival en una lógica de competición y una visión beligerante del otro como enemigo, en cuyo caso el odio y la violencia suelen emerger con fuerza y los marcos regulatorios y legales se suspenden o, al menos, se ponen en entredicho.

En nuestro imaginario (geo)político moderno hemos asociado la polarización a dos bloques de poder con proyectos totalmente divergentes: capitalismo x socialismo. Sin embargo, a diferencia de momentos previos en la transición y en la consolidación de los órdenes mundiales como fue el caso de la Guerra Fría, la polarización de hoy se produce entre fuerzas sistémicas, es decir, entre actores y posiciones que refuerzan el capitalismo y que, a pesar de diferentes, no apuntan hacia la contestación o la ruptura del degradado sistema, sino que aprovechan sus múltiples crisis (económica, política, ecológica, entre otras) para reacomodarse, fortalecerse o, en el mejor de los casos, generar algunas brechas de reforma y de defensa de derechos históricamente conquistados.

Vivimos hoy una polarización sistémica en América Latina y en varias regiones del mundo. Por un lado, tenemos en muchos países el fortalecimiento de una derecha conservadora y, a menudo, autoritaria, que no es solo radicalmente neoliberal, sino que actualiza fantasmas del pasado con sus ropajes coloniales, racistas, patriarcales y xenófobos, y busca articularlos con interpelaciones directas a la sociedad. Apoyada en el avance del pentecostalismo, en el descrédito en la política institucional, en la crisis de los actores políticos tradicionales, en las dificultades de mediación entre Estado y sociedad, en los cambios tecnológicos y en los errores del progresismo, las derechas contemporáneas se presentan como anti-establishment, pero cuentan con el apoyo de buena parte de las elites del poder. A su vez, destruyen la democracia reivindicándola. Hasta los golpes de Estado son, con frecuencia, justificados con la necesidad de “rescatar” o “restaurar” la democracia.

Por otro lado, frente a este escenario, parte de la izquierda latinoamericana (especialmente aquella que capitaneó el “ciclo progresista”) se vuelve hoy, curiosamente, a la defensa de una democracia liberal que, en sus orígenes, había criticado ferozmente. Si en las últimas décadas el debate giraba alrededor de la democracia directa, la democracia participativa, la democracia intercultural, o incluso su descolonización, el fortalecimiento público de esta derecha más radical en América Latina ha hecho que parte de la izquierda política pase a defender el sistema, las instituciones, las Constituciones, el Estado de derecho y una visión muy restringida de democracia. De este modo, en la polarización sistémica contemporánea, la derecha se radicaliza y tiene un carácter más disruptivo, mientras los progresismos se giran al centro del tablero político, aspirando “volver” a un escenario y a un mundo que ya no existe.

Es importante recordar que la polarización no es necesariamente negativa en política. En muchos momentos de la Historia permitió precisamente el bloqueo de la extrema derecha. Además, puede llevar a la apertura de nuevos escenarios y horizontes de justicia social y de emancipación. Pero no es este el caso de la polarización sistémica actual, que, por lo contrario, fortalece los extremismos de derecha e impide que se renueve la izquierda. Se tiende a pensar que como consecuencia de la polarización, las voces moderadas pierden poder e influencia. Esto suele ser cierto, pero también se excluyen ahora aquellas fuerzas políticas transformadoras, movimientos sociales, formas comunitarias, resistencias territoriales, luchas por los bienes comunes y en defensa de la vida que no encajan ni se identifican con la polarización sistémica. Partiendo de la oposición entre los dos polos que hoy refuerzan de maneras distintas al sistema capitalista, se simplifica profundamente la realidad social, se ocultan los verdaderos (y urgentes) problemas existentes en nuestras sociedades y se restringen las posibilidades de nuevos horizontes de futuro.

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Convulsiones políticas y desafíos económicos para Argentina

El proceso de transición en Argentina está muy focalizado en cuestiones políticas nacionales e internacionales. Pujas internas, reparto de cargos, simbología política, una América Latina extremadamente volátil y hasta errores personales llevaron al presidente electo a ingresar en conflictos de política internacional descuidando, por el momento, definiciones en el ámbito económico, que es donde Alberto Fernández deberá focalizarse para enfrentar desde el déficit fiscal  y la deuda pública hasta la desconfianza de los ahorristas e inversores en elementos de su propio gobierno, pasando por la falta de competitividad de la economía y la escasez de infraestructura.

El 2020 aparece en el horizonte con algunas certezas. Sabemos que la inflación y la recesión continuarán haciendo estragos, que el cepo a la compra de moneda extranjera deberá continuar y que la renegociación de la deuda pública estará entre las prioridades del nuevo equipo económico.

Las elecciones PASO en la Argentina resultaron una bomba de proporciones para una ya complicada economía. Los salarios, que desde enero hasta agosto habían recuperado terreno frente a la inflación, volvieron a desplomarse a raíz de la devaluación que trajo aparejada la enorme diferencia obtenida por el entonces candidato Fernández. Las reservas del Banco Central de la República Argentina (BCRA) cayeron por debajo de los U$D20.000 millones, el riesgo país casi se triplicó y la incipiente recuperación quedó sepultada. Desde allí hasta el 27 de octubre, las medidas adoptadas por el gobierno tendieron a la estabilización, casi única variable que se podía abordar en esas circunstancias.

Luego de lo sucedido en la anterior etapa del kirchnerismo en el poder, no pareciera haber mucho espacio para que la solución al problema de inflación sea volver a falsear las estadísticas oficiales

Algunas de las ventajas con las que podría contar el gobierno de Alberto Fernández frente al de Mauricio Macri es su llegada a los sindicatos y también a algunos empresarios. Es allí donde ya se plantea la posibilidad de un acuerdo de precios y salarios para moderar la inflación. Una herramienta que nunca funcionó para controlar un fenómeno eminentemente monetario pero que podría servir como contención de reclamos ante una economía sin reacción. Este acuerdo podría moderar algunos precios de la economía mientras se intentan cambios de fondo, si es que hay voluntad de efectuarlos. Luego de lo sucedido en la anterior etapa del kirchnerismo en el poder, no pareciera haber mucho espacio para que la solución al problema de inflación sea volver a falsear las estadísticas oficiales interviniendo el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC), tal como se hiciera en el 2007 cuando el actual presidente electo era jefe de gabinete del fallecido Néstor Kirchner.

El pasado 17 del corriente, un conocido columnista argentino de humor político del diario Clarín, Alejandro Borensztein, señalaba con absoluta justeza que cualquier comerciante sabe que lo que nunca debe hacer es enfrentarse con quien le presta dinero y con quien le compra sus productos. Sin embargo, en estas semanas de transición, el presidente electo Alberto Fernández se enfrentó públicamente con Jair Bolsonaro, primer mandatario de Brasil y principal socio comercial de Argentina, y con Donald Trump, presidente de los Estados Unidos y, como tal, principal accionista del Fondo Monetario Internacional con quien la Argentina deberá renegociar su deuda. No parecen decisiones muy razonadas salvo en términos de política interna. Es probable que no le sea difícil a Fernández acercarse a Trump luego de estos cortocircuitos superficiales, aunque sí aparece más compleja la relación con el mandatario brasileño porque el apoyo de Fernández al recientemente liberado Luiz Inácio Lula Da Silva no parece un detalle menor.

Los principales desafíos que presenta la economía argentina y que, más allá de los ciclos de crecimiento y recesión propios de un país inestable, atentan contra su desarrollo se mantienen inalterables: una economía poco competitiva producto, entre otras cosas, de leyes laborales restrictivas que atentan contra la productividad; un Estado enorme, que representa un lastre fenomenal para el sector privado; un sistema de pensiones, que requiere necesariamente una reformulación para que sea sustentable; un porcentaje de economía informal que subsiste solo gracias a no ingresar en la maraña de leyes e impuestos al trabajo; un sector exportador que sólo es dinámico y competitivo en lo que tiene que ver con el agro; un país extenso y federal, donde son pocas las provincias que generan el superávit necesario para sostener a aquellas que solo “producen” empleo público; un importante déficit en infraestructura, que el gobierno de Mauricio Macri había encarado y cuya evolución debió ser morigerada por la crisis que comenzó el año pasado.

Todos estos desafíos son los que deberá afrontar el presidente electo por el Frente de Todos mientras que, como el nombre del espacio político lo indica, tiene que lidiar con las corrientes internas del peronismo, partido que siempre se ha considerado un movimiento y que cuenta con características anárquicas donde sólo los líderes fuertes han podido hacer pie. La novedad en semejante verticalismo es que quien va a sostener la lapicera presidencial no es quien aportó la mayor cantidad de votos al espacio y, por si fuera poco, esa figura es la polémica y multiprocesada ex presidente Cristina Fernández de Kirchner, cuyas opciones pasarán por intervenir de manera directa sobre la política del gobierno o enfocarse en resolver las distintas causas que la acosan y, para las cuales, seguramente pida algún tipo de apoyo al candidato, ahora presidente, que ella misma designó.

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Chile: superando el estallido mediante una nueva Constitución

Desde mediados de octubre de 2019, Chile ha experimentado una serie de fuertes movilizaciones y protestas sociales. En el contexto de este estallido social han confluido en el espacio público un conjunto heterogéneo de organizaciones sociales e individuos de a pie, motivados por distintos tipos de demandas sectoriales, pero que al parecer comparten, transversalmente, un cuestionamiento a las desigualdades sociales y un rechazo a los abusos de poder, por lo que surge la idea de una nueva Constitución.     

El estallido también hizo evidente que Chile atraviesa una profunda crisis de legitimidad política. De acuerdo con información del diario La Tercera, durante el último mes se movilizaron 4.317.076 chilenos/as. Para poner esta cifra en contexto, es necesario considerar que en las últimas elecciones presidenciales de diciembre de 2017, 3.796.579 chilenos le dieron su voto a Sebastián Piñera. Por su parte, el candidato de centro-izquierda, Alejandro Guillier, el segundo más votado, recibió 3.159.902 votos. Estas cifras sugieren que la crisis de legitimidad es significativa y que afecta no solo al oficialismo, sino también a la oposición.

Durante el primer mes desde que se produjo este estallido social, los intentos del Gobierno por enfrentar la crisis fueron infructuosos y, a todas luces, inadecuados. En un inicio, el presidente Sebastián Piñera centró su esfuerzo en condenar a los “violentistas”, indicó que el país se encontraba en guerra y apeló al toque de queda y al estado de emergencia para reestablecer el orden. Posteriormente, se disculpó por su falta de visión y anunció una serie de medidas, de carácter fundamentalmente compensatorio, para mejorar la situación de los más vulnerables. Es probable que lo haya hecho porque estas iniciativas no empujaban los límites del “modelo” y fueron consideradas como insuficientes, las movilizaciones sociales y protestas no cesaron y la popularidad del presidente continuó cayendo con cada medición.

¿Qué fue lo que falló? A todas luces, lo que se puso de manifiesto fue que la forma es tan importante como el fondo»

Ostensiblemente desbordado por esta situación, el 10 de noviembre el Gobierno de Chile anunció su disposición a impulsar una reforma constitucional a través de un congreso constituyente, con amplia participación ciudadana. La carta magna emanada de dicha instancia debía ser posteriormente ratificada a través de un plebiscito. Lejos de alcanzar la tan ansiada pacificación social, el anuncio pareció encender aún más los ánimos. Las movilizaciones sociales aumentaron, la protesta violenta escaló y el descontento se tomó las redes sociales. ¿Qué fue lo que falló? A todas luces, lo que se puso de manifiesto fue que la forma es tan importante como el fondo. En otras palabras, los críticos al Gobierno no solo clamaron por una nueva Constitución, sino que también cuestionaron el mecanismo institucional escogido por el presidente. En un contexto en el que las instituciones y los actores políticos enfrentan una profunda crisis de legitimidad y confianza, promover una reforma constitucional a través del Congreso no pareció ser la alternativa más sensata.

La escalada de protestas, como respuesta al anuncio presidencial, sorprendió a la Moneda por su virulencia. El Gobierno enfrentó entonces una disyuntiva: recrudecer la represión o ceder. En el marco de las crecientes denuncias por violaciones de los derechos humanos, aumentar la represión resultaba políticamente inconveniente y normativamente difícil de defender. Esto llevó a que distintos actores políticos manifestaran progresivamente su disposición a considerar mecanismos alternativos de cambio constitucional. Finalmente, luego de una maratónica jornada de negociaciones en el Congreso, el 15 de noviembre en la madrugada, salió humo blanco y los líderes del oficialismo y la oposición alcanzaron un consenso.

El llamado Acuerdo por la Paz Social establece un plebiscito vinculante a través del cual la ciudadanía decidirá, por un lado, si quiere una nueva Constitución y, por el otro, si desea que esta emane de una convención constituyente integrada por ciudadanos escogidos por elección directa o por una convención mixta integrada por partes iguales tanto por parlamentarios en ejercicio como por ciudadanos electos para ese propósito. Para que una medida sea incluida en la nueva Constitución, debe contar con el apoyo de las dos terceras partes de la convención constituyente. Cabe destacar que se trata de una nueva Constitución y no de una reforma constitucional, pues la redacción del texto fundamental se inicia sin ningún artículo escrito previamente.

A pesar de algunas críticas y de la desconfianza de ciertos sectores, desde que se anunció el acuerdo, el nivel de movilización y protesta en Chile parece haber cedido, aun cuando no ha desaparecido completamente. Parece evidente que nos encontramos ante un equilibro precario y sumamente volátil. Es indudable que la salida de esta crisis es de naturaleza política. Pero en un escenario de tan baja legitimidad, el temor de muchos sectores movilizados (que pareciera ser fundado) es que los partidos terminen controlando las candidaturas para integrar la eventual convención constitucional. También están quienes temen (equivocadamente, en mi opinión) que el quórum termine permitiendo a una minoría imponer su voluntad.

El Acuerdo por la Paz Social es un avance significativo en la dirección correcta. No obstante, en este complejo escenario, es necesario hacer todo lo posible para disipar las aprensiones de quienes temen que el proceso termine beneficiando a los más poderosos. Para que el desenlace de esta crisis sea exitoso, se hace imprescindible explicarle a la ciudadanía que el establecimiento de un quórum de dos tercios fomentará la adopción de amplios consensos. Se requiere, además, adoptar estrategias explícitas que propicien la deliberación y que cuenten con la participación de actores extrapolíticos que le aporten mayor legitimidad al proceso. Ya hay varias organizaciones y actores de diversos tipos y orientaciones que se han puesto a disposición del Gobierno y la oposición para apoyar constructivamente en lo que se viene. Una resolución exitosa de este estallido social requiere que el Gobierno y los partidos estén genuinamente dispuestos a invitar a más jugadores a la cancha.

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El frustrado autogolpe en Bolivia

Los hechos políticos en Bolivia han sido muy dinámicos en las últimas semanas. Desde el 20 de octubre, día de las elecciones nacionales y a la luz de los resultados preliminares, se fueron desencadenando un conjunto de interpretaciones desde la oposición y desde el oficialismo. Ese mismo día la Organización de Estados Americanos (OEA) y la Unión Europea (UE) recomendaban una segunda vuelta, ya que percibían irregularidades en el proceso electoral. El apagón de la Transmisión de Resultados Electorales Preliminares (TREP), la comparación de los resultados en boca de urna que habían sido obtenidos por la empresa Vía Ciencia y los oficiales levantaban muchas susceptibilidades en la oposición. El Gobierno de ese entonces se proclamó ganador en primera vuelta, y la principal organización política opositora declaraba haber obtenido su primera victoria, que significaba ir a segunda vuelta.

A partir de las recomendaciones de la OEA y de la UE, el Gobierno solicitó, a regañadientes, a la OEA, de manera unilateral, una auditoría. Esto generó suspicacias en la oposición, ya que no se había tomado en cuenta su opinión para llegar a esa determinación; también profundizó el movimiento ciudadano desde los comités cívicos y desde el Comité de Defensa de la Democracia (Conade) que ya no exigían segunda vuelta, sino que pedían la renuncia del presidente.

La oposición política partidaria era más cauta, sus demandas se limitaban a cambiar a las autoridades del Tribunal Supremo Electoral (TSE) y a llamar a nuevas elecciones. Lógicamente, el Gobierno no aceptó la demanda de la oposición política partidaria y, menos todavía, la demanda de los comités cívicos.

Debido al crecimiento de la conflictividad, los sectores más “racionales” le pedían al Gobierno que llamara de inmediato a un diálogo con todos los actores: comités cívicos, Conade, organizaciones políticas, plataformas ciudadanas, y, que además, convocara a una tercera instancia que mediase en el diálogo. El Gobierno, creyendo que podía desgastar el impulso de los levantamientos de la población, también negó esa posibilidad.

Las movilizaciones y los enfrentamientos se habían llevado tres vidas y más de un centenar de heridos. Absurdamente consecuente con su línea discursiva, el Gobierno insistía en esperar los resultados de la auditoría que tenía un plazo máximo de 13 días. Habían pasado 9, y la movilización en la sede de Gobierno que pedía la renuncia del presidente era pacífica, pero incontrolable.

La OEA determinaba con claridad la existencia de un fraude electoral y recomendaba la anulación de las elecciones y la realización de nuevos comicios»

Finalmente, llegó el domingo 10 de noviembre y temprano la OEA dio a conocer los resultados preliminares de la auditoría que reconocía irregularidades que fueron cometidas de manera sistemática en varios ámbitos del proceso electoral. En pocas palabras, la OEA determinaba con claridad la existencia de un fraude electoral y recomendaba la anulación de las elecciones y la realización de nuevos comicios. Rápidamente, el entonces presidente Evo Morales, al verse descubierto y siguiendo el carácter vinculante de las recomendaciones de la auditoría, decidió llamar a un diálogo entre el Gobierno y los actores políticos opositores que habían sido parte del proceso electoral, y desconociendo, además, la importante representación que en ese momento habían conseguido los comités cívicos, el Conade y la valiente Policía Nacional que, para ese momento, se encontraba al lado de su pueblo.

Además, planteó la necesidad de anular elecciones y llamar a nuevos comicios con un TSE renovado. Ya era tarde. La gran mayoría de los bolivianos se habían dado cuenta de que el Movimiento al Socialismo (MAS), en general, y Morales, en particular, habían hecho trampa y que, mediante el fraude comprobado, querían robarles las elecciones a la oposición y al pueblo boliviano.

La convulsión social crecía y se insistía con mayor fuerza y con mayor legitimidad en pedir la renuncia de un presidente “manipulador”. Ante ese panorama desolador para el gobierno del MAS, varias de sus autoridades, entre ministros, diputados, senadores, gobernadores y alcaldes, comenzaron a renunciar. Al calor de estos hechos, los movimientos en las calles auguraban la renuncia de Morales. Esa predicción no tardó en concretarse y finalmente este apareció de manera pública junto a los entonces vicepresidente y ministra de Salud en un mensaje grabado en el que anunció la tan añorada renuncia.

Los mensajes en el discurso eran claros. Responsabilizaban a los líderes de la oposición de Bolivia de todo lo acontecido y se les pedía hacerse cargo de los conflictos en el país casi adivinando que dichos conflictos se iban a incrementar. Las calles en todo el país festejaban inocentemente la renuncia de Morales hasta que comenzaron a percibirse nuevos movimientos sociales favorables al MAS que manifestaban su descontento por la renuncia de este.

Actos terroristas en la sede de Gobierno atemorizaban a la población, saqueos de negocios, quemas de 64 buses de transporte público, incendios de casas de personalidades reconocidas como opositoras. Estos hechos hicieron que el festejo se transformara en un pánico sistemático. El país estaba descabezado, en sobresalto y con incertidumbre. La policía no tenía los medios para controlar a las hordas terroristas y la interrogante general era: ¿dónde están los militares?

El lunes en la noche, por fin, el comandante de las Fuerzas Armadas de Bolivia salió a la luz estableciendo que las Fuerzas Armadas defenderían al pueblo boliviano en contra de los ataques perpetrados. Ese mismo día, quizás al verse sobrepasado, Morales aceptó el asilo político ofrecido por los Estados Unidos Mexicanos y el martes partió rumbo a ese país. Declaró, a su vez, que en Bolivia se había materializado un golpe cívico, político y policial.

El mismo día en una asamblea extraordinaria de la OEA, su secretario general, después de haber escuchado las alocuciones de varios representantes de los países miembros, subrayó que definitivamente sí hubo un golpe de Estado en Bolivia. Este se habría dado el 20 de octubre de 2019, día de las elecciones nacionales, cuando el gobierno del MAS trató de robarle las elecciones una vez más al pueblo boliviano para perpetuarse en el poder. Impulsada por este respaldo internacional y por estas declaraciones, horas después, la Asamblea Legislativa instituyó en Bolivia un nuevo Gobierno constitucional transitorio que tendrá la tarea de renovar el TSE con autoridades probas y, a partir de ese espacio, llamar lo antes posible a nuevas elecciones, esta vez sin trampas, sin irregularidades y sin fraude.


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Octubre sudamericano

El mes de octubre estuvo lleno de acontecimientos en Sudamérica. Se celebraron elecciones presidenciales en Argentina, Bolivia y Uruguay, una elección local en Colombia y una crisis institucional en Perú, donde un conflicto entre la base de Alberto Fujimori y la oposición dio lugar a la clausura del Congreso a finales de septiembre.

Los resultados de los procesos electorales en la región, en al menos dos de los casos mencionados, no solo apuntan a cambios en las relaciones entre las fuerzas internas, sino que también sugieren la importancia de factores específicos en los contextos nacionales. En Colombia, a pesar de las tensiones no resueltas en el proceso de paz, las elecciones locales sugieren una reconfiguración política en el país, con predominio de los partidos de centro-izquierda, como la elección de la exsenadora Claudia López, de la Alianza Verde, quien será la primera mujer en ocupar el cargo a la Alcaldía de Bogotá. De origen popular, es abiertamente gay y apoya el proceso de paz con las FARC.

En Argentina, la victoria de la dupla Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner en la primera vuelta representó una reacción de la población al gobierno de Mauricio Macri, las reformas promercado y el aumento del endeudamiento externo, que sumieron al país en una profunda recesión.

En Venezuela, estamos siendo testigos de la naturalización de una profunda crisis institucional que tiene su prolongación desde la muerte de Hugo Chávez y ha continuado con la sucesión del eternamente disputado Nicolás Maduro. El país cuenta actualmente con dos presidentes, uno electo y otro autoproclamado, y viven en una grave crisis económica con un continuo éxodo de venezolanos a los países vecinos.

Los levantamientos populares en Ecuador y en Chile fueron, sin embargo, los dos acontecimientos más significativos del ‘octubre sudamericano»

Los levantamientos populares en Ecuador y en Chile fueron, sin embargo, los dos acontecimientos más significativos del «octubre sudamericano», ya que se destacan el tamaño de la reacción popular contra las medidas de austeridad fiscal que han dominado desde los años noventa. En Ecuador, el levantamiento fue causado por la eliminación del subsidio al combustible que ha estado en vigor durante los últimos 47 años. A esto siguieron manifestaciones y protestas generalizadas, con la participación de estudiantes, campesinos, trabajadores urbanos, movimientos de mujeres, ecologistas y artistas. Por su parte, el Gobierno autorizó el uso de las Fuerzas Armadas y declaró el estado de excepción. Veinte mil indígenas marcharon hacia Quito, seguido por el traslado de la capital a Guayaquil. Al final, el Gobierno revocó el fin de los subsidios y anunció un proceso de diálogo con los movimientos sociales, al que llamó «diálogo por la paz».

El proceso de Chile ha seguido un camino similar. El anuncio del aumento de las tarifas del transporte fue seguido casi inmediatamente por la reacción popular encabezada por los estudiantes de secundaria. Las Fuerzas Armadas fueron llamadas a reprimir las protestas y el Gobierno declaró el estado de excepción en las ciudades de Santiago y Valparaíso. Luego revocó el aumento en el precio del transporte, declaró un toque de queda en Santiago y anunció un paquete de medidas sociales. A pesar de haber una posición más conciliadora del Gobierno, las protestas continuaron, reuniendo a un millón de personas en una manifestación pacífica en Santiago, la más grande de la historia de Chile. Para finales de octubre, el Gobierno pidió la dimisión de los ministros, solicitó un diálogo con la oposición y prometió reformas estructurales.

¿Qué sugieren estos acontecimientos sobre la dinámica política de la región? En primer lugar, la diversidad de los procesos indica que sus orígenes y posibles explicaciones se basan en factores específicos en sus contextos nacionales respectivos. Para no hacer interpretaciones erróneas, el enfoque analítico debe ser el de la pluralidad.

A pesar de reafirmar la diversidad, es posible establecer elementos comunes en los levantamientos populares de Ecuador y Chile y en las elecciones de Argentina. En Chile, el levantamiento popular se centró en la crítica hacia la desigualdad producida por treinta años de gobiernos neoliberales y el grito por la dignidad. El sistema de pensiones chileno, basado en la capitalización individual, el cual fue adoptado bajo el régimen de Augusto Pinochet, ha llevado al empobrecimiento de grandes sectores de la población jubilada, que hoy reciben alrededor del 60% del salario mínimo.

Es imposible no mencionar el «doble movimiento» de Karl Polanyi que, ya en 1944, en su clásico La gran transformación, advertía de la fractura del tejido social cuando el molino satánico del mercado autorregulado se convierte en el centro de la vida social y amenaza el componente humano y natural del organismo social. En estas condiciones, según Polanyi, se esperaría que la sociedad se movilice en busca de protección. Así, como sucedió en la situación que estudió, con la sociedad industrial del siglo XIX en Inglaterra, la misma reacción de la sociedad civil para buscar su protección se manifestó en los levantamientos populares en Ecuador y en Chile, así como en las elecciones de Argentina de 2019.

Otro aspecto que llama la atención en los casos de Ecuador y Chile es la diversidad de los sectores movilizados. Participaron personas normalmente ajenas a las manifestaciones, las llamadas «personas comunes». El clamor por la dignidad, la consigna de esas manifestaciones, sugiere un malestar social generalizado entre la población chilena: la reacción no fue por 30 pesos, sino por 30 años.

Si las causas de los hechos mencionados son endógenas, no existe ninguna razón lógica y analítica para postular que fuerzas ocultas del «eje del mal», constituido por Cuba-Venezuela, estén en acción. De la misma manera, a menos que se adopte un punto de vista ideológico, desprovisto de razón, no se debe esperar un contagio a los países vecinos, salvo que las condiciones estipuladas por Polanyi estén presentes y pongan en marcha el “doble movimiento” y la consiguiente reacción popular al molino satánico.

Las crisis no se limitaron al mes de octubre. A principios de noviembre, América del Sur experimentó la libertad del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil después de más de 500 días en prisión. La puesta en libertad se debe a un cambio en el entendimiento del Supremo Tribunal Federal (STF) sobre la posibilidad de encarcelamiento después de una segunda instancia. En su primer discurso, ya siendo libre, el tono de Lula indicó que volverá a ser el líder de la oposición contra el avance conservador en Brasil.

En Bolivia, hubo cierta fatiga electoral después de tres mandatos consecutivos de Evo Morales. La oposición consideró que al presentarse a las elecciones, el presidente estaba violando las reglas que impedían un nuevo mandato. El resultado: la falta de transparencia en el recuento de votos condujo a la acusación de fraude electoral, opinión respaldada por la Organización de los Estados Americanos (OEA). Siguieron las manifestaciones de la oposición, y las Fuerzas Armadas entraron en escena. El comandante del Ejército, Williams Kaliman, sugirió públicamente que Morales renunciara. Horas más tarde, el presidente dimitió, junto a los demás miembros de la línea de sucesión. Morales acusó a sus dos principales opositores, Carlos Mesa y Luis Fernando Camacho, de organizar un golpe de Estado.

Esta inestabilidad en Sudamérica llega en un momento en que no hay instituciones regionales que puedan actuar. La Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), creada en 2008, fue el foro en el que se planificó abordar estos temas, pero desde abril de 2018 la organización ha estado vacía. Brasil, Argentina, Chile, Colombia, Paraguay, Perú, Ecuador y Guyana se han sumado al proceso de sustitución de Unasur por el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosul) como instrumento de integración regional. De carácter conservador, Prosul prescinde de la institucionalidad y, hasta la fecha, no ha sido utilizado como instancia de integración.

Foto de todosnuestrosmuertos en Foter.com / CC BY-NC-SA

America Latina y el desarrollo: problemas y oportunidades

Los pueblos están en marcha; Chile, Ecuador, España, Líbano, Hong Kong, Argelia, Iraq, Venezuela, Rusia, Honduras o Etiopía. En distintos lugares del mundo, como es el caso de América Latina, hay una sucesión de grandes manifestaciones, protestas, esperanzas y frustración. Se retoman viejos profetas o surgen nuevos. Incluso nuevas, como la popular adolescente sueca Greta Thunberg.

Por cierto, no es novedad que haya protestas, ni siquiera con el grado de participación o de violencia que hemos visto últimamente. Pero hay elementos que sí llaman la atención. Uno es la sincronía con la cual surgen las manifestaciones, lo que no quiere decir que tengan el mismo significado ni los mismos objetivos. Otro elemento es que son protestas de rechazo para derribar un Gobierno, contra privatizaciones, para reivindicar libertades coartadas o ante la corrupción. Generalmente, carecen de una clara o profunda propuesta alternativa. Las grandes utopías dominantes de fines del siglo XIX han perdido espacio, sobre todo las que tenían visiones globales. En su lugar, crece el nihilismo, en muchos sitios, opuesto a un renacer de utopías nacionalistas.

Estamos, sin duda, ante un momento de mucha confusión y falta de visión estratégica, lo que es característico en períodos de transición del sistema cuando el sistema internacional se encuentra en una crisis coyuntural, inmerso entre cambios de modos de producción u otras fuerzas directrices. En el caso actual, la transición es el paso del predominio de la sociedad industrial a la sociedad de la información. Los sistemas de producción del viejo paradigma quedan relegados, y con ellos, culturas, estructuras políticas y los grupos sociales que ahí han operado. Viejas potencias pierden su dominio y surgen nuevas. Más allá de los vaivenes, en los cuatro siglos que lleva la construcción del sistema internacional hay una cosa que se ha mantenido: una continuidad en la creciente interdependencia mundial.

El «América primero» del presidente Donald Trump no es necesariamente una señal de menor conexión del sistema internacional, sino el intento de mantener influencia, al menos en espacios delimitados. De ahí la reactivación de la Doctrina Monroe. Es importante recordar que la interconexión mundial no quiere decir que no haya subsistemas. Los hay y se siguen expresando, en gran medida, a través de Estados en los que ciertos grupos de interés chocan con otras unidades como si fueran capas tectónicas, por lo que generan convulsiones en el sistema internacional y de las que pueden permanecer ajenos cada vez menos.

En cuanto a la política, se van imponiendo nuevos formatos de unidades del sistema. De la mano de la irrupción de China y la India, el viejo formato de «Estados nación» se va erosionando a la sombra de los «Estados civilización». Estos son Estados de gran dimensión geográfica, con proyección de poder en un espacio aún mayor y unido por elementos de contenido cultural y geopolítico. Estados Unidos ha tenido este papel con respecto al mundo «occidental», y ahora se ve desafiado por nuevos y avanzados pretendientes a conformar «Estados civilización». La respuesta de EE. UU. es defensiva, retrayéndose a su «Estado nacional» y debilitando su esfera «civilizacional» de influencia en el sistema. Por su parte, la Unión Europea va comprendiendo la nueva realidad, pero todavía sin una proyección decisiva más allá de sí misma. Rusia ha realizado su proceso de transformación durante el gobierno de Vladímir Putin, proyectándose civilizatoriamente en Eurasia y globalmente a través de su alianza con China y la India, de la cual, una de sus expresiones es la coordinación de los BRICS.

Las sociedades exigen bienestar, pero hay que financiarlo, por lo que el desarrollo es uno de los desafíos pendientes de la región»

Este es el marco estructural en el que están inmersas las actuales crisis políticas en América Latina. Las sociedades exigen bienestar, pero hay que financiarlo, por lo que el desarrollo es uno de los desafíos pendientes de la región. Independientemente de la ideología que puedan haber tenido los modelos económicos aplicados en la región (desde Cuba hasta Chile), existe algo en común, y es que ninguno ha logrado romper con la dependencia de las materias primas. De igual manera, las economías de la región, caracterizadas por exportaciones monopolizadas por unos pocos commodities, han quedado dependientes en su gran mayoría a unos pocos mercados. En el caso de México, las exportaciones han pasado a ser predominantemente de productos industriales.

Sin embargo, esto se ha hecho a costa de acuerdos comerciales que han desmantelado al Estado, generando un vacío de control territorial, el cual ha sido rellenado por distintos grupos, entre los que están los carteles de narcotraficantes. Por lo tanto, se desarrollan enclaves, no la nación en su conjunto. Además, se acentúa la característica latinoamericana de dependencia de un mercado receptor de exportaciones. No hay que inventar la rueda, como planteara el economista Raúl Prebisch, en la Comisión Económica para América Latina (Cepal) en los años cincuenta. Cuando bajan los precios de los productos de importación, o los mercados receptores imponen sus condiciones, se hace evidente la vulnerabilidad periférica del subdesarrollo latinoamericano.

Para contrarrestar lo anterior, algunos Gobiernos eligen aproximarse a un Estados Unidos que no mira más que a sí mismo o a la Unidad Europea, que todavía no se encuentra consigo misma. Otros intentan aproximarse a las potencias emergentes como lo son China o Rusia, que carecen de capacidad para crear condiciones de desarrollo en América Latina. Esto último, porque su prioridad está en que la prosperidad de sus habitantes y su crecimiento económico gire en torno a una vieja receta: exportar productos de mayor valor agregado e importar materias primas lo más barato posible. Aceptar este modelo es, por lo tanto, para América Latina, continuar viviendo en la sombra del subdesarrollo periférico.

Entonces, ¿quo vadis, América Latina? Lo primero es aprender del pasado para mirar hacia adelante. Sin la creación de valor agregado en la producción, difícilmente habrá desarrollo. Segundo, sin mercados propios resilientes, aumenta la vulnerabilidad a los vaivenes del sistema internacional. Tercero, la pertenencia a una esfera de dominio de una gran potencia y «Estado civilizacional» no asegura la prioridad de intereses de desarrollo de los países latinoamericanos. Superar la fragmentación y crear mercados comunes sigue siendo una condición para el desarrollo. Cuarto, la integración no puede ser solo un asunto de mercados o instituciones: requiere apoyo popular y transformación cultural. Quinto, ninguna política de desarrollo local puede estar desconectada de un profundo análisis de sus posibilidades y limitaciones en el sistema global. 

Foto de Casa de América en Foter.com / CC BY-NC-ND

¿Qué nos dice el populismo?

El término “populismo” se usa en estos días para hacer referencia a una amplia gama de líderes, movimientos, partidos y Gobiernos, desde el partido antinmigrante de extrema derecha Fidesz, de Viktor Orban, hasta el movimiento antineoliberal de izquierda de Evo Morales, pasando por Jair Bolsonaro, quien ha glorificado el periodo de gobierno militar de Brasil, prometió librar al país del socialismo y dar a la policía “carta blanca” para matar a presuntos delincuentes. ¿Tiene algún significado el término si se aplica a una gama tan dispar?

La respuesta corta es que lo tiene (significado válido) si es conceptualizado no como una ideología, sino como un método para organizar el poder que surge de la ausencia o del deterioro de un pacto. Los pactos políticos vinculan a las fuerzas sociales que contienden en una sociedad determinada y obligan a los gobernantes a honrar el acuerdo realizado. El populismo es un medio para atender la angustia por los pactos políticos ausentes, amenazados o rotos. Incluye lo siguiente: 1) el líder carismático que hace un llamado o apelación emocional, basándose en emociones profundamente sentidas de miedo, inseguridad, enojo y traición; 2) la invocación de la “voluntad del pueblo”; y 3) el deseo (idea de que es conveniente y deseable) una relación directa entre el líder y sus seguidores populares.

El populismo, usualmente, comprende un desprecio hacia los procesos institucionales de tipo formal por haber fracasado en responder a la intensa angustia emocional y popular. Implica apelar al nacionalismo e identificar a un enemigo interno o externo, o ambos (a menudo una oligarquía rica o los extranjeros). El populismo surge cuando en una proporción significativa de la población existe el sentimiento de que su exclusión del proceso político está teniendo un impacto profundamente perjudicial.

Las características del populismo identificadas aquí representan una construcción de “tipo ideal” (a lo Max Weber); esto significa que el populismo, en su forma pura, no existe en realidad en ningún lugar, pero varios movimientos, partidos, Gobiernos y líderes pueden ser descritos en términos de la medida en que se acercan a esas características (grandes cantidades de ellos han tenido elementos populistas, pero claramente ha habido mayores dosis de populismo en tiempos recientes).

Tanto en la literatura académica como en las discusiones de los medios de comunicación se ha debatido acaloradamente sobre cuál es la causa raíz de la angustia popular-populista: ¿son las presiones migratorias, el influjo creciente de extranjeros o la dislocación creada por los procesos de globalización económica que han contribuido a la desindustrialización, al empleo precario y al aumento de la pobreza? La respuesta depende del contexto particular. En casi todos los casos, por supuesto, tanto la protección de la identidad como el bienestar socioeconómico son elementos importantes de los pactos políticos nacionales, pero el equilibrio entre ambos depende fuertemente del contexto.

La globalización económica ha subvertido los pactos del Estado de bienestar»

En los Estados Unidos y Canadá, y en otra medida en Europa noroccidental, podemos hablar de un pacto político y socioeconómico de posguerra entre capital y trabajo, en el que los capitalistas aceptan la negociación colectiva, las protecciones laborales y el Estado de bienestar y, a cambio, los trabajadores aceptan mantener una relativa paz social.

Como se ha mostrado en una voluminosa literatura académica, hubo diferencias sustanciales y muy importantes en la fuerza y balances de esos pactos, así como en la naturaleza de los estados de bienestar. En países de asentamiento de inmigrantes como Estados Unidos y Canadá, donde la inmigración fue bienvenida como parte de los proyectos de construcción nacional, la identidad era una responsabilidad estatal menos importante que en Europa de Occidente.

Por el contrario, en Europa del Este la protección de la identidad ha sido un aspecto mucho más central de los pactos políticos. Hay razones históricas para ello: los mongoles y los tártaros invadieron y conquistaron la mayor parte de Europa del Este durante un periodo de 300 años, desde el siglo XIII hasta el XVI; la muerte y la destrucción de esas invasiones sobreviven en la memoria popular y en una vasta literatura. En países como Polonia, la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial, con el propósito de destruir la cultura polaca, reforzó aún más la centralidad de la protección identitaria como misión del Estado. Y la globalización económica ha subvertido los pactos del Estado de bienestar. Los flujos migratorios a gran escala han avivado la ansiedad en todos lados, pero particularmente en aquellos sitios de Europa donde existe un largo miedo histórico a los extranjeros.

En América Latina, con excepción de Chile y Uruguay, los países han carecido de grandes pactos políticos distributivos o basados en identidad. Los populismos de todas las franjas políticas han sido y siguen siendo predominantes en la región. El desconcierto sobre la naturaleza izquierda/derecha de estos movimientos quizá se aclara al enmarcarse en la pregunta de si (o en qué medida) un populismo mejora la vida de las personas.

Ciertamente es posible que un movimiento y un líder populistas utilicen la capacidad de movilización del populismo para lograr algún bien social. El caso de Evo Morales es un buen ejemplo. Bajo su tutela y con una fuerte presión social desde abajo, la pobreza disminuyó drásticamente. Lo mismo podría decirse de la presidencia de Rafael Correa en Ecuador. Pero, en ambos casos, los líderes a veces jugaron de manera temeraria o floja con las instituciones de la democracia liberal. Y eso tiene sus peligros. El desprecio por las sutilezas de dichas instituciones se hizo más marcado en el caso de Venezuela, donde una forma particularmente radical de populismo de izquierda se enfrentó a una clase capitalista especialmente intransigente. Como he señalado en otro texto, el desprecio populista hacia las instituciones democráticas liberales y las crisis políticas que han seguido pueden entenderse dentro de la larga historia de exclusión política del país. Al final, son las clases populares las que siguen sufriendo las crisis políticas y económicas.

Un problema adicional con los movimientos populistas es que, por estar impulsados emocionalmente, pueden ser secuestrados con facilidad por intereses creados. Estos intereses pueden jugar con los sentimientos populares y usar los movimientos para sus propios fines, y persiguiendo medidas perjudiciales para el bienestar social popular.

Es en estas circunstancias que muchas veces se hace difícil ubicar a los populismos en el espectro tradicional de izquierda/derecha. El caso de Bolsonaro, en Brasil, ilustra este punto. Por un lado, la posición de Bolsonaro contra los políticos codiciosos y corruptos, que se han vuelto ricos a expensas de los ciudadanos comunes, les habla a las clases bajas y las atrae. Pero, al mismo tiempo, el movimiento bolsonarista ha sido efectivamente abrazado o aun cooptado por el poderoso sector privado brasileño, un hecho reflejado en su adhesión a las políticas neoliberales que incluyen reducciones de impuestos para los ricos, un recorte al programa social más importante del país, Bolsa Familia, y la austeridad del Gobierno. En el mismo sentido, mientras los cambios en la legislación laboral húngara (que permiten hasta 400 horas anuales de trabajo extra no remunerado) han causado protestas, la postura antinmigración de Orban ha asegurado un apoyo popular amplio y continuo al régimen.

Por todo lo anterior, el populismo es un concepto útil. Nos dice que algo está fundamentalmente mal u olvidado en el panorama político subyacente. Nos dice que falta un pacto político o que un acuerdo preexistente se ha roto o está bajo amenaza. El populismo es una manifestación del hecho de que existe una desconexión profunda entre una porción notoria de la sociedad y los líderes políticos tradicionales.

Foto de Gage Skidmore en Foter.com / CC BY-SA

América Latina: la explosiva insatisfacción

Los estallidos sociales de gran magnitud que han convulsionado en las últimas semanas a Ecuador, Chile y Bolivia, más las masivas manifestaciones que vienen sucediéndose en Haití, han sacudido a América Latina, estremeciendo a los Gobiernos y, en cierta medida, también al tejido social de dichos países. Estas movilizaciones no son un fenómeno exclusivo de América Latina. Regiones con contextos políticos tan diferentes como el Líbano, Hong Kong o Cataluña, ilustran un fenómeno que no se limita a una determinada región.

De estas manifestaciones sobresalen tres características comunes. En primer lugar, la dimensión de las multitudes congregadas, si bien comparables a las de la Primavera Árabe al comienzo de la década en la que las nuevas tecnologías facilitaron la acción colectiva, han tenido lugar en regímenes democráticos, salvo las de Hong Kong. El segundo aspecto por destacar es que no son el resultado de convocatorias de líderes políticos opositores y que, en general, carecen de claros liderazgos, a pesar de que, en algunos casos, líderes opositores han apoyado las movilizaciones una vez que estas han comenzado.

El tercer aspecto en común es que, si bien la amplia mayoría de los manifestantes ha participado de forma pacífica, la violencia de grupos radicales minoritarios ha sorprendido por su virulencia. Estos episodios tienen sus propios factores sociológicos explicativos. La anomia social no es desconocida para las sociedades modernas, especialmente en procesos de rápida transformación social. Si bien una buena parte de estas acciones violentas indican un fuerte grado de organización, no hay hasta ahora evidencias, al menos en los casos latinoamericanos, de actuaciones con objetivos políticos partidarios. Solo un genuino y amplio descontento genera movilizaciones de tal magnitud, independientemente del grado de planificación y organización que puedan tener las diferentes agrupaciones.

Más allá de esas características comunes, las causas desencadenantes de estos estallidos sociales no son las mismas, inclusive entre los países de América Latina. El descontento generalizado de los chilenos con el sistema económico de marcado perfil liberal, vigente desde la dictadura militar, ya sea, debido a la gran desigualdad, o al enlentecimiento del crecimiento económico que venía experimentando el país, no se asemeja a la revuelta popular que sacudió a Ecuador, producto del profundo malestar por un ajuste económico (en particular, por la eliminación del subsidio al combustible) que afectaba fuertemente la vida cotidiana de sectores sociales con gran capacidad de organización como los transportistas y las organizaciones indígenas que representan a los sectores menos favorecidos de la sociedad.

Substancialmente diferente es el caso de las manifestaciones en Bolivia, debido a las sospechas de fraude en la reelección del presidente Evo Morales. Allí las protestas se desenlazaron después de situaciones confusas en el conteo de los votos y en el contexto de una elección polarizada, debido a la rocambolesca decisión judicial que permitió al presidente candidatearse a un cuarto período tras perder un plebiscito para habilitar ese objetivo. Las fuertes protestas en Bolivia muestran, como ya lo viene haciendo la masiva emigración de venezolanos, que la insatisfacción en América Latina es independiente de las ideologías.

En los tres casos, así como en el resto de América Latina, a excepción de Uruguay, se trata de países con fuertes índices de desigualdad, cuyas sociedades han sido tradicionalmente poco homogéneas a pesar de los avances de las últimas décadas. Chile y Bolivia, por ejemplo, están entre los diez países que más rápido aumentaron los ingresos de la población pobre en el mundo en la presente década, según un informe reciente (2018) del Banco Mundial. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), Chile tiene la segunda tasa más baja de pobreza de América Latina, después de Uruguay. Y tanto Bolivia como Ecuador están entre los que más han reducido la brecha salarial en la región. Pero, a pesar de la mejora de los indicadores de pobreza, antes de la caída de los precios de las materias primas, la paciencia parece haberse agotado con la persistente desigualdad.

La reducción de la desigualdad en las sociedades democráticas tiende a generar mayor indignación e impaciencia con la desigualdad persistente»

Alexis de Tocqueivlle, el filósofo político francés del siglo XIX, argumentaba en su principal obra, Democracia en América (1835), que la reducción de la desigualdad en las sociedades democráticas tiende a generar mayor indignación e impaciencia con la desigualdad persistente, porque esta se vuelve más notoria e intolerable. Las manifestaciones multitudinarias de Brasil en 2013, que pueden ser consideradas un precedente de las movilizaciones de estas últimas semanas en los países andinos, tuvieron lugar después de una década de continuo crecimiento y reducción de la desigualdad. Y, curiosamente, en las manifestaciones de Brasil de 2013, también se hablaba, así como en Chile hoy, del “despertar” del país.

La desigualdad se vuelve aún más intolerable cuando se le suma el estancamiento o la desaceleración económica y se evidencia el retroceso de las mejoras que habían vivido los sectores más pobres de la población. Esto es lo que ha pasado en América Latina en los últimos años por la reducción del valor de sus materias primas, que continúan siendo sus principales fuentes de divisas. A esto se suma una fuerte disociación entre las elites políticas y las demandas de la mayor parte de la ciudadanía. Es evidente que los canales de comunicación institucionales no han funcionado de forma efectiva, ya que las demandas no han sido escuchadas debidamente por los gobernantes. No en vano, la percepción de que las elites políticas no gobiernan para la mayoría llega al 70% en la región, según datos del Latinobarómetro. Esa disociación quedó en evidencia en las equivocadas reacciones iniciales de los presidentes de los tres países en cuestión, contribuyendo, con ello, a amplificar el descontento social.

No es posible saber si este fenómeno va a continuar propagándose por más países de la región. Sin embargo, no es improbable que América Latina, que tiene pendiente reducir más y con mayor celeridad las diferencias económicas, aumentar el crecimiento económico y diversificar la capacidad productiva, entre otras demandas urgentes, esté iniciando un período de frecuentes convulsiones políticas, sobre todo si las elites políticas siguen sin interpretar adecuadamente las demandas sociales y sin lograr acuerdos que posibiliten las reformas necesarias.

Foto de loco085 en Foter.com / CC BY-SA

Bolivia, entre el autoritarismo y la libertad

A una semana de la elección general en Bolivia, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) comunicó, mediante una conferencia, los resultados finales que se dieron en medio de un conjunto de protestas sociales.

Según estos resultados, el Movimiento al Socialismo (MAS), de Evo Morales, obtuvo el 47,08%, mientras que su adversario opositor, Carlos Mesa, de Comunidad Ciudadana (CC), obtuvo el 36,51%. Es decir, el MAS, según los datos oficiales, estuvo por encima de CC con una diferencia de 10,57 puntos.

La norma boliviana establece que, para ganar en primera vuelta, la organización política debe obtener el 50% más uno, o bien, más del 40% y una diferencia de diez puntos con el segundo. En este caso, el MAS habría cumplido con los requisitos de haber obtenido más del 40% y una diferencia de un poco más de diez puntos con el segundo. No obstante, las cosas no son tan sencillas, ya que en el proceso electoral se produjeron muchas irregularidades que provocaron desconfianza en gran parte de la población boliviana y en la comunidad internacional, comenzando por los veedores internacionales. ¿Qué pasó? La entidad electoral boliviana llegó a las elecciones generales del 20 de octubre muy deslegitimada por varios errores cometidos, entre ellos, renuncias de sus autoridades, despidos a funcionarios estratégicos, cuestionamientos por no saber manejar los sistemas de bases de datos del padrón. Dos días antes de las elecciones generales, sus propias autoridades reconocían ante la Organización de Estados Americanos (OEA) que la gran mayoría de los bolivianos no creía en ellos.

Decidieron entonces aplicar una herramienta que podía “salvarlos” y hacerles recuperar algo de credibilidad: el TREP (transmisión de resultados electorales preliminares). Un sistema de información no vinculante, que permitiría transparentar el resultado de las elecciones, dando a conocer, en el menor tiempo posible, los resultados preliminares de las votaciones realizadas. Este sistema era clave para que la ciudadanía, los medios de comunicación y los candidatos dispusieran con anticipación de la información de los resultados. Adicionalmente a esa medida, el TSE autorizó a una empresa para que realizara el ejercicio de conteo en boca de urna para tener resultados comparables entre las 19:00 y 21:00 horas. 

Llegado el momento de la verdad, la empresa autorizada, Vía Ciencia, mostró resultados del conteo rápido del 100% de los votos escrutados que aseguraban una segunda vuelta: Evo Morales (43,9%), Carlos Mesa (39,4%). Había 4,5 puntos de diferencia entre el primero y el segundo. Casi paralelamente, el TREP debía iniciar la transmisión de resultados a las 19:00 horas y, “casualmente”, se demoró casi cuarenta minutos en empezar dicha transmisión.

Pero eso no fue todo. Cuando había transmitido el 83% de los resultados, se produjo un “apagón” del sistema. Dos días después, el vicepresidente del TSE, Antonio Costas, renunció a su cargo, aduciendo que hubo una “desatinada decisión de la sala del Tribunal Supremo Electoral de suspender la publicación de los resultados preliminares electorales-TREP».

Tal como se señaló, actualmente tenemos a un presidente que se proclama ganador con un resultado del 47,08% y quedó Carlos Mesa en segundo lugar con un 36,51%.

La gran mayoría de los bolivianos nos preguntamos por qué dejó de funcionar el TREP, sistema en el que todos confiábamos»

Las dudas persisten y crecen, ya que la diferencia es demasiado grande entre lo que sacó la empresa Vía Ciencia en el conteo en boca de urna y los resultados oficiales que se muestran ahora. Por otra parte, la gran mayoría de los bolivianos nos preguntamos por qué dejó de funcionar el TREP, sistema en el que todos confiábamos. El TSE, hasta la fecha, ha tratado de dar explicaciones sin mucho sustento y que a veces rayan en lo ridículo.

A partir de las susceptibilidades y dudas descritas, la población que está en desacuerdo ha hecho una serie de manifestaciones en contra de los resultados de las elecciones generales, aduciendo que no cesará en las medidas de movilización hasta que el presidente tome una decisión política que tenga que ver con: 1. Ir a segunda vuelta, tal como lo recomendó la OEA y la Unión Europea; o 2. Anular elecciones y refundar el TSE para que, en un tiempo prudencial, se puedan celebrar nuevas elecciones legítimas.

Conforme pasa el tiempo, el nivel de conflicto crece y las demandas cambian. De hecho, hay voces que comienzan a pedir la renuncia del presidente. Sin embargo, se percibe que Morales mide permanentemente la situación política y está dispuesto a quedarse a como dé lugar pensando inclusive en producir un enfrentamiento entre bolivianos.  

Foto de payorivero en Foter.com / CC BY-NC-ND          

América Latina, en crisis otra vez

El ocho de octubre, en un popular programa de la televisión chilena, el presidente de Chile, Sebastián Piñera, decía con orgullo, y algo de soberbia, que su país era un oasis en la región. Básicamente, argumentaba que América Latina estaba estancada. De manera resumida, Piñera señaló que Chile se destacaba hoy, dado que Ecuador estaba con grandes protestas por la eliminación del subsidio a la gasolina; Perú y Bolivia, con crisis política; Argentina y Paraguay, en recesión; México y Brasil, estancados, y «Colombia con este resurgimiento de las FARC y de las guerrillas» (sic).

No obstante, el 20 de octubre, es decir, solo doce días después de sus declaraciones sobre el oasis que era Chile, Piñera, flanqueado de militares, con toque de queda y estado de excepción declarados, señalaba que “Chile está en guerra”.

¿Cómo es posible que el presidente de uno de los países más institucionalizados de la región señale que un estallido social es una guerra?, ¿cómo es posible que en doce días un país transite de ser el ejemplo de la región a un estado de agitación social sin precedentes en su historia reciente? Si Chile, uno de los ejemplos de la región, lleva días convulsionado, ¿qué se puede esperar de los países que históricamente han sido contestatarios y que han sacado presidentes por protestas sociales? En este momento, ciertamente son más las preguntas que las repuestas. Y posiblemente cada caso tenga una en particular. No obstante, la crisis regional nos invita a tratar de buscar algunas explicaciones generales a estas realidades tan distintas.

La región está atravesando por problemas de distinta índole. Cada país tiene sus motivos específicos para el inconformismo y el malestar»

El informe 2018 del Latinobarómetro advertía una realidad compleja en la región. El documento iniciaba señalando lo siguiente: “Hace ocho años, desde el inicio de la década, los ciudadanos de América Latina se quejan de que había retroceso (…) En los 23 años que Latinobarómetro ha medido la región, nunca había habido esta percepción de retroceso tan grande”.

Esta realidad que algunos, convenientemente, no han querido ver, da cuenta de un malestar generalizado. La región está atravesando por problemas de distinta índole. Cada país tiene sus motivos específicos para el inconformismo y el malestar. Por citar algunos: los problemas de la elección presidencial de Bolivia, la crisis sociopolítica y humanitaria de Venezuela, los problemas de concentración de riqueza y desigualdad en Chile, la corrupción en Brasil, la desconfianza y la falta de institucionalización en Perú y la crisis política y económica de Ecuador.

Independientemente del motivo específico, al analizar efectos promedio en América Latina, tal como señala el Latinobarómetro 2018, se dice lo siguiente: “La ausencia de progreso es una buena medida del malestar generalizado del pueblo latinoamericano”.

No se trata de un progreso material, o de un aumento de los ingresos, o de más recursos para gastar. Se trata de un progreso integral. Se espera que el Estado, independientemente de su tamaño, sea capaz de erradicar la pobreza y no aumentarla, como ha ocurrido en Argentina. Se espera que la delincuencia sea perseguida y no que tenga impunidad como en algunos estados de México y Brasil. Se espera que los Gobiernos desarrollen políticas públicas con evidencia para responder a las necesidades de la ciudadanía y por las encuestas. Progreso implica la reducción de la corrupción o su baja tolerancia como en Uruguay, donde un vicepresidente deja el cargo por el uso de una tarjeta de crédito y por haber mentido con su profesión. Proceso es contar con las capacidades estatales para responder a las necesidades de la ciudadanía.  

Después de varios años de experimentos sabemos que no existen recetas mágicas, ni neoliberales, ni bolivarianas para el progreso integral. Sabemos que no existe una única forma de enfrentar las demandas ciudadanas. No obstante, las experiencias de algunos países pueden ayudar a hacer frente al contexto muy complicado que viven otros países de América Latina. La experiencia comparada puede ser muy útil para identificar prácticas que alivien en parte el inconformismo que enfrentan algunos de nuestros países. En este sentido, un camino es generar verdaderos mecanismos que aseguren diálogos entre los diferentes actores de la sociedad. No es normal que las organizaciones de empresarios tengan línea directa con los Gobiernos y que los ciudadanos solo puedan ser escuchados cuando hay un estallido social o protestas.

En este sentido, desde hace un tiempo, el politólogo David Altman, experto en democracia directa, ha señalado (pensando en Chile, pero también como algo generalizable para cualquier contexto de protesta) que no es normal que la única forma en la que las elites escuchen sea por medio de las protestas. Cuando esto ocurre se abre una suerte de camino alternativo a la institucionalidad donde los grupos con capacidades organizativas en algunos contextos pueden fijar la agenda. No está bien naturalizar que la única forma en que se escuche a las comunidades excluidas sea la protesta. Entonces, ¿cuál es la solución? Más democracia y más institucionalización de la democracia. En este sentido, una alternativa es incluir, como en Uruguay, mecanismos efectivos de democracia directa. Por ejemplo, referéndums revocatorios de las leyes o iniciativas populares de reforma constitucional, como propone Altman.

Del mismo modo, y en estrecha vinculación con el punto anterior, pareciera existir bastante evidencia de las consecuencias de los desequilibrios para la democracia. No es sano que un gobernante esté sin contrapesos institucionales tanto tiempo en el gobierno, ya que puede recaer en él o en ella la tentación mesiánica y terminar gobernando solo para sus intereses particulares. De estas experiencias tenemos varias en América Latina y sabemos de su impacto negativo. Genera inconformismo en las sociedades el que las decisiones se funden solo en tecnocracia o, en el otro extremo, solo sobre la base de la ideología. Se necesitan ambas y que estén en equilibrio.

Queremos decir que es necesario contar con un sistema de agregación de las preferencias que tienda al equilibrio. Parte del problema en Chile es que las elites no escuchan y que tienen una institucionalidad amparada en la Constitución, que le permite no escuchar. Parafraseando al politólogo Juan Pablo Luna, el exceso de tecnocracia de la década de los noventa causó una fractura que explica el hecho de que hoy la elite política no entienda qué quiere la sociedad civil. El excesivo discurso tecnocrático hace que los políticos pierdan la conexión con la base social y tomen decisiones completamente desconectadas de la realidad, lo que aumenta el inconformismo. Por el contrario, cuando la toma de decisiones es solo ideológica se corre el riesgo de avanzar a un sistema centrado en el líder o partido que representa esa ideología.

Por último, es clave considerar que para que las democracias funcionen son importantes las instituciones que aseguran la intermediación efectiva: los partidos políticos. Sin los partidos, no es posible canalizar adecuadamente las demandas de la ciudadanía. No estamos diciendo que solo deben existir las organizaciones partidarias como mecanismo de canalización de demandas. Lo que argumentamos es que los partidos deben estar institucionalizados, con bases sólidas en la sociedad, con militantes activos, presencia nacional y, sobre todo, con capacidad para entender las demandas crecientes de la sociedad para crear acuerdos que signifiquen políticas públicas y acuerdos con base social. Parte del éxito de Uruguay es que sus partidos políticos, sus políticos, canalizan las demandas de la sociedad, dado su trabajo de base, y sus instituciones permiten la revocatoria de leyes, entre otros elementos.

Parte importante de los problemas de Perú es que no tiene un sistema de partidos institucionalizado que evite el surgimiento de líderes populistas o tecnócratas, lo que, se ha demostrado, son fácilmente permeables a la corrupción. Parte de los problemas de Chile es que la Constitución no es legítima y no permite una real democracia.

Iniciamos esta reflexión con varias preguntas abiertas sobre América Latina. La intención era despertar una provocación para debatir sobre la crisis que, en gran medida, hubo por el inconformismo ante las respuestas estatales. Hemos argumentado que esta falta de respuesta se debe, en gran parte, a la baja institucionalización de instituciones claves, como la Constitución, el sistema de partidos, la misma democracia y los desequilibrios del sistema de agregación de preferencias. Aunque sabemos que no existe una respuesta única a las crisis, estas pueden tener un impacto menor o incluso ser evitadas cuando las instituciones formales e informales funcionan. También nos preguntábamos por el caso de Chile, esa democracia que parecía un oasis en el desierto.

Lamentablemente, nos damos cuenta de que la falta de enraizamiento de las instituciones conllevó un sistema que aparentaba ser mucho más de lo que verdaderamente es, más que un oasis un espejismo. Un espejismo fundado en la falsa premisa de la que las instituciones políticas están enraizadas. Recordemos como ejercicio para enfrentar los problemas que cuando los acuerdos sociales y equilibrios institucionales no están enraizados, hasta la democracia que parece más estable puede colapsar.

Foto de simenon en Foter.com / CC BY-SA