Una región, todas las voces

El Brasil de todos los días

La velocidad y el grado de innovación con que los acontecimientos políticos se suceden en Brasil sugiere al espectador ir evaluando en cada momento sus imprevisibles consecuencias. Así nos tiene acostumbrados este gigante sudamericano desde el año 2013.

En junio de aquel año, multitudinarias manifestaciones por todo el país alarmaron al propio Palacio da Alvorada, residencia oficial de la expresidenta Dilma Rousseff. La pauta era diversa: desde la crítica al aumento del precio del transporte público y la violencia policial, pasando por el rechazo al enorme gasto público para organizar grandes eventos como la Copa del Mundo y las Olimpíadas, hasta llegar al combate a la corrupción y a los privilegios de la clase política.

La lectura política de aquellas movilizaciones no era nada sencilla, y mucho menos para el Gobierno, el Partido de los Trabajadores (PT) y la izquierda en general. Aquella multitud en la calle como expresión de un descontento político tal cual las viejas herramientas de binarismos ideológicos, de la derecha o de la izquierda política, parecía inentendible.

Muchos se preguntaban cómo era posible que emergiera tremenda “presión social” en medio de un ciclo político supuestamente exitoso, como el que representaban Lula da Silva y luego Dilma Rousseff. En pleno auge del «proyecto popular del PT», los jóvenes tomaron inicialmente las calles, lanzaron demandas, mientras otras discusiones se iban intercalando en torno al racismo institucional, la degradación del medio ambiente o el desplazamiento de personas de sus lugares de residencia, debido a las obras para los grandes eventos.

Las redes sociales, a su vez, como Facebook y Twitter tuvieron un papel fundamental en el hecho de que las manifestaciones crecieran día a día, y la policía no se quedó de brazos cruzados.

La ciudadanía pasó a confrontar las contradicciones que habían permanecido ocultas y que, en parte, explican el elevado desempleo actual (de un 14%) y el estancamiento económico desde el año 2015.

En medio de un Brasil “lleno de gracia”, la ciudadanía pasó a confrontar las contradicciones que habían permanecido ocultas y que, en parte, explican el elevado desempleo actual (de un 14%) y el estancamiento económico desde el año 2015.

Todo parecía indicar que para los brasileños las cosas no iban tan bien a pesar de la narrativa del Gobierno. Mientras el 0,7% del presupuesto estatal era destinado a los más carenciados a través de la “Bolsa Familia”, se comenzaba a destapar la existencia de un Brasil de “capitalismo de lazos”. Este vinculaba al Gobierno con grandes empresas de construcción como Odebrecht y OAS, bancos, los “barones del agronegocio” y empresas procesadoras de carne, como JBS, recientemente envuelta en un escándalo de corrupción con el actual presidente, Michel Temer.

El Banco Nacional de Desarrollo (BNDES), por ejemplo, tenía una línea de crédito para grandes empresas, a intereses muy por debajo de la inflación. En 2014 las grandes empresas recibieron 117 billones de reales de un total de 187 billones distribuidos por el banco. Ese mismo año, según la Confederación Nacional de Comercio, el 61,9% de las familias brasileñas se encontraban endeudadas. 

Para muchos analistas, 2013 se convertiría en el “grado cero” de una nueva configuración política del país: sería el comienzo del fin de un ciclo político que empezó en 2003 con la primera presidencia de Lula da Silva, y la hegemonía política y cultural del PT, y demás partidos de izquierda que orbitaban en torno a su influencia. Así, sin una narrativa de “trascendencia política” ni un proyecto a futuro, la sociedad brasileña iniciaría un proceso político, caracterizado por una polarización insospechada.

El 2014 y 2015 fueron acompañados de más movilizaciones. La campaña electoral del 2014 dividió el país en dos: quienes apoyaban la reelección de Dilma y los contrarios. La tensión política siguió aumentando, la idea del “impeachment” se instauró, y en agosto de 2016 la presidenta fue finalmente separada del cargo, que asumió el vicepresidente Michel Temer. De inmediato, movilizaciones de adeptos al Gobierno comenzaron un nuevo ciclo de protestas, ahora en torno al “Fuera Temer”, pero lentamente las movilizaciones fueron perdiendo fuerza.

La crisis política tuvo un nuevo pico y alcanzó dimensiones surreales cuando el pasado mes de junio la Procuraduría General de la República denunció al presidente Temer por corrupción pasiva. Desde la salida de Dilma, los ejecutivos de la Odebrecht y de la JBS implicaron a gran parte de la elite política en casos de corrupción. No obstante, las calles no recuperaron el protagonismo perdido.

Pero el silencio de las calles se hizo más notorio a partir de la condena del juez Sergio Moro a Lula a 9 años de prisión. En diferentes ciudades se habían organizado actos políticos en su apoyo y se preveían grandes manifestaciones. Sin embargo, la escasa asistencia, reducida a la militancia más leal, produjo un nuevo desconcierto. Lula da Silva no le habló ese día al país, solo a sus seguidores más fieles.

Los hechos recientes demuestran que los brasileños, ni de un lado ni del otro del espectro político, se están manifestando en las calles como en años pasados. La población intuye que la acción política no está resolviendo sus problemas cotidianos. Y tomar posición por el “Fuera Temer” y la apertura a la posibilidad de nuevas elecciones puede, para muchos, ser un paso arriesgado en una coyuntura económica incierta y de desconfianza hacia el sistema político en general.

Por eso, más que cansancio o indiferencia, la sociedad brasileña recuerda la sensación de vivir en una realidad dual semejante a la vivida en la decadencia de la Unión Soviética: una vida pública envuelta en el sinsentido, la ironía y la autocontemplación de algunos, y una vida privada cínicamente honesta, mezcla de alienación, rebeldía y creatividad. Este es el Brasil de todos los días. Foto de Carlos Varela en Trend hype / CC BY

El sistema judicial, termómetro de la corrupción

En Brasil, el expresidente Lula da Silva fue condenado recientemente a nueve años y medio de prisión por corrupción. A su vez, el actual presidente, Michel Temer, compra votos descaradamente en el Congreso para evitar ser juzgado por corrupción.

En Perú, el expresidente Ollanta Humala y su esposa acompañan en prisión a otro expresidente, Alberto Fujimori. Mientras tanto, un tercer expresidente, Alejandro Toledo, permanece prófugo en EE. UU., y el cuarto, Alan García, está siendo investigado. Todos por corrupción.

En Guatemala, el expresidente Otto Pérez Molina está tras las rejas acompañado de su vice, Roxana Baldetti. Ambos se hallan presos por integrar la mayor trama de corrupción desarticulada en la historia del país. Ricardo Martinelli, expresidente de Panamá, fue detenido, por su parte, el mes pasado en Miami. Probablemente será extraditado a su país donde es acusado de malversación de fondos.

En El Salvador, el expresidente entre 1999 y 2004, Francisco Flores, falleció el año pasado mientras cumplía una condena en prisión domiciliaria tras ser condenado por defraudar unos 15 millones de dólares de donaciones del Gobierno de Taiwán. A su vez, Elías Antonio Saca, quien le sustituyó en el cargo, fue detenido en octubre del 2016, también por corrupción.

En Argentina, Cristina Kirchner, la expresidenta, ha sido procesada por corrupción en diferentes causas, una de ellas junto a sus hijos. Por su parte, el expresidente de Honduras, Rafael Callejas, se declaró culpable de participar en una trama de sobornos en la Concacaf cuando dirigía el futbol de su país.

Y en México, una de las “mecas” de la corrupción, si bien el presidente Enrique Peña Nieto permanece intacto hasta el momento, se encuentra en el centro de un huracán que afecta a 16 exgobernadores, entre investigados, presos, procesados o prófugos. También su propia esposa, quien se vio envuelta en un escándalo por la compra de una mansión a un contratista del Gobierno.

Del párrafo anterior parecería quedar claro que la corrupción es un problema en la región. Ya sean de izquierda o de derecha, conservadores o liberales, los políticos son abrazados por la corrupción que carcome los sistemas a lo largo y ancho de América Latina. Pero más allá de esta obvia deducción, si se analiza el grupo de países que aparece en la lista, se puede extraer más información.

Quizás sea por pura coincidencia, pero ninguno de ellos ocupa los puestos extremos del ranking del Índice de Percepción de Corrupción 2016, de Transparencia Internacional. Ni los menos ni los más corruptos. Ni los primeros tres lugares ocupados por Uruguay, Chile y Costa Rica, ni los últimos tres ocupados por Paraguay, Nicaragua y Venezuela.

Ninguno de los países más corruptos se encuentra entre los nombrados en el párrafo inicial

En el extremo de los menos corruptos parece bastante obvio el porqué estos países, que se encuentran a una distancia de 40 puestos del grupo de los países del medio —dentro del ranking internacional que considera 176 países—, no aparecen en la lista. Pero lo que es menos claro es que ninguno de los más corruptos se hallan entre los nombrados en el párrafo inicial.

Quizás la explicación pueda encontrarse en otra correlación, pues ninguno de los países cuyos presidentes han sido implicados en casos de corrupción, se encuentran en los extremos de otro ranking: el de independencia del sistema judicial 2015-2016, realizado por el Foro Económico Mundial. Y es que “la independencia del Poder Judicial está determinada por la capacidad de tomar decisiones conforme a la ley y no basándose en factores políticos externos o internos”, afirmó Carlos Scartascini en el artículo Crimen y castigo: la independencia judicial en América Latina, publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID).

Esta nueva correlación se traduce en que el grupo de países más transparentes cuenta con sistemas judiciales más fuertes e independientes que inhiben tentaciones. A su vez, los países que pertenecen al grupo del medio en el ranking de corrupción cuentan con sistemas judiciales que van desde sistemas relativamente independientes hasta otros considerados frágiles. Sistemas débiles pero que han logrado juzgar a sus líderes por diferentes vías. Algunos, por sus propios medios. Otros, impulsados por investigaciones internacionales como el caso Odebrecht, que fue llevado adelante por el Departamento de Justicia de Estados Unidos. Y otros, gracias al establecimiento de órganos independientes de carácter internacional en el país, como es el caso de la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (Cicig). Su finalidad es apoyar a las instituciones del Estado en la investigación y persecución penal en casos complejos, además del fortalecimiento de las instituciones judiciales.

Por último, podría deducirse que los países que ocupan los últimos puestos en el ranking de corrupción están tan socavados que los propios sistemas judiciales hacen parte de las tramas ilegales.

En Venezuela, el país que ocupa el último puesto, tanto en el ranking de corrupción como en el de independencia del sistema judicial, “el poder ejecutivo es dueño y señor del control de las instituciones, con excepción ahora del Parlamento”, argumenta Alejandro Salas, director para América Latina de la ONG Transparencia Internacional. Tanto en Venezuela como en Nicaragua, que le acompaña en el fondo de ambas tablas, no solo la impunidad es total, sino que en los últimos años los Gobiernos elegidos democráticamente se han convertido en regímenes autoritarios antidemocráticos.

Ranking mundial, “Índice de Percepción de Corrupción 2016”, Transparencia Internacional

Uruguay (21°), Chile (24°), Costa Rica (41°), Cuba (60°), Brasil (79°), Panamá (87°), Colombia (90°), Argentina (95°), El Salvador (95°), Perú (101°), Bolivia (113°), Ecuador (120°), Rep. Dominicana (120°), Honduras (123°), México (123°), Paraguay (123°), Guatemala (136°), Nicaragua (145°), Haití (159°), Venezuela (166°)

Ranking mundial, “Independencia del Sistema judicial 2015-2016”, Foro Económico Mundial

Uruguay (20°), Chile (30°), Costa Rica (31°), El Salvador (90°), Brasil (91°), Honduras (94°), México (100°), Guatemala (105°), Perú (112°), Colombia (114°), Haití (118°),  Panamá (119°), R. Dominicana (124°),  Bolivia (126°), Argentina (129°), Ecuador (133°), Paraguay (137°), Nicaragua (138°), Venezuela (140°)

Foto de Thomas Flores en Trend Hype / CC BY-NC-SA

Elecciones, agendas reformistas y calificaciones crediticias

En América Latina comienza un ciclo electoral y, dependiendo de los resultados de este ciclo, las calificaciones crediticias de algunos soberanos podrían verse en dificultades.

Esto, por una razón importante. La consolidación fiscal en curso continúa siendo un desafío para muchos Gobiernos, los cuales siguen enfrentando un contexto de bajo crecimiento económico y menores ingresos fiscales. Esto pasa especialmente en aquellos que están relacionados con bajos precios de las materias primas (commodities). Ello hace aún más difícil frenar la actual dinámica de deuda creciente en la región.

Hay elecciones presidenciales programadas en seis países: Brasil, Colombia, Costa Rica, México, Paraguay y Venezuela. En todos, con excepción de Venezuela, se terminan los mandatos, y nuevos jefes en el Ejecutivo arribarán. Las elecciones serán de particular importancia para la futura definición del rating crediticio en los países que mantienen una previsión negativa (o un outlook negativo, como se dice en la industria). Los países que celebrarán elecciones y que mantienen un outlook negativo son precisamente las dos potencias: Brasil y México.

En Brasil, la interminable saga de escándalos de corrupción que ha envuelto a casi toda la clase política del país, siendo el propio presidente Michel Temer el más reciente implicado, ha aumentado la incertidumbre. Esto puede conducir a un mayor grado de conflictividad en las elecciones.

Por ello, en la economía más grande de la región será necesario el surgimiento de un liderazgo político fuerte que pueda continuar empujando reformas económicas para mejorar las perspectivas de crecimiento y saneamiento de las finanzas públicas. 

Las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) están siendo una gran fuente de incertidumbre política

Mientras tanto, el lento crecimiento económico y la debilidad institucional de México, junto a una creciente incidencia de la delincuencia y la percepción en el aumento de la corrupción, han reducido sustancialmente la popularidad del presidente Enrique Peña Nieto y las posibilidades de que su partido (PRI) vuelva a ganar las elecciones presidenciales. Así mismo, las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) están siendo una gran fuente de incertidumbre política, dada la complejidad del tema y la importancia de sus resultados para el futuro de la economía.

El ciclo electoral será igualmente importante en Costa Rica y El Salvador. Queda por ver si los resultados de las elecciones en estos países ayudan a romper la parálisis política que ha causado recortes en sus calificaciones crediticias en los últimos seis meses. Pero, además, futuros movimientos negativos en los ratings crediticios para estas economías son posibles, dado que muchas iniciativas de reforma fiscal quedan todavía pendientes.

En Venezuela, donde la actividad económica se encuentra colapsada y existen serios riesgos político-sociales, las elecciones presidenciales están programadas para diciembre de 2018. La situación permanece tensa y, mientras que el régimen de Maduro busque reducir las distorsiones —ya severas— introducidas en la economía desde hace varios años, un cambio de Gobierno pretendería un cambio profundo en la política económica. En ambos casos, la solvencia soberana de Venezuela es una gran preocupación y la probabilidad de caer en un incumplimiento de deuda sigue siendo muy alta.

Entre tanto, en Colombia la perspectiva de su calificación crediticia es estable. No obstante, la consolidación fiscal podría ponerse en peligro como resultado de un crecimiento económico débil y algunos obstáculos vistos hasta ahora en la implementación del acuerdo de paz con las FARC.

Las agencias crediticias internacionales que vigilarán de cerca el ciclo electoral en la región esperan que la transición al poder sea tranquila, con la posible excepción de Venezuela.

Según las agencias, las elecciones en sí mismas no afectan los ratings de los países, si estas no van acompañadas de cambios importantes en las políticas económicas. Por ejemplo, de ocurrir cambios notables en materia de políticas económicas en Argentina, Brasil o México, esto podría afectar sus perfiles de crédito. Por otra parte, si el resultado de las elecciones en Costa Rica y El Salvador pone fin al impasse político, esto podría ayudar a sus perfiles crediticios.

Por lo pronto, las siguientes administraciones en Chile y Colombia se enfrentarán a desafíos importantes para la consolidación fiscal. Esta es fundamental para la definición de la futura trayectoria en la calificación de dichos países. 

Foto de payorivero en Trend Hype / CC BY-NC-ND

La población afrodescendiente y la desigualdad

Según los censos de los diferentes países de América Latina y el Caribe, se estima que la población afrodescendiente en la región en 2010 era de 111 millones de personas, un 21,1% de la población total. Sin embargo, para el informe, Panorama Social de América Latina, edición 2016 de la CEPAL había en la región al menos 130 millones de afrodescendientes. Esto demuestra las limitaciones que aún persisten en la región en la cuantificación de estas poblaciones consideradas minorías.

La falta de precisión de la composición racial en la región evidencia cómo la desigualdad étnico-racial, así como la socioeconómica, la de género o territorial, “constituye uno de los ejes de la matriz de la desigualdad social en América Latina”. La región es la más desigual del mundo y ello se manifiesta en diversos ámbitos del desarrollo social, entre ellos la posición socioeconómica, la salud, la educación y el trabajo. Como ejemplo, en los cuatro países de los cuales se dispone de información, se percibe una concentración significativamente más elevada de la población afrodescendiente en el quintil de menores ingresos.

En el ámbito de la salud, uno de los indicadores que más evidencia la desigualdad entre los afrodescendiente y el resto de la población son las tasas de mortalidad infantil. Con la excepción de la Argentina, la probabilidad de que un niño afrodescendiente muera antes de cumplir un año de vida es superior que la de los no afrodescendientes. Las mayores brechas se registran en Colombia, Uruguay, Panamá y Brasil, países donde la probabilidad es de entre 1,6 veces y 1,3 veces mayor entre niños afrodescendientes que entre niños que no pertenece a este grupo racial.

las tasas de desempleo de los afrodescendientes son superiores a las de los no afrodescendientes en la mayoría de los países

Las desigualdades étnico-raciales también se manifiestan en la educación, donde la proporción de jóvenes de raza negra de entre 18 y 24 años que asisten a un establecimiento educativo es menor al porcentaje de los jóvenes que pertenecen a otras razas. Según el mismo informe de la CEPAL, la brecha se profundiza en el caso de la asistencia a la educación superior. En cuanto al mercado de trabajo, las tasas de desempleo de los afrodescendientes son superiores a las de los no afrodescendientes en la mayoría de los países considerados. Y a modo de ejemplo, los ingresos de los hombres de raza negra que cuentan con educación terciaria representan apenas el 73% de los hombres no afrodescendientes.

A pesar de las persistentes desigualdades, desde mediados del siglo pasado se han venido emprendido acciones y se han asumido compromisos internacionales para intentar revertir la situación. Pero ha sido en los últimos 15 años, tras la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las Formas Conexas de Intolerancia, celebrada en 2001, que la presión de movimientos sociales y diferentes organismos internacionales han logrado que los gobiernos de la región fortalezcan los mecanismos relacionados con las poblaciones afrodescendientes. 

En los últimos años, algunos países han reformado su legislación para combatir el racismo y fomentar la igualdad. Algunas de estas políticas implican la reserva de cupos para personas afrodescendientes en universidades y puestos laborales. También, según el informe de la CEPAL, se han implementado políticas como la instauración de días oficiales de celebración de la afrodescendencia, y la enseñanza de historia y cultura africana. Y en algunos países se fomenta la participación de organizaciones afrodescendientes en las decisiones, “a través de la articulación, aunque incipiente, de los mecanismos gubernamentales”.

A pesar de los avances, las brechas entre los marcos legales y la vida cotidiana de las personas afrodescendientes siguen siendo profundas. Y de hecho, todavía hay países que carecen de cualquier normativa al respecto.

Foto de Comisión Interamericana de Derechos Humanos en Trend hype / CC BY

¿Qué debemos aprender de EE. UU. sobre violencia de género?

El 11 de abril en Argentina, Micaela, una muchacha de 21 años, fue violada y asesinada por un hombre que un año antes abusó al menos de otras dos chicas. Sin embargo, fue liberado por un juez antes de cumplir su condena de nueve años. Días después, en Bolivia, otro hombre golpeó a su pareja hasta causarle un aborto. Este también está libre porque el médico dio a la víctima menos días de impedimento que los requeridos por la ley para detener al agresor. El 15 de abril, una mujer de 32 años fue encontrada sin vida en el municipio de Chietla, México. Fue asesinada por su esposo por pedirle dinero para comprar comida. Todos estos casos tienen que ver con la violencia de género.

Estos casos, que causaron conmoción local, muestran patrones de conducta similares y develan vacíos institucionales y legales en la lucha contra la violencia de género. Esta conducta se repite cotidianamente en gran parte de América Latina. Ello se debe a la insuficiente respuesta de los Gobiernos, a pesar del aumento del reclamo social.

Si bien los países cuentan muchas veces con leyes de última generación, en muchos casos estas son inaplicables por diferentes factores: instituciones débiles ante la falta de recursos estatales, conteos de feminicidios cada vez más exhaustivos y, a la vez, elevados subregistros; medios de comunicación más atentos pero también teñidos de rojo; mujeres revictimizadas, y una, cada vez más, evidente desconfianza hacia la justicia. Por ello, vale la pena ver otras realidades, en las que, si bien el problema es igualmente complejo, se le enfrente de forma distinta como la de Estados Unidos.

Imaginemos la escena: una llamada al 911 denunciando que una mujer ha sido agredida por su pareja. En menos de 20 minutos llega la policía, verifica el delito, detiene al presunto agresor, lo lleva ante un juez especializado y, si este no se encuentra, se le entrega una orden que lo mantiene alejado de la víctima por 48 horas, incluso si la víctima no denuncia. Si se trata de una agresión sexual, con la policía llega un enfermero que evalúa las lesiones y preserva las pruebas para el juicio, donde además servirá como testigo.

Este es el protocolo de atención en EE. UU. por una denuncia de violencia de género, o un homicidio intrafamiliar como se le denomina. Allí no solo no existe el feminicidio como figura jurídica, sino que el país ni siquiera ha ratificado la Convención sobre la Eliminación de las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), la carta internacional de derechos de la mujer.

En Estados Unidos las respuestas a la violencia de género provienen de iniciativas individuales y colectivas. Esto explica que muchas políticas sean confiadas a manos privadas

A pesar de ello, tanto la respuesta institucional como ciudadana a la violencia se imponen al popular: “Tenemos leyes, lo que hace falta es cumplirlas”. La primera diferencia es que en Estados Unidos las respuestas a la violencia de género provienen de iniciativas individuales y colectivas. Ello explica que muchas políticas sean confiadas a manos privadas.

Esto da lugar a instituciones con administración propia pero con aporte y control federal y estatal. El aporte federal a estas entidades es la segunda gran diferencia, ya que no solo asegura su continuidad, sino que posibilita que se conviertan en políticas públicas. Un ejemplo es la capacitación de jueces especializados. Un caso paradigmático es el del juez Timothy Black, famoso por legalizar el matrimonio gay en el estado de Ohio y actual líder judicial en materia de asuntos de violencia intrafamiliar. Esta dupla se ve complementada por un departamento de policía que, además de eficaz en la resolución de casos, se encarga de la seguridad integral de la víctima.

Una experiencia destacable es el Centro de Justicia Comunitaria de San Diego. Se asemeja, en cambio, a un hogar y cuenta con traductor, sicólogo y asesoría legal, entre otros servicios. Este lugar, que en Latinoamérica podría ser un servicio ideal de atención a las víctimas, en EE. UU. depende de la policía y se financia con recursos públicos. Además, el policía entrega la orden restrictiva a quien en algunos casos se le monitorea con una manilla electrónica para evitar el acercamiento a la víctima durante 48 horas y en un radio no menor a dos kilómetros.

Esto haría la diferencia en muchos países donde ciertos feminicidios se consumen a las horas de la primera agresión. No existe, en general, una respuesta inmediata e integral como esta en nuestra región, salvo Costa Rica. El país centroamericanos cuenta con un Tribunal de Familia, que es un sistema de protección inmediato, independiente de la vía penal, aclara el juez presidente de este tribunal, Alexis Vargas.

Otra fortaleza del sistema estadounidense es el trabajo en redes. Bajo el mismo esquema de financiamiento, asegura que la víctima tenga a su disposición, desde el momento de la agresión, a más de una organización privada o institución pública por protección y cobijo temporal, y también capacitación laboral. Todo ello, bajo el amparo de la Ley contra la Violencia, que se actualiza cada dos años.

En Bolivia, el Padem, un programa de Solidar Suiza, logró instalar la mayor red de iniciativas ciudadanas y comunicadores locales de este país en más de un centenar de municipios. Sin embargo, el proyecto, al no recibir apoyo estatal, depende de la cooperación internacional. Esta situación pone en riesgo su continuidad.

Algo similar sucede con los 60 refugios para víctimas de violencia en México. Si bien tienen presupuesto nacional, no están del todo asegurados ni cubren todas las necesidades.

Así lo advierte Mayela Chávez, directora del Centro de Apoyo de Opciones Dignas, de la ciudad de Acuña, en el estado de Coahuila: “México es un país de leyes y firmas, hemos firmado y ratificado todos los tratados que apoyan la igualdad, la no discriminación y la eliminación de violencia contra las mujeres, pero, en la realidad, los recursos que se destinan no se dan por seguros”.

Por el momento, la participación ciudadana en la lucha contra la violencia de género en Latinoamérica se ha concentrado en la protesta social. No obstante, esta no siempre se expresa en cambios cualitativos en los ámbitos legislativo o de incremento de presupuestos.

Por el momento, la presión está enfocada en el desempeño del Estado como garante de la seguridad de las mujeres. Ahí, sin embargo, puede darse una sorpresa mayor el próximo año cuando se conozca el fallo de la Corte Interamericana de Derechos Humanos sobre la denuncia de la venezolana Linda Loaiza.

Esta mujer, quince años después de haber sido secuestrada, torturada y violada, logró que su caso llegara a esta instancia y se enjuicie al Estado por incumplir con el debido proceso. Ese día marcará un antes y un después en nuestra relación con los Estados respecto a la violencia de género.

Foto de Marcos S. González Valdés en Trend Hype / CC BY-NC-ND

¿Creer en Dios nos hace pobres?

En América Latina los países con mayor desarrollo humano son los que menos creen en Dios, mientras que los de menor desarrollo son de los que tienen más fe.

Chile, Argentina y Uruguay, los líderes latinoamericanos en IDH (índice de desarrollo humano), según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), se distinguen además por contar con los mayores índices de ateísmo de la región, de acuerdo con el informe “Las religiones en tiempos del Papa Francisco”, de Latinobarómetro. En el extremo opuesto, Paraguay y Ecuador, dos de los países con menor índices de desarrollo humano y PIB per cápita de la región, cuentan con los menores índices de ateísmo y agnosticismo.

Las condicionantes históricas, políticas y sociales generan características particulares en cada país. Por tanto, no hay una correlación exacta entre el grado de desarrollo y el índice de ateísmo de los países. Un claro ejemplo es Centroamérica, donde Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua, algunos de los países menos desarrollados de América Latina, presentan índices de ateísmo levemente mayores a otros países más desarrollados. Este fenómeno se inscribe dentro de una fuerte mutación de las tendencias religiosas en estos países con una fuerte penetración de las iglesias evangélicas que ha debilitado fuertemente a la Iglesia católica.

Sin embargo, si en lugar de utilizar el índice de ateísmo se toma el índice de confianza en la Iglesia del Latinobarómetro y se lo compara con la renta por habitante, puede verse una fuerte correlación mayor al 70%. Esto quiere decir que hay una clara relación entre ambos índices y, que a medida que uno de los dos crece, el otro decrece.

A medida que los estados de bienestar incrementan la calidad de vida de la gente, la importancia de la religión desciende

Según Daniel Barber, un especialista en estudios religiosos, a medida que los estados de bienestar incrementan la calidad de vida de la gente, la importancia de la religión desciende.

Este fenómeno es visible en América Latina, la única región del mundo que cuenta con una religión ampliamente dominante como es el catolicismo. Entre 1995 y 2013, la cantidad de católicos ha descendido de forma constante, reduciéndose del 80% al 67% de la población, mientras que los índices de desarrollo mejoraron de forma generalizada, sobre todo en Sudamérica. Esto, debido, en gran parte, al crecimiento económico.

“Dios no nos hace pobres, pero las religiones sí lo hacen”, afirma Juan Manuel de Castells, economista y experto en historia de la religión. En varios países de América Latina, la Iglesia católica ha logrado prohibir el aborto, impedir la educación sexual y restringir el acceso a anticonceptivos y a prácticas de planificación familiar. Como resultado, afirma De Castells, tenemos altos índices de muertes de mujeres por causa de abortos inseguros, familias demasiado numerosas y abandono de niños, extensión del VIH, baja escolaridad y otros factores que afectan especialmente a las clases de menores ingresos y a la población femenina.

La correlación entre el índice de desarrollo y el ateísmo también es visible en Europa donde los países del norte son más desarrollados y presentan mayores índices de ateísmo que los del sur.

“Las religiones han sido siempre un freno al desarrollo económico, en América Latina y en el resto del mundo”, afirma De Castells. “La Historia nos enseña que sin secularización, el progreso social y económico se enfrenta a barreras infranqueables. Ni la democracia ni el respeto de los derechos humanos existen en culturas en donde la legislación se basa en libros sagrados y verdades reveladas”. 

En conclusión, mientras Barber afirma que la religión pierde peso a medida que los Estados aumentan la calidad de vida de la gente, De Castells cree que la religión en sí misma es un freno para el avance de las sociedades. Dos posturas que se resumen en una pregunta: ¿creer en Dios nos hace pobres o ser pobres nos hace creer en Dios?

Foto de markel 2007 en Trend hype / CC BY-NC-SA

¿América Latina está abarrotada?

América Latina alberga a cerca de 650 millones de latinoamericanos, alrededor de uno de cada 10 habitantes del planeta, que hoy cuenta con 7 mil millones de habitantes. Y se espera que para dentro de una generación seamos 9 mil millones. Estos altos niveles de población, sin embargo, son muy recientes, ya que hasta hace menos de trescientos años la población total de la Tierra era de apenas mil millones de personas. De estos, solo 10 millones vivían en nuestra región.

Los cambios demográficos a largo plazo definen lo que se suele denominar como “transición demográfica”. Este proceso se caracteriza por la caída de las tasas de mortalidad en una primera instancia. Por tanto, la población tiende a un crecimiento acelerado, y posteriormente, como consecuencia, a una baja de la natalidad, con lo que la población se estabiliza. Dicha transición es central en el proceso de desarrollo económico, y culmina con una densidad de población elevada pero estable.

En regiones como Europa, el crecimiento poblacional se ha estabilizado desde hace décadas, pero este no es el caso en muchos países de nuestra región. Si bien la transición en América Latina está casi completa, debido a la ralentización del crecimiento demográfico en los últimos años (por debajo del 1% anual, según datos de las Naciones Unidas), países como Bolivia, Ecuador, Belice y Guatemala todavía tienen tasas de crecimiento cercanas al 1,5% o superiores. Aunque una tasa de 1,5% anual parezca reducida, esto implica que su población se doblará en aproximadamente una generación.

El 70% de la población latinoamericana es urbana, debido a las corrientes migratorias del último medio siglo hacia las grandes urbes

Si bien América Latina no corre el riesgo de sobrepoblación, la presión demográfica es tal vez hoy más evidente en sus zonas urbanas. Actualmente, el 70% de la población latinoamericana es urbana, debido a las corrientes migratorias del último medio siglo hacia las grandes urbes como Buenos Aires, Lima, Bogotá, Caracas, São Paulo, Río o Ciudad de México. Algunas de ellas tienen más de 20 millones de habitantes. Se trata de ciudades que reciben cada día a miles de nuevos residentes y donde millones viven en condiciones muy precarias, sin acceso a servicios básicos como agua potable, alcantarillado o electricidad.

Desde varios ámbitos, incluyendo a la ONU, se han intensificado últimamente los llamados sobre el reto de una población global de acelerado crecimiento. Uno de los que más han alertado sobre los desafíos de la sobrepoblación mundial es el economista Jeffrey Sachs, autor de Economía para un planeta abarrotado (Editorial Debate, 2008). Según Sachs, estabilizar a la población mundial es un imperativo global.

El crecimiento poblacional acelerado representa varios desafíos para la humanidad. En primer lugar, el crecimiento del número de personas que vive en pobreza extrema, actualmente cerca de mil millones de personas, dentro de un marco de desigualdad global creciente. En segundo lugar, el deterioro medioambiental, principalmente el cambio climático global. Y, por último, y en parte como resultado de los dos primeros, el auge de los fundamentalismos, no solo de corte religioso, sino también político.

América Latina no es inmune a estos retos. Nuestra región sigue siendo la más desigual del planeta y, según estimaciones de la Cepal, todavía alberga a más de 70 millones de personas viviendo en pobreza extrema. Muchas zonas, sobre todo las costeras, sufren de catástrofes climáticas por el calentamiento global, como las lluvias torrenciales de este momento en Perú. Finalmente, las tensiones políticas y posiciones extremas no hacen sino intensificarse, dividiendo a la población y erosionando la convivencia y capacidad de buen gobierno. Todos los desafíos requieren una respuesta decidida y urgente de nuestros líderes. 

 

Foto de hernanpba en Trend Hype / CC BY-SA

Bauman y la nueva política migratoria argentina

Un acto tan cotidiano como viajar en bus o en tren puede convertirse en una experiencia que merece contarse si se percibe inquietud entre los viajeros. Por ejemplo, un viaje en hora pico en el primer vagón de la línea “E” del subte de Buenos Aires, con destino a la estación Plaza de los Virreyes, en Flores. Una línea y un vagón que suelen ser usados por bolivianos, paraguayos y peruanos, que los conectará con un tranvía hacia zonas como Villa Soldati y Villa Lugano, con una gran concentración de migrantes.

Los comerciantes eligen el primer vagón porque llevan bultos, que si bien no impiden el paso, provocan miradas de recelo entre los bonaerenses. Pero más allá de la molestia, lo que llama la atención es que esta “toma” del espacio público desconcierta a quienes no están acostumbrados a ello. Se les hace extraño, y lo extraño es impredecible, no controlable. Esto causa ansiedad y a veces incluso miedo. Pero más a menudo simplemente inquietud.

El ejemplo es nuestro. La relación de actitudes y reacciones corresponde a Zygmunt Bauman, el reconocido sociólogo polaco fallecido recientemente, que en su última obra, Extraños llamando a la puerta, analiza “los orígenes, la periferia y el impacto de las actuales olas migratorias”.

La paraguaya y boliviana son las dos principales comunidades inmigrantes en Argentina. Hay nietos y hasta bisnietos de bolivianos nacidos en este país y se cree que pasan del millón de personas. La mayoría se dedica a la producción, transporte y comercialización de frutas y verduras. También a la labor textil, el comercio informal, la construcción y a la actividad académica y profesional, especialmente con médicos y enfermeras, algunos formados en la Argentina.

Si se pregunta a un argentino medio sobre el “boliviano”, la respuesta generalmente es que es “trabajador y honrado”, aunque algo tímido y afecto a la fiesta y al alcohol. Pero no, salvo excepciones, ladrón o asesino.

Bauman afirma que una de las reacciones de los locales o “naturales” frente a los visitantes o “extraños” es la clasificación de ciertos migrantes en pisos inferiores de la escala social, una marca que los distingue del resto y que también los estigmatiza frente a todos. Algo así sucede con la comunidad boliviana, que por su actividad y procedencia, no es ubicada al “nivel” de un migrante europeo, por ejemplo. Aunque tampoco se la asocia a la delincuencia, como sí sucede con otras nacionalidades. Si se pregunta a un argentino medio sobre el “boliviano”, la respuesta generalmente es que es “trabajador y honrado”, aunque algo tímido y afecto a la fiesta y al alcohol. Pero no, salvo excepciones, ladrón o asesino.

Esto explica la reacción de la comunidad boliviana, y de las representaciones consular y diplomáticas de este país, frente a las modificaciones de la política migratoria argentina, aprobadas vía decreto por Mauricio Macri a fines de enero. Las nuevas disposiciones endurecen los controles de ingreso al país y amplían las causas que permiten la detención y expulsión de migrantes en situación irregular.

La reacción fue de indignación, pero más que por su alcance jurídico (que aún se debate), fue por las declaraciones de algunos representantes como la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, que afirmó que el 33% de los presos por narcotráfico, entre otros delitos, procede de Perú, Paraguay y Bolivia, y por ello es necesario “ordenar las relaciones” con esos países. “El que tiene antecedentes no entra y el que comete un delito se va”, afirmó.

Esta declaración desató la protesta boliviana, sustentada, por otro lado, en las cifras del propio Ministerio de Seguridad argentino, que afirma que el 6% de los presos son migrantes, y de ellos –completa la estadística el cónsul boliviano, Ramiro Tapia–, el 0,7% son bolivianos: alrededor de 190 personas y solo 14 por tráfico de drogas.

Al hacer estas declaraciones, ¿no se corre el riesgo de confundir delincuencia con migración o de avivar el estigma? Para organizaciones como el Centro de Estudios Legales y Sociales, no hay duda de que se ha puesto en la misma bolsa migración y delincuencia. Por si quedaran dudas, el propio embajador argentino en Bolivia, Normando Álvarez, pidió a la ministra Bullrich disculparse.

Aquí volvemos a Bauman, que acuña el término de “securitización”, que consiste en “desplazar la preocupación ciudadana de problemas que los gobiernos son incapaces de manejar”, especialmente, la inseguridad. Y agrega que “la decisión política de dar seguridad a la gente a costa de los migrantes debe ir acompañado de una demostración pública de fuerza”. Es decir, usar a los migrantes como chivo expiatorio.

Algo de ello hubo hace algunas semanas al ponerse en práctica el nuevo sistema de controles migratorios. Tras la inspección a más de mil pasajeros en la terminal de buses de Liniers, Lucy Luna, integrante del Comité de Comerciantes de la Comunidad Boliviana en esta zona, contó al diario La Razón: “Vi policías con chalecos antibalas, escaners, escudos… Justo en ese momento, cerca del mediodía, llegó el bus Potosí, y los policías rodearon a los pasajeros como si estuviese llegando Pablo Escobar…”.

El problema –dice Bauman– es que todo esto azuza el estigma, y “roba la autoestima de los migrantes”. El estigmatizado se reagrupa y mimetiza, adoptando el acento, las costumbres y los modismos locales. Pero no todos. Hay miles de hijos, nietos y bisnietos de bolivianos nacidos en Argentina que se apropian de su pasado migrante.

Una de ellas es Laura Rivero Chambi, la reina de las 17 morenadas de Buenos Aires, que una vez al año paraliza con su fraternidad un sector de la 9 de Julio. “Soy nieta de bolivianos e hija de padres argentinos. Siempre me sentí orgullosa de mi origen, de mis abuelos que vinieron de Oruro para buscar una mejor calidad de vida, y que este país maravilloso se los dio. Ya no tengo el acento boliviano, pero valoro que el boliviano nunca olvide sus raíces, y no tenga vergüenza en mostrarlo. Es cierto que hay discriminación, aunque cada vez menos. Debemos sacarnos esa idea de que los bolivianos, peruanos o paraguayos vienen a robar laburo, eso no es cierto, la gente viene en busca de nuevas oportunidades”.

Esta declaración bien podría haber cerrado el libro de Bauman, que concluye que las fronteras son porosas y que, si bien el mundo es cosmopolita, aún le falta una conciencia cosmopolita. “El desafío es aprender a vivir como una tribu global”.

Pero también es cierto que la migración continuará mientras no se equiparen los niveles de bienestar en los países. Al final, la idea es fusionar los horizontes y, mejor aún, tener un horizonte común. No se trata –dice Bauman– de que dos países hablen un lenguaje común, sino que logren, durante el proceso, hablar un lenguaje común como efecto del entendimiento. яндекс

La indignación de la comunidad boliviana por la nueva norma migratoria se debe a que ya no se siente visitante porque también aporta y juega de local. Las autoridades no siempre se percatan de que hoy todos somos Argentina, aunque no todos somos argentinos. Y sí, esperamos las disculpas de la señora ministra.

Foto de poperotico en Trend Hype / CC BY-NC

Aumento de la percepción de la corrupción: una buena noticia

Según el Índice de Percepción de la Corrupción publicado recientemente por Transparencia Internacional, la corrupción aumentó el año pasado en América Latina. El retroceso fue notorio en 11 países, México registró la mayor caída y Venezuela se consolidó como uno de los países más corruptos del mundo. En el año 2016 los latinoamericanos hemos sido testigos de la filtración de los Panama Papers y el destape del caso Odebrecht, dos de los mayores escándalos de la historia.

A solo cinco meses del encarcelamiento del expresidente guatemalteco, Otto Pérez Molina, por encabezar una red de defraudación aduanera en su país, fue condenado en marzo del 2016 Marcelo Odebrecht, expresidente de la mayor constructora de América Latina, a casi 20 años de cárcel. Tras negociar junto a 77 ejecutivos de la empresa el mayor acuerdo de colaboración de la historia, el pasado 22 de diciembre se hizo público el informe del Departamento de Justicia de Estados Unidos. Allí, los representantes de la empresa explican cómo durante 15 años pagaron unos 800 millones de dólares en sobornos para adquirir contratos de más de 100 proyectos en 12 países de América Latina.

Además de las repercusiones que ha tenido en Brasil, el acuerdo se ha convertido en una amenaza a la clase política de los países involucrados. Si bien el Departamento de Justicia estadounidense aún no ha divulgado los nombres de los involucrados fuera de Brasil, las Fiscalías y los Gobiernos de Venezuela, República Dominicana, Panamá, Argentina, Ecuador, Perú, Guatemala, Colombia y México han anunciado que iniciarán investigaciones.

En Perú las repercusiones no han tardado en llegar y la Fiscalía solicitó el arresto del expresidente Alejandro Toledo, quien fue acusado de haber recibido 20 millones de dólares en sobornos. Además del sucesor de Fujimori (también encarcelado por corrupción), el caso podría llegar a amenazar a todos los expresidentes peruanos desde el retorno a la democracia.

Colombia es otro de los países que vive un terremoto político. Tanto la campaña electoral del presidente Juan Manuel Santos como la del exministro de Hacienda, Óscar Iván Zuluaga, candidato del Centro Democrático de Uribe, están siendo investigadas por supuesta financiación ilegal. Hasta el momento, el exviceministro de Transporte durante el gobierno de Álvaro Uribe, Gabriel García, y el exsenador Otto Nicolás Bula han sido encarcelados por recibir sobornos por más de 11 millones de dólares.

De momento, empiezan a salir a la luz las primeras acusaciones. Sin embargo, los documentos divulgados hasta ahora pueden ser solo la punta del iceberg. Todavía no han declarado algunos ejecutivos claves de la empresa. Por ende, hay una gran expectativa de que se sigan destapando escándalos.

El 9 de mayo, cuando Marcelo Odebrecht llevaba dos meses en prisión, los diarios del mundo amanecieron con el titular de los Panama Papers. A través del Consorcio Internacional de Periodistas, se habían filtrado 11,5 millones de documentos confidenciales del proveedor de servicios corporativos Mossack Fonseca, que comprendían datos financieros de sus clientes. La información salpicó a decenas de líderes mundiales y figuras públicas en todo el mundo por conexiones con estructuras financieras opacas en paraísos fiscales que permiten la evasión fiscal.

Si bien se trata de un estudio con sede en Panamá, los documentos filtrados contienen información que afecta a clientes de todo el mundo. Por tanto, una gran cantidad de latinoamericanos, entre ellos políticos y empresarios, se han visto afectados. En Argentina, por ejemplo, los documentos vincularon al propio presidente Mauricio Macri con una sociedad “offshore” registrada en las islas Bahamas. En Brasil, políticos de seis partidos fueron vinculados a este tipo de empresa. Y en Ecuador, el principal nombre citado fue el de Pedro Miguel Delgado Campaña, exgobernador del Banco Central y primo del presidente Rafael Correa.

Esta ola de acusaciones y juicios convierten al 2016 en un año ícono de la corrupción en la región, ya que nunca habían sido acusadas tantas personas cercanas al poder en tantos países a la vez.

Esta ola de acusaciones y juicios convierten al 2016 en un año ícono de la corrupción en la región, ya que nunca habían sido acusadas tantas personas cercanas al poder en tantos países a la vez. Este es el motivo por el cual la percepción de los latinoamericanos sobre la corrupción ha aumentado.

Sin embargo, esto no quiere decir que la corrupción en sí haya aumentado. De hecho, la mayoría de los actos no se han sucedido en el último año. En cuanto a Odebrecht, el pago de sobornos se ha prolongado por más de 15 años y algunos de los casos que salieron a la luz, a raíz de las filtraciones de los Panama Papers, se remontan a la década de los 70. Lo que ha pasado es que la presión de los ciudadanos, las instituciones judiciales y algunos organismos internacionales han terminado por destapar lo que se ha ido acumulando durante décadas.

De acuerdo con Transparencia Internacional, la revelación de las historias de corrupción en la región es una muestra de que los países están combatiendo este fenómeno. Si bien los ciudadanos se enfurecen cada vez más ante cada nuevo episodio, las posibilidades de robar y no pagar se vuelven más escasas.

Foto de Surizar en Trendhype / CC BY-NC