Una región, todas las voces

Creando, modificando y eliminando ministerios en América Latina

“¡Tenemos Ministerio de Seguridad Pública! Una idea que se discute desde el gobierno del presidente Ricardo Lagos, que ha pasado por distintas administraciones y que ahora vemos materializada gracias a la unidad de distintos sectores políticos”, celebraba el presidente Gabriel Boric el 27 de enero al promulgar la ley. Hoy se ha nombrado un nuevo ministro en esa cartera, ocupando actualmente Chile el tercer lugar en América Latina en cantidad de ministerios, con un total de 25, solo por debajo de Brasil (38) y Venezuela (34).

La creación, modificación o eliminación de ministerios responde claramente a una idea o a componentes ideológicos. En cualquiera de estos cambios, se observa un marco conceptual que identifica y define un problema y, por otro lado, un (re)diseño institucional y burocrático para abordarlo. Reconfigurar un ministerio no solo materializa un conjunto de principios y objetivos de un gobierno o coalición, sino que también refleja un consenso más amplio dentro de la clase política en un contexto democrático. Este proceso responde a una demanda social que, en determinado momento, adquiere relevancia y busca consolidarse como una política de Estado con proyección más allá de una administración en particular.

Un caso ilustrativo del peso de las ideas es el de Hugo Chávez, quien en 2006 renombró todos los ministerios de Venezuela añadiéndoles el adjetivo “del Poder Popular”, en línea con su proyecto ideológico de construir un “Estado Comunal” y promover el socialismo del siglo XXI. También destacan los casos de Dilma Rousseff en Brasil (2015) y Gustavo Petro en Colombia (2023), quienes impulsaron la creación de ministerios de la Mujer o de Equidad de Género como parte de su estrategia para posicionar dichas temáticas en la agenda pública. En Brasil, este ministerio fue fusionado durante el gobierno de Jair Bolsonaro, pero posteriormente restituido por Lula da Silva en 2023.

Por otro lado, la fusión o eliminación de ministerios también responde a componentes ideológicos, principalmente orientados hacia la eficiencia y la reducción del sector público. Un ejemplo de absorción se observa en la administración del presidente boliviano Gonzalo Sánchez de Lozada, quien en 1993, en el marco de un programa de reducción del gasto público, eliminó cuatro ministerios (Educación, Cultura, Minería y Energía). Más recientemente, en Brasil, Jair Bolsonaro redujo el número de ministerios de 29 a 15 en 2019, fusionando carteras clave como Hacienda, Planificación e Industria en un único Ministerio de Economía, en consonancia con su discurso de austeridad y enfoque liberal. En Argentina, el presidente Javier Milei cerró 13 ministerios en 2023, despidiendo a miles de empleados públicos bajo el argumento de reducir el tamaño del Estado y contener el gasto, en coherencia con su ideario libertario.

Estos ejemplos muestran que la creación, transformación o eliminación de ministerios tiene implicancias significativas. En primer lugar, envían un mensaje a la ciudadanía sobre la priorización de determinados temas en la agenda pública, ya sea con fines electorales o como expresión de un nuevo marco ideacional sobre un problema social. En segundo lugar, estos cambios pueden reflejar la implementación o el desmantelamiento de ideas defendidas por organizaciones políticas, partidarias o gremiales.

El caso del Ministerio de Seguridad Pública en Chile ilustra bien cómo estas decisiones dependen de circunstancias políticas e ideológicas y requieren una ventana de oportunidad para materializarse. Su discusión comenzó en 2005, como consecuencia de las reformas constitucionales de ese año. Más tarde, la presidenta Michelle Bachelet incluyó su creación en su programa de gobierno y presentó un proyecto de ley en 2006. Sin embargo, durante su tramitación en el Congreso, el proyecto fue modificado, resultando en la transformación del Ministerio del Interior con la incorporación de la dimensión de seguridad, en lugar de la creación de una cartera independiente.

El presidente Sebastián Piñera retomó la idea y presentó un proyecto de ley en el Senado en septiembre de 2021. No obstante, aunque la seguridad fue uno de los ejes de su programa, la creación de un ministerio específico no figuraba entre sus principales medidas. Tampoco fue un tema central en la comisión convocada en marzo de 2021 para tratar la seguridad pública, integrada por parlamentarios, alcaldes, organizaciones de la sociedad civil y académicos, que dio origen al Acuerdo Nacional por la Seguridad Pública. Aunque Piñera no logró aprobarlo durante su gobierno, el trámite continuó bajo la administración del presidente Boric.

En el programa de Boric, la creación del ministerio se mencionaba en el marco de la reforma policial, proponiendo una “nueva institucionalidad” con una cartera más técnica bajo el nombre de “Ministerio de Seguridad, Protección Civil y Convivencia Ciudadana”. En otras palabras, la idea de separar seguridad del Ministerio del Interior ya se había ido consensuando transversalmente en todos los sectores políticos.

En definitiva, la creación del Ministerio de Seguridad Pública no es una idea nueva, sino una propuesta que ya contaba con un amplio consenso en la clase política chilena. Se podrá debatir sobre los distintos diagnósticos y alcances para abordar la seguridad pública, pero lo cierto es que, desde hace tiempo, existía coincidencia en la necesidad de una repartición burocrática específica para enfrentar este problema. Sin embargo, su aprobación requiere una ventana de oportunidad que cualquier político aprovechará, incluso si los detalles del proyecto no coinciden completamente con sus ideas iniciales.

En estos procesos, más allá de la racionalidad técnica, prima el peso simbólico y el mensaje que se quiere transmitir a la ciudadanía. La seguridad pública, sin buscarlo, se ha convertido en un eje central de la agenda del gobierno de Boric, una problemática que, sin duda, será clave en las elecciones presidenciales de Chile este año. Las ideas importan, sí, pero necesitan su momento para materializarse.

Ecuador: la hora de la esperanza

El próximo 13 de abril se enfrentan en Ecuador dos modelos políticos: el de la denominada “Década ganada” (2007-2017), representado por Luisa González, y el de la cuasi “Década perdida” (2017-2024) representado por Daniel Noboa y quienes le han precedido en ese tiempo al frente de la presidencia de la República.

El Gobierno del ex presidente, Rafael Correa, entre 2007 y 2017 modernizó el Ecuador y elevó todos sus indicadores de desarrollo a máximos históricos. Algunos ejemplos son los indicadores educativos del país, los logros en sanidad, las infraestructuras desarrolladas, o los niveles de seguridad del país, una verdadera independencia judicial y de defensa de los derechos ciudadanos. Dicho gobierno promulgó también una de las constituciones más avanzadas del mundo, otorgando derechos a la Madre Naturaleza y al Buen Vivir.

Sin embargo, entre 2017 y 2024 el país experimentó una destrucción sin precedentes en la región, que aterra por sus resultados en contra de los más vulnerables y de la ciudadanía en general.

La decadencia

Desde 2017 no sólo se dilapidó todo el legado de la década anterior, sino que además se produjo una verdadera decadencia en valores democráticos consolidados y se desplegó una persecución cainita. La llegada de Lenin Moreno a la presidencia del país, supuso, una evidente regresión a épocas ya olvidadas en el país.

La única obstinación de Moreno fue impedir que Rafael Correa pudiera regresar al poder en Ecuador. Para ello, se estructuró toda una arquitectura institucional consistente en la apertura de causas judiciales infinitas, sin sustento alguno para asfixiar a la Revolución Ciudadana y a sus líderes o representantes, principalmente Rafael Correa y Jorge Glas, pero también a otros como Paola Pabón, Virgilio Hernández o líderes indígenas como Leónidas Iza, entre otros. Un esquema persecutorio que continuó con la presidencia de Guillermo Lasso y hasta la actualidad, con Daniel Noboa.

Plan persecutorio

En 2018, con la llegada de Lenin Moreno al poder, se articuló a través de un cuestionable referéndum y consulta popular, la creación de un Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, pero “Transitorio”. En la presidencia del Consejo Transitorio se situó a Julio César Trujillo, quien comparecía recurrentemente en los medios afirmando que su objetivo era acabar con el “correísmo”, enviando a prisión a todos aquellos que habían estado vinculados a la anterior administración.

El Consejo Transitorio removió de su puesto y designó discrecionalmente a múltiples autoridades, por ejemplo, del poder judicial, con el nombramiento de jueces temporales. Entre esas autoridades, destaca el nombramiento como Fiscal General del Estado de Diana Salazar, designación que se realizó contra las incuestionables evidencias de no haber conseguido (ni de lejos) las mejores puntuaciones para su designación. Sin embargo, la señora Diana Salazar ha sido y es la figura clave en todos y cada uno de los procesos abiertos contra aquellos líderes. Un Lawfare en estado puro se ha empoderado en el Ecuador desde las más altas esferas de la justicia y la política hasta los últimos escalones, en perjuicio de la ciudadanía.

La dinámica de esta cruenta persecución siempre ha sido la misma. Un medio de comunicación lanzaba una noticia acusadora sin fundamento. La fiscal, Diana Salazar, abría una investigación. Y el poder judicial fruto del Consejo Transitorio procedía a condenar en todo caso, con absoluto desprecio a la verdad procesal.

Arquitectura de persecución

Frente a esta arquitectura de persecución se erigió el mismísimo Relator de la ONU para la Independencia de Magistrados y Abogados, Diego García Sayán, que remitió a Ecuador reiterados y contundentes llamamientos urgentes en los que alertaba que se estaba colonizando el poder judicial desde el poder ejecutivo, con el temor de que se estuviera estableciendo una estructura de persecución judicial contra la oposición.

Fueron muchos los casos de persecución política, pero, entre todos, destaca el conocido como Caso Sobornos (2012-2016), que condenó a varias autoridades de la Revolución Ciudadana, entre las que destacan el ex presidente, Rafael Correa, y el ex vicepresidente, Jorge Glas. Con esta sentencia exprés se impidió que Correa pudiera concurrir a las elecciones y se descabezó de forma ilegal a la Revolución Ciudadana. La condena se basó en el testimonio de dos personas que llegaron a acuerdos con la Fiscalía y se negaron a responder a las defensas, y en un cuaderno contable con anotaciones falsas, escrito con fechas manipuladas y sin peritaje grafoquímico. Sorprendentemente, la sentencia fue justificada alegando, por primera vez en la historia del derecho penal, que Rafael Correa y Jorge Glas ejercieron un “influjo psíquico” sobre otras personas para inducirlas a delinquir. Esto, aunque suene a broma, es cierto.

Nuevamente el Relator de la ONU para la Independencia de Magistrados y Abogados intervino, librando nuevos llamamientos urgentes a Ecuador en relación a este caso. Como los anteriores cayeron en saco roto.

El resultado de esa sentencia fue la expedición de órdenes internacionales de detención contra Rafael Correa, entre otros. INTERPOL las rechazó al considerar que existían motivaciones políticas. De hecho, los miembros de la Revolución Ciudadana que se encuentran fuera de Ecuador han recibido protección como asilados, en países como Canadá, Bélgica y México, al entender estos países que sufren una persecución política.

Procesos judiciales arbitrarios

Es necesario que estos datos se conozcan porque demuestran la persecución política que se ha desarrollado en Ecuador. En este sentido, merece especial referencia el ex vicepresidente, Jorge Glas, que viene sufriendo una serie de procesos judiciales arbitrarios en los cuales no ha dispuesto de las mínimas garantías procesales que corresponden a todo ciudadano.

Lo más grave del caso fue la violación del asilo diplomático concedido por México: el presidente Daniel Noboa ordenó el ingreso ilegal de la policía ecuatoriana a la embajada mexicana en Quito, vulnerando su inmunidad y secuestrando con violencia al exvicepresidente, quien fue trasladado a una prisión de máxima seguridad. Allí ha enfrentado condiciones inhumanas, intentó suicidarse y su vida corre peligro. La CIDH amplió este año las medidas cautelares, solicitando su traslado a un hospital y su salida de «La Roca», pero el gobierno ecuatoriano se ha negado a acatar la resolución.

Este desprecio por las normas internas e internacionales es propio de unos gobernantes indignos de representar a los ciudadanos y ciudadanas ecuatorianos. Ecuador es ahora un país con una terrible crisis energética que ha conllevado apagones constantes y reiterados. Una gravísima crisis de seguridad, siendo uno de los países más peligrosos de la región. Una crisis humanitaria agravada, que se representa claramente con la desaparición y asesinato de los menores de Guayaquil. Una crisis constitucional sin precedentes, permitiéndose que Daniel Noboa sea candidato, y a la vez presidente, mientras que se impide que la vicepresidenta, Verónica Abad, asuma la presidencia, como ordena la ley.

En definitiva, el 13 de abril se enfrentan dos modelos, el que representa Daniel Noboa, hijo de la oligarquía bananera que ha dejado un país en cenizas, y el modelo de la “Revolución Ciudadana”, a través de la candidata Luisa González, que busca rescatar al Ecuador de la enorme crisis estructural en la que, políticos irresponsables y sin escrúpulos han sumido al pueblo ecuatoriano. Es la hora de la esperanza.

El multiplicador fiscal y su impacto en el crecimiento de los países

El crecimiento económico es una fuente de creación de empleo y generación de recursos que si bien, por sí solo, no garantiza mejoras en el bienestar social, es un pilar necesario para que los países amplíen las oportunidades para su población. En este marco, el gasto público, al destinar recursos en infraestructura, educación, salud y otros sectores estratégicos, es un catalizador del crecimiento económico, de ahí su enorme importancia para la economía de los países.

Coyuntura global

El escenario actual de crecimiento económico no es alentador. Según las perspectivas del Banco Mundial, para el 2024 y 2025 se espera un crecimiento global del 2,6% y se advierte una desaceleración considerable en los próximos años. Se estima que casi el 60% de las economías, que agrupan a más del 80% de la población mundial, crecerán por debajo del promedio de la década pasada.

En el caso de Ecuador, el crecimiento económico durante el período 2003-2023 estuvo sujeto a fuertes fluctuaciones, reflejando una alta vulnerabilidad a choques externos. Las crisis de 2015-2016, asociadas a la caída de los precios del petróleo y a un terremoto, y la crisis de 2020, producto de la pandemia de COVID-19, provocaron contracciones significativas del PIB. Y a pesar de un crecimiento promedio de 3,5%, superior al de la región, la economía del país nuevamente ha empezado a ver tasas que indican una desaceleración durante el 2024.

Los desafíos que enfrenta la región para crecer son varios, y entre ellos destaca el manejo de la política fiscal como mecanismo de expansión. Un estudio reciente del Fondo Monetario Internacional revela que, desde la década de 1960, el discurso político a nivel global ha mostrado una creciente inclinación hacia políticas fiscales más expansivas. La pandemia de COVID-19 aceleró esta tendencia, desencadenando un paquete de medidas fiscales y financieras a escala mundial que superó los ocho billones de dólares.

El gasto público es un catalizador del crecimiento económico. Al volcarse recursos en los diferentes sectores, los gobiernos pueden fomentar la inversión privada, el consumo de las familias y así generar un efecto multiplicador en la economía. Es decir, el gasto público no solo genera crecimiento por el gasto inmediato que se genera, sino por el impulso a la demanda que genera en el resto de los actores en la economía, esto se conoce como efecto multiplicador.

El efecto multiplicador

En el Ecuador, el freno en el ritmo de crecimiento estuvo acompañadpo de una trayectoria inestable en el gasto público. Esto estuvo influenciado significativamente por factores como las reformas legislativas, precios del petróleo e iniciativas gubernamentales. Entre 2003 y 2006, se observó un crecimiento moderado. Años después (entre 2007 y 2014) el gastó se expandió, gracias a los mayores ingresos petroleros y un enfoque en servicios públicos e inversión social. Pero a partir de 2015, la caída de los precios del petróleo, el alto endeudamiento y una gestión pública orientada a la contención fiscal condujo a una contracción del gasto público.

Pese a la alta volatilidad del gasto, entre 2013 y 2022 Ecuador estuvo por encima del promedio regional con un gasto que representó entre el 33% y el 27%  del PIB. Sin embargo, a partir del 2022 se ha reportado una fuerte tendencia a la baja en el ritmo del crecimiento del gasto público.

La dinámica del gasto y la relación con el crecimiento económico es una discusión controversial, incluso con posturas contrastantes. Independientemente de la postura planteada, existen esfuerzos por identificar la capacidad que tiene el gasto público para impulsar a la economía a través del cálculo del multiplicador, es decir estimar cuántos dólares adicionales genera cada dólar gastado por el Estado. Y en América Latina se encuentran resultados muy diversos sobre el efecto multiplicador del gasto público.

Hay países donde el gasto tiene un alto efecto multiplicador. Por ejemplo, para Colombia por cada peso que invierte el gobierno se generan entre 1.1 y 1,45 pesos. En otros países, el gasto genera crecimiento, aunque su efecto es moderado. Por ejemplo Argentina, Ecuador y Bolivia exhiben factores multiplicadores del gasto menores de 0,18, 0.24 y 0,72 unidades monetarias respectivamente. Finalmente, hay países dónde, por el contrario, el gasto público es un freno al crecimiento, este es el caso de Chile, dónde el gasto, contrario a impulsar el crecimiento lo desaceleró.

¿Cómo y cuánto gastar?

Estos resultados diversos plantean una importante discusión, ¿cómo y cuánto gastar? La evidencia muestra que la capacidad del gasto público para multiplicar los recursos y ser una fuente de crecimiento depende de las características de cada economía y de la comprensión de las relaciones complejas que enmarcan la gestión de la política fiscal. Por lo tanto, no hay reglas que aseguren resultados específicos, pero hay algunas condiciones que pueden garantizar mejores resultados. Los países donde el multiplicador es alto se caracterizan por tener niveles bajos o sostenibles de deuda ya que destinan el gasto a sectores estratégicos y tiene una adecuada gestión.

Por lo tanto, la discusión no puede centrarse en gastar mucho o dejar de hacerlo, sino en fortalecer los mecanismos de evaluación de proyectos y promover la transparencia en la asignación de recursos, lo cual permite generar un retorno social y económico significativo. Además, los gobierno deben invertir en la capacidad institucional para diseñar y ejecutar proyectos de inversión pública de manera eficiente y sostenible.

La quinta ola del crimen organizado: ¿tsunami a la vista en América Latina?

La quinta ola del crimen organizado promete ser un verdadero tsunami para las sociedades de América Latina. La combinación de avances tecnológicos, crisis climática, fragilidad institucional y rivalidad geopolítica está generando el cóctel perfecto para un ecosistema criminal más ágil, descentralizado y, seguramente, mucho más difícil de combatir. 

Phil Williams, profesor emérito de la Universidad de Pittsburgh, proyecta que en 2040 las redes delictivas transnacionales tendrían la capacidad de integrar la inteligencia artificial, las criptomonedas y los drones en sus operaciones, mientras se aprovechan de la corrupción y la inestabilidad política para expandir su influencia. 

Según su informe, el tráfico de personas se convertirá en una de las actividades criminales más rentables, aprovechando las migraciones masivas de poblaciones vulnerables afectadas por la guerra y los desastres naturales. Millones de personas serán explotadas en trabajos forzados y redes de prostitución, alimentando un mercado ilícito en constante expansión. ¿Cómo podemos prepararnos?

Un desafío estructural en Latinoamérica

Para entender de dónde proviene esta quinta ola es esencial reconocer que el crimen organizado ha evolucionado en distintas fases: inicialmente, surgieron mafias tradicionales en Italia, China y Japón, con estructuras jerárquicas y control territorial. Posteriormente, el tráfico de narcóticos, especialmente heroína y cocaína, consolidó rutas internacionales y sofisticó las redes de distribución. Con la globalización y políticas neoliberales se facilitó el contrabando y tráfico de mercancías ilícitas a través de fronteras más permeables. Actualmente, el cibercrimen explota internet para actividades ilícitas, ampliando su alcance global, y, recientemente, se han desmantelado redes de lavado de dinero que utilizaban criptomonedas, lo que evidencia la adaptación de estas organizaciones a las nuevas tecnologías. 

Al mismo tiempo, el crimen organizado en América Latina ha evolucionado en ciclos definidos por cambios en el entorno geopolítico, avances tecnológicos y dinámicas económicas complejas. Desde las mafias tradicionales hasta el cibercrimen, cada transformación ha impuesto nuevos retos a los sistemas de seguridad y la gobernanza. En una región tan vulnerable como la nuestra, la quinta ola podría representar un punto de inflexión, donde la convergencia de factores globales redefiniría la naturaleza de las economías ilícitas y su impacto en la estabilidad regional.

Uno de los principales impulsores de esta nueva fase ha sido la competencia geopolítica, especialmente en estados con regímenes autoritarios que han facilitado, de manera deliberada o por omisión, la expansión de redes criminales transnacionales. La corrupción estructural y la falta de capacidades institucionales han permitido la consolidación de estas organizaciones, replicando dinámicas históricas en la región, donde la relación entre el crimen organizado y el poder político ha evolucionado con distintos gobiernos en distintos países.

Paralelamente, el cambio climático está creando un entorno propicio para la expansión de economías ilegales. La creciente escasez de recursos esenciales, como agua y minerales estratégicos, ha convertido a estos insumos en activos de alto valor dentro de los mercados ilícitos. A ello se suma el incremento de la migración forzada debido a desastres naturales, lo que ha potenciado el tráfico de personas y el trabajo forzado como industrias criminales en auge.

Otro elemento determinante es el avance tecnológico. Herramientas como la inteligencia artificial han venido siendo incorporadas por las organizaciones criminales para optimizar sus operaciones, desde la automatización de estafas hasta la generación de identidades falsas con deep fakes. En el ámbito financiero, los criptoactivos se han consolidado como una vía para el lavado de dinero, eludiendo los marcos regulatorios tradicionales y dificultando la trazabilidad de transacciones ilícitas.

Finalmente, la crisis de gobernanza en América Latina ha debilitado la capacidad de respuesta estatal. La convergencia de instituciones democráticas debilitadas, la corrupción endémica y la desigualdad extrema han convertido a América Latina en un terreno propicio para el crimen organizado. Desde la década de 1980, la región ha experimentado una evolución en las estructuras delictivas: de jerarquías centralizadas, como los cárteles de Medellín y Cali en Colombia, a organizaciones más fragmentadas y adaptables como los grupos criminales mexicanos. Como señala International Crisis Group, esta fragmentación ha permitido a estas entidades diversificar sus actividades ilícitas, aprovechando vacíos institucionales y mercados emergentes, lo que representa serios desafíos para la seguridad y el desarrollo en la región.

Urgen acciones preventivas 

A pesar de que la quinta ola se proyecta para 2040, las acciones preventivas no dan espera. Las organizaciones criminales en América Latina ya están incorporando tecnologías avanzadas, como la inteligencia artificial, para optimizar actividades ilícitas, incluyendo el lavado de dinero, el reclutamiento y radicalización de menores, la optimización de rutas de tráfico ilícito, ingeniería social para sacar provecho de múltiples datos, la creación automática de malware o la suplantación de identidad, entre otros. Al mismo tiempo, la flexibilidad y adaptabilidad de estas redes les permiten infiltrarse en mercados legales mediante empresas fachada, dificultando así su detección y desmantelamiento. 

Si bien es cierto que la globalización ha facilitado la conexión entre centros de actividad criminal a nivel mundial, creando hubs y superhubs que permiten el tráfico de drogas, armas y personas a escala global, es ante la ausencia de estados fuertes que estas organizaciones a menudo proporcionan formas paralelas de gobernanza, ofreciendo servicios básicos e imponiendo su propia justicia, lo que les permite ganar legitimidad y apoyo en comunidades locales.

Por tanto, un primer paso para mitigar el avance sistemático del crimen organizado en América Latina es el fortalecimiento de las instituciones de seguridad y justicia. Esto implica mejorar la capacitación y equipamiento de las fuerzas de seguridad, así como promover la cooperación internacional para compartir información y coordinar esfuerzos, tal como lo recomienda la Convención de las Naciones Unidas contra la Delincuencia Organizada Transnacional

Por ende, no hay que desestimar todos los esfuerzos estatales que sean necesarios. Desde implementar regulaciones que dificulten el uso de tecnologías avanzadas por parte de organizaciones criminales, sin obstaculizar la innovación y el desarrollo tecnológico, hasta abordar las causas subyacentes del crimen organizado a través de políticas de inclusión social y desarrollo económico que reduzcan la pobreza y la desigualdad. La promoción de la educación y la concienciación sobre los riesgos del crimen organizado, junto con la participación activa de la sociedad civil, son igualmente fundamentales en esta estrategia. 

En síntesis, las acciones integrales son esenciales para contrarrestar eficazmente el impacto del crimen organizado en la región y de la llegada de esta quinta ola, que plantea desafíos sin precedentes para América Latina.  Para abordar el inminente tsunami, es fundamental que los gobiernos e instituciones de la región adopten ya medidas preventivas y proactivas que les permitan fortalecer sus capacidades. 

Sin embargo, hay que poner la lupa en la corrupción y en la subestimación del problema, dos factores que podrían facilitar el crecimiento y expansión de una amenaza potencialmente devastadora para nuestra región. Es imperativo actuar, ahora, con determinación y coordinación. Estamos avisados.

Polarización en Latinoamérica: ¿cisne negro o tendencia?

En su último libro, el matemático libanés Nassim Taleb distingue entre los eventos inesperados —los “cisnes negros”— y las dinámicas predecibles que siguen una lógica reconocible: las tendencias. Lo fascinante y perturbador de los cisnes negros es que su irrupción, imposible de prever, puede modificar abruptamente las tendencias existentes. El atentado a las Torres Gemelas en 2001, la crisis económica del 2007 o la pandemia del covid 19, entre otros eventos, irrumpieron y alteraron distintos procesos globales. En el ámbito electoral, la polarización política en América Latina no es un fenómeno sorpresivo ni aislado, sino una tendencia sostenida que ha marcado el pulso de las democracias en los últimos años.

Ejemplo de ello es lo que está atravesando Ecuador. En apenas dos semanas se celebrará la última instancia de su calendario electoral y un nuevo presidente será electo. La inesperada buena performance de Luisa González obstaculizó la posibilidad de que el actual presidente, Daniel Noboa, se impusiera en primera vuelta. El fallo de Noboa fue no lograr alcanzar el 50% de los votos, mientras que el acierto de González consistió en evitar que se generara una brecha de 10 puntos entre los dos. Una de las claves de este resultado fue, sin duda, la estrategia de polarización. Sin embargo, la serie histórica de resultados electorales en Ecuador muestra que el fenómeno de la polarización electoral no es nuevo. Si se suavizan los valores obtenidos por el índice de polarización electoral mediante una curva polinómica de cuarto grado, se aprecia un incremento constante desde mediados de la década de los 90. Esta tendencia ascendente también se refleja en el promedio sudamericano. Sin embargo, lo que distingue a Ecuador es la menor oscilación respecto a la región —donde se registran picos en 2006 y 2025, y descensos hacia 1994 y 2020—, así como niveles actuales de polarización más elevados en el país.

La polarización ha sido objeto de amplio debate en las ciencias sociales, especialmente en lo que respecta a sus efectos, tan diversos como controvertidos. Entre los más señalados destacan el deterioro del discurso democrático —marcado por una retórica agresiva e irrespetuosa entre los actores políticos— y el bloqueo en la formulación de políticas, especialmente en el ámbito legislativo. Más preocupante aún es su potencial para detonar conflictos sociales, particularmente en contextos donde dos grupos de tamaño similar compiten por el poder, configurando una peligrosa bimodalidad que incrementa la probabilidad de enfrentamientos.

No obstante, la literatura también documenta efectos positivos de la polarización, como el incremento de la participación política y electoral, el fortalecimiento de la identificación partidaria y la clarificación de las propuestas en competencia, lo cual facilita la rendición de cuentas y mejora la representación. A estos efectos puede sumarse un aspecto menos explorado pero igualmente relevante: la polarización, al organizar el espacio político en torno a posiciones claras y coherentes, puede contribuir a estabilizar la opinión pública, dotando de consistencia a las preferencias ciudadanas y facilitando procesos decisionales tanto en el ámbito electoral como en el gubernamental. Parafraseando aquella máxima de Milton Friedman sobre que la inflación es, en todo momento y lugar, un fenómeno monetario, podríamos decir que la opinión pública es, en todo momento y lugar, un fenómeno contingente. Lo único constante en ella es su contingencia. Sin embargo, factores como la polarización podrían generar mayor estabilidad.

Argentina no está exenta de este clima polarizado. En un estudio reciente, desde el equipo de DeepResearch realizamos grupos focales con centennials (18-25 años) residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA), diferenciando tres segmentos electorales: votantes de Javier Milei, votantes del kirchnerismo y votantes indecisos. Al indagar sobre los atributos que estos jóvenes consideran deseables en un líder político, corroboramos que la polarización es un fenómeno vigente, aunque también advertimos la existencia de elementos tácticos que permiten suavizarla.

Existen distintos atributos que, según cada segmento, debería tener su líder ideal. Entre los votantes de Milei destacan la confianza, la relevancia internacional y la autenticidad. En el caso de los votantes kirchneristas, se valoran especialmente la capacidad oratoria, estar “deconstruido”, saber formar equipos y tener un trato cordial con otros políticos. Entre los indecisos, en cambio, se privilegian atributos como la transparencia, el profesionalismo, el dialogismo y la integridad (no corrupción). Evidentemente, estos atributos varían entre los segmentos y generan brechas difíciles de suturar. Sin embargo, como revela el diagrama de Venn, también existen puntos de coincidencia. Una de las claves para desactivar la polarización actual podría estar en centrar la comunicación política en aquellos atributos compartidos. Entre ellos destacan cinco que son altamente valorados por los tres grupos: capacidad para resolver problemas concretos, tener valores definidos, coherencia entre el decir y el hacer, habilidades comunicativas y capacidad de planificación estratégica.

Los cisnes negros son impredecibles y sus efectos pueden ser disruptivos. Sin embargo, Latinoamérica convive con una polarización que, lejos de ser una novedad, aparece como una tendencia consolidada. Deshacer lo que ha sido construido mediante estrategias electorales, amplificado por dinámicas mediáticas e internalizado por la sociedad puede ser uno de los grandes desafíos de nuestra época. Lo cierto es que no todo está dicho: existen elementos que permitirían reconstruir puentes, generar nuevas mayorías y modificar el escenario político.

La proliferación de candidatos presidenciales en América Latina: ¿democracia o espectáculo?

Ser candidato presidencial en América Latina parece haberse convertido en una oportunidad no solo para políticos de carrera, sino también para figuras mediáticas, empresarios, comentaristas de redes sociales y hasta personajes excéntricos sin trayectoria política. En cada elección la oferta de candidatos crece, aun cuando el cargo conlleva desafíos como el desgaste político, la baja aprobación, el conflicto con la oposición y la presión de movimientos sociales. Esto nos lleva a una pregunta clave: ¿qué motiva realmente a tantos aspirantes a competir por la presidencia?

El fenómeno de la inflación de candidaturas no solo responde al deseo de liderazgo o al compromiso con un proyecto de país. Muchas postulaciones son estrategias de posicionamiento político y mediático, herramientas de negociación o simples ejercicios de visibilización. Mientras algunos candidatos compiten con posibilidades reales de triunfo, otros buscan consolidar su imagen para futuras elecciones o instalar ciertos temas en la agenda pública. Y un grupo no menor participa con el único objetivo de negociar apoyos en la segunda vuelta, canjeando votos por puestos en el futuro gobierno.

El caso chileno: una candidatura para cada perfil

Un caso emblemático de este fenómeno es Chile, donde, a 25 de marzo de 2025, 96 personas buscan patrocinio ante el Servicio Electoral para postularse a la presidencia. Aunque no todos lograrán recolectar las firmas necesarias para estar en la papeleta, la cifra es significativa si se compara con los 35 aspirantes de 2021. Entre los postulantes se encuentran desde tarotistas hasta comentaristas de extrema derecha en redes sociales, pasando por excandidatos presidenciales de contiendas anteriores. La mayoría de ellos sabe que tiene una probabilidad ínfima de éxito, pero el solo hecho de aparecer en el proceso les otorga exposición mediática y capital político.

Al mismo tiempo, la competencia más estructurada se da entre los candidatos con respaldo partidario. Nombres como Carolina Tohá, Evelyn Matthei, José Antonio Kast, Johannes Kaiser, Alberto Undurraga y Ximena Rincón representan distintos sectores del oficialismo y la oposición. Sus partidos y coaliciones buscan ordenar el panorama mediante primarias, aunque la fragmentación sigue siendo un problema latente.

Este exceso de postulaciones no solo dificulta la consolidación de candidaturas viables, sino que también erosiona la gobernabilidad. En escenarios de extrema dispersión electoral, la segunda vuelta se convierte en un mercado de transacciones políticas, donde el apoyo de ciertos candidatos se ofrece al mejor postor a cambio de cargos y concesiones.

Ecuador y el mercado de votos en la segunda vuelta

El caso ecuatoriano ilustra bien esta dinámica. En las elecciones de 2025, 25 candidatos compitieron por la presidencia, pero el resultado mostró que la mayoría de los votos se concentró en solo dos contendientes: Daniel Noboa, con el 44,17%, y Luisa González, con el 44%. Un tercer candidato, Leonidas Iza, obtuvo un 5,25%, mientras que los demás aspirantes quedaron muy por debajo de esas cifras.

El fraccionamiento del voto convirtió la segunda vuelta en un juego de negociaciones, donde los candidatos descartados buscaron intercambiar su apoyo por cargos o influencia en el futuro gobierno. Esto no es casualidad: Ecuador tiene un sistema de partidos frágil y volátil, donde las estructuras políticas son débiles y las elecciones dependen cada vez más de liderazgos personalistas. En un país polarizado, cada voto cuenta y, con él, el poder de negociar.

El problema de la ausencia de proyectos de país

Sin embargo, el problema no es solo el exceso de candidatos, sino también la falta de proyectos de largo plazo. En la mayoría de estos casos, las candidaturas no surgen de un plan de gobierno estructurado, sino de una serie de propuestas cortoplacistas, muchas de ellas diseñadas para captar votos de manera inmediata, sin una visión clara para el futuro del país.

Este fenómeno es especialmente visible en campañas que giran en torno a la seguridad, la economía o el populismo punitivo, donde las promesas simplistas —como la reducción drástica de impuestos, el encarcelamiento masivo de criminales o la eliminación de organismos estatales— se utilizan como ganchos electorales, sin estudios de viabilidad o impacto real. En muchos casos, estas propuestas no resisten el escrutinio técnico ni jurídico, pero funcionan como estrategia de marketing político.

Por otro lado, en países donde la política tradicional ha perdido credibilidad, la promesa del outsider —el candidato que “viene a romper el sistema”— se ha convertido en una narrativa poderosa. Sin embargo, la falta de preparación y la improvisación en el gobierno terminan minando la estabilidad institucional, como se ha visto en experiencias recientes en la región.

Fragmentación electoral y personalismos: un riesgo para la democracia

Este auge de candidaturas también fortalece los personalismos y debilita la política programática. En sistemas políticos donde las estructuras partidarias son frágiles, las elecciones dejan de ser una competencia de proyectos de país y se convierten en una disputa entre figuras individuales, cada una con su propio electorado segmentado y su estrategia de negociación.

Para el caso chileno, la derecha enfrenta un dilema clave: José Antonio Kast, que alcanzó la segunda vuelta en 2021, y Johannes Kaiser, una figura aún más radical que busca emular los modelos de Trump y Milei. Si Evelyn Matthei logra consolidarse como la opción de la derecha tradicional, deberá definir hasta qué punto está dispuesta a negociar con estos sectores extremos para asegurar su victoria. En un escenario de fragmentación, la pregunta es: ¿cuánto pueden ceder las candidaturas tradicionales antes de comprometer la estabilidad democrática?

Lo mismo ocurre en otros países de la región, donde la multiplicidad de candidaturas no se traduce en más opciones reales para los votantes, sino en un debilitamiento de las instituciones. La dispersión electoral genera gobiernos con menor legitimidad y mayor dificultad para construir consensos, lo que impacta directamente en la gobernabilidad.

Conclusión

En última instancia, la proliferación de candidaturas presidenciales en América Latina es un reflejo de los desafíos estructurales de nuestras democracias. Más allá de la diversidad de opciones en la papeleta, lo que está en juego es la calidad de la representación política. Si las elecciones se convierten en una lucha de egos, un mercado de votos o una plataforma de autopromoción, el verdadero debate sobre el futuro de nuestros países queda en segundo plano.

Latinoamérica necesita más que nombres en una papeleta: necesita candidatos con visión de Estado, propuestas sólidas y un compromiso real con el fortalecimiento democrático. De lo contrario, la política seguirá siendo un espectáculo donde muchos compiten, pocos gobiernan y la ciudadanía pierde.

La inestabilidad política, de Latinoamérica al mundo

Hubo un tiempo en que la inestabilidad política se consideraba un rasgo casi exclusivo de América Latina. Golpes de Estado, destituciones presidenciales, gobiernos débiles y fragmentación legislativa han sido parte del ADN político de la región por décadas. Mientras tanto, Europa solía ser el ejemplo de estabilidad institucional, con democracias predecibles y sistemas políticos que garantizaban continuidad y gobernabilidad. Pero esa distinción se ha desdibujado. Hoy, la volatilidad política no es solo un fenómeno latinoamericano: el Viejo Continente también ha comenzado a lidiar con gobiernos frágiles, parlamentos ingobernables y una creciente desafección ciudadana.

Sin embargo, hay diferencias clave. En América Latina, la inestabilidad política suele traducirse en crisis de gobernabilidad profundas, amenazas al orden democrático y una constante incertidumbre sobre el futuro. En Europa, aunque las instituciones están tensionadas, el sistema se mantiene en pie. Lo que antes era una comparación entre dos mundos distintos, hoy es un espejo con matices: la fragmentación y la polarización han cruzado el Atlántico, pero con consecuencias muy distintas.

El caso de Portugal es ilustrativo del nuevo panorama europeo. En apenas un año, dos gobiernos han colapsado debido a la dificultad de consolidar mayorías parlamentarias, un fenómeno que América Latina conoce de sobra. La reciente caída de Luís Montenegro como primer ministro es solo el último capítulo de una inestabilidad política creciente, que, si bien no amenaza la institucionalidad del país, sí genera incertidumbre y desgaste en el sistema.

Alemania enfrenta un problema diferente, pero igualmente preocupante. El país que alguna vez fue sinónimo de estabilidad ahora se encuentra atrapado en un juego de negociaciones interminables. Friedrich Merz, líder de la CDU, ha capitalizado el declive del gobierno de Olaf Scholz, pero la fragmentación del electorado hace que cualquier intento de formar una coalición de gobierno sea un proceso arduo y frágil. En un continente donde los sistemas parlamentarios han garantizado gobernabilidad por décadas, la creciente fragmentación política está empezando a erosionar esa capacidad de respuesta.

Pero si bien Europa enfrenta nuevos desafíos, América Latina sigue atrapada en una crisis estructural mucho más profunda. No se trata solo de fragmentación legislativa o dificultades para formar gobiernos de coalición. En la región, la inestabilidad política ha significado cambios abruptos de liderazgo, crisis institucionales y, en algunos casos, regresiones democráticas. La comparación es válida, pero las consecuencias son mucho más graves nuestra región.

Las crisis políticas en América Latina no se limitan a la dificultad de gobernar. En muchos casos, implican el colapso de gobiernos antes de completar su mandato, enfrentamientos directos entre el Ejecutivo y el Legislativo, y el surgimiento de líderes que intentan doblar o romper las reglas del juego. Perú es el mejor ejemplo de este fenómeno: en solo cuatro años, el país ha visto desfilar seis presidentes, con un Congreso que ha hecho de la destitución presidencial un mecanismo recurrente de resolución de conflictos. Ecuador tampoco ha sido ajeno a esta dinámica. En 2023, Guillermo Lasso recurrió a la «muerte cruzada» para disolver la Asamblea Nacional y evitar su destitución, una medida extrema que refleja la fragilidad del sistema político ecuatoriano. En Argentina, la falta de mayorías parlamentarias ha empujado a los presidentes a gobernar por decreto, debilitando aún más la legitimidad del sistema y socavando la confianza en la democracia.

Juan Linz, en su clásico estudio sobre la «fatalidad del presidencialismo», ya advertía sobre estos peligros. Mientras que los sistemas parlamentarios permiten una mayor flexibilidad para reemplazar gobiernos sin generar crisis sistémicas, el presidencialismo latinoamericano tiende a generar enfrentamientos entre poderes que, en muchos casos, resultan insalvables. La falta de mayorías legislativas y la debilidad institucional han convertido a muchos presidentes latinoamericanos en figuras aisladas, obligadas a negociar con parlamentos fragmentados o a recurrir a mecanismos de excepción para mantenerse en el poder.

A pesar de sus problemas recientes, los sistemas europeos todavía cuentan con mecanismos que amortiguan la inestabilidad. Aunque la fragmentación política ha complicado la formación de gobiernos, la institucionalidad no se ve amenazada de la misma manera que en América Latina. En España, por ejemplo, la creciente polarización ha convertido la política en un campo de batalla de alianzas frágiles, pero los cambios de gobierno siguen ocurriendo dentro de los marcos democráticos. En Francia, el sistema semipresidencialista ha obligado a Emmanuel Macron a lidiar con un Parlamento dividido, pero sin poner en riesgo la continuidad del Estado.

Sin embargo, la estabilidad europea ya no es lo que solía ser. El desgaste de los partidos tradicionales, la fragmentación del voto y la dificultad para construir consensos han hecho que los sistemas parlamentarios enfrenten desafíos que antes parecían exclusivos del presidencialismo latinoamericano. Si la tendencia continúa, Europa podría descubrir que la inestabilidad es más contagiosa de lo que parece.

El deterioro de la estabilidad política en Europa no significa que el continente vaya camino a una crisis al estilo latinoamericano, pero sí es una advertencia. La fragmentación, la polarización y la dificultad para gobernar no son problemas exclusivos de un modelo político u otro. Lo que diferencia a las democracias resilientes de las frágiles no es su diseño institucional, sino la capacidad de sus actores políticos para gestionar la incertidumbre sin dinamitar el sistema.

Para América Latina, la lección es clara: no basta con sobrevivir a las crisis, hay que construir instituciones que reduzcan su frecuencia e impacto. Eso implica fortalecer la cultura democrática, evitar la dependencia de liderazgos personalistas y promover la negociación política como una herramienta de gobernabilidad, en lugar de convertir cada desacuerdo en una crisis existencial.

Para Europa, el desafío es evitar que la fragmentación se transforme en parálisis. La estabilidad no es un derecho adquirido, sino una construcción constante. Si los sistemas políticos europeos no logran adaptarse a la nueva realidad de electorados cada vez más fragmentados, podrían encontrarse con que su prestigiosa tradición de estabilidad se erosiona más rápido de lo que nadie imaginó.

Al final, ni América Latina ni Europa tienen garantizada la estabilidad. La diferencia entre ambas regiones no está en la presencia de crisis, sino en la manera en que las enfrentan. Y en ese terreno, ambas tienen mucho que aprender—y que temer.

¿Quién es el enemigo del pueblo?

Si una característica distintiva del populismo es la defensa de un pueblo excluido de los beneficios sociales y políticos de la democracia, ¿por qué su discurso y acciones generan tanta polémica? ¿por qué estaríamos en contra de un proyecto que busca mejorar la sociedad?

El populismo nos ha situado en la perplejidad pues, aunque tengamos intuiciones o certezas sobre sus peligros y excesos, cualquier crítica nos hace ver como si negáramos la existencia de las injusticias sociales que denuncia.

Para de esta perplejidad conceptual y política, debemos alejarnos de su idea de pueblo y comenzar a preguntarnos de qué manera el populismo define a sus adversarios, pues ahí está la clave para mejorarlo o combatirlo.

Sobre el populismo una cosa es segura: que su discurso se basa en una división social, cuyo contenido cambia dependiendo del país, líder o contexto, pero cuya aparición se identifica con la creación de dos grupos antagónicos política y moralmente hablando.

En los últimos años, hemos visto cómo líderes populistas alrededor del mundo han utilizado esa división social -ya sea de clase, nacionalidad, etnia, cultura-, como ideología política durante sus campañas electorales e incluso como criterio para tomar decisiones una vez en el gobierno.

En México, durante todo su sexenio el ex presidente Andrés Manuel López Obrador, en sus conferencias matutinas conocidas como “la mañanera”, insertó en nuestro imaginario político que los “conservadores” eran el enemigo del “pueblo bueno”. Con esta división, a partir de la cual entendía a la sociedad y el ejercicio de su gobierno, sus credenciales populistas -sin que éste sea un adjetivo negativo per se– eran incuestionables.

Pero también fue incuestionable que, a partir de aquellos términos promovió un clima de polarización afectiva que trazó una frontera impermeable a la diversidad política y social del país pues, quienes buscaban un lugar en el espacio público para definir su posición, se veían obligados a escoger uno u otro bando.

En una investigación publicada recientemente sobre el tema, analizamos más de 1000 conferencias matutinas de López Obrador en busca de las características definitorias del “conservador” para, a partir de ellas, conocer el tipo de impacto que su discurso puede tener en la práctica de la democracia. Aquí algunos de los resultados.

Dentro del corpus de conferencias analizadas entre 2018 y 2023, se encontraron 734 en donde el tema principal fueron los “conservadores”, para un total de 2,388 menciones a aquel término y sus inflexiones (conservadora, conservador, ideología conservadora, entre otros). Apoyados con el software Atlas.ti & OpenAI se pudieron aislar las palabras que, al establecer una relación constante con el término conservador, crean un vínculo de sinonimia.

Dichas palabras fueron las siguientes: corrupto, hipócrita, autoritario, opuesto al cambio, clasista, racista y adversario. A través del software mencionado, se puede mostrar que en el discurso populista de López Obrador, aquellas palabras no fueron utilizadas en ningún otro contexto por lo que les dota de una fuerza simbólica y política que le permitieron posicionar al “conservador” como un enemigo de su proyecto y del pueblo que él representaba.

A partir de estos resultados se puede argumentar que “conservador” se convierte en un significante performativo, es decir, una palabra que implica una acción: conservador es igual a ser corrupto, mentir, robar, discriminar. En este sentido, en el populismo obradorista, la categoría de “conservador” hace referencia a alguien cuyas acciones y postura política lo sitúan en el terreno de la ilegalidad y la inmoralidad excluyendo a su portador de la participación política en asuntos de la vida colectiva.

¿Qué implicaciones tiene este hallazgo para relación entre populismo y democracia? Recordemos que ésta es la única forma de gobierno que concibe a cada persona con igual derecho y capacidad para participar en la toma de decisiones colectivas, a pesar de los obstáculos y dificultades que pueden implicar en su práctica, esta posibilidad de igualdad de participación permite que las decisiones políticas sean vinculantes para todos.

El discurso populista resulta negativo para la democracia cuando, a través de una división social, amenaza con quitarle el igual derecho de participación a quienes considera sus enemigos. Si el discurso populista está cargado de una performatividad que, por un lado, no promueve la progresividad en los derechos y las libertades y se basa en una descalificación moral que sitúa a su enemigo en la ilegalidad e inmoralidad, entonces está creando un conflicto que sólo puede resolverse con la anulación de un bando.

A partir de aquellos elementos, el discurso populista ejercería una polarización afectiva, es decir, un discurso vertical descendente que construye otro antagónico cargado de una “significativa dimensión afectiva” que genera en las personas una reacción divisiva: o estás conmigo, defensor del pueblo, o estás con los conservadores: corruptos, hipócritas, autoritarios, opuestos al cambio, racistas y clasistas.

Por mucho tiempo se ha considerado que al populismo lo define su caracterización del pueblo, lo cual es cierto; pero para salir de la perplejidad en que nos ha situado, es momento de evaluar sus credenciales democráticas por la forma en que caracteriza a su otredad: si ésta es concebida como un enemigo sin igual derecho de participación, entonces el populismo es negativo para la democracia.

Cómo dormimos los latinoamericanos: la crisis del sueño en la era digital

El sueño es una necesidad biológica fundamental, pero en América Latina y en todo el mundo su calidad se ha deteriorado significativamente en los últimos años. Factores como el uso excesivo de pantallas, el estrés socioeconómico y las condiciones de vida han contribuido a lo que ya se perfila como una crisis del sueño. Según el Worldviews Survey 2025 de WIN, el 38% de la población mundial afirma dormir mal con frecuencia, un porcentaje que ha crecido desde 2021 (35%).

A nivel global, Hong Kong encabeza la lista de los países con peor calidad del sueño (59% de su población reporta dormir mal), seguido por Chile (56%), Brasil (52%) y Turquía (51%). En contraste, los países con mejores indicadores de descanso son Vietnam (15%), India (15%), Paraguay (19%) e Indonesia (23%).

El informe revela que el problema del sueño afecta a una proporción significativa de la población en América Latina. Como ya mencionamos, Brasil y Chile destacan en el podio global por estar entre los países donde más personas duermen mal. México y Perú se suman a esta preocupación con un 41% de su población afectada por problemas de sueño.

El sueño no es una problemática aislada, sino que está condicionado por múltiples factores sociales, económicos, culturales y personales. Según el informe, los desempleados tienen mayores dificultades para dormir: la mitad de quienes están sin empleo reporta problemas de sueño, lo que indica una fuerte relación entre la estabilidad financiera y el descanso. Además, ciertos grupos sociodemográficos son más vulnerables, como las mujeres y las personas de entre 35 y 64 años.

Uno de los principales factores que deteriora la calidad del sueño es el uso excesivo de pantallas antes de dormir. A nivel global, más de la mitad de la población reconoce que se ha quedado despierta hasta tarde usando el teléfono o la computadora con frecuencia. Este problema es más grave entre los jóvenes de 18 a 24 años, donde la cifra aumenta a un alarmante 70%.

En América Latina este fenómeno también es preocupante, marcadamente en Chile, México y Argentina, que están por encima de la media global, siendo las mujeres y los jóvenes los más afectados.

El impacto de la tecnología en el sueño se debe, en gran parte, a la exposición a la luz azul de los dispositivos electrónicos, que inhibe la producción de melatonina, la hormona del sueño. Además, el consumo de contenido digital genera hiperestimulación cognitiva, lo que dificulta la relajación necesaria para conciliar el sueño.

En las grandes ciudades, el ruido ambiental es un factor que interfiere significativamente con el descanso. Una investigación realizada en la Ciudad de Buenos Aires por Voices! para Fundación Ciudad reveló que la mitad de la población declaró que su sueño se ve interrumpido por el ruido, principalmente proveniente del transporte público, sirenas, camiones de basura y obras públicas. Como consecuencia, muchas personas han recurrido al uso de somníferos, tapones para los oídos o cambios en los horarios y lugares de descanso para intentar mitigar este problema. Este fenómeno no es exclusivo de Buenos Aires, sino que se replica en otras grandes urbes de América Latina, donde el ruido urbano se ha convertido en una amenaza constante para la calidad del sueño.

Ante esta crisis del sueño, distintos gobiernos y organizaciones han impulsado iniciativas para reducir el impacto de la tecnología antes de dormir y fomentar hábitos saludables. En México se ha desarrollado una aplicación para mejorar la calidad del sueño a través de técnicas de meditación y relajación. En Ecuador, la Universidad San Francisco de Quito lanzó una campaña de concienciación sobre la importancia del sueño y los efectos negativos del uso del celular antes de dormir. En Brasil se han implementado medidas para limitar el uso de dispositivos electrónicos en escuelas, promoviendo mejores hábitos de descanso entre los estudiantes.

Algunos organismos internacionales también han alertado sobre este problema. La Organización Mundial de la Salud (OMS) y UNICEF han enfatizado la necesidad de establecer límites en el uso de pantallas en niños y adolescentes y los expertos recomiendan evitar el uso de pantallas dos horas antes de dormir

Además, diversas marcas han llevado a cabo campañas innovadoras para promover el sueño. En Colombia, Colchones Spring lanzó “Mereces dormir bien”, una iniciativa que mostró hábitos reales de descanso en spots publicitarios para generar conciencia sobre la importancia del sueño reparador. En Argentina, Melatol Plus presentó “Reconcíliate con el sueño”, destacando cómo la falta de descanso afecta a la vida cotidiana y promoviendo hábitos saludables. Estas acciones demuestran que tanto empresas como organismos públicos están comenzando a abordar esta problemática de manera activa.

La crisis del sueño en América Latina y el mundo no es un problema menor. La combinación de factores económicos, sociales, tecnológicos y ambientales está afectando al bienestar de millones de personas, con consecuencias aún no del todo dimensionadas. Es fundamental que los gobiernos, las empresas y la sociedad en su conjunto adopten estrategias para mejorar la higiene del sueño y mitigar el impacto negativo de la tecnología y el ruido en nuestra salud. Solo así podremos garantizar un descanso de calidad y una mejor calidad de vida para las generaciones futuras.

La línea roja de Sheinbaum

La tensión, aunque pausada, no baja de intensidad sino que aumenta. Las amenazas de Trump continúan, aun cuando la administración Sheinbaum hizo su mejor esfuerzo en migración y en el combate contra la producción y distribución de fentanilo. 

Ese esfuerzo titánico tenía como objetivo terminar con el riesgo que representa la puesta en operación del 25% en los aranceles a la exportación de productos mexicanos al mercado estadounidense, pero Trump, insatisfecho, se burló, diciendo que lo habían hecho para hacerlo “feliz”. 

Y ante la renovación de un nuevo mes sin esos aranceles que violentan el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC), asalta la pregunta de dónde está la línea roja que Sheinbaum no está dispuesta a cruzar en esta carrera de obstáculos. 

Convencionalmente serían tres. El primero, migración, en cuanto Trump busque reinstaurar permanentemente la política de “Quédate en México”, es decir, convertir al gobierno mexicano en una suerte de guardián fronterizo. El segundo, aranceles o presiones renovadas para renegociar partes del T-MEC en beneficio de los empresarios estadounidenses y en perjuicio de los nacionales. Y el tercero, el más espinoso, la definición de “organizaciones terroristas” para perseguir militarmente en territorio mexicano a los cárteles de la droga. 

Esto adquiría una nueva dimensión si es buena la lista de 110 narcopolíticos que ya comentan periodistas y medios influyentes. El desenlace dependerá de hasta dónde quiera presionar Trump y hasta dónde esté dispuesta a ceder Sheinbaum al chantaje político. Y hablando en términos de cartas de póker, como le gusta razonar a Trump, él tiene más ases, como lo demuestra lo conseguido en el mes de febrero a cambio de continuar la agonía arancelaria. 

Imaginemos que esa lista de narcopolíticos con expedientes se ponga sobre la mesa de negociación. Sheinbaum tendría que decidir entre defenderlos o combatirlos. 

El problema es que, como el objetivo de la lucha estadounidense contra las drogas es el fentanilo, no otro tipo de drogas, se lo vincula al periodo de gobierno del primer piso que condujo López Obrador. ¿Acaso le redituaría a Trump meter a los expresidentes Felipe Calderón y Enrique Peña? No, el foco está puesto en el grupo gobernante.  

Y eso podría significar vincular a miembros del gabinete, gobernadores, alcaldes, senadores y diputados, lo que provocaría inmediatamente un terremoto interno y en la relación bilateral al menos en tres niveles. El primero, de legitimidad por el vínculo: algunos hablan de subordinación de Sheinbaum a López Obrador por el remoto caso de que ella, buscando blindar su gobierno, deje que opere la justicia norteamericana, con el riesgo de que podrían fracturar los tres niveles de gobierno. Si eso no ocurriera, y Sheinbaum decide pagar el costo político que le significaría salir a la defensa de quienes sean señalados como narcopolíticos, se produciría un conflicto diplomático sin precedentes entre los dos países, con los subsecuentes efectos en las relaciones políticas y comerciales. Finalmente, estarían las consecuencias para la estabilidad política del país, porque, seguramente, se descompondría la unidad en el morenismo, como se ve en algunas decisiones legislativas que perfilan ya una división entre Sheinbaum y López Obrador. 

Ante este escenario, la oposición buscaría aprovechar el vacío de poder bajo la lógica de “río revuelto, ganancia de pescadores”. Peor, aún, si Trump, con toda su imprevisibilidad, decide elevar la apuesta hasta llegar al expresidente López Obrador. Eso complicaría el escenario a Sheinbaum, que estaría en el dilema de ajustarse a la ley para salvar a su gobierno como en su momento hizo el expresidente Lázaro Cárdenas cuando se deshizo del llamado “jefe máximo”, Plutarco Elías Calles, o, como fraseo en la tribuna pública aquello del himno nacional: “Más si osare un extraño enemigo profanar con su planta tu suelo…”.

Buscaría, quizá, renacer ese viejo nacionalismo que en otros momentos ha sido freno a las intentonas extranjeras, pero también podría fortalecer el argumento de Estados Unidos de que México está gobernado por los cárteles y sus socios políticos. Algo que no será fácil de negar, tras sucesos como el de Jalisco, donde familias de desaparecidos encontraron, como en Auschwitz, hornos crematorios y despojos de zapatos, ropa, maletas, que dan cuenta del horror que se vive en muchas regiones del país, como también de la impotencia gubernamental. 

Todo ello nos permite parafrasear aquella pregunta fundamental de Latinobarómetro de: ¿apoyarías perder libertades a cambio de un gobierno que resuelva los problemas de seguridad? La respuesta es casi siempre afirmativa, lo que da cuenta del nivel de aprecio que tienen los ciudadanos latinoamericanos por su democracia representativa. 

Sin embargo, no son pocos los observadores políticos que aseguran que Sheinbaum tiene en la mano la llave para despojarse del tutelaje de AMLO, que amenaza constantemente su gobierno por el control que tiene en el gabinete, las cámaras legislativas, los 24 gobernadores, el partido.  

Entonces, Sheinbaum está ante un dilema: aprovechar la presión de Trump para fortalecer su liderazgo demostrando que su gobierno es distinto y que la justicia debe seguir su curso o seguir, en una suerte de fuga hacia adelante, atrapada en una espiral de desconfianza y conflictos internos.

En definitiva, cae al dedo la expresión de AMLO, que defendía la tesis del pragmatismo político, y que le gusta repetir a la presidenta Sheinbaum: “En la política hay que optar entre inconvenientes”.