Fraude sin precedentes y nuevo impulso

Qué es diferente esta vez en Venezuela

El 28 de julio, aniversario del nacimiento de Hugo Chávez, los venezolanos emitieron sus votos en una elección presidencial. Desde 1999, la oposición no había podido derrocar a la “revolución bolivariana”. Esta vez, sin embargo, encuestadores serios estimaron una amplia victoria para el candidato de la oposición, Edmundo González Urrutia. La mayoría de las elecciones en Venezuela no han sido libres ni justas durante mucho tiempo, pero a pesar de ser conscientes de las condiciones injustas, la preferencia de los venezolanos por una transformación pacífica del conflicto motivó a los ciudadanos a votar. Esta vez fue diferente: el gobierno de Nicolás Maduro ha participado en lo que parece ser un fraude masivo sin precedentes, manipulando los votos y negándose a hacer públicos los recuentos desglosados ​​por estado, municipio y centro de votación. Esta intensificación de las irregularidades electorales plantea nuevos desafíos a la perspectiva de una transición democrática que requiere una estrategia de respuesta nacional e internacional adecuada.

Una historia de represión

Esta no fue la primera vez que los ciudadanos votaron en condiciones injustas. El abuso de los recursos estatales en las campañas políticas ha sido algo común desde que el fallecido presidente Hugo Chávez encabezó la Revolución Bolivariana. La revolución de Chávez, que lleva el nombre del héroe de la independencia del país, Simón Bolívar, tuvo como objetivo durante mucho tiempo establecer un estado socialista mediante la redistribución de la riqueza, la nacionalización de industrias clave, programas sociales y la disminución de la influencia extranjera. 

El panorama económico de este movimiento ha cambiado considerablemente en los últimos años, a medida que Maduro empujó a Venezuela hacia una forma de capitalismo neopatrimonial y autoritario, pero su voluntad de permanecer en el poder a toda costa solo se ha intensificado. Durante mucho tiempo, los opositores han sido enmarcados como marionetas de Estados Unidos y actores de extrema derecha. También se utilizaron la manipulación de los distritos electorales y el legalismo autocrático para desmovilizar a las fuerzas antichavistas. 

Sin embargo, los patrones de represión cambiaron bajo los gobiernos de Nicolás Maduro. Políticos de oposición, activistas, defensores de los derechos humanos y periodistas se han visto obligados a exiliarse; los partidos han sido despojados de su estatus legal y de sus símbolos partidarios. Los disidentes chavistas también han sido objeto de represión. Estos son solo algunos ejemplos del arsenal de irregularidades. 

En la última década, el gobierno redobló la apuesta por estas tácticas, buscando fragmentar a la oposición y dificultarle mucho la competencia. Pero hasta entonces el gobierno se había mostrado reacio a alterar abiertamente el resultado de las elecciones. En 2013, por ejemplo, la oposición denunció fraude pero no pudo ofrecer pruebas de manipulación de votos. Unos años más tarde, en 2015, la oposición participó en las elecciones legislativas bajo la coalición conjunta MUD, obteniendo una victoria aplastante. 

Si bien la élite gobernante desmanteló la Asamblea Nacional y desató una represión sin precedentes después de las elecciones, inicialmente reconoció los resultados, y Maduro incluso asistió a su sesión inaugural. Más tarde, en 2016, el gobierno utilizó los tribunales para rechazar un referendo revocatorio que el gobierno probablemente habría perdido si se hubiera celebrado. 

Un precedente directo de manipulación de votos fueron las elecciones regionales de 2017, donde el gobierno había cometido fraude al alterar el recuento de votos a nivel de los centros de votación, como lo demostró el candidato de la oposición a gobernador del estado Bolívar, Andrés Velázquez. Desde que perdió su competitividad, el gobierno ha buscado constantemente empujar a la oposición a una estrategia de boicot, que reduciría los costos de revertir o no reconocer los resultados. 

Este fue el escenario en 2018 cuando los actores tradicionales de la oposición decidieron boicotear las elecciones presidenciales en un momento en que Maduro tenía un bajo índice de popularidad debido a la grave crisis socioeconómica. En 2021, la oposición volvió a una estrategia electoral para desafiar al titular durante las elecciones regionales. Cuando ganó la oposición, el gobierno inicialmente reconoció los resultados, pero posteriormente amenazó a los alcaldes y gobernadores de la oposición una vez en el cargo.

Si bien el régimen ha utilizado diversos medios para contrarrestar la voluntad del pueblo, no se había producido un fraude flagrante en una contienda a nivel nacional hasta esta elección.

¿Qué es diferente esta vez?

El chavismo entró en la contienda con la expectativa de que la oposición se fragmentaría antes de las elecciones. A pesar de todos los incentivos que el gobierno impuso para causar divisiones, como la represión selectiva de los oponentes tradicionales y el margen de maniobra para los grupos cooptados, las élites opositoras que antes eran radicales recurrieron a las elecciones para derrotar al gobierno. 

Las élites en el poder también hicieron campaña sabiendo que tendrían problemas para movilizar a las bases chavistas. Durante varios años, los chavistas descontentos han presionado y cuestionado a la élite gobernante, exigiendo que se respeten sus derechos y antiguos beneficios; también han señalado críticamente la corrupción y la riqueza desmedida entre las élites gubernamentales. 

En este contexto, el gobierno hizo nuevas promesas y se basó en viejas tácticas de intimidación y vigilancia para movilizar a sus simpatizantes. El gobierno también se basó en un discurso desgastado de resentimiento social, argumentando que la oposición estaba liderada por la vieja oligarquía, cuyos “apellidos” se usaban para gobernar el país. Muchos venezolanos señalaron el carácter cínico de esta campaña liderada por un puñado de individuos que han gobernado durante más de dos décadas.

Pero la elección también fue el resultado de cuidadosas negociaciones internacionales, donde la administración estadounidense proporcionó un alivio crucial de las sanciones a cambio de condiciones electorales mínimas, al tiempo que alentaba a la oposición a volver a la vía electoral. En parte debido a los Acuerdos de Barbados, la Plataforma Unitaria, una alianza de partidos de la oposición, organizó una elección primaria, donde María Corina Machado fue elegida como candidata unitaria. El gobierno violó con frecuencia los términos del acuerdo, pero la oposición siguió centrada en derrotar a Maduro en las urnas. Como Machado siguió sin poder postularse para un cargo, la alianza finalmente se quedó con lo que se suponía que sería un reemplazo temporal, el ex diplomático Edmundo González Urrutia, quien se presentó contra el titular.

Alcance del fraude y profundidad de la victoria

Esta es una elección nacional donde el cargo de la presidencia estaba en juego. El gobierno ha alegado que la piratería electrónica extranjera en el sistema de transmisión retrasó la tabulación de los datos de los colegios electorales a la sede del Consejo Electoral. Y, sin embargo, con un aparente 80% de los votos contados, el Consejo declaró a Maduro como ganador con poco más del 51% de los votos. No se ha proporcionado un desglose de la votación por estado, municipio y centro de votación, como es la norma. Por otro lado, la oposición afirma que sus testigos sufrieron intimidación, y que muchos fueron retirados a la fuerza de los centros de votación. Aun así, los observadores electorales lograron reunir más del 80% de los escrutinios, lo que muestra un margen de casi 70% a 30% a favor de Edmundo González.

Si bien no se han verificado por completo, hasta ahora, la mayoría de las pruebas indican que el recuento de la oposición es el resultado correcto. De ser cierto, esta sería la primera vez en 25 años que la oposición no solo gana una elección presidencial, sino que lo hace con una victoria aplastante. Según estos resultados, el gobierno perdió todos los estados y todos los municipios por un amplio margen. Los resultados ya no revelan una división urbano-rural que era común en años anteriores del chavismo. Tampoco muestra un sesgo de la clase trabajadora y del sector popular a favor del gobierno.

Vemos, en cambio, un amplio rechazo al gobierno, lo que en parte explica las consecuencias inmediatas del anuncio. En todo el país estallaron masivas protestas espontáneas y cacerolazos (una forma tradicional de protesta en la que la gente golpea cacerolas y sartenes). Comenzaron en los barrios populares, no en los bastiones tradicionales de la oposición de clase media y alta. 

Al optar por participar en las elecciones en las peores condiciones desde 1999, los actores de la oposición pudieron capitalizar el descontento interclasista por primera vez. Además, como los ciudadanos participaron activamente en la organización y movilización en torno a las elecciones, así como el día de las elecciones, se sintieron parte de un movimiento pro cambio y, por lo tanto, personalmente estafados cuando el gobierno anunció los resultados. Participar y ganar por un margen tan amplio impuso el conocido dilema de reconocer y negociar o participar en un fraude masivo. Dados los altos costos de salir, la élite gobernante ha elegido esto último.

El camino a seguir

Venezuela está entrando en una nueva y peligrosa fase de su conflicto. El gobierno ha aumentado rápidamente la represión contra los manifestantes y está implementando mecanismos de vigilancia e intimidación contra la población. Está empleando diferentes tácticas represivas para fragmentar y desmovilizar a la sociedad. Imágenes y videos de comunidades populares revelan que grupos armados afines al régimen intimidan a los ciudadanos e imponen toques de queda. En los sectores obreros y de clase media, se apoyará en una fuerte presencia policial y militar. Las élites de la oposición han sido acusadas de fascistas y las élites del régimen han pedido el encarcelamiento de Machado y González Urrutia. Esta escalada está aumentando los costos de la participación y el disenso abierto.

Si bien esto es cierto, al elegir una estrategia de resistencia democrática pacífica e institucional, la oposición ha creado impulso para un movimiento pro democracia diverso y transclasista. A nivel de la élite, los líderes de la oposición deben seguir siendo resilientes frente a las estrategias de fragmentación previstas por el gobierno. 

Ahora es el momento de abrir aún más la carpa, ya que los anuncios recientes de intelectuales, ex ministros y líderes del chavismo y otros candidatos a las elecciones presidenciales demuestran que se puede forjar una amplia coalición por la democracia. Algunos de estos líderes, que antes eran críticos de la oposición tradicional pero ahora piden la publicación de los resultados y la reversión del fraude, pueden servir de puentes entre las facciones gubernamentales que temen la represión pero están considerando la posibilidad de disentir abiertamente, y el movimiento pro democracia. 

Para que el deseo de cambio de los venezolanos se materialice, los opositores deben seguir comprometidos entre sí y con una estrategia de base interna. Las experiencias pasadas con movimientos paralelos y fuera del sistema, como el “gobierno interino” encabezado por el ex legislador Juan Guaidó, descarrilaron a los opositores y desmovilizaron a la sociedad.

Más allá de navegar por los intereses de las comunidades exiliadas y otros actores extranjeros que podrían verse tentados a apresurarse a ejercer la máxima presión sin considerar las nuevas restricciones impuestas después de los resultados, los opositores deben aprovechar el arte de la diplomacia de alto nivel. Varios gobiernos, incluidos los de Estados Unidos, miembros de la Unión Europea y América Latina, ya han pedido transparencia y verificación inmediata de los resultados electorales. 

Asimismo, organizaciones internacionales y grupos de derechos humanos han exigido el fin de la represión contra los manifestantes. El papel de los gobiernos históricamente tolerantes con el chavismo es crucial, como los de Brasil y Colombia. Deben permanecer vigilantes, seguir exigiendo la divulgación de los resultados y operar en coordinación con otros gobiernos latinoamericanos, así como con Estados Unidos, para ofrecer una vía diplomática para una solución negociada a esta crisis.

Las élites de la oposición deben cuidar el impulso que han ayudado a construir con los movimientos de base, la sociedad civil organizada y los ciudadanos comunes. Ambos líderes se han dirigido a los ciudadanos en persona tres veces: dos veces después del anuncio de los resultados el 29 de julio y nuevamente el 30 de julio. También han publicado mensajes en sus plataformas de redes sociales. 

Si bien es comprensible que, en medio de una ola de represión, el liderazgo sea cauteloso, es esencial organizar y canalizar el descontento de manera consistente. Esto comienza por elaborar mensajes que tengan en cuenta las necesidades y realidades de los diferentes grupos dentro del campo pro cambio, incluidos aquellos que están siendo más duramente reprimidos por el gobierno. La causa común de este bloque heterogéneo es la verificación y el respeto de los resultados electorales. La preferencia de la sociedad por una solución pacífica al conflicto debe ser respetada por la oposición. Cualquier acto de violencia debe seguir siendo rechazado, como lo han sostenido hasta ahora Machado y González Urrutia.

La oposición también debe encontrar formas de apoyar a las comunidades que son blanco de la represión. Las víctimas de la violencia necesitarán recursos materiales e inmateriales para enfrentar las trágicas consecuencias de su deseo de cambio.

En las elecciones del 28 de julio, el gobierno entró en un nuevo nivel de irregularidades electorales, alejándose de cualquier pretensión de rendición de cuentas democrática. Esta ruptura de la confianza en el pueblo venezolano marca el comienzo de nuevos desafíos para una transición en Venezuela. Aunque el gobernante autoritario tiene la ventaja hasta ahora, la sociedad venezolana y la oposición pueden trabajar con actores internacionales para exigir una verificación transparente de los resultados electorales y la apertura democrática. 

Los venezolanos ya cumplieron con las expectativas de los actores internacionales al participar a pesar de todos los riesgos y costos. Permitir que el gobierno se salga con la suya mediante fraudes no solo aumentaría los riesgos de disenso y provocaría más desplazamientos, sino que también incentivaría a otros autócratas a seguir el mismo camino en otros lugares.

Este artículo refleja únicamente las opiniones de los autores.
*Texto publicado originalmente en Verfassungsblog   

¿Puede la inteligencia artificial superar las barreras de la desigualdad?

En una sociedad más conectada que nunca, ¿estaremos todos alfabetizados digitalmente? En Brasil, donde los pagos masivos se realizan a través de PIX, las tele-consultas médicas son cada vez más populares, donde los números de trabajadores de aplicaciones, como repartidores y conductores, sólo suben, y donde el uso de herramientas de Inteligencia Artificial está creciendo, este parece ser el próximo destino en el horizonte tecnológico.

Sin embargo, según una encuesta realizada por el Instituto Market Analysis Brasil, el 36% de la población nunca ha oído hablar de la herramienta de Inteligencia Artificial (IA) más popular en la actualidad, ChatGPT. Además, el 40% de los brasileños no siente la necesidad de herramientas de IA en su vida diaria. Entre ellos, el 53% tiene poca o ninguna educación y el 36% pertenece a clases sociales de bajos ingresos. También según datos de la última Encuesta Nacional por Muestra de Hogares – PNAD Continua, 24 millones de brasileños nunca han accedido a Internet. La mayoría de ellos se encuentran en zonas rurales, en las regiones Norte y Nordeste del país. Estos grupos se identifican como «analfabetos digitales», ya que no están familiarizados con las tecnologías de inteligencia artificial ni siquiera con Internet.

En un escenario tecnológico en el que se discute cada vez más la creación de datos sintéticos mediante Inteligencia Artificial Generativa y su uso en estudios de opinión pública, ¿cuál es el impacto de este importante sector de la población digitalmente excluida? ¿Lo digital sería capaz de predecir, simular o incluso influir en los comportamientos y opiniones de quienes sólo participan en el mundo analógico?

Un experimento reciente del estudio World Values Survey (WVS) realizado en Brasil por los profesores Henrique de Castro y Daniel Capistrano demostró la dificultad de los algoritmos de IA para crear datos sintéticos que representen a la población con menor educación y perteneciente a clases sociales más bajas. Así, vemos que es precisamente la población menos educada, con menores ingresos, la que más desafía las capacidades de predicción de la IA. Los llamados “analfabetos digitales” son también, por tanto, aquellos “indomables” por la tecnología, impredecibles a los datos sintéticos.

Las implicaciones de este fenómeno son profundas y, en cierto modo, paradójicas. En una sociedad cada vez más monitoreada y en la que se intenta controlar y moldear opiniones a través de preferencias anticipadas o construidas artificialmente mediante algoritmos de IA, es precisamente entre quienes tienen menos educación y menores ingresos donde la influencia de estas tecnologías encuentra mayor resistencia. Estos individuos, a menudo excluidos de las muestras de investigación y menos presentes en las plataformas digitales, siguen siendo más «invisibles» para los algoritmos y desafían la capacidad predictiva de la investigación.

A medida que la tecnología avanza y se vuelve más sofisticada, aquellos que se encuentran al margen de este avance pueden convertirse en verdaderos agentes invisibles del cambio, influyendo decisivamente en la dirección política y social del país, especialmente en una sociedad polarizada como la brasileña, en la que 2 millones de votos decidieron la última disputa presidencial.

Sin embargo, aunque están menos influenciados por la tecnología, estos grupos no son inmunes a la manipulación. Otros medios tradicionales de influencia, como la televisión, los líderes religiosos y los líderes locales, todavía ejercen una influencia significativa y pueden moldear opiniones de manera efectiva, a menudo compensando la falta de impacto directo de los medios digitales.

Uno de los vectores de influencia a considerar también hoy en día es Internet a través de la televisión. La televisión es actualmente el segundo medio de acceso a Internet para los brasileños (el 47,5% la utiliza), superando, por primera vez, al ordenador personal (el 35,5% la utiliza). Con el auge de los servicios de streaming, los canales de YouTube y los podcasts, cabe preguntarse: ¿son estos contenidos digitales, vistos por televisión, los formadores de opinión de una sociedad con una alfabetización digital parcial? Esta pregunta es fundamental para comprender la dinámica del consumo de información y la formación de opiniones en diferentes segmentos de la población.

Es necesario ampliar el debate sobre la vigilancia y el control social mediante la IA. La idea de que es posible un seguimiento completo de la sociedad puede resultar ilusoria si no consideramos las limitaciones inherentes al alcance de la tecnología. La resistencia natural de los segmentos menos conectados puede servir como recordatorio de que la diversidad y la complejidad humanas siempre encontrarán maneras de manifestarse, incluso en un mundo cada vez más digitalizado. Este aspecto debería ser central en cualquier debate sobre el futuro de la tecnología y la sociedad.

Esta situación abre espacio para cuestionar el papel de la tecnología en nuestra sociedad y la necesidad de políticas inclusivas. Es esencial que las políticas públicas y privadas sobre IA consideren a estos grupos marginados, no solo como un desafío a superar, sino como una oportunidad para un enfoque más equitativo e inclusivo. La inclusión digital debe verse como un derecho fundamental, necesario para la plena participación en la sociedad contemporánea.

Para que la inclusión digital se convierta en una realidad integral, se necesita un esfuerzo concentrado que vaya más allá de la mera disponibilidad de tecnología. Es imperativa una inversión significativa en infraestructura, educación y formación. Las zonas rurales y las regiones Norte y Nordeste de Brasil, que sufren el mayor déficit de conectividad, necesitan iniciativas específicas que fomenten la expansión de la red de Internet de alta velocidad. Además, la educación digital debe integrarse en los planes de estudio escolares desde los primeros grados, asegurando que las nuevas generaciones desarrollen habilidades tecnológicas desde una edad temprana. Los programas de alfabetización digital para adultos también son esenciales para permitir que la población utilice las herramientas digitales de manera efectiva.

Además de promover una sociedad más igualitaria y participativa, es crucial que este acceso sea también crítico y reflexivo. La educación digital no debe centrarse sólo en las habilidades técnicas, sino también en desarrollar una comprensión crítica de la tecnología y sus impactos sociales, éticos y políticos. Esto incluye enseñar cómo identificar y combatir la información errónea, comprender las implicaciones de la privacidad y la seguridad en línea y reflexionar sobre el papel de las grandes corporaciones tecnológicas en nuestra vida cotidiana. Al fomentar un enfoque crítico, garantizamos que los ciudadanos no sean meros consumidores pasivos de tecnología, sino agentes activos que pueden cuestionar, influir y dar forma al desarrollo tecnológico de una manera consciente y ética.

Un enfoque crítico también implica crear conciencia sobre los sesgos inherentes a las tecnologías de inteligencia artificial y la importancia de una representación justa en los datos utilizados para entrenar estos sistemas. Por ejemplo, las herramientas de inteligencia artificial que utilizan como fuente textos que consagran prejuicios raciales o lógica sexista reproducirán estos sesgos como sabiduría convencional. Sin esta conciencia, se corre el riesgo de perpetuar las desigualdades existentes y crear nuevas formas de exclusión. Por lo tanto, las políticas públicas y las iniciativas educativas deben incluir debates sobre la ética en la tecnología, promoviendo una cultura del cuestionamiento y la rendición de cuentas. Al empoderar a la población para que piense críticamente sobre la tecnología, no solo empoderamos a las personas, sino que también fortalecemos la democracia, garantizando que la evolución digital sea inclusiva, justa y se refleje críticamente en la sociedad.

La ‘inexistente’ erosión de la democracia

¿Puede haber retroceso democrático allí donde nunca ha existido democracia? Diversos diagnósticos basados en la información que ofrecen encuestas e índices como el Latinobarómetro, Democracy Index de The Economist, Bertelsmann Transformation Index, V-Dem y Freedom House señalan que la democracia en el mundo está en retroceso desde hace algunos años en Europa, Asia, África y, sobre todo, América Latina. Entre los factores indicativos de dicho retroceso se encuentran: la desvalorización del estado de derecho y las dificultades del acceso a la justicia, una menguada integridad electoral, el ascenso de la polarización y la desconfianza hacia los partidos y los poderes legislativos, así como el aumento de las preferencias por liderazgos y soluciones autoritarios.

Una lectura diacrónica del Latinobarómetro nos muestra que la erosión de la democracia, independientemente del nivel alcanzado en cada país de la región, no es homogénea, no ocurre en la misma medida ni a la misma velocidad. Pero también es posible notar que existen sociedades periféricas en América Latina donde la democracia no ha llegado y nunca llegará, por ello ni siquiera es perceptible esa erosión, pues no pueden padecer los efectos del retroceso de algo que nunca ha existido. 

Los datos del Latinobarómetro del 2023 y años anteriores permiten notar que, respecto de las preguntas relativas a la satisfacción con la democracia, en localidades de menos de 10.000 habitantes los porcentajes de insatisfacción son elevados, similares a las grandes zonas urbanas de más de 100.000 habitantes y las capitales de los países. Pero es relevante que, en general, en las zonas de menor densidad poblacional las respuestas “No sabe” tienden a ser superiores al 5% del total de las personas entrevistadas y en algunos casos alcanzan el 10%, como en Bolivia, Honduras y México. Es decir, en zonas poco pobladas de América Latina la ciudadanía ni siquiera puede expresar una opinión sobre la satisfacción con la democracia porque lo más probable es que no exista. 

Es significativo que, igualmente, en zonas menos pobladas, menores a 20.000 habitantes, la propensión a “apoyar a un gobierno militar si las cosas se ponen difíciles” tiende a tener respuestas superiores respecto a las zonas más pobladas y urbanas. En casos como Argentina, Bolivia, Ecuador, El Salvador, México y Paraguay más del 40% llega a estar de acuerdo con esa afirmación, mientras que en Guatemala, Honduras y Perú incluso supera el 60% de los encuestados, y porcentajes similares se presentan en algunas regiones de México.

Resistencia y crisis de la democratización

Hace unos años, en lugar de la erosión, el tema que preocupaba a las élites intelectuales y académicas de América Latina era la crisis de la consolidación de la democracia. Las transiciones crearon muchas expectativas: se creía que con alejar a los militares e instaurar elecciones competitivas como la única vía legítima de acceso al poder bastaba para que se instauraran regímenes democráticos. Dicha visión minimalista y estrecha de la democracia consideraba que solo con eso aparecían como efecto el estado de derecho, la disminución de las desigualdades sociales, el interés de la ciudadanía en la participación y la presencia de partidos responsables en el gobierno y en la oposición. 

A finales del siglo XX el politólogo Guillermo O’Donnell afirmaba que la democratización tendría efectos dependiendo de la homogeneidad o heterogeneidad social, la eficiencia del estado y la existencia o no de esferas de poder autónomas del poder central y su base territorial. En poco tiempo los primeros diagnósticos encontraron que la democratización en América Latina estaba incompleta, o, en el mejor de los casos, que las democracias eran defectuosas. Por ello se acuñaron diversos términos para tratar de comprender qué tipo de (no) democracias se habían instaurado en la región: delegativas, imperfectas, inconclusas, etc. 

Visto a la distancia, los problemas de la democracia en la región son más complejos que la denominada erosión, y no porque esta no exista, sino porque la consolidación nunca llegó a todos lados o fue un proceso imperfecto en el mejor de los casos. Pero, además, en muchas regiones de América Latina, sobre todo en las periferias o fuera de los grandes centros urbanos, la democracia es inexistente o su desarrollo fue y ha sido precario al grado de que difícilmente puede decirse que haya madurado. Entonces, ¿se puede hablar de erosión de la democracia cuando esta es un proceso inacabado e imperfecto?

La dualidad estructural como explicación

Entre los años 60 y 70 del siglo XX cobró relevancia la idea de la “dualidad estructural” en las ciencias sociales latinoamericanas. Julio Cotler lo sintetizó: en un estado pueden convivir dos formaciones sociales diferentes de manera simultánea, lo que genera contrastes significativos y persistentes entre centros urbanos y periféricos, entre las zonas urbanas y las rurales. Así como existen países desarrollados y subdesarrollados, en los países de América Latina existen análogamente procesos de desarrollo y subdesarrollo estrechamente ligados. Rodolfo Stavenhagen lo llamó “colonialismo interno”. 

Si bien esta explicación cayó en desuso, los actuales problemas en la región ponen de manifiesto que la dimensión territorial, la heterogeneidad social y los alcances de la eficiencia estatal en América Latina mantienen esa dualidad estructural. Los problemas de la democracia, que a veces se observan como procesos lineales y homogéneos, adquieren mayor complejidad. El orden democrático y la efectividad estatal tienden a desvanecerse en la medida que nos alejamos de los centros nacionales y urbanos. Por ello no es lo mismo hablar de democracia en la Ciudad de México, en Buenos Aires, en Sao Paulo, en Lima o en Bogotá que en Chiapas, en el Conurbado Bonarense, en el Mato Grosso, en el Puno o en el Cauca, regiones donde probablemente los problemas de la democracia sean la menor de las preocupaciones de la ciudadanía. 

América Latina se democratizó en algunos niveles, sobre todo al nivel de las instituciones de alcance nacional y consecuentemente en los grandes centros urbanos, pero no sucedió igualmente en los niveles locales ni en las periferias. Por ello quizá más que erosión de la democracia estamos ante una crisis de penetración de la eficiencia estatal y consecuentemente de democratizaciones inacabadas y en algunos casos ausentes que, sumado a la crisis del modelo económico neoliberal, igualmente precariamente impuesto en muchas zonas, mantienen a la región sumida en graves problemas cuya urgencia de soluciones eficientes abren fácilmente la puerta a soluciones autoritarias.

Carta del presidente López Obrador al “amigo” Donald Trump

El miércoles 24 de julio Andrés Manuel López Obrador reveló el contenido de una carta que envió a Donald Trump en su calidad de candidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos de Norteamérica. 

La misiva de un presidente en funciones a un candidato presidencial es inusual porque puede ser interpretada como un apoyo tácito a quien la recibe. Así, políticamente es inoportuna, una descortesía hacia Kamala Harris, la próxima candidata presidencial del Partido Demócrata, y también hacia sus potenciales electores. 

Sin embargo, lo más significativo es lo que representa para Claudia Sheinbaum, la presidenta virtual que tomará las riendas de México el próximo 1 de octubre, y su contenido, que pone en entredicho la soberanía del país. 

A este contacto epistolar le anteceden las declaraciones de Trump en materia de migración internacional, seguridad y crimen organizado. Esta triada, en el vínculo bilateral México-Estados Unidos, es explosiva, porque para Trump van en paquete y con cargo a México por la llamada política de tercer país vigente, que no significa otra cosa que, si México no hace la tarea de gendarme de los migrantes caribeños, centroamericanos y sudamericanos tendría un costo en aranceles para los productos mexicanos. 

Así, que López Obrador se dirija a Trump en la carta como si ya fuera el presidente de EE.UU. es un yerro diplomático mayor que no tiene precedente entre las dos naciones y que acota el espacio político de su sucesora, además de confirmar la sospecha de que AMLO seguirá buscando influir en las decisiones de la siguiente administración pública.  

La carta de marras señala: “Quiero manifestarle dos asuntos que usted abordó en la reciente convención del Partido Republicano. El primero es su opinión sobre que los migrantes son «invasores y maleantes» y que, de ganar la presidencia, cerraría desde los primeros días de su mandato la frontera. Entiendo que está en campaña y que no es como algunos piensan un obcecado, por eso mismo considero importante señalarle que es tan intensa y extendida la relación económica entre nuestras naciones que tomar una medida de esa índole, cerrar la frontera, sería equivalente a convocar a una rebelión en ambos lados de la frontera por los daños que causaría a los pueblos, a la industria y al comercio. Esta perspectiva indeseable se manifestaría con particular gravedad en Estados Unidos y especialmente en California, Arizona, Nuevo México y Texas, que junto con los seis estados fronterizos de México representan la cuarta economía mundial”. 

“Agrego que dicha decisión impediría el cruce de las aduanas y los puentes fronterizos a 1 millón de personas y a los 300.000 vehículos, de los cuales 70.000 transportan mercancía de un país a otro, que diariamente transitan por la línea divisoria en ambas direcciones. Considero que lo más eficaz y humano es entender las causas de la migración, ayudar a que haya trabajo y mejores condiciones de vida en los lugares de origen de las personas y que, en lugar de adoptar medidas unilaterales, es preferible optar por el diálogo, la cooperación y el acuerdo”. 

Y ante el paso atrás que ha dado el consejero delegado Elon Musk en la construcción de la planta de Tesla en Nuevo León llamando a esperar el resultado de las elecciones presidenciales de noviembre, AMLO dijo al “amigo” republicano: “Tampoco es recomendable ni conveniente, amigo presidente Trump, fabricar en su país todos los automóviles y autopartes que se consumen en su país. Es incuestionable que Estados Unidos posee una experiencia histórica inigualable en el mundo y que cuenta con tecnología y capital; sin embargo, sus costos de producción son muy altos, situación que se ha venido resolviendo con la creación de plantas automotrices y de autopartes en nuestro país, en beneficio tanto de los inversionistas y las empresas como de los trabajadores y consumidores estadunidenses”. 

Y siguió: “Basta un ejemplo: un carro importado de México le representa a un comparador estadunidense un ahorro de entre 10.000 y 15.000 dólares. Le ruego además que tome en cuenta los datos siguientes: en Estados Unidos viven 37,7 millones de mexicanos, siete de cada 10 trabajadores agrícolas son de origen mexicano. El año pasado los mexicanos contribuyeron a la economía de ese país con 325.000 millones de dólares y generosamente enviaron a sus familiares en México 63.000 millones de dólares, es decir, mandan el 18,5% y dejan en Estados Unidos el 81,5% del total de sus ingresos”. 

No menos importante es el tema de la lucha contra los cárteles de la droga. Ante la pregunta de Fox News de si está en pie la amenaza de bombardear a los cárteles mexicanos, la respuesta de Trump fue: “México va a tener que ser más duro con eso o la respuesta será absoluta”. 

En definitiva, la campaña de Trump exalta el protagonismo de AMLO, que compromete nuevamente a Claudia Sheinbaum en un tema que, como bien señala Elon Musk, debe llamar a la prudencia: hay que esperar primero a que termine el fragor de la campaña presidencial estadounidense y que sus ciudadanos manifiesten si quieren ser gobernados por Donald Trump.

Combatir la desigualdad para defender la democracia

La narrativa de que la polarización social se debe al populismo y extremismo político es falsa, conceptual y fácticamente, y tiende a invisibilizar las causas que subyacen el malestar e incertidumbre que marcan nuestro momento histórico: la creciente desigualdad. Es esta la que realmente polariza nuestras sociedades. La concepción liberal-conservadora, predominante en el ecosistema mediático de la mayoría de nuestros países, convirtió en sentido común -lo que simplemente es así y no debe ser cuestionado-, la idea de que el populismo es la gran amenaza para las democracias.

Desde esa mirada o posicionamiento ideológico, los problemas provienen de políticos “populistas” que en busca de popularidad prometen cosas irrealizables. Pero esa perspectiva tiene dos inconsistencias graves. La primera es que tiende a exonerar a las élites económicas de la región que, en muchos casos, ejercen el poder real a través de mecanismos de dominación como la captura de la política vía el financiamiento de candidatos y partidos, el control de instrumentos de dominación/coerción económica como las finanzas, y la propiedad de los principales medios de comunicación.

Toda sociedad se estructura a partir de relaciones de poder. Y los tres poderes fundamentales son el poder político (instituciones que gozan de legitimidad burocrático-legal y tradicional al decir de Max Weber), el poder económico (propiedad de los principales medios de producción de riqueza) y el poder ideológico (estructura propietaria de los medios de comunicación de alcance nacionales).

Pero la narrativa liberal-conservadora oculta estas relaciones de poder que, desde un sentido republicano, deberían ser de discusión cotidiana. De modo que se debería señalar y, cuando corresponda, criticar esos poderes para develarlos y someterlos a la deliberación pública en lo que atañe a las consecuencias colectivas de sus acciones y decisiones.

La segunda inconsistencia de la falsa conciencia que atribuye nuestros problemas al “populismo” es que incentiva la lógica anti política. Al colocar la política como origen de las problemáticas colectivas, la opone a la ciudadanía y a los ámbitos privados que serían espacios de la virtud. De ahí esa cada vez más común simplificación del debate público que, especialmente en las conversaciones digitales, banaliza el debate al punto de normalizar ideas como la eliminación de la política para evitar la corrupción y así alcanzar el bienestar tantas veces prometido.

Este tipo de concepción tiende a alimentar sentimientos antidemocráticos porque sin política no hay democracia posible. La política en su sentido profundo y clásico implica esa acción colectiva con la que, a decir de Hannah Arendt, actuamos entre muchos. Lo cual, a su vez, remite a la virtud cívica y al carácter republicano que se requiere para que la política sea operativa; es decir, para que se definan los espacios comunes donde pueda concretarse.

La anti política subvierte este proceso y se convierte en un caldo de cultivo de alternativas ultraderechistas y antidemocráticas. Es una evidencia que allí donde se instala esta lógica anti política crecen las opciones políticas antidemocráticas. Véase los casos de Argentina, Brasil, El Salvador y Ecuador.

La desigualdad en la región

Nuestra región vive hoy bajo niveles de desigualdad sin precedentes, según el reciente informe de Oxfam, EconoNuestra, para América Latina y el Caribe. Esto rompe con el fundamento de la democracia que es la existencia de un marco de igualdad (formal en el liberalismo y sustancial en sentido republicano) entre quienes constituimos una comunidad política.

Actualmente, en América Latina y el Caribe, los equilibrios que sostienen la democracia se han roto producto de la creciente desigualdad. Esa es, entonces, la principalísima amenaza para nuestras democracias. Especialmente si consideramos la penetración que ha tenido en nuestros países el consenso ideológico (neoliberal en principio y últimamente de signo liberal-libertario) que naturaliza tales niveles de desigualdad como consecuencia de la “libertad económica”.

Este discurso plantea la desigualdad como un fenómeno favorable, partiendo de la base de que el progreso individual depende únicamente del esfuerzo personal y que la política no es más que un ámbito corrupto y “empobrecedor”. Esta narrativa busca establecer que las personas más capaces son quienes se convierten en multimillonarios. Estamos, pues, ante una suerte de vulgarización de la lógica meritocrática que, como señala Michael Sandel, de por sí es un problema para alcanzar una convivencia colectiva que potencie la virtud cívica.

Por otro lado, según el informe de Oxfam, en 2015, 32 latinoamericanos concentraban la misma riqueza que la mitad más pobre de la región, mientras que hoy esa cifra se ha reducido a dos billonarios. El mismo informe plantea el problema que implica la capacidad que tienen estos magnates de cooptar la política a base del poder que les confiere su riqueza.

Una élite superrica latinoamericana está concentrando un poder desmesurado, lo cual amenaza la democracia. Y el problema no es que sean ricos, la clave es que, siendo el económico uno de los tres poderes que estructuran la sociedad, si los ricos son cada vez más ricos, por un modelo capitalista que tiende a la excesiva concentración vía la financierización, pues prácticamente todos los poderes estarían en manos de los mismos (minúsculos y cerrados) sectores.

Considerando que los medios de comunicación, en la práctica totalidad de nuestros países, suelen ser propiedad de grandes grupos económicos y, como muestra la historia, todo poder excesivo corrompe y desvirtúa a la vez que enajena de la realidad a quienes lo poseen, hay que desarrollar mecanismos republicanos que limiten la concentración excesiva de riqueza porque esta implica la concentración excesiva de poder. De esta manera, se podría garantizar una mejor convivencia democrática basada en la virtud cívica, al tiempo que sociedades mejor equilibradas permitirían el pleno desarrollo de nuestros países.

Cuando existen diferencias tan grandes, producto de las brutales desigualdades como las que hoy conocen nuestros países, se vacía el espacio público entendido como la res pública clásica, con lo cual, no hay virtud cívica ni posibilidad de hacer juicios colectivos sobre lo que nos es común a todos y todas. De ese modo, la discusión pública se vacía de sus contenidos específicamente políticos. Y la gente pierde la capacidad de entender sus problemas como compartidos con sus semejantes; lo que por tanto limita la capacidad de resolverlos de forma colectiva.

Sin esta posibilidad de valorar lo público y defender lo común, no hay democracia posible. De manera que debemos decididamente combatir la desigualdad para defender la democracia. 

Los cómplices del fraude electoral en Venezuela

Se cumplieron las previsiones más pesimistas: pese a los 22 puntos de ventaja que las encuestas otorgaban como promedio a la oposición venezolana, el chavismo institucional ha proclamado la victoria de Maduro por un 51,2 % de los votos emitidos. Muchos hicimos estas oscuras previsiones a partir de la forma empleada por Maduro para anunciar su aceptación de los resultados: no dijo que respetaría la voluntad ciudadana expresada en las urnas, sino que se atendría a lo que dictara la autoridad electoral, el Consejo Nacional Electoral, bien conocido por su militancia chavista. Era todo un anuncio premonitorio.

Se ha constatado así la lógica más tóxica: el régimen de Maduro no está en condiciones de abandonar el poder, pase lo que pase en Venezuela. Simplemente, no puede. Es tan grande la carga de las tropelías cometidas, de las violaciones morales y a los derechos humanos, que los personeros del sistema están convencidos de que el abandono del poder les supondría exponerse a una lluvia de demandas inasumible. En realidad, buena parte de ellos están convencidos de que tendrían que abandonar el país si el chavismo dejara de gobernar Venezuela.

Pero ese convencimiento extremo hace bastante inviable la opción defendida por algunos aliados del chavismo y una buena cantidad de pragmáticos: que el abandono del poder de Maduro y los suyos se diera luego de una negociación que ofreciera garantías de que los dirigentes chavistas no sufrirían graves represalias.

Al descartarse esa opción, sólo queda un escenario: la resistencia a brazo partido, desconociendo cualquier crítica mínimamente razonable, o, dicho en otros términos, la fuga hacia adelante, hacia el endurecimiento dictatorial. Es en ese camino que pueden producirse fisuras en el régimen autoritario. Cierto, la presión internacional, solicitando el conocimiento de las actas electorales, es un poderoso factor de presión, pero no resolverá la dramática situación si el régimen sigue fuertemente cohesionado. Será la necesidad de Maduro y sus escuderos de endurecer su gobierno, lo que puede provocar contradicciones internas que debiliten su consistencia.

En todo caso, es importante que la mirada democrática no se centre únicamente en la felonía perpetrada. Es necesario ampliar la lente para observar los cómplices que le sirven de puntos de apoyo internos y externos al régimen de Maduro. Por otra parte, la lista no es tan larga si se trata de los cómplices más destacados.

En primer lugar, están los países que han reconocido esa misma noche los resultados fraudulentos. Existe un grupo motivado por factores geopolíticos, al estilo de la vieja guerra fría: China y Rusia, en primer lugar. Y luego, la complicidad de otros regímenes ideológicamente aliados: Cuba, Nicaragua y Bolivia, a los que se agrega ahora Honduras, en buena medida por razones internas. Importa destacar el caso de Bolivia, porque se constata algo que ha sido motivo de debate en la izquierda latinoamericana: el gobierno boliviano y el partido que lo apoya, el MAS, no pertenecen a la izquierda democrática. La posición de los gobiernos brasilero y chileno, y de forma más tímida el colombiano, al exigir la revisión electoral, establece la distancia necesaria al respecto.

Por cierto, la respuesta de Maduro ha sido consistente con esa fuga hacia formas más autoritarias: ha retirado el personal diplomático venezolano de siete países latinoamericanos, Argentina, Chile, Costa Rica, Panamá, Perú, República Dominicana y Uruguay, por no reconocer su victoria y poner en duda el resultado electoral.

Y finalmente, hay que mencionar a los cómplices del régimen chavista que, por diversas razones, han dado cobertura al gobierno de Maduro y su fraude electoral. Entre ellos destaca un dirigente socialista español, Rodríguez Zapatero, que se ha negado a sumarse al reclamo internacional de que se hagan públicas las actas de los resultados electorales. Esta negativa de Zapatero resulta más notable por cuanto otros simpatizantes de Maduro, invitados también por el gobierno venezolano como observadores externos, como los expresidentes Leonel Fernández de República Dominicana y Ernesto Semper de Colombia, se han sumado a la demanda internacional de conocer todas las actas del escrutinio.

El argumento usado por Zapatero hasta el momento, para no desmarcarse del régimen chavista, ha consistido en que es necesario establecer opciones que favorezcan la negociación entre el régimen y la oposición. Pero ese argumento resulta hoy un insulto o una quimera. Por convencimiento ideológico o por estupidez política, Zapatero (uno de los aliados más encendidos de Pedro Sánchez) es hoy el símbolo de la complicidad con un régimen de dictadura.

La posición que se adopte respecto de la crisis venezolana se ha convertido así en la prueba del ácido para la izquierda latinoamericana, permitiendo diferenciar su consistencia democrática de su viejo espíritu autoritario. Y no importa si esa posición esté condicionada por una amarga experiencia interna, como sucede en el caso de Honduras; la subordinación del respeto al ejercicio democrático por otros intereses o circunstancias califica igualmente a quien acepta un grosero fraude electoral.

El Sur global también puede incluir al Norte

El Sur Global no debe ser evaluado desde perspectivas ideologizadas y amenazantes. Para construir un orden mundial multipolar basado en el diálogo entre el Norte Global y el Sur Global, ciertas posturas son perjudiciales. Los discursos hegemónicos o militaristas rodean las interacciones entre regiones como América Latina y el Caribe con China, Irán y Rusia. En cambio, lo que motiva al Sur Global a forjar una estructura horizontal y multirregional, cristalizada en los BRICS, son cuestiones políticas, económicas y sociales. Ninguno de ellos implica excluir al Norte Global; es más bien un intento de contrarrestar los desafíos mundiales que el orden liberal posterior a la Guerra Fría no pudo abordar.

Cuando, en 1989, Francis Fukuyama imaginó el «fin de la historia», se supuso que el mundo era unificable bajo el liberalismo occidental. Por lo tanto, no había necesidad de ninguna división entre el Norte y Sur Global. La globalización habría sido el vector para desafiar las divisiones y las diferencias propias de los bloques, como las que se experimentaron durante la Guerra Fría. Aunque las guerras, los golpes y las crisis económicas persistentes han demostrado que la historia no terminó en absoluto, este enfoque posterior a la Guerra Fría todavía se aplica al Sur Global.

En la década del 2000 se mantuvo el declive de la hegemonía de Estados Unidos, que, como señala el experto Ikenberry (2018), está entrelazada con la crisis del orden liberal. En este contexto, y casi simultáneamente, el Sur Global alzó su voz bajo la etiqueta de BRIC, convirtiéndose en BRICS con la entrada de Sudáfrica. Se han dirigido todo tipo de críticas y escepticismo hacia los intentos de integración del Sur Global. Una de las narrativas reiteradas se refiere a la falta de características comunes en la mayoría de la población mundial, incluso en foros como los BRICS, el Movimiento de Países No Alineados y el G77.

Sin embargo, la falta de comprensión sobre el Sur Global no debería implicar su inexistencia. Países desde América Latina y el Caribe hasta África y Asia están forjando un ámbito horizontal de relaciones internacionales. Esta tendencia no es sólo una reacción o un contraataque al colonialismo occidental, al imperialismo o a la hegemonía estadounidense, ya que los intereses propios, contrariamente a lo que sostienen los realistas, no son los únicos impulsores de este cambio. Los actores del Sur Global encuentran consenso en valores políticos como la soberanía, la autodeterminación y la vinculación al sistema de las Naciones Unidas. Además, analogías económicas específicas explican la lógica detrás de las interacciones del Sur Global.

Los legados de la deuda externa, la dependencia del dólar estadounidense, la alta desigualdad y las economías extractivas son límites para el Sur Global. En otras palabras, es simplemente incorrecto afirmar que la diversidad del Sur Global invalida su existencia, ya que, de hecho, existen desafíos compartidos. Podríamos afirmar que los países del Sur Global, social y económicamente, están reaccionando a la imposición del liberalismo del Norte Global.

Esto no quiere decir, a modo de ejemplo, que los Estados latinoamericanos estén dispuestos a emular el modelo chino, iraní o ruso. En cambio, entre todas las diferencias que existen dentro del Sur Global, hay un terreno común y una necesidad de diversificación-emancipación del liberalismo hegemónico, que tenía a Estados Unidos a la cabeza de las relaciones internacionales. Si comparamos el Sur Global con sus homólogos del Norte, es decir, el G7, vemos que este último ofrece un consenso unánime sólo en torno a unos pocos valores, como la democracia liberal, en parte el cristianismo (con excepciones como Japón) y el orden internacional basado en algún tipo de normas.

La paradoja es que el orden liberal ha mostrado deficiencias ya bien conocidas y enfrentadas directamente por el Sur Global. Para aclarar, la mayoría de los países del Sur Global han intentado obtener ingresos de instituciones financieras internacionales y organismos multilaterales de Occidente, basta pensar en el Consenso de Washington. Aún así, los resultados no fueron eficientes ni apropiados para los contextos locales. La historia es una prueba para el Sur Global de oportunidades perdidas, en parte debido a las imposiciones occidentales.

La teoría de la dependencia afirma que las periferias trazadas por Immanuel Wallerstein (1974) no pudieron alcanzar el desarrollo del centro debido al servilismo de las entonces conocidas economías del Tercer Mundo ante el consumo y la refinación del Norte. Los BRICS, al ser la organización multiregional y multilateral del Sur Global, apuntan precisamente a abandonar para siempre los mecanismos dependientes de las economías del Sur Global.

Edward Said (1978) advirtió sobre la aplicación errónea de los valores occidentales para definir y describir el resto del mundo, específicamente Oriente en ese caso. Emparejar las palabras alianza o bloque con el Sur Global es ciertamente engañoso. Las acciones de China, Irán, Rusia o Turquía, por ejemplo, en América Latina y el Caribe, no buscan forjar ninguna coalición antioccidental con estrategias militares al estilo de la OTAN. Se trata de una percepción de amenaza e injerencia que, al ser dominante en Occidente, socava los acercamientos y los diálogos Norte-Sur.

América Latina está diversificando sus intercambios con países que pertenecen al Sur Global a través de una agenda horizontal donde se acuerdan voluntariamente propuestas y limitaciones. Los países de Medio Oriente y Asia están obteniendo resultados positivos en América Latina en materia de asistencia financiera (China en las islas del Caribe), cooperación energética (Irán en Bolivia) y proyectos relacionados con los medios emprendidos por las transmisiones rusas en la región. Esos casos son el resultado de una interacción integral del Sur Global. En este contexto, las potencias individuales, no las potencias hegemónicas, del Sur Global como China, Irán y Rusia, con Turquía en el medio, simplemente están reaccionando a la oposición occidental con propuestas atractivas para el Sur Global.

Los acontecimientos geopolíticos, específicamente el conflicto entre Israel y Gaza y la guerra de Ucrania, están legitimando parcialmente la posición del Sur Global al denunciar, a través de organizaciones internacionales, los dobles raseros occidentales. Es intrínsecamente lógico percibir que un orden mundial multipolar está creciendo como una contraestrategia y no como una estrategia. El Sur Global está motivado por acusaciones, estigmatización y discursos militaristas que están afectando la relación entre Norte y Sur. La causa se apoya en defensores de una nueva Guerra Fría que expresan posturas maniqueas. Decepcionados por una historia que no terminó, a algunos responsables políticos occidentales les encantaría repetir un orden internacional dicotómico basado en bloques, dado el resultado victorioso defendido tras la contienda entre Estados Unidos y la URSS.

Los BRICS sirven para evitar tal escenario. Un Sur Global agrupado en esta organización multiregional y multilateral, no para diseñar una alianza militar sino para reducir la dependencia del dólar estadounidense, algo comprensible dados los efectos de la crisis de 2008 en las economías del Sur Global, es revelador. El camino futuro de los BRICS y el Sur Global está relacionado con la agencia, que es, ojalá, un factor clave en las relaciones internacionales. La agencia del Sur Global determinará la coordinación u hostilidad en los asuntos mundiales, donde la democracia liberal no aparece como una prioridad. Al mismo tiempo, el Norte Global tiene la capacidad de establecer su posición hacia el Sur Global, debatiendo sobre una actitud conversacional o de confrontación. Esto último ya ha demostrado sus negatividades, esbozadas en la votación del Sur Global en la ONU sobre las sanciones, el conflicto entre Israel y Gaza y la guerra ruso-ucraniana.

Las oportunidades para América Latina, África y Asia no son perjudiciales para Occidente. Luchar contra la desigualdad y la pobreza, reformar el sistema financiero internacional y construir procesos de paz duraderos en regiones volátiles como el Medio Oriente representan desafíos compartidos para el Norte y el Sur Global. Intentar imponer hegemonía para darle otro fin a la historia aumentará, en cambio, las brechas políticas, económicas y sociales en el mundo multipolar actual.

Interculturalidad: una vieja deuda de la democracia argentina

Julián, miembro de la comunidad indígena wichí de Santa Victoria II se levanta temprano cada mañana para asistir a clase en el lejano pueblo de Santa Victoria Este, uno de los más carenciados de toda la República Argentina en el departamento de Rivadavia, cerca de la triple frontera con Paraguay y Bolivia. Que Julián pueda estudiar un profesorado de primaria intercultural bilingüe es una de las novedades recientes que ofrece el gobierno de Salta para el departamento con más población indígena de toda la provincia. Este es uno de los logros del fallo del año 2020, tras más de dos décadas de litigio con el apoyo del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), en el cual la Corte Interamericana de Derechos Humanos sentenció que el Estado Argentino violó los derechos humanos de 132 integrantes de comunidades originarias en el caso “Comunidades indígenas miembros de la Asociación Lhaka Honhat (Nuestra Tierra) vs. Argentina”.

Históricamente, el norte argentino formó parte del Collasuyu en la división imperial incaica, y aún hoy se diferencia de otras provincias en muchos aspectos culturales, los cuales se asemejan a los de los países vecinos, siendo la provincia de Salta la de mayor diversidad cultural y étnica del país. Sin embargo, y a pesar del fallo, el racismo estructural y la exclusión es el pan de cada día para los miembros de las diferentes comunidades que sufren dificultades para subsistir debido a la escasez de fuentes de trabajo en la zona.

Para afrontar esta problemática y efectivizar los derechos constitucionales, el gobierno provincial planteó la implementación a partir de 1994 con respectivas demoras a través de la cartera de educación, de ofrecer carreras de acceso público con orientación intercultural bilingüe en el Instituto Superior de Educación “San Ignacio de Loyola” especialmente efectivizándose todo a partir de la década del 2010 en adelante. Sin embargo, tras la etapa de inscripción, más del 70% de los estudiantes aceptados solo hablaban español, eran “criollos” sin dominio de una segunda lengua indígena, mientras que se dejó fuera a un importante número de aspirantes a quienes sí les correspondía por ley acceder a una carrera que pudiera cumplimentar sus derechos. Tras los fuertes reclamos de todas las comunidades originarias afectadas junto a la Unión Autónoma de Comunidades Originarias del Pilcomayo (UACOP) se logró remover al director y más de 90 miembros de los pueblos originarios tuvieran la posibilidad de volver a rendir un examen para poder iniciar sus estudios. Lo sucedido demuestra que a pesar del fallo o lo que dice la Constitución, el racismo es estructural.

La Constitución Nacional de 1994

En la reforma de la Constitución Nacional de 1994 se reconoció la preexistencia de Pueblos Originarios y su derecho a una educación intercultural bilingüe por su constitución provincial. Pero no fue hasta principios de los 2000 que el tema empezó a ser objeto de debate cuando comenzó a tomar relevancia la existencia en una región “desconocida” que había sido cultural e intelectualmente dominada por el centro del país.

En la actualidad, el foco de la cultura se está abriendo a otras regiones que comienzan a tomar relevancia respecto a su actividad económica y densidad poblacional, sobre todo los pueblos originarios, tras el último censo del año 2022. Y es que, según el censo, 1.300.000 personas de unas casi 46 millones, se perciben como indígenas.

En su gran mayoría estas comunidades se encuentran en condición de indigencia económica, por debajo de los niveles de subsistencia básicos. En este contexto, no son pocos los integrantes de estas comunidades que optan por desplazarse del campo a la ciudad, sufriendo una aculturación, debido a la pérdida del uso de su lengua materna con el paso del tiempo e incluso desconociendo -u ocultando- sus orígenes debida a los estigmas acerca sus orígenes no europeos.

Devolución de tierras para preservar la cultura

Revertir esta tendencia no es fácil, por ello según el fallo de la CIDH del 2020, 400 mil hectáreas del Departamento Rivadavia de la Provincia de Salta, donde viven más de 10.000 personas de 132 comunidades indígenas, deben ser declaradas territorio ancestral indígena. Esto implica que se debe reubicar a toda la población criolla (no originaria) que invadió́ y desplazó a las comunidades, irrespetando sus modos de vida tradicionales con actividades de fuerte impacto socioambiental y contrarias a la cosmovisión de muchas comunidades, dándole la Corte al Estado Argentino un plazo de máximo de 6 años (hasta 2026) para preservar su derecho a un medioambienta sano (constitución argentina) con un título único respetando aquellas zonas de uso común.

Esto es algo sin precedentes en el campo de los Derechos de los Pueblos Originarios, debido a que apoya la autodeterminación de las Comunidades y su capacidad para autogobernarse mucho mejor. Las problemáticas que se enfrentan sin embargo son múltiples y la reparación histórica que debe hacerse posee un listado de desafíos que parece interminable.

El fallo también establece que deben preservarse los derechos humanos básicos de los miembros de las comunidades, que se encuentran gravemente limitados en la zona debido, entre otras cosas, a la falta de acceso a agua potable. Además, el Estado debe garantizar una interculturalidad real, en donde se tenga en consideración las barreras idiomáticas y lingüísticas, lo cual requiere de profesionales con competencias interculturales tal cual las define la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura. Esto implica proveer a las comunidades de servicios que no fuerce a las personas a viajar más de 160 kilómetros para acceder a su jurisdicción legal en la ciudad de Tartagal, debido a que en Santa Victoria Este las cuestiones judiciales por ejemplo no pueden tratarse con autonomía y es siempre necesario viajar kilómetros y kilómetros, a menudo para muchos pobladores en colectivo o en algún transporte facilitado por vecinos o amigos para abordar temas legales, dificultando gravemente el acceso a una justicia intercultural para una zona con tantas particularidades dentro del campo del derecho, por eso deben viajar a Tartagal, la nueva ciudad que está concentrando el poder socioeconómico en el “norte del norte” de Argentina.

En conclusión, para que el Estado cumpla con sus obligaciones con los pueblos originarios, debe cumplir con las premisas mínimas que certifiquen su existencia, como son los Derechos Humanos Universales sancionados por la República Argentina como el acceso al agua potable o el acceso a la justicia intercultural multilingüe y con participación civil. Todos derechos de difícil implementación y seguimiento en el interior de Salta.

Votar en tiempos autoritarios: algunas claves desde Venezuela

La expectativa de victoria opositora en las elecciones del 28 de julio de 2024 era elevada. Encuestas reconocidas proyectaban un triunfo amplio para Edmundo González Urrutia, candidato de la Plataforma Unitaria, y apoyado por María Corina Machado, ganadora de las primarias opositoras en octubre de 2023. Anticipar una brecha considerable entre la oposición y el gobierno no lucía irrazonable, ya que el profundo descontento con la gestión del gobierno y la ausencia de libertades se habían manifestado en las encuestas durante los últimos años.

La expectativa y sensación colectiva de poder triunfar en las elecciones se construyeron a lo largo de los últimos meses durante una campaña atípica, marcada por el contexto autoritario. Un amplio sector de la sociedad venezolana logró apropiarse del proceso electoral, sobreponiéndose a múltiples obstáculos, para expresar su descontento y voluntad de cambio. Sin embargo, en la madrugada del 29 de julio, el Consejo Nacional Electoral, compuesto por una mayoría leal al partido de gobierno, anunció la victoria de Nicolás Maduro. ¿Fue útil participar, pese a los anticipados riesgos de fraude? ¿Qué lecciones deja el proceso electoralhasta ahora?

Desde hace más de dos décadas, el campo anti-chavista ha estado fragmentado en sus preferencias estratégicas en la búsqueda por el poder. Mientras algunos sectores han priorizado mecanismos institucionales, otros han promovido rutas de presión interna o externa para llegar al palacio de Miraflores. No obstante, para este proceso electoral, la oposición venezolana convergió en la estrategia para enfrentarse al candidato del partido de gobierno. 

En la madrugada del 29 de julio, el ente electoral, anunció la victoria de Nicolás Maduro, quien fue proclamado presidente horas después. El anuncio, contrario a la sensación de victoria colectiva, produjo primero un silencio abrumador y luego indignación colectiva a lo largo del país. En varios pueblos y ciudades irrumpieron pequeñas protestas y cacerolazos en sectores populares demandando el respeto a la voluntad expresada en las urnas. El voto ha sido el catalizador para expresar y encauzar la esperanza de cambio en Venezuela. Veamos.

Uno de los impactos más significativos de la decisión a participar en la elección ha sido la activación, en muchos casos espontánea y al margen de lo partidista, de la sociedad venezolana. Después del fracaso del “gobierno interino” (2019-2022) y de los resultados limitados en las elecciones regionales de 2021 por la fragmentación del voto opositor, el proceso de la primaria opositora revitalizó el espíritu colectivo. Movilizar en torno a un propósito compartido, como lo es una elección presidencial, dio perspectiva de cambio a amplios sectores sociales. 

De igual forma cabe resaltar que las primarias opositoras y elecciones estimularon al partido de gobierno a reenganchar a sus bases desencantadas, igualmente afectadas por la crisis.Entre nuevas ofertas, promesas incumplidas y tácticas de intimidación, las élites del chavismo han intentado cerrar filas entre sus cuadros y bases, desconociendo el deseo de cambio, incluso entre sus simpatizantes.   

La decisión de participar en el proceso electoral presidencial, después del boicot electoral en 2018 y varios años de “gobierno interino”, mediante una candidatura atractiva electa en primarias, pero inhabilitada, y otra consensuada permitió a diversos sectores de la población entusiasmarse con la posibilidad de cambio y verse a sí mismos como agentes de ese proceso. Desde octubre 2023, pese a todos los obstáculos y costos existentes, una parte de la sociedad se activó de manera autónoma y espontánea, mientras que una serie de organizaciones ya existentes profundizaron su trabajo en red y movilizaron en torno a Machado. La decisión departicipar y votar energizó el compromiso y activismo ciudadano, creando una sensación de empoderamiento de la sociedad frente al poder.

Las movilizaciones de la sociedad en torno a la candidatura de González Urrutia, junto a Machado y los partidos de la Plataforma Unitaria, permitieron visibilizar antes y durante las elecciones el hartazgo con la situación socioeconómica y política del país. La necesidad e ilusión de cambiar autoritarismo por democracia, el control del Estado por libertades, el respeto de los derechos humanos por el abuso y la arbitrariedad, y la posibilidad de reencontrarse con familiares fue contagiando a otros sectores de la población que se sentían apáticos y escépticos. Asimismo, la ruta electoral facilitó la adhesión de grupos previamente desconfiados de algunos integrantes de la oposición tradicional por su inclinación hacia la abstención y/o sanciones económicas. Varios “chavistas descontentos” e intelectuales de izquierda sumaron sus apoyos a González Urrutia para este ciclo electoral. La movilización en torno al voto ha tenido, por tanto, un efecto “bola de nieve”.

Además de energizar a la población, las primarias y la movilización en torno a la elección dio un impulso a los partidos, afectados por la represión, a reorganizarse y resistir con el fin de canalizar el descontento existente. El encuentro de élites opositoras, antes divididas en torno a la estrategia, en la vía electoral, ha facilitado, por ahora, su coordinación en torno a una candidatura única. El retorno a la arena electoral ha permitido a las élites escuchar y reconectar con las necesidades de las grandes mayorías. Ha facilitado que la dirigencia escuche y amplifique las preocupaciones y aspiraciones de la sociedad. Sentir y constatar de primera mano las condiciones de vida de las grandes mayorías empobrecidas a lo largo del territorio parece haber re-sensibilizado a la dirigencia opositora, forzándola a ser más receptiva a las demandas sociales. 

Este reencuentro en la búsqueda pacífica e institucional por un cambio político parece haber restaurado, por ahora, la credibilidad del campo opositor frente a la sociedad y actores internacionales, después de un largo periodo de fracasos y estancamiento. Este punto es crucial pues, en contraste con estrategias de “máxima presión” o el boicot, la ruta electoral permite a actores internacionales y gobiernos, independientemente de su ideología, apoyar de manera concreta a la población venezolana en su deseo de cambio.

En conclusión, la participación ciudadana en el proceso electoral deja lecciones importantes. Se ha ratificado la determinación de la población en su búsqueda pacífica por el cambio. De hecho, ha sido la sociedad venezolana la que ha abrazado el voto como mecanismo para aglutinar el descontento generalizado. Junto a la dirigencia opositora han logrado exponer con mayor fuerza ante actores internacionales la disposición del gobierno a mantenerse en el poder. El hecho de que el resultado anunciado el 29 de julio no sea creíble y que sectores de la sociedad estén actualmente protestando por su verificación es una consecuencia directa de la participación en la elección.

El capital y músculo (re)construido en torno al proceso electoral es valioso y relevante. Cuidarlo y no desviarlo será el gran reto para la oposición venezolana en los tiempos venideros.

** Este artículo únicamente representa la opinión de la autora.

Radiografía de la extrema derecha en las asambleas latinoamericanas

América Latina vive un auge de fuerzas políticas de extrema derecha, con casos como los que lideran Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil o Kast en Chile, entre otros. En la mayoría de los análisis se suele poner el foco en presidentes y partidos de esta corriente política, pero no en los legisladores, quienes representan la voluntad popular y tienen en su mano sacar adelante los programas de gobierno. Se plantea entonces: ¿cómo son los legisladores de extrema derecha latinoamericanos? ¿Qué opiniones tienen sobre la democracia, el rol del Estado en la economía o en temas como la inmigración y la paridad de género? ¿Cuáles son sus posiciones respecto del aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia o la legalización de las drogas? Para dar respuesta a estas preguntas, se puede consultar la base de datos del Proyecto de Élites Latinoamericanas de la Universidad de Salamanca (PELA-USAL), que viene realizando encuestas de manera periódica a los parlamentarios de los países de la región con el fin de conocer cómo son y cómo se comportan.

Antes de describir el perfil del diputado latinoamericano de extrema derecha, conviene hacer dos apuntes. Por un lado, se presentan datos de encuestas realizadas entre 2020 y 2023, periodo en el que solo el 5,6% de los legisladores encuestados de esta región se autoubicó en el extremo derecho de la escala ideológica (9 y 10 en la escala de 1 a 10). Por otro lado, se incluye información de Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Honduras, México, Perú, República Dominicana y Uruguay, pero no de Brasil, único país que tuvo un presidente de este signo político durante ese periodo.

Teniendo en cuenta estas limitaciones, lo primero que llama la atención es que el perfil sociodemográfico del diputado de extrema derecha no difiere demasiado del resto de diputados: su edad media es de 48,6 años, el 39% son mujeres, el 92% tienen estudios universitarios o de posgrado y el 46% asegura asistir frecuentemente a servicios religiosos. Por el contrario, las opiniones y actitudes son muy distintas en función de la autoubicación ideológica.

Si se examinan las actitudes autoritarias, hay marcadas diferencias entre legisladores ideológicamente opuestos. Los centristas y derechistas están más de acuerdo que el resto con que, a veces, los gobiernos deben dar prioridad a conseguir buenos resultados económicos más que a gobernar de manera democrática. Un 30% de quienes se autoubican en el extremo derecho considera que la policía debería centrarse en la lucha contra el crimen organizado, sin preocuparse por el respeto de los derechos humanos. Por otra parte, existe una convergencia entre diputados de los extremos ideológicos entre quienes defienden que, a veces, es necesario limitar los derechos de la oposición cuando su ejercicio impide la implementación de políticas beneficiosas para el país, aunque comprenden solamente el 20% de sus respectivos grupos. Por último, un 20% de quienes se ubican en la extrema derecha considera que, a veces, se justifica que el presidente implemente políticas públicas beneficiosas para el país incluso si los jueces han dictado sentencias en contra de esas políticas. Este porcentaje es el doble que en el centroderecha (10%), pero contrasta con el 65% de los cuestionados que se ubican en la izquierda y 34% en el centroizquierda. Esta actitud hostil de los legisladores del bloque de izquierda frente a los jueces puede deberse al fenómeno del lawfare en la región.

Fuente: elaboración propia a partir de los datos de PELA-USAL.

Otro asunto que caracteriza a la extrema derecha es su posición frente al papel del Estado y su relación con el mercado. En América Latina, el 77% de los diputados de esta familia se posiciona a favor del libre mercado, siendo el grupo ideológico más favorable a este y más contrario a la intervención del Estado en la economía. Si bien en abstracto estos legisladores tienen posiciones más pro-mercado, cuando son cuestionados sobre asuntos concretos la mayoría de ellos manifiestan actitudes más favorables al rol del Estado que el centroderecha en todas las cuestiones planteadas, salvo en materia de igualdad de género.

Fuente: elaboración propia a partir de los datos de PELA-USAL.

En materia de inmigración, los resultados de la encuesta refuerzan la idea de que se trata de un asunto central en la extrema derecha, también en América Latina. En comparación con otros grupos ideológicos, es el que se muestra más contrario a la inmigración. Es más, la inmigración es uno de los temas en el que más difiere con el centroderecha. Más de la mitad de los legisladores de extrema derecha consideran que los inmigrantes se aprovechan de los beneficios sociales y de las ayudas públicas y empeoran los problemas de inseguridad del país; más del 60% cree que el gobierno debería adoptar políticas restrictivas sobre la inmigración; y más del 70% está de acuerdo con que, cuando el empleo escasea, los nacionales deberían tener prioridad sobre los inmigrantes en el acceso a un puesto de trabajo y con que los inmigrantes deberían adaptarse a las costumbres y la cultura del país.

Fuente: elaboración propia a partir de los datos de PELA-USAL.

Respecto a la paridad de género, los diputados de derecha son moderados, ya que, aunque se muestran menos entusiastas que el resto de los legisladores, más del 60% está de acuerdo con que la paridad electoral contribuye a tener una mejor democracia. Esto puede deberse a que la extrema derecha es, después de la izquierda, el grupo ideológico con mayor porcentaje de mujeres en los Parlamentos latinoamericanos. Por otra parte, casi la mitad de los diputados derechistas creen que las cuotas favorecen que mujeres que no están lo suficientemente preparadas entren en el Congreso, una opinión que ronda el 40% en el grupo de centroderecha y el 30% en el resto de los grupos. A diferencia de la inmigración, en este asunto no hay demasiada distancia entre la extrema derecha y la derecha más centrista.

Fuente: elaboración propia a partir de los datos de PELA-USAL.

Por último, los temas que más caracterizan a la extrema derecha son la desaprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo, el aborto, la eutanasia y la legalización de las drogas, aunque la intensidad varía en función de la política pública sobre la que se pregunte. El 80% de los diputados derechistas desaprueban el aborto y la legalización de las drogas, pero el porcentaje se reduce en torno al 55% cuando se trata del matrimonio igualitario y la eutanasia. En estas cuestiones morales, las diferencias entre grupos ideológicos de izquierda, centro y derecha están muy marcadas, siendo el de centroizquierda el más progresista y el de extrema derecha el más conservador. También hay cierta distancia entre las posiciones entre el centroderecha y la extrema derecha, sobre todo en los temas de matrimonio igualitario y legalización de las drogas.

Fuente: elaboración propia a partir de los datos de PELA-USAL.

En síntesis, estos datos permiten hacer una radiografía del perfil medio de los legisladores de extrema derecha en América Latina. Un porcentaje importante de ellos poseen actitudes autoritarias, sobre todo en materia económica y de seguridad pública. Si bien mantienen posiciones fuertemente pro-mercado, estas se matizan cuando se les plantea la intervención estatal en la reducción de las desigualdades y la provisión de los servicios públicos; aunque con menos consenso interno que el resto de los grupos ideológicos, la mayoría comparte que el Estado debe tener un papel central. Asimismo, estos legisladores aceptan la paridad de género, aunque en menor proporción que otras ideologías. Pero sus opiniones más marcadas son la defensa de medidas más restrictivas en materia de inmigración y la desaprobación de políticas públicas sobre asuntos morales, especialmente del aborto y la legalización de las drogas.

El contenido de este artículo es parte de un trabajo académico que se presentará en los congresos de ALACIP y AECPA en julio de 2024.