La COP28 y los retos de América Latina

Los Emiratos Árabes Unidos (EAU) serán los anfitriones de la COP28 (Conferencia de las Partes), que tendrá lugar en la ciudad de Dubái entre el 30 de noviembre y el 12 de diciembre de 2023 y que ya ha obtenido su carta de ingreso en el nuevo régimen internacional sobre el cambio climático. La agenda de la cumbre es bastante ambiciosa y requiere ser analizada de la mejor manera posible para poder hacer un balance de los desafíos y las oportunidades que tienen los países latinoamericanos ante los impactos del cambio climático. 

Propuesta por su presidente, el Sultan Al Jaber, la agenda de la COP28 ya se dio a conocer en el mes de junio de este año. La cumbre tendrá que condensar en una declaración política un proceso gigantesco que ha durado dos años, con más de 1.000 documentos de respaldo presentados y tres diálogos técnicos que han atraído a cientos de expertos y profesionales. El informe de síntesis de la fase técnica ha logrado resumirlo todo en 17 mensajes clave. Para ser francos, este informe ofrece una situación poco halagadora en torno a los resultados obtenidos hasta la fecha.

En mi opinión, hay tres conceptos básicos en el lenguaje del cambio climático que hay que manejar de manera dialéctica, es decir, en su interrelación, a la hora de ocuparse del tema. Se trata de la mitigación, la adaptación y el financiamiento. Los puntos principales de la agenda están relacionados de una u otra forma con estos tres conceptos y son, en cualquier caso, de suma importancia para determinar si se está trabajando con eficiencia y en beneficio de todos por igual. En vista de que el objetivo principal del proceso de negociaciones es mantener el aumento de la temperatura promedio del planeta por debajo del 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, es necesario determinar con precisión las trayectorias correspondientes que deberían seguir las emisiones mundiales a nivel nacional. Por ello es evidente que las medidas de mitigación juegan un papel central.

La mitigación

La mitigación es, en resumen, la reducción de las concentraciones de gases de efecto invernadero. Dicha reducción se puede obtener bien mediante la reducción de sus fuentes (energías fósiles), bien aumentando la capacidad de los sumideros de carbono, como los bosques tropicales, para absorber los gases de efecto invernadero de la atmósfera. El Programa de Trabajo de Mitigación se ha centrado, en su primer año, en acelerar la transición energética justa, a través de dos Diálogos Globales sobre sistemas de energía y transporte. En base a este trabajo, la COP28 debería adoptar una primera decisión que marque avances serios. En Bonn se dio una intensa lucha, en junio de este año, para incorporar estos temas. 

El programa de trabajo está diseñado para fomentar la cooperación entre países y expertos internacionales en áreas específicas y para vincular la mitigación y la inversión pública y, sobre todo, privada. Los eventos centrados en la inversión de este año estimularon la coordinación entre iniciativas clave destinadas a apoyar la implementación de las Contribuciones Determinadas a nivel Nacional (CDN), pero también resaltaron cuestiones estructurales como la rápida aceleración de las inversiones limpias a nivel mundial, o la necesidad de aumentarlas específicamente en las economías emergentes y en desarrollo. Lo deseable sería impulsar los buenos resultados de mitigación en el Balance Mundial y contribuir, por ejemplo, a movilizar oportunidades de inversión con una perspectiva regional. Aquí juegan un papel importante los Foros Regionales de Finanzas.

La adaptación

Según la definición de las Naciones Unidas, la adaptación se refiere a ajustes en los sistemas ecológicos, sociales o económicos en respuesta a estímulos climáticos reales o esperados y sus efectos. En términos simples, los países y las comunidades necesitan desarrollar soluciones de adaptación e implementar acciones para responder a los impactos actuales y futuros del cambio climático. La adaptación fue el tema central de negociación en la COP27, abordando áreas clave como el objetivo global de adaptación (GGA), el Comité de Adaptación, el programa de trabajo de Nairobi y los planes nacionales de adaptación (PAN).

Tomando en cuenta la presencia de huracanes e inundaciones recurrentes, el tema de la adaptación es de crucial importancia para países como Honduras o las islas del Caribe. Todos los proyectos de infraestructura, de agricultura o de redes de seguridad social, entre otros, deben implementarse tomando en cuenta o adaptándose a los fenómenos de inundaciones, incendios o sequías. 

El financiamiento

La falta de financiamiento es uno de los mayores problemas que dividen a las naciones ricas y pobres desde que se acuñó el principio de “responsabilidades comunes pero diferenciadas” ya en la Conferencia de la Tierra en 1992. En vista de que los países industrializados generaron históricamente más del 80% de las emisiones que hoy afectan especialmente a los países más pobres, su cuota de responsabilidad es mayor. Por ello, en 2009 los países industrializados se comprometieron a aportar colectivamente 100.000 millones de dólares cada año a partir de 2020. Lamentablemente, todavía existe un abismo entre las promesas y la realidad. En 2020, la financiación climática colectiva ascendió a 83.300 millones de dólares estadounidenses. Los flujos de financiación pública multilateral y bilateral para la adaptación de los países en desarrollo disminuyeron un 15%, hasta los 21.000 millones de dólares en 2021. Además, la financiación climática sigue otorgándose predominantemente en forma de préstamos, una gran parte de los cuales no han sido concesionales. A esto se agrega el hecho de que la suma de 100.000 millones de dólares es apenas una fracción de lo que se necesita para ayudar a los países en desarrollo a alcanzar los objetivos climáticos de conformidad con el Acuerdo de París. Según el más reciente análisis de las necesidades de financiación, los países en desarrollo necesitan al menos 6 billones de dólares de aquí a 2030 para cubrir menos de la mitad de los objetivos existentes en sus CDN.

El tema del financiamiento de las medidas de mitigación y adaptación al cambio climático será de nuevo uno de los aspectos más controvertidos de la COP28. Latinoamérica y el Caribe, como región, necesitan unos 77.000 millones de dólares de inversión entre 2020 y 2030 para cumplir sus objetivos climáticos, de los cuales la inversión pública solo puede cubrir alrededor de una cuarta parte. Según estimaciones de Climate Funds Update, el financiamiento para el clima en ALC está muy concentrado en pocos países; Brasil, México, Costa Rica y Colombia están recibiendo cerca de la mitad de los fondos para la región. Evidentemente que este grupo muestra que en las negociaciones existe una combinación entre relevancia y realismo político. Las actividades de mitigación, incluyendo la protección de los bosques y la reforestación, reciben de los fondos multilaterales para el clima más de cinco veces más que las de adaptación, con USD 3.400 millones y USD 670 millones, respectivamente. Desde 2003 se ha aprobado un total de USD 5.000 millones para 550 proyectos en la región latinoamericana, con cargo a los fondos multilaterales para el clima.

Los retos

Las señales sobre la transición energética, en particular la eliminación gradual de los combustibles fósiles, así como el cumplimiento de las altas expectativas creadas en la COP27 de Sharm-el-Sheikh sobre la financiación de pérdidas y daños, serán probablemente las pruebas de fuego de los debates de este año. La COP28 tiene lugar en un contexto geopolítico bastante tenso, caracterizado por la guerra de agresión rusa contra Ucrania, por la confrontación EE.UU.-China y por la agudización del conflicto de Medio Oriente, luego del atentado terrorista de Hamás el 7 de octubre. La pregunta es si este telón de fondo tendrá alguna influencia en la dinámica de las negociaciones. Los resultados de las más recientes conversaciones entre China y los EE.UU. no parecen muy prometedores. La ausencia de cualquier mención al cambio climático nos muestra que el acuerdo entre las dos superpotencias no es nada innovador. Toma algunas medidas técnicas importantes, pero no hace nada para frenar la rápida expansión de las centrales eléctricas alimentadas con carbón en China, por ejemplo. La reciente decisión del presidente Joe Biden  de no asistir a la conferencia tampoco es muy halagadora.

Como bien se sabe, América Latina está ya entre las regiones más afectadas por el cambio climático. El hecho de que los países de esta región dependan en gran medida de la agroexportación o de la extracción de recursos y de actividades intensivas en carbono para su desarrollo económico implica retos enormes a la hora de pensar en una transición justa. La inestabilidad social y política está fuertemente vinculada a la volatilidad de los precios de las exportaciones de materias primas de las cuales depende la región. Las políticas sólidas de transición ecológica y justa son cruciales para lograr objetivos climáticos regionales y globales, para los cuales la financiación sigue siendo un desafío importante.

¿Qué llevan en el equipaje las delegaciones de la mayoría de los países del continente rumbo a la COP28? Pues en primer lugar el eterno problema estructural de la desigualdad, que sigue siendo uno de los desafíos más difíciles de afrontar en la región. América Latina y el Caribe (ALC) sigue siendo la región más desigual del mundo. En un mundo postpandemia, los países de ALC, sumidos en crisis económicas y sanitarias, probablemente estén más preocupados por la recuperación económica que por la protección del medio ambiente. Sin embargo, poner estos dos problemas como contrarios excluyentes o quizás antagónicos no sea quizás la estrategia más inteligente.

Uno de los conceptos más importantes en la dinámica de las deliberaciones lo constituye el de la transición justa, introducido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que lo define de la siguiente manera: “Ecologizar la economía de la manera más justa e inclusiva posible para todos los interesados, creando oportunidades de trabajo decente y sin dejar a nadie atrás”. Este concepto tiene serias implicaciones que será necesario tomar en cuenta a la hora de implementar las medidas necesarias, tanto en el campo de la mitigación como en el de la adaptación. En el caso de Latinoamérica, países como Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Honduras y Paraguay han incluido objetivos y medidas de transición justa en sus CDN. Este es, sin embargo, un primer paso que podría ser esencial a la hora de centrar los debates en la COP28.

Un análisis de las últimas conferencias muestra que ALC no ha sido capaz de presentarse con una sola voz. Por un lado, la toma de posiciones más radicalizadas provenientes de procesos populistas, sean de derecha o de izquierda, y, por el otro, las posturas negacionistas no han dado buenos resultados, ni para las contrapartes, ni para los intereses regionales. Lo más importante sería desarrollar una posición coordinada, a nivel latinoamericano, que ponga en la mesa de discusiones los retos de la región, especialmente en lo referente a la adaptación y a las exigencias en torno a financiamiento y, por qué no, a la implementación de un fondo de daños y pérdidas.

Aumenta la concentración del ingreso, se mantiene la pobreza

La actividad económica de los países latinoamericanos y caribeños está estancada y con un importante deterioro, según el informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Panorama Social de América Latina y el Caribe 2023: la inclusión laboral como eje central para el desarrollo social inclusivo (CEPAL). Este debilitamiento evidencia no solo los efectos de la pandemia, sino que tres años después se continúa enfrentando las consecuencias de “una serie de crisis en cascada”, portadoras de un complejo escenario económico de bajo crecimiento y pronunciada crisis social.

A este panorama desalentador se suma un contexto global de gran incertidumbre financiera, altas tasas de interés y la ralentización tanto del crecimiento como del comercio mundial. En 2023 se espera que el PIB mundial cierre en 3%, cifra por debajo del 2022 e incluso en comparación del periodo 2010 al 2019, en el que se registró un crecimiento del 3,7% (CEPAL, 2023). La Comisión ha estimado que en 2024 el crecimiento mundial continuará en 3%, en tanto que en los países en desarrollo será de 4% y de una tasa de 1,4% en las economías centrales. 

Las repercusiones de esta desaceleración económica tanto en 2023 como en 2024 tendrán un impacto negativo en el crecimiento del empleo, “que se estima en un 1,9% en 2023 y en el 1,1% en 2024”. La caída del empleo está generando trabajadores más vulnerables, con escasos niveles de protección social y empleos de mala calidad en sectores menos productivos, aunado a la disminución en la creación de nuevos espacios laborales. La baja del salario promedio lleva a una significativa pérdida del poder adquisitivo de los salarios reales y mayores niveles de pobreza, así como la profundización en la brecha de la desigualdad del ingreso en la región.

Al respecto, el informe asegura que “la matriz de la desigualdad social de América Latina y el Caribe está conformada por un conjunto de ejes estructurantes que expresan desigualdades socioeconómicas, de género, etarias, étnicas y raciales, y territoriales, entre otras, arraigadas desde hace largo tiempo”, asociadas principalmente a una excesiva concentración de la riqueza. Por ejemplo, en 2022, las fortunas personales de siete latinoamericanos eran iguales o superiores a 10.000 millones de dólares, acumulando “el 41% del patrimonio total de los milmillonarios de la región. Sus fortunas representaban alrededor del 3,2% del PIB de toda América Latina”. 

En su análisis, el documento afirma que, en 2022, un 29% de los habitantes de la región vivían en condiciones de pobreza y un 11,2% en situación de pobreza extrema. Si bien las cifras muestran una reducción con relación al 2021, los niveles actuales son similares a 2019, año previo del inicio de la pandemia. En tanto “más de 180 millones de personas no contaron con ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas y, entre ellas, 70 millones de personas no tuvieron ingresos para adquirir una canasta básica de alimentos”.

Para la pobreza extrema, las condiciones son más complejas, ya que cerca de 20 millones de personas se incorporaron a esta categoría de los 70 millones existentes en el periodo anterior a la pandemia, dando cuenta del retroceso de más de una década en los avances registrados en esta materia. 

En 2022, las estrategias encaminadas a la reducción de la pobreza continuaron siendo insuficientes y los efectos conformados por el bajo crecimiento económico, el dinamismo del mercado de trabajo y la inflación se constituyen en los principales obstáculos para avanzar en su erradicación. La CEPAL advierte que en 2023 no se vislumbran importantes mejoras en las condiciones de vida de las poblaciones de escasos recursos, por lo que las variaciones en la pobreza extrema estarán prácticamente estancadas, “aun cuando algunos países podrían presentar cambios mayores”.

Para la CEPAL, la región experimenta una crisis “en cámara lenta” desde el 2010, exacerbada por la crisis sanitaria del Covid-19 que “desencadenó la mayor crisis de los mercados laborales de América Latina y el Caribe desde 1950”. En tal sentido, el Panorama Social indica que la inclusión laboral a empleos de calidad se constituye en un componente central del desarrollo inclusivo y posibilita tanto la superación de la pobreza como el acceso a la protección social. 

En conjunto, el desenvolvimiento negativo de la distribución del ingreso, de la pobreza y la pobreza extrema apuntan a escenarios preocupantes a nivel regional que pueden verse agravados si no se definen, según la CEPAL, estrategias que aborden la heterogeneidad estructural de las economías latinoamericanas y caribeñas para hacer frente a estos problemas estructurales que históricamente aquejan a la región.

Internet y la violencia escolar

Coautores Bruno Ferreira y Ester Athanásio

Una encuesta reciente de SaferNet (2023) señala que el discurso de odio difundido en Internet ha crecido en los últimos años en Brasil, con especial atención a la discriminación de la intolerancia religiosa, la xenofobia y el neonazismo, crímenes con un aumento récord en el primer semestre de 2022 en comparación con el mismo período de 2021. La investigación, que comenzó en 2017, también señaló que el discurso de odio prolifera aún más en años electorales.

Aunque los estudios aún son preliminares, se cree que la narrativa del extremismo violento combinada con la oferta digital es un componente importante en la motivación de los ataques armados registrados en las escuelas brasileñas en los últimos años. Las herramientas y contenidos digitales no pueden ser vistos simplemente como un enemigo a ser eliminado en favor de la seguridad y la paz en las escuelas.

Las tecnologías y los fenómenos comunicativos que rigen todo esto son cada vez más invisibles para el usuario medio, lo que dificulta aún más la comprensión de este escenario. Los algoritmos, sometidos a la lógica y a los intereses empresariales, personalizan lo que vemos hasta el punto de exponernos a retazos selectivos de la realidad, dirigiendo comportamientos y moldeando nuestras opiniones de forma muchas veces perjudicial.

Estas mecánicas acaban priorizando y reforzando la participación en contenidos sesgados, ofensivos o violentos, e incluso pueden empujar a ciertas personas más susceptibles a entornos -y acciones- que propagan el extremismo violento. Por eso, el debate sobre la regulación de las redes sociales y la exigencia de responsabilidades a las grandes empresas tecnológicas desempeña un papel importante y debe intensificarse.

El papel de la educación mediática

Por tanto, necesitamos un enfoque crítico, maduro y preventivo del entorno digital, algo que nos ofrece la educación mediática. La educación mediática es una forma sostenible y a largo plazo de intentar invertir algunos de estos fenómenos y aprovechar el enorme potencial de la tecnología para acercar y colaborar entre grupos y comunidades.

La educación mediática desempeña un papel importante en la construcción de una sociedad sana. Es un compromiso con el desarrollo de competencias críticas en relación con los medios de comunicación y la información, en el sentido de preparar a las personas para acceder, analizar, producir y difundir mensajes mediáticos de forma crítica, lo que les ayuda a fundamentar sus decisiones con mayor seguridad y a participar constructivamente en el debate político.

Las personas alfabetizadas mediáticamente son más capaces de percibir violaciones de derechos como el racismo, la incitación al odio y el silenciamiento, y de hacer un uso ético de los medios de comunicación para mejorar la sociedad y ejercer su ciudadanía. Este enfoque también es fundamental para hacer frente a las diversas expresiones de violencia en la sociedad y, más concretamente, a las nuevas formas de violencia contra las escuelas.

En este sentido, urge capacitar a los docentes de todas las áreas (desde el nivel de pregrado) para que integren estrategias de educación en medios en sus prácticas cotidianas de enseñanza de manera permanente, proporcionando una comprensión más crítica del papel de los medios en nuestra sociedad y de nuestras responsabilidades en este entorno.

Reconocer la educación mediática

Al reconocer el papel y el lugar de la educación mediática en los planes de estudio, situándola como un derecho de los estudiantes y una condición básica para aprender y vivir pacíficamente en sociedad, podemos ver sus diversos frentes de actuación.

El primero de ellos es el desarrollo de habilidades para consumir información de forma cualificada y responsable, lo que implica comprobar la veracidad de los mensajes y la fiabilidad de las fuentes y construir una comprensión más juiciosa de situaciones complejas, equilibrando cantidad y calidad de la información, evitando el ciclo de ansiedad generado por el consumo excesivo e irreflexivo de información. Esto es esencial para hacer frente a las oleadas de fake news y rumores que son en sí mismos una forma de violencia.

La segunda es comprender que la circulación de desinformación viola los derechos humanos, y que todos somos responsables en este entorno: como lectores críticos que identifican la desinformación y actúan para detenerla, y como productores conscientes que se expresan a través de contenidos fiables, éticos y respetuosos. La educación mediática es, por tanto, esencial para implicar a alumnos y familias en la tarea de romper la cadena de pánico y desinformación en el contexto de situaciones violentas.

Otro frente de actuación es desnaturalizar la retórica violenta y/o discriminatoria de posts, chistes y memes irrespetuosos que perpetúan prejuicios o refuerzan desigualdades -y que, por tanto, insensibilizan a las personas ante los problemas sociales y pueden llegar a vulnerar derechos. Comprender el alcance y las consecuencias de los mensajes que producimos y compartimos es esencial para construir una cultura que valore, y no sólo acepte, las diferencias. Se trata de un enfoque esencial para resignificar las redes como espacio de conexión y participación, en lugar de aislamiento.

Pedagogía de la comunicación para la coexistencia pacífica

Adoptando un enfoque colaborativo y participativo, los proyectos de educomunicación y comunicación popular pueden contribuir a crear un entorno escolar más pacífico y justo, esencial para afrontar de forma sostenible y duradera los desafíos crónicos de la violencia escolar. De este modo, la comunicación en la escuela va más allá del conocimiento disciplinar, convirtiéndose en una pedagogía necesaria para construir vínculos, valorar la diversidad y acoger la diferencia.

En este sentido, las prácticas pedagógicas deben, de forma transversal, dar cabida a que los alumnos expresen y reflexionen sobre sus hábitos mediáticos, no sólo para que el aprendizaje sea más significativo, sino también para que entiendan la escuela como un espacio de desarrollo de su propia identidad. Además, la educación mediática puede servir de nexo entre otros enfoques fundamentales que incluyen temas como la democracia, los derechos humanos, la ciudadanía y sus diversas incidencias en los entornos online y físico.

Estas reflexiones en edad escolar también son poderosas para provocar el debate entre los estudiantes y las personas de su entorno que se están quedando atrás en la educación digital. La alfabetización mediática puede ser un pretexto interesante para educar, para la ciudadanía y la paz, promoviendo conversaciones entre personas con diferentes roles en la comunidad escolar, pero que comparten preocupaciones y responsabilidades comunes.

Es fundamental reflexionar sobre cómo ampliar los espacios de participación escolar a la vida cotidiana en el aula, no restringiendo esta experiencia democrática a pequeños grupos de alumnos que participan en el consejo de estudiantes o en el periódico escolar. Estos espacios deben inspirar la apertura de otros innumerables que garanticen a todos los alumnos el derecho a pertenecer y expresarse en este lugar.

*Este texto forma parte del proyecto (Re)connecting: bringing people together to overcome violence in schools, del Instituto Aurora, con el apoyo institucional de L21.

Bruno Ferreira. Asesor pedagógico de EducaMídia, el programa de educación mediática del Instituto Palavra Aberta. Periodista y profesor, máster en Ciencias de la Comunicación y especializado en Educomunicación por la ECA/USP.

Ester Athanásio. Consultora del Instituto Aurora, periodista, máster en Comunicación y doctoranda en Políticas Públicas por la UFPR.

26 de octubre: el 18 brumario salvadoreño

26 de octubre: el presidente salvadoreño es derrocado por un golpe de Estado. Corre el año 1960; el presidente depuesto es José María Lemus. Mismo día, sesenta y tres años después: el presidente salvadoreño registra su candidatura presidencial pese a que la Constitución excluye la reelección. Se ampara para ello en una sentencia de la Sala de lo Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, cuyos jueces han sido elegidos en un proceso irregular en el Congreso a instancias del primer mandatario: Nayib Bukele.

Dos eventos tan dispares como el de 1960 y el de 2023 suelen ser colocados en la misma pista: la que conduce de la democracia a la autocracia. Sin embargo, se trata de procesos políticos radicalmente distintos. Confundirlos reduce el complejísimo mecanismo de relojería de la política a una clepsamia: la arena se encuentra en el receptáculo superior –democracia– o en el inferior –autocracia–; no hay más análisis posible. Sin embargo, los contrastes entre 1960 y 2023 ayudan a dilucidar lo que está ocurriendo en El Salvador ahora mismo, y la imagen que se desvela es ciertamente más compleja e interesante.

Comencemos desarmando dos mitos acerca de la democracia. El primero es que había llegado para quedarse indefinidamente, y que su degradación es una anomalía, un proceso contra natura. Nada más lejos de la realidad: hace dos mil años Polibio dejó asentado que los regímenes rectos tienden a degenerar con el paso del tiempo. No solo la democracia, pero también la democracia.

El segundo mito es que cuando se desvanece la democracia, su lugar es indeclinablemente ocupado por la autocracia. El propio Polibio lo desmiente: la democracia tiende a degenerar en demagogia, esto es, el gobierno desviado de la mayoría. Naturalmente, lo que propone el griego es un esquema general, no una enciclopedia exhaustiva de los quiebres democráticos. Pero nos pone, como mínimo, sobre una pista de gran interés: al contrario de lo que leemos día tras día, no todo lo que no es democracia es autocracia.

Volvamos al 26 de octubre de 1960. Lo que había en El Salvador hasta el día anterior no era estrictamente una democracia: era un régimen mixto. Ya puede el lector adivinar qué pensador griego se ocupó de definir tales regímenes. Mixto: combinación de monarquía, aristocracia y democracia. En la Roma en que vivía Polibio, ello se materializaba en un gobierno formado por dos cónsules (componente monárquico), un senado (factor aristocrático) y los tribunos de la plebe (elemento democrático).

Las repúblicas latinoamericanas recién independizadas tomaron el ideal romano y lo adaptaron al modelo presidencial estadounidense: presidente (monarquía), cámara alta (aristocracia), cámara baja (democracia). Es aproximadamente el mismo esquema que rige en la actualidad en prácticamente toda la región, aunque no tengamos constantemente presente su origen.

En El Salvador de José María Lemus existía una configuración similar. Simplificando mucho, se podría identificar al presidente (o al gobierno en conjunto) con el componente monárquico y a la cámara baja como factor democrático. A falta de Senado, el elemento aristocrático estaría constituido por diversas corporaciones, que hoy identificaríamos con los “poderes fácticos”, los pesos y contrapesos institucionales dentro del Estado, etc.

Lo que ocurre durante un golpe de Estado militar como el de 1960 es que el presidente constitucional es apartado por una junta militar. En términos de Polibio, el componente monárquico es desplazado por su correspondiente desviado: la tiranía (el gobierno desviado de uno solo o de un núcleo muy pequeño). Y el elemento democrático es eliminado: desaparecen los representantes votados por el pueblo.

A medida que diseccionamos el expediente de 1960 se va haciendo la luz sobre el de 2023 y van emergiendo las diferencias entre los dos. Cuando Bukele decide presentarse a unas elecciones que le están vedadas por la Constitución, no ataca directamente la democracia. Erosiona el Estado de Derecho, es decir, la sujeción del poder a las leyes. Diría Polibio que Bukele degrada el componente monárquico y lo transforma en tiránico. Pero la democracia sigue en pie, en tanto las elecciones de 2024 sean limpias y le permitan a la ciudadanía mantener al actual presidente en el poder o expulsarlo.

Ahora bien, si la mayoría ciudadana vota a un candidato que abiertamente se salta la ley, que manipula la Corte Suprema para que avale su deriva anticonstitucional, ¿seguiremos localizando el problema en el propio Bukele? ¿Continuaremos situándolo en el componente monárquico/tiránico? Sería un grave error. Para eso es tan útil y necesario recuperar a Polibio: para comprender que en el caso de El Salvador hay un fusible llamado democracia, que permite al pueblo eyectar del poder a un gobernante tiránico. Y si la ciudadanía, al contrario de eyectarlo, lo legitima, entonces lo que habrá ocurrido será la degradación de la democracia en demagogia –no en autocracia–.

Para finalizar, un matiz relevante. Una de las acusaciones que recaen sobre Bukele es la persecución de la prensa independiente. Y uno de los factores imprescindibles para que las elecciones sean limpias es que la ciudadanía disponga de información diversa y lo más completa posible. A este respecto sí se podría afirmar, de ser ciertas las denuncias, que Bukele retuerce el aparato respiratorio de la democracia. Y ante el desmayo democrático, se disuelve el régimen mixto y el poder queda reconcentrado en el tirano.

Argentina: el ‘ballotage’ de hierro

El 19 de noviembre la Argentina elegirá presidente en un proceso de doble vuelta (ballotage) entre el candidato devenido del actual gobierno, Sergio Massa -Unión por la Patria-, y el outsider Javier Milei, creador del partido libertario La Libertad Avanza. Ambos llegaron a esta instancia de manera sorpresiva: Javier Milei como ganador de las Primarias Abiertas (PASO) de agosto, en donde Massa quedó tercero, y Sergio Massa luego de la primera vuelta de octubre donde se recuperó y quedó primero, desplazando a Milei al segundo lugar y dejando afuera de la contienda a la previamente favorita, Patricia Bullrich, del macrista Juntos por el Cambio.

Sergio Massa es un político ambicioso que viene escalando hace años en la política argentina y al que alguna parte del electorado y alguna prensa tilda de oportunista. En esta escalada, y desde su puesto de ministro de Economía a pesar de no ser economista, realizó una campaña basándose principalmente en dos cuestiones: por un lado despegándose del kirchnerismo, básicamente de Cristina Kirchner, por el alto rechazo que tiene en el electorado, y, por otro lado, con decisiones económicas que claramente pueden ser tildadas de “distribución de recursos para ganar votos” (en los medios se lo denomina “Plan Platita”).

Javier Milei representa ese fenómeno nuevo, al menos nuevo en convertirse en un jugador competitivo, de la política global, denominado libertarismo. Los denominadores comunes del libertarismo lo constituyen básicamente un ultraliberalismo económico, un individualismo extremo y, sobre todo, una reacción furiosa a las reivindicaciones de las nuevas izquierdas: género, diversidad sexual, multiculturalismo, ambientalismo.

Es decir, el ballotage en la Argentina ya no transcurrirá en el clásico enfrentamiento entre peronismo y antiperonismo, o entre kirchnerismo y antikirchnerismo. Se enfrentan dos especies nuevas, sobre todo la de Milei.

La guerra de encuestas, una guerra que no es una competencia por la veracidad sino signada por el cálculo político, muestra una paridad permanente, algo lógico en un ballotage. El sentido social más extendido piensa, intuye, que una victoria de Milei es casi imposible, pues constituye un salto al vacío que evitará que, más allá de simpatías, afinidades o hartazgo, una parte del electorado termine votando por el mal menor, que es Massa, el cual, cabe señalar, es objeto de desconfianza por ajenos, pero también en parte de los propios. El mismo Máximo Kirchner dicen que ha dicho: “Massa nos va a cagar”.

En lo que coinciden muchos estudios de opinión es en que el voto a Milei es mayoritario, no desproporcionadamente pero sí en forma clara, entre los hombres más que en las mujeres. Y añaden este dato, que por sí mismo es una fuente de análisis sociológico y político, de que entre las preferencias masculinas por el voto a Milei destaca claramente las diferencias etarias: los más jóvenes (más o menos hasta 35 años) se inclinan mayoritariamente por Milei.

Javier Milei es el outsider que plantea no una antipolítica sino una política donde hay que eliminar todo lo que, entiende, traba las fuerzas individuales, y por ende productivas, del país hace un siglo. Por su parte, Sergio Massa se hizo elegir ministro de Economía en el peor momento económico del país en las últimas dos décadas solo para transformarse en el centro de un gobierno exhausto y debilitado. A pesar de que los indicadores económicos y socioeconómicos empeoraron drásticamente en este último año, efectivamente Massa es la figura central del oficialismo para esta elección.

Massa lleva adelante la campaña del ballotage sabiendo que no tiene resultados políticos para ofrecer y, asesorado en esta parte de la campaña por los exconsultores de Lula, haciendo gala de un discurso mesurado, esperanzador, de cambio (del interior del oficialismo, lo que es decir del kirchnerismo), y convocando a un gobierno de unidad, es decir, compuesto por personas de distintas vertientes políticas.

Milei, que es el emergente del enojo y la furia de quienes no solo están en una mala situación actual sino que carecen de expectativas de futuro -de ahí el voto predominantemente joven a él-, encara este ballotage bajando los niveles de gritos y agresiones de la campaña de la elección de octubre, manteniendo sus posturas centrales y convocando a ampliar su electorado a partir de su alianza con el expresidente Mauricio Macri, alianza forjada por el mismo Macri y que, se supone, puede atraer una porción grande del voto a Juntos por el Cambio de octubre.

Un ballotage, una elección presidencial, de hierro. Uno es el candidato “que quedó”, es decir, ni buscado ni querido por el espacio político que representa, al cual, diez años atrás, Massa denostó y llamó “corruptos y ñoquis” (término este último que refiere a un empleo estatal ficticio pero con salario para militantes políticos propios).

El otro es un emergente del enojo, sin estructura política ni partido propio, con un personal variopinto desde el cual surgen algunas declaraciones y propósitos entre surrealistas y generadores de temor. La Argentina, en crisis económica y social, encontró de manera casi desmedida su crisis política.

Uruguay no es una isla

Uruguay vive la principal crisis política desde la restauración de la democracia en 1985, y el desencadenante es tan escandaloso que para el sereno y ordenado país suena casi que a ficción. De momento han renunciado dos de los principales ministros del gobierno, dos subsecretarios y el principal asesor del presidente. Con esto, sin embargo, no se finiquita el tema, como ha intentado el mandatario, sino que comienza un largo camino legal que puede llevar al país a vaya a saber dónde.

La bomba detonó con la difusión de audios en los que el ahora ex canciller le sugería a su subsecretaría que perdiera su teléfono para ocultar a la fiscalía sus comunicaciones con el subsecretario del ministerio del Interior. Y es que la información guardada en el teléfono demostraba que todos los jerarcas vinculados a la entrega exprés del pasaporte al narco uruguayo Sebastián Marset, detenido en Dubái, sabían de quién se trataba.

A pesar de ello, las autoridades uruguayas entregaron el documento en un tiempo récord. Esto no permitió al gobierno de Paraguay, quien estaba tramitando la orden de captura internacional entre otras causas por el asesinato del principal fiscal antimafia paraguayo en Colombia, emitir la orden a tiempo. Y así, el narco, con su flamante pasaporte, pudo abandonar Emiratos Árabes y esfumarse en la clandestinidad.

El enorme impacto del audio es que desmanteló el principal argumento que los jerarcas involucrados venían manejando hace más de un año para justificar la entrega del pasaporte. El 22 de agosto de 2022, mientras eran interpelados por la oposición por la emisión del documento, el entonces canciller afirmó ante el Parlamento que, en noviembre de 2021, cuando se entregó el pasaporte, “nadie sabía quién era Marset”.

Con los audios se hicieron públicas también las comunicaciones en las que el subsecretario del Ministerio Interior le comentaba por WhatsApp a la ex subsecretaria de Cancillería que se trataba de “un narco peligroso y pesado y sería terrible que quedara libre”. Además, en declaración ante fiscalía, la ex vicecanciller afirmó que el principal asesor del presidente le dijo que destruyó el informe con las comunicaciones entre los jerarcas, un documento que era parte de un expediente de cancillería, a pesar de que el primer mandatario lo haya negado ante la prensa.

Cuando estalló el escándalo, el presidente se encontraba de gira por Estados Unidos. El canciller renunció inmediatamente y ni bien el mandatario puso un pie en el país, aceptó la renuncia de los otros tres jerarcas. En la ansiada conferencia de prensa del presidente, que el país llevaba 3 días esperando y que duró 16 minutos, incluidas las respuestas a las únicas 4 preguntas que se permitió realizar a la prensa, Lacalle Pou, en lugar de aclarar las dudas, concluyó que el caso estaba en manos de la justicia pero que el pasaporte había sido emitido legalmente.

Tras la desarticulación del argumento de que nadie sabía quién era el narco, la idea de que el pasaporte fue emitido correctamente pasó a ser la principal narrativa para justificar su entrega. Y con el pasar de las horas, uno a uno los líderes de los diferentes partidos de la coalición oficialista, que en un inicio habían mostrado preocupación y, en algún caso, evidente malestar con los audios, fueron abrazando este nuevo argumento que se ha convertido en el escudo del gobierno.

Según el presidente, el gobierno no tenía otra salida que entregar el pasaporte de acuerdo a la normativa activada durante la administración de José Mujica. Sin embargo, si bien esta normativa permitía emitir el documento, el decreto también establecía alternativas. Una de ellas, por ejemplo, es que en lugar de emitir el pasaporte se enviara un documento que permitiera al ciudadano realizar un viaje de regreso a Uruguay. Otra alternativa es que ante casos excepcionales –evidentemente este era uno de ellos– la entrega quede a discrecionalidad de las autoridades.

Por lo tanto, a diferencia de lo que afirma el presidente Lacalle Pou, el gobierno no “tenía” que emitir el pasaporte, “podía” emitirlo, y eso hizo a sabiendas de que se lo estaba entregando a “un narco peligroso y pesado”, según el propio ex subsecretaria del Ministerio del Interior.

Los hechos son dramáticos, pero hay más. La reunión para definir si presentar o no las comunicaciones en la interpelación fue convocada por el propio presidente a través de su asesor. Y la indicación fue que los convocados ingresaran a la Torre Ejecutiva por el garaje del edificio. El encuentro se realizó a metros del despacho del presidente. Y este incluso estuvo presente, aunque no está claro si pasó dos, cinco o diez minutos.

Aún hay muchas cosas que no han sido explicadas en este complicado y delicado asunto. Si no hubo ilegalidad, ¿por qué algunos de los principales jerarcas del gobierno, tres de ellos amigos personales del presidente, se enredaron en tantas contradicciones llegando a destruir información? Como dice el presidente, el tema está en manos de la justicia.

Pero a falta de esclarecimiento y teniendo en cuenta que estamos hablando de un peligroso y poderoso narcotraficante, las dudas sobre si esto es el reflejo de un acto de corrupción o, peor aún, de infiltramiento del narcotráfico en el Estado uruguayo, no parecen injustificadas. Sobre todo, teniendo en cuenta que ya antes del actual gobierno han ido surgiendo casos sospechosos de vínculos entre el narcotráfico y funcionarios del Estado.

A pesar de todo, la gobernabilidad del país, de momento, no está en juego. A un año de las próximas elecciones, los socios de la coalición han decidido cerrar filas detrás del presidente y la oposición ha optado, hasta ahora, por la moderación. La idea de un juicio político al presidente apenas se menciona y todos parecen coincidir en que será la justicia quien dirima.

Este escándalo, si bien es el más grave, no es el primero del gobierno. Para dimensionar el asunto, en lo que va de gestión han renunciado o han sido removidos 15 ministros y 7 por mala gestión, el mayor recambio por cuestionamientos desde el retorno a la democracia. Además, han sido sustituidos subsecretarios y numerosos cargos técnicos, entre ellos toda la cúpula de la policía.

Pero es el caso que se centra en el ex jefe de seguridad del presidente, el caso Astesiano, acusado, entre otras cosas, de gestionar pasaportes uruguayos a ciudadanos rusos con documentos de identidad falsos, y que también se encuentra en la justicia, el que hasta ahora vinculaba al presidente, de una u otra manera, a más escándalos. Entre ellos, el delito de abuso de funciones en la utilización de canales oficiales para averiguar el destino de un viaje de su propia esposa luego de haberse separado.

Esta sucesión de hechos ha llevado al oficialismo a desarrollar otro argumento, el de las malas compañías. Una idea en forma de coraza que busca blindar al presidente de su entorno, culpabilizando únicamente a los involucrados directos en las escuchas y mensajes en los diferentes casos. A esta altura, sin embargo, ya se hace difícil creer que el mandatario está rodeado y parece más bien ser el mismo centro de la cuestión. Pero esto lo decidirá la justicia. Lo que sí está claro es que por más sereno y ordenado, Uruguay no es una isla.

Caminos hacia un hidrógeno verde más competitivo

Considerado uno de los pilares de la transición energética del planeta, el hidrógeno verde encuentra en Brasil un terreno fértil para su desarrollo. Dotado de una matriz eléctrica compuesta mayoritariamente por fuentes renovables, Brasil está naturalmente preparado para convertirse en uno de los principales centros de producción de la nueva fuente de energía y en uno de los principales proveedores mundiales de un mercado ávido de fuentes de energía sostenibles. Pero a pesar de sus ventajas naturales, el país se enfrenta a un buen número de retos que habrá que superar para que esta vocación se haga realidad.

El hidrógeno verde es la máxima estrella, desde el punto de vista de la sostenibilidad, en la acuarela de este codiciado combustible, en la que cada color corresponde a la ruta tecnológica utilizada para producirlo. La expectativa es que los proyectos ya anunciados para la producción de hidrógeno con bajas emisiones de carbono puedan generar inversiones de unos 350.000 millones de dólares hasta 2030. En el mismo período, según cálculos de Thymos Energia, Brasil invertirá cerca de 28.000 millones de dólares.

La demanda también es prometedora. En 2022, se consumirán 95 millones de toneladas de hidrógeno en el mundo, considerando todas sus aplicaciones, con fuerte enfoque en el segmento industrial, principalmente en la industria química y en la producción siderúrgica. La principal fuente de energía utilizada en la producción fue el gas natural, con el 62% del total, seguido del carbón (21%) y el petróleo y la nafta (16%). Sólo el 1% del hidrógeno consumido el año pasado se produjo a partir de combustibles fósiles con CCUS.

Con una matriz eléctrica que utiliza el 89,2% de fuentes renovables, según el Balance Energético Nacional (BEN 2023), Brasil ofrece un escenario favorable para hacer del hidrógeno una alternativa aún más limpia. Este es un contrapunto a la matriz eléctrica mundial, compuesta por sólo el 28,6% de fuentes renovables. Con el auge de la energía eólica y solar en el país, se espera que esta ventaja comparativa respecto a otros países aumente.  

Convertir el potencial en proyectos, sin embargo, requiere superar algunos retos importantes. Los costes que implica la producción de hidrógeno verde son uno de ellos. Según la literatura internacional, para que la fuente de energía sea utilizada a gran escala, tendría que costar 2 dólares por kilo, un objetivo desafiante incluso para países afortunados en fuentes renovables, como Brasil.

Para alcanzar este nivel, sería necesario reducir dos partidas importantes de la hoja de cálculo de costes: los gastos de electricidad, que representan por término medio el 50% de los costes de producción de hidrógeno, y los gastos de utilización del electrolizador, el equipo utilizado para electrolizar el agua, proceso en el que se descompone la molécula de hidrógeno. En el caso de los costes del electrolizador, la reducción necesaria sería del 75%; en el de la electricidad, del 50%.

Una forma podría ser optimizar las horas de uso del hidrolizador. Dado que la energía más barata sólo está disponible durante unas horas al día, suele haber una baja utilización del equipo, lo que aumenta los costes de producción de hidrógeno. Si el electrolizador funciona durante más tiempo, aunque se produzca un aumento de los costes de electricidad, puede producirse un descenso de los costes de producción hasta un nivel ideal de unas 3.000 a 6.000 horas equivalentes de carga completa para una unidad de hidrógeno. Aun así, incluso si se alcanza la media de 2 dólares por kilo en la producción mundial, los costes añadidos de almacenamiento y transporte de hidrógeno supondrían una factura de unos 3,50 dólares por kilo.

Otros retos para el desarrollo del hidrógeno verde en el país, como en el resto del mundo, son la falta de infraestructuras dedicadas, las pérdidas de energía y la ausencia de una estructura de mercado. Actualmente, el hidrógeno se produce cerca de los puntos de consumo, ya que la red de transporte es aún bastante pequeña. Hay unos 5.000 kilómetros de tuberías de hidrógeno en el planeta, una red mucho más pequeña que los 3 millones de kilómetros de tuberías utilizadas para transportar gas natural.

También hay importantes pérdidas de energía a lo largo de la cadena de valor del hidrógeno verde. En la electrólisis, las pérdidas oscilan entre el 30% y el 35%, y en la conversión del hidrógeno verde en amoníaco, entre el 13% y el 25%. Además, se necesita entre un 10% y un 12% de energía adicional para transportar el hidrógeno.

Para que un mercado tan importante y prometedor se consolide, es esencial invertir en estructura, investigación y estudios para optimizarlo y hacerlo más competitivo, así como un estudio más profundo de los consumidores potenciales y las formas en que la energía puede llegar a ellos. Otro reto es incluir el uso final total de la energía en las estadísticas oficiales para que la tarificación sea realista. Aún quedan muchos pasos por dar para que las inversiones se materialicen, y es necesario planteárselos cuanto antes para que Brasil se convierta en uno de los protagonistas de esta industria.

Elecciones argentinas: cancha inclinada y limitaciones a la auditoría ciudadana

El pasado 22 de octubre se celebraron las elecciones generales de Argentina. El ambiente general fue de tranquilidad y civilidad, sin incidentes importantes que lamentar. Los primeros resultados se anunciaron antes de la hora prevista (22:30 h), dado que ya se evidenciaba una tendencia clara. Desde 2019, cuando se automatizó la transmisión de los telegramas desde los centros de votación, la carga es ágil y bastante homogénea. 

La mayoría de los análisis fueron sobre la derrota (¿y desaparición?) de Juntos por el Cambio, el impresionante performance del candidato oficialista (sumando 3 millones de votos), y, sobre todo, sobre la posibilidad de que Javier Milei llegue a la presidencia.

Sin embargo, nos gustaría ofrecer otra perspectiva: la de la integridad de las elecciones y la capacidad por parte de la ciudadanía de auditarlas. Si bien índices internacionales, como por ejemplo el de la Unidad de Inteligencia de The Economist, clasifica a la Argentina como una democracia imperfecta, y a sus elecciones nacionales las valora positivamente, existe todo un abanico de malas prácticas que se dan constantemente y que se han naturalizado.

Estas son especialmente determinantes en las elecciones subnacionales, en las que podemos encontrar reelecciones indefinidas, ley de lemas, acoples, uso de los recursos del Estado a favor del oficialismo, entrega de mercadería o acarreo de votantes. Cada una de estas herramientas forman parte del toolbox de las elecciones amañadas y han servido para que los oficialismos se perpetúen en el poder, ya sea a través del mismo partido o de los mismos gobernantes (Formosa) o sus familiares (Santiago del Estero, San Luis, Santa Cruz).

A nivel de las elecciones nacionales, el marco legal no prevé lemas o reelecciones indefinidas, aunque sí existen limitaciones legales que afectan a la capacidad de la ciudadanía de auditar el proceso.

Por ejemplo, en Argentina no existe la figura de observación electoral (nacional o internacional). Sí está prevista una mucho más limitada, el acompañamiento cívico, pero no tiene rango de ley, de manera que no hay garantías para que se cumpla. Por ejemplo, Transparencia Electoral intentó acreditar en las PASO y las generales una misión de acompañamiento cívico. En la primera ocasión, la solicitud fue denegada por la Cámara Nacional Electoral. En la segunda, ni siquiera fue respondida.

En cuanto a las condiciones de competencia electoral, se evidenció un escenario de cancha inclinada, con el oficialismo haciendo uso indiscriminado de los recursos del Estado a favor de su candidato, Sergio Massa, que, aunque es ministro de Economía, ha monopolizado la presencia mediática gubernamental haciendo anuncios no solo económicos sino de infraestructura, deportivos, turísticos, fungiendo como un ministro plenipotenciario. 

En este apartado también entran temas como la cobertura sesgada de la Televisión Pública durante la campaña electoral, en la que los segmentos dedicados a las fuerzas opositoras Juntos por el Cambio (JxC) y La Libertad Avanza (LLA) fueron mayoritariamente negativos; el reparto discrecional de bonos para la administración pública nacional y los privados, bonos para empleados públicos de algunas provincias (i.e.: Santiago del Estero), el reparto de dádivas y electrodomésticos a nivel local, y, más recientemente, el uso de instituciones y espacios públicos administrados por el Estado Nacional para hacer actividad proselitista, como es el caso de la campaña sobre subsidios del pasaje del tren.

Al no apartarse de su condición de ministro de Economía, el candidato de la coalición oficialista (Unión por la Patria -UxP-), Sergio Massa, hizo uso de sus atribuciones y de las de otros ministerios para llevar a cabo actos oficiales que califican como actos de campaña. Destaca el anuncio del Mundial 2030 en Argentina, en el que acompañó al presidente de la federación argentina de fútbol (AFA) y al ministro de Turismo; la quita de planes sociales a quienes hayan participado de los saqueos de fines de agosto, y el anuncio de obras públicas, como el de la planta de pretratamiento del Sistema Riachuelo.

Debido a estas cuestiones, junto con las debilidades propias de la boleta partidaria, las dádivas, el acarreo de votantes, la falta de medidas para garantizar la participación de los/as argentinos/as residentes en el exterior, podemos concluir de que se trató de un proceso electoral con un gran margen de mejora.

Urge que los partidos políticos y la sociedad civil organizada trabajen para consensuar reformas al Código Nacional Electoral que fortalezcan la calidad de las elecciones y mejoren la integridad y competitividad.   

Jesús Delgado Valery. Director Ejecutivo de Transparencia Electoral. 

El gran consenso

De entre las muchas definiciones de carácter lapidario que conozco del término política, la que establece que es “la gestión del conflicto” es mi favorita. Cuatro palabras que resumen el sentir de una actividad humana por excelencia cuyo análisis da pie a un elevado número de volúmenes y cuyo estudio configura carreras universitarias de duración diferente. El conflicto como un escenario en el que el miedo desempeña un papel trascendental y la gestión como un conjunto de artes en el complejo proceso de toma de decisiones en el seno de una colectividad.

Sin embargo, hay una versión más benévola y cargada de notables dosis de optimismo que pone el acento en el establecimiento de marcos de entendimiento y de negociación. En ella lo que predomina es la búsqueda de consensos en el comportamiento de los individuos bien sea por la existencia de un clima de confianza mutua o por el establecimiento de reglas que propicien un determinado nivel de convivencia. El capital social e instituciones marcadas por un reconocimiento ampliamente extendido constituyen los resortes en que se basa su desarrollo.

En cierta manera estos dos factores pueden también encontrarse en el primer escenario con independencia de la ausencia de una visión “buenista” del problema. Pero frente al subrayado de lo conflictivo, lo consensual gozaría de una mayor dosis de fervor. Así, gobernar mediante el consenso estaría siempre más valorado que el gobierno del conflicto, pues este, además, supondría una caída en la polarización siempre repudiada.

En las últimas fechas, la ausencia del consenso ha sido el mantra más repetido a la hora de enjuiciar el documento entregado al presidente Gabriel Boric por el Consejo Constitucional encargado de la elaboración del proyecto de Constitución que será sometido a plebiscito el próximo 17 de diciembre. Ricardo Lagos, en declaraciones al diario El País del 4 de noviembre, advertía al respecto que “(se) nos entrega un texto partisano, sin ninguna posibilidad de representar a la Nación como un todo”. La política del consenso que tenía una loable reivindicación para marcar un futuro promisorio en torno a una pretendida comunidad homogénea y puesta de acuerdo en lineamientos básicos de su quehacer inmediato se veía defraudada.

Después de una tarea que se ha extendido de modo prácticamente ininterrumpido durante cuatro años, la vía constituyente chilena va camino de una conclusión estéril. El probable voto negativo echará por tierra miles de horas dedicadas al mismo por parte de activistas, clase política, analistas –de opinión y de la academia– y una ciudadanía participante en consultas y en procesos electorales. Gente comprometida con lo que individualmente estiman que es lo mejor para el país, bienintencionada (o no) y dotada de un mayor o menor conocimiento. El triunfo del voto afirmativo no mejoraría las cosas. En fin, un esfuerzo en pro de un consenso vano enterrado por, dicen algunos, la irracionalidad del conflicto siempre presente.

Las razones y la casuística de lo acontecido han sido, están, y lo seguirán siendo, objeto de documentados análisis, pero de momento parecieran desprenderse tres grandes cuestiones que ameritan considerarse por las implicaciones que pudieran tener para confrontar situaciones similares en los países del vecindario. Algo relevante si además no se deja de tener en cuenta la circunstancia de que el nivel de la democracia de Chile sitúa al país entre los tres más destacados de América Latina de acuerdo con cualquiera de los índices al uso. El carácter sistémico de estos asuntos anima a su consideración de manera integrada.

Las reformas a la totalidad que pretenden implementar, como es en este caso, un nuevo orden constitucional, chocan diametralmente con aquellas que se pueden llevar a cabo de manera paulatina. El gradualismo es un procedimiento “de dos pasos adelante y uno atrás” que al adecuar las decisiones tanto en el tiempo como en los temas permite avances substantivos a largo plazo. Por el contrario, el maximalismo basado en “el todo o nada” supuestamente permite en su límite “asaltar el cielo”, pero con frecuencia conlleva atropello y vaciamiento del proceso que concluye siendo el de una parte de la sociedad. La confusión generada por el reclamo urgente hace dos décadas de la afamada “construcción de hegemonía” sigue cobrándose sus dividendos.

En segundo lugar, el siglo XXI viene asentado sobre una modernidad líquida, en los términos de Zygmunt Bauman. Una situación que se fue potenciando por la revolución digital en clave de un individualismo muy agudo y la proliferación de identidades múltiples, cambiantes y superponibles que hacen muy difícil la articulación de proyectos colectivos unidimensionales. Si siempre la nación fue una construcción artificiosa, sin duda bastante exitosa hasta cierto momento, hoy resulta una quimera. De esta forma, pretender expresar la presumida voluntad de la nación como un todo en un único proceso, aunque este vea sus pasos articulados por mecanismos que en otros momentos funcionaron, significa ignorar los cambios exponenciales registrados en la sociedad en los últimos años.

Por último, como viene señalando Mariano Torcal en sus más recientes trabajos, la polarización afectiva se enseñorea hoy del panorama político de forma generalizada siendo el epítome que asola por excelencia a las democracias actuales. Entendida como la tendencia a ver negativamente a los partidarios opuestos y positivamente a los copartidarios, supone la entrada en la política de las emociones en un mundo extremadamente fragmentado y singularizado. La polarización afectiva expandida por doquier conlleva que la pretensión de establecer el gran consenso refundador de un nuevo orden político encuentra una traba cuya confrontación requiere, en la línea del apartado anterior, plantear nuevos mecanismos de acción. Me temo que los procesos constituyentes como los conocimos hasta hace poco son asuntos definitivamente del pasado y estimo que el momento actual demanda conceptos novedosos y estrategias innovadoras donde el señuelo del consenso encuentre su reemplazo. Mientras tanto no queda más remedio que lidiar con el conflicto gestado en tantas direcciones como hay individuos supuestamente empoderados por su celular.

El nuevo menú de la manipulación electoral

En la última semana de octubre de 2023 el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua se apoderó del Poder Judicial por la vía policial. Se desalojó a su presidenta Alba Ramos y a la magistrada Yadira Centeno, y se apresó a otros funcionarios. Esta acción fue una más para apoderarse de instituciones clave del Estado, como sucedió con el Tribunal Electoral, el ministerio de Relaciones Exteriores, la Policía y el Ministerio Público. Pero el fin de la separación de poderes y la concentración en una sola persona inició cuando en 2011 Ortega volvió a reelegirse violando la Constitución e inaugurando una nueva era autoritaria en ese país. 

A diferencia de lo que sucedió en el siglo XX, cuando las débiles democracias latinoamericanas sucumbieron ante golpes de estado de coaliciones de gobierno formados por militares y sectores reaccionarios, muchas veces apoyados por agentes externos, en el siglo XXI las democracias latinoamericanas se erosionan desde dentro. Dicha erosión es impulsada por una ciudadanía insatisfecha y por liderazgos políticos con baja lealtad democrática, pero no deriva de una confrontación ideológica, ni de la intervención de los militares como actores centrales, y no existe una clara la influencia de agentes externos. En Latinoamérica impera la máxima de “sin elecciones no hay democracia”, empero, parecen ser insuficientes, pues, según los datos del Latinobarómetro para el 2023, el apoyo a la democracia ha caído a niveles menores al 50%, un porcentaje nunca antes registrado, con mayor incidencia en 12 países como Costa Rica, México, Chile y Uruguay. Consecuentemente, la indiferencia a tener un gobierno democrático o no, ha aumentado, y en casos como México, Guatemala y República Dominicana preocupa que el apoyo al autoritarismo haya crecido significativamente.

Para evitar la continua erosión de la democracia es importante ubicar los procesos políticos que la preceden. En 2002 Andreas Schedler identificó el “menú de la manipulación electoral” en los regímenes autoritarios que usaban las elecciones para legitimarse. Las estrategias eran: a) limitar los cargos a elegir y sustraer de las elecciones los cargos neurálgicos; b) la exclusión de las elecciones de candidatos opositores potencialmente peligrosos para el régimen; c) limitar las opciones para la ciudadanía, d) la privación informal del derecho al voto; d) la coacción del voto; e) el uso abierto del fraude electoral y/o la introducción de mecanismos que sesgaran los resultados a través del desempeño de las autoridades electorales y f) la tutela de los representantes electos, es decir, reducir su poder al papel. Schedler observaba los casos en el contexto de tercera ola de la democratización. Allí los gobernantes autócratas conservaban una buena parte del control de las instituciones del Estado, y en muchos casos estas estrategias fueron superadas por las prácticas democráticas. Pocos años después, en 2010, nuevamente Schedler identificó que había regímenes autoritarios que “aceptaban” las instituciones liberal-representativas al grado que parecían democracias liberales pero que se especializaban en su manipulación: restringían y neutralizaban sus acciones, controlaban los procesos de designación, promovían su fragmentación y la descoordinación entre instituciones de control y limitaban sus redes de apoyo, así como sus recursos.

En el siglo XXI, los casos de El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Venezuela, y en menor medida, mas no por ello menos preocupante, Bolivia y México, han abierto un nuevo menú de la manipulación electoral e institucional. Todo comienza con una marcada obsesión del presidente en turno por mantenerse en el poder, y dadas las restricciones -limitada a solo dos periodos o prohibida, según sea el caso- se ponen en marcha maniobras para modificar ilegítimamente las normas, donde se requiere la colusión de diversos actores individuales y colectivos, como el poder judicial, las autoridades electorales, y los partidos políticos mayoritarios en los congresos, y para lograrlo se degradan los poderes de control y la integridad electoral. 

Estas estrategias se presentan de manera diferente en cada caso pero se caracterizan por: a) el debilitamiento del poder judicial y de los órganos electorales, iniciando por la descalificación pública y el hostigamiento hacia sus miembros apoyados por medios pro-gubernamentales, las presiones se materializan con juicios de responsabilidad orillándolos a renunciar o destituyéndolos de manera ilegal; b) el uso ilegítimo de mayorías legislativas cuando las hay, o la presión abierta a los legisladores bajo congresos divididos, para distorsionar y/o modificar las leyes que regulan las elecciones y el funcionamiento de las instituciones de control alejándolas del espíritu que les dio origen; c) la cooptación y la captura del poder judicial y los órganos electorales, a través de modificaciones normativas alterando su funcionamiento, la afectación de sus presupuestos para reducir sus posibilidades de actuación, el aumento del número de miembros de las salas superiores, y finalmente el nombramiento de personas incondicionales con el fin de anular las decisiones que sean contrarias a los intereses del gobierno; todo sumado permite, d) la neutralización de las oposiciones, pues una vez que se logran los objetivos de eliminar los controles, se usan abiertamente para afectar a las candidaturas de la oposición en todos los niveles, para que en los resultados favorezcan por default al partido en el gobierno. En fases más intensas y avanzada, si las instituciones de control resisten los embates, se promueven profundas reformas legales para debilitarlos o desaparecerlos y sustituirlos por otros órganos con personas afines al régimen como sucedió en Venezuela y como sucede en Nicaragua. 

La novedad de ese este menú es que opera en países que se habían más o menos democratizado o que estaban en vías de hacerlo como El Salvador o Nicaragua, o que eran democracias más o menos funcionales, como el caso de Venezuela, donde las elecciones funcionaban de manera aceptable o cumplían con los estándares mínimos, existen o existían oposiciones fuertes y estructuradas dentro un sistema de partidos como en Guatemala, Bolivia y México. Las estrategias del menú son impulsadas por gobernantes emanados de elecciones libres y que ascendieron al poder con promesas de mejorar los déficits de la democracia, pero ya en el cargo se transformaron en autoritarios, y no se limitan a manipular las instituciones y las elecciones guardando las formas, sino que abiertamente usan estas vías para posicionar su influencia después de terminado su periodo como sucedió con Evo Morales o López Obrador, mantenerse en el poder como Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Nayib Bukele, o mantener sus privilegios como sucede con el sistema del “Pacto de corrupción” en Guatemala. Los menús aparecen y se amplían debido a la persistente debilidad estatal, economías con resultados precarios, y mientras no se solventen, pareciera que la región está condenada a los vaivenes entre autoritarismo y democracia.