Antifeminismos y populismos de derecha en América Latina

En los últimos años, América Latina ha sido testigo de importantes avances en materia de políticas de igualdad y de reconocimiento de la diversidad sexual, tal y como se evidencia en la aprobación de leyes contra el feminicidio, la despenalización de la interrupción del embarazo y el reconocimiento del matrimonio igualitario. La presencia de un potente movimiento feminista y LGTBIQ+, que ha hecho sentir su voz en las calles de Argentina, Chile, Colombia, México y Perú, ha transformado la agenda política y ha contribuido a acelerar el cambio cultural del conjunto de la región. Sin embargo, toda acción genera su reacción, y frente a iniciativas como la red #NiUnaMenos o la popularización de los pañuelos verdes, han surgido otros colectivos y contramovimientos que se caracterizan por su radical oposición al movimiento feminista.

Lo hemos visto en Brasil en 2017, cuando la reconocida filósofa posestructuralista judeo-estadounidense, Judith Butler, fue recibida en el centro cultural Sesc Pompéia de São Paulo al grito de “quememos a la bruja”, y su compañera Wendy Brown fue agredida por grupos de manifestantes, mientras las organizaciones fundamentalistas cristianas recogían 370.000 firmas en protesta a su visita. En Lima, a través de la campaña #ConMisHijosNoTeMetas que tenía por objetivo oponerse a la incorporación de la perspectiva de género en el currículo nacional. En Colombia, donde la supuesta “ideología de género” acabó galvanizando el debate del referéndum sobre los acuerdos de paz. Y en Argentina, con el surgimiento de los pañuelos celestes en oposición al movimiento por la despenalización del aborto.

Por lo tanto, si queremos conocer cómo el feminismo está cambiando la política y la sociedad latinoamericana, tenemos que analizar también cómo lo hace su contraparte, el antifeminismo, en una coyuntura política global marcada por el auge de los populismos de derecha radical como Donald Trump o Jair Bolsonaro.

La raíz religiosa

El populismo de derecha no es un movimiento meramente “conservador”, sino reactivo y reaccionario, en tanto surge por oposición a las demandas de los movimientos sociales, y su objetivo es movilizar la sociedad para lograr un cambio social en la dirección opuesta a la propugnada por las organizaciones progresistas. De hecho, las afinidades electivas entre el antifeminismo y los populismos de derecha no son casuales, tal y como evidencia el uso del antifeminismo como parte de la retórica electoral del fujimorismo, del uribismo y del bolsonarismo.

En América Latina, el antifeminismo surge de la alianza entre el neoconservadurismo católico, apoyado por su contraparte hispana, y las organizaciones integristas evangélicas que han recibido el apoyo de la nueva derecha cristiana estadounidense. Es un error pensar que el antifeminismo constituye una mera continuación de los estereotipos y discursos machistas y misóginos presentes en la región, aunque saque partido de ellos. Se trata de un movimiento nuevo de carácter mixto con participación de hombres y mujeres, y conectado internacionalmente.

Uno de los principales caballos de batalla del antifeminismo en América Latina ha sido su oposición a la denominada “ideología de género”. Este concepto fue acuñado por la ortodoxia vaticana para oponerse al reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos, en especial tras la Conferencia Internacional sobre población y desarrollo de El Cairo (1994) tras el giro conservador impuesto por el papado de Juan Pablo II.

No obstante, no fue sino hasta el bienio 2007-2008 cuando se traslada de las encíclicas a la calle, a partir de las protestas organizadas por la derecha católica contra la educación sexual y el matrimonio igualitario en Croacia y Austria, seguidas por las movilizaciones de 2012 en Francia y de 2013 en Italia contra la aprobación del matrimonio igualitario y la adopción por parejas del mismo sexo.

En América Latina, el término “ideología de género” ha sido importado desde Europa a través de las redes de organizaciones integristas cristianas, en especial, a través de la plataforma CitizenGo surgida en España en 2013 y actualmente próxima al partido de derecha populista Vox. De hecho, ha sido el capítulo latinoamericano de esta organización el que ha impulsado la campaña #ConMisHijosNoTeMetas y la ha extendido a diferentes países de América Latina.

Los nuevos populismos de derecha

Sin embargo, sería erróneo pensar que el antifeminismo se reduce a una mera defensa de los valores religiosos tradicionales frente a la ampliación de los derechos civiles, sexuales y reproductivos. El antifeminismo se ha convertido en una de las señas de identidad de las nuevas derechas populistas latinoamericanas, como se evidenció en los pasados comicios de Chile.

Igual que ha sucedido en Estados Unidos, el uso de la retórica antifeminista por parte de las formaciones populistas de derecha ha servido para desviar el debate acerca de la extrema desigualdad que afecta a la región. Para estas formaciones, el problema de América Latina no son las élites económicas que dilapidan los recursos naturales, sino la existencia de una supuesta “élite cultural” que englobaría el movimiento feminista, el movimiento LGTBIQ+ y, en algunos casos, el movimiento ecologista, y que tendría como objetivo imponer una agenda globalista contraria a los intereses populares.

De este modo, mediante la acentuación de discursos antirracionalistas y antiintelectualistas, así como a través de la difusión de posverdades, por ejemplo, la supuesta homosexualización de la infancia, las formaciones de derecha radical se han orientado a avivar los pánicos morales de ciertos sectores populares en los que los valores tradicionales se encuentran todavía arraigados.

Frente a esta situación, oponer feminismo a antifeminismo supone reforzar el marco de la batalla cultural propuesto por el populismo de derecha. De la misma manera, que oponer las políticas de identidad a políticas de redistribución tan solo puede servir para fracturar el campo progresista. En este sentido, la construcción de una respuesta a los desafíos que presenta la asociación entre antifeminismo y derecha populista debe depender de ahondar la alianza entre feminismo y lucha contra la desigualdad, tal y como viene propugnando gran parte del movimiento feminista indígena y afrodescendiente.

El feminismo también debe ser percibido como un motor de cambio material y de mejora de las condiciones de bienestar del conjunto de la población de América Latina.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

El triunfo de Petro, entre la ruptura y el realismo

En los últimos veinte años, con excepción del segundo período de Juan Manuel Santos, los colombianos eligieron presidentes afiliados al uribismo. Santos, que se describe a sí mismo como un seguidor de la Tercera Vía, de Giddens y Blair, interrumpió esa continuidad y de ahí resultó la culminación del proceso de paz con las FARC. No obstante, en muchos otros aspectos, como su política económica y sus alianzas con partidos fuertemente clientelistas, sus políticas fueron una continuación de las de la derecha uribista. La elección de Gustavo Petro, como nuevo presidente de Colombia, sí encarna, en cambio, un giro sustancial.

Se trata de un giro en varios sentidos. En primer lugar, frente al núcleo del proyecto uribista: su anticomunismo. El uribismo convenció a muchos ciudadanos de que las guerrillas eran la causa de todos los males del país y que, si no hubiera sido por el deus ex machina de la llegada providencial de Álvaro Uribe, el país hubiese caído en sus manos. La difuminación del límite entre la izquierda legal e ilegal fue una de las consecuencias de esta eficaz narrativa. Todo proyecto asociado a la izquierda, y toda forma de protesta, fueron interpretados como una continuación de la actuación guerrillera. El triunfo del Pacto Histórico, la alianza de fuerzas en torno a Gustavo Petro, marca por eso una ruptura frente a ese esquema de interpretación de la realidad, pues ahora será la izquierda legal, encabezada por un exguerrillero, la que gobierne.

La retórica del “castrochavismo” se agotó y la derecha colombiana, cuya única singularidad es la oferta de protección frente al multifacético fantasma del comunismo, no tiene mucho más que ofrecer. Por eso, Petro refresca el escenario ideológico con su discurso ambientalista, favorable a la paz, la solidaridad y a la inclusión de minorías. Si los cambios políticos no se agotan en los cambios de gobierno, sino en los cambios ideológicos que animan las instituciones políticas y sociales, y estructuran los juicios de millones de ciudadanos, el 19 de junio los colombianos presenciamos un momento significativo. Se tratará de la institucionalización de una nueva narrativa.  

En segundo lugar, los presidentes colombianos de las últimas dos décadas no solo han gobernado con el apoyo de coaliciones partidistas, sino también con el apoyo del “establecimiento”. Un establecimiento constituido por dirigentes de los partidos tradicionales que, como César Gaviria, ajustan bruscamente su discurso, siempre y cuando esto les reporte cuotas burocráticas. Constituido por poderosas familias, como los Char en la costa Caribe, que ejercen control político y, a veces, económico, sobre regiones enteras. Un establecimiento constituido por grandes grupos económicos, como el de Sarmiento Angulo, que son propietarios de los grandes medios de comunicación y, también, por unas Fuerzas Armadas premiadas, tras medio siglo de conflicto armado, con una tajada amplia del presupuesto nacional y una mirada esquiva o condescendiente frente a sus abusos y sus altos niveles de corrupción.

El triunfo del Pacto Histórico se logró, justamente, en contravía de la dirigencia de los partidos que apoyaron a Duque, Santos y a Uribe; de medios de comunicación cuya hostilidad generalizada hacia el candidato Petro se evidenció de manera grotesca durante toda la campaña; de los clanes regionales que, en esta ocasión, no lograron volcar masivamente sus votantes en la dirección deseada y de unas Fuerzas Armadas que, encabezadas por el comandante del Ejército nacional, general Eduardo Zapateiro, atacaron a Petro durante la campaña a pesar de la prohibición legal de participar en política. La victoria del Pacto es una victoria electoral, pero es, sobre todo, una victoria contra el conjunto del ‘establecimiento’.

En tercer lugar, el triunfo del Pacto Histórico suspende la naturalización de un modelo de desarrollo basado en la exportación de carbón y petróleo, y en los beneficios, tributarios y no tributarios, concedidos a los grandes grupos empresariales. Tal como lo ha señalado el profesor de Harvard, James Robinson, Colombia es un “mar de monopolios y carteles donde las conexiones políticas y las barreras de entrada son el camino para hacer grandes fortunas”. Exportar materias primas y proteger a los más ricos con el supuesto de que hacerlo es la única garantía para obtener mayores niveles de empleo y crecimiento ha sido la fórmula mágica que ha empleado una larga serie de presidentes colombianos.

El triunfo de Petro no es, tal como la mentalidad dicotómica de la derecha lo sugiere, la llegada del comunismo, sino la desnaturalización de un tipo de modelo de desarrollo capitalista. Petro, que proviene de una guerrilla, el M-19, alejada de ortodoxias marxistas y con un discurso primordialmente nacionalista, lo dejó claro en sus palabras tras el triunfo: “Vamos a desarrollar el capitalismo en Colombia”. No se trata, así, de introducir una ruptura en el modo de producción, tal como lo auguran quienes ven a Petro, contra toda evidencia, como un neobolchevique. Se trata de repensar el modelo económico mediante coordenadas que implican un nuevo esquema de tributación, una economía no extractivista, la revisión de los tratados de libre comercio, el acceso a créditos para ciudadanos de bajos recursos, la inclusión de elementos, a escala local, de economía solidaria, y la búsqueda de desarrollo sostenible.

Que este giro haya sido posible se debe, sobre todo, a que Petro moderó su discurso frente a campañas pasadas e incluyó a figuras que, en otro momento, hubieran sido radicalmente disonantes. Desde el pastor cristiano Alfredo Saade hasta economistas de claras tendencias liberales como Alejandro Gaviria o Rudolf Hommes, ministro de Hacienda, de César Gaviria, y encargado directo de montar todo el programa, claramente neoliberal, de “apertura económica” a inicios de los años noventa.

La victoria se debe, también, a que Petro estableció alianzas con bases y sectores marginalizados de los partidos tradicionales, como el representado por Luis Fernando Velasco, del Partido Liberal, y con políticos disidentes, hábiles en el manejo de las redes clientelistas y en las intrigas de la política menuda, como Roy Barreras. Petro mismo intentó, de hecho, establecer una alianza con César Gaviria, director del Partido Liberal, que no se consumó pero que mostró su disposición a hacerle concesiones al establecimiento.

El reto de Petro, ahora, es articular esos elementos de moderación y craso realismo ―sin los cuales posiblemente no hubiera ganado las elecciones― con la voluntad de cambio que representa su elección y con el anhelo de la mayoría de los colombianos de cerrar un ciclo histórico. Como muchas veces sucede en la política, la cuestión es conseguir un balance entre la fidelidad a una causa y la atención a las consecuencias efectivas de la acción en un contexto lleno de constreñimientos. Ese equilibrio puede no llegar, pero sea cual sea el éxito de Petro, es innegable que los colombianos nos hallamos ante un momento histórico.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

¿Hay salida a la crisis en Ecuador?

La pesadilla que desvelaba al presidente ecuatoriano, Guillermo Lasso, se materializó pocos días después de las evaluaciones del primer año de su administración. El riesgo de un nuevo estallido popular, similar al de octubre de 2019, parecía bajo porque el gobierno pensaba que el alza del precio de los combustibles había pasado desapercibido durante los años de pandemia. Pero el miércoles (22 de junio) Leonidas Iza Salazar, el presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), repetía serenamente tras recitar el padre nuestro al pie de los predios de la Universidad Central en Quito que “vinimos por 10 puntos [de la plataforma del paro] y nos iremos con los 10 puntos”. De esta manera, la movilización popular se ha ido convirtiendo lentamente en una auténtica rebelión popular.

Inicialmente, la respuesta a la convocatoria del paro de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) del 13 de junio, a las que adhirieron otras organizaciones indígenas y rurales como la Organización de los Indígenas Evangélicos en Ecuador (FEINE) y la Federación Nacional de Organizaciones Campesinas, Indígenas y Negras del Ecuador (Fenocin), lucía débil.

Esto debido a que no hubo un acuerdo previo para convocar un paro conjunto ya que las organizaciones del Frente Popular, con fuerte arraigo estudiantil y en el gremio de los maestros, habían convocado una movilización separada para el 16 de junio. Mientras que el Frente Unitario de Trabajadores, por su parte, el principal agrupamiento de los debilitados sindicatos obreros había convocado una movilización nacional para el 22 de junio.

Ante esta descoordinación, el gobierno creyó que podía dar un golpe de muerte a la movilización y la madrugada del 14 de junio la policía apresó en la provincia de Cotopaxi, al sur de Quito, al dirigente indígena Leonidas Iza Salazar. Ningún gobierno había intentado una acción similar desde el nacimiento de la CONAIE en 1986. Sólo Rafael Correa apresó en cuatro oportunidades al dirigente indígena de la organización regional serrana ECUARUNARI, pero nunca al presidente de la CONAIE. Y nadie lo había hecho en medio de un paro nacional.

Desde entonces, la participación popular y la distribución geográfica de la movilización no ha dejado de crecer con masas cada vez más enardecidas. Un día antes del arresto del líder Leonidas Iza se habían reportado cortes de rutas en seis provincias. Sin embargo, al día siguiente los cortes se extendieron a 12 provincias. A la medianoche del mismo 14 de junio Iza fue liberado, sin embargo, al día siguiente los cortes de ruta se extendieron a 15 provincias. Y ya para el lunes 20 se reportaban 93 cierres de vías en 22 provincias.

La movilización urbana ha ido aumentando conforme ha ido creciendo la movilización rural. Cuando el martes 22 los indígenas entraron a Quito desde el sur y el norte de la ciudad, el paro ya había adquirido las proporciones de una auténtica rebelión popular y no parecía detenerse.

¿Cómo explicar la ceguera gubernamental y la potencia de la rebelión popular?

El trasfondo es, sin duda, la desesperación de las mayorías empobrecidas del país. Este gobierno, constituido por empresarios y por élites blanco-mestizas alojadas en barrios exclusivos y que socializa básicamente entre grupos privilegiados, no ha reaccionado ante la frustración popular tras dos años de la catástrofe económica y social provocada por la pandemia.

El alza del precio de los combustibles es para los sectores populares un factor tangible y de exclusiva responsabilidad gubernamental que afecta directamente a la inflación, generando graves consecuencias en los ingresos de la gente.

De hecho, el levantamiento indígena y popular de Octubre de 2019, que es el antecedente directo de este nuevo paro, se debió precisamente a la brutal alza del precio del diésel (también llamado gasoil) que pasó en poco tiempo de costar un dólar por galón a 2,30 dólares. El diésel en Ecuador se usa para el transporte público y el transporte pesado de mercaderías.

Pero los economistas ortodoxos y los funcionarios del gobierno, centrados y cegados por el impacto fiscal del costo del combustible, olvidan su efecto sobre la inflación, sobre el encarecimiento de la producción nacional, sobre la pérdida de competitividad de las exportaciones de un país dolarizado y sobre el aumento de las importaciones que se vuelven más baratas.

Por ello, la primera demanda y sin duda la más importante de esta rebelión popular es justamente aquella que el gobierno se niega a considerar: la reducción del precio de los combustibles. No su congelamiento, que el gobierno ya hizo (aunque deslizando un alza mayor) ante otro levantamiento en octubre de 2021, sino la reducción de su precio.

Pero como en octubre de 2019, cuando el gobierno clamaba que el país colapsaría si renunciaba a los 1.500 millones de dólares de esos ingresos (en un país con un presupuesto del Estado de 30 mil millones), ahora se alega un desastre aún mayor si se dejan de ganar entre 500 y 600 millones, con un petróleo que el país exporta a 100 dólares por barril. La ortodoxia económica fiscalista carece de explicaciones racionales.

En conclusión, de las diez demandas del paro, la rebaja del precio de los combustibles es la única que podría calmar los ánimos de un pueblo empobrecido e indignado con un gobierno indolente. Pero lamentablemente, solo una rebelión popular de magnitudes colosales como la que actualmente mantiene acorralado al gobierno puede hacer que este abra los ojos a la crisis social.

Cumbres Borrascosas

Coautores Max Povse y Fernando Pedrosa

La diplomacia presidencial en América Latina tiene siempre un condimento extra. Sin importar si son cumbres iberoamericanas, americanas o sudamericanas, las distintas personalidades y orientaciones de sus líderes generan impacto y debates que, si bien difícilmente producirán cambios profundos, muestran una fotografía de la coyuntura de la región y, al mismo tiempo, moldean agendas futuras de debate político.

La Cumbre de las Américas realizada en Los Ángeles, durante la segunda semana de junio, no fue una excepción. La mecha se encendió cuando el presidente norteamericano, Joe Biden, anunció, a última hora y tras semanas de incertidumbre, que los presidentes de Cuba, Nicaragua y Venezuela no serían invitados al cónclave. Esta decisión marcó el evento que, seguramente, quedará en la historia de las cumbres por las ausencias y los debates que trajeron aparejados.

Cada cual atiende su juego

La cumbre finalmente se convirtió en un espacio que privilegió las demandas internas –nacionales– de los diferentes mandatarios. Así como el presidente mexicano López Obrador buscó consolidar su propio capital político, la dureza del presidente de Estados Unidos, Joe Biden, frente a las dictaduras también puede entenderse con vistas a seguir fortaleciendo su imagen de líder internacional, luego de reunirse con los presidentes de la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN) en Estados Unidos y viajar a Japón y Corea del sur. Y por supuesto, el horizonte son las elecciones al Senado de noviembre donde se escogerán 34 de los 100 escaños.

Sin embargo, gran parte del problema de fondo surge porque Estados Unidos también mostró que su falta de política hacia la región tiene consecuencias. En la cumbre de 2015, Obama blanqueó a Cuba y la invitó a participar del evento. En la Cumbre de 2018, Trump ni siquiera se dignó a concurrir, y en esta, nuevamente, aparecieron las restricciones a las dictaduras. Esto, no hace más que remarcar la ausencia de una política coherente y sostenida en el tiempo de la potencia del norte hacia la región.

Por eso, de nada sirve buscar escenificaciones puntuales como la que ofrece una cumbre presidencial sin mayores preocupaciones por los efectos prácticos. Lo cierto es que la cuestión del respeto a la democracia no aparece como una preocupación permanente en la agenda de los países americanos en general y de los Estados Unidos en particular. Y esto no solo se hace imponiendo castigos o haciendo la vista gorda, según la ocasión, sino con políticas continuas, antes y después de las cumbres.

También ha quedado claro que la desdemocratización que vive la región no solo no es una preocupación para muchos gobiernos americanos, sino que una parte importante de las organizaciones de la sociedad civil se han manifestado –algunas de forma más clara que otras– por la defensa de las tres dictaduras en cuestión.

Existe la percepción de que Estados Unidos ya no es un factor predominante de liderazgo o de que su voz como promotor de la democracia ha quedado muy devaluada. Su ruptura con los países centroamericanos, que eran sus históricos aliados, es una señal de ello. Lo mismo cuenta la arriesgada apuesta por Xiomara Castro en Honduras, como una forma de balancear el poder regional. La ausencia de Castro (Xiomara), y su alineamiento detrás de las dictaduras de la región, resultó el primer traspié de esa política meramente reactiva.

Lo que sí evidenció la cumbre es la existencia de un espacio vacante del liderazgo democrático. Estados Unidos dejó un vacío relegando a Latinoamérica en la lista de preocupaciones. Hoy ese vacío lo están tratando de llenar otras potencias como China y Rusia. Esto ha fortalecido el poder y la autoestima de los sectores autoritarios al mismo tiempo que produjo una desarticulación en los democráticos.

Pero más allá de las sensaciones negativas, un aspecto positivo que ha dejado la cumbre es que el debate sobre la democracia ha ocupado el primer plano. También ha quedado claro quiénes han defendido el papel de los dictadores como gobernantes legítimos lo cual ha dejado en evidencia el tajante avance autoritario en la región.

Ahora, lo que importa es cómo continúa esta historia. De lo que se trata es de sostener un esfuerzo por blindar y proteger a las democracias que están en crisis y apoyar permanentemente a los sectores genuinamente democráticos que sobreviven, a veces, bajo muy duras condiciones.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Max Povse es politólogo, profesor e investigador integrante del Grupo de Estudios sobre Asia y América Latina de la Universidad de Buenos Aires.

Fernando Pedrosa es profesor y coordinador del Grupo de Estudios de Asia y América Latina de la Universidad de Buenos Aires. Doctor en procesos políticos contemporáneos. 

¿Qué deben aprender Petro y Márquez de Venezuela?

“Colombia cayó en lo mismo”, “Colombia se va a venezolanizar”, teme un sector de venezolanos tras ver los resultados de la elección en el país vecino. Ese miedo tiene un trasfondo real: la elección de un presidente de izquierda en Venezuela llevó al país al autoritarismo, la fragilidad estatal, la corrupción, la pobreza, la desigualdad, el aislamiento internacional, una migración y un desplazamiento masivo de más de 6 millones de personas. Hoy Venezuela tiene una investigación abierta en la Corte Penal Internacional por presuntos crímenes de lesa humanidad. Al recibir el 20% de la población migrante y refugiada, Colombia, mucho más que cualquier otro país de la región, ha sido testigo de la crisis multinivel que aún atraviesa su país vecino.

Adicionalmente, Colombia abrió las puertas a dirigentes políticos venezolanos que se vieron forzados a huir de su país para evitar ser perseguidos de manera injusta; algunos han estrechado lazos con la derecha colombiana y, probablemente harán de Venezuela un tema de política interna, tal como ocurre en España. Esta es una realidad que el nuevo mandatario colombiano no podrá obviar. Con la toma de posesión en puertas, ¿qué debería aprender el nuevo presidente de Venezuela? Una respuesta sucinta: distanciarse y diferenciarse del chavismo. Veamos.

¿Una izquierda moderna?

A diferencia de Hugo Chávez ―quien apeló al apoyo de actores a lo largo de todo el espectro político en 1998 para obtener una victoria―, Gustavo Petro sí asumió una identidad de izquierda progresista, y asumiendo los riesgos que eso implicaba en un país de trayectoria conservadora. El Pacto Histórico promete justicia social, lucha contra el cambio climático, un alto a la exploración petrolera y un giro hacia la industria y la agricultura nacional. Además, destaca la importancia del desarrollo de las regiones, la inclusión de la población indígena, afrocolombiana, mujeres, jóvenes y campesinos.

Chávez y Nicolás Maduro hicieron promesas de esa índole, utilizando un lenguaje similar, pero no cumplieron con ellas. Si Petro, por lo tanto, quiere abrirle un camino a una izquierda moderna y democrática, junto, por ejemplo, al presidente de Chile, Gabriel Boric, debe ejecutar sus promesas, valorando, así, la relevancia de las coaliciones políticas y sin banalizar la lógica de los mercados o responsabilidad fiscal. Al parecer, el presidente electo lo sabe. En su discurso, el 19 de junio habló de “desarrollar el capitalismo en Colombia” y de producir para redistribuir “sobre la base del conocimiento que es como se produce en el siglo XXI”.

Redistribución e inclusión

Según cifras de la Cepal, Colombia es el país en el que más crecerían los niveles de pobreza durante este año: de 36,3% en 2021 a 38% o 39,2% en 2022. Por otro lado, Oxfam señala que Colombia se ubica entre los cinco países más desiguales del mundo en términos de concentración de tierra; el 81% de la tierra privada se concentra en manos de un 1%. Solo el 40% cuenta con un empleo formal, lo cual representa una de las tasas más bajas en la región.

El Pacto Histórico busca transformar la realidad de “los nadie”, los sectores de la población históricamente excluidos. Francia Márquez, una lideresa ambientalista del suroccidente del país, quien será la vicepresidenta ―la primera mujer en la historia colombiana en ocupar ese cargo―, tiene la misión de garantizar el cumplimiento de tales promesas. Lo esencial será rodearse de asesores y expertos que les permitan diseñar programas sostenibles en el tiempo que empoderen a los grupos vulnerables y les faciliten la movilidad social, algo que no ocurrió en la Venezuela chavista.

En el caso de Venezuela, los programas sociales, financiados por los ingresos provenientes del boom petrolero, no estimularon una redistribución ni inclusión real. Por el contrario, sirvieron como base para el clientelismo político, y con el tiempo, además, se convirtieron en un mecanismo de control social. El chavismo, a su vez, bajo los mandatos de Hugo Chávez, buscó beneficiar a sus bases con programas y reconocimiento discursivo, mientras de manera constante agredió y excluyó a la población opositora.

El chavismo que hoy gobierna bajo el mandato de Nicolás Maduro ha reprimido aún más a la oposición y a la población en general, y ha aceptado la economía ilícita ante la incapacidad de generar los cuantiosos ingresos petroleros del pasado, lo que ha implicado, además, la destrucción del medio ambiente, y un impacto enorme y directo en la población indígena.

Para cumplir con la oferta de una Colombia de “paz y amor”, Petro y Márquez deberían desmarcarse claramente de proyectos autoritarios de izquierda en la región como el venezolano y, además, atender las necesidades de otro grupo vulnerable: la población venezolana que hoy vive en su territorio.

Respeto a las instituciones y a los adversarios

La paz como eje del gobierno es la promesa de Petro. A diferencia de Chávez, el presidente colombiano electo parece entender que la “polarización perniciosa” y la aniquilación del adversario son contradictorias a la democracia. Después de conocer los resultados, sus asesores y él mismo dieron la bienvenida a los 10 millones de votantes de Rodolfo Hernández a su gobierno; invitan al diálogo y aseguran que no utilizarán el poder para perseguir o destruir al oponente.

En 1998, Chávez ganó ofreciendo “freír en aceite las cabezas de los adecos” y cumplió: hoy en día aún hay más de 200 presos políticos en Venezuela, los partidos de oposición están judicializados, un buen número de dirigentes políticos de trayectoria y periodistas están en el exilio; incluso la misma disidencia chavista ha sido perseguida.

Petro y Márquez hablan, más bien, de construir consensos y proponen un gran acuerdo nacional a partir de la participación y el reconocimiento de las regiones. Si el Pacto Histórico cumple esta oferta política, respeta la independencia de poderes y canaliza sus programas de manera institucional, beneficiaría a la sociedad colombiana y agregaría valor a la izquierda democrática, lo que la separaría de las izquierdas autoritarias, así como de la derecha colombiana que en el pasado también intentó erosionar la democracia mientras ejercía el poder.

Para ello, el nuevo par que liderará el Gobierno deberá hacer un ejercicio consciente de institucionalizar los procesos y mitigar el personalismo desde el Ejecutivo, los viejos obstáculos para la democracia en la región. Diferenciarse de Chávez y Maduro, pero también de Uribe, Bolsonaro y Bukele reivindicaría la democracia en Colombia y en toda América Latina.

Tal como dice Francia Márquez, el triunfo de su plataforma es un mandato histórico para transformar a Colombia. Su mera presencia en el futuro gobierno ya marca un antes y un después. Pero eso no basta. La experiencia propia de Colombia y la del país vecino le enseña a todo ese país que las transformaciones en beneficio de la sociedad no ocurren si se excluye, persigue o silencia desde el poder.

Si la paz y la democracia no representan un proyecto colectivo en su diseño y ejecución, está destinado a fracasar. Por tanto, el Pacto Histórico tendrá que demostrar una férrea voluntad política de cumplir con las normas y prácticas democráticas, respetando los tiempos que estas requieren, para así brindarle a Colombia lo que el chavismo no ha hecho en Venezuela.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

El matrimonio igualitario chileno debería ser un modelo para la región

El matrimonio igualitario en América Latina, que es reconocido en todo el ámbito nacional en tan solo siete países, surge legalmente desde el estigma hacia la homosexualidad. Si bien las leyes aprobadas en estos países reconocen el aspecto sexo-afectivo entre personas del mismo sexo, las excluyen de derechos que sí gozan los cónyuges heterosexuales, tales como del derecho a la adopción, a la pensión en caso de que una de las personas fallezca, a cobrar los seguros de vida, a heredar o a servicios de salud, entre otros derechos que el matrimonio heterosexual trae incluidos per se. Para alcanzar estos derechos, los matrimonios del mismo sexo deben apelar a tortuosos trámites que solo sirven para recordarles, partiendo de la racionalidad del Estado, su condición “anormal”. En este contexto, el matrimonio igualitario en Chile establece un modelo que debería ser recuperado por el resto de los países de la región.

La figura legal del matrimonio igualitario a escala nacional es reconocida en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Costa Rica, Ecuador y Uruguay. El primer país en reconocerlo fue Argentina en 2010, donde fue aprobado por el Poder Legislativo, mientras que Uruguay, si bien lo aprobó en 2013 por mandato del Ejecutivo, fue el primer país en la región en aprobar la unión civil a través del Legislativo en 2008.

Al igual que Argentina, Colombia reconoció el matrimonio igualitario en 2016, y Costa Rica en 2020, sin tener una aprobación previa de la unión civil o estable, tal como sí sucedió en los otros países. Mientras tanto, al igual que Uruguay, Brasil, Chile y Ecuador tuvieron un primer reconocimiento de uniones civiles o estables y posteriormente reconocieron el matrimonio igualitario. Bolivia es la única nación, que desde 2017, se ha quedado tan solo con el reconocimiento de las uniones civiles.

Las figuras legales de unión civil o unión estable y matrimonio igualitario no solo poseen estatus legales diferentes en los diferentes países donde se ha aprobado, sino que pasan por el tamiz de la moral de la sociedad.

La unión civil, unión estable o sociedad civil de convivencia son contratos en los cuales dos personas mayores de edad y con plena capacidad jurídica, del mismo o diferente sexo, establecen un domicilio compartido para formar una vida común y apoyarse mutuamente sin que estos lleguen a casarse. Estas uniones, si bien aseguran de cierta manera la unión legal de hombres homosexuales y mujeres lesbianas en la práctica, la estructura gramatical de esta unión invisibiliza sus relaciones sexo-afectivas y la capacidad del Estado para reconocer estos afectos no heterosexuales que también dan origen a una familia.

Las uniones civiles, por lo tanto, resguardan, partiendo de la legalidad, las formas tradicionales de la familia monogámica y heterosexual. Así, se reconocen las uniones entre personas del mismo sexo que pueden o no tener un vínculo amoroso y no dan pauta a la crianza, y con ello el Estado no se expone ni trastoca las estructuras de certeza de la sociedad.

Por otro lado, la figura legal del matrimonio igualitario reconoce la unión conyugal de las personas del mismo sexo para formar una familia. Es decir, el matrimonio igualitario reconoce legalmente las relaciones sexo-afectivas entre sujetos del mismo sexo. Pero siguiendo esta misma lógica de controlar los pánicos morales y asegurar el marco legal heterosexual, el matrimonio igualitario ha sido reconocido, mas con acotaciones estrictas en comparación con los derechos que arropan al matrimonio heterosexual.

Por lo tanto, el Estado heterosexual patologiza sutilmente, partiendo de los marcos jurídicos, a todos los que no cumplen con la orientación sexual hegemónica e interviene en las concepciones del amor y el deseo.

El novedoso caso chileno

El matrimonio igualitario aprobado en el 2021 en Chile por el Legislativo marca un parteaguas en la manera como se ha venido reconociendo este derecho. El matrimonio entre individuos del mismo sexo en este país otorga a las parejas todos los deberes y derechos que actualmente tienen los matrimonios heterosexuales.

Además de poner al matrimonio igualitario en el mismo estatus legal y legítimo que el matrimonio heterosexual, reconoce las particularidades complejas que atraviesa el matrimonio igualitario, que no solo quedan supeditadas a la orientación sexual, sino a las identidades de género disidentes, aparte de trascender la racionalidad legal e instaurarse desde lo afectivo.

De esta forma, en materia de homoparentalidad se garantiza la no discriminación por orientación sexual e identidad de género. Además, para efectos de la custodia de hijos, filiación y adopción, esta se reconoce, estén o no, las parejas unidas en matrimonio y hubiesen tenido o no a sus hijos mediante fertilización asistida. Se reconoce también la maternidad de mujeres trans y la paternidad de hombres trans en los certificados de nacimiento de sus hijos. La legislación determina que el orden de los apellidos de las parejas del mismo sexo será definida por los progenitores.

Por otro lado, la ley regula los bienes de las parejas, garantiza pensiones para viudos, permisos laborales en caso de nacimiento de hijos y asignaciones familiares. A su vez, amplía el concepto de hermanos y hermanas, para, así, eliminar conceptos como hermanos maternos y paternos. La legislación también reconoce los matrimonios igualitarios contraídos en el extranjero.

Otro punto que favorece a las personas trans en Chile es que con la aprobación de esta ley quedan derogados los artículos de la Ley de Identidad de Género, que establecían que para poder cambiar el nombre y sexo de una persona que ya estaba casada, esta tenía la obligación de divorciarse.

En conclusión, el reconocimiento de derechos, en la mayor parte de los países de la región y el mundo, se estructura desde los marcos de comprensión heterosexuales, y cuando se incumple con la norma hay que realizar trámites costosos no sólo en cuanto a tiempo y dinero, sino en desgastes emocionales que reafirman el desacato moral, legal y religioso de homosexuales.

El número de países que reconoce a escala nacional la unión legal de personas del mismo sexo en la región es mínimo y aún con numerosas deficiencias que derivan de la manera como se constituyen las iniciativas de ley. Esto depende de la instancia en la cual se presente el reconocimiento de este derecho y que se encuentre garantizado por los marcos legales internacionales.

Por ello, el matrimonio igualitario en Chile establece un modelo que debería ser recuperado por el resto de los países de la región, dada la robustez y complejidad con la que se preparó la iniciativa de ley que fue aprobada en el Congreso, producto de los trabajos conjuntos con colectivos y organizaciones LGBT+.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

¿Cómo entender el descontento social?

0

De manera relativamente imprevista se desató en los últimos años una intensa movilización social en gran parte del mundo. Nada nuevo, excepto las formas y contenidos de esta nueva protesta social. En ciudades y países alrededor del planeta, masivas movilizaciones salen a las calles enfurecidas, y violentas muchas veces. Pero lo llamativo de estas movilizaciones es que son resistentes, permanentes. Empiezan pero no dan señales de cuándo o cómo terminan. Ni siquiera sabemos si concluirán.

La primera hipótesis para entender esta rabia social es que se trata de un formato de movilización y protesta que es política en sí misma, pero no se dirige a la política. Es decir, no tiene ni pretende tener expectativas de que la política tradicional y representativa dé cuenta, administre, gestione o satisfaga esas demandas, ese descontento. No se les pide nada a los sistemas políticos institucionales, pues no se cree en ellos. Más aún: son parte del problema, no de la solución.

Ese es el motivo de la rabia, la violencia y la presunta anarquía. El descontento va dirigido al sistema, no a una de sus partes. Por lo tanto, no hay solución posible dentro del sistema. ¿Significa esto que es revolucionario? Sí y no. Sí, en cuanto se quiere ir al fondo del asunto, al cambio estructural en las formas políticas de gestionar la vida. No, porque no propone una acción revolucionaria, al menos en los términos clásicos, y, menos todavía, constituye un sujeto revolucionario.

Para vastos sectores sociales, constituidos por edades, géneros, etnias, clases, culturas, religiones, gustos, percepciones o autopercepciones sexuales, la relación política-sociedad, propia de la segunda modernidad, como se conoce al proceso en el que la individualización de la sociedad alcanza su máxima expresión, llegó a su fin. No los interpela. Mucho menos dialoga con sus imaginarios, experiencias y expectativas de vida, de formas posibles de vida.

La segunda tesis, a mi entender, es fundamental por fundacional. Ya las identidades sociales no parecen configurar las individualidades (objetividades más subjetividades). Son las individualidades (preferencias por formas de vida) las que dan formas a colectivos sociales por ese mismo basamento, inestables, inesperados e inciertos. Entre la primera y la segunda hipótesis está el hilo conductor para entender la cuestión social y, por ende, la política actual.

Pero, además, es necesario definir el combustible de este enojo, expresión del descontento, la esencia misma que hace incontenible la manifestación de la rabia. No hay movilización sin una última razón, una razón que contiene en sus diversas maneras de expresión al descontento de la época.

En este sentido, la tercera hipótesis es que la fuerza esencial que impulsa la expresión de la rabia contemporánea es una incontenible pulsión de libertad. No es la libertad filosófica del derecho natural; no es la libertad política del desarrollo histórico de la democracia. Es el resurgir violento de la necesidad de libertad propia para mostrar las formas de vida preferidas, innegociables, incontenibles. Es la libertad de necesitar y poder visibilizar sentidos metaforizados en formas y expresiones de vida a partir de las cuales podamos seguir hablando de lo que hace siglos hablamos: justicia, igualdad, derechos.

Emerge un gran descontento social. Es enojo, y por eso persiste y se violenta. Una de sus novedades es que no se dirige a la forma en que la política resolvía las protestas, es decir, a favor o en contra de quien gestionaba los conflictos. Parecería que este descontento está dirigido a cuestionar el porqué alguien/algo ―la política institucional― tiene que administrar y resolver los conflictos. Está dirigido a la legitimidad de la política institucional contemporánea para hablar en representación de los actores y las personas sociales. “No hablen más por nosotros. Siempre lo hacen mal”.

La sociología contemporánea tiene un campo nuevo, amplio, necesario para tratar de decodificar las formas nuevas de lo social. La política contemporánea tiene la obligación de mirar a la sociedad, sus nuevas expresiones, formas de organización y de acción colectiva, constitución de demandas, nuevas subjetividades, percepciones del deber ser de la vida humana en sociedad.

Decir que la política tiene que mirar a la sociedad y sus movimientos parece una obviedad. El tema es que mucha política se hace y desenvuelve en sí misma, sin mirar lo social o, peor aún, pensando que la sociedad y lo social siguen desenvolviéndose de manera inmutable.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Venezuela y el nuevo escenario geopolítico

Desde la imposición de las primeras sanciones en 2017, la estructura dominante del régimen chavista en Venezuela supo leer el contexto internacional desfavorable y decidió utilizar los recursos que tenía a su favor: atrincherarse en el poder internamente, buscar la ayuda de aliados internacionales también comprometidos en derrocar el liderazgo de EE. UU. en el mundo y esperar mejores condiciones en el futuro.

En los últimos años, el régimen chavista ha avanzado en la consolidación del autoritarismo y hoy se encuentra fortalecido frente a una oposición dividida y agotada. Pero en términos económicos, las condiciones han mejorado, la liberalización desordenada e impulsada por el gobierno ha dado efectivamente algunos resultados, incluso con Venezuela en pésimo estado y niveles récord de pobreza y desigualdad. A finales de 2021, la economía volvió a crecer tras siete años de reducción del PIB en más de un 80%, y a principios de 2022, el país mostró signos de salir de la hiperinflación.

En el frente externo, desde 2021, Maduro se esfuerza por mejorar su imagen de dictador y tratar de recuperar el reconocimiento perdido desde las cuestionadas elecciones presidenciales de 2018. También en 2021, la toma de posesión de Biden como presidente de EE.UU llegó con nuevas prioridades en política exterior, como la salida de Afganistán, las consecuencias de la diplomacia de Trump, las tensiones políticas en distintas partes del mundo y la reformulación de la estrategia para contener el avance chino.

A nivel regional, el giro del péndulo ideológico en los gobiernos de la región en los últimos años ha ido acompañado de posturas de distanciamiento de Estados Unidos y sus políticas para el hemisferio, y de una mayor tolerancia al autoritarismo de la izquierda en Venezuela, Nicaragua y Cuba.

La invasión rusa como punto de inflexión

La invasión rusa de Ucrania exigió atención y prioridad en la agenda de EE.UU y Europa. En contra de muchos pronósticos, los aliados reaccionaron a la invasión rusa con la imposición de un régimen de sanciones, que incluye, entre otras medidas, el fin de las importaciones de petróleo y gas de Rusia.

Las medidas se producen en medio de una lenta recuperación del suministro de petróleo y gas, derivada del impacto económico de la pandemia. En este sentido, las sanciones han presionado aún más los precios internacionales de estos recursos, generando impactos económicos a escala global.

Para contener el impacto de las sanciones, el pasado mes de marzo EE.UU y otros países miembros de la Agencia Internacional de la Energía acordaron liberar parte de sus reservas estratégicas. Sin embargo, esta decisión no es una solución sostenible en el tiempo y corre el riesgo de no tener el impacto deseado en el precio del barril.

En este contexto, Venezuela reapareció en el tablero geopolítico como una opción para contribuir a la sustitución de parte de las exportaciones de petróleo de Rusia. La idea pone a Biden en una disyuntiva.

Desde el punto de vista estratégico, Putin es un adversario mucho más peligroso que Maduro. Según esta lógica, el levantamiento de las sanciones a Venezuela ayudaría a reducir la presión interna derivada, en parte, del aumento de los precios del combustible, y la presión externa de los aliados europeos preocupados por la seguridad del suministro de hidrocarburos. Sin embargo, el levantamiento de las sanciones resultó problemático para la administración demócrata ante la proximidad de las elecciones legislativas, especialmente en el estado indeciso de Florida.

Observando las decisiones recientes, la administración Biden parece haber optado por reducir las expectativas de grandes cambios políticos en Venezuela y por lanzar la zanahoria. La propuesta, aún simbólica, de levantar las sanciones contra un sobrino de Nicolás Maduro y permitir a Chevron negociar los términos de posibles actividades futuras en Venezuela, busca persuadir al régimen de que es posible llegar a acuerdos con Maduro y sus colaboradores, siempre que haya concesiones que permitan una reinstitucionalización del país y una transición ordenada a la democracia.

A cambio, el levantamiento progresivo de las sanciones permitiría mejorar las condiciones económicas de una Venezuela en ruinas, principalmente a partir de la entrada de empresas operadoras extranjeras para propiciar una recuperación de la industria petrolera.

La iniciativa también busca revertir la influencia rusa en Venezuela, e incluso tendría el potencial de generar fricciones entre Maduro y Putin. Desde la entrada en vigor de las sanciones, Rusia ha empezado a competir con Venezuela por las cuotas del mercado chino, vendiendo petróleo con mayor descuento que el país sudamericano. Las medidas coercitivas también dificultan la capacidad del régimen chavista para mover los fondos depositados en los bancos rusos sancionados.

Preguntas en abierto a partir de la nueva aproximación

Aunque la política de máxima presión no ha sido suficiente para producir una transición política hacia la democracia en Venezuela, las sanciones siguen siendo una de las pocas cosas que animan al chavismo a hablar. Sin embargo, estas medidas parecen insuficientes para lograr un cambio en el comportamiento de un régimen que sigue avanzando en la profundización de su proyecto autoritario, incluso después de la inesperada recepción de funcionarios de la Casa Blanca en Caracas el pasado mes de marzo.

El chavismo tampoco oculta su desinterés por negociar con la oposición. Al conocer la posibilidad del levantamiento de las sanciones, se anunció la reanudación de las conversaciones para reactivar las negociaciones en México. De manera casi inmediata a los anuncios, el Presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Jorge Rodríguez, reafirmó la exigencia de liberar a Alex Saab para conformar la delegación chavista.

Además, hace unos días, Maduro expresó su rechazo a retomar las negociaciones con Noruega como facilitador, en un claro gesto hacia Rusia, que se suma a la reciente designación del ex embajador de Venezuela en el país euroasiático como canciller.

En caso de que se reanuden, las conversaciones de México también parten con nuevas dificultades para trabajar en los puntos del memorándum definido el año pasado, como por ejemplo, el restablecimiento del estado de derecho, ya que el parlamento electo en 2020 ya renovó los magistrados del TSJ con gente de confianza de Maduro.

Otras acciones que van en contra del «espíritu de México» es un proyecto de ley que está discutiendo el Parlamento para controlar los fondos que reciben las ONGs del extranjero, con el claro objetivo de estrangularlas financieramente y cerrar aún más el espacio cívico en el país.

En el mediano plazo, la experiencia reciente de las elecciones de gobernadores genera serias dudas sobre la posibilidad de que en 2024 el chavismo permita las condiciones de integridad suficientes para realizar una elección presidencial competitiva que sea capaz de amenazar el control de Maduro sobre el poder ejecutivo y, con ello, la unidad de la constelación de actores clave a su alrededor.

Por último, es importante preguntarse por la sostenibilidad de la estrategia con visión a medio y largo plazo que se pretende con esta iniciativa de la administración Biden. La polarización política interna y el actual contexto económico en EE.UU abren la posibilidad de que un republicano llegue a la Casa Blanca en 2024, acompañado de nuevas directrices de política exterior para Venezuela.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

¿Un continente de insomnes, estresados y proclives a los vicios?

Uno de los supuestos consagrados tras la pandemia es que la misma dejó una marca en el estado anímico y los hábitos de salud de los habitantes del planeta incluidos los latinoamericanos. Junto con el ejército de infectólogos y autoridades sanitarias que poblaron los medios de comunicación también se movilizaron un sinnúmero de diagnósticos que alertaban sobre el impacto de la propagación del virus y las prácticas defensivas individuales o domésticas para el humor social y la salud pública. Allí, las encuestas de opinión cumplieron un papel esencial como termómetro capaz de traducir algunas de las principales predisposiciones y preocupaciones de las sociedades y que nos permiten entender lo que nos sucedió.

A nivel mundial hubo una mínima variación en conductas de riesgo como fumar o beber alcohol, los sentimientos de estrés mal llegaron a cambiar y la calidad del sueño se mantuvo casi intacta al comparar los dato de finales de 2018 con los datos de finales de 2020 o 2021, en pleno auge de la pandemia, según la serie de sondeos a nivel global de la red de consultoras WIN y Market Analysis.

Por ejemplo, más de uno de cada cuatro adultos del planeta fumaban mucho o con alguna regularidad en 2018 y 3 años después, en medio de los confinamientos, ese porcentaje en lugar de aumentar, cayó levemente. Lo mismo ocurrió con la ingesta de bebida alcohólica: disminuyó del 43% previo a la pandemia a poco menos de 38% durante los tiempos del Covid-19.

El estrés tampoco manifestó empeoramientos como esperado: año y medio antes de declarado el confinamiento rondaba el 30%, en el apogeo de las cuarentenas no alcanzó el 33%, una variación próxima al margen de error de las encuestas. Por último, la autopercepción de salud personal tampoco mutó: era del 76% a fines de la década pasada y entre el 77%-79% en 2020-2021.

¿Quiere decir que al final no hubo un costo de salud y anímico a pesar de la radical revolución de nuestras prácticas a lo largo de los dos años de pandemia?

Es obvio que sí existió y que persistirá ese peaje al humor social derivado de la emergencia sanitaria pero no para todos y sí concentrado en determinados grupos y fruto de la exposición a determinado tipo de vivencias durante la pandemia. Al examinar cómo variaron esos indicadores en regiones como América Latina, el promedio agregado de algunas de esas situaciones repite el cuadro global.

Fumar por ejemplo cayó de casi 30% en 2018 al 20% en 2021. Beber alcohol declinó del 45% en 2018 al 42% 3 años después. Dormir mal también siguió una dirección de caída, no de aumento. Por su parte, la sensación de vigor físico retrocedió sólo un poco y la de estrés aumentó con la pandemia aunque con sutileza.

La aparente inocuidad de la pandemia en el humor social y percepción de bienestar físico y mental latinoamericano esconde la ruina provocada por la manera como ciertos gobiernos gestionaran las respuestas a la crisis. Al desagregar esos números por país la tragedia de salud surge con nitidez. El empeoramiento en la calidad de la salud y condiciones de bienestar personal fueron mayores en los contextos donde los gobiernos siguieron dos tipos de padrones que desorganizaron más fuertemente la vida cotidiana de sus ciudadanos.

Un padrón está vinculado con la magnitud y persistencia del abordaje represivo a la ejecución normal de la vida diaria. Las sociedades que sufrieron medidas más restrictivas como el confinamiento sin contemplaciones, que fueron privadas de alternativas para canalizar la angustia y que vieron sus actividades educativas y sociales presenciales canceladas (mientras las propias autoridades no dudaban en violar las reglas) son las que registran abruptas variaciones en indicadores de calidad de vida y salud personal.

En Argentina, por ejemplo, país que lideró por meses el índice de rigurosidad de los confinamientos según el informe de la Oxford University durante buena parte del 2020, la sensación de salud personal cayó el doble de lo que lo hizo en el conjunto de los países latinoamericanos estudiados. Además hubo un fuerte aumento del consumo de bebidas alcohólicas y se duplicó la tasa de estrés, pasando del 22% en 2018 al 42% en 2021.

Imposibilitados de canalizar las angustias derivadas de la crisis viral, los argentinos literalmente implosionaron, refugiándose en la bebida y la exacerbación de los sentimientos de vulnerabilidad y ansiedad, descollando entre sus vecinos.

En oposición a esas máximas restricciones vividas por los argentinos, los ciudadanos brasileños y mexicanos tuvieron muchísima más autonomía de circulación, opciones sobre cómo proveerse, de qué manera estudiar y situaciones de sociabilidad.

Ello no representa un elogio a gobiernos que se mostraron incapaces cuando no abiertamente irresponsables en ofrecer protección sanitaria a sus compatriotas. De hecho, las abiertas contradicciones y contrasentidos de la gestión de la pandemia por parte de Jair Bolsonaro de Brasil eximieron a sus ciudadanos de prácticas represivas como en Argentina, Chile o Perú, pero los expusieron a riesgos de comportamientos privados imprudentes que extendieron la inseguridad entre la mayoría de sus habitantes.

En este marco, los brasileños son de los pocos que vieron disminuir el número de personas sedentarias entre 2018 y 2021 así como la sensación de estrés, aunque sí aumentaron sus dificultades para dormir con la mayor oscilación negativa en la región.

El otro padrón adverso se genera de los vaivenes de las decisiones con aperturas, cierres, nuevas aperturas y nuevos cierres que desorientaron a la población y exacerban su sensación de falta de rumbo, inseguridad y vulnerabilidad. El índice de rigurosidad gubernamental de Oxford University revela que a lo largo del bienio 2020-2021 Chile y Perú fueron los países con idas y vueltas más marcantes en materia de restricciones.

Como resultado, los chilenos llegan al presente con los peores números en materia de deterioro de su percepción de vigor y vitalidad física. También descuellan los índices de burnout que subió 17 puntos porcentuales en 3 años. Los peruanos, a su vez, fueron más afectados en el sueño que en su consumo de bebida o tabaco, adaptándose a la oscilante y confusa gestión de la pandemia con sus cuarentenas y liberalizaciones por medio una vigilia más sacrificada.

Insomnes, estresados y con algunos vicios empeorados, los latinoamericanos vamos de a poco dejando la pandemia en el pasado, pero la manera sinuosa sino abiertamente perversa e incompetente con que los gobiernos de turno la manejaron no nos dejarán tranquilos tan pronto.

El tímido avance de los derechos de las mujeres ecuatorianas

El 28 de abril de 2021 ―con siete votos a favor y dos en contra― la Corte Constitucional de Ecuador despenalizó el aborto por violación después de haber acogido la acción de inconstitucionalidad del artículo 150 del Código Integral Penal. Sin duda, esta decisión representa avances importantes tanto en materia de derechos humanos en general como, específicamente, en la de los derechos de las mujeres. Sin embargo, en la mencionada ley hubo veto presidencial.

El veto del presidente desembocó en la modificación de 61 de los 63 artículos del proyecto que habían sido aprobados originalmente por los asambleístas. Si bien en un principio la ley había establecido un plazo de 18 semanas para la interrupción voluntaria del embarazo de niñas, adolescentes, indígenas y mujeres del área rural que hayan sido violadas, la modificación después del veto redujo el plazo a 12 semanas.

Asimismo, la ley definitiva establece que, para que las mujeres puedan acceder a la interrupción voluntaria del embarazo en casos de violación, deben cumplir algunos requisitos, por ejemplo, una denuncia previa por parte de la víctima o de cualquier persona que haya conocido el caso, o la firma de una declaración juramentada por parte de la víctima.

El proceso ha tensado la relación entre las partes, y los resultados finales quedaron lejos de las expectativas que se habían generado entre las organizaciones feministas. Y es que, a pesar de la evidencia y las numerosas experiencias internacionales, uno de los miedos que se habían insertado en la sociedad era el de un incremento exponencial del número de abortos.

Esta afirmación no corresponde a la realidad, sino que, al contrario, gracias a la nueva ley, ahora podrán evitarse muchos abortos en la clandestinidad y sus consecuentes complicaciones médicas. De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay evidencia científica de que la prohibición del aborto incrementa el riesgo de esas prácticas clandestinas, las cuales generalmente tienen como resultado la muerte de la madre. Según esta organización y Amnistía Internacional, los abortos inseguros causan 39.000 muertes al año, son la tercera causa más habitual de muerte materna del mundo y producen 5 millones de discapacidades, en gran medida evitables. En América Latina, esta situación es especialmente dramática en países como Honduras, El Salvador y Nicaragua que mantienen leyes que prohíben el aborto en prácticamente todas las circunstancias.

Sin embargo, cabe destacar que la Corte Constitucional ecuatoriana ha avanzado en el reconocimiento de los derechos sexuales y reproductivos de las víctimas de violencia sexual, un paso, sin duda, esencial en materia de derechos humanos. 

Un repaso histórico de los derechos de la mujer en Ecuador

Históricamente, las mujeres han enfrentado obstáculos e impedimentos para ejercer sus derechos. Si bien a lo largo de los años se ha avanzado lentamente, todavía persisten múltiples desafíos. En este sentido, hay que tener en cuenta que las relaciones de género expresan relaciones de poder y, por tanto, cada vez que se intenta modificar ese orden ocurren conflictos en el interior de la sociedad.

Ha habido atrocidades que son parte de nuestra historia. Durante siglos las mujeres no éramos concebidas como ciudadanas, y hasta inicios del siglo XX carecíamos del derecho al voto. Pero, a pesar de todo, con el tiempo se han alcanzado muchos derechos.

Ecuador fue uno de los primeros países en reconocer el derecho al sufragio para las mujeres, gracias a Matilde Hidalgo, quien, luego de varios esfuerzos, logró en 1929 que finalmente se aprobara el sufragio femenino. En 1981, Ecuador ratificó la Convención para la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw), lo cual determinó que no se consideraran discriminatorias ciertas medidas especiales de carácter temporal, encaminadas a acelerar la igualdad de facto entre hombres y mujeres.

En 1997 se promulgó la primera ley de cuotas para garantizar el derecho al trabajo y a la no discriminación en el ámbito laboral. En 2008 la Constitución instituyó normas trascendentales al determinar la representación paritaria de mujeres y hombres en los cargos de nominación o designación de la función pública, en las instancias de dirección y decisión, y en los partidos y movimientos políticos. En 2013 la Asamblea Nacional tuvo por primera vez en la historia un alto grado de equidad de género con un 38% de mujeres.

En 2018, la aprobación de la Ley Orgánica Integral para la Prevención y Erradicación de la Violencia de Género contra las Mujeres (Loipevcm) constituyó un hito fundamental, ya que se reconoció a la violencia política como uno de los tipos de violencia contra la mujer. Posteriormente, en 2020 se aprobaron las Reformas al Código de la Democracia que determinó por primera vez las sanciones por violencia política de género y la obligación a las organizaciones políticas a inscribir integrantes en sus listas para elecciones pluripersonales y unipersonales mediante criterios de paridad e inclusión.

Ecuador está mejorando en la protección de los derechos de las mujeres, niñas y adolescentes. Pero, aunque la normativa está evolucionando y se está adaptando a las necesidades por tener una sociedad más equitativa, aún existe el desafío de que la aplicación de la normativa sea efectiva y que realmente beneficie a la igualdad de género.

Y es que si un país no defiende los derechos humanos de sus mujeres ―y de su población en general― no podrá desarrollar su democracia ni generar las relaciones de equidad, transparencia y confianza sobre las que se construyen los buenos Gobiernos. Por lo tanto, la lucha por los derechos de las mujeres debe seguir fortaleciéndose para que sea posible construir una mejor sociedad.