Una región, todas las voces

América Latina y España, tan lejos, tan cerca

Rara vez un lugar común ayuda a entender asuntos complejos. El estereotipo de la dualidad entre la proximidad y la lejanía que definen las relaciones entre América Latina y España lo es y las ha signado durante décadas. Sin embargo, además de haber serias dificultades a la hora de identificar los propios polos de la relación, se debe tener en cuenta cómo ha variado la misma. América Latina aparece como una región muy enmarañada en la que los asuntos que se dan en el seno de los países que la integran adquieren perfiles muy particulares y los propios estados compiten en el marco de un vecindario en el que hay tensiones frecuentes. Por su parte, España ha acentuado en los tres últimos lustros sus problemas identitarios internos mientras asienta una posición más firme en el seno de una Unión Europea donde el Brexit ha rediseñado las relaciones entre los socios. Por otra parte, los vínculos gozan de un carácter dinámico que viene marcado por el transcurso del tiempo, por la circunstancia de que el pasado se sedimenta contribuyendo a explicar el presente y por los cambios que se registran en terceros actores cuya entrada y salida de la escena es notoria.

Los países de América Latina y España comparten su inserción en la denominada tercera ola democratizadora que arranca a mediados de la década de 1970, una circunstancia insólita en su historia. La notable renovación de las relaciones condujo a una evidente intensificación de los contactos en ámbitos diferentes, aunque a veces complementarios, como la cultura, la educación, la economía y la política. Quizá sobresalió una estrategia, más activa desde la parte española, al impulsar reuniones periódicas al más alto nivel siguiendo el formato de las cumbres iberoamericanas y su posterior institucionalización en la Secretaría General Iberoamericana, hoy lánguida.

No obstante, a partir del nuevo siglo han tenido lugar desde el lado latinoamericano tres fenómenos de naturaleza diferente cuyos efectos se han intensificado notablemente en la última década y que pueden modificar el heterogéneo marco relacional prexistente.

El primero se refiere al reforzamiento del marco identitario que tiene por eje la cuestión “originaria”. Larvado en torno a las conmemoraciones del denominado V Centenario del Descubrimiento de América supone, aunque no sea algo inédito en la naturaleza histórico-cultural de la región, una introspección sobre la identidad en la que lo indígena, prístino y bondadoso, se opone al conquistador, turbio y violento. Las demandas de petición de excusas a los altos responsables políticos españoles se siguen junto con la satanización de figuras y efemérides de la colonia que ven sus estatuas arrinconadas, así como con el cambio de nombre de lugares públicos. Países en su mayoría dotados de una riqueza lingüística enorme ven resurgir una demanda de reconocimiento de lenguas vernáculas marginadas por la presencia oficial del español. Las palabras del nuevo presidente peruano en su toma de posesión o lo acontecido en su Congreso a propósito del uso del quechua o en la Convención constituyente chilena con respecto a la reivindicación de la comunidad mapuche son evidencias claras muy recientes. En definitiva, la siempre difícil articulación del carácter plurinacional se alza como un reto para una España oficial que vive una situación similar en su propio terreno.

El segundo fenómeno viene de la mano del auge de China. En apenas dos décadas se ha convertido en el primer socio inversor y comercial de muchos países latinoamericanos, adquiriendo un papel preponderante en el terreno económico y desplazando a Estados Unidos, cuya presencia en América Latina se había ido restringiendo a cuestiones migratorias y del narcotráfico al estar más centrada geoestratégicamente en oriente medio. Ahora, el regreso de las tropas estadounidenses reabre la oportunidad de una mayor centralidad de la región, pero las posiciones de China ya están tomadas y socavan procesos de integración regional como el de Mercosur al haber abierto Uruguay negociaciones con el país asiático sin consultar con sus socios. En este escenario, la presencia española se ve limitada y se aleja del momento de mayor imbricación económica previo a la crisis de 2007.

Por último, hay que considerar el deterioro significativo que vive un número creciente de países latinoamericanos en su calidad democrática que hace más compleja la interacción. Lidiar bajo el síndrome de regímenes iliberales o directamente no democráticos supone una complejidad añadida en la agenda ordinaria de las relaciones entre estados. A la profunda deriva autoritaria registrada en Venezuela y Nicaragua se añade la que vive El Salvador y la que se avizora en Guatemala y en Honduras. El devenir que confronta Brasil o Perú no facilita las cosas.

Desde la perspectiva española el escenario tampoco parece fácil a la hora de establecer pautas sobre las que asentar las relaciones latinoamericanas. Sin tratarse de una lógica “suma cero”, la europeización de la vida pública española desempeña un factor determinante proyectándose en dos direcciones que deben tenerse en cuenta. La primera se refiere a la mayor imbricación de la economía española y de su sociedad en el proyecto europeo redefinido tras el abandono de la Unión por parte de Gran Bretaña. La segunda se relaciona con las preferencias de las elites españolas, así como por el peso que Europa ha jugado en su experiencia vital. Un repaso a las trayectorias profesionales de quienes integran el gobierno español lo evidencia en un escenario en el que, curiosamente, uno de los integrantes del gobierno de coalición, Podemos, tuvo en sus orígenes un claro componente latinoamericano.

En paralelo, las efemérides de las independencias, que en algunos casos nacionales celebran los dos siglos, han coincidido con otras bastante significativas como las que han conmemorado la fundación, y la caída, de Tenochtitlan. Todo lo cual ha supuesto la reapertura obstinada del viejo asunto que liga la responsabilidad del ente colonizador para con los pueblos colonizados. La relectura sesgada del pasado se confronta con los designios del futuro en un escenario que no deja de ser azaroso donde se pugna por la solidez del relato en un entorno que ha cambiado significativamente por la fatiga de las democracias que se viene haciendo crónica y por la presencia de China.

Foto de La Moncloa – Gobierno de España em Foter

Abimael Guzmán, Sendero Luminoso y la cuota de sangre

Abimael Guzmán fallecía el pasado sábado, a la edad de 86 años, tras pasar tres décadas en prisión, dada su condición de líder y fundador del grupo armado Partido Comunista del Perú – Sendero Luminoso (PCP-SL), responsable de más de 35.000 muertes oficiales, de acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación.

Nacido en Arequipa, en 1934, estudió Derecho y Filosofía en la Universidad Nacional de San Agustín, en donde conoció por primera vez la obra del pensador marxista José Carlos Mariátegui y, en concreto, su obra magistral sobre los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. Empero, su figura experimentó un mayor protagonismo cuando, en 1962, llegó a la ciudad de Ayacucho para asumir una cátedra como profesor de Filosofía de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga. Es allí donde rápidamente se convierte en el referente del Partido Comunista del Perú – Bandera Roja (escisión prochina del PCP, desde 1964), además de en un reconocido líder universitario, gracias al respaldo del entonces rector, Efraín Morote Best.

El Ayacucho que encuentra Guzmán se caracteriza por una profunda agitación social, soliviantada por los reclamos en favor del derecho a la educación pública y la reapertura de la universidad. Morote Best contribuye a politizar la universidad y con el apoyo del Frente Estudiantil Revolucionario el pensamiento político de la UNSCH se tiñe de rojo monocolor. Así, el maoísmo —casi una excepcionalidad entre las guerrillas latinoamericanas— se erige como uno de los planteamientos que mejor se adapta a las tensiones, contradicciones y carencias que presenta Ayacucho y, a tal efecto, la universidad y los centros educativos fungen como vanguardia del pensamiento revolucionario maoísta.

Abimael Guzmán, desde el grupúsculo de Facción Roja evoca la necesidad de una violencia claramente ideologizada, inicialmente constreñida a las luchas educativas, pero que rápidamente guarda como objetivo el colapso del Estado. Ayacucho es el punto de partida desde el que promover una ruptura revolucionaria que supere los aspectos que Guzmán entiende que son la base de todos los males del Perú: la dominación feudal y la impronta imperialista.

Al respecto, el país andino debía emular la experiencia de China —adonde viaja en dos ocasiones, en 1965 y 1967—, interiorizando el sentido de una guerra popular prolongada y adaptando el pensamiento de Mariátegui —o mejor dicho, desdibujando y manipulando el mismo— a partir de la sumisión de los aportes marxistas en favor de un proyecto radical y completamente violento.

Lo cierto es que desde 1969-70 se asientan definitivamente las bases propias de lo que es Sendero Luminoso. El conocido como “Camarada Gonzalo” construye paulatinamente una suerte de culto mesiánico a su persona, cuyo fundamento ideológico, hasta 1983, pasa por elaborar un corpus teórico que integre, primero, marxismo, leninismo y maoísmo; y después, su aportación propia. Esto es, se trata de elevar el “Pensamiento Gonzalo” a teoría primaria del marxismo —sin rastro alguno de Mariátegui— de modo que Guzmán se percibe a sí mismo como la cuarta espada del comunismo, a la misma altura que Marx, Lenin y Mao Tes-Tung.

Desde el 17 de mayo de 1980, que se produce la primera acción armada de Sendero Luminoso, Guzmán tiene plena convicción de que el proceso violento y revolucionario debe ir del campo a la ciudad; o lo que es igual, de la periferia hacia el centro. Ha de partir de la serranía sur central andina, y en concreto de Ayacucho, y afianzarse en las provincias de Apurímac y Huancavelica antes de llegar a Lima. Esto, porque en la serranía de los Andes era el lugar idóneo desde el que orientar un espíritu de odio con respecto a un orden establecido cuya superación justificaba todo atisbo de sacrificio y confrontación.

La utopía del futuro fue interiorizada como el motor de la revolución, de manera que devenía urgente exhibir el caudal de violencia en los enclaves de donde partía el proyecto senderista. La idea de “batir y remover el campo” (en la terminología senderista) no responde a otro propósito que el de expulsar a todas las autoridades estatales y evitar cualquier tipo de presencia en los lugares olvidados por la historia peruana de los que surge Sendero Luminoso.

Esto, en todo caso, y en un plano claramente local, lo anterior se va materializando en los primeros años de la década de los ochenta, especialmente, entre 1982 y 1984, aunque acompañado con inconmensurables dosis de muertes, terror y violencia. Además, ha de mencionarse la respuesta errática de un Estado que desconocía al enemigo al que se enfrentaba, que incluso inicialmente lo infravaloraba —pues en términos de amenaza los ojos estaban puestos en Ecuador— y que terminó por impulsar una política de excesos contra la población civil que, igualmente, dejan al Estado como responsable de más de 25.000 muertes, la mayoría violentas, en la primera mitad de la década de los ochenta.

A lo anterior contribuyó, indudablemente, la estrategia dirigida por “Gonzalo”, quien anteponía el partido como vanguardia de cualquier estructura revolucionaria y entendía la necesidad de fundirse con la masa, de manera que para el Estado todo campesino quechua-hablante en Ayacucho era susceptible de ser considerado parte de Sendero Luminoso. Desde entonces, para mediados de la década de los ochenta, la confrontación con la fuerza pública peruana es absoluta y el país se convierte en uno de los enclaves más violentos del continente —junto a Colombia, Guatemala y El Salvador— además de exhibir el mayor registro de muertes violentas en el menor tiempo transcurrido.

Abimael Guzmán quiso acelerar las condiciones revolucionarias de la historia haciendo uso de una cuota de sangre trasnochada, que comenzó con acciones de agitación y propaganda y que rápidamente pasó a “ajusticiamientos selectivos” (haciendo uso de la jerga senderista) y acciones armadas de impronta terrorista contra el Estado peruano y la sociedad civil.

Desde mediados de los ochenta, el enclave de mayor activismo senderista sería, sobre todo, la ciudad de Lima. En el campo se acumulaban estratégicamente las fuerzas, pero Lima era el resorte idóneo desde el que dar voz al planteamiento senderista. La cuota de sangre (también un concepto netamente acuñado por Guzmán) nunca dejó de estar presente. La guerra y la muerte debían ser la preocupación más importante de la sociedad peruana y ello exigía disponer de todos los recursos que fuese necesarios para mantener ingentes dosis de violencia.

Así se elevó la tanatofilia a dogma de fe en Sendero Luminoso. El sello de compromiso con una revolución que solo dejó consigo muerte, destrucción y un fujimorismo que, desde 1990, supo capitalizar a la perfección la detención de “Gonzalo”. Su captura —de la que ayer se cumplían 29 años— marcaría el principio del fin de uno de los grupos armados más sanguinarios del siglo XX latinoamericano.

Empero, su muerte no permite pasar una página de la historia peruana que aún hoy alberga importantes carencias en cuanto a verdad, justicia, reparación y no repetición para con las víctimas —oficiales y también no reconocidas— de la violencia política transcurrida, sobre todo, entre 1980 y 1992. Ojalá Guzmán encuentre en su tumba la paz que le arrebató a los peruanos.

Una tormenta perfecta para el oficialismo argentino

Se ha llevado a cabo la sexta elección primaria en Argentina desde la puesta en vigencia de las PASO. La combinación entre un clima global adverso para los oficialismos y la mala praxis local en diferentes materias —sanitaria, económica, educativa e institucional entre otras— han tenido como resultado una tormenta perfecta para el oficialismo en el plano electoral.

¿Qué son las PASO?

Las PASO —Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias— constituyen el mecanismo aprobado en el 2009 y estipulado en la ley 26.571, denominada “Ley de Democratización de la Representación Política, Transparencia y Equidad Electoral” sancionada el 2 de diciembre de aquel año, para la elección de los candidatos de los partidos y coaliciones partidarias.

El objetivo primordial de la iniciativa —por lo menos el oficialmente declarado— era desalentar la fragmentación partidaria, en parte producto de la eclosión del año 2001 y la emergencia de nuevas organizaciones que la fomentaban, como así también estimular la competitividad electoral.

Ha transcurrido poco más de una década de la puesta en práctica de la mencionada ley, y se ha hecho uso de dicho instrumento jurídico para elecciones multinivel en los comicios de 2011, 2013, 2015, 2017, 2019 y 2021. En una parte importante de las elecciones primarias llevadas a cabo en los diferentes comicios, el proceso electoral se ha transformado en un ritual que lleva a consagrar fórmulas establecidas de antemano, dado que la contienda política se encuentra limitada por acuerdos dirigenciales que restringen la competitividad.

Dado que la ley ha tenido un impacto más bien limitado sobre la dinámica interna de los partidos políticos, las PASO se han transformado de hecho en una suerte de primera vuelta electoral, transformándose en particular la competencia presidencial sin ir más lejos en un escenario a tres vueltas —primaria, primer y segundo turno— y a dos en el caso de los comicios legislativos.

¿Hemos asistido este domingo a la “primera vuelta”?

Un primer aspecto a destacar es que el proceso electoral del domingo fue un voto de castigo al oficialismo. El peronismo en sus diferentes expresiones ha sido derrotado en 17 distritos electorales, destacándose entre ellos la estratégica provincia de Buenos Aires —concentra el 40% del padrón electoral nacional— como así también la simbólica, aunque no menos significativa derrota en la provincia de Santa Cruz, cuna política de la dinastía Kirchner.

Una primera lectura está relacionada con la expresión de un “anti-incumbent vote” de acuerdo a las consideraciones del politólogo chileno Patricio Navia en un artículo recientemente publicado en la revista Americas Quarterly: un clima de cambio recorre América Latina y esto tiene efectiva traducción en el rechazo de los oficialismos en la (sub) región en un contexto de crisis económica, social y sanitaria. Podemos destacar, entre otros ejemplos, las derrotas del oficialismo en Bolivia en 2020 o en Chile, Ecuador y Perú durante el 2021 y la derrota de Donald Trump en Estados Unidos en los comicios presidenciales de noviembre del 2020 si miramos más allá de los límites de la región.

Este clima electoral convive además con un extendido ambiente de protestas sociales iniciado en el 2019, y que tras la interrupción durante el año 2020 debido a la pandemia, recobró fuerza este año incluso en países ajenos a la oleada inicial como ha sido el caso de las manifestaciones en Cuba durante el mes de julio.

Como Winston Churchill —¡salvando las distancias!— en los primeros comicios de posguerra en Gran Bretaña, Alberto Fernández y otros titulares del ejecutivo serían castigados en las urnas en la etapa “pos-pandemia”, debido a una ola de insatisfacción y malestar social generalizada.

Parafraseando a Nicolás Maquiavelo, la fortuna no parece haber acompañado a los diversos oficialismos de la región, pero en el caso particular del gobierno argentino tampoco la virtud o la eficacia. La economía argentina, una de las más castigadas como resultado de la crisis sanitaria, ha sufrido una caída del PBI por encima del promedio regional durante el 2020. A esto se suma una prolongada cuarentena de escasos resultados (además de las transgresiones desde la propia autoridad presidencial), una ineficaz campaña de vacunación con episodios de abierta violación de los más elementales principios de igualdad (“Vacunatorio VIP”) y un prolongado cierre de la actividad educativa, parcialmente compensada con el dictado virtual de clases.

En suma, el clima global adverso para los oficialismos y un mal manejo del gobierno en materia sanitaria, económica, educativa e institucional entre otras, han producido una tormenta perfecta para el oficialismo en el plano electoral.

El domingo 14 de noviembre tendrá lugar la “segunda vuelta”…continuará.


Episodio relacionado de nuestro podcast

Foto de elecciones internas en Argentina

La única vía política posible para Brasil

Las movilizaciones del siete de septiembre en varias ciudades del país pretendieron demostrar el apoyo político que un amplio sector de la sociedad aún mantiene hacia el actual presidente Jair Bolsonaro. Demostraron, inclusive, su disposición para conducir la narrativa bolsonarista hacia los límites de los marcos democráticos, llevando al propio Bolsonaro a radicalizar sus posturas.

En sus dos discursos, uno en Brasilia por la mañana y otro en São Paulo por la tarde, Bolsonario pareció atrapado en su propio laberinto criticando al Poder Judicial y parodiando un eventual golpe a la institucionalidad del país. El objetivo había sido demostrar fuerza política y legitimidad ante la sociedad, no obstante, terminó evidenciando fragilidad política y muy poca habilidad para lidiar con sus propios discursos y acciones.

Una grave crisis económica

Brasil se encuentra en uno de los peores momentos económicos de los últimos años con índices de desempleo históricos, inflación en continuo crecimiento, aumento de precios de los alimentos y endeudamiento de las familias. Golpeado por la propia pandemia, el país vive un clima generalizado de escepticismo económico y estrés político que en nada favorece la inversión y el trabajo. El desaliento de la población es perceptible y hay una falta de confianza hacia el futuro inmediato.

En este contexto, las movilizaciones del domingo 12 de septiembre en algunas ciudades del país fueron sintomáticas de la indignación con una situación que se interpreta insostenible, económica y políticamente. Convocadas desde diversos sectores de la sociedad, las movilizaciones alertan de los peligros inminentes del gobierno de Bolsonaro, de su inoperancia frente a los problemas económicos reales y de su desvío en el comportamiento político que amenaza la vida democrática.

Mientras tanto, se sigue alimentando la tesis sobre la división política de la sociedad en dos bloques. Si por un lado los seguidores de Bolsonaro reeditan cuando pueden su postura anti-PT y anti-Lula, los partidarios del ex presidente Lula da Silva trabajan en las redes sociales en el diseño de un escenario semejante, que los sitúa como antagónicos por excelencia al actual gobierno.

Líderes y militantes del PT, y de sus partidos aliados, no estuvieron presentes en las movilizaciones del domingo 12. Unos afirman que no fueron invitados, aunque ya han manifestado su incomodidad en juntarse con otras fuerzas políticas del país para pedir el ya clásico ‘Fora Bolsonaro’. Si bien en otras de sus movilizaciones se ha podido constatar el interés por el impeachment al presidente, líderes y militantes del PT se presentan ambiguos y desconfiados con un proceso que, en definitiva, harían caer políticamente a Bolsonaro y, con esto, dejar vacío uno de los dos bloques de la polarización para la disputa electoral en el año 2022.

Ya es posible leer en las redes sociales a simpatizantes del expresidente Lula procurando radicalizar el ‘peligro Bolsonaro’, inflar el significado político de las movilizaciones del siete de setiembre y de su contenido ideológico con el objetivo de no dejar decaer su poder e influencia. Para estos, Bolsonaro no puede ser relativizado en tanto figura política que podría paulatinamente perder espacios con miras a la futura contienda electoral. Si Bolsonaro se constituyó discursivamente como antagónico al PT y a Lula, se torna necesaria la permanencia de su legitimidad para el mantenimiento de la polarización política.

En este sentido, las movilizaciones recientes y futuras en torno al PT y Lula también jugarán un partido aparte: retroalimentar las viejas disputas políticas con el objetivo de dar rienda suelta al diseño de un escenario político polarizado entre Lula da Silva y Bolsonaro.

Las encuestas señalan una preferencia por Lula

Las encuestas de los últimos dos meses que miden la intención de voto para las elecciones de 2022 dan cuenta de la preferencia por Lula da Silva frente a Bolsonaro y el deterioro progresivo de la figura del actual presidente. Fue en parte por estas cuestiones que últimamente Bolsonaro no cesó en presentarse públicamente para dar cohesión y fuerza a sus electores.

Pero, paralelamente a la caída de su popularidad, otros precandidatos a la presidencia de la República como por ejemplo Ciro Gomes vienen ganando terreno. Esto no quiere decir que las adhesiones a Ciro Gomes estén vinculadas directamente con la caída de la imagen de la figura de Bolsonaro, sino que es en él que parece ir concentrándose el voto de personas que en las encuestas afirman que no votarían ni por Lula ni Bolsonaro.

Los círculos bolsonarista y lulopetista, desde sus antagonismos, trabajan en simultáneo para que no emerja, ni desde la izquierda, centro o derecha política, lo que se ha denominado la ‘tercera vía’ o una alternativa política a la polarización instaurada. Para el bolsonarismo, una ‘tercera vía’ traduciría un lulopetismo travestido, una izquierda disfrazada connivente con la corrupción, etc.

Para el lulopetismo y su círculo de influencia política, más allá de su estructura partidaria, una ‘tercera vía’ es entendida como la continuación de Bolsonaro sin Bolsonaro, de la continuación de un proceso político que habría abandonado las pautas populares y conducido hacia la derechización del país. Sin embargo, lo que se define como ‘tercera vía’, en realidad, no surge como contrapartida a dos vías políticas anteriores, sino como única alternativa política posible a un ciclo político iniciado en los años 2000, y que con Bolsonario gana su expresión más reciente: el lulobolsonarismo.

Lo que muchos definen como ‘tercera vía’ no es otra cosa que la única vía política posible que podría poner fin a un ciclo político con ciertos devaneos populistas y personalistas, y que ha diseñado una sociedad polarizada en constante conflicto. Para gran parte de la sociedad brasileña no existiría esa ‘tercera vía’ porque no se trata de asumir una opción política situada en los intersticios de dos vías ya preexistentes. Para muchos, el ciclo político actualmente encarnado en Bolsonaro, e iniciado con Lula, estaría llegando a su fin. Solo existiría una única vía política posible para su superación y llamarle de ‘tercera vía’ no sería del todo apropiada. En las elecciones de 2022 la verdadera disputa será entre los que quieren dar continuidad a este ciclo político y entre quienes le quieren poner fin. Y para estos últimos, existe una única vía política posible para Brasil.

El bloqueo migratorio en México fortalece al crimen organizado

Las imágenes de las caravanas de migrantes tratando de salir de la ciudad de Tapachula y su neutralización por agentes del Instituto Nacional de Migración (INM) y la Guardia Nacional han vuelto a impactar a la comunidad internacional. En las últimas semanas cuatro caravanas integradas por unas cuatrocientas personas, fundamentalmente centroamericanos, haitianos y venezolanos, han sido dispersadas tras recorrer poco más de cuarenta kilómetros desde Tapachula. La violencia del “rescate” de migrantes —como lo califican las autoridades— que ha sido reflejada en diferentes medios de comunicación, ha generado que se haya sancionado por lo menos a dos agentes del INM.

En esta ciudad fronteriza del sur de México, igual que en otras en el norte del país, se concentran miles de migrantes esperando tener documentación para seguir su camino hacia Estados Unidos. La presencia de más de 80,000 migrantes, en una ciudad con una población cercana a los 354,000 habitantes, genera un impacto negativo importante en la convivencia ciudadana y en el calentamiento de los estados de ánimo.

La falta de respuesta y de recursos de las autoridades migratorias mexicanas tampoco contribuye a que se gestione una “migración documentada y ordenada” de forma eficiente. Entre enero y julio del 2021 el INM ha entregado, en todo el país, únicamente 23,670 tarjetas de visitante por razones humanitarias y 11,768 tarjetas de residente permanente por reconocimiento de refugio.

Record de migrantes detenidos en 2021

Desde el año 2015, la patrulla fronteriza de Estados Unidos ha detenido un promedio anual de medio millón de migrantes, lo que se suma a los que el INM ha “rescatado” en México y ha retornado a sus países de origen. En el año 2019, durante la administración de Trump, la patrulla fronteriza detuvo a 977,509 migrantes. En el 2020, en plena alerta por la pandemia, se regresó al medio millón de detenidos y hasta el mes de julio del 2021, ya en la administración de Biden, se ha alcanzado una cifra histórica de un millón 331,822.

Las caravanas no han tenido futuro desde el momento en que se empezaron a organizar. Sin estructuras de apoyo, como las que ofrece el crimen organizado o las redes familiares, es imposible para los migrantes atravesar México por lo que el número de detenidos por las autoridades estadounidenses únicamente se puede comprender por dos razones: por una intensificación por parte del gobierno de Estados Unidos de las medidas para impedir el paso de migrantes o por el fortalecimiento del crimen organizado en el negocio del tránsito de indocumentados hacia el norte.

México tenía la intención, al inicio de la administración de López Obrador, de abrir las fronteras y fomentar el desarrollo económico del sur este mexicano y de Centroamérica con la idea de que los centroamericanos no tuvieran incentivos para abandonar sus lugares de origen. Todavía el presidente mexicano lo recordó hace unos días.

Las presiones de Donald Trump bloquearon esta pretensión y desde la creación de la Guardia Nacional, que había sido imaginada para combatir al crimen organizado, ésta fue encargada de la neutralización de los migrantes en la frontera sur de México. Desde el año 2019 México ha “rescatado” a 496,189 indocumentados y ha regresado a sus países de origen a poco menos de 300,000.

Los efectos de la pandemia

La epidemia de Covid-19 no ha tenido efectos en desincentivar el cruce de migrantes. La reducción de detenidos en el 2020 se debe más al relativo “relajamiento” de las autoridades migratorias, que a la reducción del paso de migrantes que llevan pasando con mayores o menores dificultades hacia Estados Unidos desde los años ochenta.

El endurecimiento de las medidas de represión por parte del gobierno estadounidense y la presión para que México realice lo mismo está sirviendo únicamente para que el crimen organizado se fortalezca y para que el costo económico que supone migrar hacia el norte para los ciudadanos centroamericanos se incremente.

Los migrantes que se encuentran en Tapachula son los pobres de los pobres y están condenados a esperar la respuesta del gobierno mexicano o a intentar por otras rutas. Existen muchos puntos en la frontera sur de México por la que pudieran aventurarse de una forma más discreta y exitosa, pero estos están controlados por diferentes grupos del crimen organizado y son peligrosos, especialmente si no se conoce el territorio.

La ruta del Ceibo-Tenosique en el estado de Tabasco, que hace frontera con el departamento del Petén en Guatemala, o la cercana de Bethel-Corozal, cruzando el río Usumacinta en el camino hacia Palenque en Chiapas son dos ejemplos de rutas muy utilizadas por migrantes centroamericanos en los últimos años y en los que no se han generado todavía cuellos de botella como el que se ha formado en Tapachula. En las próximas semanas, es muy probable que el problema se vaya expandiendo hacia esos nudos migratorios.

Bukele por siempre y el humo del bitcoin

Nayib Bukele mostró sus cartas. Tal como aventuré en una columna anterior, el extremadamente popular presidente salvadoreño recurrió al viejo recurso latinoamericano de violar la constitución para quedarse más tiempo en el poder. Y lo hizo coincidir estratégicamente en un momento en el que la prensa internacional está mucho más interesada en su experimento de legalizar la criptomoneda bitcoin que en cubrir sus asaltos a lo que queda de democracia en El Salvador.

Los magistrados de la Sala Constitucional de la Corte Suprema que Bukele designó usando su mayoría legislativa decidieron retribuirle el favor laboral a su jefe permitiéndole gobernar más allá de lo que le permite la constitución, a pesar de que tiene 4 artículos (el 88, el 152, el 154, y el 248) dedicados a impedir la reelección presidencial. A través de una resolución de 28 páginas, los juristas autorizaron la reelección inmediata para el período 2024-2029. El organismo que debe proteger la constitución la violó con cantinfladas como la siguiente: “Atar la voluntad popular a un texto que respondía a necesidades, contexto o circunstancias de hace 20, 30 o 40 años, resulta ya no garantista, sino una excesiva restricción disfrazada de certeza jurídica”. Ante tan expresa flexibilidad, lo lógico es esperar que la Corte Suprema nunca limite el mandato de quien la controla.   

La Corte Suprema terminó de perder su independencia cuando la Asamblea Legislativa, dominada por el oficialismo (que controla 64 de los 84 curules), decidió destituir a los magistrados de la Sala Constitucional y al fiscal general en su primer día de sesiones, en mayo pasado. Desde entonces, el gobierno sometió a la cabeza del Poder Judicial. Y ahora va por el resto del cuerpo: el 31 de agosto, la Asamblea aprobó una reforma a la carrera judicial que obliga a retirarse a los jueces mayores de 60 años o con más de 30 años de servicio. Esta reforma le permitirá al gobierno poblar las cortes con jueces leales a Bukele.      

El presidente salvadoreño actúa de manera estratégica. Primero, sabe tomar distancia. Aunque le encanta dar declaraciones, evitó referirse a la resolución sobre la reelección presidencial. De esta manera evitó darle importancia. Segundo, maneja los tiempos. Si El Salvador está en las noticias internacionales es porque desde el 7 de septiembre el país legalizó el bitcoin como divisa. La prensa libre del mundo libre ha estado mucho más interesada en el riesgoso experimento con la criptomoneda que en los zarpazos contra la libertad en el país centroamericano. Grandes medios como CNN, el New York Times, Bloomberg, BBC, The Economist y un largo etcétera han cubierto el tema hasta el hartazgo.

Tercero, saca las castañas con la mano del gato. En este caso, la ronroneante Corte Suprema.  Bukele decidió no meter el cambio a la reelección presidencial en el paquete de reformas que el vicepresidente Félix Ulloa presentará el 15 de septiembre a nombre del gobierno. Es más, Ulloa incluso ha dicho que los artículos constitucionales que prohíben la reelección consecutiva no se deben tocar. De esta manera, el gobierno parece respetar pulcramente la regla electoral mientras manda a la corte a violarla con descaro. Chapó.

Más viejo que el hilo negro

La decisión de Bukele de irrespetar la constitución para retener el poder no es infrecuente. Jefes de gobierno de todo el mundo han eludido, suspendido, reformado o reemplazado las constituciones para retener el puesto. Lo hicieron Vladimir Putin en Rusia este año  y Abdel Fattah el-Sisi en Egipto en 2019. Según un estudio de 2018, de los 221 presidentes latinoamericanos, africanos, asiáticos y del Medio Oriente que enfrentaron límites a sus mandatos entre 1975 y 2018, el 30% decidió hacerles una verónica y seguir en el poder.  

El también llamado “continuismo” es una larga tradición latinoamericana. Si hubieran respetado los límites constitucionales, dos vecinos de Bukele no estarían gobernando: ni Daniel Ortega en Nicaragua ni Juan Orlando Hernández en Honduras. Según mis datos, recolectados tanto de biografías presidenciales como de constituciones, entre 1945 y 2012, 31 presidentes de todos los países latinoamericanos (excepto México) y bajo todos los regímenes políticos —democracias, semidemocracias, y dictaduras— intentaron en 40 ocasiones cambiar o reinterpretar la constitución para mantenerse en el poder más allá de su mandato. Tuvieron éxito en 29 ocasiones.

En un estudio que publiqué recientemente examiné la potencial relación causal entre los cinco grandes factores de la personalidad —apertura a la experiencia, responsabilidad, extraversión, amabilidad, y neuroticismo— de los presidentes y la probabilidad de que intenten alterar sus períodos presidenciales. Encontré que los líderes que tienden a ser más abiertos a la experiencia, más neuróticos y menos responsables son más propensos a tratar de retener la jefatura de gobierno. Asimismo, los presidentes son más propensos a tratar de extender sus mandatos cuando tienen fuertes poderes legislativos, lideran nuevos partidos, la reelección inmediata está prohibida y las altas cortes no son completamente independientes. Bukele disfruta actualmente de todas estas condiciones, excepto de fuertes poderes legislativos —aunque eso lo puede suplir con la abrumadora mayoría que lo apoya en la Asamblea Nacional.

         Los destinos de los jefes de gobierno que tuvieron éxito en extender su estadía en el poder fueron muy variopintos. El expresidente ecuatoriano Rafael Correa es hoy prófugo de la justicia de su país, acusado de cohecho. Hugo Chávez gobernó en Venezuela hasta que murió en 2013. Alberto Fujimori se arrancó a Japón en 2000 y hoy está en una cárcel en Perú. Al argentino Juan Domingo Perón lo sacaron con un golpe de Estado en 1955, aunque luego logró volver a la presidencia. A otros, como Carlos Menem de Argentina y Álvaro Uribe de Colombia, no les permitieron extender su mandato en su segundo intento. ¿Cuál destino le deparará a Bukele? Difícil saberlo. Ahora está en la gloria. Pero a veces la historia se repite, y por eso tal vez no estaría mal recordar que a su predecesor Salvador Castañeda lo sacaron con un golpe militar en 1948 cuando trató de extender su mandato. Y es que muchas veces la historia termina mal para el jefe de gobierno, el país, o ambos.

Perú: ¿camino al vacío de poder?

El pasado 15 de agosto y a escasas semanas en el cargo, Pedro Castillo presentaba una desaprobación de 45%, según la encuestadora Ipsos, que es la más alta para un presidente de Perú al iniciar su mandato en los últimos 20 años. Casi un mes después, según diferentes encuestadoras la desaprobación del mandatario se mantiene en niveles similares.

Uno de los principales motivos de este rechazo es la la cercanía de Vladimir Cerrón al nobel presidente. Cerrón, ex gobernador de Junín —región ubicada en la sierra central peruana—y quien ha sido recientemente acusado por la fiscalía por presuntos delitos de corrupción, ejerce gran influencia en el gobierno a pesar de no poder ocupar ningún cargo debido a estar inhabilitado.

Según su abogado, Cerrón estaría evaluando solicitar asilo político ante lo que denominó como una “persecución política” de su cliente. Esto evidencia que el político estaría evaluando la posibilidad de evadir a la justicia peruana en caso de ser condenado por corrupción, financiamiento ilícito de la campaña electoral y lavado de activos.

Otro de los motivos que explican el rechazo de gran parte de la ciudadanía es la incapacidad del mandatario para conformar un gabinete ministerial desvinculado con Sendero Luminoso, agrupación terrorista que actuó en el país durante los años 80s y 90s. Tal es el caso de Iber Maraví, ministro de transportes que cuenta con un conjunto de denuncias por participar en actos terroristas desde los años 80 y, posteriormente, por participar de actos vandálicos durante las huelgas docentes.

El otro ministro que se encuentra en medio del debate público es precisamente el primer ministro, Guido Bellido, cuya página personal de Facebook cuenta con publicaciones laudatorias hacia el ex líder de la agrupación terrorista, Abimael Guzmán, donde suscribe su visión de la realidad peruana y justifica las razones de su accionar. Estas declaraciones del primer ministro, que configurarían delito de apología al terrorismo, han sido recientemente criticadas a la luz de la visita que le hiciera César Tito Rojas, el dirigente del Movimiento por la Amnistía y los Derechos Fundamentales, organización que busca permitir a ex terroristas participar de la vida política.

Si bien la discusión pública sobre la amnistía es de por sí compleja, tal como ha demostrado la experiencia en países como Colombia donde el estatus de las organizaciones como las FARC era diferente al de Perú, es aún más difícil si esencabezada por un primer ministro que realiza declaraciones desde su cuenta pública en las que defiende los actos realizados por la organización terrorista.

La tercera causa de la desaprobación de Pedro Castillo es la economía. La canasta básica ha sufrido un considerable aumento que no necesariamente es atribuible al gobierno, pero que está vinculada al riesgo percibido por los agentes económicos y que ha provocado una devaluación de la moneda peruana en relación al dólar del 12% desde que Castillo ganó la primera vuelta en el mes de abril.

Además, la rebaja en la calificación país por parte de Moody´s, en parte debido a la profunda polarización política, ha cambiado la visión internacional de la nación andina con relación al riesgo, debilitando así su capacidad para formular política pública y afectando negativamente la confianza de los inversionistas en el país. Estos factores arrastran un problema mayor que tiene que ver con la capacidad de endeudamiento y perspectiva crediticia en el mediano plazo.

Las tres razones que explicarían la alta desaprobación del presidente -vínculos con un asesor que no forma parte del aparato público y cuenta con varias denuncias, vínculos con la organización terrorista Sendero Luminoso y crisis económica- proyectan un futuro oscuro para el país. En este marco, en ciertos sectores políticos, y sobre todo desde el sector fujimorista, ya se está discutiendo la posibilidad de una vacancia presidencial.

Ante este panorama, el futuro de Perú se torna delicado y el posible vacío de poder se abre como un escenario similar al protagonizado por el ex presidente Pedro Pablo Kuczynski en 2017, donde luego de la sucesión presidencial, un deslegitimado Congreso tomó las riendas del país.


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Foto de Vice-Presidencia de la República (VPR)

Ecuador: los 100 primeros días de Lasso

Desde la transición a la democracia en Ecuador en 1979, ningún presidente había registrado el 74.1% de aprobación que ahora goza Guillermo Lasso en sus primeros 100 días de Gobierno, según lo demuestran datos de la empresa de opinión pública CEDATOS. Al respecto ensayo dos explicaciones. La primera es el cumplimiento de la principal oferta de campaña: vacunar a nueve millones de personas —de un total de 17 millones— contra el coronavirus en 100 días. El mandatario se concentró en atacar a una de las tres principales preocupaciones de la población, en las que constan también el desempleo y la inseguridad. La segunda explicación es el buen desempeño de Lasso en comparación con el gobierno anterior. 

Este buen arranque del Gobierno, de ideología contraria a la Revolución Ciudadana de izquierda que gobernó 10 años, atraviesa, sin embargo, dificultades políticas que eran previsibles desde la primera vuelta electoral debido a su exigua representación en la Asamblea Nacional. La bancada de CREO tiene 13 curules de 137 mientras que su aliado natural de derecha, el Partido Social Cristiano (PSC), rompió filas y se pasó a la oposición. El costo de este desencuentro puede ser muy costoso ya que al presidente le queda gobernar de forma directa a través de decretos.

El Gobierno es consciente de lo dificil que será pasar nuevas leyes o reformar las existentes, sobre todo en materia económica, debido a que la mayoría está conformada por bloques de izquierda que se niegan a aprobar medidas “neoliberales”, de ajuste extremo o que diluyan procesos de progresividad de derechos socioeconómicos en los segmentos de mayor vulnerabilidad. Los temas de alta sensibilidad para el Gobierno son la explotación minera, las nuevas reglas laborales y la relación con los organismos multilaterales de crédito.

La tensión entre el Ejecutivo y la Asamblea no es nueva en Ecuador, la mayoría de los presidentes ha gobernado sin mayoría legislativa entre 1979 y 2007. No obstante, la desaprobación de la Asamblea a inicios del período nunca había sido tan alta ya que apenas el 16.4% de la población tiene credibilidad en los asambleístas, según CEDATOS. Luego de los primeros 100 días y con un presidente muy bien calificado y una Asamblea en desprestigio, el Ejecutivo ha activado la idea de promover consultas populares para gobernar.  

Consulta popular

Nadie conoce cuáles podrían ser los temas de una posible consulta popular, sin embargo, desde la campaña electoral el mandatario advirtió acerca de la necesidad de eliminar el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCSS) que es el núcleo de la Función de Transparencia y Control Social. Desde esta función se designa a las principales autoridades del sistema de justicia, control y superintendencias. En los últimos periodos gubernamentales, los concursos para contralor, fiscal, Consejo Nacional Electoral, Consejo de la Judicatura han sido severamente cuestionados.

Otros temas de la consulta podrían ser la configuración de una asamblea bicameral, pese a que este diseño institucional fue utilizado desde inicios de la república en 1830 hasta 1979 sin que haya evidencia de sus beneficios para la democracia. Se podrían colar en la consulta también varios temas económicos para la reactivación que trata de impulsar el Ejecutivo, como una reforma laboral entre los aspectos más importantes y de mayor deliberación pública.       

Lasso ha tratado de mantener su alta aprobación sin arriesgarse, aún, a tomar medidas económicas que pudieran afectar su capital político, pese a las demandas cada vez más recurrentes de los sectores sociales como los maestros, sindicalistas y pueblos y nacionalidades indígenas. El presidente ha mantenido el esquema de su antecesor, Lenin Moreno, en el sentido de no revisar la eliminación de los subsidios de los combustibles, seguir la carta de navegación con los organismos multilaterales de crédito y dinamizar lentamente la economía con un desconfinamiento gradual debido al éxito de la vacunación.

Aires de protesta social

Convivir con el status quo le ha costado al Gobierno las primeras advertencias de movilizaciones y paralizaciones a nivel nacional por parte de la Confederación de Pueblos y Nacionalidades Indígenas (Conaie), el Frente Unitario de Trabajadores (FUT), pequeños y medianos agricultores y la Unión Nacional de Educadores (UNE). Las exigencias del sector social son la revisión de la eliminación de los subsidios para los combustibles, la no explotación minera y el pago de la deuda del Estado al Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS), deuda que se ha ido acumulando por el manejo inadecuado de varios gobiernos.

El Gobierno y los sectores sociales no han logrado un mecanismo de diálogo para desatar el nudo, pese a que el primero ha establecido una interlocución con el sector indígena en unas primeras reuniones. Frente a este escenario, la sociedad civil viene impulsando algunos procesos de diálogo nacional en los que se puedan encontrar acuerdos mínimos para una ruta sostenida y de largo plazo. Este papel de la sociedad puede ser protagónico en el caso de que se agudicen las diferencias entre el oficialismo y el frente social, sobre todo por falta de un sistema de partidos que procese y resuelva las demandas.

A manera de colofón

Si la consulta popular es la vía para estabilizar la situación política y la toma de decisiones económicas, el presidente debería mantener una alta aprobación hasta fin de año. Al respecto surgen varias preguntas: ¿quiénes serán los interlocutores en los territorios para ganar la consulta antes de ir a las urnas? ¿podrá el presidente sostener su aprobación si se agudiza el desempleo y la inseguridad antes de la consulta? ¿cómo lograr un acuerdo de gobernabilidad con los sectores de izquierda que ya están pensando en las elecciones locales del año que viene? ¿ante el descrédito del sistema de partidos, acaso la sociedad civil podría convertirse en un actor clave frente a la tensión entre el oficialismo y la oposición? ¿le alcanzará al Gobierno con los resultados exitosos de la vacunación para sacar adelante un país en crisis y apatía política? Sólo el tiempo nos dará las respuestas.


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¿Qué quedó de las transiciones a la democracia?

Los militares han vuelto a aparecer en la escena política latinoamericana. En algunos casos porque los gobiernos se están apoyando en ellos para llevar a cabo sus proyectos como es el caso de Nayib Bukele en El Salvador, Jair Bolsonaro en Brasil o López Obrador en México. En otros casos porque los mismos militares están interviniendo en la política como en Bolivia, Ecuador o Perú. Y en otros porque son parte de regímenes autoritarios como en Venezuela y Nicaragua. Esta presencia es preocupante porque si algo ha caracterizado históricamente a las Fuerzas Armadas es que son instituciones que no se basan en lógicas democráticas.

La tercera ola democratizadora

Desde finales de los años setenta y hasta la década del noventa del siglo XX sucedieron varios cambios de régimen orientados en gran medida hacia la democracia en diversos países del mundo, y particularmente en América Latina. Desde entonces han pasado cuarenta años y si bien es difícil hacer historia del presente, hoy tenemos una mayor claridad de lo sucedido y de las lecciones que nos dejaron.

La tercera ola democratizadora, como la denominó el politólogo Samuel Huntington, inició en Europa meridional en 1974, en Grecia, con la caída de la Junta Militar que había gobernado desde 1967, y en Portugal con la “revolución de los claveles” contra el régimen militar del Estado Novo, que a su triunfo en 1975 inició un proceso de democratización del país. Le seguirían otros procesos como el español, tras la muerte de Francisco Franco en 1975, y muchos otros en prácticamente toda América Latina y Europa del Este.

Entre los años 70’ y 90’ ocurrieron transformaciones profundas que generaron una especie de optimismo democrático. La opción socialista y comunista se debilitó cuando la Unión Soviética (URSS) empezó a mostrar signos de franco deterioro, sobre todo entre los países que estaban bajo su órbita en Europa del Este.

El debilitamiento de los regímenes militares en América Latina

En América Latina dos conjuntos de factores debilitaron a los regímenes militares que habían irrumpido en las décadas anteriores. Los factores endógenos fueron su ineficiencia e incapacidad para guiar sus economías, lo cual se vio agravado por la crisis económica mundial de los años setenta que disparó la inflación y aumentó la pobreza. A esto se sumaron las políticas represivas que aumentaron el descontento social y la deslegitimación de las élites.

Uno de los factores exógenos fue que los regímenes perdieron el apoyo de Estados Unidos, que abandonó su “Doctrina de seguridad militar”, que durante la Guerra Fría se basó en apoyar a cualquier régimen que se opusiera al avance del socialismo. Ya bajo el gobierno de Ronald Reagan se lanzaron programas para la promoción de la democracia y más tarde el propio Congreso estadounidense creó el “National Endowment for Democracy”.

En cierto sentido, las alternativas se cerraban y se fortalecía la opción de la democracia, “by default”. En este marco, se presentaron en América Latina tres tipos de transiciones de modos e intensidades diferentes.

Diferentes tipos de transición

Las transiciones por “colapso del régimen” se caracterizaron por ser temporalmente breves. En Perú, en 1977 se inició un proceso que derivó en la elección de una Asamblea Constituyente que en 1979 promulgó una nueva Constitución, celebrándose al año siguiente elecciones presidenciales. En Argentina, en 1982 se disolvió la junta militar que puso fin al “Proceso de reorganización nacional” y en 1983 se llamó a elecciones, mientras que en Paraguay se produjo en 1989 un golpe de Estado que puso fin a la dictadura de Alfredo Stroessner reincorporando las elecciones.

Los procesos por “pactos” se caracterizaron por una lenta retirada de los militares del poder, pero con un claro inicio y final. En 1980 se llevó a cabo en Uruguay un plebiscito que dio inicio a un proceso de apertura que finalizó con la elección de 1985. En Ecuador, entre 1976 y 1979 se instaló un “triunvirato” militar que regresó el poder a los civiles. Mientras que, en Brasil, en 1985 se llevaron a cabo las últimas elecciones indirectas y se abrió un periodo de transición tutelada hasta que en 1989 se celebraron elecciones libres y directas que ganó Fernando Collor de Melo. Y en 1980 se llevó a cabo en Chile un plebiscito sobre la continuidad del régimen de Augusto Pinochet que, tras la victoria del “No”, derivó en las elecciones de 1989 y la asunción de Patricio Aylwin.

México será un caso de “transición por reformas”, caracterizado por lentos pero profundos cambios en el sistema político, con un claro periodo de inflexión desde 1997 cuando el hegemónico Partido de la Revolución Institucional (PRI) perdió la mayoría en la Cámara de Diputados y finalizando en las elecciones del 2000 con la pérdida de la presidencia.

Finalmente, si bien Colombia y Venezuela se caracterizaron por ser democracias electorales desde 1958, el primero padeció una alta inestabilidad política derivada de la presencia de guerrillas y el narcotráfico, hasta que en 1991 se promulga una nueva Constitución como instrumento de paz.  Mientras que Venezuela, una de las pocas democracias estables en la región, entró en una vorágine de corrupción endémica a partir de los años 80 que puso en crisis al sistema y favoreció la llegada de Hugo Chávez.

Las expectativas que despertó la democracia

Los factores que fomentaron las transiciones abrieron interrogantes ¿Realmente se orientaban hacia la democracia o eran meras ilusiones? Y si era así, ¿en qué medida perdurarían tales democracias?

Las preocupaciones surgían porque en América Latina las relaciones entre civiles y militares habían signado el desarrollo de la política de las últimas décadas con la notable excepción de México. Su constante presencia terminó por politizarlas, y se convirtieron de facto, en un partido político que expresaba la voluntad política de las Fuerzas Armadas, y ya en el gobierno, organizaban las relaciones de poder en favor del ejecutivo.

Las transiciones a la democracia crearon grandes expectativas que en varios casos se vieron rápidamente frustradas. Pero uno de los logros de las transiciones fue alejar a los militares del poder y desde entonces las crisis políticas, en su mayoría, se han resuelto por la vía pacífica y las incursiones militares, salvo lamentables excepciones, han terminado en fracasos.

De las transiciones del pasado surgieron regímenes democráticos débiles, y aún quedan muchos pendientes, pero es equivocado pensar la democracia únicamente como un fin y no como un medio. La democracia, en palabras de Leonardo Morlino, es resiliente ya que tiene la capacidad de superar problemas profundos. Algo que los latinoamericanos deben tener en cuenta para frenar los deslices antidemocráticos que están amenazando a la región.

Un diferendo argentino-chileno con olor a naftalina

Los países del Cono Sur americano sucumbimos juntos a la violencia y el terror dictatorial de los años 60 y 70. Y juntos, también, recorrimos el camino de la dictadura a la democracia, en los 80’s y 90’s, con distintos retos, ritmos y condicionantes. La desactivación -cuando no resolución- de los conflictos limítrofes fue uno de los requisitos que permitieron avanzar en esa dirección y asentar los pilares del proceso de integración que también contribuyeron tan decisivamente a hacer de esta parte del mundo una “zona de paz y cooperación”.

El Tratado de Paz firmado entre Argentina y Chile, que puso fin al centenario conflicto por el Canal del Beagle (1984) y los acuerdos de Argentina con Brasil que sentaron las bases del Mercosur (1985-1991) fueron mojones de ese derrotero que mostró la fortaleza de las nuevas democracias para suspender o remover el estado de beligerancia, latente o explícita, que nos tuvo en vilo desde que nuestros países se imaginaron y se constituyeron como estados nacionales. 

La reaparición de un diferendo limítrofe

Por eso es que la reaparición de un diferendo limítrofe entre Argentina y Chile, en este caso por mapas superpuestos sobre una porción de la plataforma continental al sur de Tierra del Fuego que la Argentina considera con legítimos títulos como propia y Chile ha decidido incluir como suya, puede ser la punta de un iceberg de un panorama geopolítico más complejo y preocupante.

Los antecedentes del caso señalan que el 21 de abril de 2009 la Argentina tomó la iniciativa de llevar a la Comisión de Límites de la Plataforma Continental (CLPC) los documentos para fijar el límite exterior de su plataforma. El 17 de marzo de 2017 la CLPC adoptó las recomendaciones excluyendo aquellas zonas sujetas a una disputa de soberanía con el Reino Unidos así como el sector que está regido por el Tratado Antártico. Este dictamen permitió extender los derechos de soberanía argentina sobre los recursos del lecho y subsuelo en más de 1.782.000 km2 que se suman a los ya habidos 4.799.000.

El Congreso argentino aprobó por unanimidad el dictamen textual de la Comisión de Límites que se convirtió en Ley 27557 el 4 de agosto de 2020 promulgada el 25 del mismo mes. El Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile ya había hecho conocer en mayo su oposición a la Cancillería Argentina, y según afirma, reiterando los términos expresados ante el organismo técnico de Naciones Unidas en el 2009 donde se reservó el derecho de determinar los límites de su plataforma. El Decreto Supremo 95 del 23 de agosto y la actualización de la Carta Náutica chilena cuatro días después, estableciendo los derechos soberanos de su plataforma continental, son la continuidad de esas gestiones diplomáticas iniciadas en 2009.

La superposición con la soberanía argentina corresponde al sur del Mar de Drake, conocida como “medialuna”, con una superficie de 5000 km2. Como señala el diplomático y economista argentino Felipe Frymdan, durante largos once años ambos países no encontraron la oportunidad  para dialogar, aclarar las diferencias ni definir qué hacer con tanto agua. Y ahora sobreviene el desentendimiento público que puede derivar en nuevas apelaciones internacionales si no hay un tratamiento bilateral conjunto.

La disputa por el dominio del lecho marino

Este diferendo, por otro lado, se puede inscribir en la disputa por el dominio del lecho marino que se observa en otros espacios estratégicos: en el Ártico, el Caspio, el Mediterráneo, el Mar del Sur de la China. Extender esta soberanía es un fenómeno de la geopolítica global que involucra a potencias mayores y países que se ven empujados a esa carrera por los recursos.

Lo que nos lleva a ampliar el foco regional y observar también este conflicto limítrofe binacional argentino-chileno en línea con los desacuerdos y divergencias que colocan al Mercosur en su peor momento, como parte también de la erosión -sino resquebrajamiento- del piso regional que hizo posible avanzar juntos, dentro y fuera de las respectivas fronteras nacionales de cada uno de los países miembros: Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay. 

Es así como vemos aflorar dos conductas reactivas de “fuga” de las encrucijadas actuales, en apariencia contradictorias, en el fondo consustanciales: despegarse de los compromisos regionales para buscar cada uno por la suya un “salto” hacia los mercados globales, o replegarse en los nacionalismos territoriales y aislacionismos de un mundo que ya no existe.

Dos espejismos que pueden servir para distraer la atención de los problemas domésticos y no hacen otra cosa que evidenciar que cuando faltan proyectos comunes de futuro, nos asaltan los atavismos y fantasmas que parecían definitivamente superados, en un escenario regional cuyo parcelamiento y fragmentación debilita los intereses nacionales de cada país. Lo último que nos faltaba, ahora, es que la Argentina y Chile reediten viejas rivalidades en el Cono Sur, en un túnel del tiempo que nos retrotraiga 40 años atrás, mientras las potencias globales redefinen el Gran Juego de la geopolítica global.  

*La versión original de este texto fue publicada en Clarín, Argentina