Una región, todas las voces

Argentina: peronismo de todos los colores

Tanto se ha escrito y dicho sobre el 17 de octubre de 1945 en la Argentina como un mito fundante, una bisagra y parteaguas histórico, una fecha icónica que se identifica con el nacimiento del peronismo. Un componente vivo del relato histórico-político que comenzó hace 75 años y perdura hasta nuestros días. Y un “artefacto caleidoscópico”: según como va girando, coloca las piezas de lo ocurrido esa jornada en que Perón fue aclamado en la Plaza de Mayo por primera vez, de diferentes modos. ¿Fue una movilización espontánea (“el pueblo dando una batalla directa a la oligarquía y triunfando como consecuencia de una política de masas”, como definió John William Cooke) o una puesta en escena organizada desde el poder, según la descripción de otros autores? ¿Significó una revolución “desde abajo” o “desde arriba”? ¿Una revolución social o una reposición restauradora para prevenir dicho cambio revolucionario? Aquí, un análisis del peronismo y su incidencia.

Ese día, el pueblo en las calles le torció el brazo por primera vez a una dictadura militar. Acto seguido, consagró al exhombre fuerte de esa misma dictadura como nuevo líder popular al frente de un movimiento político de masas que se identificaba con la causa de los trabajadores y la bandera de la justicia social.

Un fenómeno revolucionario, porque llegó para cambiar el statu quo imperante, pero también conservador, porque aspirará a reponer un equilibrio social que considera amenazado o alterado por factores externos»

¿Pesaron más las masas obreras que irrumpían como actor protagónico, los pronunciamientos de las organizaciones gremiales o las intrigas palaciegas y los movimientos político-militares en los círculos de poder? Como lo señalamos en varios trabajos con Santiago Senén González, el acta de nacimiento del peronismo llevará esa característica contradictoria y multifacética que marcará sus derroteros: será un fenómeno revolucionario, porque llegó para cambiar el statu quo imperante, pero también conservador, porque aspirará a reponer un equilibrio social que considera amenazado o alterado por factores externos o “distorsivos” (“el antipueblo”, “la oligarquía”, «la lucha de clases”, “el neoliberalismo” y así hasta nuestros días…).

Un hecho cuya significación fue cambiante y contradictoria también para los observadores extranjeros. No solo por la importancia que tuvo para la opinión pública internacional, las relaciones exteriores y, especialmente, las relaciones entre los EE. UU. y América Latina. Sino también por la gran incidencia que tuvo esta mirada externa en la propia evolución de los acontecimientos y en el comportamiento de los actores principales.

Entre mediados de 1945 y comienzos de 1946, en apenas cuatro meses, la principal fuente de preocupaciones que representaba la Argentina para los Estados Unidos tomaba un drástico cambio de rumbo: la baliza titilante de la “amenaza nazi” en Sudamérica se apagaba sobre los mapas del Departamento de Estado y el Pentágono; en su lugar, se encendían las luces de alerta ante el “peligro comunista” en el sur del continente.

Perón, cuyo liderazgo se había arropado en el militarismo prusiano y el populismo antiliberal que erizaban la piel de la mayoría de los diplomáticos y observadores occidentales de aquellos años cuarenta, logró construir al calor de estos tiras y aflojes, tensiones y gestos con Washington, una estrategia y una doctrina -la Tercera Posición- que le permitirá acumular y mantener el poder nacional frente a izquierdas y derechas y adaptarse a la nueva hibernación geopolítica, de la neutralidad durante la Segunda Guerra a la Tercera Posición durante la Guerra Fría. Décadas más tarde, se repetirá la escena, representada por otro coronel admirador de una de las versiones de aquel primer Perón, el comandante Hugo Chávez, al frente de su propia revolución en Venezuela con aspiraciones a exportarla al resto de América Latina en su cruzada antimperialista frente a Washington.

También en esa interacción entre las dimensiones externas y nacionales de la política se fraguó el peronismo, con sus múltiples facetas, haciendo equilibrio entre antagonismos pero también incluyendo esos antagonismos en su propio seno, con las consecuencias dramáticas que ello trajo a lo largo de su historia. Por un lado, su notable capacidad de adaptación y perdurabilidad.

Presidencias que fueron del ‘populismo neoliberal’ de Carlos Menem al ‘populismo progresista’ de Néstor y Cristina Kirchner»

Durante sus primeros 29 años, hasta la muerte del líder, los primeros diez en el poder, los siguientes 17 desde el exilio y en la proscripción, y los últimos diez, ya anciano y en su tercer gobierno que apenas pudo sobrevivir a su desaparición física, con la instalación de la última dictadura. Y desde la recuperación de la democracia, en 1983, 25 años en el gobierno y 12 en la oposición, con presidencias que fueron del “populismo neoliberal” de Carlos Menem al “populismo progresista” de Néstor y Cristina Kirchner.

Esa misma versatilidad del peronismo para acompañar los cambios de época conteniendo a los extremos del arco político y manteniendo el conflicto latente demarcando la difusa línea divisoria entre “amigos” y “enemigos”, será también su limitación y problema, en el momento en que los ciclos políticos se agotan o estallan sus contradicciones internas y las disputas por el liderazgo vacante o menguante.

El actual momento político de la Argentina contiene esa dinámica del proceso histórico y las crisis que de ella se derivan: un liderazgo, el de Cristina Kirchner, que persiste en el gobierno al costo de permanecer en el segundo plano, como vicepresidente, como “poder en las sombras”. Y un gobierno, el del presidente Alberto Fernández, debatiéndose con un poder real que le restringe su capacidad de maniobra para ganar fuerza propia y trascender el “momento carismático” de quien lo designó como candidato. Variantes de un mismo fenómeno, propio de un país singular, pero que como bien lo señaló Alain Rouquié en “El siglo de Perón. Ensayo sobre las democracias hegemónicas”, no pertenece solo al pasado ni es exclusivo de un país concreto de América del Sur.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Copyright Clarín, 2020.

Foto de hernanpba en Foter.com / CC BY-SA

Tiempos de constitución y pandemia en Chile

El 25 de octubre, Chile enfrentará su elección más importante desde 1988, cuando mediante un plebiscito se inició la transición a la democracia. En 2020, nuevamente mediante plebiscito, la ciudadanía podrá decidir si iniciar un proceso para reemplazar la constitución heredada del régimen de Pinochet (opciones “apruebo” o “rechazo”) y el tipo de convención que deberá redactarla (“convención mixta” compuesta por mitad de parlamentarios en ejercicio y mitad electos, o la “convención constitucional” con 100% miembros electos con ese fin). Este proceso, resultado de un acuerdo político transversal, busca canalizar institucionalmente la crisis que estalló en octubre de 2019, en que las bases del modelo de desarrollo se pusieron en entredicho en un contexto de protestas extensas, prolongadas y fuertemente reprimidas.

Tanto las protestas como el proceso eleccionario se vieron congelados a mediados de marzo con la llegada de la pandemia de la Covid-19. El plebiscito, inicialmente agendado para abril, debió ser postergado a la vez que la discusión política se trasladó a la esfera sanitaria y los efectos sociales y económicos de la pandemia. Más allá de la postergación, la pandemia ha tenido efectos en dos arenas distintas de la discusión.

Por una parte, al igual que en otros países, la pandemia ha tenido consecuencias desiguales. La posibilidad de hacer una cuarentena efectiva es reducida dadas las malas condiciones de habitabilidad, desempleo e informalidad, que aquejan a sectores importantes de la población. La pandemia también ha desnudado los escasos avances en igualdad de género en materia, particularmente en materia de cuidados y en lo frágil que ha sido la incorporación de mujeres al mercado laboral. Estos temas se vuelven relevantes considerando que, entre los actores movilizados, las organizaciones feministas han tenido un rol protagónico.

Una vez contagiados, la letalidad del virus también es heterogénea. Recientemente, el testimonio de una ex funcionaria del Ministerio de Salud indica que las personas contagiadas con el virus que tienen seguro de salud público tienen un 86% mayor probabilidad de morir que los con seguro privado, lo que es refrendado por análisis preliminares respecto a la distribución territorial de los fallecidos. Estos debates mantuvieron en la agenda la crítica de fondo a las múltiples y profundas desigualdades y segregaciones existentes en el país que se buscan abordar en el debate constitucional.

la pandemia, dejó de lado la discusión electoral sobre cómo llevar a cabo el plebiscito

Por otra parte, la pandemia, dejó de lado la discusión electoral sobre cómo llevar a cabo el plebiscito. Hasta fines de julio, cuando se aprobó permitir el retiro de un 10% de los fondos individuales de pensión como medida para palear la crisis, la discusión política y legislativa estuvo centrada en las (tardías e insuficientes) iniciativas del gobierno para abordar los efectos del desempleo y disminución de ingresos de parte importante de la población. E implícitamente persistía la incertidumbre respecto a si la situación sanitaria permitiría la realización del plebiscito o si se debería postergar nuevamente, evitando adelantar cualquier medida respecto al proceso electoral. Así, solo en agosto comenzaron a discutirse medidas especiales para llevar a cabo el plebiscito, cuando ya era muy tarde.

Por esta postergación del debate, finalmente se determinó que las personas contagiadas de coronavirus (con un examen PCR+) no podrán votar, privando de su derecho a voto en torno a 15.000 personas. A esto se suman los contactos estrechos de los contagiados, ambos grupos eventualmente arriesgando sanciones. Se discutieron brevemente alternativas como el voto domiciliario, pero no había suficiente tiempo para el cambio legal.

Además, existe la dificultad adicional para crear un padrón con anticipación, ya que el listado de personas contagiadas varía de forma diaria, por lo tanto, esta solución sería probablemente parcial. Es de esperar que el tema se pueda resolver con suficiente anticipación para los procesos electores del año próximo, cuando seguramente seguiremos en pandemia. Y la discusión puso sobre la mesa la realidad de otras poblaciones que se ven de facto imposibilitadas de ejercer su derecho a voto, como las personas privadas de libertad que no hayan sido acusados de un delito que merece plena aflictiva.

Entre las medidas especiales que se adoptaron con el fin de lograr un plebiscito seguro está la entrega de kits sanitarios a quienes ejerzan como vocal de mesa, incorporar facilitadores para hacer respetar la distancia entre personas, extender el horario de votación, aumentar el número de locales de votación para evitar aglomeraciones y establecer un horario preferente para que sufraguen adultos mayores.

Chile tiene voto voluntario y no se exige un nivel mínimo de participación en el plebiscito

Chile tiene voto voluntario y no se exige un nivel mínimo de participación en el plebiscito. Sin embargo, el nivel de participación está ciertamente ligado a la legitimidad del proceso y más que el resultado mismo —parece haber poca duda de que la opción apruebo resultará vencedora— la gran interrogante es cuánta gente irá a votar. Esto, a pesar de que la evidencia comparada muestra que la pandemia no ha disminuido de manera importante el número de electores. En Chile, en la última elección presidencial votó solo un 46% del padrón electoral. Las encuestas pronostican entre 60-70% de participación, cifras dan cuenta del proceso de politización que se ha vivido en el último año. De todas maneras, se mantiene un halo de incertidumbre.

Además del miedo al contagio, hay otros factores que pueden impactar en la participación derivados de la pandemia, pero también de la falta de claridad de las autoridades, decisiones tardías e insuficiente información. Las actividades de campaña se han visto fuertemente reducidas, sin posibilidad de contar con actos masivos, afectado el clima eleccionario en alguna medida. Es una interrogante si los ajustes introducidos al proceso – como cambios locales de votación o la ampliación del horario – serán incorporados por la ciudadanía. Y a dos semanas de la elección, no se ha anunciado ninguna alternativa de transporte gratuito o rebajado.

El proceso constituyente es rechazado por voces minoritarias, pero fuertes. Con seguridad, los cuestionamientos e intentos de sabotaje se mantendrán durante todo el proceso, incluyendo cuando la convención deba determinar sus reglas de funcionamiento y cuando se entre a los debates sustantivos. Sectores de derecha buscarán que la nueva constitución se aleje lo menos posible del status quo. Sectores de extrema izquierda, por su parte, podrán cuestionar el proceso si no cumplen sus demandas maximalistas. En consecuencia, comenzar el proceso con importantes niveles de participación, más aún en medio de una pandemia, es el principal argumento para acallar las voces que cuestionen la legitimidad del cambio constitucional.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de pslachevsky en Foter.com / CC BY-NC-SA

Fake news y pandemia

Coautora Fernanda Veggetti / La de 2020 no es la primera pandemia que atravesó la humanidad ni tampoco será la última. Al menos eso aseguran los expertos. Sí resulta una novedad que esta peste coincidiera con el mayor período de interconectividad que hemos experimentado como especie. Se pensaría entonces que las complejas redes de información y comunicación de las que disfrutamos en la actualidad, gracias a la vertiginosa aceleración tecnológica de los últimos años, podrían haber sido herramientas útiles en este contexto.

La capacidad y potencialidad de las nuevas tecnologías para producir e intercambiar información fidedigna y contrastable, que sirva como base para crear planes de acción conjuntos a escala global que permitan afrontar la emergencia sanitaria es una cara de la moneda. La otra, menos amable, es la de la divulgación y circulación casi sin restricciones de informaciones que reproducen medias verdades, mentiras a secas, teorías conspirativas y, en general, contenidos que generan confusión e impactan en la calidad de la toma de decisiones tanto individuales como colectivas. Así, tanto la difusión de noticias falsas como el flujo indiscriminado de información se han vuelto dos preocupaciones más dentro del extenso catálogo del desasosiego que nos va dejando la pandemia.  

El exceso de información puede generar efectos psicológicos en la población como la depresión y el agotamiento emocional»

Ya a principios del mes de mayo la Organización Panamericana de la Salud (OPS), junto con la Organización Mundial de la Salud (OMS,) publicó una hoja informativa titulada Entender la infodemia y la desinformación en la lucha contra la COVID-19, en la que se advierte sobre las consecuencias tanto de la infodemia (flujo excesivo de información, verídica o no) como de la desinformación deliberada. Además de lo agotador que resulta separar “el trigo de la paja” informativa, el informe indica que en muchos casos la sociedad, ávida de encontrar explicaciones  y respuestas, no estaría rastreando el origen de las informaciones, verificando su validez, o estarían obviando el contexto en las que se producen. Por otra parte, el documento asegura que el exceso de información puede generar efectos psicológicos en la población como la depresión y el agotamiento emocional. Todo esto, dentro de un clima social en el que ya prevalece la sospecha y la desconfianza.

A pesar del esfuerzo de las dos organizaciones mencionadas, y de otro sinfín de organismos gubernamentales, no gubernamentales, gigantes tecnológicos y otros entes a escala mundial, regional y local, la infodemia y el virus de la desinformación han sido tan difíciles de combatir como el virus en sí mismo, especialmente en Latinoamérica. ¿Por qué sucede esto? Damián Coll, autor del libro En campaña, manual de comunicación política en redes sociales, esboza una explicación inicial:

Durante la cuarentena se incrementa el “caldo de cultivo” de toda esta dinámica porque estamos más expuestos a contenidos de todo tipo, la retroalimentación entre medios gráficos, televisivos y digitales es mayor, todos se nutren de todos y nosotros abrevamos un poco en todos y recibimos disparadores que nos inspiran a veces a repetir o retuitear, y muchas otras, a reinterpretar y crear nuestras propias versiones. A todos nos gusta ser cronistas de nuestro tiempo, aunque no seamos expertos en nada, ni en pandemias, ni en economía, ni en política internacional, ni en estadísticas.

A lo expuesto por Coll, se suma el hecho de que en la región existen claros problemas para identificar la veracidad de una información. De acuerdo a un estudio realizado por la compañía de ciberseguridad, Kaspersky, junto con la consultora de estudios de mercado chilena, Corpa, “el 70% de los latinoamericanos no sabe detectar o no está seguro de reconocer en Internet una noticia falsa de una verdadera”.

En esta misma línea, en un artículo publicado durante el mes de julio por el diario británico The Guardian se refleja la preocupación por el “tsunami de desinformación” que vive la región. La desinformación (se señala en el artículo) crea confusión entre la población y dificulta el combate eficiente en contra del virus de la pandemia. La lista de informaciones falsas recopiladas por la pieza de The Guardian va  desde lo “pintoresco” (“Impiden entrada a fumigadores de dengue por rumor de que esparcirían la COVID-19 en Venustiano Carranza”; “Estrelló su auto contra la embajada de China y dijo que ´la CIA está detrás del COVID-19″), hasta lo directamente peligroso. En esta última categoría se enmarcan, sobre todo, las informaciones sobre recetas mágicas, especias, pócimas y otros remedios milagrosos que, en el mejor de los casos, no servirían para nada en contra de la pandemia de la COVID-19, pero que en el peor de los casos podrían afectar la salud de la persona que los consume.

Durante el mes de abril, el Grupo de Diarios América (GDA), que agrupa a varios de los principales diarios de la región, también se tomó el trabajo de listar algunas de las informaciones falsas de mayor transcendencia en los países en los que circulan. A las cadenas que divulgaban supuestos medicamentos efectivos contra la pandemia, se les sumó toda una serie de rumores y noticias falsas relacionadas con la enfermedad.

Pero ¿cómo se viralizan estas informaciones? ¿Su reproducción está ligada únicamente a la ingenuidad de los usuarios o existen otras variables en juego? Para casi nadie es un secreto el uso de los famosos bots y trolls en campañas en las que se busca establecer cierto clima de opinión pública. Sin embargo, ¿son realmente efectivos para tal fin? No existen todavía estudios sistemáticos que demuestren que bots y trolls tengan la suficiente capacidad para instalar temas de manera significativa dentro de la agenda pública.

Sin embargo, lo realmente preocupante de este paisaje en el que conviven medios tradicionales y no tradicionales, redes sociales (con sus bots y sus trolls) y servicios de mensajería instantánea, no parece radicar exclusivamente en la difusión de información falsa que pueda llegar a perjudicar la salud física y emocional de las personas en el contexto de la pandemia. Igual de alarmante es que en un momento de gran incertidumbre como el que vivimos, la infodemia y la difusión de noticias falsas profundicen los sesgos de confirmación y contribuyan al empobrecimiento del debate público. También, a la radicalización de las posturas ideológicas, justo cuando, para afrontar un enorme desafío de salud pública, en todas sus etapas requerirá de políticas consensuadas y acuerdos ciudadanos.

Foto de Becker1999 en Foter.com / CC BY

Acuerdo Mercosur-UE: por una cláusula ambiental vinculante

Este 6 de octubre, el pleno del Parlamento Europeo aprobó una enmienda a un informe general sobre comercio que subraya que el Acuerdo UE-Mercosur no puede ser ratificado “en su estado actual”. A su vez, reclamaba medidas efectivas de protección ambiental que fueran consistentes con el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático. Aclaración importante: no se discutía la aprobación de ese acuerdo birregional, que aún no se ha planteado, y lo ocurrido es, más bien, un aviso para navegantes. Y no es el único: a finales de 2019 el Parlamento austriaco se había pronunciado en contra. En agosto de 2020, la canciller Ángela Merkel, tras reunirse con Greta Thunberg y otros líderes ecologistas, declaró tener “serias dudas” sobre el acuerdo, mostrando el cambio de posición de Alemania, hasta entonces favorable. En septiembre, el Gobierno francés reiteró su rechazo, avalado por el informe independiente de una comisión presidida por Stefan Ambec, convocada un año antes con motivo de la oleada de incendios de la Amazonia brasileira, que Emmanuel Macron tildó entonces de “crisis internacional”. Poco después Irlanda y Luxemburgo anunciaron que no lo ratificarían. Tras su designación, el nuevo comisario de comercio de la UE, Valdis Dombrovskis, reconoció que la UE estaba dividida, y, aludiendo al gobierno de Jair Bolsonaro, señaló que sería necesario un compromiso adicional del Mercosur con el medio ambiente para superar esas objeciones.

¿Qué ha cambiado desde la firma del acuerdo en junio de 2019, tras veinte años de difíciles negociaciones, para que ahora surjan en la UE esas voces de rechazo? El factor clave es la crisis ambiental provocada por el gobierno de Bolsonaro y sus apoyos en el agro brasileiro, su irritante negacionismo del cambio climático, sus amenazas de retirada del Acuerdo de París, y también su alineamiento con EE. UU., al tiempo que se cuestiona al propio Mercosur y, por ende, el acuerdo con la UE. Mientras tanto, en Europa crece el respaldo electoral a los verdes y se avanza en la dirección opuesta a través del European Green Deal (EGD) y de Next Generation, como novedosas estrategias de desarrollo sostenible pospandemia.

Parece difícil que el acuerdo llegue algún día a aplicarse»

Con estos antecedentes parece difícil que el acuerdo llegue algún día a aplicarse. Es importante recordar que es de naturaleza mixta —es decir, contiene materias de competencia exclusiva de la UE, y otras de los Estados miembros—, por lo que debería ser ratificado por todos y cada uno de los Parlamentos de los 27 Estados miembros —. Bélgica, además, exige el aval de sus cámaras regionales—, más la aprobación del Parlamento Europeo y del Consejo, además de los 4 miembros de Mercosur.

A sabiendas de que esto sería imposible desde el inicio, ya se había propuesto dividir el acuerdo y someter al Consejo y al Parlamento Europeo la parte que reúne aquellas materias que, siendo competencia de la UE, requieren solo de mayoría cualificada en el Consejo. Pero en vista de lo anterior, parece que tampoco es viable ese atajo jurídico, que, además, elude el problema.

Este debate es saludable, y exige recordar y, también, repensar, las razones por las que el Acuerdo UE-Mercosur es relevante para las estrategias de desarrollo y las relaciones internacionales de ambas regiones, más allá de su evidente interés comercial.

En primer lugar, es erróneo ver este acuerdo como un mero tratado de libre comercio o “TLC” como los promovidos por EE. UU. Tiene un profundo significado geopolítico, y siempre lo tuvo. Cuando se hizo la negociación en 1994, se trataba de dar respuesta conjunta al proyecto hegemónico de Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA). Cuando la presidencia argentina del Mercosur y la española del Consejo relanzaron las negociaciones en 2010, se trataba, entre otras razones, de responder al riesgo de reprimarización asociado al creciente peso de China.

El acuerdo también es reaseguro frente al nacionalismo económico rampante y la fragmentación del sistema de comercio internacional»

Esta razón sigue vigente, pero ahora el acuerdo también es reaseguro frente al nacionalismo económico rampante y la fragmentación del sistema de comercio internacional. Además, es una herramienta que puede contribuir a la autonomía estratégica de ambas regiones ante la competencia EE.UU.-China, que pretende situar tanto a Latinoamérica como a la UE en una posición de subordinación estratégica. Hay que recordar que, más allá de su corazón comercial, el Mercosur y la UE son proyectos políticos, y un acuerdo entre ambas regiones tampoco puede verse, de manera reduccionista, en términos de librecambio.

En segundo lugar, el acuerdo también puede ser un espacio común de diálogo de políticas, de convergencia regulatoria y de transformación productiva para el cambio del modelo económico y la reconstrucción del contrato social. Para el Mercosur, los largos periodos transitorios —hasta 15 años en algunos casos— abren opciones para esa transformación con políticas activas a largo plazo para dejar atrás la fase de reprimarización y creciente dependencia de China. La propia UE ya no es la misma entidad que inició la negociación hace dos décadas, y pretende ser más distinta aún en 2030. Es una UE que quiere impulsar una transición ecológica que pretende ser, al mismo tiempo, nueva estrategia de desarrollo y de política industrial, marca de su “poder blando”, y renovada idea movilizadora de la construcción europea.

Es cierto que hay incoherencias entre el Acuerdo UE-Mercosur y el EGD, y no encaja bien, “en su estado actual”, con ese renacimiento de la UE en clave verde. Pero eso no implicaría rechazarlo, sino lo contrario: integrarlo en la dimensión externa del EGD, como espacio de diálogo político, reforzando sus obligaciones ambientales dentro de una agenda común de reforma y convergencia regulatoria para la transición “verde” de ambas partes.

Por todo lo anterior, no es aceptable apelar a legítimos argumentos ambientales con inconfesados propósitos proteccionistas, como los que animan a algunos sectores, entes o personas en la UE. Pero que exista proteccionismo encubierto no significa que las objeciones ambientales al acuerdo no sean válidas. Todo lo contrario. Las planteadas por el informe Ambec merecen atención: el vínculo causal entre las exportaciones del Mercosur y la deforestación; el riesgo de que se debiliten los estándares ambientales y sanitarios en esas exportaciones al mercado europeo; y la ausencia de instrumentos legales robustos para hacer frente al cambio climático.

Es legítimo, en suma, que la ciudadanía europea rechace asociar a la UE con Brasil, cuyo actual gobierno alardea de su rechazo al Acuerdo de París, coquetea con el negacionismo climático, y da cobertura a quienes depredan la Amazonia. El acuerdo UE-Mercosur, redactado con la misma plantilla que la UE ha aplicado en todos sus acuerdos en los últimos treinta años, ya incorpora herramientas novedosas en materia ambiental, pero no son suficientes.

Una posibilidad es contemplar una “cláusula ambiental” según el modelo de la cláusula de derechos humanos ya existente, que vincule, de manera recíproca, la vigencia del acuerdo a la observancia las normas internacionales sobre esa materia, incluyendo el Acuerdo de París. No se trata, en suma, de abandonar el Acuerdo UE-Mercosur ni de reabrir una negociación que fue muy compleja y difícil, sino de reforzarlo con instrumentos más efectivos, respondiendo a las demandas de la ciudadanía y sus legítimas exigencias de coherencia con el desarrollo sostenible y la Agenda 2030. 

Foto de Jeanne Menjoulet en Foter.com / CC BY  

Elecciones en tiempos de pandemia

Desde el inicio de la pandemia, doce elecciones y un plebiscito constitucional han sido pospuestos en América Latina, con el fin de preservar tanto la salud de las personas como las garantías de los procesos. La región no ha sido la única en aplazar la actividad electoral: de acuerdo con los datos proporcionados por el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA), más de 70 países y jurisdicciones subnacionales han decidido postergar eventos electorales de todo tipo.

Las elecciones de República Dominicana del pasado 5 de julio, programadas en un principio para el 17 de mayo, fueron las primeras en celebrarse en tiempos de crisis sanitaria y marcaron el inicio de un ciclo en el que líderes y partidos competirán por el poder en un contexto desconocido hasta el momento. La próxima cita electoral es en Bolivia, donde el 18 de octubre se celebrarán comicios presidenciales y legislativos. En los meses siguientes Chile, Ecuador, Honduras y Perú elegirán un nuevo presidente. También habrá elecciones parlamentarias y locales en México, Argentina y El Salvador. Y queda la incertidumbre sobre si Nicaragua y Venezuela celebran los comicios anunciados.

Ya antes de la pandemia, la mayoría de las elecciones programadas iban a celebrarse en contextos adversos. Los escándalos de corrupción, el estancamiento de la economía y el descontento social se habían apoderado de muchos países latinoamericanos, lo que había debilitado a élites y partidos. Ahora, a todo ello, hay que sumar las consecuencias de la COVID-19. Los expertos coinciden en que el virus continuará incrementando las desigualdades sociales, los índices de pobreza, y agravando algunos de los problemas endémicos de la región.

En los próximos meses, los comicios serán una válvula de escape para sistemas políticos sometidos a un fuerte estrés»

Es por ello por lo que la salvaguarda de la democracia electoral en Latinoamérica es de suma importancia. En los próximos meses, los comicios serán una válvula de escape para sistemas políticos sometidos a un fuerte estrés y presión por la crisis sanitaria y económica. Sin embargo, la excepcional situación en la que serán celebrados requiere generar garantías suficientes para que las condiciones de voto no pongan en riesgo la transparencia e integridad de los resultados.

Tres son los principales desafíos para las próximas elecciones. Primero, contar con los recursos necesarios para que la celebración de eventos electorales no ponga en riesgo la salud pública. Segundo, pensar en la introducción de mecanismos especiales de voto que no perjudiquen la calidad del proceso y puedan servir como eventual solución para contener los riesgos sanitarios que pueden derivarse de la celebración de unas elecciones. Y, tercero, adaptar las ofertas programáticas de líderes y partidos al actual escenario. No es tiempo de discursos irresponsables, populistas o tentaciones autoritarias. Hay demasiadas cosas en juego.

Las cuestiones relativas a las condiciones en las que deben realizarse los comicios han sido abordadas por diferentes organismos e instituciones. Conscientes de la dificultad  de organizar elecciones en tiempos de pandemia, organismos como la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos (OEA), IDEA o la RED Mundial de Justicia Electoral han desarrollado aspectos por tener en cuenta para decidir si celebrar elecciones o postergarlas, y han propuesto medidas para fortalecer las capacidades de los órganos electorales. En concreto, las recomendaciones se han orientado a proteger a los funcionarios electorales, garantizar el derecho de la ciudadanía para ejercer un voto seguro y brindar las condiciones necesarias para que los partidos políticos participen en condiciones de equidad y transparencia.

Las elecciones de los próximos meses van a constituir un experimento democrático en el que hay muchas decisiones que tomar»

Sin embargo, pese a la existencia de propuestas, el panorama es incierto y las elecciones de los próximos meses van a constituir un experimento democrático en el que hay muchas decisiones que tomar. Para encontrar un equilibrio entre salud y derecho a voto en tiempos de pandemia, es necesario reformular las campañas electorales para sustituir los actos multitudinarios por estrategias digitales, pensar en extender el voto telemático y asegurarse de preservar las garantías del proceso electoral, estudiar la viabilidad económica e institucional de implementar estrategias de voto alternativo y buscar soluciones para que todas las personas puedan ejercer su derecho al sufragio, especialmente en el caso de aquellas que se ven afectadas por la brecha digital.

Respecto a los liderazgos y ofertas programáticas, las extremas circunstancias a las que en la actualidad se ven sometidas tanto las economías como los sistemas políticos son un caldo de cultivo idóneo para el ascenso o consolidación de líderes mesiánicos. La pandemia no ha hecho más que agudizar los problemas que arrastraba la región y ha incrementado tanto la fragmentación como la polarización de los sistemas políticos. Eso pone en riesgo la gobernabilidad de los Estados y favorece el surgimiento de líderes populistas con promesas de solución a los problemas existentes. Sin embargo, la retórica populista no es funcional en contextos como el actual, donde es necesaria la coordinación, la moderación y el diálogo político.

¿Cómo se desarrollarán las próximas elecciones?, ¿serán las administraciones electorales capaces de adaptarse satisfactoriamente a la realidad sanitaria?, ¿cómo reaccionarán los políticos frente al nuevo escenario electoral?, ¿qué dinámicas políticas serán las imperantes en el ciclo político que se abre con el nuevo período electoral?

Demasiadas incertidumbres que se irán revelando en los próximos meses. Frente a ellas, la certeza de que hoy más que nunca es importante impulsar procesos democráticos responsables y transparentes que permitan revitalizar una democracia que ya daba muestras evidentes de fatiga antes de la pandemia. La combinación de comicios con garantías y liderazgos responsables son, de momento, el primer paso para la recuperación de democracias afectadas por otra enfermedad: la del descontento y la crisis.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de Castelló Notícies en Foter.com / CC BY-NC-SA

La frontera y la otra guerra contra las drogas

Coautor Jaime Arredondo

Como resultado de la pandemia ha habido conversaciones sobre cómo el COVID-19 ha afectado las operaciones del crimen organizado, incluyendo a los grupos de narcotráfico. Por un lado ha habido discusiones sobre la efectividad de la gobernanza criminal en contextos donde las autoridades estatales no han querido o podido implementar medidas contra el contagio así como sí necesariamente habrá una diversificación en las actividades criminales.

Conocer los efectos del COVID-19 en las operaciones del crimen organizado, sin embargo, tomará tiempo. Sobre lo que si tenemos más certeza, es cómo la pandemia ha afectado negativamente a los usuarios de sustancias. Estos problemas son particularmente agudos en la región fronteriza entre México y Estados Unidos, donde convergen traficantes, compradores al mayoreo, vendedores al menudeo y consumidores.

el cruce de personas más importantes del hemisferio occidental.

Una zona peculiar en la frontera entre México y Estados Unidos, es la mega-región “CaliBaja” que incluye a todos los municipios de Baja California y los condados de San Diego e Imperial Valley en el estado de California. Con una población aproximada de 6.5 millones de habitantes, es la región con mayor concentración poblacional entre México y Estados Unidos, y alberga el cruce de personas más importantes del hemisferio occidental. Más aún, la integración de actividades económicas, cadenas de valor y de fuerza laboral la ha vuelto clave en conversaciones sobre mercados globales. Para los no-creyentes de la integración, basta decir que el PIB anual de la región ronda los $250 mil millones de dólares.

La idea de CaliBaja también ha generado narrativas sobre la excepcionalidad de esta región fronteriza. En contraste con las expansiones del muro fronterizo, en CaliBaja se construyen puertos de entrada como el Cross Border Express (CBX) que permite a usuarios del aeropuerto de la Ciudad de Tijuana cruzar hacia Estados Unidos sin tener que salir del aeropuerto. Es decir, CaliBaja se enorgullece de ser una región donde se construyen puentes, no muros, que permiten una mejor integración bilateral.

Pero el mito de la CaliBaja ha sido debilitado por las medidas de cierres parciales en la frontera que sólo permiten viajes esenciales. Esto ha sido particularmente visible dados los conflictos con las cadenas de suministro y fuerza laboral, pero poco se habla de las disrupciones en los servicios de reducción del daño, a pesar de la integración entre las organizaciones de sociedad civil que se dedican a ello en Tijuana, Mexicali y el sur de California.

La reducción del daño incluye intervenciones dirigidas a minimizar los riesgos e impactos negativos como resultado del consumo de sustancias. Por ejemplo, los usuarios de drogas inyectables reciben jeringas nuevas a fin de minimizar los contagios de VIH y hepatitis C. Contrario a las narrativas punitivas, la reducción del daño no incentiva el consumo y genera espacios para otras intervenciones que lleven a disminuir el consumo de las sustancias y salvar vidas, como mejorar el acceso a tratamiento sustitutivo de opiáceos (metadona).

En la ciudad de Mexicali, la organización Verter opera la única sala de consumo en América Latina y la cuarta en el mundo que ofrece servicios exclusivos para mujeres. También realiza proyectos comunitarios para evitar el embarazo adolescente e implementa pruebas rápidas de VIH y hepatitis C. Por su parte, la organización Prevencasa opera en Tijuana y dona insumos para usuarios de drogas inyectables, incluyendo el medicamento conocido como naloxona que puede revertir las sobredosis causadas por opioides. De igual manera, ayuda a las personas usuarias de sustancias a navegar el sistema de salud y mejorar la adherencia a tratamiento antiretroviral de VIH.

Notablemente, los usuarios y las ususarias, no son únicamente ciudadanos mexicanos y de hecho reflejan el aspecto binacional de la región fronteriza. Es decir, a quienes se les dan servicios son también estadounidenses quienes viajan a Baja California bajo un esquema de “turismo por uso de sustancias” o quienes simplemente deciden vivir en el lado mexicano a fin de disminuir sus costos de vivienda y manutención

El cierre parcial de la frontera, no obstante, ha impedido que organizaciones como Verter y Prevencasa adquieran los materiales necesarios para proteger y servir a la comunidad binacional.

El cierre parcial de la frontera, no obstante, ha impedido que organizaciones como Verter y Prevencasa adquieran los materiales necesarios para proteger y servir a la comunidad binacional. Y es que, siguiendo el espíritu de CaliBaja, estas organizaciones operan gracias, en parte, a los donativos que reciben de organizaciones que otorgan servicios similares en California.

Prevencasa recibió un donativo de 100,000 jeringas que, a pesar de la colaboración de las autoridades locales, aún no han podido ser llevadas a México debido a las restricciones en los cruces fronterizos por los gobiernos federales. Igualmente, la organización A New PATH, basada en San Diego, pionera en la reducción del daño en California, estaba dispuesta y lista para donar 576 unidades de naloxona a las organizaciones en Baja California.  Sin embargo, no pueden ser llevadas a México debido a que se considera un medicamento controlado. A pesar de que en Estados Unidos y Canadá la naloxona se utiliza hace más de una década por organizaciones de la sociedad civil financiadas con recursos públicos, en México, quizás dominados por una perspectiva centralista, no hemos entendido que los riesgos de consumo por opioides también están presentes en nuestro país.

La ironía es clara: mientras que los mercados de drogas ilícitas continúan operando, los usuarios de sustancias tanto en México como Estados Unidos son víctimas de la burocracia que precisamente quiere minimizar los daños a la salud. La carencia de jeringas y de naloxona, así como el acceso a otras terapias sustitutivas, se traducen en una mayor probabilidad de contagio de VIH y hepatitis C y de muertes por sobredosis que podrían ser evitadas con un atomizador nasal como los que se utilizan para la descongestión causadas por alergias y gripes.

En estos momentos donde los gobiernos buscan soluciones creativas a un problema global, harían bien en tomar en cuenta los riesgos de una doble epidemia en la región fronteriza: la causada por COVID-19 y la causada por muertes por sobredosis. Los gobiernos en México y Estados Unidos han sido muy efectivos en lograr que CaliBaja integre cadenas de suministro y los gobiernos locales han sido muy eficientes en promover las ventajas de la región. La reducción del daño comienza a nivel local y por ello es un buen momento para que la integración, vía actores subnacionales como Verter, Prevencasa y A New PATH, salve vidas a partir de cadenas de suministro de medicamentos e insumos lícitos.

Foto de Mario_Chavez en Foter.com / CC BY-NC-ND

La protesta social como rasgo indisociable de la democracia

Uno de los elementos vertebradores de la democracia es el conflicto. El ser humano es conflictivo por naturaleza, que no violento, y la democracia, a través de los partidos políticos, las instituciones y todo un elenco regulador de libertades, garantías, derechos y deberes, canaliza los conflictos y los resuelve de una manera institucionalizada. Sin embargo, en Colombia eso no sucede.

Allí, la protesta social, que es un derecho indisociable de la democracia, gracias al cual se problematizan, se visibilizan y se politizan necesidades o disconformidades de la ciudadanía, ha tendido a ser criminalizada. Esto es, resuelto desde una relación tan asimétrica como molesta, en la que las elites políticas y los aparatos represores del Estado reducen la protesta como mera antítesis del orden social y, por ende, cuanto más silenciada la sociedad, mucho mejor.

cualquier atisbo contestatario de cambio social, de expresión de malestar, de denuncia a los abusos del Estado, era susceptible de ser simpatizante de la guerrilla

A lo anterior, tampoco ha ayudado el conflicto armado interno. Su alcance y significado permitió constituir una realidad de blancos y negros, sin matices, en donde cualquier atisbo contestatario de cambio social, de expresión de malestar, de denuncia a los abusos del Estado, era susceptible de ser simpatizante de la guerrilla y, por extensión de la violencia. Expresiones como “hacer un sindicato” o “mamerto”, que en otros países como Perú tiene su equivalencia en la palabra “terruco”, no hace sino estigmatizar la protesta y criminalizarla.

Y es que, por desgracia, la movilización social debe ser sustantivada en otros términos totalmente diferentes en Colombia. De un lado, no jugó a su favor que durante décadas, y haciendo valer la tesis del sociólogo francés Daniel Pécaut, la transformación social del Estado fuese patrimonializada por las guerrillas. Expresado de otro modo, es como si las necesidades y reivindicaciones de la sociedad, por décadas, hubieran quedado reducidas al binomio Estado-guerrilla cuando, en realidad, nunca fue así.

De otro lado, las elites políticas, generalmente, han estado acostumbradas a desactivar la movilización social sin diálogo ni mayormente concesiones. Es decir, o bien a golpe de represión, o bien a fuerza de cooptar ciertos sectores sociales a cambio de desactivar el reclamo y la confrontación. Sin embargo, en una transformación del paradigma de la movilización social, estas respuestas parecieran ser de otro tiempo y momento y, por ende, cada vez tienen más difícil asidero en los tiempos que corren.

La fuerza pública colombiana, igual que sus mandatarios, no ha aprendido todavía que el derrotero de la protesta social se resuelve democráticamente

La fuerza pública colombiana, igual que sus mandatarios, no ha aprendido todavía que el derrotero de la protesta social se resuelve democráticamente a través de intercambios cooperativos y que tiene que aprender a des-securitizar la misma. Ni la protesta es una amenaza para el interés del Estado, ni su expresión social y política pone en cuestionamiento los cimientos del sistema en términos rupturistas.

Durante décadas, la influencia de la Doctrina de Seguridad Nacional permitió que en el país, y extensible a todo el continente, se alimentase una necesaria militarización de la seguridad, reducida a represión y persecución de cualquier reclamo de cambio. Finalizada la Guerra Fría y desaparecidas la gran parte de insurgencias y movimientos guerrilleros, la persistencia del conflicto armado en Colombia hizo innecesario el cambio de paradigma.

Esto es, seguridad y defensa tienen derroteros diferentes, funciones y vocaciones distintas, relaciones totalmente disímiles con la ciudadanía. Pero en último término, el conflicto armado favoreció la continuidad de simplismos en donde la sociedad, cuando se organiza y actúa mostrando su inconformidad, en tanto que altera el status quo, termina siendo reducida a un mero enemigo sobre el que Estado debe desplegar toda su fuerza.

Los cuerpos policiales de los sistemas democráticos, desde hace mucho tiempo, han entendido que su relación con la ciudadanía y sus múltiples expresiones de protesta deben ser normalizadas e institucionalizadas, de forma que la evocación represora ha de ser estrictamente marginal y excepcional. Todo lo contrario, a cuanto sucede en Colombia, en donde Ejército y Policía en muchas ocasiones imbrican sus labores y en donde los excesos con la ciudadanía han terminado siendo demasiadas “manzanas podridas” de difícil justificación.

Por más que cueste a algunos dirigentes políticos, y también a ciertos mandos de la Fuerza Pública, en lo que concierne a la Policía, ésta debe asumir una necesaria transformación en su rol y en su comprensión securitaria. Así, ya es momento de pasar de una seguridad nacional, e incluso pública, a una seguridad ciudadana de mayor proximidad, cercanía y apego a la sociedad y al contexto local.

De lo contrario, se sigue alimentando un marco jurídico y una orientación que más bien es propia de otro tiempo y, sobre todo, de otro lugar. Insisto, también un medidor de la calidad de la democracia es el rol que asume la Policía en el sistema, de cómo interactúa con la sociedad, y de como rinde cuentas, de manera transparente, a unos y otros.

Desmilitarizar la Policía no es sólo alejarla del estamento castrense, es formarla en derechos humanos, tolerancia y convivencia democrática. Es garantizar rigurosos procesos de selección, ascenso y reconocimiento. Pero también es lograr mecanismos de sanción y transparencia efectivos para conseguir que la concepción misional y de valores de la que disponen los mandos, altos y medios, de la institución permeen en el conjunto del cuerpo.

He ahí una de las cuestiones, tal vez, más complejas y sobre las que debe profundizar Colombia. Ésa, y que el poder civil, al cual queda subsumido todo aparato policial, pueda exigir y condenar abusos y atropellos que, a todas luces, son indeseables. No puede ser que la respuesta del Gobierno de Iván Duque a acontecimientos como los de la semana pasada inviten a hacer pensar que es la ciudadanía, en su actitud de protesta y desencanto, la responsable de las desgracias que en último término han sucedido.

Foto de Oneris Rico en Foter.com / CC BY-NC-SA


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Crea fama y échate a dormir: Uruguay y la pandemia

América es el epicentro mundial de la pandemia. Pero hay una excepción: Uruguay. Mientras que la mayoría de los países de la región cuentan los fallecidos de a miles, en Uruguay los muertos por Covid-19 no llegan a 50. En agosto Dialogo a Fondo, un blog del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicó un texto explicando la realidad uruguaya. La solidez institucional, la cohesión social y un Estado de bienestar fortalecido durante las ultimas décadas, sumado a un manejo ejemplar por parte del gobierno serían las causas del éxito. Sin embargo, los argumentos presentados en este y otros artículos, así como por el gobierno y la oposición, quienes se disputan el reconocimiento, no explican la realidad del país. Las causas fundamentales del milagro podrían tener poco que ver con el mérito charrúa.

El gobierno “se tomó muy seriamente la amenaza” y actuó con “rapidez” comienza explicando el texto. Cuando el 13 de marzo se confirmaron los primeros cuatro casos, Lacalle Pou anunció la emergencia sanitaria y se decretó el cierre parcial de fronteras y la cancelación de eventos públicos. Según el observatorio de COVID-19 de la CEPAL, todos los países sudamericanos cerraron sus fronteras —total o parcialmente— entre el 14 y el 18 de marzo y suspendieron los eventos masivos entre el 12 y el 19 de marzo. Uruguay no fue el primero en ninguno de los casos.

En Uruguay nunca se decretó el confinamiento obligatorio y se apeló a la responsabilidad ciudadana. Este es otra de las causas resaltadas por las autoridades en un artículo del Washington Post. Desde el punto de vista sanitario, esta medida es menos estricta que las cuarentenas obligatorias aplicadas en países vecinos, por lo que en el mejor de los casos la medida no agravó la propagación del virus.

“el descenso de la movilidad fue mucho mayor” en Argentina.

En esta línea, el politólogo uruguayo Daniel Chasqueti destacó en un artículo de la revista PEX que “el comportamiento de la ciudadanía es una de las piezas clave para comprender el exitoso puzle uruguayo”. Según datos de Google Uruguay, la asistencia a actividades recreativas en la segunda quincena de marzo se redujo 75%. Pero según un artículo de La Diaria, durante los mismos días “el descenso de la movilidad fue mucho mayor” en Argentina.

En el artículo Coronavirus en Uruguay: la singular y exitosa estrategia…, la BBC considera al grupo asesor científico nombrado por el presidente un elemento distintivo. Pero dejando de lado gobiernos populistas como el de Bolsonaro, López Obrador o Trump, que en cierta medida priorizaron amortiguar los efectos económicos para anteponer sus agendas personales, la gran mayoría de los gobiernos se volcaron a sus comunidades científicas para definir sus estrategias.

A finales de marzo investigadores el Instituto Pasteur y la Universidad de la República diseñaron un kit que permitió la mejora del rastreo. El desarrollo nacional de pruebas de diagnóstico también ha sido destacado como un facto clave. Logros similares, sin embargo, fueron alcanzados en Argentina por científicos del Conicet, así como por científicos chilenos de la Universidad de Talca y brasileños del Hospital Israelita Albert Einstein.

Chile y Costa Rica, sin embargo, han testeado proporcionalmente mucho más.

La cantidad de test es otro factor clave. Según datos del Our world in Data, la proporción en Uruguay, aunque baja en comparación a los países desarrollados, es alta en el contexto latinoamericano. Chile y Costa Rica, sin embargo, han testeado proporcionalmente mucho más. Al 1º de abril se testeaba en Uruguay a poco más de una de cada 1000 personas por día, mientras que en Chile a casi dos y en Costa Rica a 1,7. Cuatro meses más tarde esas diferencias se habían ampliado.

Según Globo, el sistema sanitario ha sido clave para explicar la excepcionalidad uruguaya. “Nuestro sistema de salud universal es decisivo para los resultados que registramos”, afirmaba el ministro de salud uruguayo Daniel Salinas. Pero este no parece haber sido tan determinante ya que desde marzo y hasta el 21 de setiembre habían pasado apenas 43 pacientes por cuidados intensivos y unos 120 por cuidados intermedios.

Quizás la medida más efectiva haya sido la vigilancia epidemiológica. Según la Deutsche Welle, “en los tres primeros meses de la pandemia nunca hubo más de cinco generaciones de propagación”. No se puede ignorar, sin embargo, el numero de casos importados y su cronología en la evolución de la pandemia. El 13 de marzo Uruguay se convirtió en el ultimo país sudamericano en registrar un contagio, y a partir del día siguiente y durante los siguientes cuatro días todos los países sudamericanos cerraron total o parcialmente sus fronteras. Para entonces, Brasil, Ecuador o Venezuela hacía dos semanas que habían identificado sus primeros casos.

Los argumentos expuestos en estos artículos describen las reconocidas cualidades del país y el correcto accionar de las autoridades uruguayas. Pero estas razones no explican por si solas la inédita situación del país.

El aislamiento geográfico ha sido clave para contener la pandemia.

El aislamiento geográfico ha sido clave para contener la pandemia. Según un artículo de la BBC, los únicos diez países del mundo sin casos confirmados a fines de agosto eran islas del pacífico. Más representativo es el caso de Nueva Zelanda, isla que con una población y densidad semejantes a la de Uruguay cuenta actualmente, según datos de Worldometer, con cifras de contagiados y fallecidos similares.

Uruguay no es una isla. Sin embargo, mientras que de Argentina le separan el Río de la Plata y el Río Uruguay, al cual cruzan solo tres puentes, de Brasil le separan 1068km de frontera que lo conectan con una región con una densidad poblacional bajísima. En la práctica esto convierte a Uruguay en un territorio aislado geográficamente de zonas con alta densidad poblacional.

Además, Uruguay no queda de camino a ningún lado. Esto explica, junto a su tamaño, la baja conectividad aérea y que haya sido el ultimo país sudamericano en registrar su primer caso. Según el Global Conectivity Ranking, São Paulo, Lima, Bogotá, Buenos Aires, Santiago, Río y Caracas se encontraban en 2016 entre el puesto 128 y 259 de las ciudades con mayor conectividad aérea en el mundo. Quito ocupaba el puesto 384 y Montevideo el puesto 525, posición semejante a la de Santa Cruz y Asunción.

Uruguay tenía también, hasta hace poco, una situación semejante a la de Paraguay con respecto a la pandemia. Hacia finales de julio el país vecino, uno de los países más frágiles de la región, contaba con apenas 40 fallecidos. Sin embargo, la Triple Frontera, —zona muy poblada que se extiende a Brasil y Argentina— le terminó pasando factura y Ciudad del Este se terminó convirtiendo en el origen del desbarajuste paraguayo.

En Uruguay, a pesar de la baja densidad poblacional en las zonas fronterizas con Brasil, varios de los principales focos han surgido allí. Sin embargo, de momento el país ha logrado mantener la pandemia bajo control.

Sin embargo, el primer gran desafío de Uruguay está por venir. Para la próxima temporada estival, uno de los país de la región con más turistas en relación a su población, no tendrá otra alternativa que elegir. O mantiene el aislamiento y sacrifica el turismo, lo cual implicaría un costo económico y social enorme. O se abre a la llegada masiva de extranjeros, lo que podría poner fin a los titulares que tanto enorgullecen al país.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de jikatu en Foter.com / CC BY-SA

Corredor Bioceánico: camino de Mato Grosso al Pacífico

«El sur de Mato Grosso puede muy bien ser definido como la futura plataforma donde recibiremos todo lo que tenemos que llevar a Santos. En concreto, el sector entre Corumbá, Campo Grande y Ponta Porã tendrá, en un futuro no muy lejano, la importancia político-económica de un Santos mediterráneo». Estas palabras son de Mário Travassos, pionero de la geopolítica en Brasil, en su texto clásico de 1931.

Luego de casi un siglo, parece que el antagonismo entre el Atlántico y el Pacífico está empezando a ser superado por los corredores viales en las regiones subdesarrolladas. El corredor viario bioceánico es un proyecto de integración física que conectará Porto Murtinho (Mato Grosso do Sul) con los puertos del norte de Chile, cerca del Trópico de Capricornio. Se está pavimentando la primera carretera que atraviesa el chaco paraguayo en dirección este-oeste, proyecto que debería concluirse en 2022. Los tramos de Argentina y Chile están listos y necesitan una rápida mejora. Los recursos para el puente entre Porto Murtinho, en Brasil, y Carmelo Peralta, en Paraguay, ya están aprobados por Itaipú Binacional. Se espera que la obra completa esté lista en 2023.

En los últimos cuatro decenios, la inversión en infraestructura en América Latina ha sido muy inferior a la media mundial

En los últimos cuatro decenios, la inversión en infraestructura en América Latina ha sido muy inferior a la media mundial y muy por debajo de las necesidades de la región. Hace 20 años, durante la Primera Reunión de presidentes de América del Sur, encabezada por el Brasil, se creó la Iniciativa para la Integración de la Infraestructura Regional de América del Sur (IIRSA) con el fin de organizar la integración de la infraestructura en la región. Hace diez años, la IIRSA se incorporó al Consejo Sudamericano de Infraestructura y Planificación (Cosiplan) de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur), de modo que los debates sobre la infraestructura contaran con la participación directa de los gobiernos y que los proyectos siguieran una orientación político-estratégica.

Aunque con el mérito de reunir una cartera de más de 500 proyectos de infraestructura actualizados anualmente, las inversiones no aumentaron a la velocidad prevista. La IIRSA ya no se actualizó en diciembre de 2017, cuando los ministros de planificación de América del Sur se reunieron por última vez en vísperas del colapso de la Unasur y la gobernanza de la infraestructura regional. Todos los proyectos en los que participaban más de dos países quedaron paralizados, excepto el corredor viario bioceánico que va de Puerto Murtinho al norte de Chile.

Este proyecto de corredor se formalizó en 2015 para permitir el desarrollo de regiones que no estaban adecuadamente incluidas en los procesos de integración nacional y regional, como el Brasil centro-occidental, el Chaco paraguayo, el noroeste de la Argentina y el norte de Chile. El Grupo de Trabajo (GT) creado por los presidentes de Argentina, Brasil, Chile y Paraguay resistió a los cambios de gobierno y de orientación política en los cuatro países. La explicación de esta excepcionalidad radica en los cambios geoeconómicos mundiales, el dinamismo económico de Mato Grosso do Sul y sus regiones vecinas, y el compromiso de sus gobiernos subnacionales.

El enorme dinamismo económico asiático ha ejercido recientemente un impresionante poder de atracción. Hace 20 años, menos del 2% de las exportaciones del Brasil se dirigían a China. En 2019, se alcanzó un récord del 28%. En los primeros ocho meses de 2020, el gigante asiático por sí solo representó el 34% del total de las ventas brasileñas. Este año, por primera vez en la historia, más de la mitad de las exportaciones de Mato Grosso do Sul han sido a China y más de 2/3 a la región de Asia y el Pacífico en su conjunto.

Este movimiento es uno de los factores del auge del centro-oeste brasileño, agroexportador, en los últimos cuatro decenios. Este período coincide con el relativo declive de las regiones industrializadas del sur y el sudeste. Estas características se han intensificado en el último período.

Si las exportaciones totales de Brasil cayeron un 7% en los primeros ocho meses de 2020 en comparación con 2019, las exportaciones de Mato Grosso do Sul aumentaron un 13%

Si las exportaciones totales de Brasil cayeron un 7% en los primeros ocho meses de 2020 en comparación con 2019, las exportaciones de Mato Grosso do Sul aumentaron un 13% en el mismo período. Si las importaciones de todos los estados brasileños disminuyen drásticamente en 2020, las compras de fertilizantes aumentan, en particular en Mato Grosso do Sul. El Estado aumentó las importaciones de fertilizantes potásicos en un 60% este año. El principal proveedor de este producto es Canadá. La ruta comienza en Vancouver, cruza el Canal de Panamá para desembarcar en Santos y recorre más de 1.000 kilómetros para llegar a las granjas del centro de Mato Grosso do Sul. Es mucho más barato y rápido llegar a los puertos del norte de Chile y viajar 1.400 km para estar en Porto Murtinho-MS.

A pesar del desmantelamiento de las organizaciones regionales, el corredor vial bioceánico ha seguido promoviendo reuniones hasta la fecha y la labor del Grupo de Trabajo ha avanzado considerablemente. Los estudios realizados por el Instituto de Investigación Económica Aplicada (Ipea) y la Empresa de Planificación y Logística (EPL), ambas instituciones del gobierno brasileño, muestran que las ganancias logísticas de las exportaciones a través del corredor podrían alcanzar los 500 millones de dólares anuales para los productos de Mato Grosso do Sul en las exportaciones a la región de Asia y el Pacífico, concentradas en la pasta de papel, manteniendo las cantidades actuales.

El desafío consiste en que el corredor bioceánico sea un catalizador de una red de desarrollo que extienda sus beneficios más allá de los sectores de exportación ya consolidados, como la soja, la pulpa y las carnes tradicionales. Al mismo tiempo que el corredor hace más competitivas las exportaciones, abre oportunidades para fomentar el comercio intrarregional (que ha ido disminuyendo en los últimos años) mediante el desarrollo de cadenas de valor regionales.

El corredor permitirá la articulación de la pequeña y mediana producción del centro-oeste del Brasil, el Paraguay y el noroeste de la Argentina con las cadenas de producción chilenas que ya cuentan con una logística estructurada en los mercados asiáticos. Por ejemplo, las carnes exóticas producidas en el Pantanal, que no tiene suficiente escala para llegar a los mercados asiáticos, dependerán de las redes de exportadores de pescado chilenos. La producción de productos lácteos del chaco paraguayo se ampliará a los mercados del Brasil occidental y el norte de Chile.

El corredor terrestre será mucho mejor utilizado si se articula con los ferrocarriles y las vías navegables. El primer comandante de la Academia Militar de Agulhas Negras veía a Mato Grosso como el gran rincón de Brasil en el corazón de la masa continental. Es el espacio donde se cruzan los caminos entre el Atlántico y el Pacífico y las cuencas del Plata y el Amazonas. El dinamismo agrícola, la demanda asiática y las obras de infraestructura en curso pueden finalmente marcar el comienzo de lo que el capitán Travassos de la década de 1930 imaginó como la Era Mato-grossense.

La pandemia inventó el intervencionismo neoliberal

La pandemia ha expuesto a los gobiernos a una serie de dilemas inexistentes en tiempos normales. ¿Priorizar la economía o la salud? ¿Respetar las libertades civiles o el control social? ¿Privilegiar la salud en términos amplios de bienestar o reducida a un blindaje antiviral?

Esos dilemas van más allá de una elección entre caminos alternativos e interpelan a las autoridades sobre su capacidad para navegar las contradicciones y concebir una noción moderna de sociedad saludable y sostenible. Líderes de Europa Occidental y de países vecinos como el Uruguay han sabido pilotarlas. Han flexibilizado las cuarentenas y revisando su postura en casos de rebrotes y se han responsabilizado por el testeo masivo de sus poblaciones en lugar de mantenerlas reprimidas o confinadas. Han movilizado a los ciudadanos para adoptar una ética de prevención sin abdicar de su rol de garantizar efectivamente la salud colectiva.

En contraste, una parte de la dirigencia de Europa Oriental y América Latina parecería haber naufragado delante de aquellas disyuntivas o, peor aún, habría convertido a la intensificación de esas contradicciones en una forma de gobernar.

Entre los naufragios aparece uno obvio. Fruto del aislamiento social y una política sanitaria anclada en el miedo al contagio, los gobiernos empeoran la salud colectiva cuando se planteaban preservarla. Ello ocurre donde el confinamiento anti-infección dio lugar a un aumento del sobrepeso, las dietas a base de alimentos procesados con serias consecuencias cardiológicas y la atrofia muscular. En esos contextos se disparan los casos de depresión infantil y adulta, ansiedad generalizada, insomnio y síndromes de pánico y hacen explotar el consumo de psicotrópicos, drogas ilícitas y bebidas alcohólicas.

Ese combo, más la postergación de exámenes y tratamientos de problemas médicos, ciertamente no augura una victoria para la salud bajo cuarentenas larguísimas. Si a ello, como en los casos argentinos, peruano, colombiano o ecuatoriano, se les suma una aceleración de los casos por Covid, el naufragio parece muy claro.

Uno de los caminos más impensados ha sido el de convertir las contradicciones en una forma de gobierno.

Uno de los caminos más impensados ha sido el de convertir las contradicciones en una forma de gobierno. Cabalgando sobre la recuperada centralidad del estado delante de la pandemia, dirigencias como la de Argentina promovieron una peculiar intensificación de los antagonismos sobre cómo gobernar una crisis. Estos fueron ampliando su intervencionismo en ámbitos desvinculados a la gestión del virus mientras le transferían a los individuos la responsabilidad por el ejercicio de un autocontrol disciplinante de su propia salud.

La pandemia revela la miopía de un modelo neoliberal que desfinancia al sistema de salud pública bajo el argumento de la mayor eficiencia privada. Sin embargo, los gobiernos populistas que retóricamente encarnan un modelo alternativo de intervencionismo propiciador del bienestar colectivo, abdican en la práctica de su papel de agente de cambio, repasándole los compromisos y las culpas a los individuos. De esta manera reproducen la cartilla neoliberal.

Lejos queda la presencia de un estado eficaz frente a la pandemia cuando, como en el caso argentino, no se ejecuta ni la mitad del presupuesto para la emergencia sanitaria, se omite a realizar testeos y distribuir kits en una escala próxima a la necesaria o se permite que 1/3 de las clases altas embolsen la ayuda de emergencia. Una sumatoria de ineficacias a la que se le suman los casos de negocios paralelos y compras sobrefacturadas.

Esa contradicción consagra un culto de constante auto-gestión individual de la propia salud, que le transfiere al individuo la responsabilidad y la culpa por la vigilancia personal

La distribución de subsidios de emergencia, la absorción de costos laborales parciales de empresas o los salvatajes sectoriales discrecionales simulan un rescate del estado de bienestar. Esto ocurre —paradójicamente— en paralelo a la omisión en la gestión efectiva de la salud pública, al delegársele al individuo el papel central para mantener los procedimientos y obtener los resultados. Esa contradicción consagra un culto de constante auto-gestión individual de la propia salud, que le transfiere al individuo la responsabilidad y la culpa por la vigilancia personal y eventuales fallas a la profilaxis anticontaminante.

Si crecen los números de contagio, muertes y la sensación de descontrol de la pandemia, no es porque el gobierno fracasó en proveer testeos a gran escala o porque no adquirió los equipamientos a tiempo o los compró con fallas sin supervisión. Es fruto de las personas que flaquearon en asimilar la cuarentena. Curiosamente, a mayor retórica en favor de un estado fuerte, más intensa la prédica que transfiere compromisos al individuo.

El giro neoliberal del intervencionismo populista se apoya en cuatro pilares. El primero es la reducción de las nociones de salud y bienestar al blindaje viral vía confinamiento. El segundo la transferencia discursiva al individuo de capacidades y responsabilidad por ejecutar dicho blindaje. El tercero, la diseminación de un mantra profiláctico individual anclado en rituales de higiene y limpieza. Y el último, la asignación de culpa a las personas y no al Estado o sus dirigentes por los eventuales fracasos en el control de la pandemia.

Repitiendo el credo neoliberal, la arenga gubernamental insiste que el auto-control disciplinado, autónomo e informado del propio cuerpo lleva a la emancipación. Ese “empoderamiento” de los individuos no genera un debilitamiento del estado, sus autoridades continúan controlando los recursos pero los usan discrecionalmente mientras le endosan la responsabilidad por los resultados a otros.

No es la primera vez que autoridades entusiastas de más intervencionismo estatal acaban neoliberalizando la administración de graves problemas. La gestión del cambio climático sigue la misma cartilla. Allí, campañas y políticas públicas ponen a la auto-regulación del consumidor como principal eje de transformación rumbo a la meta de una menor huella ecológica, estimulando la reforma del consumo individual (su reverdecimiento), responsabilizando y culpando al individuo por eventuales incumplimientos con los objetivos de descarbonización.

el estado se auto-exime de ejecutar políticas que afecten intereses establecidos o cambiar el funcionamiento del propio sistema.

Así, el estado se auto-exime de ejecutar políticas que afecten intereses establecidos o cambiar el funcionamiento del propio sistema. De esta manera, preserva su financiamiento fácil a base de impuestos al consumo de combustibles o de la propiedad de coches y evita el trabajo de largo plazo de crear, por ejemplo, una nueva matriz energética enteramente renovable. Como con el Covid-19, ese empoderamiento del consumidor, más que debilitar al estado, convierte al primero en chivo expiatorio y libra al segundo de presiones sectoriales.

La contradicción entre intervencionismo estatal con relación a los recursos y promoción de la auto-gestión individual, como solución a las crisis, surge como una forma de gobierno, más que como un dilema a ser resuelto. Más que guerrear entre sí, son abordajes que se complementan, proponiendo un ordenamiento de la sociedad a partir de una regulación a la vez ejercida desde arriba (las políticas de Estado de cuarentena, medidas de emergencia económica y asistencialismo) y desde la misma población (el auto-control disciplinante).

En el seno de la paradoja de ver gobiernos intervencionistas que privatizan la responsabilidad por sobrevivir a la actual crisis anidan tensiones de largo plazo. ¿Aceptarán los ciudadanos el fardo de cuidar de su propia solución personal sin cuestionar el propósito del estado que promueve dicha transferencia? ¿Dada la escasez de recursos, no se tentará el estado en ampliar esa exención y transferencia de responsabilidades a otros ámbitos?

*Translation from Spanish by Emmanuel Guerisoli

Foto de Gustavo Minas en Foter.com / CC BY