Las políticas del Gobierno de Boric hacia el pueblo mapuche son más de lo mismo

Gabriel Boric, el joven presidente proveniente del movimiento estudiantil de la década anterior, asumió su gobierno encarnando la pulsión por el cambio expresado durante el estallido social de 2019 y aupado por el rechazo a la ultraderecha pinochetista que había triunfado en la primera vuelta de la elección presidencial. Pero ya en su primer año, el gobierno mostró que su línea, de cara a la cuestión Mapuche, sería el continuum de dominación del Estado chileno sobre los pueblos indígenas. De hecho, su período ha estado marcado por las luchas de estos pueblos por abrir espacios de participación política, integrar procesos políticos e institucionales, la entrega de propuestas concretas, ataques racistas, militarización de territorios y la sempiterna desilusión por la falta de resultados.

Para comprender las políticas implementadas desde el Estado durante el gobierno de Gabriel Boric, es necesario profundizar en tres puntos fundamentales:  la derrota de la Convención Constitucional y sus consecuencias; el Plan Buen Vivir y el mantenimiento del estado de excepción; y finalmente, la instauración de la Comisión para la Paz y el Entendimiento.

En primer lugar, la derrota estrepitosa en las urnas de la propuesta constitucional elaborada entre 2021 y 2022 por la Convención Constitucional, dejó huellas persistentes. El proceso había iniciado con la ilusión de la inclusión, por primera vez, de escaños reservados para indígenas (7 mapuche), su primera presidente fue Elisa Loncon, dirigente mapuche, y el borrador incluyó muchas demandas de largo plazo de los pueblos indígenas. Pero la ilusión dio lugar a la decepción tras la derrota por un amplio margen en el plebiscito de septiembre de 2022, siendo además las propuestas indígenas, en particular la plurinacionalidad, señaladas como las grandes responsables de la derrota.

Esto fue interpretado desde la derecha como un portazo de los chilenos a las demandas mapuches, con consecuencias claras en cuanto a la presencia e influencia del movimiento indígena, tanto en las calles como en el proceso constitucional ulterior de 2023, donde sólo hubo un representante indígena, quien luego renunció. Este segundo proceso, coincidió con un aumento del apoyo a la derecha y extrema derecha en las encuestas, con la demonización de las demandas mapuche y la normalización del discurso racista y xenófobo, especialmente en redes sociales, del cual la ex presidenta de la convención, Elisa Loncon, fue la principal víctima.

Este contexto golpeó a la izquierda y a los movimientos y organizaciones sociales chilenas, pero sobre todo al gobierno, quien perdió el control de la agenda. Boric había llegado al poder apoyando medidas de reparación territoriales y derechos colectivos de los mapuche, criticando, a su vez, la utilización del estado de excepción en la zona por parte del gobierno de Sebastián Piñera.

Si bien el gobierno entrante no renovó el estado de excepción, a pocos meses de asumir Boric lo volvió a implementar argumentando el incremento de los ataques incendiarios. En la práctica, se trata de la militarización de la zona con presencia de Carabineros, militares, la Armada y el patrullaje de la aviación para controlar el territorio. Los actos de violencia han disminuido, pero la zona lleva ya más de tres años (prácticamente todo el periodo de Boric) bajo control militar. De esta manera, el Gobierno está recurriendo al mismo recurso que se ha utilizado desde la invasión de esos territorios: la represión y la coerción. El Estado de excepción se ha renovado más de 50 veces.

A partir de 2022, el gobierno de Boric implementó lo que se ha bautizado “Plan Buen Vivir”, en referencia al concepto de la cosmovisión indígena, pero que en este caso refiere a un plan de políticas públicas en medio del estado de emergencia. El plan incluye la construcción de caminos, el acceso a agua potable, inversión en infraestructura para comunidades y diálogo territorial.

A nueve meses de finalizar el gobierno de Boric, se ha presentado el informe de la Comisión para la Paz y el Entendimiento creado en 2023 con el objetivo de encontrar soluciones a mediano y largo plazo para el conflicto en la Araucanía. La instancia estuvo conformada por ocho miembros, incluido representantes mapuches de largo recorrido en el movimiento y políticos como Francisco Huenchumilla (Senador) y Adolfo Millabur (ex convencional).

Entre las 21 recomendaciones del informe se incluyen promesas ya sempiternas como el reconocimiento constitucional, la revitalización de la lengua o representación política, u otras más novedosas como la reparación de todas las víctimas de la violencia. Estas medidas fueron respaldadas por siete de los ocho miembros de la Comisión, con la particularidad que uno de los votos positivos fue de una miembro del Partido Republicano (extrema derecha) quien acusó presiones de su partido para rechazar el informe. Como consecuencia, esta debió renunciar a su partido.

Las recomendaciones han sido recibidas con moderación y cautela porque plantean demandas históricas como el hacerse cargo de la apropiación de las tierras por parte del Estado, génesis del conflicto. Y es que, a lo largo de las últimas décadas, muchas instancias han generado la ilusión de poner fin al conflicto, pero finalmente han quedado aparcadas en algún escritorio. Además, muchas de estas recomendaciones deben seguir su debido proceso legislativo lo cual termina dependiendo del calendario electoral.

A nueve meses del final del mandato parece ilusorio pensar que estas iniciativas se vayan a poder concretar, sobre todo teniendo en cuenta que es muy probable que en las próximas elecciones se imponga la derecha pinochetista. En este marco, incluso hasta el propio nombre de la Comisión: por la “Paz y el Entendimiento”, en un territorio militarizado parece irónico.

Por lo tanto, podemos decir que las políticas implementadas durante el gobierno de Boric con respecto a los mapuche representan más una continuidad con los gobiernos anteriores, que un verdadero intento por poner fin al conflicto.

¿Hacia dónde va la cooperación de la UE en Latinoamérica?

Aunque existe una preocupación por la ausencia de la Unión Europea en asumir el vacío dejado por USAID en América Latina, esto no significa que no existan ventanas de oportunidades de cooperación para fortalecer los lazos entre ambas regiones. En julio del 2023, por ejemplo, la Comisión Europea anunció una inversión de 45.000 millones de euros para profundizar y fortalecer las relaciones. Según la CAF, entre los temas de la agenda de cooperación, se mencionaron proyectos que “van desde la producción de hidrógeno limpio, materias primas críticas o la ampliación de la red de cableado de datos de alto rendimiento, hasta la producción de vacunas más avanzadas”.

La agenda de la UE en América Latina y el Caribe tiene como principales objetivos la lucha contra el cambio climático y el incentivo a las energías renovables, el fortalecimiento de los servicios digitales, la electromovilidad y asignación de un nuevo papel a los recursos naturales, mediante la transferencia de tecnología y el fortalecimiento de la industria agrícola. No obstante, existen algunos obstáculos para que esta cooperación se profundice de manera adecuada.

Comercio existente

América Latina y el Caribe y la UE tienen una relación estrecha. Según datos de la CAF, la UE es el tercer socio comercial más importante para la región, detrás de Estados Unidos y China. Además, el viejo continente es la principal fuente de inversión extranjera directa, con un stock acumulado estimado en 800.000 millones de euros para el 2023. Para este entonces, las empresas europeas habían invertido más en América Latina y el Caribe que sus pares en China, Japón, Rusia e India juntos. Esto demuestra que las relaciones, actualmente, no solo están en un buen estado, sino que tiene un potencial de crecimiento importante.

Según datos de la misma institución, en 2022 el comercio total de mercancías entre la UE y Latinoamérica fue de 293.090 millones de euros. Esto es equivalente al 4.8% de las importaciones de afuera de la UE y al 5.8% del total de las exportaciones fuera de la UE. Además, entre 2013 y 2022, hubo un aumento del 59% de importaciones y 37% de las exportaciones entre estas dos regiones. Esto evidencia un rápido incremento en las relaciones comerciales.

El proceso también fue acompañado por una relación relativamente equilibrada, pues el superávit de la UE es solo de 5.000 millones de euros. Ese valor es mucho menor si se compara con Estados Unidos; en 2023 tuvo un superávit comercial con la región de 27.150 millones de dólares. Para China, el valor para el mismo año fue de 33.000 millones de dólares. Por esto, la UE tiene una legitimidad importante con la región al ofrecer una relación comercial y económica más equilibrada que sus pares. Entonces, es importante analizar dónde están enfocados los proyectos de inversión y cooperación en América Latina.

América Latina en las inversiones de la UE

Estas son solo algunas de las iniciativas de inversión por parte de la UE en América Latina y el Caribe anunciadas en el 2023.

En América del Sur, en Argentina hay proyectos vinculados a la transmisión energética, programas de desarrollo rural, movilidad sostenible, transición energética –en especial en hidrógeno verde– al igual que en materias primas críticas, mejor manejo de residuos y apoyo a pequeñas y medianas empresas para la economía verde. El enfoque en Brasil está en proyectos de energía renovable, modernización de sistemas de saneamiento y agua, iniciativas a proteger bosques tropicales y apoyo a pequeñas y medianas empresas en tecnologías verdes. Por su parte, en Uruguay la inversión estará dirigida a agua y saneamiento, impulso a la movilidad urbana eléctrica y producción de hidrógeno. Y en Chile, la UE se enfocará en producción de hidrógeno, transporte y producción de combustible neutro en carbono.

Hacia el centro del continente, en Colombia el enfoque está en economía sostenible, e-movilidad y en el esfuerzo para llegar en 2026 a un 85% de conectividad digital para la población. Para Costa Rica las prioridades son proyectos de salud, e-movilidad y bonos verdes. Y en Panamá, la UE se enfocará en proyectos de energía en transición, la descarbonización del Canal, la transformación digital, el sector biofarmacéutico y vacunas.

Dificultades

De todos modos, existe una falta de alineación de las necesidades y las soluciones entre las partes. Esto no solo dificulta los proyectos mencionados anteriormente, sino también aquellos dirigidos a apoyar la creación de empresas de innovación en América Latina y el Caribe. Según un informe de la EU-Lac Foundation, existe una desconexión importante entre los objetivos claros por parte de los actores del ecosistema de innovación y la compresión de lo que los empresarios pretender conseguir. Igualmente, el acceso limitado a las reuniones internacionales ha dificultado la creación de relaciones sostenibles y oportunidades de establecer contacto. Además, la desconexión entre las preocupaciones y necesidades de las contrapartes potenciales deriva en soluciones menos significativas y eficaces, incapaces de abordar estas cuestiones con eficacia.

En segundo lugar, en América Latina y el Caribe existe una brecha de talento en temas como la sostenibilidad, la internacionalización de industrias y la industria digital que limitan el accionar y capacidad de innovación de la región. Las barreras lingüísticas también han afectado la generación de asociaciones entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe que puedan transferir este conocimiento.

En tercer lugar, la diferencia entre los marcos normativos de la UE, con un enfoque más preventivo y estructurado, y América Latina y el Caribe, mucho más flexibles para promover temas de innovación, y menos fijos a largo plazo, hacen que las inversiones, tanto en dinero y tiempo, puedan a veces ser exhaustivas.

Aprovechar la oportunidad

La Unión Europea y América Latina y el Caribe tiene aún mucho potencial de crecimiento. No solo en temas económico y comerciales, sino también en temas de cooperación internacional. Adicionalmente, existe una clara intención por parte del viejo continente de aumentar sus niveles de cooperación, aun cuando no logre asumir el vacío de USAID.

No obstante, es importante tener en cuenta que existen una serie de riesgos operativos que afectan la eficacia y el nivel de cooperación e inversión entre las partes. De esta manera, si América Latina y el Caribe quiere aprovechar la inversión de la UE deberá trabajar para disminuir estas dificultades. De lo contrario, la UE podría perder su interés en la región y América Latina y el Caribe perdería una oportunidad dorada para diversificar sus fuentes de cooperación internacional.

¿Continúa retrocediendo el consenso democrático en la Argentina?

Nos encontramos frente al desafío de un nuevo año electoral en la Argentina; en efecto, trece provincias celebran elecciones legislativas a nivel nacional, once de ellas elecciones a nivel subnacional y local y dos estados llevarán a cabo elecciones para la renovación del titular ejecutivo —Corrientes y Santiago del Estero.

Sin embargo, este prolongado año electoral coexiste con una creciente preocupación sobre el derrotero de una democracia en nuestro país que cumple en el mes de diciembre próximo 42 años de vigencia institucional y enfrenta un deterioro del consenso político sobre el que se ha respaldado.

¿En qué consiste el consenso político? 

Todo consenso político se funda en algún principio de acuerdo sobre reglas (formales o informales) y/o valores. En el terreno particular de los valores, podemos establecer la existencia mínima de un consenso democrático en la medida en que resulta factible reconocer al menos dos condiciones básicas: 1) existencia del mutuo reconocimiento de los actores como adversarios y al mismo tiempo como interlocutores legítimos, y 2) la exclusión del uso de la violencia física y simbólica para dirimir la disputa política.

El retorno de la democracia en 1983 trajo aparejada la emergencia de un conjunto de prácticas políticas más bien acordes con cierto estilo consensual: la unidad partidaria frente a la sublevación militar de Semana Santa en 1987, los acuerdos que hicieron posible la reforma constitucional de 1994, la experiencia cuasi coalicional de Eduardo Duhalde y la conformación de la Mesa de Diálogo auspiciada por la Iglesia católica en el marco de la crisis social del 2001/2002 constituyen algunos emblemáticos ejemplos de una mayor inclinación al compromiso, independientemente del juicio de valor que puedan merecer esas iniciativas de “unidad en la diversidad”.

El conflicto entre un novel gobierno de Cristina Fernández de Kirchner y las organizaciones agropecuarias en los primeros meses del año 2008 sobre la “Resolución 125” constituyó una bisagra, en la medida en que reinstaló una dinámica de confrontación prácticamente abandonada desde el retorno de la democracia en 1983 en una transición de una política como expresión de compromiso hacia una visión agonal de la misma: la competencia política se dirime ya no entre adversarios sino entre enemigos irreconciliables (por momentos ma non troppo).

El retorno de la confrontación trajo aparejada la emergencia/enunciación de una serie de expresiones tendientes tanto a la descalificación del adversario (ahora enemigo político) como así también a la exacerbación de divisiones (pre) existentes en la sociedad argentina; en este contexto, aparecieron durante el kirchnerismo términos de dudosa capacidad explicativa pero de indudable eficacia persuasoria, como la categoría de “destituyente” o la utilización de expresiones tendientes a la animalización de los líderes políticos y/o de los espacios políticos representados por esos líderes como el “gato”, la “yegua” y la reaparición del término “gorilas”.

Javier Milei y Cristina Fernández de Kirchner: ¿continuidad o cambio?

La experiencia de Javier Milei profundiza el antagonismo en el plano narrativo mediante el uso de expresiones como la “casta” para referirse a la clase política y en la actualidad a los medios de comunicación independientes, “ratas” para caracterizar a diferentes actores con representación en las instituciones legislativas, y “mandriles”, “econochantas” o “ñoños republicanos” referidas a segmentos que manifiestan su disenso con diferentes aspectos de la política oficial, sean estos de índole sustantiva o formal.

Un gobierno débil y al mismo tiempo con una inocultable vocación hegemónica y un presidente bifronte que no ha logrado resolver el dilema entre el profeta de vocación y el político pragmático de profesión: La Libertad Avanza, en la confrontación. 

Esta inclinación a la confrontación puede explicar una inusual capacidad de autoprovocarse crisis que no han afectado a su gobernabilidad pero podrían contribuir a su erosión de persistir en esa tesitura en contextos menos favorables. En este clima podemos mencionar la alocución del presidente Milei en el foro de Davos, el episodio denominado como “criptogate” o la insistencia del poder ejecutivo en las inviables candidaturas de Ariel Lijo y Manuel García Mansilla para integrar la Corte Suprema de Justicia, solo para destacar algunas. 

En conclusión

Nos encontramos frente a un contexto político caracterizado por una disminución de la tolerancia hacia el adversario, un debilitamiento del consenso acerca de la exclusión de la violencia verbal y física como recurso político y el eterno retorno de las “fantasías priistas” en los sucesivos oficialismos gobernantes. 

La continuidad de estilo político y el cambio en el contenido ideológico de la política pública parecen representar un signo de los nuevos/viejos tiempos.

Como en aquella broma que se suele hacer en la red social X (ex Twitter), no importa (desde 2008 hasta nuestros días) cuándo escribas esto.

Sequía, cambio climático y diplomacia científica: una respuesta colectiva desde América Latina

La sequía ya no es solo un fenómeno natural o cíclico: es uno de los impactos más destructivos del cambio climático en América Latina y el Caribe. A medida que las temperaturas globales aumentan —como lo confirma la Organización Meteorológica Mundial (OMM), que reportó que 2024 fue el año más caliente en 174 años—, los eventos extremos como sequías prolongadas, incendios forestales, olas de calor e inundaciones se intensifican. Sus consecuencias se extienden desde la agricultura hasta la energía y el transporte, afectando la vida cotidiana y la seguridad de millones de personas.

Ante esta amenaza creciente, los países de la región están activando estrategias compartidas para monitorear, anticipar y reducir los impactos de las sequías. Durante la reciente CoP-33 del Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global (IAI), celebrada en Asunción, Paraguay, se consolidaron varias iniciativas multilaterales que combinan ciencia, datos abiertos y cooperación política. Una de ellas es el Sistema de Información sobre Sequías para el Sur de Sudamérica (SISSA), que provee herramientas coproducidas con actores locales para fortalecer capacidades institucionales y fomentar la gobernanza del riesgo en sectores claves como la agricultura y el agua.

Un ejemplo del uso de estas herramientas en la agricultura es el desarrollado por la provincia argentina de Córdoba, donde se consolida y amplía la información climática local para realizar seguimientos y predicciones del contenido de agua en el suelo. Además, se utiliza el índice estandarizado de precipitación – caudal (TSI) para generar modelos de predicción hidrológica que impactan la hidroenergía regional.

Otra iniciativa pionera es la Red de Laboratorios de Observación de la Tierra para la Reducción del Riesgo de Desastres (REDLABOT), liderada por la Agencia Espacial de Paraguay (AEP), en alianza con Geo Lab, ESRI Panamá y la NASA. Esta red nació tras las inundaciones extremas de 2019 y hoy integra tecnología geoespacial para enfrentar sequías, incendios y otros eventos climáticos con información en tiempo real. Como señaló el director de AEP, Alejandro Román, el objetivo es claro: “bajar los beneficios del espacio a nuestros países emergentes y construir capacidades nacionales en agricultura, educación y gestión de emergencias”.

Algunos de los principales eventos meteorológicos y climáticos extremos que afectaron a la región durante el año 2024 ocurrieron en Belice y Panamá, de acuerdo con el reporte “Estado del clima en América Latina y el Caribe 2024” de la OMM. En Belice, las condiciones extremadamente secas, agravadas por intensas olas de calor, provocaron el peor episodio de incendios forestales en la historia reciente del país. Mientras que en Panamá, la sequía en el Canal de Panamá, que comenzó en 2022, fue catalogada en enero de 2024 como la peor en la historia de esa vía interoceánica. En respuesta a estos fenómenos, Paraguay, Brasil, Uruguay y Argentina reforzaron la organización de proyectos multilaterales de monitoreo y alerta temprana utilizando la diplomacia científica para construir resiliencia climática conjunta.

En este contexto, los sistemas de alerta temprana no son simplemente herramientas técnicas, sino plataformas para la acción colectiva. Pero su efectividad depende de otro pilar fundamental: la diplomacia científica. Esta práctica, que conecta a investigadores, tomadores de decisiones y comunidades a través de las fronteras, se ha consolidado como una vía clave para fortalecer respuestas regionales coordinadas. Durante la CoP-33, el IAI lideró talleres y capacitaciones en diplomacia científica con participantes de Paraguay, Brasil, Uruguay y Argentina, apostando por una agenda regional común hacia la Conferencia de las Partes de Naciones Unidas (COP30) que se celebrará en Brasil en noviembre de 2025.

Todos estos esfuerzos fueron reconocidos en la declaración firmada por los gobiernos e instituciones participantes, que reafirma el compromiso con: fortalecer sistemas de alerta temprana multirriesgo; integrar conocimientos científicos, indígenas y tradicionales; compartir datos abiertos y metodologías; y movilizar recursos financieros para investigación y acción climática. Esta declaración simboliza un llamado urgente a actuar en conjunto, poniendo la ciencia al servicio de políticas resilientes y sostenibles.

Un ejemplo concreto de esta cooperación regional fue la coordinación entre Paraguay, Argentina y Brasil para garantizar el funcionamiento de la Central Hidroeléctrica de Yacyretá durante los años de bajante extraordinaria del río Paraná. Entre 2018 y 2021, los países involucrados establecieron acuerdos técnicos y operativos que permitieron mantener la generación energética, garantizar la navegación fluvial segura y asegurar el abastecimiento de agua a comunidades ribereñas.

Las llamadas “ventanas de navegación” permitieron el paso organizado de convoyes de carga mediante una operación conjunta basada en previsiones hidrológicas, logística compartida y el uso de plataformas tecnológicas. Este caso es una demostración de cómo la diplomacia técnica y científica puede traducirse en soluciones concretas frente a desafíos climáticos extremos.

La sequía es y seguirá siendo una amenaza, pero no estamos indefensos. Con conocimiento compartido, alianzas estratégicas y diplomacia científica, la región puede no solo mitigar sus efectos, sino también preparar el terreno para una transformación profunda. La ciencia no puede actuar sola, pero ninguna transformación será posible sin ella.

*Este es un texto de la plataforma Voces de Mujeres Iberoamericanas en una colaboración entre la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) y Latinoamérica21. Únete AQUÍ a la Plataforma.

Del barril al branding: El Chavo del Ocho como estrategia de nostalgia y mercado

A once años de la muerte de Roberto Gómez Bolaños, creador de El Chavo del Ocho, a través de la plataforma MAX se lanza una serie biográfica sobre su vida. En este contexto, no deja de ser sorprendente que, desde su lanzamiento en 1973, haya superado su condición de simple comedia para convertirse en un referente cultural que atraviesa generaciones y fronteras, retratando la vida en una vecindad marcada por la pobreza, la violencia y la exclusión, problemáticas compartidas por amplios sectores de Latinoamérica.

Personajes que se relacionan mediante golpes, gritos y humillaciones forman parte de una narrativa que, aunque humorística, refleja una realidad social persistente. No sorprende, entonces, que este ícono televisivo haya sido objeto de múltiples apropiaciones culturales y comerciales: desde estatuas y homenajes hasta su uso en grandes campañas publicitarias.

La presencia del Chavo en restaurantes, tiendas o anuncios de marcas transnacionales confirma su permanencia simbólica. Que en los últimos cinco años siga vigente no solo es testimonio de su valor cultural, sino también un indicio de cuánto (o cuán poco) han cambiado las condiciones sociales en la región.

La violencia entre pares, la burla constante hacia el más débil y la precariedad económica donde pagar o cobrar la renta define la vida cotidiana siguen siendo parte de nuestra realidad. Asimismo, los modelos familiares alternativos representados en la serie —madres y padres solteros, adultos mayores solos, y un chico que viven en situación de calle— rompen con la idealización tradicional de la familia nuclear.

Estos elementos además de no perder actualidad, se actualizan en la memoria colectiva porque El Chavo comunica en un código afectivo e identitario con el que muchos latinoamericanos aún se reconocen.

En años recientes, la incorporación de tecnologías como el deepfake ha permitido resignificar la serie para conectarla con nuevas audiencias, pues como enfatizó Roland Barthes, los símbolos culturales se transforman en mitos cuando adquieren significados emocionales que rebasan lo literal.

Así, El Chavo del Ocho, concebido como una crítica humorística a las desigualdades, se convierte en símbolo de nostalgia compartida para los latinoamericanos y en plataforma de conexión emocional para productos y marcas que explotan nuestra conexión con el programa.

Un ejemplo notable es la marca brasileña Ypê, que lanzó una campaña en la que recreó con gran fidelidad a los personajes y escenarios originales. La estrategia, que apeló a la emoción, activó un proceso simbólico donde los personajes no solo evocan la infancia, sino que legitimaron su producto como aspiracional. 

Otro caso es el de Dish Latino, que empleó deepfake para integrar a Eugenio Derbez en una narrativa compartida con El Chavo, generando un diálogo emocional entre pasado y presente. Esta operación ilustra cómo la imagen sustituye a la realidad y se convierte en su propia verdad. Sin embargo, la calidad técnica fue cuestionada, lo que limitó el impacto simbólico de la campaña.

En contraste, Sabritas Switch presentó un uso más refinado del deepfake, recreando un sketch clásico del Chavo para promocionar el cambio creativo de sabores. Esta campaña representa una lectura “oblicua” del mito, en la que los consumidores resignifican el contenido según su contexto cultural. Aunque la técnica fue mejor ejecutada, también recibió críticas por alterar una figura que posee un alto capital cultural y emocional.

Un cuarto caso es el de Samsung, que reconstruyó la vecindad —incluido el interior del departamento de La Bruja del 71, inédito hasta entonces— para promocionar electrodomésticos inteligentes. Esta puesta en escena potencia el “efecto de realidad” al reforzar la conexión emocional a través de los detalles del entorno. La marca logra así resignificar la narrativa del programa y presentar la tecnología como deseable y cercana.

La reciente decisión de los herederos de Gómez Bolaños de licenciar los derechos de la serie a diversas marcas confirma su enorme valor comercial. A pesar de que dejó de retransmitirse en México en 2020 por conflictos legales, el programa sigue vivo, sobre todo en Brasil, donde ha sido plenamente adoptado como parte de su cultura popular. Esta capacidad de adaptación, sin perder el núcleo emocional, responde a lo que se ha definido como una mitología cultural.

Sin embargo, estas estrategias también plantean interrogantes éticos. Si bien las campañas aprovechan la nostalgia y los (anti)valores del Chavo, corren el riesgo de banalizar problemáticas estructurales. Los objetos, al convertirse en fetiches ideológicos, trivializan realidades como la pobreza o la exclusión al transformarlas en mercancía. De este modo, el mensaje original del programa —una crítica social disfrazada de comedia— corre el riesgo de diluirse por completo, reducido a instrumento de consumo.

Venezuela: de elecciones fraudulentas a elecciones clandestinas

Las elecciones parlamentarias y regionales celebradas el pasado 25 de mayo en Venezuela estuvieron marcadas por una combinación crítica de irregularidades estructurales, opacidad institucional y una altísima abstención ciudadana, reflejo de la profundización autocrática que atraviesa el país. Desde que el Consejo Nacional Electoral (CNE) incurriera en un fraude electoral masivo el 28 de julio de 2024 para desconocer la victoria contundente del opositor Edmundo González Urrutia, el ente electoral perdió la poca credibilidad que le quedaba. Sin presentar resultados desagregados por mesa, sin una página web y sin que se celebraran las auditorías posteriores a la jornada electoral de 2024, el CNE adjudicó en tiempo récord la presidencia a Nicolás Maduro, aunque las actas emitidas por las máquinas de votación y recuperadas por los testigos opositores le daban una amplia victoria a González.

En ese contexto se convocaban las elecciones parlamentarias y regionales de 2025. Originalmente pautadas para el mes de abril, finalmente fueron celebradas el 25 de mayo. Desde su misma convocatoria, el proceso mostró graves falencias. No se publicó en Gaceta Oficial la resolución formal para llamar a elecciones ni se presentó públicamente el cronograma de actividades, no se permitió la inscripción y actualización en el registro electoral. Las garantías técnicas también brillaron por su ausencia: las auditorías al sistema no contaron con la participación de actores imparciales, y la infraestructura digital del CNE, incluida su página web, estuvo inactiva, bloqueando el acceso público a información esencial. Sin mecanismos de control independientes ni herramientas de fiscalización abiertas, el proceso careció de los mínimos estándares de transparencia.

La líder de la oposición, María Corina Machado, invitó desde la clandestinidad a los opositores a abstenerse de participar en un proceso con estas características. Por su parte, representantes de la oposición minoritaria como Henrique Capriles, Manuel Rosales o Juan Requesens promovieron la vía electoral. 

Si había alguna duda sobre quién lidera a los sectores opositores, quedó resuelta el 25 de mayo: la ciudadanía venezolana no participó en los comicios. Las imágenes de centros de votación vacíos circularon ampliamente en medios y redes, reflejando un rechazo de los electores que el gobierno no pudo ocultar.

Pese a este contexto, el CNE anunció una participación de 5,5 millones de personas, equivalente al 25 % del padrón electoral (21.485.669 ciudadanos), pero al mismo tiempo aseguró que esa cifra representaba el 42 % de los electores habilitados, sin ofrecer ninguna explicación ni datos verificables que sustenten este cálculo. Los resultados oficiales resultan no solo incontrastables —por falta de acceso a datos y auditorías independientes—, sino además inconsistentes, lo que profundiza la desconfianza ciudadana.

Un día después de la elección, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela y el estratega electoral de Maduro (fue rector del CNE y luego Jefe de Campaña de Maduro), anunció detalles de los resultados que ni siquiera el propio ente electoral había publicado. Por ejemplo, aseguró que Henrique Capriles y otros candidatos que no forman parte del oficialista Polo Patriótico habían conseguido curules en la Asamblea Nacional que entrará en funcionamiento en 2026.

La opacidad con respecto a los resultados es de tal magnitud que no hay garantías de que este grupo de opositores hayan sido efectivamente electos. Andrés Caleca, excandidato opositor en las primarias de 2023 y expresidente del Consejo Nacional Electoral, aseguró que si se dan por ciertos los resultados anunciados, y si se aplica correctamente el método de distribución de bancas establecido legalmente (D’Hondt), a este grupo de opositores que decidieron participar les asignaron artificialmente más bancas de las que les corresponden. 

De manera que al parecer Venezuela está ingresando en una nueva etapa en la que ya los resultados electorales no solo son inescrutables e inconsistentes, sino que finalmente no son decisivos a la hora de la asignación de cargos.

Diez días después de las elecciones parlamentarias y regionales, y sin publicar sus resultados desagregados por mesa (aunque ya los cargos fueron asignados), el CNE convocó las elecciones municipales para el próximo 27 de julio.

Desde el fraude masivo del 28 de julio de 2024 quedó claro que el gobierno de Nicolás Maduro ha abandonado la vía electoral. Aunque ya se habían manipulado elecciones anteriormente (estado Bolívar y Consulta Popular en 2017), o desconocido los resultados (legislativas 2015), nunca se había fraguado un fraude de tal magnitud como el del año pasado.

En los últimos años la oposición venezolana, a pesar de las condiciones adversas, fue a un proceso de negociación con el gobierno a través de la mediación internacional, celebró un proceso de elecciones primarias para legitimar sus liderazgos en el que fue aclamada María Corina Machado, y, a pesar de su ilegal inhabilitación para las elecciones presidenciales de 2024, siguió en la ruta electoral y designó a Edmundo González como candidato sustituto. Diseñó un mensaje movilizador, canalizó el descontento y lo convirtió en participación e incluso construyó una estructura de control del voto (comanditos) que le permitió hacerse con casi el 80 % de las actas de escrutinio emitidas por las máquinas de votación, con lo que pudo demostrar la victoria opositora. A pesar de estos esfuerzos en un contexto sumamente desigual, el gobierno de Nicolás Maduro ha optado por el desconocimiento de los resultados, la represión y la violación de los derechos humanos.

Cuando el voto no tiene consecuencias no hay incentivos para la participación. Los venezolanos decidieron abstenerse en las elecciones regionales y parlamentarias, y seguramente lo hagan en las municipales del 27 de julio, porque el poder de cambio del sufragio ha quedado anulado.

El Día Mundial de los Refugiados nos exige más que solidaridad

Cada año que llega este día encontramos menos motivos para celebrar. El Día Mundial del Refugiado se ha convertido en un eufemismo: no porque haya menos personas forzadas a huir, sino porque cada vez hay menos personas reconocidas como refugiadas.

Mientras que los factores que impulsan el desplazamiento forzado aumentan —conflictos, violencia generalizada, inestabilidad social y económica y los impactos del cambio climático— los instrumentos jurídicos creados para proteger a estas personas están siendo cuestionados, debilitados o, simplemente, ignorados. A finales de 2024, el número de personas desplazadas por la fuerza alcanzó los 123,2 millones, un aumento del 6% respecto a 2023. Sin embargo, solo 42,7 millones fueron reconocidas como refugiadas. En América Latina y el Caribe se ha observado en el último año un incremento en las solicitudes de asilo de países como Colombia y Venezuela, pero también de Haití, México y Honduras y un aumento de las personas desplazadas internamente en Ecuador y Haití.

Peor aún, erosionar estos marcos normativos parece dar rédito electoral. La idea de un Estado-nación fuerte reaparece con fuerza como respuesta desesperada —y profundamente ineficaz— ante fenómenos que son transnacionales por naturaleza. Quienes trabajamos en el ámbito del desplazamiento y refugio sabemos que las soluciones no son unilaterales. Exigen acuerdos y multilaterales como el Pacto Mundial sobre los Refugiados, el Proceso de Quito y el Marco Integral Regional para la Protección y Soluciones Duraderas.

Afortunadamente, en América Latina y el Caribe contamos con un instrumento pionero: la Declaración de Cartagena, que hace 40 años amplió la definición del concepto de “refugiado” para incluir a personas afectadas por la violencia generalizada, la agresión extranjera, los conflictos internos, la violación masiva de los derechos humanos y otras circunstancias que perturban gravemente el orden público. Esto permitió a los Estados proteger a un número más grande de personas desplazadas en la región. Aunque no es legalmente vinculante, está en vigor en 14 países. En diciembre del año pasado Chile adoptó el Plan de Acción 2024-2034, incorporando temas clave como el desplazamiento por desastres y los impactos del cambio climático. Próximamente se pondrá en marcha un mecanismo de seguimiento gracias al trabajo conjunto de la sociedad civil.

Este 20 de junio el lema del Día Mundial del Refugiado es “solidaridad con las personas refugiadas”. Pero, seamos claros: la solidaridad no basta. El sistema humanitario atraviesa una crisis sin precedentes, con recortes de personal y recursos que ponen en riesgo la respuesta a necesidades urgentes. La solidaridad con las personas refugiadas es necesaria, pero no suficiente. El universalismo que sustentó el derecho internacional de los derechos humanos, el derecho internacional humanitario y el derecho internacional de los refugiados está tambaleándose.

Los cambios recientes en la política migratoria de Estados Unidos -la suspensión de CBP One, el aumento de las deportaciones y restricciones al asilo- han llevado a muchas personas a emprender la ruta Norte-Sur dentro del continente. Las dinámicas migratorias y los perfiles de quienes se desplazan han cambiado, pero hay una constante cruel: la ausencia de mecanismos efectivos de protección.

La protección de las personas refugiadas no puede limitarse a respuestas reactivas. Debe ser entendida como un proceso transversal: empieza en las fronteras, se sostiene en las comunidades y se garantiza con voluntad colectiva y responsabilidad compartida. Nadie elige convertirse en una persona refugiada, pero sí está en nuestras manos que la solidaridad sea el punto de partida, no el premio de consuelo. Si queremos proteger los derechos de las personas desplazadas hoy debemos comprometernos política, jurídica y financieramente a garantizar su dignidad y su futuro.

Trump: tirando piedras sobre su propio tejado

Tarifas recíprocas es el término que utiliza el presidente Trump para denominar los impuestos a las importaciones dirigidos a equiparar políticas industriales (aranceles, subsidios, preferencia en compras gubernamentales, etc.) de otros países, por medio de las cuales, de acuerdo con la Casa Blanca, “han explotado a Estados Unidos”.

Esas tarifas violan normas de la Organización Mundial del Comercio (OMC) y tratados como el CAFTA. Aun países cuyas economías pesan muy poco en relación con la de Estados Unidos y que han respetado al pie de la letra ese tipo de acuerdos comerciales han sido sancionados. Por ejemplo, en el caso de un país como Costa Rica, Trump se saca un as de la manga al imponer una tarifa del 10% a sus exportaciones como castigo. 

Esto porque, supuestamente, está “explotando” a Estados Unidos al cobrar un impuesto de consumo a las bebidas alcohólicas de acuerdo con el nivel de alcohol, al permitir la contratación preferencial entre entes estatales, al condicionar la importación de ciertos productos a requisitos sanitarios y fitosanitarios, al impedir la importación de papas y al supuestamente carecer de la protección debida a la propiedad intelectual. Lo ridículo del argumento es tan evidente como la orden (lamentablemente acatada por Costa Rica) de no permitir a Huawei competir para suplir la tecnología 5G para evitar el espionaje (¿¡sobre tecnología militar, espacial o industrial!?).

En el caso de China, los elevados aranceles impuestos a sus exportaciones a Estados Unidos buscan, de acuerdo con Trump, compensar la competencia desleal que se deriva del apoyo estatal de China a sus industrias. Supuestamente la mano visible del Estado da ventajas a China que le permiten “explotar” a Estados Unidos. Ello supone que en este país no existen subsidios ni apoyos específicos a sus sectores productivos y que la economía es manejada por la mano invisible del mercado.

Nada más alejado de la verdad. Son harto conocidos los masivos subsidios y el proteccionismo con que Estados Unidos apoya, por ejemplo, a su sector agrícola. Pero quiero referirme a los enormes beneficios estatales recibidos por empresas en el área de alta tecnología, en la que Estados Unidos ha logrado una presencia sustantiva en el mercado mundial.

Por ejemplo, las inversiones masivas del sector público de Estados Unidos que llevaron a descubrir el internet, el GPS, las pantallas táctiles y varias tecnologías de comunicación le permitieron a Apple desarrollar el iPhone, iPod y el iPad. Tal y como lo escribe la economista Mariana Mazzucato (University College London), los usuarios de estos productos por lo general desconocen que las tecnologías fundamentales incorporadas en los productos de Apple son el resultado de la acción directa del Estado invirtiendo miles de millones de dólares durante muchos años.

Aparte del uso —gratuito— de tecnologías desarrolladas por el Estado, Apple recibió regalos multimillonarios del gobierno como apoyo a sus esfuerzos de innovación en la industria de la computación. Esta práctica de subsidiar con recursos públicos a empresas (champions) escogidas no por el mercado sino por el Estado se mantiene hasta el día de hoy. Es un componente sustancial de la Ley de Chips y Ciencia aprobada en el 2022. Esta ley presupuesta un total de $174.000 millones para R&D (Research and development) y $63.000 millones en transferencias y exenciones tributarias a empresas específicas. De igual manera, la Ley para Reducir la Inflación (2022) prevé estímulos por un monto de $370.000 millones para subsidiar a empresas que generen tecnologías y productos en el campo de las energías limpias.

Lejos de confiar en la supuesta capacidad de las fuerzas del mercado para maximizar la eficiencia en la asignación de recursos, Estados Unidos ha preferido poner en práctica políticas industriales idénticas a las que han dado a China sus principales éxitos competitivos.

Lo normal es que al admirar algunos productos, ya sea por su calidad tecnológica, el servicio que prestan a la humanidad o las ganancias que generan, la atención y los méritos se concentren en Steve Jobs, Mark Zuckerberg, Bill Gates, Elon Musk, Jeff  Bezos, Sam Altman, Larry Page, etc. No hay duda que estos extraordinarios empresarios e innovadores tienen mentes privilegiadas y vocación por la excelencia, el riesgo y el trabajo duro. Pero sin la participación del Estado en el desarrollo de tecnologías y en la transferencia de subsidios, todo financiado con los impuestos pagados por los contribuyentes, esos emprendedores no hubiesen pasado de la primera base.

Entonces, la estrategia seguida por Estados Unidos ha sido similar a la que atribuye, acusativamente, a China: presupuestación masiva de recursos públicos que han servido para hacer viables y dotar de competitividad a sus empresas y productos y para el desarrollo del país.

Por cierto, el éxito competitivo logrado tanto por China como Estados Unidos al amparo de la mano visible del Estado (y de la Unión Europea, Corea del Sur, la República de China en Taiwán, Japón y Singapur) solo refleja la irrelevancia de las prédicas neoliberales sobre la magia del libre mercado, al tiempo que destaca la importancia de poner en práctica políticas guidas por un enfoque antidogmático, pragmático y ecléctico. Por su parte, el fracaso de la mayoría de los países de América Latina —la neoliberal y la socialista—, de la China pre Deng Xiaoping, de las dos Rusias —la comunista de la Unión Soviética y la neoliberal privatizadora de la era posterior— responde a su característico simplismo y a su apego a dogmas sin sustento ni en la realidad ni en el estudio.

La verdad es que, al diseñar políticas de desarrollo y competitividad, la pregunta que de la historia deben aprender las derechas no es si el Estado debe participar en la economía y si debe interferir en las fuerzas del mercado, sino cuándo, dónde y cómo. Así mismo, las izquierdas deben aprender a preguntar no si el mercado y la empresa privada deben jugar un papel en la economía, sino (tal y como lo hizo Deng Xiaoping) cuándo, dónde y cómo

En Estados Unidos ese enfoque pragmático comenzó con la independencia bajo el liderazgo de Alexander Hamilton y siempre ha estado presente, a pesar de recurrentes prédicas extremistas promercado. Ni siquiera Reagan propuso eliminar el fuerte papel del Estado. Mantuvo intactos los subsidios a la agricultura y las inversiones estatales en R&D, por medio de numerosas agencias gubernamentales (por ejemplo DARPA, NIH, Ministerio de Defensa o la NASA), o de subvenciones a universidades y a empresas privadas.
Por ello Trump tira piedras sobre su propio tejado cuando explica que sus tarifas recíprocas en parte se justifican como herramienta para compensar los apoyos gubernamentales o las distorsiones de mercado con que otros países ayudan a sus empresas a ser competitivas.

Hacia un nuevo modelo económico resiliente e inclusivo del Gran Caribe

El Gran Caribe se encuentra ante una encrucijada histórica. Las múltiples crisis que enfrenta —desde la deuda insostenible y el colapso del turismo masivo, hasta los embates del cambio climático y la exclusión social— obligan a repensar profundamente su modelo económico. Esta región, diversa y estratégica que abarca, no solo las islas del mar Caribe, sino también los países continentales que tienen costa en este mar como México, Colombia o los países centroamericanos, tiene hoy la oportunidad de construir un nuevo paradigma de desarrollo centrado en la resiliencia, la inclusión y la innovación.

Pero este giro no será automático ni exento de tensiones: requiere voluntad política, visión estratégica y un enfoque transformador capaz de romper con la dependencia de mercados externos y las estructuras extractivas. El Caribe no puede seguir apostando por una economía basada en monocultivos turísticos, zonas francas volátiles y remesas vulnerables a factores geopolíticos. Es tiempo de liderar una agenda de justicia económica global, anclada en una integración regional que priorice a sus pueblos.

Un Caribe resiliente frente a las crisis

Los impactos del cambio climático no son futuros hipotéticos en el Gran Caribe: son una realidad cotidiana. Desde huracanes más intensos hasta el aumento del nivel del mar, la vulnerabilidad ecológica está íntimamente ligada a la fragilidad económica. Por ello, hablar de resiliencia no es solo una cuestión ambiental, sino profundamente estructural.

La región debe avanzar hacia una diversificación productiva que supere la lógica extractiva. Esto implica apostar por industrias de base local, economías creativas, bioeconomía marina y nuevas formas de producción sostenible. Es indispensable integrar al sector informal en las estrategias nacionales, no como una carga, sino como una expresión de la capacidad de adaptación y creatividad de las comunidades caribeñas. A su vez, se requiere acceso equitativo a financiamiento, infraestructura pública de calidad y redes logísticas regionales que fortalezcan el comercio intracaribeño, hoy aún marginal frente al comercio con potencias externas.

En este contexto, el desarrollo ya no puede medirse únicamente por el crecimiento del PIB. Necesitamos indicadores que capturen la capacidad de las economías caribeñas para empoderar a su gente, redistribuir con justicia y anticipar los desafíos del futuro con sostenibilidad.

Innovación desde el Sur: una economía digital y azul

La digitalización representa una oportunidad sin precedentes para el Gran Caribe. Con una población joven y universidades de alto nivel, la región puede formar una nueva generación de técnicos, científicas, planificadores y emprendedores con enfoque regional y competencias digitales. Apostar por la inteligencia artificial, la conectividad y la soberanía digital no es un lujo: es una necesidad estratégica para cerrar brechas estructurales y generar empleos de calidad.

Por otro lado, el Caribe puede liderar una transición ecológica desde el mar. El concepto de economía azul sostenible ofrece un camino para utilizar de manera responsable los recursos marinos, impulsando el biocomercio, la pesca artesanal, la restauración de arrecifes y el desarrollo de biotecnología marina. Pero para ello, es indispensable romper con el modelo actual del turismo de masas, que agota los ecosistemas y precariza el trabajo. En su lugar, debe emerger un turismo comunitario, regenerativo y orientado al conocimiento local.

Las estrategias regionales deben enfocarse en proyectos innovadores que fortalezcan la economía azul, impulsen plataformas digitales inclusivas y fomenten alianzas Sur-Sur con otros países y bloques en desarrollo.

Justicia económica desde la integración regional

El Gran Caribe es mucho más que un conjunto de islas y costas bañadas por un mismo mar. Es una región marcada por una historia común de colonización, esclavitud, resistencia y migración que ha moldeado identidades compartidas y tejidos culturales únicos. Esta memoria compartida es también una fuente de poder político.

Desde hace décadas, el Caribe ha demostrado que puede ejercer influencia en escenarios multilaterales, donde el principio de “un país, un voto” le permite incidir más allá de su peso económico. Esta diplomacia colectiva debe fortalecerse y traducirse en mayor capacidad de negociación frente a actores globales, particularmente en temas como el acceso a financiamiento climático, la regulación de las remesas y las cadenas logísticas soberanas.

Asimismo, la integración económica regional debe priorizar el comercio intracaribeño, hoy limitado por barreras aduaneras, infraestructura fragmentada y costos logísticos elevados. Para ello, se requiere una estrategia común para consolidar cadenas de valor regionales, impulsar empresas públicas multinacionales y promover un comercio compensado basado en las necesidades de los pueblos, no solo del capital transnacional.

Educación, movilidad y remesas: tres desafíos clave

La transformación del modelo económico del Gran Caribe también pasa por tres temas urgentes: la educación, la migración y las remesas. Es crucial una reforma educativa orientada al desarrollo humano, la ciencia y la integración. Las universidades deben convertirse en centros de pensamiento regional y formación técnica para el cambio estructural.

En segundo lugar, la migración no puede seguir siendo gestionada desde la criminalización o la diplomacia de emergencia. El Caribe necesita políticas de movilidad humana que reconozcan la contribución de sus diásporas y protejan los derechos de las personas migrantes.

Y por último, las remesas —que representan hasta el 20% del PIB en algunos países caribeños— deben ser protegidas frente a posibles sanciones, impuestos o restricciones externas. Plataformas digitales propias, alianzas bancarias regionales y regulación soberana son pasos esenciales para garantizar que estos flujos sigan siendo una red de seguridad para millones de familias.

Un mar compartido, un futuro común

El Gran Caribe está llamado a desempeñar un rol protagónico en la reconfiguración del orden global. Su ubicación estratégica, riqueza cultural y diversidad ecológica le otorgan una ventaja comparativa única. Pero lo que puede convertir esa ventaja en transformación real es la capacidad de construir una agenda común, desde abajo y desde el Sur.

La región es un puente entre océanos y culturas, un reservorio de biodiversidad y un semillero de pensamiento con impacto global. Para ejercer ese papel, necesita voluntad política, visión estratégica y estructuras regionales.

En ese sentido, la reciente Declaración de Montería, firmada el 30 de mayo por los países del Gran Caribe, en la Cumbre de la Asociación de Estados del Caribe marca un paso importante. En su Artículo II sobre Cooperación, la declaración reafirma que la cooperación es un instrumento esencial para alcanzar el desarrollo sostenible de la región. Este compromiso renovado debe traducirse en acciones concretas: financiamiento climático justo, transferencia tecnológica, integración productiva y políticas públicas centradas en la equidad.

¡En este mar de posibilidades, el tiempo de actuar es ahora!

Tecnología e infancias: entre la hiperconexión y el abandono silencioso

En el mundo adulto solemos decir una cosa y hacer otra. En el terreno digital, esa contradicción es particularmente evidente. Mientras declaramos que una edad prudente para entregar un celular ronda los 13 años, en la práctica muchas niñas y niños acceden a su primer dispositivo propio antes de los 10 años, marcando una brecha de casi 4 años entre lo discursivamente deseado y la realidad. Ese momento no es menor: cuando un niño o niña recibe su celular, se duplica su conexión diaria a internet. El ingreso al universo digital no es progresivo: es abrupto, disruptivo y, muchas veces, solitario.

Este fenómeno refleja tensiones profundas. Como adultos, muchas veces entregamos dispositivos por comodidad, por seguridad o por miedo a que nuestros hijos queden fuera de lo social o de los avances tecnológicos. Pero también lo hacemos sin acompañamiento real, en contextos donde el acceso es creciente y la mediación no siempre acompaña. Los estudios muestran una paradoja: estamos hiperconectados —casi 9 horas diarias en promedio (tres de las cuales en redes sociales, según Digital Report)—, pero a la vez desconectados del tiempo compartido. Casi la mitad de madres y padres reconoce que se distrae con el celular mientras está con sus hijos según una de las últimas encuestas de Voices!.

La consecuencia es una infancia que navega un mundo digital complejo con escasos referentes disponibles. La tecnología no es el enemigo, pero sí un entorno que demanda habilidades, criterios y acompañamiento. Hoy los niños, niñas y adolescentes (NNyA) son usuarios intensivos de tecnología, y se autoperciben hábiles. Pero saber usar no implica saber interpretar, reflexionar ni protegerse. Ahí radica un punto crítico: las altas habilidades técnicas conviven con bajos niveles de criterio crítico.

Esa asimetría entre uso y comprensión tiene consecuencias. El uso problemático de pantallas no es una hipótesis, sino una realidad palpable: deprivación de sueño, afecciones físicas como cefaleas y fatiga visual y afecciones mentales como pérdida de atención, ansiedad, incluso depresión, lo que se da a nivel global pero más marcadamente en Argentina y otros países de la región. La mitad de los padres expresó preocupación por la salud mental de sus hijos, y muchos temen que sus hijos no se animen a contarles lo que les pasa.

Los propios adolescentes lo expresan con claridad en el Ureport de Unicef: el principal factor que afecta hoy su salud mental es la discriminación, el bullying y, especialmente, el cyberbullying. Lejos de estar en segundo plano, los riesgos digitales son reales, cotidianos y conocidos por las propias infancias y adolescencias. La exposición a contenido inapropiado, el contacto con desconocidos, el maltrato en línea y las apuestas digitales son parte del mapa digital que transitan. Y lo hacen, en muchos casos, sin guía.

El ecosistema escolar también refleja estas tensiones. Docentes y familias coinciden en que la presencia de celulares en el aula afecta a la atención, el rendimiento y la socialización. Algunas escuelas en distintos países del mundo han comenzado a restringir su uso en clase.

Aquí entra en juego una dimensión fundamental: la mediación adulta. Enseñar a usar bien internet no es solo cuestión de normas o de filtros. Es, ante todo, una cuestión de presencia. De diálogo. De disponibilidad. Los estudios muestran que a mayor mediación activa —conversar, explicar, acompañar—, menor exposición a riesgos. No alcanza con que los chicos sepan usar la tecnología: necesitan aprender a entenderla, cuestionarla y construir con ella y saber cuidarse en ella.

El problema de fondo es que como adultos tampoco hemos desarrollado del todo esas habilidades. Nuestro uso muchas veces está atravesado por la inmediatez, el escapismo, la falta de reflexión. ¿Cómo enseñar un uso responsable si no revisamos el propio? ¿Cómo promover el descanso digital si nosotros mismos no logramos despegar la vista de las pantallas?

La convivencia digital necesita cuidados. Pero esos cuidados no los garantiza una aplicación ni una política de privacidad. Los garantiza una conversación. Una pregunta oportuna. Una escucha real. Una mirada atenta. En última instancia, una presencia.

No se trata de demonizar la tecnología. De hecho, puede mejorar la calidad de vida, abrir oportunidades, acortar distancias. Pero su impacto no es neutral. Y en las infancias, ese impacto se multiplica. Lo que hagamos —o dejemos de hacer— como adultos hoy define la manera en que nuestros hijos e hijas habitarán el mundo digital de mañana.

En esta conversación no alcanza con pensar en regulación o control parental. Necesitamos crear una nueva cultura digital compartida. Una que no deje solas a las infancias. Una donde la habilidad técnica venga acompañada de criterio ético y emocional. Y, sobre todo, una en la que los adultos recuperemos nuestro rol, no como censores, sino más bien como guías.

En definitiva, la pregunta no es solo qué tecnología están usando nuestros hijos. La pregunta es: ¿quién los está acompañando mientras la usan?