Cómo destruir la confianza en las elecciones

El 1 de junio se llevarán a cabo elecciones “inéditas” en México: se elegirán a los miembros de los poderes judiciales y cada persona que decida votar recibirá al menos 6 boletas, y dependiendo del estado y los cargos en disputa podría recibir hasta 12 boletas, y emitir al menos 31 votos. Solo para ejemplificar, para elegir a los miembros de la Suprema Corte de Justicia (SCJN), cada elector deberá elegir 9 personas de entre 64 candidaturas en una sola boleta. Podrán votar más de 99 millones de personas. Con estos datos, solo tomando en cuenta el caso de la SCJN, existen, hipotéticamente, más de 27 mil millones de combinaciones posibles de resultados. Por su origen irracional, por su implementación sin diagnóstico y apresurada, y otras agravantes, estas elecciones pueden suponer el fin de la democracia en México o al menos su mayor y profundo debilitamiento que será difícil recomponer en el corto plazo. Pese a todo, no existe un rechazo popular hacia estas elecciones, e incluso no se perciben como algo preocupante. ¿Cuáles serán los efectos sobre la impartición de justicia? ¿Cómo afectará el equilibrio de poderes?, sobre todo, ¿En qué medida dañará o no a la democracia?

La creación de la confianza en las elecciones en América Latina fue un proceso muy complicado y complejo. Los procesos de transición a la democracia de finales del siglo XX en un principio se propusieron alejar a las élites autoritarias del poder, en muchos casos los militares, como en Argentina, Brasil y Chile; en otros, a partidos, como en México. Pero logrado el objetivo, inmediatamente se requirió sentar las bases políticas y legales para que los nuevos gobiernos democráticos se legitimaran.

Evidentemente las elecciones legitiman a los gobiernos, pero detrás están los procedimientos técnicos sin los cuáles ninguna elección puede considerarse democrática. Por ello en muchas de las nuevas democracias se crearon organismos electorales con amplias facultades formales, dotados de autonomía política e independencia técnica, para proteger la gestión de las elecciones. Como señaló Ortega y Gasset en 1933, del procedimiento electoral, ese “mísero detalle técnico, depende la salud de las democracias”. Así nacieron el Tribunal Electoral en Brasil en 1988, el CNE en Bolivia, el IFE en México en 1989, el TSJE en Paraguay en 1992, y demás organismos electorales en la región. En otros se reformaron los ya existentes, dotándolos de nuevas facultades, pero sobre todo de independencia para que su desempeño técnico fuera imparcial.

A más de 40 años de las transiciones a la democracia de la región, los órganos electorales han funcionado “bien” en la mayoría de los países, pero en otros, han sido cooptados y sometidos a reformas para distorsionar sus objetivos, como sucedió con el CNE en Venezuela, y el ahora Órgano Electoral Plurinacional en Bolivia. En este último caso, además de organizar las elecciones ordinarias de los ejecutivos y los legislativos, bajo el régimen de Evo Morales, se le encomendaron referendos, revocaciones, y finalmente, como en México, las elecciones judiciales a partir de 2011.

El caso de Bolivia ha demostrado que someter a elecciones a las personas encargadas de impartir justicia implica, dañar la integridad de las elecciones y distorsionar el diseño de las democracias. Si bien es cierto que hasta hace algunas décadas se elegían jueces y magistrados en varias partes del mundo, se hacía para diferenciarse de aquellas designaciones que otrora hacían los monarcas y sus ministros. Pero cuando estas funciones se hicieron más complejas y técnicas, y las democracias se afirmaron, se sustituyó por un sistema de carrera judicial, salvo excepciones muy controladas, para proteger su función de indebidas intromisiones políticas.

En México, la confianza en los procesos electorales siempre fue y ha sido un tema sensible, al menos lo fue durante las últimas dos décadas del siglo XX y la primera del siglo XXI. Ante una sociedad profundamente desconfiada de las elecciones, la “solución” fue un sistema de gestión electoral diferenciado en sus funciones y alcance territorial. De esta manera se crearon dos organismos federales, un Tribunal de justicia electoral, el (ahora) TEPJF; y otro de gestión electoral, el (ahora) INE. Paralelamente se consolidó un sistema subnacional, con 32 órganos electorales locales igualmente diferenciados, unos de justicia y otros de gestión. Este sistema reflejaba también el federalismo mexicano, y así se llevaron a cabo las elecciones más importantes de la transición a la democracia: las de 1997 y 2000. Pero también se fueron adecuando ante los retos que generaron subsecuentes procesos electorales, y funcionó así hasta la elección presidencial de 2012.

Con las reformas de 2013 y 2014, se creó un sistema híbrido que duplicó funciones y gastos, y en general complejizó la gestión y la justicia electoral. Aunque con el pasar del tiempo se fue adaptando, acabó en lo sustancial con el federalismo electoral. Hoy la gestión y la justicia electoral están esencialmente centralizadas, por las funciones y competencias que se le adjudicaron a las instituciones nacionales, dejando a las instituciones locales como meros ejecutores de las instrucciones de los órganos nacionales.

Con ese diseño se llevó a cabo la inédita “consulta popular” para enjuiciar a ex-presidentes en 2021, donde participó solo el 7.11% de la ciudadanía. También el proceso de revocación del mandato de 2022, que en realidad fue un plebiscito para medir la popularidad del presidente y calcular la capacidad de movilización del partido Morena, donde solo participaron el 17.77% de la ciudadanía con derecho a votar.

Las elecciones judiciales también serán “inéditas”, y muy probablemente la participación electoral será muy reducida. Pero el problema es que la confianza en las elecciones ya está comprometida. La integridad de la gestión electoral se está desvaneciendo por el cuestionable desempeño, tanto del Tribunal (TEPJF) como del Consejo del INE, que ya no sancionan las intromisiones ilegales del partido en el poder en estas elecciones.  

Los organismos electorales en México están cooptados, sometidos y sobrecargados de nuevas tareas, con la encomienda de organizar procesos electorales que de facto dañan la democracia. Formalmente no pueden negarse a hacerlo a pesar de que algunos de sus miembros, no todos, sean conscientes que con tales actividades están contribuyendo a fortalecer a un partido en el poder y a erosionar la democracia.

Su papel es como el de aquel robot, parte central de la instalación denominada Can’t Help Myself que en 2016 los artistas Sun Yuan y Pen Yu llevaron al Guggenheim de Nueva York. Era brazo robótico cuya única función era recoger de manera continua un aceite que le salía de la base, de otra manera dejaría de funcionar. Con el pasar del tiempo empezó a operar lento, su tarea, siempre mecánica, se fue haciendo cada vez más monótona, rígida y solo trataba de “sobrevivir”.

Hoy los órganos electorales en México, que hace algunos años fomentaron la confianza en las elecciones, funcionan así. Por supuesto que siguen cumpliendo con sus tareas, pero su integridad está dañada, solo falta ver hasta qué punto.

Un Papa de las Américas para una iglesia afincada en el Sur Global

La elección de Robert Francis Prevost, hoy Papa León XIV, ha despertado interés, no solo por su perfil pastoral existencialmente vinculado a un país como Perú con gritantes desigualdades sociales, sino también por lo que su elección representa dentro de la historia reciente de la Iglesia Católica. Nacido en Estados Unidos y con más de cuatro décadas de experiencia pastoral en Perú, y por ende en América Latina, León XIV simboliza la continuidad de una Iglesia marcada por la sensibilidad hacia el Sur Global, reforzando el divisor de aguas inaugurado por su predecesor, el Papa Francisco.

Desde el punto de vista teológico, el signo de los tiempos se afirma, esto como una continuidad del pontificado de Francisco (2013–2024) y que significó una reorientación profunda de la praxis eclesial, en especial por su énfasis en la justicia social, la ecología integral, y de acoger el clamor de los pobres y los excluidos. Por lo tanto, distante de los modos más doctrinarios que caracterizaron a sus antecesores inmediatos: Juan Pablo II (1978- 2005), quien enfrentó al comunismo en el contexto de la guerra fría y censuró la teología de la liberación, pero que a su vez consolidó una influencia global de la iglesia católica, reforzando sectores conservadores de la iglesia; o de su sucesor Benedicto XVI, quien defendió la ortodoxia doctrinal frente al relativismo cultural, sosteniendo una visión más rígida de la autoridad eclesial.

La propuesta de la Iglesia con la elección de León XIV, estaría menos centrada en el control doctrinal y potencialmente más abierta al diálogo con las periferias. El nuevo Papa podrá ser acusado por los sectores ultraconservadores de «comunista», pero su horizonte teológico se enmarca dentro de la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, con una renovada hermenéutica de la misericordia al acoger y descriminalizar, por ejemplo, los movimientos LGTBQI+, además de su crítica al neoliberalismo, su acercamiento a las comunidades indígenas y su apoyo a una visión sinodal de la Iglesia. Esto lo situaá como un referente progresista dentro de una institución tradicionalmente resistente al cambio.

La llegada de León XIV parece mantener este rumbo, aunque quizás con un perfil más discreto y moldeado por su experiencia misionera en Perú. Prevost llegó al municipio de Chulucanas, en la región de Piura, en 1985, luego de haberse ordenado en la Orden de San Agustín. En aquellos años le tocó acompañar y amparar a la población ante las secuelas de uno de los fenómenos de El Niño más destructivos del siglo XX. En su experiencia pastoral, adoptó posicionamientos políticos, como el necesario pedido de un perdón sincero —y nunca declarado— por parte del expresidente Alberto Fujimori, respecto a los crímenes e injusticias cometidos durante su gobierno en la década de 1990.

Su sensibilidad pastoral hacia las poblaciones más vulnerables de la ciudad de Chiclayo lo llevó, en 2014, a ser designado por el papa Francisco como administrador apostólico de la diócesis y, posteriormente, obispo de aquella ciudad. Durante ese largo período en el norte del Perú, y a diferencia de Francisco, Robert Francis simpatizó con el fútbol —en particular con el equipo local, el Juan Aurich—, y en Chiclayo —epicentro de sociedades precolombinas y preincaicas— se empapó del legado arqueológico, artístico y religioso de gran relevancia para la humanidad.

En este contexto, es pertinente preguntarse: ¿qué tipo de liderazgo se configura hoy en la Iglesia Católica? ¿Uno centrado en la ortodoxia doctrinal y en la defensa del statu quo, o uno pastoral, dialogante y abierto a las tensiones del mundo contemporáneo? En un escenario global marcado por el ascenso de populismos religiosos, el uso político y económico de la fe y las crecientes desigualdades sociales, la figura de León XIV jugará un papel clave como mediador, profeta y defensor de los más vulnerables, lo que incluye la ampliación de la legitimidad de políticas gubernamentales de inclusión social.

Es muy probable que algunas tensiones continúen dentro de la Iglesia Católica, en la que muchos cristianos cuestionan el avance de corrientes teológicas conservadoras que expresan abiertamente intolerancia, dogmatismo e incluso una perspectiva ahistórica de la Biblia. También se muestran críticos frente al crecimiento de las iglesias neopentecostales asociadas a la teología de la prosperidad, las cuales exaltan una visión individualista, meritocrática y, a menudo, contraria a los principios evangélicos de solidaridad, humildad y servicio. León XIV no representa un rechazo a la pluralidad religiosa, sino una advertencia sobre los peligros de una espiritualidad alineada con formas de poder excluyentes y autoritarias.

En definitiva, el verdadero desafío de León XIV —y de la Iglesia Católica en este siglo XXI— no es de carácter doctrinal, sino evangélico: cómo ser fiel al mensaje de Cristo en un mundo que cambia vertiginosamente. La continuidad de Francisco ofrece una oportunidad para consolidar un modelo de Iglesia más sinodal, ecuménica, samaritana y comprometida con los derechos humanos: una Iglesia que debe seguir hablando desde y con los pueblos del Sur.

Brecha generacional: la gamificación del odio y la creciente brecha de género entre los jóvenes

Los más de 2 millones de personas que asistieron al concierto gratuito de Lady Gaga en la playa de Copacabana el pasado sábado (05/03) jamás imaginaron que casi experimentarían una tragedia motivada por el odio. Mientras el mar de gente agitaba sus abanicos al ritmo de los éxitos de la cantante, en una celebración de la diversidad y la empatía, la Policía Civil de Río de Janeiro evitó un atentado con bombas molotov y bombas improvisadas.

Se trataba de un ataque organizado por jóvenes usuarios de plataformas digitales como Discord, dirigido contra el público LGBTQIA+ y niños. Definieron el plan como un «desafío colectivo» en busca de notoriedad en línea. El episodio, que podría haber terminado en duelo nacional, es una advertencia urgente sobre el crecimiento de las redes de odio entre los más jóvenes y sobre cómo las plataformas, de forma irresponsable, fomentan esta radicalización.

Hay algo profundamente generacional en este fenómeno. La serie de Netflix, Adolescencia, batió récords de audiencia al retratar crudamente cómo los jóvenes viven en entornos hiperconectados, sin supervisión estatal ni parental, y permeados por el acoso escolar, la masculinidad tóxica y la normalización de la violencia. Refleja no solo lo que ocurre en Brasil, sino también en todo el mundo. Los datos de Gallup muestran que nos enfrentamos a una brecha ideológica entre hombres y mujeres jóvenes de la Generación Z.

En los Estados Unidos de Donald Trump, las mujeres de entre 18 y 30 años son ahora 30 puntos porcentuales más liberales que sus homólogos masculinos. En Alemania, donde una alianza de derechas triunfó en las recientes elecciones y el partido de extrema derecha AfD está creciendo a un ritmo alarmante, la brecha también es de 30 puntos. En Polonia, aunque la extrema derecha gobernó a finales de 2023 después de 8 años, casi la mitad de los hombres de entre 18 y 21 años apoyan a partidos de esta orientación política, en comparación con solo una sexta parte de las mujeres del mismo grupo de edad.

Misoginia, racismo y transfobia

Esta polarización entre los jóvenes ocurre precisamente en un momento en que redes como Discord, TikTok y Reddit se han convertido en espacios para la formación de la identidad. Sin embargo, en lugar de promover la diversidad, muchas de estas plataformas funcionan como máquinas para la producción y circulación del odio. El estudio «Mapping Discord’s Darkside», publicado en New Media & Society, revela que, a pesar de los esfuerzos de marketing para distanciarse de la extrema derecha, Discord alberga miles de servidores asociados con discursos neonazis, misóginos, racistas, transfóbicos y conspirativos. Se identificaron 2741 servidores con estas características, con más de 850 mil miembros activos.

Estas redes terminan funcionando como espacios de captación de menores, en los que los jóvenes, especialmente los chicos, se sienten atraídos por memes atrevidos («edgy»), promesas de pertenencia y juegos de identidad basados ​​en la exclusión de otros. La estructura de Discord, que valora la privacidad y la descentralización, se ha convertido en el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de estas «tecnoculturas tóxicas», como las define la investigadora Adrienne Massanari. Plataformas como Disboard —un buscador informal de servidores de Discord— se utilizan para reclutar adolescentes en comunidades que glorifican el nazismo, incitan al odio hacia las mujeres y las personas LGBTQIA+, e incluso ofrecen «servicios» para ataques coordinados contra otros servidores.

Parte del éxito de estos entornos de radicalización se debe a la gamificación: el uso de elementos típicos de los juegos, como desafíos, recompensas y clasificaciones, en contextos no lúdicos. Aplicada a redes sociales y foros extremistas, la gamificación transforma la interacción en competición y el discurso de odio en un desafío lúdico. Esta práctica facilita la entrada al extremismo, camuflando la violencia tras mecánicas aparentemente inofensivas. Como señala el informe «Gamificación y discurso de odio en línea», la gamificación se convierte en una poderosa herramienta para normalizar y propagar el odio, especialmente entre los jóvenes que buscan reconocimiento y pertenencia.

Este proceso, denominado «gamificación ascendente», ocurre cuando los propios usuarios crean las reglas, las recompensas simbólicas y los desafíos. Por ejemplo, al transformar el discurso de odio en «desafíos» que implican humillar a mujeres o miembros de la comunidad LGBTQIA+ en línea, el grupo promueve la deshumanización de estas personas de forma lúdica y viral.

Fomento de la violencia en forma de «desafío»

La investigación sobre el fallido atentado en el concierto de Lady Gaga en Copacabana reveló precisamente este mecanismo: el ataque se trató como un «desafío colectivo», con jóvenes reclutados para fabricar cócteles molotov y mochilas explosivas con el objetivo de ganar notoriedad en redes sociales. El discurso de odio no aparece como un punto de partida, sino como una consecuencia internalizada tras repetidas interacciones lúdicas con contenido violento.

La lógica de la gamificación también crea una estructura de «logros» y «puntuación» que fomenta la competencia y refuerza la ideología radical. Como demuestra el estudio de Lakhani y Wiedlitzka de 2022, ataques como el de Christchurch en Nueva Zelanda se planearon y ejecutaron con una fuerte inspiración en videojuegos, incluyendo transmisiones en vivo similares a «Let’s Play» y comentarios de los espectadores que consideraban el número de muertes como una «puntuación».

Esta estetización de la violencia sirve como elemento de cohesión comunitaria entre los hombres jóvenes en los espacios digitales, especialmente entre aquellos que ya se sienten desplazados o frustrados, y que encuentran en estos juegos de odio una forma de pertenencia y afirmación. Así, la gamificación transforma el odio en entretenimiento, reforzando los vínculos en comunidades tóxicas y dificultando la percepción de que se trata, de hecho, de extremismo.

Por lo tanto, nos enfrentamos a un doble desafío: el de moderar las plataformas y el de la aceptación generacional. La divergencia de género de la Generación Z no es trivial. Refleja la brecha entre la generación de mujeres jóvenes que, despertadas por el #MeToo y otras luchas feministas, abrazaron agendas progresistas, mientras que la generación de hombres, como reacción, se ve cooptada por discursos conservadores y misóginos en los entornos digitales.

Esta brecha tiene consecuencias reales en el debate público, las relaciones personales, en las escuelas y, en general, en la democracia. Pero también revela algo que debe decirse sin rodeos: regular las plataformas no es una cuestión técnica, sino una cuestión de justicia generacional. El futuro de una generación no puede construirse sobre algoritmos que premian el odio y la radicalización.

Se necesita urgentemente avanzar en la regulación de las plataformas, pero de forma inclusiva, escuchando a los jóvenes, especialmente a los de las periferias y las comunidades más vulnerables, que a menudo son silenciados en el debate público. Necesitamos debatir mecanismos que impidan el uso de plataformas para el reclutamiento masivo de jóvenes por parte de grupos extremistas y que exijan responsabilidades a las empresas que externalizan la moderación mientras alimentan ecosistemas tóxicos.

Al ignorar la advertencia, corremos el riesgo de normalizar la idea de que la radicalización de los jóvenes es solo un efecto secundario del mundo digital. Y eso es inaceptable. Como nos recuerda la serie Adolescencia, detrás de cada pantalla hay un joven en busca de pertenencia, significado y un futuro. No podemos permitir que estas búsquedas encuentren el camino de la intolerancia y el odio.

Los retos de la democracia panameña en tiempos de Trump

La contemporánea democracia panameña nació fuertemente condicionada por la invasión norteamericana de finales de los 80. En los años 90 se diseñó un nuevo orden social que pivoteó en la reversión del Canal y fue impulsada por las obras de ampliación de la ruta interoceánica. Tras 35 años, este orden se ha visto amenazado por el desafío trumpista de apropiarse del Canal, poniendo fin así a décadas de cooperación interrumpidas entre el gobierno norteamericano y el panameño. La nueva lógica de Trump abandona el soft power y recupera las peores lógicas de dominación del pasado.

La invasión norteamericana «Operación Causa Justa» (Operation Just Cause) derrocó al régimen de Noriega en 1989 y en 1990 forzó el reemplazo de la jefatura militar por un gobierno civilista que contaba con el apoyo de la Casa Blanca. Diez años después de la institucionalización democrática se produjo la reversión del Canal y en 2006, por medio de un referéndum, se aprobaron las obras de ampliación, comenzando así un ciclo de crecimiento que transformaría el país y le haría acreedor del seudónimo “Singapur latinoamericano”.

La democracia panameña tiene buenos resultados a nivel regional según índices como el de Freedom House, Democracy Index o El Índice de Desarrollo Democrático de la Fundación Konrad Adenauer, gracias, en parte, a un sistema de alternancia entre las dos grandes formaciones políticas (PRD y Partido Panameñistas). Esta alternancia llegó a su fin con la irrupción del liderazgo de Ricardo Martinelli.

A partir de 2019, el modelo de crecimiento del “Singapur de las Américas” empezó a exhibir cierto agotamiento, marcado por la desaceleración de la economía, hasta que en 2020 se produjo el gran descalabro económico con un retroceso del 17,9% del PIB causado por la pandemia. Tras el descalabro se quebraron algunos equilibrios que se habían ido formando durante las décadas precedentes y se dieron las mayores protestas de la historia democrática: una en 2022 por la subida de precios causada por la guerra de Ucrania, y otra en 2023 por un contrato minero.

Este sistema político y económico venía lastrado por dos falencias estructurales. Una alta desigualdad que es persistente, siguiendo la terminología de Charles Tilly, como se puede observar en los registros históricos del World Income Inequality Database, y por una alta percepción de la corrupción, percibidas por las encuestas de opinión. En este sentido, resuenan las palabras del magistrado del Tribunal de Cuentas, Alberto Cigarruista, que llegó a afirmar en 2022 durante una intervención en la Comisión de Presupuesto de la Asamblea que “en este país robamos todos”.

Desde las elecciones de 2024, el nuevo gobierno ha tenido que hacer frente a cuatro grandes retos en una nueva geopolítica latinoamericana caracterizada por la adopción del hard power por parte de EE. UU como forma de relación con el resto de las naciones.

En clave interna, el gobierno panameño se ha visto obligado a reformar el sistema de pensiones porque uno de los dos subsistemas se había quedado sin cotizantes, lo que generó un grave deficit financiero. Esta reforma, sin embargo, no ha estado exenta de polémica y le ha costado al país una huelga general. También en clave interna, el presidente Mulino tiene que resolver que hacer con “el elefante en la habitación”, el ex presidente Ricardo Martinelli, quien encabezaba el partido hasta que fue inhabilitado tras el inicio de la campaña electoral por un caso de corrupción (siendo sustituido por el actual presidente). Recientemente Martinelli ha recibido el asilo colombiano y es difícil calibrar la influencia que ejercerá desde el país vecino.

El tercer reto del gobierno panameño es la situación de la mina de Donoso, paralizada tras una sentencia de inconstitucionalidad. En diciembre de 2024 First Quantum se reunió con el presidente Trump para buscar una mediación, y en la actualidad la empresa minera ha paralizado los arbitrajes internacionales para abrir una nueva fase de diálogo. Ante la frágil situación de las cuentas públicas, es evidente la tentación del Gobierno de reabrir la mina, pero el Presidente se enfrenta a una fuerte oposición ya que según las encuestas de 2025 más del 60% de la población es contraria a su reapertura. Esta será clave para mantener la estabilidad política del país.

El último gran desafío del Gobierno son las constantes amenazas de Trump. Desde el discurso de toma de posesión, el presidente norteamericano ha expresado su intención de retomar el canal bajo la acusación de que la ruta interoceánica está controlada por China, algo que fácilmente se puede contrastar. Sin embargo, las amenazas surtieron efecto y el Gobierno panameño abandono rápidamente pactos comerciales con China como el Pacto de la Seda o la terciarización en territorio panameño de las personas deportadas de Estados Unidos, antes de llegar al país de destino.

Recientemente el gobierno panameño ha firmado un polémico Memorándum con las autoridades norteamericanas que según algunas críticas permite a Estados Unidos instalar tres bases militares, aumentar la presencia militar en la zona canalera y consentir el paso gratuito de embarcaciones norteamericanas por el Canal de Panamá, todo ello contrario a los tratados de neutralidad. La estrategia del Gobierno, sin embargo, no está siendo efectiva ya que las amenazas del presidente Trump no cesan.

En este contexto, es necesario volver al multilateralismo y a la legalidad internacional. El Canal de Panamá juega un papel crucial en el comercio y la logística internacional, un comercio en el que más del 80% de la carga transita por vía marítima. En Panamá se está jugando una partida importante para el desempeño del orden económico mundial y el resto de las naciones no lo debería obviar.

Desapariciones y humanidad en México

En las últimas semanas, gran parte de la discusión sobre las desapariciones de personas en México giró en torno a la activación, por parte del Comité sobre Desapariciones Forzadas de las Naciones Unidas, del mecanismo previsto para tratar la situación generalizada de desapariciones en el país. Los debates se centraron, básicamente, en torno a la corrección de esta invocación por parte del Comité y en la posición sostenida por la Presidenta y su Gobierno, así como la Presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, rechazando que en México exista una situación generalizada de desapariciones forzadas.

Esta discusión puede parecer bizantina y solo interesante para abogados y otros especímenes del mundo diplomático. Pero la verdad es que se trata de un debate esencial, aunque no exclusivamente por los motivos que la vasta mayoría de los analistas han expresado. Hay dos cuestiones que podrían contribuir al debate público y que todos quienes estamos interesados en resolver el drama de las desapariciones debemos asumir con responsabilidad.

Considerar, como lo hace el Comité de Desapariciones Forzadas, que en México podría existir una práctica generalizada de desapariciones, significaría que estamos ante crímenes de lesa humanidad. Más allá de lo que pueda decir la Asamblea General de la ONU sobre la determinación preliminar del Comité (algo sobre lo cual no somos muy optimistas), el efecto indirecto es que podría habilitarse la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, si consideramos que el Comité, implícitamente, está sosteniendo que podría existir un ataque generalizado contra la población civil y una incapacidad o falta de voluntad por parte del Gobierno para investigar y sancionar tales desapariciones. En esta hipótesis, tanto los funcionarios que participaron, permitieron o encubrieron las desapariciones como los miembros del crimen organizado podrían ser juzgados por la Corte Penal Internacional. Una situación posible, aunque difícil, que en todo caso llevaría años, si no décadas.

Pero hay algo mucho más profundo en considerar que estamos ante crímenes de lesa humanidad. Su propia definición nos recuerda que lo que está en juego es la humanidad misma: la de quienes desaparecieron, la de sus seres queridos, la de la sociedad mexicana y, finalmente, la de la comunidad mundial. Es esta dimensión “generalizada” la que afecta a “la humanidad” en su conjunto.

La desaparición forzada es una técnica de terror que destruye la humanidad misma de la persona desaparecida y de sus seres queridos. A la persona desaparecida se le borra su identidad, esté viva o haya sido asesinada. Se elimina su cuerpo, se lo incinera o se lo entierra en fosas comunes sin nombre. La perversidad de las estadísticas que representan la magnitud de la tragedia —más de 125,000 personas desaparecidas— es que también hacen invisible la individualidad de cada desaparecido. Es el terror del desaparecido, de cada uno de esos 125 mil, completamente aislado, que no puede acceder a la justicia ni a la policía para su protección, que no sabe si vivirá, si será torturado o asesinado.

La “generalización” nos hace olvidar que quienes desaparecieron son padres, madres, hijos, hijas, esposos, esposas, compañeros de trabajo, estudiantes, personas que tenían sueños, ilusiones, que sufrían y disfrutaban la vida como todos nosotros. Es esta humanidad, cada una en su individualidad, la que hemos perdido. 

Las víctimas de las desapariciones no son solo quienes desaparecen, sino también sus seres queridos, que sufren la desaparición, la angustia de no saber si están vivos o muertos, el desprecio y la indiferencia del Gobierno que no les brinda contención ni respuestas, y el acoso y hostigamiento de los perpetradores, que buscan asegurar su impunidad.

Si el Comité de Desapariciones Forzadas está en lo correcto en su afirmación de que podría existir una situación generalizada de desaparición forzada, debemos asumir con responsabilidad que, implícitamente, también podría estar acusándonos a mí, a las Naciones Unidas, a su Grupo de Trabajo y al propio Comité sobre Desapariciones, a la Comisión y la Corte Interamericanas de Derechos Humanos y al famoso GIEI. Me explico.

En el año 2011, formé parte de la delegación del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU que visitó México. En esa visita, observamos muchos de los problemas que hoy siguen presentes. El Gobierno, en 2011, se enojó mucho porque dijimos que había 3,000 desapariciones desde 2006. Le respondimos —algo que sigue siendo perfectamente aplicable— que el problema central era que el Gobierno, entonces y hoy, no reconocía la gravedad ni la dimensión del problema, lo cual impedía la adopción de políticas públicas efectivas. Desde esa visita, a través del mandato del Grupo de Trabajo, hicimos todo lo que pudimos: publicamos informes, dimos seguimiento, nos involucramos en el debate de la Ley General de Desapariciones, nos reunimos con familiares, redactamos comunicados de prensa.

Esa visita fue el disparador para que toda la maquinaria de derechos humanos se pusiera en marcha, especialmente a partir de las desapariciones de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. El Comité utilizó sus medidas urgentes, publicó sus conclusiones sobre el informe presentado por el Gobierno, visitó México (el primer país en el mundo en ser visitado), y emitió observaciones, entre muchas otras actividades. La CIDH también visitó México, tramitó casos, dictó medidas cautelares, convocó a audiencias. Y, fundamentalmente, creó el GIEI, un mecanismo único que estuvo de forma permanente en el país y publicó informes devastadores. La Corte Interamericana resolvió importantes casos de desapariciones forzadas, tanto de la mal llamada Guerra Sucia como de las desapariciones originadas desde la llamada guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado.

Pero, al final, la realidad nos indica que, a pesar de todos estos esfuerzos, los números pasaron de esos 3,000 que mencionábamos en 2011 a los más de 125,000 actuales. La cruda realidad nos dice que los mecanismos internacionales de derechos humanos fracasamos. Con ello no digo que el Grupo de Trabajo, el Comité, la Comisión y la Corte y el GIEI, entre otros, son responsables de las desapariciones. Al contrario, actuaron (actuamos) con decisión y valentía, con creatividad, con sensibilidad a las víctimas, con determinación y con compromiso. Y gracias a estos organismos hoy hay avances que deben reconocerse. Pero todo ello, no logró detener a las desapariciones, encontrar a miles de personas, romper la impunidad, asegurar una reparación integral. Claro que ello no era nuestro deber pues ello recae en el Estado. Y por mi incapacidad para hacer más, para ser más creativo, para conseguir mejores respuestas, a pesar de mi esfuerzo, pido perdón.

Obviamente, la responsabilidad recae, primero y primordialmente, en quienes llevan a cabo las desapariciones. En segundo lugar, en quienes cooperan, toleran o apoyan las desapariciones. En tercer lugar, en quienes tienen la capacidad y la posibilidad de prevenirlas, pero no lo hacen. En cuarto lugar, en quienes deben buscar a los desaparecidos y fracasan. En quinto lugar, en quienes deben investigar, juzgar y sancionar las desapariciones, y por el contrario aseguran la impunidad. Y, finalmente, en quienes deberían acompañar, reparar y apoyar a los familiares, y responden con insensibilidad y desinterés.

Ninguna de estas seis fallas cruciales son responsabilidad de los mecanismos internacionales de derechos humanos. Al contrario, todos y cada uno de esos mecanismos hemos analizado y criticado las fallas en cada uno de estos seis espacios. Les hemos formulado cientos de recomendaciones al Gobierno. Pero repito, lamentablemente, no hemos logrado detener las desapariciones.

Eso no significa tampoco que no hayamos logrado resultados importantes. Hemos dado voz y esperanza a los familiares. Hemos forzado al Gobierno a responder cuando no quería hacerlo. Hemos impulsado y apoyado a la sociedad civil en luchas fundamentales, como la adopción de la Ley General o la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas. Hemos informado a la comunidad internacional sobre los graves problemas que enfrenta México. Y hemos creado un registro histórico que documenta lo que el Gobierno hizo y no hizo, y que servirá para los juicios que la historia dará.

El movimiento de derechos humanos y la sociedad mexicana deben interrogarse a sí mismas también. No para autoflagelarse sino para re-energizarse con estrategias que produzcan más y mejores resultados. Mas de lo mismo, no es suficiente.

La única posibilidad que hoy nos queda es continuar trabajando con humildad y determinación. Pero, fundamentalmente, debemos recuperar la humanidad de los desaparecidos y de sus familiares. Entender que en la frase “derechos humanos”, son igual de importantes ambas palabras: derechos, así como humanos. Considerar que, ante los crímenes de lesa humanidad, debemos responder con más humanidad. Recordar que el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.Ahí está la respuesta a nuestros desaparecidos: libertad, igualdad, dignidad y derechos. Y la única forma de ser coherentes es decirles: ¡PRESENTE!

Sin regulación, las plataformas digitales amplifican los conflictos y socavan la libertad y la democracia

En ningún otro momento de la historia un grupo tan reducido de empresas había logrado estar tan presente en las interacciones entre las personas en la mayoría de las sociedades del planeta. Las llamadas Big Tech se han convertido en mediadoras activas de las relaciones sociales configuradas por las tecnologías digitales. Conviene recordar que los mediadores no son neutrales: las Big Tech interfieren en la gestión de los flujos de opinión, modulando la atención y generando reacciones entre millones de usuarios.

En las redes sociales y sus variantes, sus controladores operan capturando datos de cada movimiento, de cada clic; en resumen, de las acciones que permiten a sus sistemas algorítmicos extraer patrones de comportamiento, datos fundamentales para alimentar las redes neuronales artificiales que ofrecerán contenido para predecir nuestros deseos y necesidades, a fin de predecir nuestras acciones. Esto se resume en la expresión «monetización total de la vida social».

Operando de forma invisible para sus usuarios, estas plataformas han concentrado los presupuestos publicitarios de casi todas las sociedades, basándose en la gestión algorítmica de las miradas y la atención. Así, perpetúan la lógica de la espectacularización de todo.

Para estas plataformas, la “buena información” es aquella que genera engagement, la que resulta espectacular y permite monetizar las interacciones. El supuesto compromiso de las grandes tecnológicas con la calidad informativa ha sido, en la práctica, meramente retórico. Clics, réplicas, ataques mutuos, exageraciones, mentiras y difusión de hechos inexistentes son bienvenidos en su lógica de funcionamiento.

Libertad asimétrica

Recientemente, con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Elon Musk ha tomado la delantera en la ofensiva contra la regulación de las plataformas. Para ello, promueve la idea de que regular equivale a censurar. Su noción de libertad se basa en la fuerza.

Mientras que la libertad democrática se sustenta en la simetría —es decir, en el derecho igualitario de todas las personas a ser libres—, la propuesta de libertad promovida por la extrema derecha se traduce en asimetrías. Los poderosos solo se consideran libres si pueden ejercer todo su poder; el multimillonario, si puede utilizar sin restricciones todo lo que su riqueza le permite. Este enfoque se asemeja más a la violencia que al principio de igualdad de expresión.

En las plataformas digitales, no es la libertad de expresión la que prevalece. Es el poder del dinero quien reina. Se impone la monetización de absolutamente todas las relaciones en una arquitectura informativa vertical, limitada y extremadamente supervisada por sus propietarios. La gestión completamente opaca de las redes sociales en línea es operada por sistemas algorítmicos que ejecutan las reglas y leyes de sus propietarios. Esta implementación es completamente arbitraria, decidida monocráticamente por la dirección de estas empresas, modificada sin previo aviso, sin debate, sin consideración por sus usuarios, siguiendo únicamente dos lógicas: la de su rentabilidad y la de beneficiar la expansión del poder de su cosmovisión.

¿Quién puede creer que los sistemas algorítmicos de la plataforma de Elon Musk serán neutrales en contextos donde se enfrentan la extrema derecha y las fuerzas democráticas? ¿Quién sostiene que las plataformas del grupo Meta no favorecerán discursos alineados con ideas similares a las de Trump? ¿Quién puede afirmar que estas estructuras no son plutocráticas, es decir, dominadas por el dinero?

 Las élites están rompiendo con la democracia

Uno de los principales referentes de la extrema derecha tecnológica, Peter Thiel, declaró en 2009: «Ya no creo que la libertad y la democracia sean compatibles».

Ante la profunda crisis de las perspectivas futuras del sistema capitalista, una parte significativa de las élites que defendían las soluciones neoliberales ha roto con la democracia y abrazado el reaccionarismo, es decir, las soluciones promovidas por la extrema derecha. Si no comprendemos esta ruptura, no podremos defender eficazmente la democracia. Michel Foucault nos recordó que el poder también es una estrategia. En este contexto, la destrucción del debate racional basado en hechos se ha vuelto una de las principales tácticas de la extrema derecha. La lucha contra la realidad, contra la información verificada, contra la ciencia misma, consolida una estrategia de confusión, de combate cultural, donde la “libertad” se vuelve sinónimo de violencia.

Frente a este escenario, vale la pena recordar al sociólogo Georg Simmel, quien sostenía que el conflicto es un elemento inherente y necesario en la vida social. Conflicto y cooperación son complementarios en la vida social. Sin embargo, Simmel advirtió que existen situaciones en las que la ausencia de formas sociales reguladoras, la negación absoluta del otro y la fragmentación de la sociedad sin canales de mediación son destructivas y extremadamente peligrosas.

Simmel desconocía el mundo hiperconectado actual, donde las personas se ven constantemente afectadas por oleadas de desinformación y discursos de odio, modulados por sistemas algorítmicos para potenciar la extracción de dinero y la destrucción de derechos. Sin embargo, a partir de sus análisis, podemos observar que se ha vuelto fundamental e indispensable regular estos megaoligopolios y construir soluciones para garantizar la calidad e integridad de la información.

En colaboración con la Red Nacional de Combate a la Desinformación (RNCD) de Brasil, el Ibict y el ICIE, Latinoamérica21, junto con The Conversation Brasil, Brasil de Fato y otras plataformas aliadas impulsamos la difusión de contenidos que promuevan una ciudadanía más informada y crítica, para enfrentar la desinformación, una amenaza creciente para la democracia, la ciencia y los derechos humanos. 

Narrativa del Estado civilizacional chino y poder blando en la era digital

En 1874, el alto funcionario de la dinastía Qing, Li Hongzhang, advirtió sobre una “gran transformación no vista en mil años”, aludiendo a la disparidad entre China y Occidente y a una grave crisis de supervivencia. Hoy, el orden internacional y el equilibrio de poder evolucionan con rapidez, situando al mundo ante una transformación sin precedentes en un siglo. El ascenso de los países emergentes suele provocar alerta, escepticismo e incluso hostilidad por parte de potencias vecinas o dominantes. En el caso de China, su singularidad en valores, ideología y modelo institucional ha generado una disonancia con la percepción externa, acentuando desafíos discursivos ligados a narrativas de amenaza. Los cambios en la distribución del poder global plantean preguntas clave sobre cómo los Estados redefinen su papel en la gobernanza internacional. Las potencias emergentes enfrentan no solo desafíos materiales, sino también simbólicos: ¿cómo narrar su ascenso sin despertar alarma ni incomprensión? La dimensión cultural del poder adquiere un papel central en la legitimación de su lugar en el orden global.

Desde su introducción en China en la década de 1990, la teoría del poder blando ha sido reformulada por la academia china mediante la integración de la filosofía cultural tradicional con las teorías contemporáneas del poder, dando lugar a un marco conceptual propio adaptado al contexto local, el poder blando cultural”. Según el realismo ofensivo, la anarquía del sistema internacional conduce a dilemas de seguridad y juegos de suma cero, lo que convertiría el ascenso de China en una pugna hegemónica. Sin embargo, desde que China propuso en 2004 su “camino de desarrollo pacífico”, su trayectoria ha puesto en cuestión la narrativa liberal del desarrollo, desbordando el marco explicativo occidental. A partir de 2017, con la entrada en una “nueva era”, el principal conflicto social se redefine como la tensión entre la creciente demanda de una vida mejor, especialmente en el plano cultural, y un desarrollo aún desequilibrado e insuficiente. El poder blando cultural se ha integrado plenamente en la estrategia de “ascenso pacífico y civilizacional” del país.

A pesar del rápido aumento de la capacidad de China en términos de poder duro, su poder blando aún no está a la altura de su posición internacional, sin consolidar el sustento cultural de su ascenso. Algunos académicos chinos sostienen que el ascenso del país no debe entenderse solo como fenómeno económico o geopolítico, sino como la revitalización de una civilización con trayectoria propia. El concepto de “Estado civilizacional”, formulado por Zhang Weiwei, ha estructurado la lógica fundamental tanto del modelo como del discurso chino. Según esta visión, China no es solo un Estado soberano moderno, sino también una civilización que coexiste con otras como la cristiana occidental o la islámica. Esta noción remite a un modelo de desarrollo distinto al liberalismo occidental, basado en valores, instituciones y tradiciones locales.

Al desafiar la metanarrativa occidental del Estado-nación, China propone una forma alternativa de construcción estatal moderna, argumentando que los llamados “valores universales” carecen de verdadera universalidad, y que cada país debe definir su camino según sus condiciones históricas y culturales. En 2022, el XX Congreso del Partido Comunista de China incorporó conceptos como “diversidad de civilizaciones” y “modernización al estilo chino” en su estrategia nacional. Esto marcó el inicio de la institucionalización de su narrativa civilizacional.

La continuidad del ascenso de una gran potencia y su papel internacional dependen en gran medida de los valores que sostienen su proceso de desarrollo. En este sentido, el nacionalismo ya no basta para respaldar el desarrollo de China. Desde las Guerras del Opio, China ha pasado de una orientación nacionalista a una visión más cosmopolita, incorporando nociones clave de la cultura Hehe (和合), como Tianxia (天下, “todo bajo el cielo”), Datong (大同, “gran armonía”) y la convivencia armónica. Esta visión fomenta un globalismo cooperativo con beneficio mutuo, sin renunciar a sus tradiciones.

El concepto de Comunidad de Futuro Compartido para la Humanidad representa una expresión contemporánea de la cultura Hehe. Integra una cosmovisión de Tianxia, una concepción de armonía en la diversidad, una visión de equilibrio entre justicia e interés y una idea de unidad entre el cielo y el ser humano. Todo ello constituye una propuesta china para la gobernanza global. La iniciativa de la Franja y la Ruta es una cristalización práctica tanto de esta cultura Hehe como del concepto de comunidad de destino compartido.

Tal como señaló Joseph Nye, en la era de la información, la competencia global se centra en “quién sabe contar mejores historias”. La industria cultural, como canal para crear, narrar y difundir relatos, constituye un pilar clave en la construcción de valores compartidos. En los últimos años, la industria cultural digital de China ha ampliado su presencia internacional mediante nuevos protagonistas narrativos, difundiendo valores como armonía y convivencia en el marco de la Franja y la Ruta. Ejemplos destacados incluyen el cine de ciencia ficción, con producciones como La Tierra errante; la subcultura ACG, representada por títulos como Ne Zha, Genshin Impact y Black Myth: Wukong; y creadores de contenido en redes sociales, tanto chinos como extranjeros. Influencers como Li Ziqi y Ding Zhen han visibilizado la vida rural, el turismo cultural y la superación de la pobreza con una narrativa estética y accesible. Al mismo tiempo, colectivos como YChina y creadores como Jerry Kowal o Ryo Takeuchi han ofrecido miradas extranjeras sobre China, actuando como puentes culturales. Frente a los relatos macro de los medios tradicionales, estas voces destacan por mostrar lo cotidiano, renovando la imagen de China y conectando con las generaciones digitales.

El caso chino, al pasar de centrarse en “cómo lo ven” a construir un espacio compartido de significados con el mundo, ofrece una referencia útil para América Latina, donde urge construir lenguajes culturales propios desde experiencias locales. En este proceso, las juventudes se consolidan como actores centrales en la opinión pública digital. Asimismo, la interacción simbólica en el Sur Global no debe limitarse a una proyección unilateral. La creación de plataformas inclusivas que integren medios, juventudes, instituciones y actores culturales contribuirá a una ecología comunicativa más diversa y situada.

En Perú, debajo de cada piedra hay un partido político

La elección presidencial más insólita y singular del mundo ocurrirá en abril del próximo año. No será en una recóndita nación subdesarrollada de África o del Sudeste Asiático, ni en una isla oceánica de nombre impronunciable. Será aquí nomás, en el medio de la siempre desigual y pintoresca América Latina, en Perú.

A mediados de abril, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE), el máximo órgano electoral del país andino, confirmó que serán 43 los partidos políticos habilitados para participar en las elecciones generales de 2026, tras superar los requisitos establecidos para su validación. Por ley, todos están obligados a ingresar a la lid, de lo contrario perderán su inscripción, lo que, en buen cristiano, llevará a su extinción.

Ello quiere decir que el próximo año, los más de 27 millones de ciudadanos peruanos mayores de edad asistirán a las urnas para elegir a un candidato presidencial entre 43. También tendrán que elegir candidatos para el Parlamento Andino y para el Congreso bicameral, entre la misma cantidad de agrupaciones políticas. Una locura logística que llevará a una mayor confusión del electorado.

Las proyecciones iniciales indican que los ciudadanos recibirán una cédula de votación de aproximadamente 65 centímetros de largo, el tamaño de un televisor de 50 pulgadas, integrada, incluso, por el partido político de Nicanor Boluarte, el hermano de la propia mandataria de Perú, Dina Boluarte. Exigir neutralidad parece difícil.

La cifra récord de fraccionamiento en el país tiene una génesis marcada: en diciembre de 2023, el Congreso peruano eliminó las PASO, la obligatoriedad de que los partidos políticos realicen comicios internos en los que acojan los votos de la ciudadanía en su conjunto, sean o no militantes de cada una de las agrupaciones, requiriendo que un candidato solo podría representar a la agrupación a nivel nacional siempre que haya superado el 1.5% de respaldo interno.

Los partidos tendrán ahora la posibilidad de escoger una vez más la forma de elección de sus representantes en unos comicios internos. Es más que seguro que optarán por darle la facultad de designación a un grupo de delegados colocados por la cúpula partidaria. Una forma de democracia interna nada democrática, valga la precisión.

En 2026, Perú también marcará un hito en la región al contemplar 43 candidatos presidenciales. Por dar un ejemplo, en 2023 Argentina celebró las elecciones que culminaron con Javier Milei en la Casa Rosada con 5 candidatos participantes, filtrados por las PASO instauradas en 2009.

En la última campaña presidencial en Ecuador, que concluyó con Daniel Noboa reelegido para ocupar cuatro años más el Palacio de Carondelet, se presentaron en primera vuelta 25 partidos políticos. Una cifra alta, pero que ni por asomo se acerca a la peruana.

México eligió a Claudia Sheinbaum en 2024 entre tres candidatos, Chile se decantó por Gabriel Boric en 2021 entre siete postulantes y Colombia hizo lo propio en 2022 en favor de Gustavo Petro considerando cuatro aspirantes a la Presidencia.

Además del caos que significa revisar a detalle las hojas de vida y propuestas de los candidatos, la gran cantidad de partidos peruanos en la contienda hará que pasen a segunda vuelta candidatos con un porcentaje ínfimo de votos válidos, cercano al 8% o 10%, poniendo en peligro la representatividad y gobernabilidad del nuevo jefe de Estado.

Pero como en toda penumbra, existe una luz al final del túnel: las alianzas electorales. Medidas impulsadas de emergencia por el Congreso peruano han establecido la promoción para formar coaliciones y disminuir el número de partidos. Aunque antes se criminaliza las alianzas exigiendo un 1% adicional por cada partido que la integre, hoy si dos partidos se unen necesitarán solo 5% para superar la valla y conservar su inscripción, y si se juntan tres o más partidos, solo aumentará hasta 6% como tope.

Convocado el proceso electoral, comenzarán las conversaciones. ¿Cuántas alianzas lograrán establecerse? ¿Podrá disminuir considerablemente el escandaloso número de partidos habilitados? Todo está por verse… pero lo que sí es seguro es que los partidos cascarón o los partidos vientres de alquiler, que se ofrecen al mejor postor, volverán a pescar a río revuelto, mientras Perú sigue haciendo historia.

Petro: el cambio que llegó y no llegó

La acción política necesita ofertar futuros colectivamente deseables. Retrospectivamente, sin embargo, muchos proyectos de futuro son como las boletas de lotería ya jugadas: registros de una ilusión incumplida. El caso del Gobierno de Petro no es la excepción, pero eso no significa que todo siga igual en Colombia. El cambio llegó y no llegó.

En algunos aspectos, el Gobierno del cambio ha tenido, en realidad, un movimiento estacionario. Este es el caso, para comenzar, del tema de la corrupción. Desde el financiamiento de la campaña hasta la sospecha de dádivas concedidas a los congresistas para aprobar las reformas, pasando por los varios enredos del hijo del presidente, son múltiples los escándalos en los cuales se ha visto involucrado. En el índice de percepción de corrupción de Transparencia Internacional de 2024, Colombia descendió varias posiciones, aunque se mantiene en niveles semejantes a los de Brasil o Argentina y en los mismos niveles que tuvo, durante la mayor parte de su período, el presidente Duque.

En temas de paz y seguridad, y pese al cambio de estrategia, los resultados del gobierno son tan deficientes como los del gobierno pasado. La narrativa de la oposición de que la llegada de Petro tiene al país al borde del colapso en temas de seguridad es insostenible. Zonas rojas como el Catatumbo tienen un largo y complejo historial y el Clan del Golfo no se inventó ayer. No obstante, la Paz Total no pasará de ser un slogan grandilocuente cuyos resultados concretos son algunos éxitos locales como la desmovilización de una de las disidencias del ELN en Nariño y la tregua temporal entre las principales bandas de Buenaventura. El tema de la protección de los líderes sociales no ha tenido mejoras sustantivas (174 asesinatos en el 2024), la tasa de homicidios, pese a un ligero descenso, sigue siendo muy alta (25.4/100.000), delitos como la extorsión se han incrementado (18% más entre 2023 y 2024) y, para abril de 2025, van 21 policías muertos: 4 veces más que en el mismo período del año anterior.   

A nivel macroeconómico este gobierno no ha sido la debacle que la oposición vaticinaba, pero, a grandes rasgos, también pertenece al movimiento estacionario del país. El presidente Petro se ha vanagloriado, por ejemplo, de los índices de inflación (5%) y la tasa de desempleo (8.2%). Sin embargo, el control de la inflación depende, en parte, de las medidas del Banco de la República y, aunque Petro recibió la inflación más alta en 23 años (13.1%), el promedio de la inflación en los gobiernos de Uribe, Santos y Duque es de 4.88.

Las cifras de desempleo de Petro son positivas, pero durante buena parte del segundo Gobierno de Santos tuvieron niveles comparables. La pobreza multidimensional ha continuado el declive que ha tenido, de manera ininterrumpida, en los últimos 14 años y, a nivel nacional, se ubica para el 2024 en 11.5% (0.6% menos que el año anterior).  El crecimiento de la economía colombiana, durante Petro, ha sido bastante modesto (1.7% en 2024). El gobierno Duque tuvo un crecimiento promedio del 3% por año y las dos administraciones pasadas tuvieron promedios superiores. La expectativa de crecimiento para el 2025 no supera el 3%. En fin, no ha habido ni un colapso ni un despegue espectacular.

Un movimiento constante e inercial no es un cambio ¿Dónde está entonces? En términos de políticas públicas y prácticas de gobierno, puede mencionarse, en primer lugar, un replanteamiento de la relación del ejecutivo con los grandes empresarios y con la cúpula militar. El capitalismo colombiano no ha sido construido, en su gran mayoría, por heroicos empresarios schumpeterianos que innovan y arriesgan, sino es más bien una especie de ‘crony capitalism’ (capitalismo amiguista) basado en los favores recíprocos entre élites económicas y políticas y, como lo muestra emblemáticamente el caso de Odebrecht, de su capacidad de encubrimiento recíproco. La agria relación de Petro con Sarmiento Angulo es parte de ello. Que, según la oposición, Petro sea un ‘enemigo de los empresarios’ y sea denunciado como ‘comunista’, es la reacción natural ante un cambio en las relaciones habituales entre la presidencia y los grandes conglomerados empresariales.

Lo mismo podría decirse, en segundo lugar, de las críticas hacia el supuesto debilitamiento y ‘desmoralización’ de las Fuerzas armadas. Como lo probó el nombramiento inicial de Iván Velásquez como Ministro de Defensa, Petro ha insistido en la necesidad de rechazar la criminalización de la protesta social y las violaciones de Derechos Humanos que, por décadas, fueron legitimadas por el discurso contrainsurgente del ‘enemigo interno’. Las purgas de generales han sido parte de ese propósito. Las marchas de la oposición, además, han sido agresivas pero no se ha presentado asomo alguno de brutalidad policial. El contraste, en particular con los gobiernos de derecha de Uribe y Duque, con sus ejecuciones extrajudiciales y su represión del Estallido Social, no puede ser más evidente. Obviamente la derecha asocia el civilismo de Petro con malos resultados en seguridad. Duque, sin embargo, es su antítesis y los resultados no fueron mejores.

En tercer lugar, Petro ha desarrollado una política social ambiciosa y, como lo muestra el caso de la fallida reforma de salud, en cuyo destino confluyeron gestores farmacéuticos, políticos tradicionales y Entidades Prestadoras de Salud, dispuesta a desafiar grupos poderosos. En ese marco cabe la reforma pensional aprobada en el Congreso gracias a la cual se beneficiarán 2.8 millones de adultos mayores. De ahí también proviene también el fortalecimiento del campesinado a través de la creación de 13 nuevas Zonas de reserva campesina y la adquisición, formalización de tierras en volúmenes que superan considerablemente a los dos gobiernos anteriores. En esa misma línea cabe la reforma laboral, bloqueada en el Congreso, y cuyo contenido será objeto de una Consulta Popular. La reforma reestablece derechos de los trabajadores que fueron restringidos a lo largo de los últimos 20 años y empalma con el histórico incremento del 9.5% del salario mínimo. Aquí también cabe mencionar el desarrollo de 300 comunidades energéticas y la garantía de gratuidad en la educación superior en instituciones públicas. Adultos mayores, campesinos, trabajadores formales, comunidades étnicas y jóvenes son los beneficiarios directos de estas políticos y su protagonismo no había sido la regla en la historia de los gobiernos colombianos recientes.

Más allá, sin embargo, de prácticas o políticas concretas, la mayor transformación que ha traído el Gobierno del Cambio es una apertura cognitiva. Petro ha abierto controversias que han desnaturalizado ideas hegemónicas. Las reacciones virulentas en su contra se deben, en parte, a romper con el sentido común del establecimiento colombiano en muchos temas, esto es, a convertir en problemas públicos, requeridos de justificaciones y deliberación, aquello que valía como un consenso tácito, generalizado, dado por obvio. Ha sido un placer ver a políticos y periodistas teniendo que reaccionar a discusiones sobre el ‘decrecimiento’, la ‘transición energética’ o el ‘modelo extractivista’; viéndose conminados a justificar el mantra de que mejores condiciones laborales equivalen a más desempleo; reflexionando acerca de si los cultivos ilícitos se combaten efectivamente rociando glifosato; preguntándose, con perplejidad, si la sumisión habitual a los Estados Unidos es deseable o si una política exterior ‘pragmática’ permite hablar, con la claridad moral de Petro, sobre el genocidio en Gaza.

No todo lo dicho por el presidente, en este conjunto de temas, ha sido acertado, cierto, pero el punto es cómo la generación de estos debates contribuye al desarrollo, en Colombia, de una cultura política más plural, reflexiva y democrática. El impacto de un gobierno no se puede medir solo en términos del desempeño institucional del Estado, sino en términos de cambios en los hábitos mentales de los políticos profesionales, los funcionarios públicos y los ciudadanos. En ese sentido, mucho más que en otros, el Gobierno del cambio, sí le ha hecho honor a su nombre.

El señuelo del poder

En un mundo desordenado donde romper las reglas es más común y las alianzas son más precarias, la política quiere más poder, ya sea para influir, piratear, espiar o disuadir. No se desea depender solo de armas y bombas, también se requiere de mecanismos institucionales con los que avanzar en la estrategia de dominación de las elites dirigentes situadas en su seno o en sus aledaños. Teniendo en cuenta que una cosa es el acceso al poder y otra ejercerlo, si la llegada es cada vez producto de mecanismos plebiscitarios donde predomina el criterio de la mayoría -en una lógica “suma cero” por la que el ganador se lo lleva todo- ¿por qué en su ejercicio no usarla de igual manera, aunque se desbaraten principios que hasta ahora se consideraban intocables?

Además, habida cuenta del nuevo escenario que se ha ido abriendo paso desde que comenzó el siglo, los criterios de comunicación con la ciudadanía, a través de los mecanismos digitales y de sus derivados a la hora de la acumulación de datos y de su manejo, resultan no solo funcionales sino claramente imprescindibles. Si María Antonieta pasó a la historia de la manipulación política por aquel famoso mandato de “démosles pasteles”, ahora la provocación se monta en el entretenimiento que supuestamente de forma gratuita ofrece el mundo digital. Viértase a la masa todo tipo de distracción y de entretenimiento sin olvidar la posibilidad de condicionar sus gustos e inclinar sus preferencias.

El espectáculo puede también nutrirse por la oferta de verdades alternativas y de bien nutridas teorías de la conspiración. El miedo se manipula y asume su condición paralizante, así como la exploración de paliativos variados que tienden hacia la concentración del poder. Mientras, el viejo orden se desmonta con la coartada de la incapacidad que los gobiernos gestados mediante las prácticas tradicionales tienen de solventar los problemas de la gente. En todo ello no es extraño que los gobernantes polemicen entre ellos en las redes sociales a las que acceden directamente mandando también mensajes a sus seguidores para inducirlos en la lógica de la complacencia y de la complicidad. Tampoco lo es que por mor de una bien recibida transparencia se transmita en directo las reuniones del gabinete como acontece en Colombia en los últimos tiempos.

En este contexto, no resulta extraño que el poder -entendido como la habilidad de actuar, la autoridad legal y política, el control o la influencia que uno ejerce sobre otros, como una fortaleza mental o moral y, por supuesto, como ejercicio de la fuerza física- utilice viejos mecanismos refrendarios combinados con otros de nuevo cuño. La invocación al pueblo siempre fue un instrumento al uso. Fuera bajo burdas y siniestras formas de control, como sucedía en la España franquista entre 1939 y 1977 bajo el paraguas de la denominada democracia orgánica, en los diferentes regímenes sultanísticos latinoamericanos de los Somoza, Trujillo, Stroessner, así como en las dictaduras militares, fueran bajo el paraguas de la seguridad nacional o de otro cuño, o en las denominadas democracias populares, fundamentalmente en el este europeo entre 1945 y el inicio de la década de 1990.

Hoy, la añagaza del recurso a la voluntad popular se repite, aunque sea en un contexto muy diferente. Prácticas que en principio son democráticas en lo atinente al respeto que supone la propia idea de consulta ocultan componentes autoritarios en estrategias que tienen como finalidad el mantenimiento en el poder de individuos concretos o de proyectos determinados. Desde la próxima elección popular de magistrados en México, impulsada en la recta final del gobierno de Andrés Manuel López Obrador y asumida sin cuestionamiento alguno por su sucesora Claudia Sheinbaum, a la amenaza de la inconstitucional reelección de Donald Trump en 2028, pasando por la torticera consulta popular colombiana patrocinada por Gustavo Petro en torno a la reforma laboral, el juego político se encamina por similares vericuetos.

Sin embargo, son los mecanismos más sutiles de información y de comunicación en los que el mundo se viene socializando en los últimos tres lustros, agudizado su uso y significado durante la pandemia, los que canalizan buena parte de la presente actuación política. A ello se suma el permanente seguimiento de los índices de aceptación popular con los que la dominación se auto justifica permanentemente.

Lo original radica en la configuración de una plutocracia nueva en torno al complejo digital empresarial que penetra en el universo de la política. La presencia de los grandes magnates de aquel en la toma de posesión del presidente norteamericano hace cien días fue la prueba evidente de ello, así como el subsiguiente protagonismo gubernamental de Elon Musk que ahora parece ver su fin. El maridaje de ambos supone una concentración del poder insólita como jamás se había producido. El conocimiento inmediato de las preferencias de las personas unido a la capacidad de moldearlas en conjunción con el brazo ejecutor de la política supone un cambio radical.

En un esquema mucho más acotado el experimento salvadoreño ha sido y continúa siendo un aldabonazo de este estado de las cosas. Aunque aquí ambos factores se dan la mano en la misma persona: el empresario publicitario y luego político Nayib Bukele. Primero, se insertó en la presidencia mediante un proceso electoral incuestionable en el seno de una fuerte crisis sistémica. Después, alumbró un ejercicio del poder atrabiliario mediante un sofisticado equipo de comunicación.  Ahora, basado en una ambición ilimitada y en una total deriva autoritaria, gestiona un modelo patético de venta de ilusiones articulado en un patrón de país-cárcel que recibe el aplauso y se inserta en la disrupción trumpista.