Una región, todas las voces

El Mercosur y la disputa por su precarización

Los últimos tiempos vienen siendo especialmente conflictivos para el Mercosur. Mientras que los gobiernos de Brasil y Uruguay integran un frente que pretende avanzar hacia una reducción amplia del Arancel Externo Común (AEC) y flexibilización de la norma que impide a los Estados miembros del bloque negociar acuerdos comerciales de forma individual, el gobierno argentino viene apelando al diálogo por medidas consensuales más moderadas, que preserven las capacidades industriales y de negociación de la región en el plano externo.

Estamos ante un Mercosur saludablemente en disputa, tensionado por proyectos económicos y políticos de desarrollo capitalista e inserción internacional que comportan visiones diferentes sobre el rol de la integración en nuestro Cono Sur. A diferencia de otras interpretaciones, que ven en estas tensiones una suerte de síntoma de estado terminal o de agotamiento del bloque, entendemos que las actuales divergencias no son sino expresión del siempre conflictivo y contradictorio funcionamiento del Mercosur en medio de un sistema capitalista permanentemente en crisis, así como de los desafíos a enfrentar de cara al futuro.

Las respuestas del Mercosur

Los esfuerzos para establecer consensos han girado históricamente en torno a las grandes cuestiones de para qué integrarse y de cómo integrarse. Sobre el para qué, en función del desarrollo desigual y combinado del capitalismo, podría decirse que el Mercosur históricamente ha buscado contribuir con los programas nacionales de desarrollo capitalista e inserción internacional de sus países. Pero ¿cómo cumplir con este objetivo en un contexto de clara dependencia comercial, productiva, financiera y científico-tecnológica? Diferentes respuestas pueden ser identificadas a lo largo de la historia del Mercosur.

A mediados de la década del ‘80 y en un contexto de recesión mundial, Argentina y Brasil dieron el puntapié inicial a través de sus “protocolos sectoriales de coordinación interindustrial”, apostando a la creación de una estrategia de desarrollo conjunto y solidario, donde las preferencias debían ser recíprocas. Se trataba de constituir un mercado común y de potencializar las capacidades de negociación en la arena internacional.

Pero ello no duró mucho, pues de la narrativa neoliberal de la crisis de esos años (crisis ésta supuestamente más asociada a factores domésticos que sistémicos), surgió un nuevo proyecto al que, junto con Paraguay y Uruguay, se lo llamó de Mercosur. Y con base en un programa de eliminación progresiva de barreras al comercio entre los socios y en el establecimiento de un AEC para la creación de un único territorio aduanero, el Mercosur de los años ‘90 vino a fortalecer los programas nacionales de ajuste estructural, fomentando la liberalización comercial y financiera.

Si bien el modelo de “regionalismo abierto” adoptado favoreció los números del comercio, a finales de esa década fue ese mismo modelo que dejó al Mercosur en una situación de fragilidad ante la crisis financiera global y sus impactos en las economías del bloque.

Ante las presiones del proyecto norteamericano ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas) y de una China cada vez más presente en la región, el Mercosur de inicios de 2000 buscó en la Decisión 32, que reafirma el compromiso del bloque de negociar en forma conjunta acuerdos comerciales con terceros países y el reaseguro de una integración periférica expuesta en todo momento a abandonar el barco de la cooperación en función de intereses políticos y económicos de potencias extrarregionales.

Fue a partir de estos primeros años del nuevo siglo que, en un contexto de crisis de la hegemonía neoliberal y de una coyuntura externa favorable vinculada a la recuperación del crecimiento mundial, una renovación sobre “cómo integrarse” tuvo lugar en el Mercosur. Esto dio lugar a una nueva agenda que, sin abandonar la dimensión comercial preponderante del bloque, se ampliara y pasase a abrigar temas de integración productiva, política y social. De esta manera, se contribuyó a fortalecer el muchas veces “invisible” entramado de cooperación y coordinación en diversos temas de política pública entre los Estados miembros.

En su segunda década de vida, el Mercosur no sólo experimentó avances en materia comercial —donde el comercio intrarregional creció significativamente— sino en otros aspectos tales como integración productiva, convergencia estructural, política social y articulación estratégica con otros países sudamericanos.

Pero con la irrupción de la crisis mundial de 2008 y el cierre del ciclo de las commodities, la integración mercosureña multidimensional fue cediendo gradualmente a la recuperación del regionalismo abierto como modelo preponderante. Esto se dio en sintonía con el retorno del ideario neoliberal en los Estados parte, que justificaba la reconfiguración del bloque en función de un supuesto rezago institucional, estancamiento económico y aislamiento de sus países con relación a las cadenas globales de valor.

La actual disputa por un programa de corto plazo

En los últimos años surgió la narrativa cortoplacista de la “modernización” del Mercosur para superar una supuesta crisis. Un estancamiento, que, así como en la década del ’80, es nuevamente más asociada a factores domésticos que a restricciones o limitaciones sistémicas vinculadas a las dinámicas del propio capitalismo neoliberal. La revisión del AEC, la flexibilización de la Decisión 32 de 2000 y hasta una “revisión” de la estructura institucional del bloque para hacerla “más simple y eficiente”, encabezan las demandas modernizadoras.

El AEC previsto en el Tratado de Asunción ha venido siendo objeto de diversas excepciones que impiden al bloque avanzar hacia acuerdos de integración profunda, más equitativos y equilibrados. Actualmente, en sintonía con esa tendencia, los defensores de una “inserción competitiva en el comercio y la economía internacionales” quieren un tipo de asociación más próxima de una zona de libre comercio. Una asociación a imagen y semejanza de la metodología implementada por la Alianza del Pacífico, más que de una verdadera integración robusta y compleja desde el punto de vista de los compromisos e intereses en juego.

Ese es el Mercosur más “moderno” y “flexible” por el que los gobiernos de Brasil y Uruguay vienen abogando. Un Mercosur que deje de lado la construcción de un programa de solidaridad, reciprocidad y autonomía estratégica en el largo plazo, y que favorezca, en contrapartida, más “libertades” en el corto plazo para jugar individualmente “en cancha grande”, tal como lo reivindica el presidente uruguayo.

Ahora bien, en condiciones de vulnerabilidad y fuerte volatilidad internacional, donde la tan mentada libertad se revela de hecho más mítica que real, nos preguntamos: ¿la precarización del Mercosur es el camino para nuestros países? Esa parece ser la pregunta que debería estar en el centro del debate intelectual y político regional.

Foto de Palácio do Planalto

Vacunas: claves para abordar un tema global

Coautora Magdalena Bas Vilizzio

Con el inicio de la vacunación contra la Covid-19, el 2020 finalizaba proyectando el primer paso hacia el fin de la pandemia. Sin embargo el 2021 ha planteado nuevas incertidumbres y desafíos. Partiendo de la idea de “una salud” humana, animal y del planeta, la expansión del virus se enraíza en inequidades previas que se reflejan en débiles sistemas de salud, informalidad laboral o acceso a la educación, al tiempo que pone en descubierto los efectos del cambio climático. Ante la crisis del multilateralismo, de la Covid-19 y de la globalización ¿Cuáles son las claves de la disputa por las vacunas?

La seguridad humana

La primera clave es la seguridad humana, aunque las medidas colectivas y nacionales presentan claroscuros. Mientras las muertes continúan aumentando, la apropiación “masiva” de las vacunas por parte de ciertos Estados da cuenta de nuevas formas de inequidad global.

Según el anuario del El Centro de Educación e Investigación para la Paz (CEIPAZ), el médico Fernando Lamata sostiene que los países más ricos, que representan al 14% de la población mundial, han acaparado el 84% de las vacunas lo cual podría catalogarse como un “apartheid vacunal”. Además, el mecanismo COVAX, creado para la compra y distribución de las vacunas a países en desarrollo, terminó siendo una “linda idea que se quedó corta”, como señala la periodista Ann Danaiya Usher en The Lancet.

Los claroscuros también se aprecian desde el lente de la geopolítica con la llamada “diplomacia de las vacunas”, instrumentada a través de las donaciones de Estados desarrollados a otros en desarrollo, tal como se anunció en la última cumbre del G7. Si bien estas medidas ayudan a construir el andamiaje para situaciones de urgencia, son puntuales y parciales y no resuelven el problema de fondo, al tiempo que profundizan las relaciones asimétricas centro-periferia.

Teniendo en cuenta que menos del 25% de la población mundial recibió al menos una dosis, las grandes diferencias entre continentes y que aún se requieren unas diez mil millones más para lograr la inmunidad de rebaño a escala global, la decisión del G7 de donar mil millones de dosis resulta insuficiente.

La gobernanza global

La segunda clave es la gobernanza global, tanto a nivel de salud como de comercio, porque la regulación del mercado es fundamental en términos de propiedad intelectual y vacunas. En este marco, algunas acciones multilaterales han propuesto alternativas auspiciosas. Entre ellas, la reciente resolución sobre el Fortalecimiento en la preparación y respuesta de la Organización Mundial de la Salud frente a emergencias sanitarias, donde se evidencia la necesidad de crear normas internacionales que protejan la seguridad humana.

En materia de comercio internacional, en la Organización Mundial del Comercio (OMC) se ha discutido la propuesta de India y Sudáfrica sobre la suspensión temporal de derechos de propiedad intelectual de la vacuna y otros productos y tecnologías vinculadas a la Covid-19. La propuesta es apoyada por cerca de una centena de países de renta media y baja.

Después del rechazo inicial, Estados Unidos, el Parlamento Europeo, China y otros Estados están dispuestos a discutir el tema y en la última reunión en la OMC se decidió seguir ese camino. ¿Es la gobernanza global eficiente? ¿Discutir el tema es suficiente? No, pero los cambios se inician con una discusión.

La ausencia de normas internacionales

La gobernanza global descansa en el Derecho Internacional, como conjunto de normas que se encargan de construir un espacio público donde las voces de los más débiles sean escuchadas, como afirma el jurista finés Martti Koskenniemi. Por tanto, la tercera clave para comprender el tema se encuentra en el Derecho Internacional.

¿Por qué es necesaria una discusión jurídica sobre los derechos de propiedad intelectual relacionados con el comercio en medio de una emergencia sanitaria global? La clave tal vez no sea el Derecho Internacional, sino su ausencia. No existen normas internacionales en materia de pandemias o sindemias —la suma de dos o más epidemias— que establezcan límites a la propiedad intelectual en caso de una emergencia global.

Por lo tanto, se celebra la propuesta de un instrumento internacional para la preparación ante futuras pandemias, patrocinado por la Organización Mundial de la Salud, el Presidente del Consejo Europeo y más de 30 Jefes de Estado. Esto demuestra, que para un asunto global la respuesta necesariamente debe (y deberá) ser global. Y a pesar de que el recorrido jurídico apenas se inicia y de que es imprescindible potenciar el multilateralismo para darle recorrido, el documento pone de manifiesto la necesidad de fortalecer el Derecho Internacional frente a acciones individuales.

Otras opciones para salir de la crisis

Ahora bien, frente al creciente peso de las empresas transnacionales, surgen otras opciones para la fabricación de vacunas que se basan en la colaboración entre el sector público y el privado: la denominada “tercera vía”. Estas ideas, citadas por la economista Mariana Mazzucato en su libro “El Estado emprendedor”, se acercan a lo que hoy está haciendo AstraZeneca.

La capacidad productiva de algunos países de América Latina y el Caribe —Argentina, Brasil, México, por ejemplo— podría viabilizar alternativas ante un factor apremiante como el tiempo. Sobre todo, teniendo en cuenta los plazos de la discusión en la OMC, así como de los procesos de transmisión del know how y la logística que se requerirán a posteriori, en caso que la suspensión temporal se concrete.

En suma, es necesario abordar tres aspectos para alcanzar la accesibilidad de las vacunas: los claroscuros de la protección de la seguridad humana, la ausencia de normas internacionales y los desafíos de una gobernanza global eficiente. Abordar estos tres aspectos de forma multilateral constituye la base para construir resiliencia en un mundo cada vez más inequitativo y vulnerable.

Magdalena Bas es profesora de la Universidad de la República, Uruguay e integrante del Sistema Nacional de Investigadores. Doctora en Relaciones Internacionales por la Univ. Nacional de La Plata (Argentina).

Foto por Galería fotográfica PCM Perú. em Foter.com

El fujimorismo tensa una vez más la democracia

El arbitraje de los órganos nacionales —el Jurado Nacional de Elecciones y la Oficina Nacional de Procesos Electorales— y los observadores internacionales, entre ellos la OEA, han declarado que las elecciones peruanas han sido inobjetables, limpias y transparentes. Pero el partido Fuerza Popular de Keiko Fujimori, que viene perdiendo la elección, ha desarrollado una estrategia legal bajo la tesis de que existe un fraude masivo. Es decir, no habría un fraude sistemático, sino en algunas cuantas mesas en la que la candidata no se vio beneficiada, lo cual, en el supuesto caso de ser anuladas, podría revertir los 44,240 votos que la distancian de Pedro Castillo.

Los plazos para interponer las nulidades están definidos en ley. Así, de las 943 solicitudes de impugnación 594 se encuentran pendientes de apelación. Estas fueron desestimadas en primera instancia por el órgano electoral debido a que se encontraban fuera de plazo. Pero la defensa de Fuerza Popular insiste que el plazo es una mera formalidad y lo que se debe discutir son las cuestiones de fondo.

En Perú, uno de los principios en el que se fundan los procesos electorales es que estos son preclusivos, o sea, que el acto que no se realizó dentro del tiempo previsto no podrá llevarse a cabo, y perentorios, o sea, sin prórroga. Es decir que si los actos no se sujetan a los criterios establecidos afectarían el propio calendario electoral y se abriría una brecha para que se desarrollen acciones jurídicas de forma infinita, descaracterizando el proceso electoral en prejuicio del adversario y de la propia institucionalidad democrática.

Los recursos de Keiko Fujimori

Este es el objetivo que busca la defensa de Fuerza Popular al presentar este conjunto de recursos. Uno de ello es el Habeas Data presentado para obtener el padrón electoral y crear procesos paralelos con la finalidad de probar un «fraude» de firmas falsas. Otros ejemplos son las solicitudes de nulidad de mesas con varios vicios procesales, como el no pago de las tasas oficiales, la solicitud de una pericia del sistema informático -el mismo que ya había sido validado por todos los partidos previo a las elecciones- y la presentación de supuestos peritajes con interpretaciones ajustados a sus intereses y sin criterio técnico o según lo establecido por la ley.

La iniciativa del partido derrotado es buscar dilatar el proceso electoral. De hecho, los órganos electorales consideran que anular mesas va contra el propio sentido jurídico de un estado de derecho y aplicar una decisión que vulnere los derechos como anular votos, va contra el sentido mismo de la ley.

El trasfondo de la demanda es que una de las partes busca ganar a cualquier costo en detrimento de la voluntad popular y sin pruebas, como lo exige la ley. Por lo menos hasta ahora, los órganos electorales vienen actuando de forma neutral. Casi todas las solicitudes que fueron aceptadas dentro del plazo fueron desestimadas por que no se ajustaban a la ley. Sin pruebas no existe fraude, apenas especulación.

No se cambian las reglas en medio del juego

Existe consenso en que las reglas que rigen una elección no se alteren en medio del proceso en beneficio de una de las partes. Alterarlas sería ir contra el orden constituido. Pero más allá de la estrategia legal, existe una estrategia más peligrosa que es la de buscar subvertir el orden constitucional e impedir la proclamación como Presidente de la República a Pedro Castillo, lo que implicaría un golpe de estado.

En este marco, algunos pocos medios de prensa contrarios al profesor Castillo que apoyan movilizaciones populares a favor de Keiko Fujimori, buscan presionar para que los órganos electorales transgredan sus propias resoluciones, la ley orgánica de elecciones e inclusive aquellas resoluciones que se sustentan en la jurisprudencia del tribunal Constitucional.

El primer movimiento que azuzó subvertir el orden constitucional fue el del congresista y ex almirante Jorge Montoya, de extrema derecha, quien llamó a la sedición y a que no se reconocieran los resultados electorales. Montoya fue denunciado inmediatamente por el Ministerio Público, institución que actuó de forma ponderada —dado el momento político delicado—al no pedir la prisión preventiva o encuadrarlo en la ley de delitos de terrorismo.

Sin embargo, a los pocos días, más de 300 ex oficiales de las tres armas firmaron una carta diciendo que desconocerán como presidente a Castillo. El Presidente Francisco Sagasti fue enérgico e ordenó que todos los firmantes sean investigados y procesados por el Ministerio Público.

Por otro lado, en un reciente editorial, el diario El Comercio, uno de los más influyentes de Perú y que apoyó la candidatura de Keiko Fujimori, manifestó la necesidad de respetar el orden constitucional y las decisiones de los órganos electorales. Los poderes fácticos, como los militares en servicio se han manifestado contrarios a tomar partido de los eventos electorales, fundamentalmente porque no son fuerzas deliberantes. El sector empresarial también apuesta por el camino de la institucionalidad, a la vez que presiona a Castillo para que modere su programa político.

En todo caso, lo que se visualiza en el corto plazo son dos escenarios. Uno de obstrucción al gobierno de Castillo en una lógica de un juego de suma cero, donde el Legislativo no coopere y se arriesgue a ser disuelto de acuerdo a los preceptos constitucionales. En ese marco el presidente podría llamar a nuevas elecciones legislativas y con ello tendrá la oportunidad de cambiar la correlación de fuerzas.

El otro escenario es que las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo sean una extensión de la contienda electoral actual, en donde los opositores a Castillo busquen sabotear el país y lo empujen hacia posiciones más radicales, con la finalidad de provocar una ruptura que pueda ir en detrimento de la propia democracia.

Foto del Congreso de la República del Perú

El remanente de Sendero Luminoso en Perú

Cuando faltaban dos semanas para la segunda vuelta de las elecciones en las que se enfrentaron Pedro Castillo y Keiko Fujimori, un ataque de remanentes del grupo armado maoísta Sendero Luminoso, dejó al menos catorce muertos. El ataque se produjo en la aldea San Miguel, provincia de Vizcatán, en la zona conocida como El Vraem, un valle enmarcado por los ríos Apurímac, Ene y Mantaro. Se trata de una apartada región montañosa entre los Andes y la Amazonia, al sureste del Perú, principal zona productora de hojas de coca, con una nutrida presencia del narcotráfico. Allí opera la última columna disidente de Sendero Luminoso. Mensajes dejados en el lugar llamaban a boicotear las elecciones del 6 de junio.

El pasado de Sendero Luminoso

Para los más jóvenes, los nombrs de Abimael Guzmán, Elena Iparraguirre u Osman Morote y los apelativos Camarada Feliciano, Camarada Artemio o Presidente Gonzalo, son totalmente desconocidos. Estos son algunos de los líderes históricos del Partido Comunista del Perú Sendero Luminoso, de ideología marxista-maoísta, que utilizó en el país prácticas similar a la de los Jemeres Rojos en Camboya.

A pesar de que todos ellos están presos desde hace muchos años, la organización que fundaron siguió su curso bajo el mando de nuevos cuadros refugiados entre las selvas y los cerros del interior peruano. Con el tiempo, esta organización, “revolucionaria” según sus postulados fundacionales, fue convirtiéndose en una banda criminal relacionada con el narcotráfico, olvidando por completo sus ideas de toma del poder y de generar una nueva sociedad comunista.

En el año 2001, la Comisión de la Verdad y Reconciliación de Perú concluyó que la llamada “guerra popular” promovida por la organización subversiva Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso “fue la causa fundamental para el desencadenamiento del conflicto armado interno”. Este grupo fue “el principal perpetrador de crímenes y violaciones a los derechos humanos” en el país entre los años 1980 y 2000, aunque la intensidad de la misma decreció notoriamente después de 1992, cuando fueron apresados el líder Abimael Guzmán y varios de sus principales referentes.

Aquel informe, sin embargo, casi que no mencionaba las numerosas violaciones a los derechos humanos y otros abusos contra la población cometidos por las fuerzas armadas y policiales, además de los grupos irregulares afines al gobierno durante la administración de Alberto Fujimori y su principal funcionario durante esos años, Vladimiro Montesinos.

El remanente del Militarizado Partido Comunista del Perú 

Dos décadas después, un remanente de Sendero Luminoso sigue irrumpiendo en los pueblos, disponiendo de tierras e imponiendo su justicia en una zona de la selva peruana donde sobrevive gracias al narcotráfico. La ausencia del Estado y una geografía impenetrable permiten que los restos de aquel grupo armado hayan establecido un orden criminal en un valle que cobija cinco regiones del Perú.

El grupo, actualmente conocido como Militarizado Partido Comunista del Perú, somete a su arbitrio a las comunidades asentadas en los circuitos de la droga en el seno del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (Vraem). Impone a sus habitantes su propia justicia, los obliga a migrar o los somete a su voluntad para explotar los cultivos y las demás actividades en la región.

Según el jefe de la División de Investigaciones Especiales de la Dirección Antidrogas (Dirandro) peruana, este grupo custodia los laboratorios y el tránsito de cocaína en la zona, a cambio de cuantiosos pagos que impone a las redes del narcotráfico. El último reporte de la Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (Devida), indica que el Perú alberga 54.655 hectáreas de hoja de coca, de las cuales 26.028 están en el Vraem. Se trata del sector con más plantaciones de coca y donde se elabora la mayor cantidad de clorhidrato de cocaína en el país.

Lejos de la insurrección popular

Víctor Quispe Palomino, alias ‘José’, antiguo integrante del Comité Regional Principal de Sendero Luminoso y su hermano Jorge, alias ‘Raúl’ están al mando de este grupo. Estos entendieron que la extorsión a las bandas del narco que operaban en la zona sería un negocio rentable y comenzaron a presionarlas para pagar tributo a cambio de no interferir en sus negocios.

Con el tiempo, estos grupos formaron una alianza por la cual Sendero Luminoso ofrece protección a los cultivos, laboratorios y “mochileros”, —quienes transportan la droga— para evitar que sean detectados por las autoridades ya que la región carece de caminos adecuados para sacar la producción con rapidez y seguridad. Los mochileros cuentan con una red de protección a lo largo de sus rutas mediante elementos armados que cuentan con una extendida y muy eficiente red de inteligencia.

La Dirección Antiterrorista peruana calcula que unos 400 hombres y mujeres están bajo el mando de los hermanos Quispe Palomino en el Vraem. La fuerza principal, conformada por 30 miembros y columnas de 10 o 12 integrantes, permanecería en Vizcatán del Ene. Para las autoridades, estos componen un grupo encapsulado sin posibilidad de expandirse.

La amenaza que implica esta organización armada, sin embargo, se expande al ritmo del negocio de la droga. Su subsistencia se debe al narco, por lo cual actúa cuando éste cae en situaciones de riesgo. De hecho sus miembros, al igual que los antiguos cuadros de hace unos 40 años, son sumamente desconfiados al punto de espiar, perseguir y hasta ejecutar incluso a miembros de las familias de sus propios componentes. Y es que las autoridades ofrecen muy buenas recompensas monetarias a quienes brinden información que lleve a la captura de sus integrantes o incluso desarticule alguna columna.

El jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas señala que el relevo de mandos del remanente de Sendero Luminoso es muy complicado por lo que la desarticulación de una columna llevaría, eventualmente, a su extinción. Por lo tanto, la agrupación no es considerada como una amenaza para el país en la dimensión que sí lo es el narcotráfico. Aunque ambos operen en perversa complicidad.

El juego a dos niveles de Ortega y Murillo

El gobierno nicaragüense -controlado por el presidente Daniel Ortega, la vicepresidenta y primera dama Rosario Murillo, y su partido Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN)- está utilizando nuevas leyes para arrestar a sus rivales políticos y acosar a los medios de comunicación independientes de cara a las elecciones previstas para noviembre. En el último mes, el gobierno ha detenido a cinco precandidatos de la oposición, a los líderes del partido sandinista disidente UNAMOS y a varios líderes de la sociedad civil y del mundo empresarial.

A la vez que ejerce represión en el ámbito nacional, el gobierno busca negociaciones internacionales, probablemente para eliminar las sanciones selectivas contra funcionarios del gobierno y miembros de la familia Ortega-Murillo. Aplastar a la disidencia interna ha sido fácil, pero es poco probable que se consigan concesiones internacionales.

Represión y detención de miembros de la oposición

Sin pruebas reales para sus acusaciones, el gobierno se dedica a hacer acrobacias, publicando documentos falsos para implicar a los medios de comunicación, los grupos de la sociedad civil y los precandidatos en una conspiración golpista.

El gobierno afirmó que las protestas de 2018 fueron un intento de golpe de Estado patrocinado por el extranjero. Ahora Ortega y Murillo, a pesar de controlar las instituciones del Estado y las fuerzas de seguridad, intentan convencer a sus seguidores de que los «golpistas» están conspirando de nuevo, ayudados por Estados Unidos y «otras potencias imperialistas».

A nivel local, Ortega y Murillo están eliminando a los principales candidatos de la oposición antes de las elecciones. También están demostrando su impunidad y su capacidad para amenazar a cualquiera, incluso a integrantes de las familias más poderosas.

La tensión ha vuelto a aumentar entre la oposición y el camino a seguir no está claro. Cualquier candidato que se presente a las urnas en noviembre será probablemente sospechoso de cooptación o considerado como la oposición «elegida» por el gobierno. Muchos empresarios se mantienen callados por miedo a perder beneficios o activos. El banco Banpro respondió tímidamente a la detención de Luis Rivas, su director ejecutivo.

Estrategias políticas y respuestas de Estados Unidos

La política, sin embargo, es siempre un juego a dos niveles: los gobiernos actúan pensando en el público nacional e internacional. En Nicaragua, el propagandista del gobierno y periodista William Grigsby ha revelado el plan de Ortega-Murillo durante el último mes, primero amenazando con más arrestos tras las detenciones iniciales. Luego, tras las detenciones de UNAMOS, Grigsby declaró que el gobierno estaba buscando negociaciones con Estados Unidos.

La plataforma de noticias gubernamental El 19 Digital, también publicó una columna italiana pro-Ortega en la que se afirmaba que «si hubiera que encontrar una solución a la crisis, ésta debe ser entre Nicaragua y Estados Unidos», ya que el gobierno considera a los detenidos como agentes estadounidenses. Al igual que el régimen revolucionario del FSLN a principios de los 80’, Ortega y Murillo no reconocen el descontento interno, y cualquier amenaza es considerada como un complot imperialista.

Desde esta perspectiva internacional, Ortega y Murillo se dedican a la toma de rehenes como estrategia diplomática. Es difícil que funcione.

En primer lugar, a pesar de las acusaciones, los detenidos no son agentes estadounidenses. En segundo lugar, Estados Unidos se juega menos en Nicaragua que en otras partes de Centroamérica, donde la migración sigue siendo su objetivo. La migración nicaragüense hacia el norte ha aumentado desde abril de 2018, pero sigue siendo baja en comparación con la de El Salvador, Guatemala y Honduras.

En tercer lugar, la nueva administración de Biden está tratando (aunque de manera inconsistente) de volver a enfatizar los derechos humanos y la democracia, así que ¿por qué recompensaría la toma de rehenes? En cambio, Estados Unidos ha ampliado las sanciones a Ortega, a la hija de Murillo, Camila, y a otros funcionarios del gobierno.

Legisladores estadounidenses están trabajando para endurecer las sanciones y para investigar la corrupción del gobierno. Incluso se discute la posibilidad de suspender la participación de Nicaragua en el Tratado de Libre Comercio República Dominicana- América Central, aunque esto o las sanciones generalizadas podrían perjudicar en lugar de ayudar al pueblo nicaragüense.

Otras reacciones internacionales y escenarios futuros

Las instituciones internacionales se han sumado a la postura de Estados Unidos. Costa Rica lideró a 59 países del Consejo de Derechos Humanos de la ONU para exigir el fin de la represión y el respeto de los derechos humanos, haciéndose eco de la posición del Secretario General de la ONU, António Guterres.

La Organización de Estados Americanos votó por una abrumadora mayoría «condenar inequívocamente la detención, el acoso y las restricciones arbitrarias impuestas a los candidatos presidenciales, los partidos políticos y los medios de comunicación independientes», y pidió «la inmediata liberación de los candidatos presidenciales y de todos los presos políticos». El Parlamento Europeo está estudiando la posibilidad de suspender los acuerdos de cooperación.

Grupos de la sociedad civil internacional han condenado la represión y organizaciones como Amnistía Internacional y Human Rights Watch no demoraron en pronunciarse. Más de 750 académicos e investigadores (entre los que me incluyo) firmaron una declaración pidiendo al gobierno la liberación de los presos políticos, el fin de las restricciones a las libertades civiles y la celebración de elecciones libres y justas. Los miembros centroamericanos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales firmaron una declaración específica. Y las asociaciones empresariales centroamericanas condenaron las detenciones y las amenazas a la estabilidad regional.

Sin embargo, algunas instituciones internacionales de Centroamérica han guardado un llamativo silencio, sobre todo el Sistema de la Integración Centroamericana. El presidente del Banco Centroamericano de Integración Económica pasó por alto la crisis, tuiteando que el banco «no condiciona su ayuda a valoraciones distintas de las económicas». Los gobiernos de El Salvador y Honduras también se han mantenido callados, en medio de la profundización de su propio autoritarismo y corrupción.

Los gobiernos de Argentina y México trataron de mantener la posibilidad de ser mediadores, condenando las crecientes detenciones, pero absteniéndose en la votación de la resolución de la OEA y llamando a consultas a sus embajadores. Pero ¿qué implicaría una negociación internacional? Si el gobierno nicaragüense quiere que se levanten las sanciones, debería relajar las restricciones y avanzar hacia unas elecciones libres.

O bien Ortega y Murillo están profundamente equivocados o el llamamiento a las negociaciones es una cortina de humo y el público interno ha sido siempre su objetivo. Después de todo, ¿qué mejor manera de «demostrar» a sus partidarios que están defendiendo a Nicaragua de la intervención imperialista que provocando una protesta internacional?

Esta estrategia reafirma la postura de aproximadamente el 20% de la población que aún apoya al gobierno, pero la oposición sabe que no puede confiar en el gobierno. Lo aprendió en 2018, cuando Ortega y Murillo abandonaron la mesa de negociación para «limpiar» las calles de manifestantes.

Es probable que los debates sobre la participación en el proceso electoral continúen, pero la planificación de la oposición debe centrarse ahora en lo que sucederá después de noviembre, ya que Ortega y Murillo no van a abandonar el poder. Cualquier plan futuro de desobediencia civil necesita un amplio apoyo y unos objetivos claros y centrados en el ámbito nacional.

La atención mundial está ahora en Nicaragua, pero es efímera. Y aunque los actores internacionales deben apoyar a la oposición, las soluciones a la crisis y la alternativa democrática deben provenir de los propios nicaragüenses.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

De barcos y racismo en América Latina

Coautor Federico Finchelstein

El pasado 9 de junio, en una conferencia entre el presidente de España Pedro Sánchez y el de Argentina, Alberto Fernández, este último afirmó que “los mexicanos salieron de los indios, los brasileños salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos, y eran barcos que venían de Europa”. La frase esconde la fantasía de que la población argentina, a diferencia de otras latinoamericanas, es exclusivamente un producto de la migración europea lo que supuestamente le confiere un vínculo cultural único con el viejo continente.

Estas palabras desataron un escándalo a nivel continental. Y si bien el presidente argentino se disculpó rápidamente, su declaración deja entrever un supuesto racismo y una incómoda ignorancia. Lo más grave, sin embargo, es que estas palabras reflejan el sentir en varios países de América Latina, no sólo en Argentina, se generan, reproducen, refuerzan, y legitiman a partir de los procesos históricos. Dicho esto, la declaración de Fernández, que no es nativista ni fascista, debería diferenciarse de otras realizadas por Jair Bolsonaro o Donald Trump, ya que en estos casos los comentarios se enmarcan dentro de ideologías post-fascistas populistas.

Para la mayoría de los argentinos, la racialización y las prácticas coloniales son ajenas a su historia y no tienen cabida en la sociedad actual. Pero al mismo tiempo, estos creen que su ascendencia europea es única en América Latina, y que esto les hace superiores. Para las élites políticas, intelectuales y culturales de Argentina, el sujeto arquetípico argentino es blanco y sus antepasados pueden rastrearse ​​hasta los barcos transatlánticos que partieron de Génova o Barcelona en la década de 1890.

Alberto Fernández no fue el primer presidente en hacer una afirmación así. En 2018, Mauricio Macri dijo que “en Sudamérica todos somos descendientes de europeos”, en 2015, Cristina Fernández de Kirchner afirmó que los argentinos “somos hijos, nietos y bisnietos de inmigrantes” y en 1996 Carlos Menem dijo que en Argentina no había negros y que eso era un “problema” brasileño.

De acuerdo a este mito, los argentinos siempre han sido blancos por lo que, a diferencia de México, en Argentina el mestizaje nunca fue exaltado. Esto, sin embargo, tampoco libera a México de culpa ya que debe recordarse que la creación de lo que José Vasconcelos definió como la “raza cósmica” de sangre mestiza europea y nativa se basó en la exclusión de linajes puramente indígenas y negros.

En esta línea, el imaginario nacional argentino se ha construido en torno a los inmigrantes europeos como agentes modernizadores de la nación, borrando de un plumazo la existencia, aportes e identidades de afroargentinos, mestizos, comunidades indígenas e inmigrantes de China, Corea del Sur, Siria, Líbano, Armenia, Angola, Guinea y países de América Latina. De hecho, existe la creencia generalizada de que los mestizos y los negros son en realidad migrantes de primera o segunda generación de Brasil, Perú, Paraguay, Uruguay y Bolivia.

Esta narrativa francamente racista consolidó y naturalizó aún más una supuesta blancura argentina donde los argentinos genuinos, cuyos padres y abuelos bajaron de los barcos, eran parte de la clase media educada y moderna. Mientras que aquellos, producto del mestizaje con los pueblos indígenas o los hijos de inmigrantes que “acaban de entrar” de los países vecinos eran miembros de la clase trabajadora, rural, ignorante y atrasada.

Este discurso se origina durante las políticas de “europeización” de los fundadores modernos como Domingo F. Sarmiento, Bartoleme Mitre y Julio A. Roca a mediados y fines del siglo XIX que consistieron en la progresiva erradicación de las poblaciones indígenas de la Patagonia y el Chaco argentino, y la promoción de la inmigración europea con el fin de reemplazar a los nativos con colonos blancos.

Para estos políticos y pensadores, una nación moderna requería “gente civilizada” y no “salvajes”. La predilección por los inmigrantes de Europa se constitucionalizó en 1853 y permanece allí hasta el día de hoy. Sin embargo, debe decirse, que Argentina fue el único país de las Américas que nunca instituyó una prohibición o cuota étnica o racial específica a la inmigración. Todos los demás habían prohibido en determinados momentos la entrada de chinos o limitado la recepción de judíos. En ese sentido, Argentina sí desarrolló una de las políticas migratorias más progresistas del mundo, a diferencia de Estados Unidos que tuvo múltiples prohibiciones y cuotas de exclusión racial y eugenésicamente legitimadas hasta 1965 y fue copiada por países como Canadá, Cuba, Australia, Ecuador y Chile.

Esto no significa que no haya habido intentos similares a lo largo de la historia argentina. Santiago Peralta, quien estudió antropología en Alemania en los años 30, fue el jefe del Instituto Nacional de Inmigración y director del Instituto Nacional Étnico, que se modeló sobre la base de la Oficina Nazi para la Ilustración en Políticas de Población y Bienestar Racial durante la primera administración de Perón, bloqueó administrativamente, y de manera secreta, parte de la inmigración judía y desarrolló una serie de políticas de inspiración eugenista para limitar la entrada de los llamados indeseables.

El Instituto Nacional Étnico consideró que el “tipo étnico nacional” era el “tipo racial mediterráneo de la raza blanca” y promovió una serie de políticas de hibridación dirigidas al blanqueamiento racial de las comunidades indígenas mediante la aplicación del mestizaje, la remoción de niños y una vigilancia eugenésica programada. Se desarrolló una taxonomía de grupos indígenas clasificándolos de acuerdo con los niveles de indigenidad extranjera o no autóctona.

El Instituto concluyó que la original y única comunidad indígena en Argentina eran los Tehuelches, que se habían extinguido ya sea por la aniquilación por parte de «tribus extranjeras», como los Mapuches (de Chile) o los Guaraníes (de Paraguay), o por mestizaje por ellos definida como araucanización. Supuestamente, ya no había pueblos indígenas en Argentina. Si quedaban algunos, se habían mezclado con colonos blancos o se habían hibridado con nativos no argentinos.

Es esta idea de tribus extranjeras la que legitimó el asesinato en masa de entre 2.000 y 3.000 personas pilaga en Ricon Bomba, en la provincia nororiental de Formosa, por órdenes de Perón en 1947. Según las Fuerzas Armadas, las plantaciones de caña de azúcar habían sido ocupadas por comunidades indígenas de Paraguay, aunque fueran trabajadores rurales que protestaban por los derechos laborales básicos. Pero este evento y muchos otros, han sido borrados de la memoria y solo ahora está siendo revisado después de que un juez argentino lo considerase como un crimen de lesa humanidad.

La re-mitificación de Argentina como un país exclusivamente blanco y el borrado de comunidades indígenas, mestizas, negras y no europeas por parte de Alberto Fernández muestra lo importante que es tener un debate serio sobre la racialización en Argentina y también en otros países latinoamericanos.

Federico Finchelstein es profesor de historia de New School for Social Research (Nueva York). Fue profesor en Brown University. Doctor por Cornell Univ. Autor de varios libros sobre fascismo, populismo, dictaduras y el Holocausto. Su último libro es «Brief History of Fascist Lies» (2020).

La realidad del salario en Venezuela

La realidad del salario en Venezuela

Esperanza vive en Altavista, en Catia. Es licenciada en Educación y trabaja como maestra de preescolar. Tiene esposo y dos hijos y su sueldo es de 20 millones de bolívares, unos siete dólares mensuales. Le alcanza para comprar un kilo de queso y un cartón de huevos. Cuando termine la pandemia y regresen las clases presenciales, el costo de ir a su trabajo será similar a su sueldo. Como Esperanza, millones de venezolanos asalariados han visto en pocos años como su salario se reducía a un valor casi testimonial.

La mayoría de los empleos formales en Venezuela tienen anclado el valor a una escala que depende del salario mínimo. Pero no solo en Venezuela, el salario mínimo es casi universal y la mayor parte de los países lo tienen establecido ya que junto con la jornada laboral de ocho horas, es parte del legado de más de un siglo de luchas obreras. 

El salario mínimo busca garantizar la subsistencia del trabajador y protegerlo en la desigual relación de poder que se establece entre quien contrata y el contratado. Es la principal forma en la que el Estado interviene en el mercado laboral.

Eso no implica que todo el mundo gane más que el sueldo mínimo. Muchos ciudadanos que tienen contratos de tiempo parcial o que trabajan en forma independiente ganan menos. En Colombia, por ejemplo y según cifras oficiales, casi la mitad de los trabajadores gana menos de un sueldo mínimo.

No obstante, su valor es un indicador muy importante de cómo vive la población de un país ya que impacta toda la escala de salarios. Y su valor depende de muchos factores: del tamaño de la economía, de la fuerza de los trabajadores, de la orientación política de los gobiernos, del nivel de desempleo, de la productividad, etc.

En América Latina, la inmensa mayoría de los asalariados se ubica en la base de la pirámide salarial y gana menos de dos sueldos mínimos. En México, por ejemplo,  el 60% de los asalariados se ubica en esa franja. 

El salario mínimo en Venezuela

El valor del salario mínimo en Venezuela es evidentemente una anomalía:  $2.4. Es tan, tan bajo, que no alcanza para la subsistencia. Según el CENDA (Centro de Documentación y Análisis para los Trabajadores) alcanza para menos del 1% de la canasta básica.

Su monto, no obstante, es la base de cálculo de lo que perciben los 3 millones de funcionarios del Estado y los 4,5 millones de pensionados —en conjunto suman un tercio de la población mayor de edad— y una parte del empleo formal privado. Además, el multiplicador por antigüedad y profesionalización también es muy bajo, por lo que un funcionario con doctorado y veinte años de antigüedad no cobrará más de 35 dólares al mes.

En cuanto al empleo formal privado no existen datos oficiales. La fuente principal, las Encuestas de Hogares por Muestreo (EHM) del Instituto Nacional de Estadística (INE), no se publican desde 2015. Sin embargo, existen algunas encuestas parciales.

Según estas, en la actualidad cualquier negociación salarial privada entre patrón y empleado está por encima del sueldo mínimo. Es decir que el salario mínimo pierde su principal función y su razón de ser: proteger a la gente común frente al abuso del empleador y garantizar un ingreso digno. Más aún, al ser tan bajo, funciona al revés. Presiona todos los demás sueldos hacia abajo.

En el presente, los sueldos en el ámbito privado están muy por encima de los públicos, pero siguen siendo muy deficitarios. Según la OVF (Observatorio Venezolano de Finanzas) en una encuesta realizada recientemente a más de trescientas empresas, la media del salario de los obreros es de 53 dólares. Entre los profesionales y técnicos el promedio ronda los 100 dólares y el de la gerencia de una empresa promedia los 216 dólares.

Su caída tiene otros efectos colaterales. Muchos contratos colectivos y escalas salariales de la empresa privada están estructurados en referencia al salario mínimo. Por lo tanto, a medida que éste se iba reduciendo, los obreros y empleados fueron progresivamente abandonando los contratos colectivos a cambio de la dolarización de los salarios, lo cual redunda en la pérdida de derechos. 

Muchos asalariados en Venezuela reciben ya su salario en divisas. Incluso en el sector público algunas instituciones bonifican en «negro» con dólares a sus empleados, sobre todo a los cargos de más responsabilidad.Esto va creando además de la histórica división entre quienes poseen bienes de capital y quienes son asalariados, otra división entre la Venezuela que trabaja con remuneración en bolívares y la que recibe dólares, abonando a la desigualdad.

El origen

Hace solo nueve años, en abril del 2012, el presidente Chávez anunciaba un aumento de salario mínimo a 476 dólares (a cambio oficial), según sus palabras el más alto de Latinoamérica. Pero a partir del 2014, su valor comenzó a reducirse aceleradamente a medida que la crisis económica, las sanciones y la hiperinflación colapsaban el país. De acuerdo a las cifras oficiales el salario mínimo ha perdido el 99% de su valor en los últimos diez años y el 87% en los últimos tres años.

La crisis ha impulsado a muchos trabajadores a pasar de un trabajo formal a trabajar por su cuenta. Según la Encuesta de Condiciones de Vida (ENCOVI) del año 2019-2020, realizada antes de la pandemia, casi la mitad de los trabajadores venezolanos trabaja por su cuenta, la mayoría en el comercio informal, mientras la otra mitad se divide a partes casi iguales entre el empleo público y el empleo formal privado.

Ante la caída abrupta de los salarios, el gobierno ha planteado algunas estrategias que buscan aminorar el efecto de la crisis como los Bonos de la Patria y el Clap. Además, los servicios públicos se han sostenido a bajos precios, aunque esta realidad paulatinamente comienza a cambiar. Pese a ello, el día a día se le ha vuelto difícil a la mayoría de la población y el venezolano común se la pasa buscando cómo “resolver”.

Por otro lado, a medida que ha ido aumentando la emigración se han incrementado exponencialmente las remesas. Esto, que es una realidad de larga data en Latinoamérica, es una novedad en Venezuela. Muchos hogares reciben ahora periódicamente pequeñas sumas de los familiares que están trabajando en el exterior y se trata de un ingreso de gran importancia dado el tamaño actual de la economía.

La hiperinflación y la caída del ingreso estatal, tanto por la disminución de la renta petrolera como por el descenso de la recaudación impositiva, así como la larga recesión económica son los factores centrales de la caída del salario, sin importar la perspectiva ideológica. Y en Venezuela todos estos elementos se han dado en formas poco vistas en la historia.

Un dólar pasó de valer 9 bolívares en 2012 a valer 300.000.000.000 en la actualidad (tomando para la equivalencia el bolívar del 2012). Y llevamos ocho años de recesión donde nuestra economía ha perdido en el camino el 80% de su valor.

Estos son los hechos. Y para explicarlos hay muchas versiones. Si es debido a la guerra económica, sanciones, inflación inducida y bloqueo financiero o si más bien es imposición de un sistema obsoleto, errores de política macroeconómica, creación de dinero inorgánico y dolarización, o incluso una mezcla de estos elementos, depende del cristal con que se mire.

*Esta es una versión reducida del texto publicado originalmente en el medio Ph9 de Venezuela.


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Una agenda ambiental para el Perú

Coautora Deborah Delgado

La segunda vuelta de la campaña electoral peruana estuvo marcada por el miedo, la polarización y la abundancia de propuestas económicas vinculadas a la extracción de recursos naturales. A pesar de la pronunciada conflictividad socio-ambiental y la creciente importancia global de las crisis ambientales, las propuestas de ambas tiendas políticas vinculadas al medioambiente fueron tratadas de forma muy superficial.

La pandemia y la agenda ambiental

El Perú tiene la segunda extensión amazónica más grande—superado sólo por Brasil— y más de uno de cada cinco peruanos se autoidentifica como indígena. Durante el 2020, el país registró su récord histórico de pérdida de bosque amazónico, cinco defensores ambientales fueron asesinados y se registraron 140 casos de conflicto ambiental y un incremento de personas heridas y fallecidas en relación a 2019.

En Perú la pandemia no solo significó el dolor de miles por la pérdida de seres queridos, sino también la profundización de grandes inequidades en las zonas rurales. Allí, la pobreza y la crisis ambiental empeora a medida que se expanden sin freno numerosas industrias ilegales como la producción de cocaína, la tala y la extracción de oro aluvial.

Durante estos tiempos de crisis, el Congreso peruano rechazó la aprobación del acuerdo de Escazú y se trazó un camino para incentivar o destrabar la economía con la flexibilización de algunas regulaciones ambientales. Por otro lado, el Ministerio del Ambiente fue impulsando iniciativas y disposiciones técnicas. Por ejemplo, en 2020 se aprobó el reglamento de la ley marco sobre el cambio climático y en abril de este año el gobierno aprobó un decreto con el objetivo de mitigar y prevenir riesgos a los defensores ambientales.

Estos esfuerzos, sin embargo, son difíciles de llevar a la práctica por lo que la integridad de las Áreas Naturales Protegidas y otras zonas corren peligro de quedar expuestas a la deforestación, la cual se ha incrementado notoriamente en estos años.

Un discurso centrado en el hombre y el crecimiento económico

En el debate presidencial del 23 de mayo y los planes de gobierno de Keiko Fujimori (Fuerza Popular) y Pedro Castillo (Perú Libre) ninguno de los candidatos presentó un cuadro técnico ambiental sólido. Por un lado, el plan del candidato de izquierda, sin elaborar las estrategias de implementación, resaltó la importancia de disminuir los conflictos socioambientales y revalorar el conocimiento tradicional. Mientras que la candidata de la derecha resaltó la importancia de transformar la naturaleza en riqueza monetaria pero con estándares ambientales.

Después de más de dos décadas de intensificación de las actividades extractivas, las zonas rurales afectadas no presentan mejorías ni un aumento de los servicios, sino una creciente desconfianza hacia el estado centralista. Las propuestas de Keiko Fujimori de incrementar la distribución de ganancias económicas y bonos de ayuda social hacia las poblaciones de zonas extractivas no fueron suficientes.Y fue Pedro Castillo, quien proviene del ámbito rural y propone un cambio de modelo de desarrollo, quien recibió en esas zonas el respaldo de una mayoría contundente. Esto indica que la compensación económica no parece ser una alternativa atractiva para estos ciudadanos marginados que dependen cultural, social y económicamente de un ambiente saludable para su supervivencia.

El reto de una agenda ambiental

Frente a la crisis del Covid-19, los ciudadanos que viven en zonas con una presencia intermitente o poco articulada del Estado central se refugiaron en sus conocimientos tradicionales y se mantuvieron activos defendiendo su vida, su territorio y sus derechos.

Tras varios días de la elección, y sin un ganador oficial debido a los procesos de impugnación, la campaña de miedo que evidencia las diferencias entre las urbes costeñas y el resto del país continúa.

Por un lado, desde la derecha la campaña de miedo se basa en señalar los vínculos de la izquierda con el terrorismo y de que esta convertirá al país en una nueva Venezuela. Mientras que por el otro lado, la izquierda advierte de un regreso al neoliberalismo autoritario de los 90 que vulneraba los derechos humanos.Y si bien ambas partes retoman la idea de progreso en su discurso, lo hacen a través de campañas que en última instancia se basan en el miedo.

Enfoques no articulados y centrados en un solo discurso no ofrecen una real solución para las pocas elaboradas propuestas ambientales de ambos candidato. La corrupción frena los esfuerzos de protección del medio ambiente y se nutre de la mercantilización de la naturaleza a la vez que pone en riesgo a los defensores de la tierra. Pero la lucha anticorrupción por sí sola no es suficiente. Las políticas ambientales requieren de un fuerte componente científico y tecnológico. Sin embargo, su producción no necesariamente es inclusiva y tiene una limitada articulación con la elaboración de políticas. Garantizar la participación de todos los ciudadanos en igualdad de condiciones es clave, pero no será suficiente si la participación no es interactiva, sostenida y vinculante en la toma de decisiones.

¿Por qué la democracia y el ambiente van de la mano?

Con una economía dependiente de las actividades extractivas y una larga historia de exclusión de las poblaciones indígenas —evidenciada en esta campaña—, las agendas ambientales y decoloniales se entrelazan y se hacen más urgentes en Perú.

El territorio peruano sostiene una gran diversidad cultural y biológica, pero al mismo tiempo es un espacio racializado. La agenda de recuperación ambiental y económica del nuevo gobierno debería incluir una comprensión profunda y dinámica de la relación entre las personas y los diversos paisajes peruanos. En las últimas décadas se ha avanzado en políticas ambientales y en derechos indígenas, pero ha sido insuficiente.

Esta campaña electoral, cargada de argumentos diferenciadores y jerarquizantes con tendencias racistas, quizás está señalando los elementos fundamentales para crear una agenda ambiental integral que aborde los problemas estructurales de una sociedad multicultural y multiétnica.     

Foto de Comandmatico 


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“No te metas en mis asuntos…”

Cuando el principio de “no intervención” se esgrime para sustraerse de los compromisos regionales, hemisféricos e internacionales en materia de Derechos Humanos y defensa de la democracia, no se protege a las sociedades sino a regímenes y gobernantes que las lesionan.

En los años 60 del siglo pasado, la defensa del principio de no injerencia -que le costó el gobierno a los presidentes argentinos Arturo Frondizi (1962) y Arturo Illia (1966), -derrocados por militares que encontraban apoyos en Washington- entre otras razones por oponerse a la intervención de los EE.UU. en Cuba y República Dominicana. Ese principio, enraizado en la tradición de la diplomacia latinoamericana, estaba justificado en resguardar a nuestros países de la abierta intervención de los EE.UU. y la URSS en el marco de la confrontación Este-Oeste que caracterizó a la Guerra Fría. 

En los años 70, fueron las dictaduras militares anticomunistas las que esgrimían ese principio para responder a las denuncias del Departamento de Estado, bajo la presidencia de James Carter, sobre las violaciones a los Derechos Humanos que se estaban perpetrando al sur del Río Grande. 

Luego llegó Ronald Reagan, en los ’80, y la injerencia tomó otra dirección: se trataba para Washington de evitar que Nicaragua se convirtiera en “otra Cuba” a las puertas del Imperio, tras la Revolución Sandinista que derrocó a la vetusta dictadura de Anastasio Somoza. 

Y fue también un presidente argentino, Raúl Alfonsín, quien le respondió a Reagan, en los jardines de la Casa Blanca, allá por marzo de 1985, que América latina debía salir de la Guerra Fría; que no se trataba de la opción entre revolución y contrarrevolución de lo que estaba en juego sino de la opción entre dictaduras y democracias. 

Cuarenta años más tarde, el líder de aquella revolución nicaragüense, Daniel Ortega, cierra el círculo completo de 360° y ocupa el lugar del dictador que desplazó: se ha transformado en un nuevo Somoza, reprimiendo las protestas, acallando las voces críticas, encarcelando a referentes de la oposición y pretendiendo la perpetuación en el poder. Y como los dictadores de antaño frente a Carter, junto a otro autócrata como Nicolás Maduro, denuncian “la injerencia externa” y pretenden distraer la atención de su giro dictatorial acusando al “imperialismo norteamericano”, retrocediendo a los tiempos de la Guerra Fría. 

Lamentablemente, el gobierno argentino se ha plegado a esa visión regresiva, que confunde escenarios históricos, al abstenerse -junto a México- de condenar en la OEA la represión ejercida por el gobierno nicaragüense y exigir la liberación de los líderes opositores detenidos. El texto de la declaración de la OEA fue aprobado por 26 votos -entre ellos, Estados Unidos, Chile, Colombia y Perú- durante una sesión extraordinaria del Consejo Permanente, el órgano ejecutivo del bloque regional. En contra votaron Bolivia y San Vicente y las Granadinas, en tanto Argentina, Belice, Dominica, Honduras y México se abstuvieron. La representación de Nicaragua condenó la injerencia del organismo multilateral, y acusó a los Estados Unidos de desplegar una «política intervencionista». 

El comunicado oficial que explica la abstención de la Argentina y México en la votación de la OEA señala que “no estamos de acuerdo con los países que dejan de lado el principio de no intervención en asuntos internos, tan caro a nuestra historia”. Luego, ambos gobiernos convocaron a sus embajadores en Managua, tomando distancia del apoyo al régimen nicaraguense, pero esta semana el gobierno argentino volvió a abstenerse de condenar a Nicaragua en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU amparada en “una tradición de no firmar documentos conjuntos en contra de un país” y sosteniendo que “no existen normas ISO para determinar cuál es el mejor sistema electoral”. Se desconoce así todo el camino recorrido en los últimos cuarenta años, de compromisos e instrumentos regionales, hemisféricos e internacionales, jurídicos y políticos, en defensa de los Derechos Humanos y la democracia. Un camino, por otro lado, en el que la Argentina supo estar en la vanguardia.  

El argumento de que tales herramientas solo son aplicadas por los países poderosos contra los países débiles por conveniencia geopolítica suele ser una coartada utilizada por gobernantes y regímenes que atropellan a sus sociedades, hostigan a sus críticos o limitan las libertades, no importa en nombre de qué ideologías, y claro, no quieren que ningún “poder foráneo” se entrometa en sus asuntos. Del mismo modo, el argumento del “doble estándar” o “hemiplejía” de toda política internacional basada en principios, invalida la posibilidad de reconocer avances en materia de Derecho internacional humanitario y compromisos internacionales en favor de la democracia. 

Cuando el principio de “no intervención” se esgrime para sustraerse de los compromisos regionales, hemisféricos e internacionales en materia de Derechos Humanos y defensa de la democracia, no se protege a las sociedades sino a regímenes y gobernantes que las lesionan. 

*Texto publicado originalmente en Clarín, Argentina


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Polarización, ¿qué hay de nuevo?

Hoy pareciera que un fantasma recorre el mundo dominando sobre todo el discurso y el análisis político. Nutre las marchas en las ciudades, da aliento al propio quehacer de la clase política e ilustra las publicaciones de todo tipo. El escenario actual peruano; las tensiones generadas en Brasil, México o El Salvador por sus respectivos presidentes Jair Bolsonaro, Andrés Manuel López Obrador y Nayib Bukele; el peso recurrente de la grieta en Argentina; el empantanamiento de la situación en Colombia; las dinámicas autoritarias excluyentes de Nicaragua y de Venezuela… Todo parece configurar parte de un libreto universal que tiene sus antecedentes inmediatos en el último lustro tras el Brexit británico, la elección de Donald Trump o el independentismo catalán. La polarización es el gran demiurgo.

Los estudios sobre el uso de las palabras muestran su carácter complejo. En el caso del término de marras ahora tan de moda no se debe tanto a su carácter polisémico, como ocurre con otros vocablos usados en política como sería el de populismo, sino a su confuso significado a la hora de darle sentido. Así, hay al menos dos preguntas que se hacen quienes lo escuchan o lo leen. Polarización, ¿con respecto a qué?, y ¿son tan negativos sus efectos que deben ser motivo de preocupación? Pero apenas si hay respuestas.

La política tiene que ver con la gestión de las preferencias que normalmente se seleccionan, articulan, agregan y ordenan tanto por quienes desean solventarlas como por diferentes sectores que simplemente quieren evidenciarlas o pretenden encontrar vías para solventarlas. Los primeros suelen ser los políticos profesionales mientras que los segundos son grupos sociales de mayor o menor tamaño y organizados mejor o peor.

Es en la identificación de los problemas donde surgen los ejes de conflicto que abren las soluciones y sobre los que se monta la liza política. Estos ejes son numerosos, pues se acoplan a los problemas existentes y no tienen la misma intensidad en cuanto a su relevancia. La regulación de la eutanasia y la puesta en marcha de la renta universal o la educación general y gratuita y una reforma fiscal progresiva ejemplifican bien la cuestión. Por otra parte, aunque las distintas posiciones en los mismos admitan cierto gradualismo y estadios intermedios, la tendencia a colocarse en los extremos es frecuente toda vez que entonces es más sencilla la identificación entre la oferta y la demanda.

Sin embargo, la política también tiene que ver con la definición de esas preferencias que no siempre casa con precisión con la realidad. Algo que se vincula inexorablemente con el mundo que se quiere ver en función de unos determinados marcos interpretativos. Aquí, los relatos desempeñan un papel trascendental porque sirven a la hora de simplificar los mensajes ya que los hacen más comprensibles para la mayoría. Ello, no obstante, se traduce en la consiguiente pérdida de matices y en la búsqueda de lo que sería el punto óptimo capaz de reunir una más amplia aquiescencia.

Una política cada vez menos centrada en programas y más en candidaturas ha desarrollado aun más la profesionalización de las campañas electorales y de los asesores en comunicación que, unidos al auge del mundo digital, han sido buena compañía de ese empeño. La asesoría comunicacional ha entresacado del variopinto elenco de cuestiones demandadas aquellas que, realmente relevantes o no, puedan dar mejor juego publicitario para alcanzar el éxito buscado; y las redes sociales, ávidas de material liviano y que no requiera enjundiosos debates, han hecho el resto.

Estos fenómenos son globales, pero en América Latina están acrecentados por dos características autóctonas. La primera se vincula con el presidencialismo que se basa en una lógica “suma cero” mediante la que el vencedor se lo lleva todo. Si, además, como sucede en buen número de países, existe el mecanismo de la segunda vuelta que pretende ungir a la candidatura vencedora de una mayor legitimidad, el enfrentamiento a dos es inevitable.

Ahí radica uno de los escenarios donde se agota el enunciado de la polarización. Lo interesante, sin embargo, es que cuando se analizan los resultados de los últimos comicios presidenciales en los distintos países, el margen de victoria de la primera candidatura sobre la segunda ha sido mayor del 10% en México, Bolivia, El Salvador, Costa Rica, República Dominicana, Colombia y Guatemala, y entre el 5% y el 10% en Argentina, Chile, Brasil y Ecuador. Los países donde hubo un margen más estrecho entre la candidatura ganadora y la que quedó en segundo lugar fueron solo cuatro: Uruguay (1,2%), Honduras (1,5%), Panamá (2,4%) y Paraguay (3,7%) a los que ahora se suma Perú, con independencia de quien llegue finalmente a la presidencia. Ni en Honduras ni en Paraguay la oposición reconoció el triunfo del vencedor.

La segunda se relaciona con el mantenimiento de la desigualdad al alimón de la existencia de grandes bolsas de pobreza y de una informalidad que promedia a la mitad de la fuerza laboral. Este escenario segregacionista hace más fácil el discurso de “ellos contra nosotros” que alienta diferentes propuestas políticas -alguna de las cuales tienen ya más de medio siglo como la denominación a la oposición como “la contra” por parte de Juan Domingo Perón o la declaración de Salvador Allende de “no ser el presidente de todos los chilenos”-.

Se trata, por tanto, de un asunto añejo basado en la lucha de clases, pero también y sobre todo en la idea de la política de Carl Schmitt bajo la lógica “amigo-enemigo” o en la de Antonio Gramsci que subrayaba la necesidad de la estrategia de “construir una hegemonía” reelaborada mucho después por Ernesto Laclau. Todas ellas no andaban muy alejadas del ideal de monopolio del capitalismo.

Hoy, es un fantasma que atiza a tirios y a troyanos y que alimenta polémicas gestadas en situaciones muy complejas a las que es preciso colgar un sambenito facilón. Un señuelo que dificulta el análisis al centrarse en la grandilocuencia del término y en su carácter publicitario casi demoníaco.


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Foto de 10b travelling / Carsten ten Brink en Foter.com