Una región, todas las voces

El daño que causa la democracia

Una vez más, politólogos ortodoxos y demócratas internacionales se asustaron y, mientras aprendían que esa puntita allá arriba se llama Michigan, y al lado está Guisconsi, y todas tienen muchos electores, y cómo tanta gente vota a Donald Trump, y cuánto tardan en contar los votos, volvió a la agenda el punto de si la democracia está en peligro.

Una gran parte de la ciencia política se convirtió en ciencia de, por y para la democracia. Democracia como fin, no como medio. Democracia reificada. Y mientras se discuten procedimientos y conceptualizaciones, la democracia disemina valores preocupantes. Y es ahí donde está el mayor problema de su sustentabilidad. La democracia le causa daños fuertes a la democracia.

Hace años discuto estas cuestiones con colegas, y por qué no debutar en Latinoamérica 21 ampliando el campo de combate.

Cuando Fukuyama estableció el triunfo de la democracia y el final de la historia, se refería al régimen como condición de posibilidad de una vida digna»

Cuando Fukuyama estableció el triunfo de la democracia y el final de la historia, se refería al régimen como condición de posibilidad de una vida digna. La democracia era el medio, pero lo importante son los valores (simbólicos y materiales) de una vida que vale la pena ser vivida. Diferentes trabajos (junto a Carlos Peris hablamos de eso en Merging legality with illegalities) muestran cómo la tolerancia social a los mercados ilegales se consolida cuando garantizan fines que la democracia debería garantizar, pero para los cuales se ha demostrado inefectiva: generar trabajo y rendimiento económico, protección, justicia, previsibilidad y perspectiva de un futuro mejor.

Nadie quiere democracia para morirse de hambre. La discusión sobre calidad o sustentabilidad de la democracia es una cuestión burguesa, que, no obstante, se torna divertida después del cuarto whisky (de malta y de por lo menos 15 años, por favor).

  • Libertad, por ejemplo. A la democracia subyace la idea de libertad ―me responde un politólogo que sabe tanto de democracia como de fiestas.

Lógico, en un momento dado de su vida, él debió huir de su país. Yo tuve la suerte de decidir dejar el mío. Libremente. La libertad, en este caso, es un valor. ¿Está dispuesta la ciudadanía a perder libertad en las democracias actuales?

Cuando los reality shows comenzaron a ofrecer vida pública y, si te portas bien, fama, millones de jóvenes se postularon para el encierro. Lo ridículo llegó en 2005, cuando en Alemania se anunció que se realizaría un Gran Hermano de por vida en un pueblo artificial de 15.000 metros cuadrados. La propuesta tuvo más de 25.000 candidatos.

El escándalo Odebrecht generó un terremoto en la región por sacar a la luz lo que todos sabíamos que pasaba (y que sigue pasando). Mientras la democracia peruana agoniza por sus secuelas, por ejemplo, el propio Odebrecht cumple prisión domiciliaria en su mansión. Millones de latinoamericanos saldrían a causar más de un holocausto si les garantizaran que deberán cumplir su reclusión en una mansión como la de Odi. Ay, la democracia.

Libertad sí o sí, clama un candidato libertario en Argentina, mientras, libremente, unos políticos chilenos se olvidan de actualizar sus datos catastrales. Libertad sí o no, ironiza Alejandro Dolina: si no, no tenemos libertad de escoger.

  • ¿Qué tiene de difícil el concepto de democracia? ―me preguntó otro que de análisis políticos sabe más que la mayoría y casi tanto como Osvaldo Soriano―. El que pierda las elecciones, se va sin chistar. Eso es.

¡Cagamos! ¿Qué vamos a hacer ahora que la democracia se esfumó en los iunaitestei?

Otro que también sabe mucho dice que la democracia contemporánea está caracterizada por la libertad de expresión, los partidos políticos y las elecciones regulares. Menos mal que están las últimas dos, porque los canales gringos censuraron en vivo ¡al presidente!

  • Está mintiendo ―dijeron, y Evo Morales se conectó a la red porque pensó que entonces no quedaría rastro de la OEA en Google.

Con libertad democrática, los medios de comunicación les negaron a los ciudadanos la posibilidad de ver en vivo una parte significativa de la historia: su vergonzoso presidente diciendo cosas que avergüenzan»

Con libertad democrática, los medios de comunicación les negaron a los ciudadanos la posibilidad de ver en vivo una parte significativa de la historia: su vergonzoso presidente diciendo cosas que avergüenzan (pero que esta vez avergüenzan de una manera que una elite no quiere ser avergonzada). Libertad de decidir lo que deben ver y lo que no. China democrática. Compre Huawei.

Quedan los partidos políticos. En un estudio junto a Miguel Ramos (Corruption in Latin America: Stereotypes of Politicians…) mostramos cómo los políticos son estereotipados a partir de una moralidad negativa (corruptos, mentirosos, ladrones). Esto es bastante lógico y conocido. Lo preocupante es que esta estereotipación afecta directamente a la percepción de la justicia e indirectamente a los afectos, emociones y estados de ánimo. ¡Grieta!

Estamos en el horno, y encima tenemos liberad de expresión. Hoy todo queda grabado. Los jugadores de futbol se dieron cuenta de que era mejor hablar tapándose la boca con la mano. Los políticos, aún no: sus incoherencias son repetidas una y otra vez por las redes sociales. Estos son mis principios: si no les gustan, tengo otros. Depende del lado del Gobierno que me encuentre y de la oferta que me haga. Prudencia y virtud no están invitadas. Con tanto trabajo de archivo circulando, tomarse a la política (y su democracia) como una cuestión seria es absolutamente absurdo.

Por suerte, nos queda la igualdad: todos iguales a la procura de una vida digna, cueste lo que cueste, y siguiendo el camino más efectivo. Al resto, que le den, mientras la democracia se da solita. Y en cuanto ridiculiza a unos, enfada a todos, excluye a demasiados y condena solo a los que pierden el poder. Por eso, su sustentabilidad está en el relato, no en las evidencias. Pero para eso habrá que esperar hasta el próximo texto. Porque democráticamente, me limitaron el espacio. Todo tiene un límite, aunque algunos demócratas no quieran aceptarlo.


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Foto de arribalasqueluchan! en Foter.com / CC BY-NC-SA

América Latina y su dependencia exterior

Desde que en 1823 el presidente James Monroe proclamara la consigna “América para los americanos” y declarase ante el Congreso que cualquier intervención de los europeos en el continente sería visto como una agresión que requeriría la intervención de los Estados Unidos, las relaciones entre el país norteamericano y América Latina han sido complicadas y cambiantes. Por ello, tras el triunfo de Joe Biden, es pertinente preguntarse cómo influirá la nueva administración en la política exterior latinoamericana y en su posición global.

La existencia de estrechos vínculos económicos, acompañada de intereses expansionistas, comerciales e ideológicos, han convertido a Estados Unidos en un país clave en las agendas de los Estados latinoamericanos. Durante décadas, al tener que tomar decisiones, era impensable dejar fuera de la ecuación la posición del vecino país del norte. Sin embargo, el declive de la hegemonía estadounidense y la tensión interna que atraviesa tras la última jornada electoral suponen una ventana de oportunidad para marcar un nuevo rumbo en la agenda internacional de América Latina.

Estados Unidos aparece hoy en día como un gigante con pies de barro, a la vez que China asciende de manera imparable»

Estados Unidos aparece hoy en día como un gigante con pies de barro, a la vez que China asciende de manera imparable y Rusia se convierte en un aliado del gigante asiático para recuperar su estatus de actor global. Mientras la presencia militar norteamericana sigue siendo incontestable, la dependencia económica, comercial y económica de América Latina de China es creciente. Rusia, aunque no puede competir a escala económica ni con China ni con Estados Unidos, sí que es un socio estratégico desde el punto de vista político. Una gran parte de los países latinoamericanos cuentan con afinidades políticas e intereses geoestratégicos más cercanas a Rusia que a Estados Unidos.

La pandemia de la COVID-19 no ha hecho más que acusar el fortalecimiento de los lazos, lo que ha hecho que las potencias extranjeras vean en la crisis una oportunidad para empujar a América Latina a diversificar sus relaciones exteriores. Se ha abierto un nuevo escenario en el que los países latinoamericanos ya no pueden articular sus estrategias y capacidad negociadora mirando únicamente a Estados Unidos, sino que deben ser capaces de articular diplomacias de nicho. Esto es, ser capaces de establecer coaliciones ad hoc sobre temas concretos como salud, recursos naturales, medioambiente o financiamiento externo con diferentes socios estratégicos. Esto contribuye a generar un orden mucho más multipolar que China, y Rusia no piensa desaprovechar para ejercer su poder.

En un momento de profunda crisis económica, sanitaria y, hasta cierto punto, social, la capacidad de adaptación y anticipación van a ser claves para calibrar el destino de la política exterior latinoamericana. El hecho de que la crisis golpee a Estados Unidos como nunca antes lo había hecho debilita su supremacía y la crisis institucional por el frontal enfrentamiento entre republicanos y demócratas hace que ni siquiera haya una sola voz. Pero no debemos obviar que el hecho de que esa fuerza tradicionalmente hegemónica esté en declive no significa necesariamente que deje de ser un actor de especial relevancia. Estamos en un sistema que se encuentra en plena transición, con complejas agendas y dinámicas externas, en el que la existencia de un tablero de juego claro y estable aún está por llegar.

Este contexto hace que, pese a que muchos hayan querido centrar el debate en cómo se articularán las relaciones entre América Latina y Estados Unidos en la era Biden, la cuestión especialmente relevante gire en torno a la búsqueda de nuevos espacios en el orden internacional aprovechando el declive del gigante norteamericano. Primero, porque es muy probable que, pese a que adopte un discurso alejado del de Donald Trump, América Latina no sea una prioridad para la nueva administración. Y, segundo, porque también es previsible que América Latina aproveche la coyuntura para diversificar sus relaciones exteriores.

América Latina no ha sido capaz de consolidar alianzas internas efectivas y aún muestra de gran dependencia de terceros países»

El asunto es complicado por todas las inercias que vinculan a Estados Unidos y a Latinoamérica, y por la debilidad estructural que caracteriza a la región. A esto se le suma su cada vez menor relevancia sistémica y la incapacidad para resolver crisis internas de manera autónoma. Ni siquiera las alianzas regionales han servido para buscar salidas a los conflictos que afectan al continente, y a menudo la sombra de potencias extranjeras sobrevuela la política interna.

Como ejemplo, el apoyo de China y Rusia al gobierno de Nicolás Maduro, la presión de Francia para intervenir en la gestión del Amazonas después de los incendios del año pasado o el papel activo en la gestión del proceso de paz en Colombia. América Latina no ha sido capaz de consolidar alianzas internas efectivas y aún muestra una gran dependencia de terceros países. Por ello, aun cuando Estados Unidos desapareciera del planeta, los países latinoamericanos seguirían mostrando una gran dependencia del exterior, lo que dificulta el desarrollo y la consolidación de un proyecto autónomo.

Los cambios en el tablero pueden ser una oportunidad para la región. Pero solo si es capaz de aprovechar la competencia entre las grandes potencias para fortalecer su capacidad negociadora, equilibrar la balanza y ganar mayor autonomía. Si únicamente se limita a sustituir de manera progresiva su dependencia de Estados Unidos por una nueva con el eje China-Rusia, poco habrá cambiado en términos estructurales.

La autonomía política y económica debe ser un objetivo para la política latinoamericana. La dependencia de grandes centros de poder ha sido una constante a lo largo de su historia y, parece que, al menos a corto plazo, una realidad de su presente.

Foto de Presidencia de la República Mexicana en Foter.com / CC BY

Proceso constituyente e indígenas de Chile

Un año se cumplió esta semana del denominado Acuerdo por la Paz que fue firmado por casi todos los partidos políticos del Congreso y que elaboró el actual derrotero constitucional en el que se encuentra Chile. Es importante puntualizar que dicho acuerdo fue producto de las multitudinarias movilizaciones acaecidas a partir de octubre de 2019 en todo el país.

El acuerdo estableció que se haría un plebiscito para consultarle a la ciudadanía si optaban por remover la actual Constitución (la impuesta por la dictadura). También se debía decidir por dos opciones, en el caso de triunfar la alternativa de cambiar la Constitución vigente: mediante una convención constitucional (enteramente elegida por votación popular); y una convención mixta (compuesta la mitad por parlamentarios y la otra mitad, los electos por la ciudadanía). Triunfaron ampliamente las opciones: cambiar la Constitución de Pinochet mediante una convención constitucional. Para esta se ha asegurado paridad de género, no así escaños reservados para pueblos indígenas.

La semana pasada se suspendió de nuevo la discusión acerca de los escaños reservados para los pueblos originarios en la Convención Constitucional»

Y es que la semana pasada se suspendió de nuevo la discusión acerca de los escaños reservados para los pueblos originarios en la Convención Constitucional. Esto ha causado problemas políticos, ya que el mismo día que se postergó la votación de escaños reservados, el nuevo ministro del Interior, Rodrigo Delgado (tercero desde el inicio del gobierno de Sebastián Piñera) viajó junto al presidente Piñera a la región de la Araucanía en el sur del país. La visita oficial buscaba utilizar una vez más el ya centenario conflicto entre el Estado chileno y el pueblo mapuche como contexto para demostrar una fuerza y control que perdió de forma vergonzosa desde la revuelta de octubre pasado.

Esta situación puede parecer a priori como algo habitual, o incluso lógico en cuanto a los procedimientos parlamentarios o de gobierno. Sin embargo, representa las últimas expresiones de una relación colonial que ha establecido el Estado con los pueblos indígenas. Un imaginario instaurado desde la consolidación territorial de Chile como país y en el cual nunca se consideró la presencia y, menos aún, la influencia de los pueblos indígenas que, a la postre, fueron fagocitados por la idea de un Estado para una nación. El Estado decimonónico, uninacional, unicultural y asimilacionista persiste aún, sin haber variado en lo sustancial.

Se trata de una relación asimétrica de dominación con manifestaciones concretas, una naturalización de jerarquías territoriales, raciales, epistémicas en cuanto a la institucionalidad del país. Esta situación tiene su expresión política en la falta de experiencias sistemáticas de participación de los indígenas en la vida política del país. Un repaso de las autoridades designadas o elegidas en el país desde 1990 hasta la actualidad evidencia que la presencia indígena en cargos de importancia es marginal, con contadas y ocasionales excepciones.

Por eso, no sorprenden las sucesivas suspensiones de la votación acerca de los escaños reservados para los indígenas. Esta actitud no solo responde a cuentas coyunturales y electorales de los parlamentarios, sino que también es una expresión de un continuum en cuanto a la forma de relacionarse con los pueblos indígenas que son constantemente relegados a puestos secundarios, simbólicos y sin incidencia real. Esto, pese a que según el último censo de 2017, un 12,8% de la población se autoidentifica como miembro de algunos de los pueblos originarios existentes en el país. Aun así, jamás han sido reconocidos constitucionalmente.

Este  punto de inflexión de la discusión constitucional debería ser una oportunidad, no solo para un más que tardío reconocimiento de los pueblos originarios, sino que, como plantean diferentes organizaciones indígenas, para debatir el reconocimiento de Chile como un Estado plurinacional. Una forma de contribuir a ello (no la única obviamente) es aprobar y asegurar la participación de los diez pueblos indígenas existentes en el país a través de escaños reservados.

Por lo pronto, dicha discusión se encuentra entrampada. Esto, pese a que el pasado 30 de octubre se aprobó en la comisión constitucional del Senado la propuesta de la oposición que plantea crear 24 curules reservados que se sumarían a los 155 convencionales generales que fueron aprobados en el plebiscito de octubre. Para que la propuesta sea aprobada se necesitan 26 votos, pero la oposición cuenta únicamente con 24.

Queda por verse cuál será el desenlace. Si se alcanzan los votos necesarios o si, por el contrario, se cederá a las exigencias de la coalición gobernante cuyos líderes utilizan argumentos falaces, como la presidenta de la UDI (partido de derecha y oficialista), quien afirma que, si se dan cupos a los indígenas, también deberían otorgársele a la Iglesia evangélica. Esta visión colonialista y racista ignora, sin duda, la deuda histórica que tiene el Estado con los pueblos originarios, debido al despojo al que han sido sometidos. Esta visión ignora, además, que son naciones diferentes, sujetas a derechos colectivos, tal como lo reconoce el derecho internacional.

En otras organizaciones, particularmente mapuches, existen voces disonantes que no concuerdan con ninguna de las propuestas. Estas plantean que no necesitan ser reconocidos por el Estado y que no participan en el proceso constituyente porque no lo entienden como un nuevo modo de asimilación, ya que no se considera la autonomía. Estas facciones afirman que continuarán con su lucha en sus territorios del sur de Chile. 

Se puede argumentar, como plantea el historiador mapuche Fernando Pairican, que lo que está en juego es ‘una profundización de un poder político indígena autónomo de las naciones originarias”

Hay varios aspectos del proceso que pueden ser criticados. Por ejemplo, que se haya votado el plebiscito sin haberse establecido previamente los detalles de los escaños reservados, la falta de participación de algunas organizaciones en el debate, o incluso los cálculos electorales que los partidos políticos de Chile están realizando de manera estratégica. Pero, por otra parte, se puede argumentar, como plantea el historiador mapuche Fernando Pairican, que lo que está en juego es “una profundización de un poder político indígena autónomo de las naciones originarias”. La presencia de voz y voto indígena proporcional a su población en la Constituyente representaría un cambio significativo.

La encrucijada abierta a partir de octubre 2019 representa un potencial cambio de paradigma en cuanto a la forma en la cual el Estado se relaciona con los pueblos indígenas de Chile. Y aunque la historia reciente y pasada no es demasiado alentadora, podría ser un punto de inflexión. Esto, pese a la sombra gatopardista de la transición (cambiar para permanecer) que se cierne sobre el proceso constituyente.


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Foto de membros do Parlamento em Foter.com / CC BY-NC-ND

Política: “latinoamericanización» vs. populismo

Las elecciones presidenciales del pasado 3 de noviembre en Estados Unidos se caracterizaron por una sucesión de actitudes y comportamientos que han generado inquietud tanto a élites como a ciudadanos. Las denuncias de fraude y la negación de los resultados por parte de Donald Trump han provocado preocupación no solo en el partido Demócrata, sino también entre algunos dirigentes del partido Republicano. El sistema ha sido atacado y la solidez de la democracia norteamericana, tan icónica desde el mito fundacional, puesta en duda. Una vez confirmada la victoria del candidato demócrata Joe Biden, el comportamiento del presidente saliente no ha dejado a nadie indiferente. Acusaciones sin fundamento de fraude electoral, afirmaciones sobre una victoria “convincente” y la confusión al llamar a los votos por correo como ilegales han hecho que, para algunos analistas, la política en Estados Unidos se haya “latinoamericanizado”.

¿Norteamérica se resiste a admitir que sufre por primera vez en sus carnes el fenómeno del populismo?»

Pero ¿realmente existe el concepto de “latinoamericanización” como tal o es que, en realidad, Norteamérica se resiste a admitir que sufre por primera vez en sus carnes el fenómeno del populismo? Al emplear el término “latinoamericanización”, los líderes de opinión son incapaces de explicar todo lo que esconde la nueva situación política de Estados Unidos. Más bien, parece que este concepto únicamente es usado de forma peyorativa para criticar el comportamiento de Donald Trump. Si tomamos referentes teóricos que nos permitan categorizar lo que ha dicho y hecho el hasta ahora presidente, podríamos encontrar rasgos cercanos al populismo.

El populismo se sustenta en un líder carismático que se erige como guía de su pueblo, infantilizándolo. Carga sobre sus hombros un mandato (en algunos casos divino) para lograr el progreso, bienestar y una sociedad feliz, pero enfrentándose a quienes se oponen al proyecto del “infalible” líder y los identifica como los “atrasapueblos”, la “oligarquía”,  o con un sinnúmero de términos peyorativos. El líder no admite competencia ni oposición al ser él  quien “mejor” conoce las necesidades de la gente y, sobre todo, es el único que tiene la “fórmula mágica” para atenderlas. De este modo, las acciones del líder se convierten en una lucha del bien contra el mal, del “mesías” contra los “enemigos del pueblo”.

Y en América Latina, el populismo ha encontrado tradicionalmente un caldo de cultivo perfecto para integrarse en la cultura política de sus países. Se ha sustentado, sobre todo, en la movilización política de sectores excluidos, que han encontrado en estos liderazgos la forma de involucrarse en la disputa del poder, y también de depositar sus expectativas de solución a sus problemas ante la percepción de ineficacia de las instituciones políticas. No es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha, sino de todos aquellos que, sintiéndose apartados del sistema, confían en un mesías que rompa con las viejas estructuras de poder que dejan sin oportunidades a miles de personas.

Desde Getúlio Vargas, Jorge Eliécer Gaitán, Lázaro Cárdenas, Carlos Menem, José María Velasco Ibarra y Juan Domingo Perón en el siglo XX, llegamos a Hugo Chávez, Rafael Correa, Lula da Silva y Alberto Fujimori en el actual siglo. Pero hace tiempo que el populismo traspasó las fronteras latinoamericanas, tal como demuestran los liderazgos de Marine Le Pen en Francia, Pablo Iglesias en España o Matteo Salvini en Italia. Esto, ¿significaría que existe una “latinoamericanización” en algunos países de Europa? De ninguna manera.

El populismo ha sido una característica de la política en América Latina, sí, pero esto no quiere decir que exista una categoría analítica denominada ‘latinoamericanización”

El populismo ha sido una característica de la política en América Latina, sí, pero esto no quiere decir que exista una categoría analítica denominada “latinoamericanización”. Simple y llanamente, es populismo. Un populismo que ha logrado penetrar en sociedades con democracias aparentemente más consolidadas que las latinoamericanas y que han puesto en jaque por primera vez a las instituciones y creado fracturas sociales nunca antes vistas.

El Estados Unidos actual es un ejemplo. El discurso de Trump ejemplifica la encarnación de la voluntad popular en el líder (“la gente grita PARAR EL CONTEO Y DEMANDAMOS TRANSPARENCIA”), la utilización de las instituciones democráticas para llegar al poder y su posterior rechazo (“las maquinarias de las grandes ciudades son corruptas, esta es una elección robada”), la distinción de un “nosotros” frente a un “ellos” en la dicotomía del “bueno” vs. el “malo” (“nosotros hemos ganado las elecciones si se cuentan los votos legales”, “los demócratas son comunistas, aliados de Fidel Castro”), un discurso polarizador (“esto es un fraude para el público estadounidense y una vergüenza para nuestro país”) y la lucha moral y ética del pueblo encabezada por un dirigente liberador.

Las actitudes del presidente Trump han sentado un precedente nefasto en la historia de los Estados Unidos. Lo sucedido puede socavar la confianza en las instituciones, debilitándolas, y creando un espacio para que, en el futuro, existan políticos con la misma práctica populista, desconozcan la institucionalidad democrática, pero afectando con ello al Estado de derecho y atentando contra la calidad de la democracia en un país que, históricamente, ha sido referente para las poliarquías occidentales.

El reto, para el próximo Gobierno, aparte de reconciliar a un país dividido, es fortalecer la confianza de su población en la democracia y en el propio sistema político estadounidense a través de una respuesta eficaz a las principales demandas de su gente. Esto permitirá fortalecer la confianza en la institucionalidad antes que en los liderazgos “mesiánicos” en la política. El desafío para el Gobierno demócrata está lejos de finalizar; recién empieza.


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Foto del Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY

Derecha gana elecciones municipales de Brasil

La elección municipal del domingo pasado consolidó el avance de los partidos de derecha en Brasil. Este avance se produjo principalmente sobre los partidos de centro, pero también atrajo votos de los partidos de izquierda.

No es trivial clasificar los partidos políticos en términos ideológicos, siempre hay alguna controversia, sin embargo, es posible señalar que entre los principales partidos políticos brasileños, el PCdoB, el PSOL, el PT, el PSB y el PDT se posicionan de centro a izquierda, el PSDB y el PMDB son los partidos de centro, mientras que el PSD, el PTB, el DEM, Republicanos, Progresistas, el PSC y el PSL son los partidos de centro a la derecha.

Lo que ocurrió en las elecciones locales de noviembre de 2020 fue una pérdida de más de 11 millones de votos de los partidos de centro»

Desde esta perspectiva, lo que ocurrió en las elecciones locales de noviembre de 2020 fue una pérdida de más de 11 millones de votos de los partidos de centro: el PMDB perdió más de 4 millones y el PSDB, casi 7 millones. La izquierda perdió menos, unos 4,5 millones de votos, concentrados principalmente en la RSP, que perdió más de 3 millones. El PT y el PSOL ganaron un puñado más de votos en comparación con 2016, pero el PT volvió a perder los ayuntamientos.

Si el centro y la izquierda están amargados por este gran contratiempo, los partidos de la derecha pueden celebrar porque han hecho un avance muy significativo. Los siete principales partidos de derecha han pasado de 28,5 millones de votos en 2016 a más de 39 millones en la actualidad, un avance de más de 10,5 millones de votos. Esta cantidad se expresa en el número de ayuntamientos ganados y la población gobernada. La derecha se está consolidando como el polo ideológico que gobernará a la mayor parte de los brasileños a partir de 2021.

Ante esta situación, hay que hacer dos preguntas. Una es saber qué impacto pueden tener los resultados de las elecciones de 2020 en las elecciones de 2022. Otra es saber qué influencia pueden tener los resultados en el gobierno de Jair Bolsonaro. Intentemos responderlas.

En 2012, el Partido de los Trabajadores (PT) amplió su electorado, conquistó importantes ciudades, entre ellas São Paulo, y se convirtió en el partido que gobierna el mayor contingente de población del Brasil. El éxito de 2012 no fue suficiente para garantizar la tranquilidad del partido en los años siguientes, por el contrario, a partir de 2013 el país se vio sacudido por las masivas manifestaciones populares que tenían al partido en la mira. La presidenta Dilma Rousseff fue reelegida por un pequeño margen en 2014 y fue destituida en 2016.

En esta situación de crisis del PT, el Partido de la Democracia Social Brasileña (PSDB), principal partido de la oposición, fue el gran ganador de las elecciones municipales de 2016. Recuperó la ciudad de São Paulo y conquistó otros municipios importantes. Sin embargo, fracasó en 2018. Tuvo una deficiente e inesperada actuación ante la historia electoral del partido en las elecciones presidenciales y el éxito de la anterior elección municipal. En otras palabras, el éxito en la elección municipal no es garantía de éxito en la próxima elección presidencial. Las dos elecciones son muy diferentes y el resultado de una de ellas nos permite anticipar muy poco, casi nada, sobre los resultados de la otra. Con esto se puede decir que la victoria de la derecha no significa ahora la certeza de que la derecha ganará en 2022.

Muchos analistas políticos, académicos y periodistas se apresuraron a decir que el presidente es el gran perdedor de las elecciones. Nada más falso»

En cuanto al gobierno de Bolsonaro, muchos analistas políticos, académicos y periodistas se apresuraron a decir que el presidente es el gran perdedor de las elecciones. Nada más falso. Al principio, es más difícil estimar el desempeño electoral del actual presidente. En 1996, dos años después de la victoria de Fernando Henrique Cardoso, el PSDB avanzó mucho; en 2004, después de Lula, el PT también avanzó mucho, como lo hizo en 2012, después de Dilma. Bolsonaro, sin embargo, no tiene partido, dejó el PSL, no creó el partido Alianza por Brasil y sus seguidores están dispersos en varios partidos. No es posible utilizar el indicador de los ayuntamientos y los votos ganados para medir su éxito o fracaso.

El presidente puede haber apostado por malos candidatos o incluso puede haber perjudicado a algunos de ellos con su apoyo. Es cierto que la mayoría de los políticos locales que recibieron su apoyo se hundieron, como Russomano, Sartori, la delegada Patricia y Wal do açaí. Incluso los que triunfaron, como Crivella, el capitán Wagner y Carlos Bolsonaro, estuvieron muy lejos de lo que se podía esperar, dado el apoyo presidencial explícito. Sin embargo, los partidos de derecha, que ganaron las elecciones municipales, y los partidos del centro, que se redujeron pero siguen siendo grandes, son todos fieles partidarios de las políticas del gobierno federal en el Congreso. De esta manera, podemos decir que el bolsonarismo no fue derrotado, sino que los resultados de la campaña electoral en 2020 fueron muy satisfactorios para el gobierno de Bolsonaro.

Es cierto que algunos de estos partidos de centro y derecha buscan una alternativa política al bolsonarismo. El presidente es visto como un elefante en una cristalería y quien causa cierta repulsión incluso entre los políticos conservadores que preferirían a alguien con las mismas posiciones políticas, pero más refinado o disimulado.

Los partidos del centro y de la derecha, llamados erróneamente centro, buscan un nombre capaz de superar el bolsonarismo. Este nombre podría ser el de João Dória, Luciano Huck, Sérgio Moro o Luiz Henrique Mandetta, políticos de la derecha brasileña con las mismas propuestas, pero más civilizados. Si este nombre surge y logra reunir una porción del electorado capaz de llevarlo a la segunda vuelta, Bolsonaro se verá seriamente amenazado. Si este candidato de la derecha no tiene éxito y el oponente del presidente es alguien de algún partido de izquierda, estos partidos de centro y derecha abrazarán con gusto al bolsonarismo de nuevo, no lo duden.

Foto del Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY-NC-SA


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¿Cómo llegó Trump tan lejos?

Creer que el triunfo de Joe Biden es el final del drama que se ha desarrollado desde enero de 2016 es un ejemplo de espejismo de consecuencias fatales. Pretender que esos millones de votantes, que han seguido a Donald Trump hasta el final, desaparecerán del mapa el 20 de enero con la toma de posesión de Biden y Kamala Harris revela una ceguera de cuánto Estados Unidos ha variado en las más recientes generaciones. Pero lo que resulta todavía más preocupante no es la supervivencia de la ideología de los que encumbraron a Trump. El enigma es cómo ese largo tercio del electorado ocupó un territorio vital.

Numerosos observadores de la evolución del alma política norteamericana levantaron durante los últimos meses voces de alarma. Se preguntaban acerca de la peligrosa conversión del sistema político norteamericano en una imitación insólita del tejido existente en otros países que habían caído en las redes del autoritarismo.

Mucho peor, habían sido engullidos por las ideologías extremas que aparecieron en Europa en la década de 1930. Estas impelieron a países de larga tradición cultural a convertirse en dictaduras totalitarias. Estas voces avanzaron la comparación de lo que estaba sucediendo mediante la aplicación de los caprichos de Trump, convertidos en políticas que se asemejaban a los prácticos programas del régimen de Hitler desde 1933.

En la sociedad de Estados Unidos del principio del nuevo siglo se comenzó a detectar la existencia de unos amplios sectores que se sentían arrinconados, decepcionados y aislados» 

En la sociedad de Estados Unidos del principio del nuevo siglo se comenzó a detectar la existencia de unos amplios sectores que se sentían arrinconados, decepcionados y aislados.  No eran los tradicionales enclaves de minorías raciales o restos de los inmigrantes europeos que no habían encajado totalmente en el tejido social y económico.

Eran, por así decirlo, “americanos de pura cepa”. Veían que el sueño americano se comenzaba a trocar en una hiriente pesadilla, de la que no conseguían despertar a pesar de haber cumplido fielmente con la cartilla de urbanidad que el sistema les había entregado a sus padres o abuelos.

Los sueldos no estaban al nivel del creciente coste de vida. Las hipotecas se comían gran parte de los ingresos. Si eran habitantes de las zonas rurales, se sentían apresados por unas fronteras invisibles. Si crecían con una educación básica, el acceso a la universidad estaba limitado por sus ingresos o por el coste estratosférico de las instituciones privadas. Había que buscar una explicación a esa aparente estafa.

Esa no era la América, en fin, que se les había prometido. Se imponía con urgencia hallar los culpables para ese fraude. Además, era necesario detectar la existencia de unos nuevos líderes que no podían ser ese establishment odioso y corrupto de Washington. De repente, huérfanos de otra dirección, ese espacio fue ocupado por un “outsider”, Donald Trump. Llegaba impoluto, sin la mácula de la política tradicional. Garantizaba la descontaminación de la ciénaga de Washington.

En una nación razonablemente educada, resultaría verdaderamente una proeza haber seguido las melodías de un flautista que les había revelado las causas de su infortunio»

En una nación razonablemente educada, resultaría verdaderamente una proeza haber seguido las melodías de un flautista que les había revelado las causas de su infortunio. Como Hitler embelesó a un pueblo culto como el alemán de la entreguerra convulsa, Trump fascinó con sus simplistas soluciones.

En Alemania, el deterioro urbano se atribuyó a la pretendida captura de ciertos negocios por los judíos. La solución comenzó con la rotura de los escaparates de las tiendas, la prohibición de ejercer ciertas profesiones y, por fin, el encarcelamiento. El pueblo, culto y disciplinado, se engulló la mentira sin rechistar.

El régimen vendió certeramente la supuesta necesidad de ampliar el territorio por la llamada del Lebensraum. La simple solución era el Anschluss de Austria, y luego el mordisco a los territorios étnicamente alemanes en Checoslovaquia. El pueblo aplaudía, pero no parecía satisfecho: se debía invadir Polonia y luego enfrentar la protesta anglofrancesa con el Blitzkrieg contundente. Los alemanes vitoreaban, mientras se desfilaba triunfalmente alrededor del Arco del Triunfo.

Al subir Trump al trono, muchos norteamericanos que habían sido atraídos por las zonas urbanas, comprobaban que las nítidas vecindades de los suburbios terminaban contaminadas por la invasión de las minorías raciales, antes apenas detectadas. Se sentían incómodos compartiendo el espacio con negros y, lo que les resultaba más hiriente, con los hispanos, que además hablaban una lengua incomprensible. Y, en su mayoría, eran acusados de ser narcotraficantes.   

El remedio de la Casa Blanca fue cerrar la frontera a los invasores con una valla por construir y prometer que la pagarían los propios mexicanos. Se siguió por dividir las familias de los que ya habían ingresado, ponerles trabas para asistir a la universidad y retrasar su ciudadanía hasta el máximo.

Los “americanos de toda la vida” quedaron embelesados. Y el Partido Republicano se satisfacía con la renovación de sus cargos en el Senado. Medidas arbitrarias bordeaban la inconstitucionalidad. Pero la meta de “hacer América de nuevo grande” se convertía en la consigna central.

En la Alemania del ascenso de Hitler todo se supeditaba al mismo fin de restablecer o inventar las glorias del pasado, a los acordes de una ópera de Wagner. La ausencia de cuestionamiento de la soberanía del fuhrer garantizaba el cumplimiento del guion.

Creerse ser la mejor nación de Europa justificaba la locura de la invasión de la Unión Soviética, sin reparar que semejante operación causó la caída de Napoleón. El Partido Nacional Socialista garantizaba el orden y las SS heredaban el papel de las camisas pardas para domesticar a la Wehrmacht que se engulló a los militares profesionales, que no habían digerido bien la derrota de 1918.

El desastre que comenzó en Estalingrado y que culminó con las tropas rusas alzando la bandera en la cúspide del Reichstag estuvo remachado por los bombardeos aliados que dejaron Dresde y Hamburgo en ruinas, pobladas por millones de soldados errantes, mientras todavía se olfateaban los hornos de los campos de exterminio y un millón de mujeres alemanas de todas las edades eran violadas. La sentencia fue tan contundente que solamente así los alemanes aprendieron la lección y se convirtieron en modelo de cooperación en Europa y en el mundo.

Pero se ignora cómo podría haber terminado la aplicación de la misma estrategia si el plan de desgobierno de Trump hubiera seguido la misma senda. Ahora solamente han quedado en silencio los setenta millones que lo han votado para “hacer América grande de nuevo”. Pero también quedan incólumes las SS del Senado republicano y los recientes infiltrados en el Tribunal Supremo. Es una tarea gigantesca de desnacificación para Biden, sin juicios al estilo de Nuremberg.  

Foto de alisdare1 en Foter.com / CC BY-SA  

COVID-19, economía y política en América

La pandemia de la COVID-19 se mantiene. El crecimiento del número de contagios y la cantidad de personas activas en Europa y América dan cuenta de una reactivación de la enfermedad en esas zonas. En algunos países no se logró controlar significativamente el auge de la enfermedad y en semanas recientes se observa un nuevo incremento. Se destaca Estados Unidos, en medio de su largo proceso electoral, con cifras de contagios que recientemente superan cien mil personas por día. Esto indica que en las semanas siguientes las presiones para su sistema de salud pueden ser considerables.

Los sistemas de salud han sido sometidos a un trabajo extremo, sin que necesariamente se hayan realizado en el transcurso de la COVID-19 las inversiones suficientes en ampliación y modernización de las infraestructuras y, menos aún, en la contratación suficiente de más profesionales de la salud con las calificaciones pertinentes. En Europa se destacan las protestas con manifestaciones en las calles por parte de diferentes grupos de personas por las nuevas medidas de confinamiento. 

En Alemania, como en España y en Inglaterra, hay expresiones de esta naturaleza que por ellas mismas no favorecen el control de la COVID-19. En varios países de América hay protestas, pero tienen otros fines. El signo común en la región es objetar los resultados de la gestión económica y social que han dirigido los Gobiernos desde hace años.

En Estados Unidos se mantiene un amplio movimiento social contra el racismo, la brutalidad policiaca, pero también la violencia contra las mujeres. En semanas recientes se enlazó con las elecciones de presidente, Cámara de Representantes, parte del Senado y algunas gubernaturas. Es un tema que obliga a un análisis específico. Por el momento, considérese la notable amplitud del movimiento social contra las desigualdades en un contexto en el que las propuestas del Partido Republicano, que fueron encabezadas por Donald Trump, tienen el apoyo electoral de más 70 millones de personas, el 47,7% de los que ejercieron su voto. En lo inmediato, la gestión de la pandemia y las medidas en materia de política económica avanzarán con dificultades en este contexto.

En América Latina, en lo que respecta al ámbito político, se destacan los movimientos sociales y partidos políticos ubicados en el espacio de la lucha contra la desigualdad social»

En América Latina, en lo que respecta al ámbito político, se destacan los movimientos sociales y partidos políticos ubicados en el espacio de la lucha contra la desigualdad social y las expresiones políticas que la hacen posible. En Chile, un amplio movimiento de personas ganó el plebiscito para legislar una nueva Constitución que será deliberada en una convención constitucional a partir de abril de 2021.

La acción popular deberá continuar. Precisamente, la continuidad en la acción popular y la capacidad para alcanzar metas comunes es un dato relevante del reciente triunfo del MAS en Bolivia. Aún será necesario completar la restauración de la legalidad con la toma de posesión del presidente Luis Arce y después, como lo reconoce el presidente electo, realizar las tareas de mayor envergadura en cuanto a la reconducción de la economía y la política para volver avanzar en la disminución de la desigualdad social y la creación de condiciones para una vida digna de la mayoría de la población.

En este punto se encuentran otros países como México y Argentina, que cuentan con Gobiernos que declaran su distancia con las posiciones neoliberales y deben avanzar en una notable reconstrucción económica y social que sea el asiento de nuevas relaciones políticas en cada país. La pandemia de la COVID-19 complica más la situación, pero, en cierto sentido, obliga a tomar decisiones de mayor alcance en la reorganización de la economía.

En otros países de la región los movimientos sociales se mantienen, con sus formas específicas de desarrollo como en Colombia, sumando las reivindicaciones de los pobladores originales, las mujeres, los pobladores urbanos y la plena ejecución de los acuerdos de paz. En Ecuador, en unos meses se realizarán elecciones presidenciales y legislativas que pueden ser el espacio para el múltiple movimiento partidario y social edificado contra el programa de restauración de las reformas estructurales del gobierno actual y para que alcance un triunfo electoral. La movilización social se da en el difícil contexto de la continuidad de la COVID-19.

En los organismos financieros multilaterales se considera la situación de emergencia, pero no se plantean medidas que efectivamente desborden el espacio de las reformas estructurales»

Todo esto sucede mientras en los organismos financieros multilaterales se considera la situación de emergencia, pero no se plantean medidas que efectivamente desborden el espacio de las reformas estructurales. Se mantiene la idea del choque externo y de que, una vez superada la pandemia, se podrá retornar al comportamiento normal de la economía.

No se reconoce el largo periodo de débil crecimiento en las economías de Europa y de América y el avance de desigualdad social. En octubre, ante la reunión del FMI y el Banco Mundial, se realizó la sesión 42 del Comité Monetario y Financiero Internacional (CMFI), que está integrado por los ministros de Finanzas o los presidentes de los bancos centrales de las principales economías desarrolladas y otros invitados, en la que se reconoce la difícil situación producto de la pandemia.

Pero también se observa que, en adelante, una vez que la crisis de salud quede atrás, se actuará con base en lo que el CMFI define como su agenda previa, a la que se tilda de crisis de salud. Ello implica seguir adelante con las reformas estructurales.

Por el momento, se pone en primer lugar el funcionamiento del sistema monetario internacional, lo que incluye la provisión de cuantiosos recursos por los bancos centrales que permiten la obtención de beneficios de un reducido grupo de participantes en estos mercados, sin que existan mejoras en el resto de las actividades económicas. Para la mayor parte de la población, no hay mejora en sus condiciones de vida. En América Latina, significa el mantenimiento o incremento de la desigualdad social.

Foto de Eneas en Foter.com / CC BY

Siglo XXI: Polarización en América

Co-autora Ana Carola Traverso-Krejcarek

La pandemia puso al mundo de cabeza, sacudió instituciones, generó nuevos conflictos sociales y profundizó los ya existentes. Diversos sistemas políticos en América se vieron afectados con la polarización social e ideológica, la emergencia y fortalecimiento de extremos y la desconfianza hacia la institucionalidad democrática. Para colmo, esto se vio condimentado por oleajes de noticias falsas. Tanto en el norte y sur del continente la situación ha sido igual de crítica. ¿Qué paralelos pueden dibujarse? ¿Existen lecciones de las cuales podemos aprender?

Veamos el caso de Estados Unidos. El éxito de tácticas cuasi de guerrilla en el posicionamiento de mensajes otrora considerados periféricos o extremistas fue contundente. Entre ellos puede mencionarse la utilización de medios de comunicación aparentemente poco apetecidos por las nuevas tecnologías de la información—como la radio de amplitud modulada (AM)—para la difusión de mensajes ultraconservadores. Por citar un ejemplo, la investigación de Brian Rosenwald, publicada en 2019, da cuenta de cómo la industria de la radio fue cooptada por la derecha radical, expandiéndose de cincuenta y nueve a más de mil radios desde la década de 1980.

a retórica ultraconservadora amasó un poder político incuestionable, convenciendo al país de apoyar a un candidato hecho a su medida.

En el proceso, la retórica ultraconservadora amasó un poder político incuestionable, convenciendo al país de apoyar a un candidato hecho a su medida. Hoy continúa demandando aún más radicalidad a través de su retórica y poder de penetración en los hogares de cientos de miles de habitantes. La utilización de radio con fines políticos en países con alta concentración de población rural no es, pues, nueva y se ve reflejada tanto en los Estados Unidos como en muchos países latinoamericanos.

Otro fenómeno para señalar es el hecho de que, en estados como Florida, el rechazo y miedo asociado a la vinculación del partido demócrata con la agenda internacional socialista y los gobiernos autoritarios de Cuba, Venezuela e incluso Bolivia o Nicaragua calaron hondo. Similar situación puede verse entre inmigrantes de primera generación en otros estados, movidos hacia la derecha ante todo por sus deseos de movilidad social y económica.

Esto demuestra que la propaganda híper-segmentada, con mensajes dirigidos hacia públicos con características concretas sí funcionan, porque se utilizaron sin tregua y dieron resultado. Y, ciertamente, la votación de grupos minoritarios importantes como el latino, no es monolítico; no votan en bloque.

Ahora veamos el caso argentino. Los ciudadanos “agrietados” son un síntoma de la polarización en el sur del continente por la distancia ideológica que actualmente los caracteriza: a favor o en contra el kirchnerismo. Con pandemia de por medio, las decisiones políticas del gobierno de Alberto Fernández profundizan el malestar de los disidentes. Esta es una situación muy crítica que divide familias, parejas, compañeros de trabajo y trasciende el plano político. Si consideramos los efectos del COVID-19 y la crisis económica, es preocupante notar la polarización en un país cuyo centro político es ya casi inexistente.     

Ahora veamos el caso de Bolivia. La polarización del país enclaustrado se vive entre quienes apoyan al MAS (partido recientemente electo) y un bloque opositor heterogéneo. El triunfo electoral del MAS marca un fraccionamiento territorial e ideológico que divide al país en dos y evidencia el fracaso de la oposición en producir una propuesta de renovación política. El retorno del discurso indigenista en un país mestizo (según los resultados del censo 2012) constituye el nuevo momento político que no estará exento de profundas tensiones irresueltas.

Discernir entre hechos reales e ideas descabelladas como las teorías de conspiración o aquellas de corte anticientíficas se torna una tarea difícil.

En este escenario de polarización, cambios e incertidumbre, sucumben muchos. Discernir entre hechos reales e ideas descabelladas como las teorías de conspiración o aquellas de corte anticientíficas se torna una tarea difícil. Y como si fuera poco, uno de los ejemplos más preocupantes en el hemisferio norte, la teoría conspirativa de Q Anon tiene ahora simpatizantes incluso entre los nuevos candidatos electos.

El odio fomentado a partir de las noticias falsas es, probablemente, uno de los paralelos que han sufrido los procesos electorales de Estados Unidos y otros países. Se suma la desconfianza a sus tribunales electorales promovidas por fuerzas políticas de extrema derecha. En síntesis, uno de los efectos tóxicos de la polarización es la deconstrucción de la institucionalidad democrática y el cuestionamiento a la razón y ciencia.

La pandemia ha marcado un antes y un después en nuestra forma de vida, relaciones sociales y de trabajo. Hoy esta crisis sanitaria nos encuentra en medio de lo que esperemos sea un cambio de paradigma impulsado por el viraje político norteamericano. La lección que nos deja el proceso electoral estadounidense es el convencimiento de que las profundas heridas abiertas generadas por el discurso permanente de Trump tardarán años en sanar.

Conviene subrayar la urgente necesidad de construir puentes de comunicación y diálogo que nos lleven a conocer, hablar y compartir opiniones de forma constructiva con quienes no conocemos y opinan como nosotros. Si antes se creía que las redes sociales ayudarían a derribar las fronteras físicas entre las personas, hoy sabemos que el modelo de negocios de éstas se basa en la híper realidad, hecha a la medida del usuario, aislándolo aún más del resto de su comunidad y fortaleciendo determinadas creencias y prejuicios.

Esperamos, por el bien de la humanidad, que una de las destrezas ampliamente capitalizadas por el presidente electo Joe Biden—la empatía y habilidad de negociar con el partido contrario— tengan un efecto multiplicador en la titánica tarea de redefinir nuestro ejercicio democrático de todos los días. Si de algo sirvió permanecer en ascuas la primera semana de noviembre esperando ver qué sucedería en Estados Unidos, fue para recargar la esperanza y sentir que una nueva y mejor versión de sociedad es posible.

La polarización en el norte y sur de América marcará la segunda década del siglo XXI dados los efectos del odio hacia lo diferente y la corrosión política producida por la desconfianza a las instituciones democráticas. La corresponsabilidad entre gobernantes y gobernados para superarla es, sin duda, un reto para los países del nuevo mundo en el inicio de este quinquenio.

Foto del Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY

La vacancia de Vizcarra (y sin partido)

El Perú tiene un nuevo presidente. El lunes 9 de noviembre, Martín Vizcarra fue vacado en el cargo por la causal de permanente incapacidad moral. Manuel Merino, congresista por el departamento de Tumbes, quien presidía hasta ese día el Congreso, ha asumido la Presidencia de la república de acuerdo a lo establecido en la Constitución. Una abrumadora votación superó los dos tercios requeridos.

El nuevo Congreso que ha tomado esta decisión fue elegido en enero de este año para completar el periodo del Congreso disuelto. Lo integran nueve partidos políticos, pero ninguno llega al 20% de los escaños.

¿Cómo logran ocho de las nueve bancadas ponerse de acuerdo para vacar a un presidente con apoyo popular? De acuerdo con Ipsos, Martín Vizcarra alcanzó una aprobación del 79% luego de la disolución del Congreso; el 87% en las primeras semanas de lucha contra la pandemia de la COVID-19, y el 54% en octubre, después de librar el primer proceso de vacancia.

Martín Vizcarra era un presidente sin partido político ni bancada»

En primer lugar, Martín Vizcarra era un presidente sin partido político ni bancada. Al disolver el Congreso, no intentó aliarse con alguno de los 24 partidos con inscripción vigente para presentar candidatos al Congreso.

En segundo lugar, en el Perú hay un problema institucional. Los Gobiernos sin mayoría hasta el año 2001 terminaron en golpes de Estado. Entre 2001 y 2016, Gobiernos sin mayoría impidieron una coalición opositora que les permitió terminar su mandato. Ello no ocurrió desde 2016. En los últimos cuatro años, Perú tuvo el primer Gobierno dividido de su historia, cuatro trámites de vacancia presidencial por permanente incapacidad moral, la renuncia anticipada de un presidente, un referéndum que prohibió la reelección parlamentaria inmediata, un pedido del presidente para adelantar elecciones que fue denegado, la primera disolución del Congreso unicameral, elecciones parlamentarias extraordinarias, la primera cuestión de confianza negada a un nuevo gabinete, un vicepresidente que asume el cargo de presidente y es vacado a cinco meses de elecciones generales.

En tercer lugar, la vacancia por permanente incapacidad moral es una institución que ha sido cuestionada en la medida que constituye un término abierto, sujeto a una interpretación que depende del Congreso. En las reformas para optimizar la gobernabilidad democrática, la comisión de reforma política planteó que se elimine, ampliando, de manera acotada, los casos por los que el presidente puede ser acusado durante su mandato.

En el debate público hay dos interpretaciones sobre la causal de vacancia. La primera, que la vincula a una interpretación histórica que la relaciona con la incapacidad mental. La otra apunta a una conducta reñida con el ejercicio del cargo. Como fuere, la vacancia de Alberto Fujimori (2000) y la que libró Pedro Pablo Kuczynski (2018) se fundaron en la calificación de la conducta de los expresidentes. El debate de la vacancia del presidente Vizcarra giró en torno a temas diversos que están relacionados con su gestión gubernamental. Sin embargo, la moción que gatilló el proceso de vacancia lo vinculó a la recepción de sobornos, cuando fue gobernador regional de Moquegua.

En su defensa, sostuvo que en el modelo constitucional peruano, cuando ocurren imputaciones delictivas a altos funcionarios, no se toman decisiones definitivas, “menos aún para vacar a un presidente de la república, alterando el periodo presidencial y modificando el régimen que la Constitución otorga a dicho cargo. En el país, según el diseño constitucional, los presidentes permanecen en funciones cinco años, por lo que una vacancia es una medida excepcional, que solo debe promoverse en circunstancias extremas, no cada mes y medio”. Agregó: “Se ha hecho público que 68 congresistas tienen procesos en investigación en el Ministerio Público ¿Tendrían también que dejar sus cargos por ello? ¿Sin que la investigación fiscal haya sido concluida?».

Vizcarra no pudo librar este segundo proceso de vacancia en menos de dos meses» 

Así, sin un partido político que lo apoye, en un contexto de escalamiento de conflictos entre el Ejecutivo y el Legislativo, y con un fallo pendiente ante el Tribunal Constitucional por la demanda de competencia por uso indebido de la causal de vacancia por permanente incapacidad moral, Vizcarra no pudo librar este segundo proceso de vacancia en menos de dos meses.  La popularidad no fue suficiente. El lunes en la noche anunció que abandonaba el Palacio de Gobierno, que no tomaría medidas legales y que acataba la decisión del Congreso. Se despidió “hasta otra oportunidad”.

El país se encuentra en estado de emergencia por la lucha contra la COVID-19. Durante este estado de excepción, se restringe el derecho a reuniones y el libre tránsito. No obstante, el día de hoy hubo manifestaciones en distintas ciudades del país. Es prematuro para prever si estas manifestaciones son hechos aislados o si pueden crecer en el transcurso de los días. Las elecciones generales se convocaron para el 11 de abril. Lo ocurrido esta semana y la agenda que desarrollen el Ejecutivo y el Legislativo tendrán un impacto directo en la campaña.

Manuel Merino pertenece a uno de los partidos políticos más antiguos en el Perú, Acción Popular, partido de Fernando Belaunde, quien fue dos veces presidente del Perú y de Valentín Paniagua, el antecedente más reciente de un presidente del Congreso que asumió la Presidencia de la república en un contexto muy diferente, durante la crisis política del 2000.  Mientras escribo estas líneas, se anuncia a Antero Flores Araoz Esparza como presidente del consejo de ministros. Político con mucha experiencia, fue presidente del Partido Popular Cristiano, presidió el Congreso durante el gobierno de Alejandro Toledo y, posteriormente, fue ministro de Defensa durante el gobierno de Alan García. Ha sido diputado del Congreso Constituyente Democrático. El talante democrático del nuevo presidente del consejo de ministros y su amplia experiencia parlamentaria le permitirán tener el voto de confianza del Congreso, lo que debe ocurrir en los 30 días siguientes a la juramentación. Flores Araoz facilitará un entendimiento con el Congreso, donde Acción Popular cuenta con poco menos del 20% de los escaños, a fin de garantizar continuidad hasta el 28 de julio de 2021, fecha en la que asume el presidente que celebrará el bicentenario de la independencia del Perú.

Foto de Presidencia Perú en Foter.com / CC BY-NC-SA

Trump: mentiras, lección para los medios

Donald Trump perdió las elecciones presidenciales estadounidenses, pero aún prefiere vivir en el mundo alternativo que le ha creado su propia propaganda. En este universo bizarro, se le considera un héroe invencible de proporciones míticas que decide qué está bien y qué está mal, qué es falso y qué no. En verdad, Trump primero mintió diciendo que ganó las elecciones y luego durante días negó su innegable derrota, pero en el trumpworld, el líder sigue siendo considerado como el vencedor. Esta negación fanática de la realidad constituye una esencia clave del trumpismo.

Es necesario pensar en las causas que hicieron posible que Estados Unidos hubiera producido, elegido y ahora haya despedido a un líder que presentó una combinación populista de derecha tan desastrosa de negación de la ciencia con respecto a la COVID- 19, además del racismo, la violencia, la corrupción y tanto las posiciones como las acciones fallidas en términos de economía, política, salud, cambio climático, impuestos y desigualdad de ingresos. Una parte clave de la explicación son las mentiras. En resumen, una causa fundamental para el éxito del trumpismo fue que los trumpistas manufacturaron, circularon y vendieron mentiras, y muchos estadounidenses se compraron estas mentiras.

La fabricación de desinformación será recordada como la marca registrada de la historia del trumpismo»

La fabricación de desinformación será recordada como la marca registrada de la historia del trumpismo. Pero no debemos olvidar que una lección igualmente significativa es que el trumpismo tuvo éxito porque las noticias reales han sido constantemente minimizadas en los medios por la amplificación de la propaganda gubernamental.

Como candidato en 2016, y antes de eso, Trump utilizó el «birtherism» (mentiras racistas que sostienen que el presidente Barack Obama no nació en los EE. UU.), y otras teorías conspirativas para presentarse como un actor político clave. Como presidente, alcanzó un nivel completamente nuevo de propaganda con sus falsedades sobre minorías, inmigrantes y, por último, pero no menos importante, el coronavirus

Por eso, de todas las cosas que se han dicho sobre Donald Trump, la comparación con uno de los mentirosos más infames de la historia, el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, sigue siendo la más extrema y, sin embargo, la más precisa. La razón de esto es simple: Trump miente con técnicas de propaganda fascista.

Al explicar por qué Donald Trump miente tanto, el presidente electo Joe Biden recurrió recientemente a una comparación histórica adecuada, diciendo que Trump miente “como Goebbels. Dices la mentira lo suficiente, sigues repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola, y la mentira se vuelve un conocimiento común». Como muchos historiadores del fascismo y el populismo, creo que Biden está en lo correcto, aunque, como explico en mi trabajo sobre la historia de las mentiras fascistas, Goebbels nunca dijo que repetir mentiras fuera parte de su estrategia. De hecho, al igual que Trump, creía en las mentiras que él mismo fabricó.

Sin duda, la mayoría de los políticos mienten, pero como mentiroso, Trump juega en una liga diferente. Desde una perspectiva histórica, no hay duda de que Trump participa de una tradición de mentiras totalitarias que no tiene nada que ver con las mentiras convencionales de los políticos tradicionales tanto de izquierda como de derecha. Y aquí la crítica de Biden es correcta.

Trump miente como el líder de una secta»

Trump miente como el líder de una secta. Cree que sus mentiras están al servicio de una verdad más amplia, que se basa en la fe que él mismo personifica. La historia del fascismo presenta multitud de casos de este tipo de mentirosos que creen y quieren cambiar el mundo para ajustarlo a sus mentiras, desde Benito Mussolini hasta Adolf Hitler y muchos otros dictadores e ideólogos.

Hay una cronología de mentiras totalitarias. Los fascistas aumentaron y dominaron la fabricación de mentiras después de años de estar en el poder. Lo mismo pasó con el trumpismo, y el paroxismo de la mentira alcanzó su punto culminante en los últimos días con las mentiras sobre el fraude y los votos ilegales.

Pero la verdadera noticia es que Trump ya no podrá fabricar y difundir mentiras desde la Casa Blanca. Y al menos en estos días, ya no hay un ciclo de noticias centrado en Trump. La circulación por los medios de las mentiras de Trump fue moneda común en los últimos cuatro años, pero esto ha cambiado con la derrota de Trump. Pero ¿aprenderán los medios la lección y no pondrán la propaganda trumpista por encima de todo en las próximas semanas, meses y años?

Esta lección también se aplica a los aliados de Trump a escala global. Como Trump, populistas posfascistas como Jair Mesías Bolsonaro, en Brasil, o Narendra Modi, en la India, han mentido durante muchos años, más recientemente sobre el coronavirus y, como Trump, lo han utilizado como excusa para promover sus vocaciones totalitarias. No es casualidad que la represión y la violencia aumentaron en Estados Unidos, la India y Brasil, al mismo tiempo que estos países se convirtieron en los más afectados por el virus. Biden tiene razón: Trump ha mentido como Goebbels. Si no se aprende esta lección y se hacen circular acríticamente las mentiras de tipo fascista, la democracia se verá nuevamente amenazada por futuras formas de trumpismo.

Foto de Gage Skidmore en Foter.com / CC BY-SA


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