Una región, todas las voces

Política: “latinoamericanización» vs. populismo

Las elecciones presidenciales del pasado 3 de noviembre en Estados Unidos se caracterizaron por una sucesión de actitudes y comportamientos que han generado inquietud tanto a élites como a ciudadanos. Las denuncias de fraude y la negación de los resultados por parte de Donald Trump han provocado preocupación no solo en el partido Demócrata, sino también entre algunos dirigentes del partido Republicano. El sistema ha sido atacado y la solidez de la democracia norteamericana, tan icónica desde el mito fundacional, puesta en duda. Una vez confirmada la victoria del candidato demócrata Joe Biden, el comportamiento del presidente saliente no ha dejado a nadie indiferente. Acusaciones sin fundamento de fraude electoral, afirmaciones sobre una victoria “convincente” y la confusión al llamar a los votos por correo como ilegales han hecho que, para algunos analistas, la política en Estados Unidos se haya “latinoamericanizado”.

¿Norteamérica se resiste a admitir que sufre por primera vez en sus carnes el fenómeno del populismo?»

Pero ¿realmente existe el concepto de “latinoamericanización” como tal o es que, en realidad, Norteamérica se resiste a admitir que sufre por primera vez en sus carnes el fenómeno del populismo? Al emplear el término “latinoamericanización”, los líderes de opinión son incapaces de explicar todo lo que esconde la nueva situación política de Estados Unidos. Más bien, parece que este concepto únicamente es usado de forma peyorativa para criticar el comportamiento de Donald Trump. Si tomamos referentes teóricos que nos permitan categorizar lo que ha dicho y hecho el hasta ahora presidente, podríamos encontrar rasgos cercanos al populismo.

El populismo se sustenta en un líder carismático que se erige como guía de su pueblo, infantilizándolo. Carga sobre sus hombros un mandato (en algunos casos divino) para lograr el progreso, bienestar y una sociedad feliz, pero enfrentándose a quienes se oponen al proyecto del “infalible” líder y los identifica como los “atrasapueblos”, la “oligarquía”,  o con un sinnúmero de términos peyorativos. El líder no admite competencia ni oposición al ser él  quien “mejor” conoce las necesidades de la gente y, sobre todo, es el único que tiene la “fórmula mágica” para atenderlas. De este modo, las acciones del líder se convierten en una lucha del bien contra el mal, del “mesías” contra los “enemigos del pueblo”.

Y en América Latina, el populismo ha encontrado tradicionalmente un caldo de cultivo perfecto para integrarse en la cultura política de sus países. Se ha sustentado, sobre todo, en la movilización política de sectores excluidos, que han encontrado en estos liderazgos la forma de involucrarse en la disputa del poder, y también de depositar sus expectativas de solución a sus problemas ante la percepción de ineficacia de las instituciones políticas. No es patrimonio ni de la izquierda ni de la derecha, sino de todos aquellos que, sintiéndose apartados del sistema, confían en un mesías que rompa con las viejas estructuras de poder que dejan sin oportunidades a miles de personas.

Desde Getúlio Vargas, Jorge Eliécer Gaitán, Lázaro Cárdenas, Carlos Menem, José María Velasco Ibarra y Juan Domingo Perón en el siglo XX, llegamos a Hugo Chávez, Rafael Correa, Lula da Silva y Alberto Fujimori en el actual siglo. Pero hace tiempo que el populismo traspasó las fronteras latinoamericanas, tal como demuestran los liderazgos de Marine Le Pen en Francia, Pablo Iglesias en España o Matteo Salvini en Italia. Esto, ¿significaría que existe una “latinoamericanización” en algunos países de Europa? De ninguna manera.

El populismo ha sido una característica de la política en América Latina, sí, pero esto no quiere decir que exista una categoría analítica denominada ‘latinoamericanización”

El populismo ha sido una característica de la política en América Latina, sí, pero esto no quiere decir que exista una categoría analítica denominada “latinoamericanización”. Simple y llanamente, es populismo. Un populismo que ha logrado penetrar en sociedades con democracias aparentemente más consolidadas que las latinoamericanas y que han puesto en jaque por primera vez a las instituciones y creado fracturas sociales nunca antes vistas.

El Estados Unidos actual es un ejemplo. El discurso de Trump ejemplifica la encarnación de la voluntad popular en el líder (“la gente grita PARAR EL CONTEO Y DEMANDAMOS TRANSPARENCIA”), la utilización de las instituciones democráticas para llegar al poder y su posterior rechazo (“las maquinarias de las grandes ciudades son corruptas, esta es una elección robada”), la distinción de un “nosotros” frente a un “ellos” en la dicotomía del “bueno” vs. el “malo” (“nosotros hemos ganado las elecciones si se cuentan los votos legales”, “los demócratas son comunistas, aliados de Fidel Castro”), un discurso polarizador (“esto es un fraude para el público estadounidense y una vergüenza para nuestro país”) y la lucha moral y ética del pueblo encabezada por un dirigente liberador.

Las actitudes del presidente Trump han sentado un precedente nefasto en la historia de los Estados Unidos. Lo sucedido puede socavar la confianza en las instituciones, debilitándolas, y creando un espacio para que, en el futuro, existan políticos con la misma práctica populista, desconozcan la institucionalidad democrática, pero afectando con ello al Estado de derecho y atentando contra la calidad de la democracia en un país que, históricamente, ha sido referente para las poliarquías occidentales.

El reto, para el próximo Gobierno, aparte de reconciliar a un país dividido, es fortalecer la confianza de su población en la democracia y en el propio sistema político estadounidense a través de una respuesta eficaz a las principales demandas de su gente. Esto permitirá fortalecer la confianza en la institucionalidad antes que en los liderazgos “mesiánicos” en la política. El desafío para el Gobierno demócrata está lejos de finalizar; recién empieza.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto del Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY

Derecha gana elecciones municipales de Brasil

La elección municipal del domingo pasado consolidó el avance de los partidos de derecha en Brasil. Este avance se produjo principalmente sobre los partidos de centro, pero también atrajo votos de los partidos de izquierda.

No es trivial clasificar los partidos políticos en términos ideológicos, siempre hay alguna controversia, sin embargo, es posible señalar que entre los principales partidos políticos brasileños, el PCdoB, el PSOL, el PT, el PSB y el PDT se posicionan de centro a izquierda, el PSDB y el PMDB son los partidos de centro, mientras que el PSD, el PTB, el DEM, Republicanos, Progresistas, el PSC y el PSL son los partidos de centro a la derecha.

Lo que ocurrió en las elecciones locales de noviembre de 2020 fue una pérdida de más de 11 millones de votos de los partidos de centro»

Desde esta perspectiva, lo que ocurrió en las elecciones locales de noviembre de 2020 fue una pérdida de más de 11 millones de votos de los partidos de centro: el PMDB perdió más de 4 millones y el PSDB, casi 7 millones. La izquierda perdió menos, unos 4,5 millones de votos, concentrados principalmente en la RSP, que perdió más de 3 millones. El PT y el PSOL ganaron un puñado más de votos en comparación con 2016, pero el PT volvió a perder los ayuntamientos.

Si el centro y la izquierda están amargados por este gran contratiempo, los partidos de la derecha pueden celebrar porque han hecho un avance muy significativo. Los siete principales partidos de derecha han pasado de 28,5 millones de votos en 2016 a más de 39 millones en la actualidad, un avance de más de 10,5 millones de votos. Esta cantidad se expresa en el número de ayuntamientos ganados y la población gobernada. La derecha se está consolidando como el polo ideológico que gobernará a la mayor parte de los brasileños a partir de 2021.

Ante esta situación, hay que hacer dos preguntas. Una es saber qué impacto pueden tener los resultados de las elecciones de 2020 en las elecciones de 2022. Otra es saber qué influencia pueden tener los resultados en el gobierno de Jair Bolsonaro. Intentemos responderlas.

En 2012, el Partido de los Trabajadores (PT) amplió su electorado, conquistó importantes ciudades, entre ellas São Paulo, y se convirtió en el partido que gobierna el mayor contingente de población del Brasil. El éxito de 2012 no fue suficiente para garantizar la tranquilidad del partido en los años siguientes, por el contrario, a partir de 2013 el país se vio sacudido por las masivas manifestaciones populares que tenían al partido en la mira. La presidenta Dilma Rousseff fue reelegida por un pequeño margen en 2014 y fue destituida en 2016.

En esta situación de crisis del PT, el Partido de la Democracia Social Brasileña (PSDB), principal partido de la oposición, fue el gran ganador de las elecciones municipales de 2016. Recuperó la ciudad de São Paulo y conquistó otros municipios importantes. Sin embargo, fracasó en 2018. Tuvo una deficiente e inesperada actuación ante la historia electoral del partido en las elecciones presidenciales y el éxito de la anterior elección municipal. En otras palabras, el éxito en la elección municipal no es garantía de éxito en la próxima elección presidencial. Las dos elecciones son muy diferentes y el resultado de una de ellas nos permite anticipar muy poco, casi nada, sobre los resultados de la otra. Con esto se puede decir que la victoria de la derecha no significa ahora la certeza de que la derecha ganará en 2022.

Muchos analistas políticos, académicos y periodistas se apresuraron a decir que el presidente es el gran perdedor de las elecciones. Nada más falso»

En cuanto al gobierno de Bolsonaro, muchos analistas políticos, académicos y periodistas se apresuraron a decir que el presidente es el gran perdedor de las elecciones. Nada más falso. Al principio, es más difícil estimar el desempeño electoral del actual presidente. En 1996, dos años después de la victoria de Fernando Henrique Cardoso, el PSDB avanzó mucho; en 2004, después de Lula, el PT también avanzó mucho, como lo hizo en 2012, después de Dilma. Bolsonaro, sin embargo, no tiene partido, dejó el PSL, no creó el partido Alianza por Brasil y sus seguidores están dispersos en varios partidos. No es posible utilizar el indicador de los ayuntamientos y los votos ganados para medir su éxito o fracaso.

El presidente puede haber apostado por malos candidatos o incluso puede haber perjudicado a algunos de ellos con su apoyo. Es cierto que la mayoría de los políticos locales que recibieron su apoyo se hundieron, como Russomano, Sartori, la delegada Patricia y Wal do açaí. Incluso los que triunfaron, como Crivella, el capitán Wagner y Carlos Bolsonaro, estuvieron muy lejos de lo que se podía esperar, dado el apoyo presidencial explícito. Sin embargo, los partidos de derecha, que ganaron las elecciones municipales, y los partidos del centro, que se redujeron pero siguen siendo grandes, son todos fieles partidarios de las políticas del gobierno federal en el Congreso. De esta manera, podemos decir que el bolsonarismo no fue derrotado, sino que los resultados de la campaña electoral en 2020 fueron muy satisfactorios para el gobierno de Bolsonaro.

Es cierto que algunos de estos partidos de centro y derecha buscan una alternativa política al bolsonarismo. El presidente es visto como un elefante en una cristalería y quien causa cierta repulsión incluso entre los políticos conservadores que preferirían a alguien con las mismas posiciones políticas, pero más refinado o disimulado.

Los partidos del centro y de la derecha, llamados erróneamente centro, buscan un nombre capaz de superar el bolsonarismo. Este nombre podría ser el de João Dória, Luciano Huck, Sérgio Moro o Luiz Henrique Mandetta, políticos de la derecha brasileña con las mismas propuestas, pero más civilizados. Si este nombre surge y logra reunir una porción del electorado capaz de llevarlo a la segunda vuelta, Bolsonaro se verá seriamente amenazado. Si este candidato de la derecha no tiene éxito y el oponente del presidente es alguien de algún partido de izquierda, estos partidos de centro y derecha abrazarán con gusto al bolsonarismo de nuevo, no lo duden.

Foto del Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY-NC-SA


Episodio relacionado de nuestro podcast:

¿Cómo llegó Trump tan lejos?

Creer que el triunfo de Joe Biden es el final del drama que se ha desarrollado desde enero de 2016 es un ejemplo de espejismo de consecuencias fatales. Pretender que esos millones de votantes, que han seguido a Donald Trump hasta el final, desaparecerán del mapa el 20 de enero con la toma de posesión de Biden y Kamala Harris revela una ceguera de cuánto Estados Unidos ha variado en las más recientes generaciones. Pero lo que resulta todavía más preocupante no es la supervivencia de la ideología de los que encumbraron a Trump. El enigma es cómo ese largo tercio del electorado ocupó un territorio vital.

Numerosos observadores de la evolución del alma política norteamericana levantaron durante los últimos meses voces de alarma. Se preguntaban acerca de la peligrosa conversión del sistema político norteamericano en una imitación insólita del tejido existente en otros países que habían caído en las redes del autoritarismo.

Mucho peor, habían sido engullidos por las ideologías extremas que aparecieron en Europa en la década de 1930. Estas impelieron a países de larga tradición cultural a convertirse en dictaduras totalitarias. Estas voces avanzaron la comparación de lo que estaba sucediendo mediante la aplicación de los caprichos de Trump, convertidos en políticas que se asemejaban a los prácticos programas del régimen de Hitler desde 1933.

En la sociedad de Estados Unidos del principio del nuevo siglo se comenzó a detectar la existencia de unos amplios sectores que se sentían arrinconados, decepcionados y aislados» 

En la sociedad de Estados Unidos del principio del nuevo siglo se comenzó a detectar la existencia de unos amplios sectores que se sentían arrinconados, decepcionados y aislados.  No eran los tradicionales enclaves de minorías raciales o restos de los inmigrantes europeos que no habían encajado totalmente en el tejido social y económico.

Eran, por así decirlo, “americanos de pura cepa”. Veían que el sueño americano se comenzaba a trocar en una hiriente pesadilla, de la que no conseguían despertar a pesar de haber cumplido fielmente con la cartilla de urbanidad que el sistema les había entregado a sus padres o abuelos.

Los sueldos no estaban al nivel del creciente coste de vida. Las hipotecas se comían gran parte de los ingresos. Si eran habitantes de las zonas rurales, se sentían apresados por unas fronteras invisibles. Si crecían con una educación básica, el acceso a la universidad estaba limitado por sus ingresos o por el coste estratosférico de las instituciones privadas. Había que buscar una explicación a esa aparente estafa.

Esa no era la América, en fin, que se les había prometido. Se imponía con urgencia hallar los culpables para ese fraude. Además, era necesario detectar la existencia de unos nuevos líderes que no podían ser ese establishment odioso y corrupto de Washington. De repente, huérfanos de otra dirección, ese espacio fue ocupado por un “outsider”, Donald Trump. Llegaba impoluto, sin la mácula de la política tradicional. Garantizaba la descontaminación de la ciénaga de Washington.

En una nación razonablemente educada, resultaría verdaderamente una proeza haber seguido las melodías de un flautista que les había revelado las causas de su infortunio»

En una nación razonablemente educada, resultaría verdaderamente una proeza haber seguido las melodías de un flautista que les había revelado las causas de su infortunio. Como Hitler embelesó a un pueblo culto como el alemán de la entreguerra convulsa, Trump fascinó con sus simplistas soluciones.

En Alemania, el deterioro urbano se atribuyó a la pretendida captura de ciertos negocios por los judíos. La solución comenzó con la rotura de los escaparates de las tiendas, la prohibición de ejercer ciertas profesiones y, por fin, el encarcelamiento. El pueblo, culto y disciplinado, se engulló la mentira sin rechistar.

El régimen vendió certeramente la supuesta necesidad de ampliar el territorio por la llamada del Lebensraum. La simple solución era el Anschluss de Austria, y luego el mordisco a los territorios étnicamente alemanes en Checoslovaquia. El pueblo aplaudía, pero no parecía satisfecho: se debía invadir Polonia y luego enfrentar la protesta anglofrancesa con el Blitzkrieg contundente. Los alemanes vitoreaban, mientras se desfilaba triunfalmente alrededor del Arco del Triunfo.

Al subir Trump al trono, muchos norteamericanos que habían sido atraídos por las zonas urbanas, comprobaban que las nítidas vecindades de los suburbios terminaban contaminadas por la invasión de las minorías raciales, antes apenas detectadas. Se sentían incómodos compartiendo el espacio con negros y, lo que les resultaba más hiriente, con los hispanos, que además hablaban una lengua incomprensible. Y, en su mayoría, eran acusados de ser narcotraficantes.   

El remedio de la Casa Blanca fue cerrar la frontera a los invasores con una valla por construir y prometer que la pagarían los propios mexicanos. Se siguió por dividir las familias de los que ya habían ingresado, ponerles trabas para asistir a la universidad y retrasar su ciudadanía hasta el máximo.

Los “americanos de toda la vida” quedaron embelesados. Y el Partido Republicano se satisfacía con la renovación de sus cargos en el Senado. Medidas arbitrarias bordeaban la inconstitucionalidad. Pero la meta de “hacer América de nuevo grande” se convertía en la consigna central.

En la Alemania del ascenso de Hitler todo se supeditaba al mismo fin de restablecer o inventar las glorias del pasado, a los acordes de una ópera de Wagner. La ausencia de cuestionamiento de la soberanía del fuhrer garantizaba el cumplimiento del guion.

Creerse ser la mejor nación de Europa justificaba la locura de la invasión de la Unión Soviética, sin reparar que semejante operación causó la caída de Napoleón. El Partido Nacional Socialista garantizaba el orden y las SS heredaban el papel de las camisas pardas para domesticar a la Wehrmacht que se engulló a los militares profesionales, que no habían digerido bien la derrota de 1918.

El desastre que comenzó en Estalingrado y que culminó con las tropas rusas alzando la bandera en la cúspide del Reichstag estuvo remachado por los bombardeos aliados que dejaron Dresde y Hamburgo en ruinas, pobladas por millones de soldados errantes, mientras todavía se olfateaban los hornos de los campos de exterminio y un millón de mujeres alemanas de todas las edades eran violadas. La sentencia fue tan contundente que solamente así los alemanes aprendieron la lección y se convirtieron en modelo de cooperación en Europa y en el mundo.

Pero se ignora cómo podría haber terminado la aplicación de la misma estrategia si el plan de desgobierno de Trump hubiera seguido la misma senda. Ahora solamente han quedado en silencio los setenta millones que lo han votado para “hacer América grande de nuevo”. Pero también quedan incólumes las SS del Senado republicano y los recientes infiltrados en el Tribunal Supremo. Es una tarea gigantesca de desnacificación para Biden, sin juicios al estilo de Nuremberg.  

Foto de alisdare1 en Foter.com / CC BY-SA  

COVID-19, economía y política en América

La pandemia de la COVID-19 se mantiene. El crecimiento del número de contagios y la cantidad de personas activas en Europa y América dan cuenta de una reactivación de la enfermedad en esas zonas. En algunos países no se logró controlar significativamente el auge de la enfermedad y en semanas recientes se observa un nuevo incremento. Se destaca Estados Unidos, en medio de su largo proceso electoral, con cifras de contagios que recientemente superan cien mil personas por día. Esto indica que en las semanas siguientes las presiones para su sistema de salud pueden ser considerables.

Los sistemas de salud han sido sometidos a un trabajo extremo, sin que necesariamente se hayan realizado en el transcurso de la COVID-19 las inversiones suficientes en ampliación y modernización de las infraestructuras y, menos aún, en la contratación suficiente de más profesionales de la salud con las calificaciones pertinentes. En Europa se destacan las protestas con manifestaciones en las calles por parte de diferentes grupos de personas por las nuevas medidas de confinamiento. 

En Alemania, como en España y en Inglaterra, hay expresiones de esta naturaleza que por ellas mismas no favorecen el control de la COVID-19. En varios países de América hay protestas, pero tienen otros fines. El signo común en la región es objetar los resultados de la gestión económica y social que han dirigido los Gobiernos desde hace años.

En Estados Unidos se mantiene un amplio movimiento social contra el racismo, la brutalidad policiaca, pero también la violencia contra las mujeres. En semanas recientes se enlazó con las elecciones de presidente, Cámara de Representantes, parte del Senado y algunas gubernaturas. Es un tema que obliga a un análisis específico. Por el momento, considérese la notable amplitud del movimiento social contra las desigualdades en un contexto en el que las propuestas del Partido Republicano, que fueron encabezadas por Donald Trump, tienen el apoyo electoral de más 70 millones de personas, el 47,7% de los que ejercieron su voto. En lo inmediato, la gestión de la pandemia y las medidas en materia de política económica avanzarán con dificultades en este contexto.

En América Latina, en lo que respecta al ámbito político, se destacan los movimientos sociales y partidos políticos ubicados en el espacio de la lucha contra la desigualdad social»

En América Latina, en lo que respecta al ámbito político, se destacan los movimientos sociales y partidos políticos ubicados en el espacio de la lucha contra la desigualdad social y las expresiones políticas que la hacen posible. En Chile, un amplio movimiento de personas ganó el plebiscito para legislar una nueva Constitución que será deliberada en una convención constitucional a partir de abril de 2021.

La acción popular deberá continuar. Precisamente, la continuidad en la acción popular y la capacidad para alcanzar metas comunes es un dato relevante del reciente triunfo del MAS en Bolivia. Aún será necesario completar la restauración de la legalidad con la toma de posesión del presidente Luis Arce y después, como lo reconoce el presidente electo, realizar las tareas de mayor envergadura en cuanto a la reconducción de la economía y la política para volver avanzar en la disminución de la desigualdad social y la creación de condiciones para una vida digna de la mayoría de la población.

En este punto se encuentran otros países como México y Argentina, que cuentan con Gobiernos que declaran su distancia con las posiciones neoliberales y deben avanzar en una notable reconstrucción económica y social que sea el asiento de nuevas relaciones políticas en cada país. La pandemia de la COVID-19 complica más la situación, pero, en cierto sentido, obliga a tomar decisiones de mayor alcance en la reorganización de la economía.

En otros países de la región los movimientos sociales se mantienen, con sus formas específicas de desarrollo como en Colombia, sumando las reivindicaciones de los pobladores originales, las mujeres, los pobladores urbanos y la plena ejecución de los acuerdos de paz. En Ecuador, en unos meses se realizarán elecciones presidenciales y legislativas que pueden ser el espacio para el múltiple movimiento partidario y social edificado contra el programa de restauración de las reformas estructurales del gobierno actual y para que alcance un triunfo electoral. La movilización social se da en el difícil contexto de la continuidad de la COVID-19.

En los organismos financieros multilaterales se considera la situación de emergencia, pero no se plantean medidas que efectivamente desborden el espacio de las reformas estructurales»

Todo esto sucede mientras en los organismos financieros multilaterales se considera la situación de emergencia, pero no se plantean medidas que efectivamente desborden el espacio de las reformas estructurales. Se mantiene la idea del choque externo y de que, una vez superada la pandemia, se podrá retornar al comportamiento normal de la economía.

No se reconoce el largo periodo de débil crecimiento en las economías de Europa y de América y el avance de desigualdad social. En octubre, ante la reunión del FMI y el Banco Mundial, se realizó la sesión 42 del Comité Monetario y Financiero Internacional (CMFI), que está integrado por los ministros de Finanzas o los presidentes de los bancos centrales de las principales economías desarrolladas y otros invitados, en la que se reconoce la difícil situación producto de la pandemia.

Pero también se observa que, en adelante, una vez que la crisis de salud quede atrás, se actuará con base en lo que el CMFI define como su agenda previa, a la que se tilda de crisis de salud. Ello implica seguir adelante con las reformas estructurales.

Por el momento, se pone en primer lugar el funcionamiento del sistema monetario internacional, lo que incluye la provisión de cuantiosos recursos por los bancos centrales que permiten la obtención de beneficios de un reducido grupo de participantes en estos mercados, sin que existan mejoras en el resto de las actividades económicas. Para la mayor parte de la población, no hay mejora en sus condiciones de vida. En América Latina, significa el mantenimiento o incremento de la desigualdad social.

Foto de Eneas en Foter.com / CC BY

Siglo XXI: Polarización en América

Co-autora Ana Carola Traverso-Krejcarek

La pandemia puso al mundo de cabeza, sacudió instituciones, generó nuevos conflictos sociales y profundizó los ya existentes. Diversos sistemas políticos en América se vieron afectados con la polarización social e ideológica, la emergencia y fortalecimiento de extremos y la desconfianza hacia la institucionalidad democrática. Para colmo, esto se vio condimentado por oleajes de noticias falsas. Tanto en el norte y sur del continente la situación ha sido igual de crítica. ¿Qué paralelos pueden dibujarse? ¿Existen lecciones de las cuales podemos aprender?

Veamos el caso de Estados Unidos. El éxito de tácticas cuasi de guerrilla en el posicionamiento de mensajes otrora considerados periféricos o extremistas fue contundente. Entre ellos puede mencionarse la utilización de medios de comunicación aparentemente poco apetecidos por las nuevas tecnologías de la información—como la radio de amplitud modulada (AM)—para la difusión de mensajes ultraconservadores. Por citar un ejemplo, la investigación de Brian Rosenwald, publicada en 2019, da cuenta de cómo la industria de la radio fue cooptada por la derecha radical, expandiéndose de cincuenta y nueve a más de mil radios desde la década de 1980.

a retórica ultraconservadora amasó un poder político incuestionable, convenciendo al país de apoyar a un candidato hecho a su medida.

En el proceso, la retórica ultraconservadora amasó un poder político incuestionable, convenciendo al país de apoyar a un candidato hecho a su medida. Hoy continúa demandando aún más radicalidad a través de su retórica y poder de penetración en los hogares de cientos de miles de habitantes. La utilización de radio con fines políticos en países con alta concentración de población rural no es, pues, nueva y se ve reflejada tanto en los Estados Unidos como en muchos países latinoamericanos.

Otro fenómeno para señalar es el hecho de que, en estados como Florida, el rechazo y miedo asociado a la vinculación del partido demócrata con la agenda internacional socialista y los gobiernos autoritarios de Cuba, Venezuela e incluso Bolivia o Nicaragua calaron hondo. Similar situación puede verse entre inmigrantes de primera generación en otros estados, movidos hacia la derecha ante todo por sus deseos de movilidad social y económica.

Esto demuestra que la propaganda híper-segmentada, con mensajes dirigidos hacia públicos con características concretas sí funcionan, porque se utilizaron sin tregua y dieron resultado. Y, ciertamente, la votación de grupos minoritarios importantes como el latino, no es monolítico; no votan en bloque.

Ahora veamos el caso argentino. Los ciudadanos “agrietados” son un síntoma de la polarización en el sur del continente por la distancia ideológica que actualmente los caracteriza: a favor o en contra el kirchnerismo. Con pandemia de por medio, las decisiones políticas del gobierno de Alberto Fernández profundizan el malestar de los disidentes. Esta es una situación muy crítica que divide familias, parejas, compañeros de trabajo y trasciende el plano político. Si consideramos los efectos del COVID-19 y la crisis económica, es preocupante notar la polarización en un país cuyo centro político es ya casi inexistente.     

Ahora veamos el caso de Bolivia. La polarización del país enclaustrado se vive entre quienes apoyan al MAS (partido recientemente electo) y un bloque opositor heterogéneo. El triunfo electoral del MAS marca un fraccionamiento territorial e ideológico que divide al país en dos y evidencia el fracaso de la oposición en producir una propuesta de renovación política. El retorno del discurso indigenista en un país mestizo (según los resultados del censo 2012) constituye el nuevo momento político que no estará exento de profundas tensiones irresueltas.

Discernir entre hechos reales e ideas descabelladas como las teorías de conspiración o aquellas de corte anticientíficas se torna una tarea difícil.

En este escenario de polarización, cambios e incertidumbre, sucumben muchos. Discernir entre hechos reales e ideas descabelladas como las teorías de conspiración o aquellas de corte anticientíficas se torna una tarea difícil. Y como si fuera poco, uno de los ejemplos más preocupantes en el hemisferio norte, la teoría conspirativa de Q Anon tiene ahora simpatizantes incluso entre los nuevos candidatos electos.

El odio fomentado a partir de las noticias falsas es, probablemente, uno de los paralelos que han sufrido los procesos electorales de Estados Unidos y otros países. Se suma la desconfianza a sus tribunales electorales promovidas por fuerzas políticas de extrema derecha. En síntesis, uno de los efectos tóxicos de la polarización es la deconstrucción de la institucionalidad democrática y el cuestionamiento a la razón y ciencia.

La pandemia ha marcado un antes y un después en nuestra forma de vida, relaciones sociales y de trabajo. Hoy esta crisis sanitaria nos encuentra en medio de lo que esperemos sea un cambio de paradigma impulsado por el viraje político norteamericano. La lección que nos deja el proceso electoral estadounidense es el convencimiento de que las profundas heridas abiertas generadas por el discurso permanente de Trump tardarán años en sanar.

Conviene subrayar la urgente necesidad de construir puentes de comunicación y diálogo que nos lleven a conocer, hablar y compartir opiniones de forma constructiva con quienes no conocemos y opinan como nosotros. Si antes se creía que las redes sociales ayudarían a derribar las fronteras físicas entre las personas, hoy sabemos que el modelo de negocios de éstas se basa en la híper realidad, hecha a la medida del usuario, aislándolo aún más del resto de su comunidad y fortaleciendo determinadas creencias y prejuicios.

Esperamos, por el bien de la humanidad, que una de las destrezas ampliamente capitalizadas por el presidente electo Joe Biden—la empatía y habilidad de negociar con el partido contrario— tengan un efecto multiplicador en la titánica tarea de redefinir nuestro ejercicio democrático de todos los días. Si de algo sirvió permanecer en ascuas la primera semana de noviembre esperando ver qué sucedería en Estados Unidos, fue para recargar la esperanza y sentir que una nueva y mejor versión de sociedad es posible.

La polarización en el norte y sur de América marcará la segunda década del siglo XXI dados los efectos del odio hacia lo diferente y la corrosión política producida por la desconfianza a las instituciones democráticas. La corresponsabilidad entre gobernantes y gobernados para superarla es, sin duda, un reto para los países del nuevo mundo en el inicio de este quinquenio.

Foto del Palacio del Planalto en Foter.com / CC BY

La vacancia de Vizcarra (y sin partido)

El Perú tiene un nuevo presidente. El lunes 9 de noviembre, Martín Vizcarra fue vacado en el cargo por la causal de permanente incapacidad moral. Manuel Merino, congresista por el departamento de Tumbes, quien presidía hasta ese día el Congreso, ha asumido la Presidencia de la república de acuerdo a lo establecido en la Constitución. Una abrumadora votación superó los dos tercios requeridos.

El nuevo Congreso que ha tomado esta decisión fue elegido en enero de este año para completar el periodo del Congreso disuelto. Lo integran nueve partidos políticos, pero ninguno llega al 20% de los escaños.

¿Cómo logran ocho de las nueve bancadas ponerse de acuerdo para vacar a un presidente con apoyo popular? De acuerdo con Ipsos, Martín Vizcarra alcanzó una aprobación del 79% luego de la disolución del Congreso; el 87% en las primeras semanas de lucha contra la pandemia de la COVID-19, y el 54% en octubre, después de librar el primer proceso de vacancia.

Martín Vizcarra era un presidente sin partido político ni bancada»

En primer lugar, Martín Vizcarra era un presidente sin partido político ni bancada. Al disolver el Congreso, no intentó aliarse con alguno de los 24 partidos con inscripción vigente para presentar candidatos al Congreso.

En segundo lugar, en el Perú hay un problema institucional. Los Gobiernos sin mayoría hasta el año 2001 terminaron en golpes de Estado. Entre 2001 y 2016, Gobiernos sin mayoría impidieron una coalición opositora que les permitió terminar su mandato. Ello no ocurrió desde 2016. En los últimos cuatro años, Perú tuvo el primer Gobierno dividido de su historia, cuatro trámites de vacancia presidencial por permanente incapacidad moral, la renuncia anticipada de un presidente, un referéndum que prohibió la reelección parlamentaria inmediata, un pedido del presidente para adelantar elecciones que fue denegado, la primera disolución del Congreso unicameral, elecciones parlamentarias extraordinarias, la primera cuestión de confianza negada a un nuevo gabinete, un vicepresidente que asume el cargo de presidente y es vacado a cinco meses de elecciones generales.

En tercer lugar, la vacancia por permanente incapacidad moral es una institución que ha sido cuestionada en la medida que constituye un término abierto, sujeto a una interpretación que depende del Congreso. En las reformas para optimizar la gobernabilidad democrática, la comisión de reforma política planteó que se elimine, ampliando, de manera acotada, los casos por los que el presidente puede ser acusado durante su mandato.

En el debate público hay dos interpretaciones sobre la causal de vacancia. La primera, que la vincula a una interpretación histórica que la relaciona con la incapacidad mental. La otra apunta a una conducta reñida con el ejercicio del cargo. Como fuere, la vacancia de Alberto Fujimori (2000) y la que libró Pedro Pablo Kuczynski (2018) se fundaron en la calificación de la conducta de los expresidentes. El debate de la vacancia del presidente Vizcarra giró en torno a temas diversos que están relacionados con su gestión gubernamental. Sin embargo, la moción que gatilló el proceso de vacancia lo vinculó a la recepción de sobornos, cuando fue gobernador regional de Moquegua.

En su defensa, sostuvo que en el modelo constitucional peruano, cuando ocurren imputaciones delictivas a altos funcionarios, no se toman decisiones definitivas, “menos aún para vacar a un presidente de la república, alterando el periodo presidencial y modificando el régimen que la Constitución otorga a dicho cargo. En el país, según el diseño constitucional, los presidentes permanecen en funciones cinco años, por lo que una vacancia es una medida excepcional, que solo debe promoverse en circunstancias extremas, no cada mes y medio”. Agregó: “Se ha hecho público que 68 congresistas tienen procesos en investigación en el Ministerio Público ¿Tendrían también que dejar sus cargos por ello? ¿Sin que la investigación fiscal haya sido concluida?».

Vizcarra no pudo librar este segundo proceso de vacancia en menos de dos meses» 

Así, sin un partido político que lo apoye, en un contexto de escalamiento de conflictos entre el Ejecutivo y el Legislativo, y con un fallo pendiente ante el Tribunal Constitucional por la demanda de competencia por uso indebido de la causal de vacancia por permanente incapacidad moral, Vizcarra no pudo librar este segundo proceso de vacancia en menos de dos meses.  La popularidad no fue suficiente. El lunes en la noche anunció que abandonaba el Palacio de Gobierno, que no tomaría medidas legales y que acataba la decisión del Congreso. Se despidió “hasta otra oportunidad”.

El país se encuentra en estado de emergencia por la lucha contra la COVID-19. Durante este estado de excepción, se restringe el derecho a reuniones y el libre tránsito. No obstante, el día de hoy hubo manifestaciones en distintas ciudades del país. Es prematuro para prever si estas manifestaciones son hechos aislados o si pueden crecer en el transcurso de los días. Las elecciones generales se convocaron para el 11 de abril. Lo ocurrido esta semana y la agenda que desarrollen el Ejecutivo y el Legislativo tendrán un impacto directo en la campaña.

Manuel Merino pertenece a uno de los partidos políticos más antiguos en el Perú, Acción Popular, partido de Fernando Belaunde, quien fue dos veces presidente del Perú y de Valentín Paniagua, el antecedente más reciente de un presidente del Congreso que asumió la Presidencia de la república en un contexto muy diferente, durante la crisis política del 2000.  Mientras escribo estas líneas, se anuncia a Antero Flores Araoz Esparza como presidente del consejo de ministros. Político con mucha experiencia, fue presidente del Partido Popular Cristiano, presidió el Congreso durante el gobierno de Alejandro Toledo y, posteriormente, fue ministro de Defensa durante el gobierno de Alan García. Ha sido diputado del Congreso Constituyente Democrático. El talante democrático del nuevo presidente del consejo de ministros y su amplia experiencia parlamentaria le permitirán tener el voto de confianza del Congreso, lo que debe ocurrir en los 30 días siguientes a la juramentación. Flores Araoz facilitará un entendimiento con el Congreso, donde Acción Popular cuenta con poco menos del 20% de los escaños, a fin de garantizar continuidad hasta el 28 de julio de 2021, fecha en la que asume el presidente que celebrará el bicentenario de la independencia del Perú.

Foto de Presidencia Perú en Foter.com / CC BY-NC-SA

Trump: mentiras, lección para los medios

Donald Trump perdió las elecciones presidenciales estadounidenses, pero aún prefiere vivir en el mundo alternativo que le ha creado su propia propaganda. En este universo bizarro, se le considera un héroe invencible de proporciones míticas que decide qué está bien y qué está mal, qué es falso y qué no. En verdad, Trump primero mintió diciendo que ganó las elecciones y luego durante días negó su innegable derrota, pero en el trumpworld, el líder sigue siendo considerado como el vencedor. Esta negación fanática de la realidad constituye una esencia clave del trumpismo.

Es necesario pensar en las causas que hicieron posible que Estados Unidos hubiera producido, elegido y ahora haya despedido a un líder que presentó una combinación populista de derecha tan desastrosa de negación de la ciencia con respecto a la COVID- 19, además del racismo, la violencia, la corrupción y tanto las posiciones como las acciones fallidas en términos de economía, política, salud, cambio climático, impuestos y desigualdad de ingresos. Una parte clave de la explicación son las mentiras. En resumen, una causa fundamental para el éxito del trumpismo fue que los trumpistas manufacturaron, circularon y vendieron mentiras, y muchos estadounidenses se compraron estas mentiras.

La fabricación de desinformación será recordada como la marca registrada de la historia del trumpismo»

La fabricación de desinformación será recordada como la marca registrada de la historia del trumpismo. Pero no debemos olvidar que una lección igualmente significativa es que el trumpismo tuvo éxito porque las noticias reales han sido constantemente minimizadas en los medios por la amplificación de la propaganda gubernamental.

Como candidato en 2016, y antes de eso, Trump utilizó el «birtherism» (mentiras racistas que sostienen que el presidente Barack Obama no nació en los EE. UU.), y otras teorías conspirativas para presentarse como un actor político clave. Como presidente, alcanzó un nivel completamente nuevo de propaganda con sus falsedades sobre minorías, inmigrantes y, por último, pero no menos importante, el coronavirus

Por eso, de todas las cosas que se han dicho sobre Donald Trump, la comparación con uno de los mentirosos más infames de la historia, el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, sigue siendo la más extrema y, sin embargo, la más precisa. La razón de esto es simple: Trump miente con técnicas de propaganda fascista.

Al explicar por qué Donald Trump miente tanto, el presidente electo Joe Biden recurrió recientemente a una comparación histórica adecuada, diciendo que Trump miente “como Goebbels. Dices la mentira lo suficiente, sigues repitiéndola, repitiéndola, repitiéndola, y la mentira se vuelve un conocimiento común». Como muchos historiadores del fascismo y el populismo, creo que Biden está en lo correcto, aunque, como explico en mi trabajo sobre la historia de las mentiras fascistas, Goebbels nunca dijo que repetir mentiras fuera parte de su estrategia. De hecho, al igual que Trump, creía en las mentiras que él mismo fabricó.

Sin duda, la mayoría de los políticos mienten, pero como mentiroso, Trump juega en una liga diferente. Desde una perspectiva histórica, no hay duda de que Trump participa de una tradición de mentiras totalitarias que no tiene nada que ver con las mentiras convencionales de los políticos tradicionales tanto de izquierda como de derecha. Y aquí la crítica de Biden es correcta.

Trump miente como el líder de una secta»

Trump miente como el líder de una secta. Cree que sus mentiras están al servicio de una verdad más amplia, que se basa en la fe que él mismo personifica. La historia del fascismo presenta multitud de casos de este tipo de mentirosos que creen y quieren cambiar el mundo para ajustarlo a sus mentiras, desde Benito Mussolini hasta Adolf Hitler y muchos otros dictadores e ideólogos.

Hay una cronología de mentiras totalitarias. Los fascistas aumentaron y dominaron la fabricación de mentiras después de años de estar en el poder. Lo mismo pasó con el trumpismo, y el paroxismo de la mentira alcanzó su punto culminante en los últimos días con las mentiras sobre el fraude y los votos ilegales.

Pero la verdadera noticia es que Trump ya no podrá fabricar y difundir mentiras desde la Casa Blanca. Y al menos en estos días, ya no hay un ciclo de noticias centrado en Trump. La circulación por los medios de las mentiras de Trump fue moneda común en los últimos cuatro años, pero esto ha cambiado con la derrota de Trump. Pero ¿aprenderán los medios la lección y no pondrán la propaganda trumpista por encima de todo en las próximas semanas, meses y años?

Esta lección también se aplica a los aliados de Trump a escala global. Como Trump, populistas posfascistas como Jair Mesías Bolsonaro, en Brasil, o Narendra Modi, en la India, han mentido durante muchos años, más recientemente sobre el coronavirus y, como Trump, lo han utilizado como excusa para promover sus vocaciones totalitarias. No es casualidad que la represión y la violencia aumentaron en Estados Unidos, la India y Brasil, al mismo tiempo que estos países se convirtieron en los más afectados por el virus. Biden tiene razón: Trump ha mentido como Goebbels. Si no se aprende esta lección y se hacen circular acríticamente las mentiras de tipo fascista, la democracia se verá nuevamente amenazada por futuras formas de trumpismo.

Foto de Gage Skidmore en Foter.com / CC BY-SA


Episodio relacionado de nuestro podcast:

¿Qué está pasando en Perú?

Escribo este artículo después de la juramentación de Manuel Merino como presidente de la República del Perú el 10 de noviembre. Recordemos que en julio de 2016 asumió la Presidencia, Pedro Pablo Kuczynski, por un periodo de cinco años, pero renunció en marzo de 2018 ante la inminencia de que el Congreso declarara la vacancia del cargo de presidente mediante la invocación de su “permanente incapacidad moral” (artículo 133 de la Constitución). El primer vicepresidente, Martín Vizcarra, asumió la Presidencia, pero la confrontación con el Congreso no cesó, lo que desencadenó su disolución constitucional en septiembre de 2019 (y la renuncia de la segunda vicepresidenta, Mercedes Aráoz) y la realización de nuevas elecciones legislativas en enero de este año. Es este Congreso el que ha declarado la “permanente incapacidad moral” de Vizcarra, en tanto, la segunda vicepresidenta ya había renunciado al cargo, por lo que el siguiente en la línea de sucesión era el presidente del Congreso, hoy presidente de la república.

Empecemos analizando las cosas, pero partiendo desde lo más inmediato, y tratemos de llegar hasta las implicancias de fondo. La mañana del 9 de noviembre, día en el que se sometería a votación la segunda moción de vacancia del presidente Vizcarra, la previsión era que no se aprobaría. La primera moción, el 18 de septiembre, obtuvo 32 votos a favor, 78 en contra y 15 abstenciones y, en realidad, las cosas no habían cambiado en lo sustancial en esas tres semanas.

Se trata de denuncias serias que ciertamente merecen una investigación exhaustiva por parte de la Fiscalía, pero que todavía se encuentran en una fase preliminar»

Los medios de comunicación habían dado a conocer, al principio, diferentes denuncias sobre la contratación irregular de servicios profesionales en un ministerio que, presuntamente, involucrarían al propio presidente Vizcarra, y luego otras, sobre el supuesto pago de sobornos a este mientras ejerció el cargo de gobernador de la región Moquegua entre 2011 y 2014. En el último caso, se trata de denuncias serias que, ciertamente, merecen una investigación exhaustiva por parte de la Fiscalía, pero que todavía se encuentran en una fase preliminar.

Considerando que ya están convocadas elecciones generales para abril del próximo año; que, según las encuestas de opinión, un 95% de los entrevistados declara estar de acuerdo con que Vizcarra sea investigado por la Fiscalía y termine su gobierno (encuesta del Instituto de Estudios Peruanos, de octubre), y que bancadas clave habían anunciado que votarían en contra de la vacancia, había cierta tranquilidad respecto al resultado de esta votación.

Sin embargo, un tanto inesperadamente, la ambición de poder de cortísimo plazo terminó primando, y así se llegó a una votación en la que la vacancia alcanzó 105 votos a favor (19 en contra y 4 abstenciones). Los cambios de posición y la alta votación obtenida es fruto de una suerte de acuerdo político, una suerte de “repartija” parlamentaria, que se expresará en el consejo de ministros del presidente Merino, y en los nombramientos de funcionarios que se planean para las próximas semanas y meses.

Pese a que la declaratoria de vacancia por parte del Congreso tiene una constitucionalidad muy dudosa en un régimen presidencialista, pues esta se basa en una interpretación exageradamente elástica y riesgosa (por la inestabilidad que implica para cualquier presidente sin mayoría parlamentaria), Vizcarra anunció la noche del 9 de noviembre que dejaría el cargo.

Podría haber pesado en esa decisión la constatación de que una impugnación de la constitucionalidad de la decisión del Congreso no habría impedido la juramentación del presidente Merino al día siguiente, algo similar, pero, en sentido contrario, ocurrió con la disolución del Congreso en setiembre de 2019: los congresistas denunciaron la inconstitucionalidad de la disolución, pero los recursos legales que interpusieron (y que al final perdieron) no pudieron evitar su cierre y la convocatoria a nuevas elecciones.

Si miramos las cosas con una perspectiva mayor, podría decirse que este episodio es parte de una serie, que empezó en julio de 2016, con la elección del presidente Kuczynski. En esa fecha, al mirar el Perú desde un ángulo político, podría haberse dicho que el rasgo más llamativo del país era la notable continuidad de políticas orientadas hacia el mercado, que empezaron en la década de los años noventa, a pesar de los triunfos de candidatos con discursos críticos con el neoliberalismo como Alan García en 2006 y Ollanta Humala en 2011. Y de la notable, para los estándares peruanos, continuidad democrática desde 2001, a pesar de la extrema precariedad de sus partidos, de la inexistencia de un sistema de partidos propiamente dicho y de la escasa legitimidad de las instituciones políticas.

¿Qué cambió? Primero, la desaceleración del crecimiento económico, elocuente desde 2014, que agrietó el consenso neoliberal, bastante cohesionado hasta ese momento; segundo, el fujimorismo, que había sido un “garante” de la economía de mercado en 2006 y 2011, cambió profundamente después de perder la elección presidencial de 2016, en la que obtuvo la mayoría absoluta de la representación parlamentaria. Lo que se percibía como una oportunidad para lanzar una “segunda generación” de reformas orientadas hacia el mercado, se convirtió en una creciente confrontación entre el Ejecutivo y el Legislativo, que dio lugar a la renuncia de Kuczynski y luego a la disolución del Congreso por parte de Vizcarra.

La elección del nuevo Congreso en enero de este año, en la que el Gobierno no presentó candidatos ni consiguió representación alguna, parecía calmar relativamente las aguas»

La elección del nuevo Congreso en enero de este año, en la que el Gobierno no presentó candidatos ni consiguió representación alguna, parecía calmar relativamente las aguas (un Congreso con mandato breve, en el que primó cierta fragmentación del voto y el predominio de posiciones moderadas), pero la COVID-19 cambió rápidamente el panorama: Perú fue uno de los países de la región más duramente golpeados por la pandemia tanto en lo sanitario como en lo económico, lo que alentó el desarrollo de posturas populistas (y bastante demagógicas) en todas las bancadas, que generaron una creciente distancia con el Poder Ejecutivo.

Así, empezaron a aparecer en el Congreso, con amplio consenso, iniciativas que en Perú no se habían visto en los últimos treinta años, que desafían abiertamente el consenso promercado que distinguía al Perú en el contexto de la región. Se desnudó una realidad en la que la representación parlamentaria es muy individualista, poblada de múltiples intereses particularistas, algunos de ellos vinculados a sectores muy contrarios a cualquier intento de cambio del statu quo.

Este tipo de representación, de un lado, encontraba un freno en las políticas del gobierno de Vizcarra, y, del otro, era efectado por algunas de sus iniciativas de reforma. Con todas sus limitaciones, Vizcarra impulsó una reforma judicial, una reforma política, una reforma educativa, que generan resistencias en sectores conservadores y también con algunas redes de corrupción en Perú. A esto se suman sectores cercanos al fujimorismo que perdieron con el cierre del Congreso del año pasado. El presidente Merino representa ahora esa constelación de intereses.

Es este enfrentamiento el que distanció al Congreso del presidente Vizcarra, y que lo hizo caer, sin herramientas para enfrentar una mayoría opositora. Así, no estamos solo ante un crisis coyuntural, sino ante la posibilidad de asistir al inicio del fin de un ciclo más largo, que empezó hace treinta años.

¿Qué vendrá en el futuro inmediato? Lamentablemente, no cabe mucho espacio para el optimismo respecto a la gestión del presidente Merino. Y solo queda cruzar los dedos para que las elecciones de 2021, que se realizan en medio de una gran dispersión e incertidumbre, den un resultado que le permita al próximo Gobierno una mínima viabilidad para enfrentar los retos que deja la emergencia sanitaria, la necesidad de reactivar la economía y la reconstrucción institucional.

Socioeconomía y crisis por la COVID-19

Lejos de generar oportunidades, generalmente los períodos de crisis desnudan problemas estructurales que en situaciones normales pueden pasar desapercibidos. La pandemia de la COVID-19 ha causado la mayor crisis económica y social en el último siglo. En este contexto, Latinoamérica ha sido una de las regiones más afectadas. Según estimaciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el PIB per cápita a finales del 2020 sería igual al de 2010 (lo que implica un retroceso de 10 años), se han cerrado 2,7 millones de empresas, el desempleo sería de 44 millones de personas y la pobreza extrema llegaría a niveles similares a 1990.

Además de las secuelas económicas, Latinoamérica también ha sido uno de los territorios con más altos índices de pérdidas humanas. De acuerdo con la información de la Universidad Johns Hopkins, al 28 de octubre de 2020, el total de casos confirmados de COVID-19 ascendían a 44 millones de seres humanos y 1,17 millones de muertes a escala mundial. De estos, 11 millones de casos y 394.000 muertes corresponden a América Latina y el Caribe. Es decir, la región concentra el 24,95% de los casos y el 33,8% de las muertes reportadas, y algunas naciones resultan ser las más afectadas.

Por ejemplo, los países con más muertes por cada 100 mil habitantes son: Perú, con 106,9 (primero a escala mundial); Bolivia, con 76,4 (cuarto); Brasil, con 75,4 (sexto); Chile, con 74,9 (octavo); Ecuador, con 73,7 (noveno), y México, con 71,2 (décimo). Además, México, Ecuador y Bolivia presentan altos niveles de fatalidad (fallecidos/casos confirmados) con el 10,0%, el 7,7% y el 6,1%, respectivamente. Cabe señalar que estas cifras contienen un grado de inexactitud, pues miles de contagios y muertes no pudieron ser confirmados por las limitaciones para realizar pruebas de COVID-19.

Algunas variables socioeconómicas revelan características propias de la realidad latinoamericana»

Pero ¿qué factores podrían explicar estas cifras? La respuesta a esta pregunta es extremadamente compleja. Por una parte, existen causas subjetivas que impiden su adecuada medición. A saber, factores idiosincráticos como el desconocimiento del alcance de la COVID-19, un inadecuado comportamiento frente a directrices emanadas por las autoridades, la falta de credibilidad frente a decisiones del poder político, el apego a relaciones sociales cercanas, entre otros. Por otro lado, también existen ciertos elementos que permiten un análisis más objetivo para establecer posibles causas para la crisis humanitaria. Mas precisamente, algunas variables socioeconómicas revelan características propias de la realidad latinoamericana.

Los siguientes indicadores reflejan la vulnerabilidad del grupo de naciones más golpeadas. Perú: ha destinado el menor gasto en salud en Sudamérica (4,9% con relación al PIB) entre 2010 y 2018; mantiene el segundo lugar de empleo vulnerable (50,9% del total del empleo); carece de un inadecuado proceso en el control de la corrupción y presenta una baja efectividad en el gasto de gobierno según los indicadores de gobernanza del Banco Mundial.

En Bolivia, el acceso a las necesidades básicas son las más precarias en Sudamérica (medido por el índice de desarrollo humano); el empleo vulnerable es el más alto (58,1% del total del empleo); el 39,9% de la población vive en condiciones de pobreza; el número de camas de hospitales por cada 10 mil habitantes es de 11,5 (datos de 2015).

En Brasil, la desigualdad del ingreso es la más grande (el coeficiente de Gini fue de 0,53 en 2018); el acceso a la educación es sumamente inequitativo (23,8 en 2018) y, en Ecuador, el control de la corrupción es prácticamente nulo según los indicadores de gobernanza del Banco Mundial. Esto quedó expuesto con los diferentes casos de corrupción en el manejo de los recursos destinados a la gestión de la salud pública durante la actual emergencia sanitaria.

En México, el gasto en salud es el segundo más bajo en Latinoamérica»

En México, el gasto en salud es el segundo más bajo en Latinoamérica (5,6% con relación al PIB entre 2010 y 2018). En Chile, a pesar de que es la economía con el mayor PIB per cápita y con el mejor índice de desarrollo humano en Latinoamérica, 16,8 personas de cada 100 habitantes es mayor de 65 años; la inequidad en la distribución del ingreso es una de las principales causas del descontento social en los años recientes. La información presentada corresponde a los últimos datos disponibles de la Cepal, las Naciones Unidas y el Banco Mundial.

A pesar de que ninguna economía ha podido evitar pérdidas humanas, las singularidades latentes en Latinoamérica han contribuido a profundizar y magnificar los efectos de la COVID-19. La vulnerabilidad en el mercado laboral, los insuficientes sistemas de control de la corrupción, el inadecuado uso de los recursos destinados para la educación y la salud, la precariedad en el acceso a las necesidades básicas, la pasividad de las políticas públicas y la aguda desigualdad de los ingresos han sido problemas arraigados en estas sociedades.

Sin embargo, la crudeza con la que la pandemia ha golpeado a estos países obliga a acciones colectivas. A escala local, el papel del Estado es fundamental para establecer políticas, con el objetivo de alcanzar una sociedad más justa. A escala regional, es indispensable establecer un proyecto real de integración con objetivos comunes que atenúen crisis similares, aunque esto implique una pérdida en la autodeterminación. La inacción ante esta compleja situación social y económica seguramente causaría tragedias similares.

Foto de Eneas en Foter.com / CC BY

La Cepal, respetada, pero no escuchada

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), el principal órgano de las Naciones Unidas para la región, es una institución con hondas raíces en la historia del pensamiento económico y social. Desde su creación en 1948, sus informes, documentos de trabajo, reuniones y conferencias han desempeñado un papel importante en los modos de pensar y actuar de cuadros técnicos y políticos en posiciones de liderazgo.  

Del 26 al 28 de octubre de este año, la Cepal realizó, por primera vez, su período de sesiones de manera virtual. Todos los protocolos se hicieron normalmente bajo la presidencia de Costa Rica, que sucedió, así, a Cuba en dicho papel. Evidentemente, las sesiones en línea, con las consabidas dificultades ocasionales de sonido y sincronización, no tuvieron el mismo impacto que las sesiones presenciales. No lució igual. Pero no solo por la falta de lustre y energía que acaece cuando se hacen las cosas a través de una pantalla, sino también por cierta distancia entre el espíritu cepalino y el momento político por el que pasa la región.  

El informe presentado, que lleva por título “Construir un nuevo futuro: una recuperación transformadora con igualdad y sostenibilidad”, representa el esfuerzo de la organización por estructurar una base para el debate y las resoluciones de la reunión. Ese es uno de los propósitos esenciales del documento.

La Cepal hace un llamado a conjugar la respuesta a la crisis por la pandemia por medio de una recuperación del desarrollo sostenible con igualdad y conciencia ambiental»

En el texto, la Cepal hace un llamado a conjugar la respuesta a la crisis por la pandemia por medio de una recuperación del desarrollo sostenible con igualdad y conciencia ambiental. La secretaria ejecutiva, Alicia Bárcena, argumenta en el prólogo que los costos de la desigualdad se han vuelto insostenibles. La igualdad no es solo un tema de inclusión y derechos humanos, argumenta, sino que también es un modo de sostener los ingresos y la demanda agregada.

El texto recupera, así, los principios fundadores de la Cepal y se remite a la necesidad de una “propuesta de desarrollo basada en el estado de bienestar, el cambio técnico y la transformación productiva asociada al cuidado del medio ambiente, que fortalezca la igualdad y la democracia como el legado más preciado de la modernidad”.

El informe llama a un “pacto social” y pone al pensamiento cepalino del lado de aquellos que opinan que la crisis del 2008 marcó el principio del fin del neoliberalismo y agrega que la pandemia de la COVID-19 vino a poner aún más en evidencia dicha crisis. “La crisis de 2008 primero y, aun en mayor medida, la crisis de la pandemia, puso en jaque mitos que limitaban el espacio de las ideas y de las políticas públicas… Algunos años atrás, se consideraba que la igualdad y la eficiencia económica eran contradictorias…”.

Hay ‘un consenso creciente respecto a que la desigualdad es enemiga de la productividad, del aprendizaje y de la innovación»

Hoy en día, dice la secretaria, hay “un consenso creciente respecto a que la desigualdad es enemiga de la productividad, del aprendizaje y de la innovación. Hace algunos años, la política industrial era anatema; hoy en día hay un acuerdo amplio de que es clave para reducir las brechas tecnológicas, diversificar las exportaciones y desacoplar el PIB de las emisiones”.

El informe de la Cepal desarrolla aún más sus ideas y las sustenta con argumentación, datos y evidencias. Sin embargo, la recepción del informe tiene un tono poco entusiasta. Las resoluciones dicen que la comisión “toma nota del documento ‘Construir un nuevo futuro: una recuperación transformadora con igualdad y sostenibilidad’ y acoge con beneplácito el enfoque integrado del desarrollo que ha caracterizado el pensamiento de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe desde su creación” y “reconoce la pertinencia de los temas examinados y comparte el tenor general de las conclusiones que ofrece el documento”. Este lenguaje un tanto seco no es tan inusual en las Naciones Unidas, pero a veces los Estados miembros ofrecen un estímulo, diciendo “toma nota con interés y aprecio por…”. Ese aditivo no tuvo lugar en este caso.

Sin embargo, lo que llama la atención es que, además de esa recepción fría y lacónica, hay como una falta de sinergia entre el informe de la Cepal y la llamada “declaración política sobre una recuperación sostenible, inclusive y resiliente en América Latina y el Caribe” que se formula en nombre de los ministros y ministras de Relaciones Exteriores y altos y altas representantes de América Latina y el Caribe.

Dicha declaración está mucho más volcada a la respuesta a la pandemia de la COVID-19 que a los temas de recuperación de un desarrollo sostenible, con igualdad y con una mayor participación del Estado tanto en términos redistributivos como de regulación. Se nota un fuerte interés de los Estados miembros por un mayor financiamiento, ya sea por medio de la ayuda externa al desarrollo o por cualquier mecanismo que implique suspensión o condonación de deuda.

En cambio, los conceptos de “pacto social” o “estado de bienestar” no son utilizados y, si bien se habla de espacio fiscal y de estímulos mediante el gasto y la inversión pública, no existen alusiones a políticas redistributivas. Tampoco se hace referencia explícita al tipo de transformación productiva que es preciso aplicar para conseguir una economía verde, quitándoles filo a los llamados a renovar el compromiso por la agenda 2030 y sus tres pilares: el económico, el social y el ambiental.  

En una época en la que la región está perdiendo instancias y espacios de diálogo multilateral, sería una pena que lo que identificamos como una falta de sinergia, esté significando que los Gobiernos pierdan la capacidad de entender la relevancia de la Cepal o simplemente no quieren evidenciar que están en desacuerdo con ella. Al mismo tiempo, sería desafortunado que los mismos equipos técnicos y la mancomunidad de expertos que le dan vida al trabajo de la Cepal se dejen de interesar por la falta de eco de sus recomendaciones y se convenzan de que solo cabe esperar un nuevo ciclo político.

Siempre ha habido una brecha entre el pensamiento cepalino y las políticas públicas de los Gobiernos, pero esta pasa de menor a mayor grado de intensidad, dependiendo de las épocas. No obstante, hay que hacer un esfuerzo por encontrar mejores puntos de encuentro tanto desde la perspectiva de los cambios internos que puede hacer la misma Cepal como desde la perspectiva de una mayor apertura al pensamiento cepalino de parte de los que toman decisión.

Foto de la Cancillería del Perú en Foter.com / CC BY-SA