Un Estado familiar al servicio de Pekín

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A lo largo de 2025, la copresidencia de Nicaragua bajo Daniel Ortega y Rosario Murillo ha acelerado la consolidación de un Estado autoritario de familia. Las reformas constitucionales de enero eliminaron la separación de poderes, subordinando los poderes judicial, legislativo y electoral al ejecutivo, mientras que la legislación posterior extendió los mandatos políticos y permitió al régimen utilizar las instituciones electorales como arma contra la oposición política. 

Desde 2018, el gobierno de Ortega y Murillo ha encarcelado, exiliado o despojado de la ciudadanía a cientos de críticos y desmantelado miles de organizaciones de la sociedad civil, socavando los controles independientes del poder. Estos cambios legales e institucionales han transformado a Nicaragua de una democracia debilitada a un sistema autoritario cerrado, aumentando el riesgo de abusos sistemáticos de los derechos humanos y creando condiciones permisivas para la opacidad de la participación económica extranjera —en particular China— en sectores comerciales y mineros estratégicos. 

A partir de diciembre de 2021, el presidente Ortega rompió relaciones con Taiwán y estableció relaciones diplomáticas con Pekín, marcando la «nueva era» con la apertura de una embajada china en Managua ese mismo mes. Esta decisión se produjo tras semanas de que la Organización de los Estados Americanos (OEA), Estados Unidos y la Unión Europea (UE) condenaran las elecciones de 2021 como ilegítimas debido a la represión y encarcelamiento de 39 personas, incluyendo líderes de la sociedad civil y candidatos presidenciales. Pekín aprovechó la oportunidad para entrar en Managua buscando aliviar el creciente aislamiento internacional del régimen de Ortega.

En 2023, las exportaciones totales de Managua a Pekín se estimaron en 27,3 millones de dólares, pero aumentaron casi un 300 % en 2024, alcanzando los 82,1 millones de dólares. También en 2024, Pekín fue el segundo mayor exportador a Nicaragua, representando el 14 % de las importaciones totales, con un valor de 1650 millones de dólares. Recientemente, Pekín y Nicaragua han mantenido un déficit comercial de más de 1000 millones de dólares, lo que ha servido como un salvavidas para la desesperada estrategia de supervivencia del régimen, con China como principal benefactor. A medida que aumenta la presión occidental, Pekín proporciona capital, infraestructura, comercio y oportunidades al régimen de Ortega-Murillo a través del sector comercial y minero. 

Nicaragua ha contribuido directamente a la expansión del desarrollo económico de China en la región y ha aprobado múltiples leyes para facilitar el camino a Pekín. Por ejemplo, el 30 de octubre de 2025, la Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó por unanimidad una Zona Económica Especial (ZEE) que se vincula directamente con la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China, impulsando eficazmente su influencia a través de la infraestructura y el comercio. 

Las ZEE incluyen numerosas ventajas para las operaciones de Pekín en Nicaragua, como exenciones totales del impuesto sobre la renta, dividendos y aranceles de importación por hasta una década, y sectores industriales específicos para la manufactura, la agroindustria, la tecnología y las exportaciones. Laureano Ortega Murillo, hijo del presidente Ortega, dirigirá las ZEE, con una renovada promesa de empleo, alivio de la pobreza y transferencia de tecnología. La presencia del hijo del presidente al frente de las ZEE refleja el enfoque de la política exterior de Nicaragua en convertirse en un puente comercial entre el Pacífico y el Caribe.

Además, desde 2021, el régimen de Ortega-Murillo ha otorgado discretamente aproximadamente 300.000 hectáreas de tierra, o casi el 2,36 % del territorio nacional de Nicaragua, a cuatro empresas mineras afiliadas a China: Zhon Fu Development, Nicaragua XinXin Linze Mineria Group, Thomas Metal y Brother Metal. Estas empresas no tienen historial en Nicaragua, no están vinculadas a ninguna entidad china conocida ni siquiera cuentan con sitio web. Sin embargo, el régimen de Ortega-Murillo las ha adaptado convenientemente, ya que Nicaragua permite que empresas fantasma opacas sin historial operen en sectores de infraestructura crítica. 

Para apoyar la campaña minera de Pekín, el régimen de Ortega-Murillo ha revocado derechos de concesión y otorgado esas mismas concesiones mineras a estas opacas entidades fantasma. En 2022, la Asamblea Nacional Sandinista reformó la Ley 387 para permitir la transferencia de concesiones sin licitación pública, debilitar los mecanismos de control social y concentrar la toma de decisiones en el Ministerio de Energía y Minas. Esta «reforma» otorga a Nicaragua el control exclusivo sobre la transferencia de propiedad de concesiones mineras sin previo aviso. 

Además de la minería, Pekín ha manipulado el sector comercial nicaragüense que depende de las exportaciones de China a Nicaragua. Actualmente, los comerciantes nicaragüenses afirman enfrentarse a una «competencia desleal» a medida que sus ventas disminuyen debido a la explosión de ciudadanos chinos que operan en la región. Las empresas chinas han congelado el mercado nicaragüense mediante la venta de productos baratos a los que los ciudadanos chinos pueden acceder fácilmente gracias a los acuerdos. Los informes indican que la estrategia de China consiste en aprovechar los beneficios de importación que ofrece el gobierno nicaragüense, lo que permite a los ciudadanos chinos vender productos a precios bajísimos.

Esta estrategia ha permitido a Pekín debilitar por completo a las empresas nicaragüenses y apoderarse del mercado. En mayo de 2024, The Confidential informó que las empresas chinas redujeron drásticamente el 70 % de las ventas de los comercios locales. Además, este aumento de empresas chinas se traduce directamente en el crecimiento de las importaciones desde China, lo que contribuye a una mayor expansión del ya considerable déficit comercial.

Esta incapacidad para producir bienes atractivos para los mercados de Pekín perpetuará las tendencias de altas importaciones y mínimas exportaciones por parte de Nicaragua, lo que le brinda a Pekín la oportunidad de influir plenamente en la capacidad exportadora bajo el régimen de Ortega y Murillo.

Nicaragua ha tomado medidas para prohibir la entrada al país de medios de comunicación, prohibiendo la entrada de Biblias, periódicos, revistas, libros, drones y cámaras. Esto se produjo sin un decreto oficial del gobierno, pero aún así ha sido aplicado por inmigración y aduanas en los cruces fronterizos. La prohibición permite al régimen controlar el desarrollo de los medios de comunicación internos, disuadiendo cualquier interferencia extranjera y manipulando eficazmente las noticias y los medios de comunicación. Desde 2018, 61 medios de comunicación han sido cerrados o confiscados, con más de 2300 violaciones registradas por periodistas, lo que ha obligado a 300 periodistas a exiliarse de Nicaragua.

El mundo debe continuar investigando y denunciando las atroces violaciones de derechos humanos cometidas por esta dictadura familiar. Su objetivo de alienar a la población civil para generar riqueza para sí mismos y para Pekín mediante actividades económicas ilícitas y oscuras debe enfrentar audiencias legales en beneficio del pueblo nicaragüense. El gobierno corrupto de Nicaragua, que continúa debilitando los cimientos de sus instituciones democráticas para favorecer la propiedad china de zonas comerciales e industriales, congelará las exportaciones nicaragüenses y favorecerá la dependencia de las importaciones chinas

El vicepresidente opositor: una vieja historia en la política boliviana

¿Es una novedad que el vicepresidente de un Estado se declare opositor al gobierno del que él mismo forma parte? ¿Hasta dónde puede llegar un vicepresidente en su capacidad de erosionar o desestabilizar a un gobierno elegido democráticamente? Estas preguntas cobran actualidad a partir de la reciente declaración del vicepresidente de Bolivia, Edmand Lara, quien en días pasados se declaró opositor del gobierno presidido por Rodrigo Paz y de sus políticas. En particular, Lara ha cuestionado el Decreto 5503, que suprime la subvención a los carburantes y abre el país a la inversión extranjera. Las reacciones a la posición de Lara no se han hecho esperar, al punto que surgen iniciativas de sacarlo de su cargo como lo hizo el exconsejero de la Magistratura Porfirio Machicado a través de un proyecto de ley en noviembre de 2025. 

Estas fuertes tensiones entre el vicepresidente y el presidente tienen dos antecedentes históricos en el país —los presidentes René Barrientos y Jaime Paz— que vale la pena reseñar para (quizá) entender mejor por qué el vicepresidente Lara actúa así. 

Transcurría el año 1964 y Víctor Paz Estenssoro iba tras su tercer mandato como presidente. Si bien el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) estaba de acuerdo con su candidatura, no hallaban consenso sobre el nombre de su acompañante de fórmula. Finalmente, y luego de varios altercados, Paz decidió postular al general René Barrientos Ortuño a la vicepresidencia, porque este militar tenía contactos con sectores campesinos que para Paz eran vitales. Barrientos, ya en plena carrera electoral, solía afirmar que su misión como vicepresidente era “acompañar y ayudar a Víctor Paz para que no se cometan errores”, lo que desde luego reflejaba el grado de tensión y desconfianza que reinaba entre los dos políticos.

Lo que vino después fue la crónica de una traición anunciada. Las elecciones generales tuvieron lugar el 31 de mayo de 1964; la dupla del MNR fue reelegida con casi el 98 % de los votos y el partido retuvo su amplia mayoría en el Congreso. Sin embargo, unos meses después, el 2 de noviembre, el vicepresidente Barrientos ejecutó un golpe de estado contra Paz que lo obligó a salir de Bolivia rumbo a Lima.

Casi seis décadas después pasó algo similar. Luego de un turbulento proceso político, el 10 de octubre de 1982 fueron posesionados como presidente y vicepresidente de Bolivia Hernán Siles Zuazo, del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNRI), y Jaime Paz Zamora, del Movimiento de la Izquierda Revolucionaria (MIR). El contexto del país era de desastre económico, cuya máxima expresión era el descontrol de la inflación, con la consiguiente subida de precios. De manera sorpresiva y tras doce semanas en el poder, el MIR abandonó el gobierno de Siles, dejando al vicepresidente Jaime Paz como parte de una administración de la cual ya no formaba parte activa y con la que no coincidía políticamente. Así, Paz se convirtió en opositor a Siles. 

Hoy tenemos otro contexto político y económico, pero el mismo patrón: un vicepresidente que se encuentra incómodo con el gobierno del que forma parte. Lara adolece del mismo mal que Barrientos y Paz: sus ambiciones políticas son superiores al poder estatal que creen deberían tener. 

En 1964 Barrientos creía poseer el poder de las masas campesinas y el respaldo de la embajada de los Estados Unidos, y por ello estaba seguro de merecer más poder que el que le otorgaba Víctor Paz. Jaime Paz, por su parte, creía que los ministerios otorgados por Siles no correspondían a la base política que tenía (o creía tener). Lara, por su lado, se declara opositor al gobierno porque cree que el reparto del poder no corresponde a su aporte electoral al triunfo de Rodrigo Paz.

Empero, las distancias son también notables: Lara, a diferencia de Barrientos y Jaime Paz, carece de bases orgánicas dentro de su movimiento político, al punto que muchos de los laristas en el órgano legislativo parecen haberlo abandonado. De todos modos, encabeza una tendencia opositora en el país y ha enarbolado la resistencia al Decreto 5503, denunciando su inconstitucionalidad y afectación a los más pobres.

De este modo, la diferencia de Lara con Barrientos y Paz es evidente: no podría intentar un golpe de estado apoyado por las fuerzas policiales porque carece de llegada en la elite policial, y menos aún cuenta con apoyo militar. Tampoco puede debilitar al gobierno sacando a sus ministros o saliendo él mismo de la gestión porque carece de presencia en el gabinete. 

De todas maneras, Lara está lejos de ser un actor irrelevante: su poder no radica en un partido político, sino en un vasto esquema de intereses que se sienten afectados por la nueva administracion y que él articula a través de sus redes de internet, un instrumento que en varios países ya ha demostrado ser un mecanismo eficaz de movilización y presión social. Lara no tiene el poder, pero tiene el algoritmo.

Ecuador 2026: un año de tensiones a la vista

El panorama político en Ecuador al 2026 reitera el contexto del 2025. La principal prioridad para la población es eliminar la inseguridad, pues el año anterior fue el más violento de la historia: se registraron aproximadamente 50 muertes por cada 100 mil habitantes en la zona considerada de mayor peligrosidad, que involucra a las provincias de la costa, en donde se encuentran los puertos que sirven para el acopio y la distribución de la droga que sale a Europa y a EE.UU., especialmente cocaína. En segundo y tercer lugares se ubican como preocupaciones la economía y el desempleo, y le sigue la salud por la crisis del sistema sanitario.

El Gobierno de Daniel Noboa llega debilitado después de la derrota electoral sufrida en la consulta popular de noviembre que proponía un drástico viraje en la gobernabilidad, principalmente por el interés de que se instalen bases militares extranjeras para el combate al crimen organizado internacional y la posibilidad de que haya una nueva Constitución con arquitectura institucional remozada y otras reglas del juego en la economía tendientes al libre mercado. La mayoría del pueblo le dijo que no y eso le obliga a replantear su estrategia, la que por cierto no ha sido comunicada. Tampoco se evidencian cambios de envergadura en su gabinete. Sigue gobernando con su círculo inicial sin que hayan mejorado los indicadores en los aspectos más complejos.

El resultado de la última elección demostró que la buena aceptación del Presidente no significaba respaldo en las urnas para un cambio de timonel. Después de dos años de gestión, Noboa juega un segundo tiempo con dificultades. El 2026 es un año de campaña electoral, porque se acerca la elección de alcaldes y prefectos y esto reconfigura las fuerzas políticas a nivel local y regional, sobre todo en las principales ciudades, en donde gobiernan opositores como en Guayaquil, Quito y Cuenca. Hasta el momento, el primer mandatario no cuenta con autoridades locales, ya que su partido es de reciente creación y esto implica probar su músculo organizativo.

Respecto de la relación entre el Ejecutivo y la Asamblea, la misma está a prueba, pues si bien el Gobierno cuenta con una mayoría absoluta, el comportamiento de sus aliados podría cambiar de cara a las elecciones, además de que no hay claridad acerca de la agenda de la legislatura. En cuanto a la relación con las otras funciones del Estado hay cuestionamientos de la oposición y de varios sectores de la opinión pública por su afinidad con autoridades cuestionadas del Consejo de la Judicatura y el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social, acusados de corrupción. En este escenario, si el Presidente no se desmarca de las autoridades deslegitimadas, su Gobierno podría desgastarse más.

También hay un frente interno de alta complejidad para el Presidente y es la cartera de salud junto con la de seguridad social, debido a la corrupción, la falta de medicamentos en los hospitales, escasez de especialistas y un modelo de gestión colapsado, sin perder de vista la alta rotación de ministros y altos funcionarios en estas dependencias, por lo cual no hubo continuidad en ninguna iniciativa de los mismos coidearios del Ejecutivo. Simultáneamente, no se logra configurar un plan social que articule la atención a los sectores más vulnerables, que en la mayoría de los casos se encuentran en la ruralidad de las tres regiones: Costa, Sierra y Oriente.

Después del paro de los sectores indígenas ubicados en la sierra norte y el apoyo que recibieron por parte de varios colectivos de izquierdas, no hay señales de la ejecución de acuerdos entre el Gobierno y los dirigentes que pudieran bajar las tensiones en el mediano y largo plazos. Ecuador ha sufrido en los últimos 6 años tres paralizaciones de alta explosión política en el 2019, 2022 y 2025 que dejaron como saldo una ruptura del tejido social.

No obstante, Noboa se muestra optimista en lo económico, pues las cifras macro revelan una reducción drástica del riesgo país a 460 puntos cuando estuvo en 2.016 puntos hace dos años, además un incremento de las reservas internacionales de USD 9.975 millones de dólares. Mantiene la inflación controlada en 2.1% y un salario básico mensual de USD 482 dólares con un incremento de 11 dólares. No obstante, hay un déficit fiscal de USD 5.312 millones sin claridad de cómo se logrará su cobertura. Paralelamente, cuenta con el respaldo del Fondo Monetario Internacional debido a sus decisiones de eliminar los subsidios de los combustibles, plantear un recorte de la burocracia y una mejoría notable en la recaudación de impuestos.

Mención aparte es la política exterior del Presidente, una estela de pragmatismo: sindéresis con las acciones de Donald Trump, búsqueda y ampliación de aliados comerciales en diversos países, lo anterior también en materia de ayuda al Ecuador en temas de seguridad, reforma a la justicia e inteligencia. Las relaciones vecinales con Colombia y Perú, esenciales por su cercanía, comercio y lazos históricos, se han mantenido pese a las diferencias ideológicas con Gustavo Petro y la inestabilidad política del segundo. Muchas tareas para resolver en un año intenso y de amplias demandas ciudadanas.

El silencio estratégico de Kast y los riesgos para la agenda de género en Chile

Chile eligió a su nuevo presidente en diciembre de 2025, reiterando la tradición política de alternancia entre gobiernos de derecha e izquierda, pero con un nuevo componente: la radicalización. José Antonio Kast (Partido Republicano) es el presidente más derechista desde el fin de la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990).

Tras un reciente giro a la derecha en América Latina —en países como Argentina, Bolivia, Ecuador y Honduras—, el electorado chileno dio luz verde al avance de la derecha en su faceta más radical. Tras el estallido social de 2019 y los años del gobierno de Gabriel Boric (2018-2022), una parte significativa de la población se adhirió al discurso securitario y antimigratorio de Kast, así como a sus declaraciones públicas de admiración por Pinochet. Lejos de generar una repulsión generalizada, esta narrativa se relativizó ante propuestas como el endurecimiento de la represión policial y la construcción de un muro en la frontera con Bolivia.

¿Qué representa la elección de Kast para la agenda de género en Chile?

Para movimientos feministas como la Coordinadora 8M, Kast encarna un proyecto político asociado con la destrucción de la seguridad social, la violencia, la regresión de derechos y la impunidad. A lo largo del proceso electoral, el colectivo advirtió sobre los riesgos concretos que la elección del líder de extrema derecha representaba para los derechos conquistados por las mujeres en el país. De igual manera, el Movimiento para la Integración y la Liberación Homosexual (Movilh) declaró estar en alerta máxima ante los resultados electorales.

Estos grupos, en particular los feministas, han desempeñado un papel importante en la política chilena durante la última década, logrando avances significativos en términos de derechos y participación en la toma de decisiones del debate público nacional.

El estallido social de 2019 allanó el camino para una agenda institucional más participativa e igualitaria, incorporada por el gobierno de Boric, que se declaró abiertamente feminista y buscó traducir este compromiso en políticas públicas, así como en una composición gubernamental más representativa de la diversidad cultural, sexual y de género de la sociedad chilena. Entre los avances, se pueden citar: la aprobación del matrimonio igualitario, la creación del registro nacional de deudores de pensiones alimenticias y la promulgación de una ley integral para la prevención y el combate a la violencia contra las mujeres.

A nivel internacional, Chile dio un paso sin precedentes al convertirse en el primer país de Sudamérica en adoptar oficialmente una Política Exterior Feminista. Con un fuerte énfasis en la economía del cuidado, esta política ha buscado consolidar mecanismos institucionales capaces de transformar los feminismos en políticas de Estado, y no solo de gobierno. La pregunta que surge ahora es: ¿cuál será el rumbo de esta agenda bajo la presidencia de Kast?

Los precedentes

Kast es una figura histórica de la política chilena y se ha declarado en contra del aborto. Sus acciones políticas revelan un patrón de oposición a los avances en los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales.

Expertos chilenos identifican este conjunto de posturas como expresión de la denominada «agenda de valores», que, lejos de ser marginal, estructura el proyecto político de Kast y se traduce en ataques directos contra el matrimonio igualitario, la adopción por parejas del mismo sexo y el reconocimiento de la identidad de género.

En la carrera presidencial de 2025, Kast optó deliberadamente por evitar temas relacionados con los derechos sexuales y de género, redirigiendo su campaña hacia agendas como la economía, la seguridad y la reforma social. Esta decisión no representa un cambio ideológico, sino un ajuste estratégico respecto a la llamada agenda de «valores», cuyo objetivo es ampliar su base de apoyo más allá del núcleo conservador tradicional.

Un estudio realizado por el Observatorio Electoral de Derechos LGBTI+ indica que la agenda de los derechos de las disidencias sexuales y de género ocupó un espacio significativamente menor en las campañas de los candidatos conservadores, en contraste con las de la izquierda. A diferencia de sus candidaturas de 2017 y 2021, en 2025 Kast comenzó a invertir en estrategias específicas para captar el voto femenino, como aumentar la presencia de mujeres en puestos de responsabilidad en su equipo de campaña.

El distanciamiento deliberado de este tema no indica un compromiso con la preservación de los avances o las agendas ya alcanzadas, sino que revela una estrategia política ajustada a un contexto de fuerte efervescencia de resistencia feminista en el país.

A esto se suma la interpretación electoral de que el voto femenino fue uno de los factores decisivos en la victoria de Boric en 2021, precisamente en la segunda vuelta contra el propio Kast. Esta vez, la estrategia argumentativa resultó ser más sofisticada: en lugar de confrontar los discursos de la izquierda que defienden los derechos sexuales y de género, la campaña de Kast optó por vaciar el debate, señalando que este no sería un problema urgente para el país.

En su primer discurso como presidente electo, se puede decir que Kast reiteró esta táctica al adoptar un discurso «pacificador», pidiendo respeto a los oponentes y afirmando que gobernaría «para todos». Sin embargo, durante el discurso, este «para todos» no estuvo acompañado del reconocimiento de indicadores de género, sexualidad, clase, raza y etnia, lo cual interfiere directamente con la violencia y las desigualdades que experimentan ciertas poblaciones. No se puede olvidar que Kast forma parte de un movimiento transnacional ultraconservador, con claras afinidades ideológicas con otras figuras políticas como Javier Milei (Argentina), Donald Trump (EE. UU.) y Giorgia Meloni (Italia), por ejemplo.

La gran pregunta ahora mismo es si el nuevo presidente cerrará el Ministerio de la Mujer y la Igualdad de Género, si suspenderá la financiación de políticas públicas centradas en la igualdad de derechos y si abandonará la Política Exterior Feminista. Hasta el momento no se ha anunciado ningún cierre, sino una reformulación. ¿Y qué significa eso?

Una cosa ha quedado clara: el género no es una cuestión prioritaria. Y, si no es una prioridad del gobierno, puede fácilmente convertirse en una agenda insignificante, sin financiación y, por lo tanto, sin la fuerza para resistir. Las medidas drásticas no son las únicas maneras de interrumpir el progreso y la construcción de sociedades más justas e inclusivas para las mujeres y las disidentes sexuales. Ignorar, dejar de lado y minimizar la urgencia es una estrategia silenciosa y, a menudo, más eficaz.

El futuro de los feminismos en Chile y más allá

Ante este giro hacia la extrema derecha en Chile, los movimientos feministas han respondido no solo con advertencias, sino también con la reactivación de memorias históricas de resistencia. En un comunicado publicado el 14 de diciembre, la Coordinadora Feminista 8M afirmó que los tiempos marcados por el miedo y la frustración exigen mayor movilización social, no retroceso. Para el colectivo, afrontar el nuevo ciclo político implica recuperar legados intergeneracionales de articulación feminista, como los del Movimiento Pro-Emancipación de las Mujeres de Chile (MEMCH), que incorporó un horizonte antifascista durante la dictadura.

La elección de Kast se enmarca en un contexto regional de fortalecimiento de proyectos ultraconservadores, como los de Javier Milei en Argentina y la rearticulación de la extrema derecha en Brasil. Países que comparten historias de autoritarismo y violencia estatal también comparten tradiciones feministas forjadas en la resistencia, desde la experiencia de las Madres de Plaza de Mayo hasta las movilizaciones feministas chilenas contemporáneas.

Más que anticipar el rumbo del gobierno de Kast, los feminismos reafirman que la lucha no solo se dará a nivel institucional, sino también en la movilización social, la construcción de redes de solidaridad y la defensa activa de la democracia. En contextos de regresión, ignorar también es una forma de violencia, y la resistencia sigue siendo una urgencia política.

Después de 40 años de frustraciones y resiliencia, el Mercosur es más relevante que nunca

La firma del acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea no debe hacernos olvidar que el Mercosur ha sobrevivido 40 años de crisis, frustraciones y resiliencia. La 67ª Cumbre de Presidentes del Mercosur, celebrada apenas en diciembre en Foz do Iguaçu, no fue muy diferente de las anteriores: tuvo escasa asistencia, debido a la no firma del acuerdo con la Unión Europea, y desacuerdos especialmente entre Lula y Javier Milei. La prensa le dio poca relevancia a la reunión. Una vez más, se percibe un sentimiento de frustración tras los últimos 10 años. Muchos académicos destacan las deficiencias del bloque. Hay muchas críticas al Mercosur y reclamos académicos por sus fracasos e incumplimiento de las directrices definidas. El Mercosur, entonces, sería un destructor de expectativas que genera frustraciones. Pero quizás exista una dimensión para el optimismo.

El Mercosur lleva 34 años funcionando, en una región que ya ha sufrido la pérdida de organismos como Unasur y Prosul. Y si contamos desde la Declaración de Iguazú, eso suma 6 años más. La iniciativa de integración comenzó hace 40 años entre Argentina y Brasil, pero al desembocar en la firma de un tratado, Uruguay, considerando a ambos países como socios comerciales importantes, solicitó su ingreso y, junto con ello, sugirió la incorporación de Paraguay.

Esta incorporación posterior de socios menores siempre ha sido un sello distintivo del bloque. El Mercosur y las relaciones entre  Brasil y Argentina están entrelazadas, ya que el bloque presenta dos dinámicas internas: la bipolaridad entre ambos países y la estructura cuadrangular de los cuatro Estados miembros. Las relaciones bipolares en su interior marcan la dinámica del funcionamiento del bloque.

Si examinamos la historia del Mercosur, observamos frustraciones, pero siempre acompañadas de resiliencia y superación de desafíos. La Declaración de Iguazú de 1985 auguró una integración productiva entre Argentina y Brasil que nunca se materializó. El Tratado de Asunción se centró más en el comercio, y al final de las negociaciones de Las Leñas, la dimensión comercial se consolidó como el principal sello distintivo del bloque. Durante las negociaciones del Protocolo de Ouro Preto, en sectores de la diplomacia brasileña surgió la idea de ampliar el bloque para formar una Zona de Libre Comercio Sudamericana, lo que disolvería el Mercosur de cuatro estados. Sin embargo, el Mercosur prevaleció.

La crisis de 1999, resultante de la devaluación de la moneda brasileña sin consulta previa, afectó el comercio intrabloque y el Plan de Convertibilidad argentino. Argentina reaccionó obstaculizando el Arancel Externo Común e incluso la zona de libre comercio, pero el presidente De la Rúa, una vez elegido, apaciguó la situación. La crisis económica, política e institucional de Argentina en 2001 recibió, aunque modesto, apoyo de Brasil.

Durante el período conocido como regionalismo poshegemónico, con los gobiernos del PT en Brasil, Néstor y Cristina Kirchner en Argentina y el Frente Amplio en Uruguay, se produjeron avances en las dimensiones política y social del Mercosur: la creación del Parlamento del Mercosur, el Instituto Social del Mercosur, el Instituto de Derechos Humanos y las Reuniones Especializadas. Se creó la Unasur, pero no sustituyó al Mercosur; más bien, se complementaron. Sin embargo, la construcción del Parlamento se estancó y el impacto del desarrollo brasileño esperado por los socios argentinos no se materializó.

Con los gobiernos de Mauricio Macri y Michel Temer, los logros del período poshegemónico sufrieron un retroceso. El marco institucional del bloque se redujo y este volvió a un perfil comercial. La reprimarización de las economías de los Estados miembros contribuyó a obstaculizar futuros avances del bloque.

Tras este período, llegó la coexistencia de Alberto Fernández con Jair Bolsonaro, agravada por la pandemia de COVID-19. El único encuentro presencial entre ambos presidentes tuvo lugar en una reunión del G-20 en Italia. Bolsonaro y el ministro de Economía, Paulo Guedes, amenazaron repetidamente el arancel externo común, y el presidente uruguayo Lacalle Pou también presionó para poner fin a sus restricciones, pero en ambos casos sin éxito. Luego vino la alternancia presidencial, con Javier Milei en Argentina y Lula da Silva en Brasil. Tampoco se entienden y, en el primer año de coexistencia, intercambiaron insultos. Pero el Mercosur continuó.

¿Por qué el Mercosur, a pesar de todas las fricciones y limitaciones experimentadas y de presidentes con tendencias políticas tan diferentes, sigue funcionando? Aquí vienen las reflexiones sobre el éxito del bloque.

La primera razón se refiere a la motivación que llevó a su creación y que lo impulsa: es un instrumento creado y mantenido para gestionar las relaciones (históricamente complejas) entre Brasil y Argentina, siendo Uruguay y Paraguay importantes, pero complementarios. En este marco, ha estabilizado y mejorado considerablemente la relación entre ambos.

La segunda razón se relaciona con su dinámica operativa. El Mercosur es como un marco que limita el espacio de movimiento de los Estados, pero que cada gobierno puede ocupar a su antojo. Es resiliente y, por lo tanto, no tiene reglas rígidas que impidan la adaptación a las preferencias políticas de los gobiernos de turno. Las reglas rígidas pueden actuar como autotrampas. El Mercosur tiene una gran capacidad de cambio y adaptación.

Finalmente, y no menos importante, el Mercosur cuenta con la participación y el apoyo de importantes actores económicos de los cuatro estados miembros, quienes se oponen cada vez que ven al bloque amenazado. La Confederación Nacional de la Industria de Brasil ha expresado su preocupación por cada amenaza al arancel externo común, proveniente del gobierno de Bolsonaro.

Esta es, pues, la fortaleza del bloque que ha garantizado su existencia a lo largo de todos estos años. Los desacuerdos y la falta de compromiso en las recientes Cumbres del Mercosur hacen temer que la motivación, la flexibilidad y el apoyo de los actores económicos tengan una vida limitada. Sin embargo, la firma del Acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea, tras 26 años de negociaciones, renueva la esperanza del bloque.

Progresividad o ajuste: las bases de un nuevo pacto fiscal latinoamericano

América Latina atraviesa un momento fiscal decisivo. Tras la pandemia, los gobiernos enfrentan ingresos tributarios estancados, inflación persistente en varios países, un servicio de la deuda que consume buena parte de los presupuestos nacionales y una ciudadanía exhausta que observa con creciente desconfianza la capacidad del Estado para proveer servicios básicos. En ese contexto, la noción de un denominado nuevo pacto fiscal comenzó a ocupar el centro de las discusiones públicas, pero en realidad encierra un dilema que ha dominado el debate regional durante décadas: ¿debe la región avanzar a una mayor progresividad tributaria o hacia un ajuste del gasto? 

La forma en que esta pregunta se presenta es definitoria. La historia reciente muestra que las reformas centradas exclusivamente en subir impuestos a los sectores de mayores ingresos, así como las basadas únicamente en recortar gasto público, han fracasado a la hora de estabilizar las cuentas fiscales o generar crecimiento sostenido. Ninguno de estos caminos, tomado de forma aislada, ofrece una salida duradera. El verdadero debate, mucho más complejo, pero también más honesto, consiste en definir qué tipo de Estado se quiere financiar, qué estructura tributaria permite sostenerlo y cómo garantizar que los recursos públicos se administren con transparencia, eficiencia y legitimidad.

Para comprender la dimensión del problema, conviene observar algunas cifras oficiales. Según datos de la OCDE, en los países miembros la recaudación tributaria promedio ronda el 34 % del PIB. En cambio, en América Latina, de acuerdo con la CEPAL, los ingresos tributarios representan alrededor del 21 % del PIB. La brecha es evidente, pues la región intenta financiar expectativas de estado de bienestar con una estructura fiscal propia de economías que recaudan mucho menos. Al mismo tiempo, la pandemia dejó como legado niveles de deuda más altos. La propia CEPAL estima que la deuda pública bruta regional se encuentra en torno al 50 % del PIB, con varios países por encima del 70 %. 

Aunque estas cifras están lejos de las observadas en países desarrollados, la diferencia radica en el costo del crédito: mientras que ellos acceden a financiamiento barato, América Latina debe hacerlo en mercados más riesgosos y a tasas mucho más altas. Esto provoca que el servicio de la deuda represente, en muchos casos, el rubro de mayor gasto dentro de los presupuestos nacionales.

El resultado es un margen fiscal estrecho, presionado desde dos frentes, una estructura tributaria insuficiente y un costo financiero que continúa en ascenso. Esta situación alimenta la idea de que no queda más remedio que ajustar, pero el ajuste ha sido ya una práctica reiterada en la región, sin que ello haya generado una senda de estabilidad duradera. La austeridad permanente tiene rendimientos decrecientes, pues, después de sucesivos recortes, lo que queda por ajustar suele ser infraestructura, ciencia y tecnología, educación o políticas de salud, precisamente los sectores con mayor potencial para impulsar el crecimiento económico futuro. Además, la experiencia muestra que los recortes tienden a recaer de forma desproporcionada sobre quienes dependen en mayor medida de los servicios públicos, lo que agrava tensiones sociales y debilita la legitimidad de los gobiernos.

Por otra parte, la supuesta progresividad tributaria por sí sola ofrece una solución completa. Aunque es evidente que la región necesita sistemas más equitativos, América Latina continúa siendo una de las regiones más desiguales del planeta, y la realidad institucional limita el alcance de estas reformas. De acuerdo con la CEPAL, la evasión y la elusión tributaria representan entre el 6,3 % y el 6,7 % del PIB regional, una cifra que excede ampliamente el promedio de economías comparables. Ese nivel de incumplimiento socava cualquier intento de construir un sistema más justo, porque los mayores ingresos potenciales no llegan a materializarse y porque alimenta la percepción de que el esfuerzo fiscal no se distribuye de manera equitativa. 

Se suman a ello los llamados gastos tributarios, contenidos en regímenes especiales, deducciones y exoneraciones que equivalen a montos significativos del PIB y benefician, en muchos casos, a sectores con alta capacidad de influencia política. Reducir o eliminar estos beneficios podría generar más recursos que varias reformas impositivas combinadas, sin afectar directamente a los grupos más vulnerables.

El desafío no está, entonces, en escoger entre progresividad o ajuste, sino en comprender por qué la región no ha logrado articular una estrategia fiscal equilibrada y sostenible. Una parte del problema es política, pues los pactos fiscales requieren acuerdos sociales amplios y duraderos. En una región marcada por la polarización, la fragmentación partidaria y la baja confianza interpersonal, construir consensos resulta extremadamente complicado. La ciudadanía desconfía del Estado porque percibe corrupción, ineficiencia y desigualdad en el uso de los recursos. Y los gobiernos desconfían de la ciudadanía porque enfrentan resistencia a cualquier intento de reforma, sea esta recaudatoria o de racionalización del gasto.

A pesar de esta tensión, un nuevo pacto fiscal no solo es necesario, sino que es inevitable. Para que sea viable, sin embargo, debe partir de algunos principios mínimos, como el de ampliar la base tributaria antes que aumentar tasas. La informalidad económica, que en varios países supera el 50 % de la fuerza laboral, impide que una parte significativa de la población contribuya al financiamiento del Estado. 

Reducir la informalidad mediante regímenes simplificados, incentivos reales a la formalización y digitalización de procesos podría generar más ingresos sostenibles que varias reformas impositivas sucesivas. También hay que revisar en profundidad las exenciones y beneficios fiscales. Estos mecanismos, introducidos a menudo como estímulos temporales, terminan convirtiéndose en privilegios permanentes que se sostienen más por presión que por evidencia de resultados. Se debe también fortalecer la administración tributaria y cerrar brechas de evasión. 

Para alcanzar una reducción significativa del incumplimiento fiscal, los países deben invertir en capacidades tecnológicas, interoperabilidad de bases de datos, cooperación regional contra flujos financieros ilícitos y profesionalización de las instituciones encargadas de recaudar. Incluso reducciones modestas en la evasión podrían generar recursos equivalentes a varios puntos del PIB, superando el efecto recaudatorio de muchos incrementos impositivos.

Se debe, de manera complementaria, garantizar que el gasto público se oriente hacia bienes y servicios de alto retorno social. No se trata de evitar todo ajuste, sino de aplicarlo selectivamente, eliminando duplicidades, modernizando estructuras administrativas y combatiendo la captura de recursos públicos por grupos privilegiados. La clave es proteger la inversión en educación, salud, infraestructura, seguridad ciudadana y transición energética, áreas en las que los beneficios económicos y sociales son mayores y más duraderos. 

Finalmente, un pacto fiscal creíble debe vincular ingresos y resultados. Los ciudadanos están más dispuestos a aceptar contribuciones adicionales cuando perciben que el Estado utiliza los recursos de manera transparente y eficiente. Mecanismos como presupuestos etiquetados, reportes periódicos de impacto o auditorías visibles pueden fortalecer la legitimidad de las reformas y reducir la resistencia social.

En América Latina, donde la confianza en las instituciones se encuentra en niveles bajos, este acuerdo no será sencillo, pues se requerirá que las élites económicas renuncien a privilegios, que los gobiernos demuestren un compromiso real con la eficiencia y la transparencia, y que la ciudadanía comprenda que sin una base fiscal más sólida no es posible sostener un Estado capaz de brindar seguridad, bienestar y desarrollo. 

Dejar atrás la falsa dicotomía entre progresividad y ajuste implica reconocer que ambos elementos forman parte de un mismo contrato social. La progresividad es necesaria para construir un sistema justo, pero requiere un Estado creíble. El ajuste es inevitable en ciertos momentos, pero debe ser inteligente, selectivo y orientado a mejorar la calidad del gasto, no a debilitar servicios esenciales. La verdadera tarea no es escoger entre uno u otro, sino articular una estrategia que combine las dos dimensiones de forma coherente. 

La región no necesita simplemente más impuestos ni menos gasto. Necesita un Estado distinto, más eficiente, más transparente, más capaz y legítimo. Ese es el pacto fiscal pendiente; lo demás es solo contabilidad que, sin reformas profundas, solo aplaza la próxima crisis.

Realismo periférico en América Latina y Europa como reacción a la intervención en Venezuela

La operación militar de Estados Unidos en Venezuela a principios de año no fue una sorpresa propiamente dicha, aunque la naturaleza y aparente eficacia de la operación no eran anticipadas por muchos. La captura de Nicolás Maduro, ya sea resultado de una traición interna, como algunos especulan, o de una abrumadora superioridad militar tecnológica, tiene pocas consecuencias para una transición democrática en Venezuela, una de las principales preocupaciones de la región en los últimos 20 años. Sin embargo, el cambio de régimen no es una prioridad para el gobierno de Trump sino, más bien, el control de las reservas petroleras de Venezuela y la defensa de la hegemonía hemisférica estadounidense frente a China.

La reacción de los Estados latinoamericanos y de la Unión Europea ante la intervención militar de Estados Unidos y la captura de Maduro fue dividida —más en América Latina que en Europa— y, en general, bastante tímida. Hace muchos años, el intelectual argentino Carlos Escudé desarrolló el concepto de “realismo periférico” pensando específicamente en América Latina (y en su propio país). Si evaluamos la reacción a los acontecimientos a ambos lados del Atlántico frente a la intervención de Estados Unidos, puede observarse que, en varios casos, la respuesta encaja bien con los supuestos del realismo periférico; en algunos episodios, incluso, podría hablarse de un “realismo oportunista”.

Resulta difícil caracterizar la reacción del régimen venezolano tras la captura de Maduro de otra manera: por un lado, sostiene una retórica abiertamente antiimperialista y revolucionaria; por otro, parece entregar la gestión del petróleo a Estados Unidos. Hugo Chávez, inevitablemente, se revuelve en su tumba. En la práctica, la prioridad de sus herederos y herederas en el nuevo contexto no es la coherencia ideológica ni la defensa del proyecto bolivariano, sino aferrarse al poder.

Otro ejemplo ilustrativo es el del presidente colombiano Gustavo Petro. Durante mucho tiempo fue uno de los críticos más vehementes de Donald Trump en América Latina. Sin embargo, tras algunas amenazas veladas desde la Casa Blanca y una llamada telefónica con el mandatario estadounidense, pasó en tiempo récord de la confrontación a los elogios, destacando coincidencias políticas con Donald Trump que hasta hacía poco consideraba impensables.

El realismo periférico sostiene, en esencia, que la política exterior debe partir del reconocimiento de relaciones de poder asimétricas —en este caso, frente a Estados Unidos— y que los gobiernos, cuando priorizan el bienestar económico de su población, ajustan su conducta externa a esa realidad. Desde esta perspectiva, entrar en un conflicto abierto con Washington por la acción militar en Venezuela implica asumir costos sin ninguna expectativa realista de beneficio.

Esto da lugar a dos posibles reacciones. Por un lado, el seguimiento ciego o, como se dice en inglés, bandwagoning con Estados Unidos. Por otro lado, la defensa de los principios fundamentales de la política internacional y del derecho internacional, y el esfuerzo por influir en la solución a medio y largo plazo del conflicto en Venezuela. La intervención es irreversible y Maduro no regresará a Venezuela en el corto o mediano plazo, aunque también es debatible si el actual gobierno venezolano desea realmente ese retorno.

Las instituciones multilaterales latinoamericanas hasta ahora no han logrado alcanzar consenso ni siquiera para una declaración oficial común. La realización de una reunión de CELAC el 4 de enero, solicitada por Brasil y convocada por Colombia en su calidad de presidencia pro tempore, generó inicialmente ciertas expectativas. Sin embargo, pronto quedó en evidencia la persistente fragmentación regional, marcada por la división entre gobiernos de izquierda y derecha, a la que se suma una línea de fractura adicional entre quienes se alinean con Estados Unidos y quienes buscan mantener mayor autonomía.

El resultado pone de manifiesto la eficacia del enfoque bilateral de Washington hacia los países de América Latina y el Caribe, sustentado en la oferta de ‘acuerdos especiales’ a socios seleccionados. Argentina lideró la oposición a una declaración común crítica de la operación y fue respaldada por Paraguay, Perú, Bolivia, Costa Rica, Ecuador, El Salvador, Panamá, República Dominicana y Trinidad y Tobago. A medida que se celebraban elecciones, algunos países fueron modificando su posición. Los casos más llamativos son los de Chile y Honduras, donde los presidentes recientemente electos, Kast y Asfura, que pronto asumirán el poder, expresaron su apoyo a Trump, en contraste con las posiciones de los mandatarios salientes, Boric y Xiomara Castro.

El Consejo Permanente de la OEA se reunió el 6 de enero, pero tampoco logró consensuar una declaración común. De manera similar, Argentina, Ecuador, Paraguay y El Salvador respaldaron la operación militar; mientras Brasil, Chile, Colombia, México y Honduras la criticaron. El embajador argentino Carlos Bernardo Cherniak declaró que «Argentina aprecia la determinación mostrada por el presidente de los Estados Unidos y su administración en las acciones emprendidas en Venezuela»; mientras que el embajador brasileño Benoni Belli afirmó que «los atentados en territorio venezolano y el secuestro de su presidente cruzan una línea inaceptable. Estos actos representan una grave afrenta a la soberanía de Venezuela y amenazan a la comunidad internacional». Esto ilustra la brecha entre las posiciones clave de los países sudamericanos y explica por qué el Mercosur tampoco ha logrado consensuar una reacción conjunta.

Si bien en las últimas décadas la Unión Europea ha mantenido una política activa de promoción y defensa de la democracia, en la crisis actual de Venezuela, por ahora, carece de capacidad de influencia real y queda, en gran medida, relegada a un papel de mera espectadora. Además, la UE se ve confrontada por la amenaza del gobierno estadounidense de anexionar Groenlandia y, al mismo tiempo, depende del apoyo de Washington en el conflicto de Ucrania, lo que limita su margen de maniobra.

En este contexto, la UE actúa de manera similar a la mayoría de los países latinoamericanos, defendiendo con cautela los principios del derecho internacional, pero evitando un conflicto abierto con EE. UU.    

Por ejemplo, en la declaración de la Alta Representante de la UE, apoyado por todos los países de la UE salvo Hungría, sobre las consecuencias de la intervención de Estados Unidos en Venezuela se dice: “estamos en estrecho contacto con Estados Unidos, así como con socios regionales e internacionales para apoyar y facilitar el diálogo con todas las partes involucradas, lo que lleva a una solución negociada, democrática, inclusiva y pacífica a la crisis, liderada por venezolanos. Respetar la voluntad del pueblo venezolano sigue siendo la única manera de que Venezuela restablezca la democracia y resuelva la crisis actual.”

Se trata de una posición que puede ser compartida tanto por la Unión Europea como por los Estados latinoamericanos y que podría servir de base para la articulación de actividades coordinadas respecto a la situación en Venezuela. Si bien la UE y gobiernos afines en América Latina no disponen del mismo poder de influencia que Estados Unidos sobre el régimen venezolano, sí pueden condicionar su cooperación con un gobierno carente de legitimidad democrática a avances concretos en la liberación de presos políticos, la apertura de espacios para la participación política y la presentación de un calendario claro y creíble para una transición democrática.

La verdadera amenaza a la democracia no es el populismo. Es la oligarquía

Cuando la democracia entra en crisis, el dedo acusador suele señalar al populismo. Líderes carismáticos, discursos antiinstitucionales y estilos autoritarios ocupan titulares y debates, reforzando una narrativa cómoda: la democracia liberal estaría amenazada desde abajo. Sin embargo, esta explicación resulta incompleta —y, en muchos casos, engañosa—. En América Latina, y cada vez más también en otras regiones, el problema más persistente no es el populismo, sino la oligarquía.

Desde las independencias del siglo XIX, América Latina fue un enorme laboratorio de republicanismo. Las nuevas repúblicas surgidas de la ruptura colonial abrazaron principios radicales para su tiempo: soberanía popular, constitucionalismo, elecciones competitivas y secularismo. No fueron copias imperfectas de Europa, sino experiencias originales que intentaron articular libertad política en sociedades profundamente desiguales. El problema es que esa desigualdad nunca fue resuelta. La ciudadanía se proclamó universal, pero se practicó de forma selectiva, atravesada por jerarquías de clase, etnia y género.

De ese desequilibrio histórico nacieron repúblicas formalmente representativas, pero sustantivamente oligárquicas. A lo largo del tiempo, pequeñas élites económicas —a menudo vinculadas a intereses externos— lograron capturar el Estado, moldear las instituciones y convertir la representación política en un mecanismo de reproducción del poder. Las elecciones continuaron existiendo, pero la igualdad política quedó vaciada de contenido. No se trató de democracias fallidas, sino de algo más inquietante: democracias compatibles con la dominación de unos pocos.

Mirar la democracia desde la tradición republicana permite entender mejor esta dinámica. Una república no se reduce al acto de votar. Supone la protección efectiva de la libertad frente a la dominación, ya sea ejercida por el Estado o por poderes privados. Para ello, son indispensables el Estado de derecho, la separación de poderes y una administración pública capaz de actuar con autonomía frente a intereses particulares. Cuando la riqueza y el poder se concentran de forma extrema, estas condiciones se erosionan. La desigualdad convierte a muchos ciudadanos en dependientes, vulnerables y, en última instancia, menos libres.

Esta perspectiva también ayuda a reinterpretar el populismo. Lejos de ser una anomalía inexplicable, el populismo suele surgir como respuesta a la experiencia cotidiana de exclusión y abuso producida por regímenes oligárquicos. Cuando las instituciones dejan de representar, cuando la justicia protege sistemáticamente a los poderosos y cuando el crecimiento económico beneficia a unos pocos, la apelación al “pueblo” contra la “élite” se vuelve políticamente eficaz. El problema es que el populismo rara vez resuelve aquello que denuncia. Al concentrar el poder, debilitar los contrapesos y politizar el aparato estatal, termina sustituyendo la dominación de la minoría por la dominación personalista, sin reconstruir la república.

Por eso, la amenaza más profunda no es solo el retroceso democrático entendido como manipulación electoral o restricciones a la prensa, sino lo que podría llamarse un retroceso republicano. Este se manifiesta en la erosión del Estado como institución impersonal, en la confusión entre lo público y lo privado, en la degradación de la burocracia y en el uso discrecional del poder. Estados de excepción normalizados, ataques a los organismos de control o la demolición de capacidades administrativas en nombre de la eficiencia no fortalecen la democracia: la vacían desde dentro.

Frente a este panorama, la historia latinoamericana ofrece también recursos normativos y políticos. Junto a las tradiciones oligárquicas y populistas, existe una corriente de republicanismo plebeyo: indígena, anticolonial, antipatriarcal y radicalmente igualitaria. Movimientos sociales, estallidos populares y procesos constituyentes han buscado, una y otra vez, ampliar la ciudadanía real y someter el poder económico al interés público. No se trata de rechazar las instituciones, sino de democratizarlas; no de personalizar el poder, sino de distribuirlo.

Esta discusión no concierne solo a América Latina. En Europa y otras regiones, el liberalismo democrático ha mostrado una peligrosa complacencia frente a la desigualdad y la tecnocratización. La sacralización de la propiedad privada, la fe ciega en el mérito y la delegación de decisiones políticas en mercados y expertos han debilitado el sentido del bien común. La ciudadanía se ha vuelto pasiva, y la política, gerencial. En ese contexto, no sorprende que crezca el desencanto ni que prosperen soluciones autoritarias.

Recuperar conceptos como república, oligarquía y revolución no es un ejercicio académico nostálgico. Es una forma de nombrar problemas reales que el lenguaje dominante ha ocultado. La democracia no puede sostenerse sin un Estado capaz de proteger derechos frente al poder privado, ni sin una ciudadanía materialmente igual en su capacidad de influir en lo público. Si el debate se limita a condenar el populismo sin interrogar las estructuras oligárquicas que lo alimentan, el diagnóstico seguirá siendo erróneo.

La democracia, entendida en sentido pleno, es una república democratizada: un orden de autogobierno sustentado en la igualdad cívica, la legalidad y la participación efectiva. Defenderla hoy exige algo más que proteger procedimientos electorales. Exige confrontar la concentración de poder y riqueza que, silenciosamente, la corroe. Porque si la democracia está en crisis, no es solo por quienes la desafían desde fuera, sino por quienes la vacían desde dentro.

*Texto basado en el número especial de LASA Forum “Oligarchic Republics in Latin America” (vol. 56, nro. 4, 2025), disponible aquí:https://forum.lasaweb.org/issues/vol56-issue4/

El ‘lobby’ empresarial empuja hacia el colapso social

Nunca antes había existido una desigualdad de ingresos y de riqueza como la actual. Tampoco una concentración de la propiedad tan extrema, ni la élite de los milmillonarios había disfrutado de tanto poder político. Así describe la situación actual el senador estadounidense Bernie Sanders en su prólogo del informe Desigualdad S.A., publicado recientemente por Oxfam. Los datos sobre la concentración de la riqueza y los ingresos son abrumadores, y lo más grave es que esta tendencia se está acentuando. Mientras, la situación laboral de gran parte de las sociedades se está deteriorando con regímenes laborales más intensos, ampliación de las jornadas de trabajo, obstáculos a la sindicalización y rezagos en los salarios frente a beneficios al alza.

El poder del ‘lobby’ empresarial

Nos encontramos ante sistemas económicos que en su mayoría buscan el beneficio de reducidas élites de millonarios. Y en este contexto juega un rol fundamental el entramado de las grandes empresas con los gobiernos y las presiones que ejercen para formular políticas públicas que aseguren o defiendan regulaciones laborales que minimicen las obligaciones de las compañías con los trabajadores.

El informe de Oxfam presentado recientemente en el Foro Económico Mundial afirma que: “Existen vínculos entre el lobby empresarial y las restricciones políticas a la sindicalización y la oposición a las restricciones al trabajo forzoso, la lucha contra los aumentos del salario mínimo, retrocesos en la regulación del trabajo infantil” y reformas que merman los derechos laborales.

Las consecuencias de este entramado son evidentes: una notable concentración en el mundo de las grandes empresas y el avance de los monopolios en las más diversas actividades. Esto sucede, incluso con gran vigor en actividades económicas que hace tres o cuatro décadas apenas estaban en ciernes. Por ejemplo, tres cuartas partes del gasto mundial en publicidad online se destinan hoy a Meta, Alphabet y Amazon, mientras que más del 90% de las búsquedas en internet se realizan por medio de Google.

En otras industrias también avanza esta concentración. Hace 25 años, diez empresas controlaban el 40% del mercado mundial de semillas, mientras que en 2020 solo dos compañías controlan ese mismo porcentaje. En el sector farmacéutico existen 10 gigantes mundiales como resultado de las fusiones y adquisiciones realizadas en las dos décadas previas. Y en la producción y comercialización de cerveza también hay dos o tres empresas globales que concentran la producción, entre las que destaca Anheuser-Busch Inbev, con más de quinientas marcas como Budweiser, Becks, Corona y Stella Artois.

En el sector agropecuario hay también un aumento notable en la concentración y centralización de la producción, sumando la comercialización mundial de productos agrícolas y alimentarios. Se pueden agregar a esta lista los notables cambios en la propiedad entre las grandes firmas automotrices, donde un reducido grupo de compañías con implantación global determina el curso de la industria, incluyendo la transición hacia vehículos eléctricos. El resultado son grandes empresas con capacidad de influir en los precios, con acceso preferente a medios de financiamiento y que deciden sus inversiones con base en reducciones impositivas, costos laborales, apoyos gubernamentales y reglas diversas sobre el comercio. De nuevo, la trama vincula a la economía y la política.

La concentración del mundo de las finanzas

El mundo financiero y las empresas con actividad en el terreno de la banca, los seguros, los fondos de inversión y otras firmas de las finanzas son otro de los sectores con notables niveles de concentración económica. De hecho, esto ha facilitado los procesos de concentración y reorganización que refuerzan el poder de los monopolios en el conjunto de la economía.

Desde hace años destacan en el mercado los fondos de inversión que gestionan recursos privados, que tienen como objetivo alcanzar el mayor beneficio en el menor tiempo posible. Con base en ello acrecientan sus propias fortunas, establecen reglas para muchas compañías, participan en procesos de fusiones y reorganizan firmas para alcanzar beneficios inmediatos.

En conjunto, los tres grandes, BlackRock, State Street y Vanguard, negociaron en 2022 activos financieros por un monto aproximado a los 20 billones de dólares, que representan casi la quinta parte del total de activos financieros colocados en todo el mundo. Según el informe de Oxfam, la investigación de Boston Consulting Group sugiere que este tipo de concentración del mercado reduce los incentivos para que las empresas compitan y, a su vez, profundiza el poder monopolístico.

Aportes impositivos mínimos

El poder de las grandes empresas se expresa también en la conducta fiscal de los gobiernos. Desde hace años se observa una reducción en el monto relativo de los impuestos empresariales que se aplican en gran cantidad de países. Se trata de una tendencia sostenida que se basa en el argumento de que se trata de medidas necesarias para impulsar la inversión y con ello el crecimiento y el bienestar de la población.

A la fecha, como está ampliamente documentado en informes de las principales agencias financieras y económicas multilaterales como el FMI, el Banco Mundial, la OMC y la OCDE, estas medidas no han generado un crecimiento sostenido ni en las economías avanzadas ni tampoco en gran cantidad de economías en desarrollo, y menos aún han logrado disminuir la desigualdad de ingresos y de riqueza.

En este contexto, América Latina se encuentra frente a una de las décadas con menor crecimiento del PIB en mucho tiempo. Y es que gran parte de las corporaciones no se conforman con la disminución de las tasas impositivas y llevan adelante creativas operaciones de contabilidad para eludir y en otros casos evadir impuestos, reduciendo notablemente sus pagos.

En contraposición, en las décadas recientes ha habido un incremento significativo de los beneficios de gran parte de las grandes firmas que, con medidas de recompra de acciones y términos de reparto de dividendos para accionistas, terminan beneficiando a un reducido grupo de millonarios. Por ejemplo, en el periodo entre julio de 2022 y junio de 2023, por cada cien dólares de beneficios generados en 96 grandes empresas se devolvieron 82 dólares a los accionistas en forma de recompra de acciones o dividendos, según el informe de Oxfam.

El avance del poder de los monopolios y los grandes financistas es constante y no se debe a la simple acción de los mercados. El entramado de relaciones con los gobiernos es parte del problema, como la propia acción del lobby empresarial. Modificar esta realidad es imprescindible para evitar la fractura social y enfrentar problemas tan graves como el cambio climático. Y es que los niveles actuales de desigualdad no están permitiendo un mejor desempeño de muchas economías y están propiciando un notable proceso de descomposición social.

Ante esta compleja realidad, cabe recordar las palabras del expresidente Roosevelt en un mensaje al Congreso de Estados Unidos: “La libertad en una democracia no está asegurada si el pueblo tolera el crecimiento del poder privado hasta un punto en que sea más fuerte que su propio Estado democrático”.

Costa Rica en la encrucijada: certidumbre histórica frente a volatilidad electoral

Un clima de imprevisibilidad inusual rodea el proceso electoral costarricense, desafiando la arraigada estabilidad que por décadas caracterizó su vida política. La repetición de resultados sorpresivos en las últimas tres contiendas presidenciales ha transformado el análisis político en un ejercicio de humildad, donde las encuestas han perdido su papel oracular y cualquier pronóstico debe matizarse con escepticismo.

Este escenario volátil contrasta profundamente con el extraordinario legado institucional del país. Poseedora de una de las democracias más longevas y estables de América Latina, Costa Rica construyó su identidad sobre pilares irrenunciables: la celebración ininterrumpida de elecciones, la alternancia en el poder mediante reglas claras y la histórica decisión de 1948 de abolir el ejército, optando por la supremacía del derecho y la vía civil para resolver conflictos.

En este marco, el actual momento de turbulencia no es un fenómeno aislado, sino que se inserta en una corriente regional. Al igual que en otras naciones latinoamericanas, el populismo ha encontrado terreno fértil en Costa Rica. Los partidos políticos tradicionales, otrora canales esenciales de representación e ideología, han visto su influencia mermada frente al ascenso de figuras personalistas que construyen su poder apelando directamente a las emociones del electorado, a menudo dejando en segundo plano los programas de gobierno estructurados.

La próxima contienda a celebrarse el 1 de febrero, ejemplifica esta nueva complejidad. Un panorama abarrotado de veinte aspirantes presidenciales no se traduce en una competencia reñida. Las mediciones otorgan una amplia ventaja a la candidata del oficialismo, Laura Fernández del Partido Pueblo Soberano, quien encabeza las intenciones de voto. Muy por detrás aparecen Álvaro Ramos, del Partido Liberación Nacional, Ariel Robles, del Frente Amplio, Claudia Dobles, de la Coalición Alianza Ciudadana, y Fabricio Alvarado, de Nueva República, mientras otras candidaturas languidecen con apoyos estadísticamente irrelevantes.

La explicación de esta hegemonía en las preferencias es multifacética. Responde a una estrategia de comunicación gubernamental permanente y sofisticada, ejecutada con intensidad en redes sociales, que ha logrado transferir una popularidad presidencial inusitada a la candidata oficial. Este impulso se ve potenciado por una ventaja material decisiva: el acceso a recursos que permiten una campaña omnipresente, frente a una oposición mayoritariamente debilitada por una severa escasez de financiamiento.

Dicha oposición, además, adolece de una fragmentación paralizante. La proliferación de veinte candidaturas no es sinónimo de riqueza democrática, sino la evidencia de una dispersión profunda que atomiza el discurso, desorienta a la ciudadanía y, paradójicamente, simplifica la contienda al concentrar la atención real en muy pocos actores. La incapacidad crónica para tender puentes y construir alianzas programáticas consolida este panorama, operando como un factor objetivo que favorece al candidato que llega con el respaldo unificado de la maquinaria estatal.

Lo que se juega en estas elecciones trasciende con creces la mera designación de personas para cargos públicos. El desenlace podría reconfigurar el paisaje político e institucional del país para las próximas décadas, abriendo la puerta a reformas sustanciales del Estado, modificaciones al sistema político e, incluso, la posibilidad de un proceso constituyente, todo ello determinado por la correlación de fuerzas que emerja de las urnas.

En este marco, la batalla por la Asamblea Legislativa adquiere una importancia crítica. Aunque tradicionalmente difícil de pronosticar, todo apunta a una redistribución significativa de escaños: el oficialismo emerge con posibilidades concretas de ampliar su bancada de manera sustantiva, y la izquierda muestra signos de crecimiento, mientras el centro y la derecha tradicionales enfrentan un panorama contractivo. La conquista de una mayoría legislativa, ya sea en solitario o mediante coaliciones, dotaría al próximo gobierno de un poder transformador capaz de alterar el equilibrio institucional vigente.

Estas dinámicas han llevado a analistas a establecer comparaciones prudentes, nunca equivalentes, con coyunturas previas en países como Venezuela, Nicaragua o El Salvador. La atención se centra en patrones comunes: legitimidad de origen popular mayoritario, erosión de los partidos establecidos, oposición desarticulada y una potencial concentración progresiva del poder en el ejecutivo, procesos que en otros contextos también comenzaron con amplios mandatos electorales y dentro de la formalidad jurídica.

Sin embargo, atribuir un resultado definitivo a estas tendencias sería prematuro. La reciente historia electoral costarricense es un recordatorio constante de los límites de la predicción. Las encuestas y lecturas en redes sociales, delínean contornos, no destinos, y un segmento considerable del electorado reserva su decisión para el mismo día de la votación, preservando así un margen esencial de sorpresa.

Costa Rica se aproxima a un momento definitorio donde la solidez de su tradición democrática será puesta a prueba por las fuerzas de la fragmentación y la incertidumbre. El proceso electoral no solo decidirá quién ocupará los cargos de poder, sino que calibrará la salud misma de su sistema político.

El verdadero triunfo, en este contexto, no será solo para el candidato que alcance la mayoría, sino para la capacidad colectiva de la nación de navegar este período de transición preservando los pilares de equilibrio institucional, diálogo civil y respeto a las normas que por más de setenta años han garantizado su estabilidad y paz social. El desafío consiste, en última instancia, en renovar el contrato democrático sin fracturar sus cimientos.