Una región, todas las voces

Narración digital y giro emocional: el arte de conquistar el poder en América Latina

En la era de TikTok y los medios digitales, para generar engagement lo que importa  es contar una buena historia, emocionar e impactar. A este fenómeno podríamos llamarlo el ascenso del digital storytelling (narración digital) y en política ha implicado una transformación en la comunicación donde la emoción y la performance han pasado a ser cruciales para conquistar simpatías políticas. Dos líderes latinoamericanos encarnan esta nueva tendencia con especial claridad: el presidente de El Salvador, Nayib Bukele y el de Argentina Javier Milei. Ambos han convertido las redes sociales en su escenario principal.

La relación entre emoción, política y redes sociales ya había sido observada por el sociólogo Manuel Castells en Redes de indignación y esperanza: los movimientos sociales en la era de Internet hace más de una década, pero en la actualidad, autores como BJ Fogg, Brian Massumi, Zeynep Tufekci y Zizi Papacharissi han ampliado este campo de estudio, mostrando cómo los medios digitales no solo transmiten ideas, sino que movilizan afectos y configuran públicos emocionales.

En este contexto, es clave prestar atención a las sensibilidades presentes en las narrativas digitales. Esta combinación —narración estratégica y apelación afectiva— no es nueva: lleva tiempo aplicándose con éxito en el marketing digital. Lo que observamos ahora es que esta lógica se ha trasladado con fuerza a la política, donde contar historias emocionalmente resonantes se convierte en una táctica clave de persuasión y viralización.

Las plataformas están diseñadas para amplificar lo que emociona. El algoritmo premia lo que provoca reacciones intensas: likes, compartidos, comentarios viscerales. Por ello, los contenidos publicados en las cuentas en redes sociales de Bukele y Milei son breves, directos y muchas veces agresivos. Más que informar, buscan provocar. Su comunicación es esencialmente performativa: cada gesto, cada frase, tiene una función dramática.

Bukele y Milei son más que simples comunicadores eficaces, son dos auténticos storytellers digitales políticos que entienden que gobernar hoy también significa construirse como personaje narrativo capaz de generar identificación emocional, polémica y espectáculo.

Son personajes cuidadosamente construidos para impactar en plataformas como TikTok, X, Instagram y Facebook. Por ejemplo, Bukele ha despedido funcionarios por medio de X, difunde inauguraciónes de obras públicas en TikTok y postea discursos en clips breves y contundentes que recorren toda la región. Milei, por su parte, siguiendo los consejos de su estratega digital, Iñaki Gutiérrez, sube videos sin edición, cortos, directos y “auténticos”. La idea es verse genuino. No es espontaneidad: es una actuación estratégica de la espontaneidad.

Ambos presidentes han comprendido un tema fundamental: en las redes sociales, el éxito no depende solo de la profundidad de un argumento, sino de la capacidad de generar conexión emocional. Por eso, sus discursos apelan directamente a las pasiones: rabia, esperanza, miedo, orgullo. Y, sobre todo, indignación.

Además, frases como —“la casta”, “el presidente más cool del mundo”, “el socialismo es una enfermedad del alma”— funcionan como palabras claves, como etiquetas pensadas para circular, viralizar y posicionarse en buscadores. Son contenidos emocionalmente cargados, diseñados para ser reproducidos por la lógica misma de las plataformas.

Esta nueva forma de hacer política tiene un trasfondo más profundo. Bukele y Milei no solo gobiernan: actúan como redentores, como héroes de una historia en la que ellos solos enfrentan al mal. Esta narrativa heroica es simple y poderosa: el país está roto, la clase política es corrupta y solo ellos pueden salvarlo. No importa si las soluciones que proponen son viables. Lo que importa es que la historia suene creíble emocionalmente.

Y esta narrativa tiene éxito porque se inscribe en una estructura emocional más amplia. Como dijo el antropólogo Alejandro Grimson, vivimos en un «panorama emocional» marcado por el desencanto, el miedo al futuro y la sensación de que el mundo se derrumba. Los líderes populistas que entienden este clima emocional no necesitan argumentos técnicos: necesitan saber cómo contar una historia que transmita la sensación de salvación.

Este giro emocional tiene consecuencias. En un entorno dominado por la lógica de la viralidad, la verdad importa cada vez menos. No se premia la rigurosidad, sino lo que impacta. La política se convierte en entretenimiento y los líderes en influencers. La frontera entre la información y la ficción se diluye y lo que queda son estrategias comunicativas definidas por expertos en comunicación.

Esto no significa que la emoción sea enemiga de la democracia. Pero cuando el relato sustituye al pensamiento, cuando el algoritmo reemplaza al debate, entramos en un terreno peligroso. Porque una democracia emocional, sin espacio para la crítica ni la razón, corre el riesgo de volverse una democracia de espectáculo, volátil y autoritaria.

Entender los mecanismos del digital storytelling y el giro emocional en la política es imprescindible para repensar la política del presente y del futuro. No se trata solo de señalar a los presidentes Bukele y Milei, sino de comprender por qué su forma de comunicar es tan exitosa.

¿Gobernanza o simulacro? La nueva agencia digital y el riesgo de invisibilizar a la ciudadanía

Hace un año (marzo de 2024) en Latinoamérica 21 nos preguntábamos si la miopía del Gobierno Abierto en México sería curable. A un año de distancia y varias reformas políticas de por medio, hoy tenemos el desenlace de la intervención quirúrgica realizada por el denominado “Segundo piso de la Cuarta Transformación”. En términos de nuestra metáfora: la extirpación de un quiste y el implante de un nuevo órgano. Es decir, la desaparición del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) y la creación de Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones. La nueva pregunta es: ¿la ciudadanía ganará visión?

Diagnóstico de la miopía

El Gobierno Abierto consiste en gobernar bajo tres principios: la rendición de cuentas, la transparencia y la incorporación efectiva de la participación ciudadana. El propósito del Gobierno Abierto es lograr un gobierno que involucre el máximo posible de actores sociales en el diseño, ejecución y vigilancia de las políticas públicas. Para ello, de manera inicial se requiere de los Datos Abiertos, es decir, el cúmulo de información que el gobierno posee (cuenta pública, gestión, registros, etc.) para ser reutilizados en nuevas políticas públicas y la asignación de compromisos e instancias ante las cuales rendir cuentas.

La apertura del gobierno y los datos en México surgió con la incorporación del país a la Alianza internacional para el Gobierno Abierto, nacida en la Asamblea General de la ONU en julio de 2011. El Gobierno de México asumió esa responsabilidad con cuatro Planes de Acción de Gobierno Abierto (desde el 2011 hasta la proyección del Plan 2021). Sin embargo, la alianza nació miope porque se estableció entre gobiernos y no entre los gobernantes y los ciudadanos gobernados. Si bien es cierto que los Planes de Acción de Gobierno Abierto involucraron a organizaciones de la sociedad civil, la visión democrática estuvo distorsionada.

En la Alianza mexicana para el Gobierno Abierto fueron pocas las organizaciones de la sociedad civil incorporadas en el Secretariado Técnico Tripartita de la Alianza. Las convocatorias para los planes no eran públicas ni abiertas; no podían participar ciudadanos no pertenecientes a alguna organización y las temáticas de la agenda estaban sesgadas por la anticipación definitoria del estado y la ventana de tiempo programada. En el correr de los años, las pocas organizaciones de la Sociedad Civil se autoexcluyeron porque algunos de sus miembros fueron ilegalmente espiados y vigilados por el gobierno federal en el período de 2016 a 2018. La inacción se consumó porque durante el año 2023 el INAI no pudo elaborar el Plan de Acción debido a los conflictos sobre el nombramiento de sus comisionados.

Extirpación de la miopía

En noviembre de 2024 el Senado de la República mexicana aprobó la llamada “reforma de simplificación orgánica” por la cual derogaba/extinguía a siete organismos autónomos, entre ellos el INAI. El INAI era, al menos en el papel, el órgano garante de la transparencia de los actos del gobierno y de poner a salvo los datos personales de cualquier ciudadano común. El universo de leyes, reglamentos, normas y prácticas que el INAI poseía y debería hacer cumplir era colosal. Ningún ciudadano común, aún con mediana instrucción e ilustración, podía transitar exitosamente en el enorme laberinto de términos y condiciones relativos a los datos públicos o privados.

Por otra parte, a reserva de discutir las evaluaciones del INAI y los indicadores de los Planes de Acción del Gobierno Abierto (quizá satisfactorios para algunos y demasiado endogámicos para otros), el INAI acentúo su imagen pública mucho más en la protección de los datos personales que en la transparencia del actuar y del gasto gubernamental. Pocos mexicanos sabían que el INAI costaba 4,000 millones de pesos anuales y muchos sentían que su aportación para un gobierno más transparente y eficaz era nula.

La reforma que extinguía al INAI argumentó que: el ahorro presupuestario con la desaparición de ese organismo era necesario y posible, la transformación del país (la cuarta transformación y su respectivo segundo piso) requieren de los recursos para necesidades más prioritarias y que la reasignación de sus funciones a otras dependencias era fácil y resultaría más eficiente. En la reasignación de las funciones del INAI nació la oportunidad de un trasplante y la implantación de un nuevo órgano.

Trasplante e implantación de un nuevo órgano

Sin duda, la principal cualidad y valor de los “Datos abiertos” no es la accesibilidad, como comúnmente suele pensarse, sino el valor de su reutilización. “Dato abierto” es aquel que puede generar gran valor social cuando tiene efectos en la articulación y concreción de nuevas políticas públicas. Por ejemplo, la información de flora, fauna, ecosistemas, conservación y contaminación que redundan en la participación entre ciudadanos y gobernantes para reconocer y declarar una zona de reserva ecológica, con limitaciones en la extracción de recursos naturales o con planes de mitigación y/o restauración ante impactos ecológicos.

Por ende, a la disposición de información cabe llamarla Dato Abierto, y al uso social y democrático de esos datos denominarla Gobernanza. Es decir, la co-creación, co-producción y co-responsabilidad entre gobernados y gobernantes que define, ejecuta y evalúa las políticas públicas. En este punto, debe considerarse que la cantidad de información y datos que posee el gobierno es casi inconmensurable y, por lo tanto, resulta evidente la necesidad de auxiliarse por las tecnologías digitales.

Para poseer y reutilizar los datos es necesario que los múltiples registros del gobierno estén interconectados. Es decir, que haya interoperabilidad gubernamental como la capacidad de diferentes sistemas y organizaciones para intercambiar y utilizar información de manera segura, eficiente, oportuna, útil y sin sesgos. Resulta concluyente que la interoperabilidad gubernamental requiere la Gobernanza Digitalizada.

Los déficits al acceso y utilización de los datos demandan mecanismos técnico-jurídicos que faciliten la interoperabilidad. Aquí es donde emerge el trasplante de funciones del INAI y el implante del nuevo organismo: la Agencia de Transformación Digital y Telecomunicaciones del gobierno federal creada en enero de 2025. Si bien la Agencia es un paso importante en el Gobierno Digital, todavía no alcanza la calidad democrática de una Gobernanza Digitalizada. Pero, por fortuna, la nueva Agencia contempla una Dirección de Gobernanza Tecnológica para: “Coordinar y dirigir el análisis, estudio y, en su caso, dictamen de los anteproyectos y proyectos de iniciativas de leyes […] y de servicios al público”.  Es decir, un primer paso para la Gobernanza. Aunque, por lo pronto, todavía tiene al margen la inclusión y participación ciudadana directa.

He aquí la nueva interrogante: ¿ganará visión y visibilidad la ciudadanía con la nueva Agencia? Mantengamos viva esta esperanza.

Invisibles y vulnerables: la nueva realidad de los migrantes bajo el gobierno de Petro

Tras el anuncio del decreto del Estatus de Protección Temporal en 2021, migrantes venezolanos como Danexi Andrade estaban a punto de beneficiarse de él. Como migrante indocumentada que huyó de Venezuela a Colombia, Andrade tuvo que sumarse a entre el 51% y el 90% de sus compatriotas venezolanos que trabajaban en la economía informal, en su caso vendiendo café y bocadillos en las calles de Medellín, ganando aproximadamente 5,50 dólares al día. Sin embargo, el Estatus de Protección Temporal, como ella misma lo expresó, lo cambiaría todo. «Podré encontrar trabajo», dijo, «todo será diferente». Si bien el programa distaba mucho de ser perfecto, seguía siendo (y con razón, en mi opinión) aclamado en todo el mundo y Colombia era vista como un modelo de trato justo a los migrantes.

Sin embargo, desde que Gustavo Petro asumió el cargo, esto ha cambiado. Como señaló Nastassja Rojas Silva, “desde su inicio, el gobierno de Gustavo Petro… ha implementado medidas que, en lugar de beneficiar a la población migrante venezolana en Colombia, han resultado en acciones regresivas”. Petro permitió que el Estatus de Protección Temporal caducara en noviembre de 2023. También eliminó la Oficina de Gestión de Fronteras (la oficina encargada de la Asistencia e Integración de los migrantes en Colombia). Y, si bien es cierto que el gobierno anunció la creación de un nuevo mecanismo de regularización para tutores o representantes legales de niños venezolanos en Colombia (PEP-TUTOR), este ya genera confusión y críticas por tener requisitos más estrictos que los de obtener el Estatus de Protección Temporal, por ser, nuevamente, una medida temporal (solo otorga estatus legal hasta el 30 de mayo de 2031) y por aplicarse únicamente a quienes cuidan a niños que ya cuentan con el Estatus de Protección Temporal.

Estas (y otras) medidas han llevado a diversos expertos a argumentar que la política migratoria no es una prioridad para el gobierno de Petro (al menos no en comparación con su deseo de mantener buenas relaciones con el gobierno de Nicolás Maduro). Petro no reconoce la realidad de la migración venezolana; ya sea caracterizándola como un problema temporal relacionado con los migrantes en tránsito por el Tapón del Darién rumbo a Estados Unidos o afirmando que, a pesar de la migración masiva desde Venezuela en 2015, la migración venezolana es el resultado de las sanciones económicas estadounidenses contra Venezuela que comenzaron en 2019. 

En esa línea, Camilo Gómez Forero sostiene que la administración de Petro está intentando activamente «desvenezolanizar» la situación al asumir que la situación de los migrantes venezolanos en Colombia se deriva de un fenómeno global y no de las políticas de Nicolás Maduro o su propio gobierno para eliminarla de la agenda nacional. Esto no significa que Petro nunca hable de migración; al contrario, en abril de 2025, solicitó a los jefes de la Policía Nacional que crearan una política para la inclusión de jóvenes venezolanos en Bogotá con el fin de evitar que se unan a las pandillas. 

Sin embargo, dado que atribuye la necesidad de esa política a las esperadas deportaciones masivas de venezolanos desde Estados Unidos, en lugar del éxodo masivo proyectado desde Venezuela debido a la última “victoria” electoral de Maduro, nuevamente implica que la fuente del problema es Estados Unidos y no Maduro.

Estas y otras acciones relacionadas con la migración han creado una situación en la que los migrantes venezolanos son cada vez más vulnerables a la violencia, la explotación y otras formas de opresión bajo el gobierno de Petro. Por ejemplo, este gobierno no cuenta con una fuerte presencia estatal en las regiones fronterizas. Como observan Adam Isaasson y Laura Dibo: “El gobierno nacional no está haciendo lo suficiente para gestionar los flujos, determinar quiénes transitan ni proteger a las personas en riesgo… Los retenes, patrullajes y detenciones son poco comunes, pero también lo son los servicios humanitarios y el acceso a la protección”.

Esta falta de presencia estatal en las zonas fronterizas está siendo compensada por grupos armados y criminales. La región alrededor del Tapón del Darién, por ejemplo, está controlada por el Clan del Golfo, la mayor organización narcotraficante del país y el grupo que domina el tráfico de migrantes. Existen varios grupos armados o criminales, cada uno de los cuales controla uno o más de los numerosos puntos de cruce irregular dispersos a lo largo de la región fronteriza con Ecuador. 

En la frontera entre Colombia y Venezuela, grupos como las FARC y el Ejército de Liberación Nacional (ELN), a veces con miembros de las fuerzas de seguridad venezolanas, se disputan el control del territorio y las actividades ilícitas, lo que resulta en brutales abusos contra los derechos humanos de migrantes y otros civiles en la región. Esta situación se agrava a medida que la violencia entre el Ejército de Liberación Nacional y las FARC-EMC ha estallado en la región del Catatumbo, dejando 80 muertos solo en enero de 2025, provocando la huida de migrantes y el desplazamiento de miles de colombianos. Si bien Petro comienza a tomar medidas en respuesta, la falta de presencia y la lenta respuesta de su gobierno preparan el terreno para este momento y continúan poniendo en peligro la vida de miles de migrantes y colombianos.

Los migrantes venezolanos también enfrentan una violencia generalizada en todo el país. Múltiples organizaciones criminales y grupos armados asesinan, desaparecen, desplazan, secuestran y violan a migrantes. El International Crisis Group informa que: “La trata de personas y la explotación sexual plagan las localidades fronterizas (y también las grandes ciudades), con mujeres y menores en especial peligro. La violencia de género es particularmente común en los cruces fronterizos informales bajo control criminal”. 

En el Tapón del Darién, las personas sufren robos, abusos sexuales y, en ocasiones, violaciones de forma rutinaria. Más allá de la frontera, los migrantes se enfrentan con frecuencia a la brutalidad policial y a amenazas de grupos armados, organizaciones criminales y la población colombiana en general. Medicina Legal informó que 750 venezolanos fueron asesinados en Colombia entre enero y octubre de 2024.

Esta población también se ha vuelto más vulnerable a la opresión y la discriminación bajo el gobierno de Petro. Aproximadamente el 63,2 % de los colombianos admitió abiertamente tener una percepción negativa de los venezolanos durante la elección de Petro; poco más de un año después, el Instituto de Política Migratoria situó la cifra en cerca del 80 % (aunque cabe destacar que la mayoría sigue apoyando el acceso de los venezolanos a la atención médica y la educación, mientras que la mayoría no quiere que se deporte a los venezolanos). Funcionarios gubernamentales, por ejemplo, quienes se postulan a la alcaldía de Bogotá y Bucaramanga, se alejan de los migrantes venezolanos por el aumento de la delincuencia y la inseguridad, a pesar de no presentar pruebas que respalden tales afirmaciones. 

Cuando el presidente Petro asumió el cargo en agosto de 2022, Colombia, aunque imperfecta, era reconocida y elogiada internacionalmente por sus esfuerzos para acoger a los venezolanos. Ahora ocurre lo contrario. Debido a las acciones (o la falta de ellas) del gobierno de Petro, los migrantes venezolanos en Colombia sufren una creciente injusticia en forma de vulnerabilidad e inestabilidad jurídica, violencia, xenofobia y explotación. Peor aún, es dudoso que estén preparados para acoger la nueva ola proyectada de migrantes venezolanos. Sin embargo, a pesar del sombrío panorama, estas palabras buscan inspirar acciones para que las experiencias de los migrantes mejoren y Colombia pueda volver a ser un modelo de justicia migratoria.

De Uruguay al mundo: el último adiós a José Mujica

Uruguay es un caso sui generis en su especie. Un país que nació producto de la intervención de una potencia, destinado a ser un Estado tapón entre dos grandes que, durante sus primeros años, constantemente buscaban con hacerse de su escaso territorio. Y pese a tantos embates, Uruguay ha logrado sostenerse gracias a la heroica gesta de una clase política que ha (re)construido una sólida democracia. En sus casi 200 años de historia persiste el legado de varios líderes, pero ninguno ha tenido la repercusión internacional de José Mujica.

El fallecimiento de José “Pepe” Mujica deja a la izquierda uruguaya huérfana. El inevitable devenir de la existencia humana se lleva al último gran referente del Frente Amplio. Una retirada que entristece a un pueblo entero, pero que no tomó a nadie por sorpresa. Mujica había anunciado en abril de 2024 que padecía un tumor en el esófago, un diagnóstico que junto a su avanzada edad lo deterioró en pocos meses. Aunque el físico no lo acompañaba, su mente prevaleció tan lúcida y estratégica como siempre. En ese tiempo, diagramó, de manera silenciosa, su última jugada, la que resultó en la reconquista del poder presidencial para el Frente Amplio. Y en una América Latina en la que emergen liberalismos de ultraderecha, cobra especial relevancia los aportes finales de aquellas figuras que, en tiempos ya lejanos, impulsaron la celebrada era progresista.

¿Cómo es posible que un exguerrillero se convirtiera en icono a nivel mundial? Por obra de la redención. Mujica jamás negó su pasado como miembro del movimiento armado tupamaros, incluso, reconocía que el pueblo podía juzgarlo y condenarlo por ello. Sin embargo, sufrir los estragos del gobierno de facto lo volvieron un demócrata de fuste, una imagen que era mucho más fuerte que sus anteriores embates. Se podrán criticar sus medios, pero jamás negar que su lucha fue contra el autoritarismo, no así en detrimento de la voluntad del pueblo. La ciudadanía uruguaya entendió eso, y aunque muchos no lo perdonaron, tampoco se cegaron. Una vez libre y en democracia, Mujica estaba destinado a volverse un hombre importante.

El fenómeno de Mujica, por momentos inexplicable, también es producto de una izquierda que supo establecerse en el tiempo. Uruguay se unió algo tarde al giro progresista de la región. En un país tradicionalmente gobernado por la centroderecha, el avasallante triunfo de Tabaré Vázquez en 2004 era una prueba de fuego para el Frente Amplio. Para muchos, el ascenso de esa coalición era el resultado del devenir de las administraciones anteriores, desgastadas por la crisis económica y sin energía para recomponer el país. Así, se gestaba un proyecto nuevo, un experimento cargado de esperanza, que en los años venideros demostró su éxito y redobló la apuesta, ganando nuevamente las elecciones con su candidato más atípico: “el Pepe”.

 A diferencia de Vázquez, un socialista de corte tecnócrata, Mujica era, esencialmente, un animal político. Carecía de formación profesional, pero tampoco la necesitaba. Durante sus tiempos de encierro en medio de la última dictadura (1973-1985), este tosco hombre estuvo casi siete años sin leer un libro y, en sus propias palabras, evitó “caer en la locura” haciéndose amigo de su propia mente. Pensar le permitió gestar una visión particular, no solo acerca de la política, sino como filosofía de vida.

Fue famoso por su altruismo, que le valió el mote de “el jefe de Estado más humilde del mundo”, pero su sencillez personal no supuso una gestión apática. Su gobierno puso foco en generar un verdadero estado de bienestar, realizando reformas tales como la aprobación de la interrupción voluntaria del embarazo, la legitimación del matrimonio igualitario y la legalización de la marihuana. En cuanto a su actuación en la esfera internacional, convirtió a Uruguay en un aliado de los Derechos Humanos: reconoció la soberanía del Estado Palestino, acogió refugiados sirios y hasta recibió reclusos de la prisión de Guantánamo. Casi tres gobiernos después, incluso uno de signo contrario, ninguna de sus políticas sociales sufrió retrocesos.

Mujica acalló a sus detractores con sus acciones políticas, si, pero sobre todo desde una postura contraria al odio. En sus últimos años, el exmandatario mezclaba mensajes de tolerancia con resiliencia, sin jamás perder su característico discurso. Fue un referente para aquellos que compartían su ideología, adversario de sus oponentes, pero jamás un enemigo, ni siquiera de sus represores. Lo visitó mucha gente, desde amigos como el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, iconos como la laureada actriz Glenn Close, hasta controversiales personajes como el rey emérito de España, Juan Carlos I, a quien hizo sentar en un rústico sillón hecho con tapas de botellas plásticas. Y aunque lo hizo “rebajarse” de su lujoso estilo de vida, este fue incapaz de poner siquiera mala cara.

Todos y cada uno de ellos tenía algo que hablar con Mujica, porque él sabía qué fibra tocarles para enriquecer el debate. Su fama fue tal, que hasta jugó a ser “estrella de cine” con dos estrenos en el Festival de Venecia de 2018: “El Pepe: Una Vida Suprema” documental del realizador serbio, Emir Kusturica y “La noche de 12 años” del uruguayo Álvaro Brechner, retrato de sus años de encierro junto a Mauricio Rosencof y Eleuterio Fernández Huidobro. Probablemente no existe líder mundial que aún vivo generara tanta mítica a su alrededor.

La desaparición física de José “Pepe” Mujica entristece al Uruguay, pero también supone una gran pérdida para América Latina en su conjunto. El continente queda acéfalo de líderes carismáticos, mientras que apremia a los políticos a enfrentarse a un mundo de policrisis. Y mientras emergen voces que atentan contra la supervivencia de la democracia, el desafío es mantener vivo el legado de aquellos que aprendieron que la intolerancia jamás será la solución. “Pepe” dejó mucha tarea pendiente para las generaciones venideras.

¿Por qué la violencia y la criminalidad se agudizan en Ecuador?

Oficialmente Ecuador está en guerra. Así lo decidió el gobierno de Daniel Noboa el 9 de enero de 2024. Ese día, tras una ola de actos de violencia criminal en varias provincias, el presidente de la República emitió el Decreto Ejecutivo 111, reconoció la existencia de un conflicto armado interno e identificó a 22 grupos delincuenciales como organizaciones terroristas.

La militarización de la seguridad interna se justificó como respuesta a la grave ola de violencia que convirtió al 2023 en el año más violento de la historia del país, con 8008 homicidios y una tasa de 47 por cada 100 mil habitantes. Sin embargo, más de un año después, el panorama sigue empeorando: solo en el primer trimestre de 2025 se registraron 2361 muertes violentas, marcando un nuevo récord. Si la tendencia continúa, este año podría superar los niveles de violencia de 2023. Lejos de contenerla, la política de militarización ha intensificado la violencia.

La realidad ecuatoriana ha sido sobre diagnosticada desde los estudios de seguridad, repitiendo tres ideas centrales: la pérdida de control territorial del Estado, su incapacidad para frenar las economías ilícitas y la necesidad de reforzar su capacidad operativa. Sin embargo, estas explicaciones ofrecen una visión reducida de la complejidad de la situación en el país.

Siguiendo las tesis del académico británico Bob Jessop, en vez de centrarme en las dimensiones formales del Estado (representación, articulación institucional y capacidad de intervención) haré un breve análisis de sus dimensiones sustanciales: base social del Estado, proyecto de Estado y visión hegemónica.

El primer factor multiplicador de la violencia y la criminalidad es la fractura de los compromisos sociales institucionalizados en el Estado. Un dato revelador es la deserción escolar. En Ecuador hay más de 450.000 niños y adolescentes, de entre tres y 17 años, que no asisten a una de las 16.000 escuelas y colegios que hay en el país. ¿Cuántos de estos niños y adolescentes han sido reclutados por las pandillas callejeras y están dinamizando la violencia y el crimen? La edad de reclutamiento criminal bordea los 13 años y solo en el 2024 las desapariciones de menores de edad se incrementaron en un 88 por ciento.

Mientras el gobierno y los generales que le asesoran buscan comprar más balas para su guerra, solo en la región Costa y Galápagos, en donde está por iniciarse un nuevo ciclo escolar, el 80% de los establecimientos educativos fiscales requiere reparaciones urgentes (7520 escuelas y colegios). A esto hay que sumar las epidemias que han reaparecido por falta de campañas de vacunación en los últimos años, el incremento de la tasa de desempleo, el aumento de la pobreza y la contracción económica producto del mal manejo de la crisis energética.

La reproducción social de la violencia criminal no es un fenómeno espontáneo. Al contrario, es el resultado de una pérdida sistemática de base social por parte del Estado.

Y no es una cuestión meramente material; la dimensión simbólica tiene un peso específico. Sin mecanismos de ascenso social ni políticas de inclusión y reconocimiento las expectativas de futuro individual se estancan, y la población más joven migra al extranjero o busca otros horizontes al margen de la legalidad.

Al mirar desde este ángulo se observa que el Estado no ha perdido control territorial. Lo que ha perdido es base social, sobre todo, en las zonas más pobres del país. Por eso, militarizarlas tiene un efecto limitado y en el mediano plazo se vuelve contraproducente.

Sin un gobierno que asuma seriamente los compromisos sociales institucionalizados, las organizaciones criminales seguirán ganando adhesión y reconfigurando al Estado como un “orden crimilegal” a su servicio.

El segundo factor multiplicador de la violencia y la criminalidad tiene que ver con una crisis de legitimidad del Estado, ante la ausencia de un proyecto político que asegure la unidad operativa del Estado y su capacidad para actuar. Lo que Jessop denomina: un proyecto de Estado.

Desde el estallido de la violencia criminal, en enero del 2018, los gobiernos de Lenin Moreno, Guillermo Lasso y Daniel Noboa han optado por un modelo de “Estado mínimo”. Los acuerdos draconianos con el FMI, y la política de premios y castigos que ha impuesto el gobierno de los Estados Unidos para alinear al país a su agenda hemisférica, han acelerado esta reconfiguración.

En ese modelo de “Estado mínimo” las fuerzas militares y policiales se convierten en el principal brazo burocrático del Estado. La constante declaratoria de Estados de Excepción (más de 40, desde el 2018) para restringir derechos civiles y militarizar el orden público lo confirma.

En lugar de impulsar políticas de empleo digno, los gobiernos de Lasso y Noboa han optado por reclutar miles de jóvenes para integrarlos a las fuerzas policiales o militares. Lasso prometió aumentar significativamente el número de policías, pero solo logró un incremento de 12.000 antes de dejar el cargo. Con Noboa y la declaratoria de conflicto armado interno, los militares han asumido un rol predominante, y en 2024 se anunció que el servicio militar se cuadruplicaría para 2025.

La militarización es consustancial con el proyecto de Estado mínimo que promulga el gobierno nacional. Una estrategia militar fallida ha reemplazado el diseño de una política criminal sensata. Por eso, cuando el gobierno detecta problemas de criminalidad persistente en el sector público la única repuesta es militar.

El ejemplo más elocuente es la reciente militarización del Hospital Teodoro Maldonado Carbo, en Guayaquil, y del Hospital Carlos Andrade Marín, en Quito. Ante las constantes amenazas, asesinatos y secuestros contra los funcionarios que obstaculizan los negociados en las compras públicas de ambos hospitales, la respuesta del gobierno fue intervenirlos militarmente.

En este contexto, Daniel Noboa solo esgrime martillos, incluso dentro de una cristalería.

Finalmente, el tercer factor que agrava la violencia en Ecuador es la visión hegemónica del bloque de poder que gobierna, basada en una fe ciega en la desregulación de los mercados. Esta lógica de Estado mínimo ha convertido al país en un paraíso para las economías ilícitas, facilitando la expansión del narcotráfico, la minería ilegal, el contrabando y el tráfico de armas y personas.

En Ecuador se ha consolidado un régimen oligárquico. Como lo explica el politólogo Jeffrey A. Winters, la oligarquía se refiere a la política de defensa de la riqueza por parte de actores que poseen los medios materiales para ello. Generalmente, los oligarcas financian ejércitos de abogados y políticos para que hagan el trabajo sucio y protejan sus intereses. Pero cuando la crisis de legitimidad del Estado socava también el margen de legalidad, intervienen directamente en la política para defender su riqueza y multiplicarla.

El ingreso a la política de Guillermo Lasso y Daniel Noboa no es casualidad. El primero, dueño del tercer banco más grande del país y cabeza de uno de los cinco grupos económicos más acaudalados. El segundo, heredero del grupo agroexportador más importante del Ecuador. Para ellos, la desregulación de los mercados es la piedra angular de su acción de gobierno. Con esa visión también comulgan los oligarcas que dirigen el narcotráfico desde Europa, Asia o Norteamérica.

Para muestra un botón. Con sus decisiones de gobierno, Lasso y Noboa han facilitado la expansión del tráfico de armas en Ecuador. El uno flexibilizando los permisos para tenencia y porte de armas de fuego. El otro eliminando los aranceles para su importación. Hoy, 8 de cada 10 homicidios se ejecutan con armas de fuego. Y la vía predilecta de los contrabandistas es enviarlas a través de courier desde Miami.

Ahora Usted, estimado lector, comprenderá mejor porqué el Ecuador es un país anegado en sangre.

Cómo destruir la confianza en las elecciones

El 1 de junio se llevarán a cabo elecciones “inéditas” en México: se elegirán a los miembros de los poderes judiciales y cada persona que decida votar recibirá al menos 6 boletas, y dependiendo del estado y los cargos en disputa podría recibir hasta 12 boletas, y emitir al menos 31 votos. Solo para ejemplificar, para elegir a los miembros de la Suprema Corte de Justicia (SCJN), cada elector deberá elegir 9 personas de entre 64 candidaturas en una sola boleta. Podrán votar más de 99 millones de personas. Con estos datos, solo tomando en cuenta el caso de la SCJN, existen, hipotéticamente, más de 27 mil millones de combinaciones posibles de resultados. Por su origen irracional, por su implementación sin diagnóstico y apresurada, y otras agravantes, estas elecciones pueden suponer el fin de la democracia en México o al menos su mayor y profundo debilitamiento que será difícil recomponer en el corto plazo. Pese a todo, no existe un rechazo popular hacia estas elecciones, e incluso no se perciben como algo preocupante. ¿Cuáles serán los efectos sobre la impartición de justicia? ¿Cómo afectará el equilibrio de poderes?, sobre todo, ¿En qué medida dañará o no a la democracia?

La creación de la confianza en las elecciones en América Latina fue un proceso muy complicado y complejo. Los procesos de transición a la democracia de finales del siglo XX en un principio se propusieron alejar a las élites autoritarias del poder, en muchos casos los militares, como en Argentina, Brasil y Chile; en otros, a partidos, como en México. Pero logrado el objetivo, inmediatamente se requirió sentar las bases políticas y legales para que los nuevos gobiernos democráticos se legitimaran.

Evidentemente las elecciones legitiman a los gobiernos, pero detrás están los procedimientos técnicos sin los cuáles ninguna elección puede considerarse democrática. Por ello en muchas de las nuevas democracias se crearon organismos electorales con amplias facultades formales, dotados de autonomía política e independencia técnica, para proteger la gestión de las elecciones. Como señaló Ortega y Gasset en 1933, del procedimiento electoral, ese “mísero detalle técnico, depende la salud de las democracias”. Así nacieron el Tribunal Electoral en Brasil en 1988, el CNE en Bolivia, el IFE en México en 1989, el TSJE en Paraguay en 1992, y demás organismos electorales en la región. En otros se reformaron los ya existentes, dotándolos de nuevas facultades, pero sobre todo de independencia para que su desempeño técnico fuera imparcial.

A más de 40 años de las transiciones a la democracia de la región, los órganos electorales han funcionado “bien” en la mayoría de los países, pero en otros, han sido cooptados y sometidos a reformas para distorsionar sus objetivos, como sucedió con el CNE en Venezuela, y el ahora Órgano Electoral Plurinacional en Bolivia. En este último caso, además de organizar las elecciones ordinarias de los ejecutivos y los legislativos, bajo el régimen de Evo Morales, se le encomendaron referendos, revocaciones, y finalmente, como en México, las elecciones judiciales a partir de 2011.

El caso de Bolivia ha demostrado que someter a elecciones a las personas encargadas de impartir justicia implica, dañar la integridad de las elecciones y distorsionar el diseño de las democracias. Si bien es cierto que hasta hace algunas décadas se elegían jueces y magistrados en varias partes del mundo, se hacía para diferenciarse de aquellas designaciones que otrora hacían los monarcas y sus ministros. Pero cuando estas funciones se hicieron más complejas y técnicas, y las democracias se afirmaron, se sustituyó por un sistema de carrera judicial, salvo excepciones muy controladas, para proteger su función de indebidas intromisiones políticas.

En México, la confianza en los procesos electorales siempre fue y ha sido un tema sensible, al menos lo fue durante las últimas dos décadas del siglo XX y la primera del siglo XXI. Ante una sociedad profundamente desconfiada de las elecciones, la “solución” fue un sistema de gestión electoral diferenciado en sus funciones y alcance territorial. De esta manera se crearon dos organismos federales, un Tribunal de justicia electoral, el (ahora) TEPJF; y otro de gestión electoral, el (ahora) INE. Paralelamente se consolidó un sistema subnacional, con 32 órganos electorales locales igualmente diferenciados, unos de justicia y otros de gestión. Este sistema reflejaba también el federalismo mexicano, y así se llevaron a cabo las elecciones más importantes de la transición a la democracia: las de 1997 y 2000. Pero también se fueron adecuando ante los retos que generaron subsecuentes procesos electorales, y funcionó así hasta la elección presidencial de 2012.

Con las reformas de 2013 y 2014, se creó un sistema híbrido que duplicó funciones y gastos, y en general complejizó la gestión y la justicia electoral. Aunque con el pasar del tiempo se fue adaptando, acabó en lo sustancial con el federalismo electoral. Hoy la gestión y la justicia electoral están esencialmente centralizadas, por las funciones y competencias que se le adjudicaron a las instituciones nacionales, dejando a las instituciones locales como meros ejecutores de las instrucciones de los órganos nacionales.

Con ese diseño se llevó a cabo la inédita “consulta popular” para enjuiciar a ex-presidentes en 2021, donde participó solo el 7.11% de la ciudadanía. También el proceso de revocación del mandato de 2022, que en realidad fue un plebiscito para medir la popularidad del presidente y calcular la capacidad de movilización del partido Morena, donde solo participaron el 17.77% de la ciudadanía con derecho a votar.

Las elecciones judiciales también serán “inéditas”, y muy probablemente la participación electoral será muy reducida. Pero el problema es que la confianza en las elecciones ya está comprometida. La integridad de la gestión electoral se está desvaneciendo por el cuestionable desempeño, tanto del Tribunal (TEPJF) como del Consejo del INE, que ya no sancionan las intromisiones ilegales del partido en el poder en estas elecciones.  

Los organismos electorales en México están cooptados, sometidos y sobrecargados de nuevas tareas, con la encomienda de organizar procesos electorales que de facto dañan la democracia. Formalmente no pueden negarse a hacerlo a pesar de que algunos de sus miembros, no todos, sean conscientes que con tales actividades están contribuyendo a fortalecer a un partido en el poder y a erosionar la democracia.

Su papel es como el de aquel robot, parte central de la instalación denominada Can’t Help Myself que en 2016 los artistas Sun Yuan y Pen Yu llevaron al Guggenheim de Nueva York. Era brazo robótico cuya única función era recoger de manera continua un aceite que le salía de la base, de otra manera dejaría de funcionar. Con el pasar del tiempo empezó a operar lento, su tarea, siempre mecánica, se fue haciendo cada vez más monótona, rígida y solo trataba de “sobrevivir”.

Hoy los órganos electorales en México, que hace algunos años fomentaron la confianza en las elecciones, funcionan así. Por supuesto que siguen cumpliendo con sus tareas, pero su integridad está dañada, solo falta ver hasta qué punto.

Un Papa de las Américas para una iglesia afincada en el Sur Global

La elección de Robert Francis Prevost, hoy Papa León XIV, ha despertado interés, no solo por su perfil pastoral existencialmente vinculado a un país como Perú con gritantes desigualdades sociales, sino también por lo que su elección representa dentro de la historia reciente de la Iglesia Católica. Nacido en Estados Unidos y con más de cuatro décadas de experiencia pastoral en Perú, y por ende en América Latina, León XIV simboliza la continuidad de una Iglesia marcada por la sensibilidad hacia el Sur Global, reforzando el divisor de aguas inaugurado por su predecesor, el Papa Francisco.

Desde el punto de vista teológico, el signo de los tiempos se afirma, esto como una continuidad del pontificado de Francisco (2013–2024) y que significó una reorientación profunda de la praxis eclesial, en especial por su énfasis en la justicia social, la ecología integral, y de acoger el clamor de los pobres y los excluidos. Por lo tanto, distante de los modos más doctrinarios que caracterizaron a sus antecesores inmediatos: Juan Pablo II (1978- 2005), quien enfrentó al comunismo en el contexto de la guerra fría y censuró la teología de la liberación, pero que a su vez consolidó una influencia global de la iglesia católica, reforzando sectores conservadores de la iglesia; o de su sucesor Benedicto XVI, quien defendió la ortodoxia doctrinal frente al relativismo cultural, sosteniendo una visión más rígida de la autoridad eclesial.

La propuesta de la Iglesia con la elección de León XIV, estaría menos centrada en el control doctrinal y potencialmente más abierta al diálogo con las periferias. El nuevo Papa podrá ser acusado por los sectores ultraconservadores de «comunista», pero su horizonte teológico se enmarca dentro de la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia, con una renovada hermenéutica de la misericordia al acoger y descriminalizar, por ejemplo, los movimientos LGTBQI+, además de su crítica al neoliberalismo, su acercamiento a las comunidades indígenas y su apoyo a una visión sinodal de la Iglesia. Esto lo situaá como un referente progresista dentro de una institución tradicionalmente resistente al cambio.

La llegada de León XIV parece mantener este rumbo, aunque quizás con un perfil más discreto y moldeado por su experiencia misionera en Perú. Prevost llegó al municipio de Chulucanas, en la región de Piura, en 1985, luego de haberse ordenado en la Orden de San Agustín. En aquellos años le tocó acompañar y amparar a la población ante las secuelas de uno de los fenómenos de El Niño más destructivos del siglo XX. En su experiencia pastoral, adoptó posicionamientos políticos, como el necesario pedido de un perdón sincero —y nunca declarado— por parte del expresidente Alberto Fujimori, respecto a los crímenes e injusticias cometidos durante su gobierno en la década de 1990.

Su sensibilidad pastoral hacia las poblaciones más vulnerables de la ciudad de Chiclayo lo llevó, en 2014, a ser designado por el papa Francisco como administrador apostólico de la diócesis y, posteriormente, obispo de aquella ciudad. Durante ese largo período en el norte del Perú, y a diferencia de Francisco, Robert Francis simpatizó con el fútbol —en particular con el equipo local, el Juan Aurich—, y en Chiclayo —epicentro de sociedades precolombinas y preincaicas— se empapó del legado arqueológico, artístico y religioso de gran relevancia para la humanidad.

En este contexto, es pertinente preguntarse: ¿qué tipo de liderazgo se configura hoy en la Iglesia Católica? ¿Uno centrado en la ortodoxia doctrinal y en la defensa del statu quo, o uno pastoral, dialogante y abierto a las tensiones del mundo contemporáneo? En un escenario global marcado por el ascenso de populismos religiosos, el uso político y económico de la fe y las crecientes desigualdades sociales, la figura de León XIV jugará un papel clave como mediador, profeta y defensor de los más vulnerables, lo que incluye la ampliación de la legitimidad de políticas gubernamentales de inclusión social.

Es muy probable que algunas tensiones continúen dentro de la Iglesia Católica, en la que muchos cristianos cuestionan el avance de corrientes teológicas conservadoras que expresan abiertamente intolerancia, dogmatismo e incluso una perspectiva ahistórica de la Biblia. También se muestran críticos frente al crecimiento de las iglesias neopentecostales asociadas a la teología de la prosperidad, las cuales exaltan una visión individualista, meritocrática y, a menudo, contraria a los principios evangélicos de solidaridad, humildad y servicio. León XIV no representa un rechazo a la pluralidad religiosa, sino una advertencia sobre los peligros de una espiritualidad alineada con formas de poder excluyentes y autoritarias.

En definitiva, el verdadero desafío de León XIV —y de la Iglesia Católica en este siglo XXI— no es de carácter doctrinal, sino evangélico: cómo ser fiel al mensaje de Cristo en un mundo que cambia vertiginosamente. La continuidad de Francisco ofrece una oportunidad para consolidar un modelo de Iglesia más sinodal, ecuménica, samaritana y comprometida con los derechos humanos: una Iglesia que debe seguir hablando desde y con los pueblos del Sur.

Brecha generacional: la gamificación del odio y la creciente brecha de género entre los jóvenes

Los más de 2 millones de personas que asistieron al concierto gratuito de Lady Gaga en la playa de Copacabana el pasado sábado (05/03) jamás imaginaron que casi experimentarían una tragedia motivada por el odio. Mientras el mar de gente agitaba sus abanicos al ritmo de los éxitos de la cantante, en una celebración de la diversidad y la empatía, la Policía Civil de Río de Janeiro evitó un atentado con bombas molotov y bombas improvisadas.

Se trataba de un ataque organizado por jóvenes usuarios de plataformas digitales como Discord, dirigido contra el público LGBTQIA+ y niños. Definieron el plan como un «desafío colectivo» en busca de notoriedad en línea. El episodio, que podría haber terminado en duelo nacional, es una advertencia urgente sobre el crecimiento de las redes de odio entre los más jóvenes y sobre cómo las plataformas, de forma irresponsable, fomentan esta radicalización.

Hay algo profundamente generacional en este fenómeno. La serie de Netflix, Adolescencia, batió récords de audiencia al retratar crudamente cómo los jóvenes viven en entornos hiperconectados, sin supervisión estatal ni parental, y permeados por el acoso escolar, la masculinidad tóxica y la normalización de la violencia. Refleja no solo lo que ocurre en Brasil, sino también en todo el mundo. Los datos de Gallup muestran que nos enfrentamos a una brecha ideológica entre hombres y mujeres jóvenes de la Generación Z.

En los Estados Unidos de Donald Trump, las mujeres de entre 18 y 30 años son ahora 30 puntos porcentuales más liberales que sus homólogos masculinos. En Alemania, donde una alianza de derechas triunfó en las recientes elecciones y el partido de extrema derecha AfD está creciendo a un ritmo alarmante, la brecha también es de 30 puntos. En Polonia, aunque la extrema derecha gobernó a finales de 2023 después de 8 años, casi la mitad de los hombres de entre 18 y 21 años apoyan a partidos de esta orientación política, en comparación con solo una sexta parte de las mujeres del mismo grupo de edad.

Misoginia, racismo y transfobia

Esta polarización entre los jóvenes ocurre precisamente en un momento en que redes como Discord, TikTok y Reddit se han convertido en espacios para la formación de la identidad. Sin embargo, en lugar de promover la diversidad, muchas de estas plataformas funcionan como máquinas para la producción y circulación del odio. El estudio «Mapping Discord’s Darkside», publicado en New Media & Society, revela que, a pesar de los esfuerzos de marketing para distanciarse de la extrema derecha, Discord alberga miles de servidores asociados con discursos neonazis, misóginos, racistas, transfóbicos y conspirativos. Se identificaron 2741 servidores con estas características, con más de 850 mil miembros activos.

Estas redes terminan funcionando como espacios de captación de menores, en los que los jóvenes, especialmente los chicos, se sienten atraídos por memes atrevidos («edgy»), promesas de pertenencia y juegos de identidad basados ​​en la exclusión de otros. La estructura de Discord, que valora la privacidad y la descentralización, se ha convertido en el caldo de cultivo ideal para el surgimiento de estas «tecnoculturas tóxicas», como las define la investigadora Adrienne Massanari. Plataformas como Disboard —un buscador informal de servidores de Discord— se utilizan para reclutar adolescentes en comunidades que glorifican el nazismo, incitan al odio hacia las mujeres y las personas LGBTQIA+, e incluso ofrecen «servicios» para ataques coordinados contra otros servidores.

Parte del éxito de estos entornos de radicalización se debe a la gamificación: el uso de elementos típicos de los juegos, como desafíos, recompensas y clasificaciones, en contextos no lúdicos. Aplicada a redes sociales y foros extremistas, la gamificación transforma la interacción en competición y el discurso de odio en un desafío lúdico. Esta práctica facilita la entrada al extremismo, camuflando la violencia tras mecánicas aparentemente inofensivas. Como señala el informe «Gamificación y discurso de odio en línea», la gamificación se convierte en una poderosa herramienta para normalizar y propagar el odio, especialmente entre los jóvenes que buscan reconocimiento y pertenencia.

Este proceso, denominado «gamificación ascendente», ocurre cuando los propios usuarios crean las reglas, las recompensas simbólicas y los desafíos. Por ejemplo, al transformar el discurso de odio en «desafíos» que implican humillar a mujeres o miembros de la comunidad LGBTQIA+ en línea, el grupo promueve la deshumanización de estas personas de forma lúdica y viral.

Fomento de la violencia en forma de «desafío»

La investigación sobre el fallido atentado en el concierto de Lady Gaga en Copacabana reveló precisamente este mecanismo: el ataque se trató como un «desafío colectivo», con jóvenes reclutados para fabricar cócteles molotov y mochilas explosivas con el objetivo de ganar notoriedad en redes sociales. El discurso de odio no aparece como un punto de partida, sino como una consecuencia internalizada tras repetidas interacciones lúdicas con contenido violento.

La lógica de la gamificación también crea una estructura de «logros» y «puntuación» que fomenta la competencia y refuerza la ideología radical. Como demuestra el estudio de Lakhani y Wiedlitzka de 2022, ataques como el de Christchurch en Nueva Zelanda se planearon y ejecutaron con una fuerte inspiración en videojuegos, incluyendo transmisiones en vivo similares a «Let’s Play» y comentarios de los espectadores que consideraban el número de muertes como una «puntuación».

Esta estetización de la violencia sirve como elemento de cohesión comunitaria entre los hombres jóvenes en los espacios digitales, especialmente entre aquellos que ya se sienten desplazados o frustrados, y que encuentran en estos juegos de odio una forma de pertenencia y afirmación. Así, la gamificación transforma el odio en entretenimiento, reforzando los vínculos en comunidades tóxicas y dificultando la percepción de que se trata, de hecho, de extremismo.

Por lo tanto, nos enfrentamos a un doble desafío: el de moderar las plataformas y el de la aceptación generacional. La divergencia de género de la Generación Z no es trivial. Refleja la brecha entre la generación de mujeres jóvenes que, despertadas por el #MeToo y otras luchas feministas, abrazaron agendas progresistas, mientras que la generación de hombres, como reacción, se ve cooptada por discursos conservadores y misóginos en los entornos digitales.

Esta brecha tiene consecuencias reales en el debate público, las relaciones personales, en las escuelas y, en general, en la democracia. Pero también revela algo que debe decirse sin rodeos: regular las plataformas no es una cuestión técnica, sino una cuestión de justicia generacional. El futuro de una generación no puede construirse sobre algoritmos que premian el odio y la radicalización.

Se necesita urgentemente avanzar en la regulación de las plataformas, pero de forma inclusiva, escuchando a los jóvenes, especialmente a los de las periferias y las comunidades más vulnerables, que a menudo son silenciados en el debate público. Necesitamos debatir mecanismos que impidan el uso de plataformas para el reclutamiento masivo de jóvenes por parte de grupos extremistas y que exijan responsabilidades a las empresas que externalizan la moderación mientras alimentan ecosistemas tóxicos.

Al ignorar la advertencia, corremos el riesgo de normalizar la idea de que la radicalización de los jóvenes es solo un efecto secundario del mundo digital. Y eso es inaceptable. Como nos recuerda la serie Adolescencia, detrás de cada pantalla hay un joven en busca de pertenencia, significado y un futuro. No podemos permitir que estas búsquedas encuentren el camino de la intolerancia y el odio.

Los retos de la democracia panameña en tiempos de Trump

La contemporánea democracia panameña nació fuertemente condicionada por la invasión norteamericana de finales de los 80. En los años 90 se diseñó un nuevo orden social que pivoteó en la reversión del Canal y fue impulsada por las obras de ampliación de la ruta interoceánica. Tras 35 años, este orden se ha visto amenazado por el desafío trumpista de apropiarse del Canal, poniendo fin así a décadas de cooperación interrumpidas entre el gobierno norteamericano y el panameño. La nueva lógica de Trump abandona el soft power y recupera las peores lógicas de dominación del pasado.

La invasión norteamericana «Operación Causa Justa» (Operation Just Cause) derrocó al régimen de Noriega en 1989 y en 1990 forzó el reemplazo de la jefatura militar por un gobierno civilista que contaba con el apoyo de la Casa Blanca. Diez años después de la institucionalización democrática se produjo la reversión del Canal y en 2006, por medio de un referéndum, se aprobaron las obras de ampliación, comenzando así un ciclo de crecimiento que transformaría el país y le haría acreedor del seudónimo “Singapur latinoamericano”.

La democracia panameña tiene buenos resultados a nivel regional según índices como el de Freedom House, Democracy Index o El Índice de Desarrollo Democrático de la Fundación Konrad Adenauer, gracias, en parte, a un sistema de alternancia entre las dos grandes formaciones políticas (PRD y Partido Panameñistas). Esta alternancia llegó a su fin con la irrupción del liderazgo de Ricardo Martinelli.

A partir de 2019, el modelo de crecimiento del “Singapur de las Américas” empezó a exhibir cierto agotamiento, marcado por la desaceleración de la economía, hasta que en 2020 se produjo el gran descalabro económico con un retroceso del 17,9% del PIB causado por la pandemia. Tras el descalabro se quebraron algunos equilibrios que se habían ido formando durante las décadas precedentes y se dieron las mayores protestas de la historia democrática: una en 2022 por la subida de precios causada por la guerra de Ucrania, y otra en 2023 por un contrato minero.

Este sistema político y económico venía lastrado por dos falencias estructurales. Una alta desigualdad que es persistente, siguiendo la terminología de Charles Tilly, como se puede observar en los registros históricos del World Income Inequality Database, y por una alta percepción de la corrupción, percibidas por las encuestas de opinión. En este sentido, resuenan las palabras del magistrado del Tribunal de Cuentas, Alberto Cigarruista, que llegó a afirmar en 2022 durante una intervención en la Comisión de Presupuesto de la Asamblea que “en este país robamos todos”.

Desde las elecciones de 2024, el nuevo gobierno ha tenido que hacer frente a cuatro grandes retos en una nueva geopolítica latinoamericana caracterizada por la adopción del hard power por parte de EE. UU como forma de relación con el resto de las naciones.

En clave interna, el gobierno panameño se ha visto obligado a reformar el sistema de pensiones porque uno de los dos subsistemas se había quedado sin cotizantes, lo que generó un grave deficit financiero. Esta reforma, sin embargo, no ha estado exenta de polémica y le ha costado al país una huelga general. También en clave interna, el presidente Mulino tiene que resolver que hacer con “el elefante en la habitación”, el ex presidente Ricardo Martinelli, quien encabezaba el partido hasta que fue inhabilitado tras el inicio de la campaña electoral por un caso de corrupción (siendo sustituido por el actual presidente). Recientemente Martinelli ha recibido el asilo colombiano y es difícil calibrar la influencia que ejercerá desde el país vecino.

El tercer reto del gobierno panameño es la situación de la mina de Donoso, paralizada tras una sentencia de inconstitucionalidad. En diciembre de 2024 First Quantum se reunió con el presidente Trump para buscar una mediación, y en la actualidad la empresa minera ha paralizado los arbitrajes internacionales para abrir una nueva fase de diálogo. Ante la frágil situación de las cuentas públicas, es evidente la tentación del Gobierno de reabrir la mina, pero el Presidente se enfrenta a una fuerte oposición ya que según las encuestas de 2025 más del 60% de la población es contraria a su reapertura. Esta será clave para mantener la estabilidad política del país.

El último gran desafío del Gobierno son las constantes amenazas de Trump. Desde el discurso de toma de posesión, el presidente norteamericano ha expresado su intención de retomar el canal bajo la acusación de que la ruta interoceánica está controlada por China, algo que fácilmente se puede contrastar. Sin embargo, las amenazas surtieron efecto y el Gobierno panameño abandono rápidamente pactos comerciales con China como el Pacto de la Seda o la terciarización en territorio panameño de las personas deportadas de Estados Unidos, antes de llegar al país de destino.

Recientemente el gobierno panameño ha firmado un polémico Memorándum con las autoridades norteamericanas que según algunas críticas permite a Estados Unidos instalar tres bases militares, aumentar la presencia militar en la zona canalera y consentir el paso gratuito de embarcaciones norteamericanas por el Canal de Panamá, todo ello contrario a los tratados de neutralidad. La estrategia del Gobierno, sin embargo, no está siendo efectiva ya que las amenazas del presidente Trump no cesan.

En este contexto, es necesario volver al multilateralismo y a la legalidad internacional. El Canal de Panamá juega un papel crucial en el comercio y la logística internacional, un comercio en el que más del 80% de la carga transita por vía marítima. En Panamá se está jugando una partida importante para el desempeño del orden económico mundial y el resto de las naciones no lo debería obviar.

Desapariciones y humanidad en México

En las últimas semanas, gran parte de la discusión sobre las desapariciones de personas en México giró en torno a la activación, por parte del Comité sobre Desapariciones Forzadas de las Naciones Unidas, del mecanismo previsto para tratar la situación generalizada de desapariciones en el país. Los debates se centraron, básicamente, en torno a la corrección de esta invocación por parte del Comité y en la posición sostenida por la Presidenta y su Gobierno, así como la Presidenta de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, rechazando que en México exista una situación generalizada de desapariciones forzadas.

Esta discusión puede parecer bizantina y solo interesante para abogados y otros especímenes del mundo diplomático. Pero la verdad es que se trata de un debate esencial, aunque no exclusivamente por los motivos que la vasta mayoría de los analistas han expresado. Hay dos cuestiones que podrían contribuir al debate público y que todos quienes estamos interesados en resolver el drama de las desapariciones debemos asumir con responsabilidad.

Considerar, como lo hace el Comité de Desapariciones Forzadas, que en México podría existir una práctica generalizada de desapariciones, significaría que estamos ante crímenes de lesa humanidad. Más allá de lo que pueda decir la Asamblea General de la ONU sobre la determinación preliminar del Comité (algo sobre lo cual no somos muy optimistas), el efecto indirecto es que podría habilitarse la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, si consideramos que el Comité, implícitamente, está sosteniendo que podría existir un ataque generalizado contra la población civil y una incapacidad o falta de voluntad por parte del Gobierno para investigar y sancionar tales desapariciones. En esta hipótesis, tanto los funcionarios que participaron, permitieron o encubrieron las desapariciones como los miembros del crimen organizado podrían ser juzgados por la Corte Penal Internacional. Una situación posible, aunque difícil, que en todo caso llevaría años, si no décadas.

Pero hay algo mucho más profundo en considerar que estamos ante crímenes de lesa humanidad. Su propia definición nos recuerda que lo que está en juego es la humanidad misma: la de quienes desaparecieron, la de sus seres queridos, la de la sociedad mexicana y, finalmente, la de la comunidad mundial. Es esta dimensión “generalizada” la que afecta a “la humanidad” en su conjunto.

La desaparición forzada es una técnica de terror que destruye la humanidad misma de la persona desaparecida y de sus seres queridos. A la persona desaparecida se le borra su identidad, esté viva o haya sido asesinada. Se elimina su cuerpo, se lo incinera o se lo entierra en fosas comunes sin nombre. La perversidad de las estadísticas que representan la magnitud de la tragedia —más de 125,000 personas desaparecidas— es que también hacen invisible la individualidad de cada desaparecido. Es el terror del desaparecido, de cada uno de esos 125 mil, completamente aislado, que no puede acceder a la justicia ni a la policía para su protección, que no sabe si vivirá, si será torturado o asesinado.

La “generalización” nos hace olvidar que quienes desaparecieron son padres, madres, hijos, hijas, esposos, esposas, compañeros de trabajo, estudiantes, personas que tenían sueños, ilusiones, que sufrían y disfrutaban la vida como todos nosotros. Es esta humanidad, cada una en su individualidad, la que hemos perdido. 

Las víctimas de las desapariciones no son solo quienes desaparecen, sino también sus seres queridos, que sufren la desaparición, la angustia de no saber si están vivos o muertos, el desprecio y la indiferencia del Gobierno que no les brinda contención ni respuestas, y el acoso y hostigamiento de los perpetradores, que buscan asegurar su impunidad.

Si el Comité de Desapariciones Forzadas está en lo correcto en su afirmación de que podría existir una situación generalizada de desaparición forzada, debemos asumir con responsabilidad que, implícitamente, también podría estar acusándonos a mí, a las Naciones Unidas, a su Grupo de Trabajo y al propio Comité sobre Desapariciones, a la Comisión y la Corte Interamericanas de Derechos Humanos y al famoso GIEI. Me explico.

En el año 2011, formé parte de la delegación del Grupo de Trabajo sobre Desapariciones Forzadas de la ONU que visitó México. En esa visita, observamos muchos de los problemas que hoy siguen presentes. El Gobierno, en 2011, se enojó mucho porque dijimos que había 3,000 desapariciones desde 2006. Le respondimos —algo que sigue siendo perfectamente aplicable— que el problema central era que el Gobierno, entonces y hoy, no reconocía la gravedad ni la dimensión del problema, lo cual impedía la adopción de políticas públicas efectivas. Desde esa visita, a través del mandato del Grupo de Trabajo, hicimos todo lo que pudimos: publicamos informes, dimos seguimiento, nos involucramos en el debate de la Ley General de Desapariciones, nos reunimos con familiares, redactamos comunicados de prensa.

Esa visita fue el disparador para que toda la maquinaria de derechos humanos se pusiera en marcha, especialmente a partir de las desapariciones de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. El Comité utilizó sus medidas urgentes, publicó sus conclusiones sobre el informe presentado por el Gobierno, visitó México (el primer país en el mundo en ser visitado), y emitió observaciones, entre muchas otras actividades. La CIDH también visitó México, tramitó casos, dictó medidas cautelares, convocó a audiencias. Y, fundamentalmente, creó el GIEI, un mecanismo único que estuvo de forma permanente en el país y publicó informes devastadores. La Corte Interamericana resolvió importantes casos de desapariciones forzadas, tanto de la mal llamada Guerra Sucia como de las desapariciones originadas desde la llamada guerra contra el narcotráfico y el crimen organizado.

Pero, al final, la realidad nos indica que, a pesar de todos estos esfuerzos, los números pasaron de esos 3,000 que mencionábamos en 2011 a los más de 125,000 actuales. La cruda realidad nos dice que los mecanismos internacionales de derechos humanos fracasamos. Con ello no digo que el Grupo de Trabajo, el Comité, la Comisión y la Corte y el GIEI, entre otros, son responsables de las desapariciones. Al contrario, actuaron (actuamos) con decisión y valentía, con creatividad, con sensibilidad a las víctimas, con determinación y con compromiso. Y gracias a estos organismos hoy hay avances que deben reconocerse. Pero todo ello, no logró detener a las desapariciones, encontrar a miles de personas, romper la impunidad, asegurar una reparación integral. Claro que ello no era nuestro deber pues ello recae en el Estado. Y por mi incapacidad para hacer más, para ser más creativo, para conseguir mejores respuestas, a pesar de mi esfuerzo, pido perdón.

Obviamente, la responsabilidad recae, primero y primordialmente, en quienes llevan a cabo las desapariciones. En segundo lugar, en quienes cooperan, toleran o apoyan las desapariciones. En tercer lugar, en quienes tienen la capacidad y la posibilidad de prevenirlas, pero no lo hacen. En cuarto lugar, en quienes deben buscar a los desaparecidos y fracasan. En quinto lugar, en quienes deben investigar, juzgar y sancionar las desapariciones, y por el contrario aseguran la impunidad. Y, finalmente, en quienes deberían acompañar, reparar y apoyar a los familiares, y responden con insensibilidad y desinterés.

Ninguna de estas seis fallas cruciales son responsabilidad de los mecanismos internacionales de derechos humanos. Al contrario, todos y cada uno de esos mecanismos hemos analizado y criticado las fallas en cada uno de estos seis espacios. Les hemos formulado cientos de recomendaciones al Gobierno. Pero repito, lamentablemente, no hemos logrado detener las desapariciones.

Eso no significa tampoco que no hayamos logrado resultados importantes. Hemos dado voz y esperanza a los familiares. Hemos forzado al Gobierno a responder cuando no quería hacerlo. Hemos impulsado y apoyado a la sociedad civil en luchas fundamentales, como la adopción de la Ley General o la creación de la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas. Hemos informado a la comunidad internacional sobre los graves problemas que enfrenta México. Y hemos creado un registro histórico que documenta lo que el Gobierno hizo y no hizo, y que servirá para los juicios que la historia dará.

El movimiento de derechos humanos y la sociedad mexicana deben interrogarse a sí mismas también. No para autoflagelarse sino para re-energizarse con estrategias que produzcan más y mejores resultados. Mas de lo mismo, no es suficiente.

La única posibilidad que hoy nos queda es continuar trabajando con humildad y determinación. Pero, fundamentalmente, debemos recuperar la humanidad de los desaparecidos y de sus familiares. Entender que en la frase “derechos humanos”, son igual de importantes ambas palabras: derechos, así como humanos. Considerar que, ante los crímenes de lesa humanidad, debemos responder con más humanidad. Recordar que el artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”.Ahí está la respuesta a nuestros desaparecidos: libertad, igualdad, dignidad y derechos. Y la única forma de ser coherentes es decirles: ¡PRESENTE!