Colombia se debate entre el continuismo o la ruptura

Las próximas elecciones presidenciales en Colombia pondrán fin a cuatro años de involución democrática e inacción del presidente Iván Duque, que deja un país en peor situación que la que heredó. Esto resulta inasumible cuando, precisamente, su predecesor, Juan Manuel Santos, había conseguido, a lo largo de sus ocho años de presidencia, mejorar todos los indicadores sociales y económicos del país, además de cerrar un proceso de paz con las FARC-EP con el que se ponía fin al conflicto armado más longevo y violento del continente.

Durante los cuatro años de Iván Duque la imagen exterior del país ha perdido enteros. A pesar de que éste ha tratado de proyectar su imagen ante los principales organismos internacionales como la de un presidente comprometido con la paz y la prosperidad social, existe una clara disonancia entre su plano discursivo y la realidad de los hechos.

Indudablemente, su condición de uribista, que es con la que llega a la presidencia, le obligó de partida a renunciar a muchos de los hitos obtenidos durante el período 2010-2018. Primero, y por razones obvias, su gobierno cuestionó la esencia del Acuerdo de Paz. Es por ello que su máxima gubernamental fue la “paz con legalidad”, a la vez que cuestionaba la integralidad jurídica del Acuerdo.

El gobierno de Duque ejerció un saboteo institucional de baja intensidad hacia aquellos puntos del Acuerdo que más chirriaban al conservatismo y al uribismo en particular como la justicia transicional, la comisión de la verdad o la participación política de los excombatientes. De hecho, según el Instituto Kroc de la Universidad de Notre Dame, encargado de hacer seguimiento a la implementación de la paz, el nivel de cumplimiento íntegro de este gobierno ha sido de un 2% anual.

Por otro lado, en materia de seguridad y orden público, el país es considerablemente más violento que hace cuatro años. La aparente respuesta amparada en la militarización de la seguridad, que intenta exhibir falazmente las capacidades de un Estado “fuerte”, más bien dejan entrever la falta de una hoja de ruta adaptada a las exigencias del post-Acuerdo.

La experiencia nos dice que, tras la firma de un Acuerdo de Paz, lo habitual es que aumente la violencia. El control del territorio, la atomización de la disputa por los recursos ilícitos entre los actores y la desideologización de los grupos disidentes, sumado a la precariedad institucional terminan siendo prioridades y urgencias desatendidas.

Pero el gobierno actuó como si nada hubiera cambiado, y en lugar de aprovechar el Acuerdo para impulsar nuevas políticas públicas en favor de fortalecer la descentralización territorial, la democracia local y la recomposición del tejido social, optó por un discurso simplista que no se corresponde con una realidad que reclama mayores y mejores mecanismos de respuesta.

Así, a la proliferación de disidencias de las otrora FARC-EP, grupos criminales de impronta local y un aumento de la geografía de la violencia y de las capacidades operativas de algunos grupos, como el ELN o el Clan del Golfo, se suma la inoperancia en los esquemas de protección. De hecho, desde la firma de la paz, en noviembre de 2016, han sido asesinados casi 2.000 líderes sociales y más de 300 exintegrantes de las FARC-EP.

Por otra parte, ha aumentado el descontento social hasta el punto de alimentar dos paros nacionales, en 2019 y 2021, además de multitud de episodios de protestas ciudadanas y altercados callejeros que han mostrado la incapacidad para el diálogo de un gobierno que sigue entendiendo que los derechos son patrimonio de la concesión y que el conflicto social es sinónimo de violencia.

Todo esto, con el fin de evitar reconocer mecanismos de diálogo y reconocimiento con la sociedad civil y, más bien, reivindicar la necesidad de mayores necesidades de militarización, con la correspondiente criminalización de la protesta.

Pero, la realidad es otra. El Acuerdo de Paz, más allá de poner fin al conflicto con las FARC-EP, ha servido para abrir un nuevo escenario de reclamos sociales y políticos que durante décadas han sido opacados por la violencia. De la misma forma, ofrece a la ciudadanía la disposición de nuevos repertorios de movilización, desprovistos de la presencia de actores armados, a la vez que libera un espacio para la izquierda que, en inicio, debe servir para mejorar la calidad de la democracia en el país.

No obstante, todo lo anterior no van más allá del plano de la suposición en tanto que, de acuerdo con varios medidores de calidad democrática y electoral, la premisa de entender que la democracia mejora tras la firma de un Acuerdo de Paz, en el caso de Colombia, arroja resultados más que cuestionables.

La pandemia ha servido igualmente para mostrar las contradicciones y debilidades de uno de los Estados más desiguales del mundo. El índice de pobreza multidimensional es de los peores del planeta y los umbrales de población por debajo de la línea de pobreza han retrocedido casi dos décadas, superando el 40%. Por supuesto, no ayuda un Estado profundamente (re)centralizado, en donde la informalidad laboral afecta a casi dos terceras partes y cuya estructura tributaria es una de las más regresivas del continente.

Este intrincado escenario es el que deberá asumir el futuro presidente. Pero antes deberá dirimirse la disputa electoral, la cual, en primera vuelta, todo invita a pensar en que será el otrora alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, quien resulte la fuerza más votada. Sin embargo, es improbable que obtenga más del 50%, de manera que el resultado final se resolverá en la segunda vuelta prevista para el 19 de junio.

Por otro lado, las encuestas más fiables dan como segundo candidato más votado al conservador Federico Gutiérrez. Esto era impensable hace unos meses, cuando parecía que la presidencia de Colombia la disputarían Gustavo Petro y Sergio Fajardo. Sin embargo, la tendencia a la baja de Fajardo ha sido inversamente proporcional al respaldo que Gutiérrez ha obtenido de medios como Semana o RCN, de los partidos tradicionales, como el Partido Liberal y el Partido Conservador, así como de los expresidentes César Gaviria o Andrés Pastrana.

Es como si durante estos últimos dos meses la máxima de “todos contra Petro” hubiera permitido cerrar filas sobre un candidato capaz de imbricar extremos disímiles.

Tres factores que decidirán la elección

Hay tres factores que decidirán la elección. Primero, la capacidad de movilización, favorable, pero también desfavorable, que acompaña a Gustavo Petro. Sus errores de campaña y la apuesta por Francia Márquez como vicepresidenta, si bien han consolidado su posición de izquierdas, han lastrado cualquier viraje al centro.

Segundo, ha de verse qué sucede con el comportamiento del votante más moderado, inicialmente alineado con la Coalición Centro Esperanza de Sergio Fajardo, y que ha de moverse sobre un continuum profundamente centrífugo y altamente polarizado. Tercero, y como contrapeso, estaría la escasísima favorabilidad que despierta Iván Duque y cuyo sucesor natural sería Gutiérrez.

En conclusión, vista la herencia que ha de recibir el próximo presidente, lo que se juega en las próximas elecciones parece gravitar entre el continuismo y la ruptura. El continuismo de Federico Gutiérrez, alineado con la desregulación del mercado, el Estado de mínimos, la política securitaria más tradicional y la proximidad geopolítica con Estados Unidos. O la ruptura de Gustavo Petro, favorable a recuperar la senda del Acuerdo de Paz, fortalecer la dimensión territorial e institucional del Estado, y promover una política pública que apueste por mayor cohesión social y mayor gasto público. En unas semanas saldremos de dudas.


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Menstruación y trabajo: el derecho a trabajar sin dolor

El pasado 17 de mayo el Gobierno de España dio un paso histórico en materia de igualdad y no discriminación. Gracias al impulso del Ministerio de Igualdad encabezado por Unidas Podemos, España tendrá la legislación reguladora del derecho a la salud sexual y reproductiva más avanzada de Europa. Para ello, el Gobierno dio luz verde a la tramitación normativa de una reforma que ampliará el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, se reforzará la educación sexual, se reconocerá la gestación por sustitución como una forma de violencia contra las mujeres y se regulará en términos laborales la salud menstrual.

Una de las cuestiones más discutidas respecto de esta reforma ha sido la regulación de una incapacidad temporal derivada de reglas incapacitantes, abriéndose un debate en ámbitos políticos e incluso sindicales respecto de si la regulación propuesta puede acabar agravando la discriminación en la contratación laboral. Así, los efectos de la menstruación sobre la vida de las mujeres han protagonizado por primera vez tertulias y debates en medios de comunicación, rompiéndose el tabú de la cuestión.

Durante días hemos escuchado cómo se enumeraban el conjunto de dolores que sufrimos las mujeres y las personas que menstrúan y que incluyen calambres abdominales, náuseas, fatiga, sensación de desmayo, dolores de cabeza, dolor de espalda y malestar general o migrañas. Con todo esto una vez al mes y 480 veces a lo largo de nuestra vida acudimos al trabajo con dolores incapacitantes, generándose un “presentismo” (trabajo en condiciones no óptimas) que supera con mucho al absentismo y que impacta considerablemente en la salud laboral y en la productividad de las empresas.

Pese a que se trata de una situación por la que puede transitar la mitad de la población mundial, la salud menstrual se mantiene en la práctica totalidad de países del mundo en un ámbito cubierto por el estigma, la vergüenza y los estereotipos. Ni el derecho laboral ni las normas de la seguridad social han contemplado específicamente estas situaciones. Al contrario, habitualmente las políticas de salud laboral se desarrollaban mediante normas pretendidamente “neutras” (basadas en la experiencia de trabajadores varones e ignorando la diferente realidad de la salud de las mujeres) o bien políticas de salud y seguridad en el trabajo que consideraban a la mujer desde una óptica proteccionista, como colectivo débil y centradas en la protección del embarazo y la maternidad. La menstruación, como situación a considerar per se, ha estado poco presente en los debates jurídicos.

De hecho, algunas de las experiencias regulatorias previas han dado malos resultados. En concreto, Japón aprobó una ley relativa a la menstruación en el trabajo en 1947; Corea del Sur concede a las mujeres un día de permiso por la menstruación y Taiwán tres días; en Indonesia dos. Además, en algunas provincias de China se han adoptado políticas similares. Diversos informes señalan las dificultades de la implantación de estas normas vinculadas y su relación con prácticas discriminatorias o incluso vulneraciones de derechos de las mujeres, todo lo cual está probablemente relacionado a una defectuosa regulación y mala praxis empresarial. Algunos autores, a la vista de los escasos o malos resultados, calificaron estas prácticas como “sexismo benevolente”.

El debate en otros países, como Francia, Reino Unido o Australia, se ha abierto al hilo de las experiencias en diversas empresas que han implantado modelos de organización del trabajo compatibles con la protección de la salud menstrual (incluyendo igualmente los periodos de menopausia) y que reportan constantes tasas de éxito tanto desde el punto de vista del aumento de la productividad como de la mejora del bienestar de las personas que se acogen a estos permisos. Por su parte, el parlamento italiano debatió en abril de 2016 una propuesta de ley titulada “Establecimiento de permisos para mujeres que padecen dismenorrea”. 

La propuesta, que no llegó a aprobarse, contemplaba el derecho de no acudir al trabajo un máximo de tres días al mes a las mujeres que padezcan una dismenorrea que impida el desempeño de las funciones ordinarias del trabajo diario, condición que debía ser constatada en un certificado médico de carácter anual. Este “permiso menstrual” sería cubierto por el Estado con una prestación igual al salario. Además, algunos convenios colectivos, en España o en Argentina, regulan permisos recuperables por las trabajadoras, con poco éxito.

La propuesta española es sin duda la más acabada y se centra en la protección de la salud menstrual en el ámbito del contrato de trabajo, como un derecho dentro de la salud laboral. Para ello se reconoce el derecho a una incapacidad temporal especial para las mujeres con menstruaciones dolorosas que las incapacitan para trabajar, sin máximo de días según indique el informe médico preceptivo, a cargo de la seguridad social, abonada desde el primer día de baja y sin requisitos de cotización previos. No habrá, por tanto, carga alguna económica para el empresario.

Ante la regulación de esta baja laboral por menstruación se ha afirmado que poner el foco en cómo la menstruación afecta la capacidad de trabajo de un buen número de mujeres durante determinados días del mes significaría reconocer una debilidad y podría implicar una reacción empresarial, una suerte de backlash (por el que ya hemos transitado) que podría ahondar en la preferencia de contratación masculina.

Para descartar o minimizar esta posibilidad es necesario recordar que medidas como esta no pueden ser dispositivos jurídicos aislados sino que deben conjugarse con una buena política de igualdad en materia de derechos vinculados a los cuidados, y muy particularmente a la maternidad y paternidad, basada en la corresponsabilidad; una estructura normativa antidiscriminatoria fuerte, que sancione las conductas sexistas en el trabajo; una potente labor pedagógica que evidencie entre el empresariado que la igualdad en las empresas es un derecho (y es positivo igualmente para la productividad) y el compromiso del diálogo social para su desarrollo adecuado. Que la salud menstrual entre en las empresas requiere que el Estado impulse estos dispositivos y que el empresariado interiorice la necesidad de protegerla.

La propuesta de regulaciones como la española es per se un enorme paso adelante en lo jurídico, simbólico y cultural que permite visibilizar y verbalizar una realidad y una necesidad históricamente opacada. Con ella se abre un camino que puede ser ejemplo para América Latina, acompañando los pasos adelante en la despenalización del aborto y los procesos hacia el reconocimiento de la igualdad y la prohibición de discriminación en las relaciones de trabajo. Evidentemente, los obstáculos a superar son cuantiosos por muchos aspectos. En nuestra región, la corresponsabilidad es escasa (el tiempo de trabajo no remunerado o de cuidados de las mujeres es mucho mayor que el tiempo que dedican los hombres) y esto lastra la contratación femenina y perpetua las desigualdades

Además, es bien sabido que, en América Latina, las personas que trabajan sin las garantías jurídicas vinculadas al contrato de trabajo (el llamado trabajo informal) representan más de la mitad de la fuerza laboral, lo cual dificulta la aplicación de medidas como la señalada. Por añadidura, la permanencia del estigma y el tabú respecto de la menstruación, que en el argot popular se sigue identificando con una enfermedad, es igualmente clara. Afortunadamente, la potencia del movimiento feminista en la región está permitiendo los avances normativos que nos hacen caminar hacia la consecución de una sociedad más justa, donde nadie tenga que ir a trabajar aquejada de dolores incapacitantes y donde la menstruación forme parte de la cotidianeidad, libre de estereotipos, estigmas y discriminaciones.


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Tren Maya: más que un tren, nada de maya

Coautor Pablo Montaño

El Tren Maya, como se conoce al proyecto impulsado por el gobierno de la denominada Cuarta Transformación (4T) de Andrés Manuel López Obrador, se presenta como una alternativa para avanzar hacia un supuesto desarrollo sustentable. Sin embargo, no es otra cosa que una profundización del modelo capitalista extractivo, que reproduce la misma lógica colonial que busca llevar el desarrollo a aquellos que han sido históricamente excluidos del “progreso” y la modernidad. La reconfiguración del territorio del sur de México es una vuelta de tuerca a la profundización de una crisis civilizatoria.

A finales del mes pasado el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) publicó la más reciente y sombría advertencia sobre el estado del clima. El reporte indica que las emisiones a nivel global deben alcanzar un pico a más tardar en 2025, de lo contrario los efectos del colapso climático serán catastróficos. En plena encrucijada civilizatoria, es decir, en un momento en el que la adicción al crecimiento económico y a la producción de combustibles fósiles deberían decrecer, el Tren Maya va en dirección contraria.

Se trata de un megaproyecto turístico y de transporte de mercancías que, según el gobierno, busca “mejorar la calidad de vida de las personas, cuidar el ambiente y detonar el desarrollo sustentable”. El proyecto, –que como dicen las comunidades mayas, es más que un tren y no tiene nada de maya– , consta de 1,525 km de vía y consiste en la creación de infraestructura ferroviaria con desarrollos turísticos, habitacionales y de traslado, almacenamiento y comercio de mercancías en cinco estados del sureste de México, convirtiéndolo en el proyecto de desarrollo más grande en América Latina.

Bajo la lógica del desarrollo sustentable, el tren apela al turismo como la forma más efectiva de proveer crecimiento económico y proteger a la naturaleza. Sin embargo, no se ha realizado una Evaluación de Impacto Ambiental que permita mitigar de forma efectiva los impactos acumulativos del proyecto. A la fecha, únicamente se han realizado algunas Manifestaciones de Impacto Ambiental (MIA) de ciertos tramos, mientras que otros no han sido analizados a pesar de que amenazan ecosistemas altamente vulnerables como la zona de cenotes y acuíferos subterráneos de la Península de Yucatán.

El proyecto en realidad es un reordenamiento territorial ya que busca crear, junto con el tren transístmico, que cruzará de Salina Cruz en Oaxaca a Coatzacoalcos en Veracruz, una nueva ruta de comercio interoceánico y una integración del territorio al comercio mundial. Siguiendo la argumentación de que el sureste de México es un espacio abandonado o ignorado por el modelo de desarrollo, estos trenes buscan integrar la región al capitalismo global al facilitar el tránsito de mercancías, combustibles y el turismo, abriendo el territorio al extractivismo, integrando así nuevos territorios a la lógica capitalista.

El gobierno ha rechazado las críticas tachándolas de conservadoras o neoliberales. Pero el modelo de desarrollo al que apuesta no es ni puede ser sustentable. El tren es una pieza del gran proyecto de transformación territorial de la región sur-sureste de México. Y en la península muchos saben que no es sino un proyecto reciclado de administraciones anteriores que beneficiará a empresas transnacionales y que servirá para articular los megaproyectos que ya existen en el territorio como los monocultivos de soya transgénica, las mega-granjas porcícolas o los grandes proyectos de generación de energía renovable. Así, el gobierno de López Obrador está redefiniendo y reorganizando el territorio como un espacio legible a la inversión capitalista a partir de una dialéctica entre la idea de productividad y lo que es considerado como desperdicio. Este modelo implica marginar otras formas de ser, existir y habitar estos espacios.

El tren tiene otros aspectos problemáticos como la creación de un hub para el comercio internacional, así como, contribuir a la captura de migrantes en el flujo hacia Estados Unidos.  Esto último, ocurre en parte, por la transformación turística de las rutas del tren que por décadas han utilizado las personas migrantes (La Bestia), obligándolas a caminos cada vez más peligrosos. Pero tal vez su aspecto más controversial es la forma en la que utiliza la cultura y la identidad indígena maya para justificar la imposición del “desarrollo sustentable”.

Vale la pena recordar el supuesto “error” de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales que reveló la forma en la que el gobierno busca perpetrar un etnocidio en nombre de su propio desarrollo. Según la Secretaría: “El etnocidio puede tener un giro positivo, el etnodesarrollo. Este puede ser posible si se involucra en el proceso de desarrollo y en la administración de beneficios a las poblaciones indígenas”.

Pese a las críticas y aunque el gobierno reconoció que se trataba de un error, hasta ahora no ha realizado ninguna consulta indígena que se apegue a los marcos internacionales del Convenio 169 de la OIT y que permita apuntalar hacia el supuesto etnodesarrollo. En repetidas ocasiones el proyecto se ha presentado como una decisión tomada y que dichas consultas no cambiarían el proyecto. 

Este plan contribuye, además, a perpetuar el orden colonial. Ya decía la destacada intelectual mixe, Yásnaya Aguilar que “la independencia de México no fue un rompimiento con el orden colonial, sino que implicó su perfeccionamiento”. Podríamos agregar que el desarrollo de megaproyectos como este son una profundización de ese orden colonial, en donde la identidad maya se reduce a un servicio turístico, transformándola en una experiencia o mercancía que puede ser aprovechada y extraída.

El modelo impulsado por la 4T perpetúa la violencia colonial ya que consiste en eliminar la posibilidad de que lo otro exista de acuerdo a sus propias formas de ser, conocer y entender. A cambio de ello, el uso de lo indígena como decía Guillermo Bonfil Batalla, sirve para perpetuar el México Imaginario (del desarrollo y progreso) pero condena a la identidad indígena al pasado (el México Profundo).

Bajo la visión de “desarrollo” y “progreso”, las formas tradicionales de siembra, de subsistencia, de relacionarse con el territorio y, por ende, de la misma cosmovisión maya suelen ser descontadas o inclusive vistas como obstáculos para desarrollar la región. El proyecto Sembrando Vida, que busca recuperar la deforestación provocada por el tren, ilustra el rechazo al patrimonio biocultural, al sustituirlo por especies de ‘valor’ y ‘servicios’ que pueden ser mercantilizados.

Es difícil hablar de un etnodesarrollo o de un desarrollo sustentable en la región. Más aún si entendemos este proyecto como la continuación del modelo colonial y capitalista que ha sido impulsado en México en los últimos 500 años, que vuelve a imponer una sola visión del futuro.

Apostar por un proyecto así, incluso teniendo en cuenta los posibles beneficios económicos en el corto plazo, es perpetuar la lógica que ha conducido a la crisis civilizatoria y al colapso del clima que enfrentamos. Impulsar un verdadero etnodesarrollo implicaría aprender a escuchar las alternativas al desarrollo que ya existen en el territorio.

Pablo Montaño es politólogo y máster en medio ambiente y desarrollo sustentable por la Universidad de Londres. Está especializado en comunicación climática y es coordinador de la organización Conexiones Climáticas y productor y guionista de la serie documental El Tema.

Adiós a Bolsonaro

Estamos en campaña. Y por lo tanto, tan angustiados como comprometidos. Los que se asombraron con los resultados de las elecciones de 2018, al menos ahora son más conscientes de lo que representa Bolsonaro y el bolsonarismo para Brasil. Para quienes apostaron hasta el último segundo a que una fracción importante de la sociedad brasileña no se alinearía con el totalitarismo y el fascismo, hoy, con cada encuesta electoral que se divulga, existe el temor de mirar la variación de los números de intención de voto y cogitar que tal vez no sea en 2022 cuando podamos despedirnos de Bolsonaro.

Sin embargo, aunque podamos, es bueno tenerlo claro: el adiós será a la figura de Bolsonaro como presidente, pero no a Bolsonaro como líder popular autoritario, desleal y violento. Menos aún (más preocupante) al bolsonarismo como presencia a largo plazo en la sociedad brasileña.

Después de la redemocratización, a pesar de los numerosos logros sociales y de la garantía de importantes derechos sociales, es importante recordar que la vida cotidiana de nuestras periferias siguió estando marcada por la violencia y la inseguridad social. Los trabajadores más pobres, a pesar de la posibilidad de ascenso e inclusión social -que se produjo esencialmente a través del consumo-, se vieron obligados a adaptarse a la voracidad y la explotación del trabajo informal, precario y uberizado. Los pobres, obligados a concentrarse en sobrevivir, encontraron apoyo en algunas políticas públicas, pero sobre todo en redes dentro de sus comunidades, en las iglesias y en la milicia. 

La frustración por los intentos fallidos de integración social generó una reacción de resentimiento en un tejido social deshilachado. La reacción se estructuró en las periferias, y se fortaleció en las iglesias – especialmente las neopentecostales y en Internet.

La reacción también provino de fracciones de las clases medias que se sintieron amenazadas por el movimiento de ascenso social de las clases bajas (observado entre 2003 y 2014), y de las élites financieras y conservadoras, disgustadas con los rumbos políticos y económicos del país, hasta estallar en las calles y en las páginas de los periódicos en 2013. Una guerra cuyos contornos sólo se fueron aclarando a partir de 2016, y sobre todo, después de 2018.

Violencia, abandono, indignación, injusticia y resentimiento. Estos son los afectos que guían la acción política por el odio al otro (diferente) y por un sentido primario de la justicia, que exige que los agraviados se tomen la justicia por su mano. El resentimiento social generado por el sentimiento de injusticia provocado por una promesa incumplida es una manifestación colectiva desafiante, difícil de resolver, porque el resentido echa la culpa de su situación al otro, de lo que ha perdido o no ha ganado. En este caso, los que se sienten perjudicados no se perciben como autores del pacto social, ni capaces de cambiarlo. Sin poder político, también tienden inconscientemente a buscar gobernantes que les protejan, una autoridad como las figuras paternas de la infancia. Buscan un mesías redentor.

La continuidad del bolsonarismo más allá de Bolsonaro

Estos sentimientos están más vivos que nunca en la sociedad brasileña y tienden a aflorar de nuevo, con fuerza, haciendo que la política -por la que los brasileños nunca han sentido mucho aprecio- vuelva aún más resentida a los perfiles de Facebook, a los grupos familiares de WhatsApp, pero también a las mesas de los almuerzos de los domingos, a las de los bares, a las colas del supermercado, de la panadería, del autobús, del metro y del tren. A través de opiniones formadas en redes sociales, en grupos de WhatsApp, por influenciadores de YouTube, o por figuras de autoridad totalmente despreocupadas de los hechos, de los datos divulgados por los institutos de investigación, de la ciencia o de cualquier fundamento de verdad.

Ciertamente uno de los grandes problemas que tendremos que afrontar es el descrédito socialmente generalizado en los medios de comunicación formales, en las instituciones, en la ciencia, en las escuelas y en los profesores (acusados de adoctrinadores).

En los últimos años, en la ola de odio hacia la política, hemos visto crecer una masa de gente asqueada de los medios de comunicación -muchos de ellos incluso alineados con los valores de la derecha-, algunos asociados con hashtags peyorativos, como el término «basura», y con «adoctrinadores comunistas de izquierda». «¡Basura!», gritaron. En medio de una guerra cultural y política, los medios de comunicación se quemaron en la hoguera del negacionismo, los creadores de opinión, los intelectuales públicos y los «influencers» (ellos también) pasaron a arder en las hogueras de la anulación.

Universidades, escuelas y profesores despreciados públicamente, acusados de adoctrinamiento ideológico, «tomadores de partido». Tener y enunciar públicamente una opinión política se convirtió en un acto abominable, motivo de un profundo cisma entre «nosotros, buenos ciudadanos», y «ellos, izquierdistas, marxistas culturales, bandidos». 

Mi punto es: este escenario no ha sido desmontado, y las opiniones y acciones que crea y alimenta no tienen relación con la ciencia, con los datos, con los hechos de la economía o con la política de cargos y partidos. Se basan en micropercepciones del mundo y en concepciones teológicas de lo que es bueno, que se presentan como verdades incontestables. Así que no hay discurso, ni argumento capaz de hacer frente a lo que se siente y a la reacción indignada que se acumula, justificada en base a valores y eslóganes redentores. En esta lógica, es necesario resistir a los problemas y ser perseverante, porque para rescatar los valores de la patria y salvar a Brasil es necesario todavía mucha lucha.

Mientras tanto, la realidad es un reto. Los datos y los titulares de los periódicos insisten: la inflación se ha disparado, el desempleo también, el hambre ha vuelto. La cesta de la compra está vacía, y el tamaño de los productos en las estanterías (a pesar de las subidas de precios) se ha reducido. La gasolina y el gas de cocina son inasequibles. Las enfermedades han vuelto: el sarampión, la polio, la explosión del dengue en 2022. La movilidad social ha retrocedido, en los últimos cinco años hemos experimentado un retroceso sociolaboral, hemos vuelto a los niveles de las décadas perdidas, de los años 80 y 90. 

Nunca está de más recordar las decisiones de gestión de la pandemia tomadas por el gobierno de Bolsonaro y las denuncias contenidas en el informe de la CPI del COVID. No olvidemos el luto colectivo y los muertos y huérfanos de la pandemia, ni los retrasos en la escolarización y la privación de socialización de nuestros hijos, los traumas a los que se enfrentará toda una generación marcada por la gestión de un gobierno que dio la espalda a lo colectivo, a lo social y al sufrimiento.  

La apuesta es que los dolores de la realidad impedirán la reelección de Bolsonaro, pero el bolsonarismo y todo el resentimiento social del que se alimenta seguirá vivo, palpitando. Tenemos el deber histórico de enfrentarnos a ellos.


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El terrorista de Buffallo y el anclaje global del racismo

Co-autor Emmanuel Guerisoli

La reciente masacre racista de Buffalo tiene una historia global que la antecede. De hecho, el “manifiesto” de 180 páginas del terrorista elogia a Argentina en su primera página, por su supuesta situación racial. El asesino idealiza al país sudamericano a través de la mentira racista y delirante y dice que Argentina es el único país “blanco” con una alta tasa de natalidad que la defendería de los enemigos de la raza blanca. ¿De dónde viene esta fantasía delirante de una “Argentina blanca”?

Argentina es un país diverso, muchas veces abierto, tolerante y generoso. Y también es un país que como muchos tiene una larga historia de fascismos y racismos varios.

La “teoría del gran reemplazo”

El terrorista de Buffalo adhiere a la llamada “teoría del gran reemplazo”, cuyos orígenes se remontan a las ideas de degeneración social y racismo científico de finales del siglo XIX. Acorde con ellas, la superioridad civilizatoria occidental debía mantenerse biológica y culturalmente para evitar el caos y colapso social. Esta ideología fue ampliamente aceptada por elites políticas en varios países a ambos lados del Atlántico y dio lugar a políticas eugenésicas, segregacionistas, anti-inmigratorias, y finalmente fascistas y genocidas.

En los años 30 los nazis radicalizaron la mentira de una conspiración judía cuyo fin era organizar la mezcla de razas, dando lugar a un exterminio de poblaciones blancas a nivel mundial. De ahí en más, la idea del “genocidio blanco” fue utilizada por organizaciones fascistas y afines durante la Guerra Fría para justificar la violencia política en el nombre de la defensa existencial de nacionalismos étnicos.

En los 70s, la Confederación Anticomunista Latinoamericana introduce nociones de “genocidio y supremacía blanca” que influenciaron las doctrinas de las agencias responsables de la Operación Cóndor. Las dictaduras de Bolivia, Chile y Paraguay fueron muy receptivas a tales ideas debido, en parte, a la presencia de ex nazis y ex ustaše -organización terrorista nacionalista croata basada en el racismo religioso y​ aliada del nazismo- en altos cargos.

Las juntas militares latinoamericanas se auto percibían como guerreros de una cruzada histórica contra una conspiración global y en defensa de la civilización occidental cristiana. Durante los 70s y 80s, hubo una fuerte cooperación transatlántica entre agentes de las juntas, organizaciones europeas paramilitares neofascistas como la P2, los gobiernos apartheid de Rhodesia y Sudáfrica, y elementos de la extrema derecha estadounidense.

Estas relaciones rindieron fruto durante las guerras y masacres genocidas en América Central, en las cuales la Argentina tuvo participación directa a través del envío de “asesores” expertos en represión ilegal. Esto nos permite entender de dónde viene el delirio de una América Latina con un rol central en la defensa de Occidente.

No olvidemos que el terrorista de Buffalo también dice que esta lucha racial podría comenzar en países como Argentina o Venezuela e incluso menciona a Uruguay como uno de los países “anclados en la raza blanca”, junto a Australia, Argentina, Nueva Zelandia, y Estados Unidos. Ahora bien, ¿Por qué el terrorista pone a Argentina en un lugar central? Este énfasis en la nación latinoamericana sólo puede entenderse en términos de historias compartidas y tradiciones fascistas, fantasías racistas transnacionales. Son las memorias globales del fascismo internacional. En foros de internet, los extremistas del neofascismo global admiran a la dictadura argentina y también a Augusto Pinochet como actores que deben ser emulados.

Mientras uno de los fundadores del fascismo argentino, Leopoldo Lugones, defendía al imperialismo argentino por esa superioridad “blanca” sobre otras naciones latinoamericanas, los generales de la última dictadura militar (1976-1983), que mataron a decenas de miles de ciudadanos en su “guerra sucia” lanzada en nombre del “occidente cristiano”, utilizaron una lógica similar.

En 1976, el General Videla subrayaba el carácter global de la contienda: “la lucha contra la subversión no se agota en una dimensión puramente militar. Es un fenómeno mundial. Tiene dimensiones políticas, económicas, sociales, culturales y psicológicas”.

En concreto, las ideas de reemplazo e invasión y las fantasías paranoicas sobre la expansión y la migración de europeos no blancos son fundamentales para la tradición fascista argentina. Las infames declaraciones del general Albano Harguindeguy, ministro del Interior bajo la dictadura argentina sólo pueden entenderse desde esta perspectiva histórica. En 1978, Harguindeguy hablaba de la necesidad de fomentar la inmigración europea para que Argentina pudiera “seguir siendo uno de los tres países más blancos del mundo”.

Este racismo explícito en Argentina, tomó la forma de un reconocimiento abierto de la necesidad de erradicar otras expresiones “no europeas” de la nación. La profundidad y alcance de este deseo se manifestó, una vez más, en los campos de concentración, que funcionaban como centros clandestinos de detención y tortura, en los que el racismo y el antisemitismo tenían un lugar central.

La lucha contra el enemigo no tenía límites. La cooperación internacional entre organizaciones fascistas y supremacistas blancos continuó finalizada la Guerra Fría. Si antes luchaban para vencer al comunismo en Angola, Chile o Nicaragua, ahora el enemigo era el Islam y el multiculturalismo, que el delirio antisemita considera es financiado por el judaísmo.

Los atentados en Utoya, Munich, Pittsburg, El Paso, Christchurch, y ahora Buffalo entre otros son la continuación de la violencia fascista contra minorías a las que, en su delirio ideológico, adjudican la futura destrucción de la civilización occidental y los valores cristianos.

El fascismo es y ha sido siempre transnacional. No se puede entender esta historia estadounidense con ideas de excepcionalísimo porque casi nada es excepcional en las tradiciones fascistas estadounidenses. De todas formas, es comprensible que se haya prestado mucha atención a las dimensiones locales del fenómeno, si no tanto a la historia estadounidense. Pero lo que se ha ignorado por completo hasta ahora son las historias globales del fascismo detrás de estos ataques.

Emmanuel Guerisoli es abogado y doctorando en Sociología e Historia en New School for Social Research (Nueva York). Especializado en derecho penal internacional, derecho constitucional y derechos humanos. Máster en Estudios Internacionales y Sociología.

Guerra y paz en Ucrania: por un retorno al status quo ante bellum 

Después de tres meses de una guerra no declarada y no provocada de la Federación Rusa contra el pueblo y gobierno de Ucrania, se hace cada vez más evidente que un retorno a las posiciones de las fuerzas beligerantes antes del inicio de las hostilidades, en 24 de febrero, sería un paso decisivo para lograr una paz justa y necesaria en el este de Europa. En contraste con otras campañas militares rusas, como las observadas en Georgia, Crimea o Siria, en esta oportunidad es claro que no hubo una inmediata derrocada y rendición político-militar del gobierno de Kiev. Tampoco hubo “liberación” del vecino – con las posibles excepciones de lo visto en ciertos territorios de las orientales provincias de Donetsk y Lugansk. En general, es evidente que los ucranianos han tomado la decisiva y dramática decisión de luchar por la soberanía e independencia de su país, e intentar expulsar a fuerzas invasoras.

Evidentemente, la campaña militar, en general, y la determinación de resistir a la agresión extranjera, en particular, han representado altísimos costos humanos y materiales para ambos contendientes. Del lado ucraniano, delante de una intervención militar externa y del desequilibrio de las fuerzas preexistente, se ha implementado una estrategia fundamentalmente defensiva. Hasta el momento, ello posibilitó la expulsión de unidades rusas al norte de la capital y de Kharkov. También, a pesar de la reciente caída de Mariupol, se ha constatado cierta estabilización de los teatros de operaciones en el este y sur del país. Infelizmente, en el interludio, los defensores de su país han tenido que convivir con no pocos casos de atrocidades y crímenes de guerra, con la destrucción de infraestructura económica y social, con millones de desplazados y refugiados, y con enorme sufrimiento psicológico especialmente entre no combatientes – mujeres, infantes y ancianos. Igualmente, según fuentes que gozan de credibilidad, la campaña militar rusa ha provocado costos financieros superiores a los 300 mil millones de dólares y la desestructuración del sistema económico de Ucrania. En suma, ha sido una dolorosa experiencia colectiva para un Estado internacionalmente reconocido.

En medio de ese conflicto bilateral ruso-ucraniano, desde febrero hubo una vigorosa reacción de la comunidad internacional. La mayoría de los actores estatales y no estatales se ha pronunciado en favor del derecho internacional y de las reivindicaciones de Kiev. Ello ha sido bastante claro en algunas decisiones del sistema de Naciones Unidas. Inversamente, hubo escepticismo y repulsa en contra de la agresión impulsada por el gobierno de Moscú y por sus más estrechos aliados y clientes – incluyendo al gobierno de Bielorrusia y fuerzas separatistas prorrusas. Conviene subrayar que, con pocas y por veces paradojales excepciones, ese patrón de conducta e identidad internacional esencialmente favorable a Ucrania ha sido replicado en la mayoría de los países latinoamericanos y caribeños, así como del Sur Global.

Paralelamente, y quizás como consecuencias no programadas o deseadas, la campaña militar de las fuerzas armadas rusas ha provocado reacciones en muchas otras capitales del planeta. Ello ha incluido el ofrecimiento de buenos oficios de numerosos actores internacionales para buscar una salida pacífica a la crisis. También es posible verificar la virtual “desfinlandización” de Finlandia y Suecia, el rearme de Alemania y otros países, la recomposición de la Organización del Tratado del Atlántico Norte, y las crecientes tensiones ruso-estadunidenses. Asimismo, ha sido posible constatar afinidades electivas y comprensión hacia la decisión del gobierno de Vladimir Putin en Beijing, la imposición de pesadas sanciones económicas – tanto comerciales como financieras y comunicacionales – de países occidentales a Rusia. Adicionalmente, pero no menos importante, se han destacado las fuertes divergencias culturales y religiosas entre líderes eslavos, la interrupción del diálogo intercivilizacional, y una virtual suspensión de la cooperación científica, técnica y deportiva internacional principalmente con relación a las fuerzas agresoras.

Desde la perspectiva de los estudios e investigaciones en seguridad internacional y cuestiones estratégicas contemporáneas, tales acontecimientos sugieren la existencia de un proceso de recomposición del sistema internacional. Desde un punto de vista académico, la guerra en Ucrania también ha generado un impacto significativo en lo concerniente al devenir de las principales teorías de Relaciones Internacionales, tal es el caso del neorrealismo, del liberalismo analítico, del constructivismo, entre otras. Consecuentemente, numerosos analistas han llegado a afirmar que se trata de uno de los acontecimientos más importante desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 a los Estados Unidos y eventos subsecuentes.

Viéndolo desde la perspectiva del conjunto de los países latinoamericanos, en cuya experiencia histórica no faltaron casos de resistencia y oposición a envestidas imperialistas fundamentalmente semejantes a las actualmente observadas en el este de Europa, lo ideal seria una salida negociada del conflicto. Ese sería el cometido en el que han trabajado líderes de la ONU, del Vaticano, de Turquía, de Israel y de otros países, instituciones y agentes con vínculos e intereses directos en el conflicto. Sea como fuere, lejos de aceptar una humillante rendición y sumisión de Ucrania a los designios de Moscú, tal negociación debería preservar la soberanía, seguridad, libertad e integridad territorial de las partes. Así las cosas, el retorno a la situación del status quo ante bellum sería, salvo mejor interpretación, un paso decisivo en la resolución de este atroz, ultrapasado y espurio conflicto.

Un esfuerzo para atender a las reivindicaciones etnopolíticas de grupos prorrusos podría ser eventualmente realizado procurando atender a las demandas de creciente autonomía dentro del Estado ucraniano. La cuestión de Crimea podría ser resuelta, por ejemplo, mediante un intercambio de territorios – en lugar de la simple anexión de la península y de su zona económica exclusiva a la Federación Rusa. Y garantías de seguridad internacional equivalentes, recíprocas y mutuamente aceptables podrían ser intercambiadas entre los gobiernos en cuestión. Queda por verse quién pagará la cuenta por la masiva e insensata destrucción de la economía ucraniana, por el enorme sufrimiento psicosocial impuesto a su población, y por los reacomodamientos generados en el orden internacional regional y global.    


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La crisis en Ucrania no es culpa de Occidente

Algunos analistas culpan a Occidente, en particular a la expansión de la OTAN, por provocar la reacción rusa y la guerra en Ucrania. John Mearsheimer, de la Universidad de Chicago, ha suscitado un amplio debate internacional sosteniendo que Rusia actuó porque Occidente amenazó directamente su seguridad e intereses vitales. Esa teoría ignora la fuerte responsabilidad de Moscú, la ideología de Putin y su deseo de alterar el orden internacional. En este contexto, América Latina, quien también se vería afectada por las secuelas del conflicto, debería decidir de una vez y conjuntamente de qué lado está.

Nunca hubo amenaza real a la seguridad rusa

Entre 1999 y 2004 la OTAN se amplió a varios países de la ex área de influencia soviética. Rusia se opuso, pero aceptó, ya que los nuevos miembros no compartían una frontera extensa con Rusia, y Moscú se encontraba en una posición débil. El punto de no retorno se alcanzaría en 2008 con la cumbre de la OTAN en Bucarest. La declaración final afirmaba que en el futuro Georgia y Ucrania se convertirían en miembros de la OTAN.

Los temores de Rusia eran infundados. La Declaración de Bucarest apoyaba la futura solicitud de Ucrania y Georgia, pero también hacía hincapié en la necesidad de debatir las cuestiones pendientes. Francia y Alemania detuvieron la iniciativa precisamente para no alarmar a Rusia. De hecho, la OTAN nunca ofreció a Georgia y Ucrania un plan de adhesión y su proceso formal nunca se inició.

En 2020 la OTAN reconoció a Ucrania como “socio de oportunidades mejoradas”. Esto permite consultas políticas regulares, intercambio de información, plataformas de interoperabilidad y ejercicios conjuntos. Finlandia, un país miembro de la Unión Europea y que tiene frontera directa con la Federación Rusa, goza del mismo estatus. Finlandia tiene, además, un ejército de 180.000 personas y compra regularmente material militar a Estados Unidos. ¿Deberíamos esperar una invasión rusa a Finlandia? Esperemos que no.

Promesas incumplidas y tratados violados

En la conferencia de seguridad de Munich de 2007, el Presidente Putin se refirió explícitamente a las supuestas garantías de no ampliación de la OTAN ofrecidas en 1990 por el entonces Secretario General de la OTAN, Wörner. Sin embargo, las palabras citadas por Putin estaban sacadas de contexto y se referían únicamente a la reunificación alemana.

En 1990, a cambio de la unificación de las dos Alemanias, Gorbachov obtuvo una garantía informal de no expansión de la OTAN. Los documentos diplomáticos revelan que entre 1990 y 1991 el presidente estadounidense George H. Bush, Kohl de Alemania, Mitterrand de Francia y Major del Reino Unido, tranquilizaron a Gorbachov y a su ministro de Asuntos Exteriores, Shevardnadze, de que no habría expansión de la OTAN.

La versión de Occidente es que estas garantías se referían a la Unión Soviética y no podían aplicarse a Rusia en años posteriores. Es una justificación quizás algo improvisada, pero aceptada por algunos analistas, así como por el propio Shevardnadze. En cualquier caso, ¿bastaría eso para explicar la invasión a Ucrania treinta y dos años después?

Putin violó los tratados firmados por la Federación Rusa sobre Ucrania. En 1994 con el Memorando de Budapest, a cambio de ceder el arsenal nuclear ucraniano a Rusia, Moscú se comprometió a respetar la independencia, la soberanía y las fronteras de Ucrania, así como a abstenerse de la amenaza o el uso de la fuerza contra Ucrania. Rusia no ha cumplido ninguno de sus compromisos.

Revisionismo ruso y causas complejas

No es el activismo de la OTAN lo que explica la guerra rusa en Ucrania, sino la forma en que Putin ha decidido gradualmente oponerse a ello, dentro de un diseño más amplio de revisionismo y redefinición del orden internacional liberal liderado por Occidente.

Analistas rusos confirman este argumento. Andrey Sushentsov, del Instituto de Estudios Internacionales del Ministerio de Asuntos Exteriores, señala que con la invasión rusa a Ucrania la era de la búsqueda de Rusia de su lugar en el mundo centrado en Occidente ha terminado. Sergei Karaganov, del Consejo de Política Exterior y Defensa en Moscú, habla de una estrategia rusa de «utilizar diversos instrumentos de política exterior, incluidos los militares” y de sustituir el actual sistema de seguridad euroatlántico por uno euroasiático.

El ministro de Asuntos Exteriores Lavrov arremetió contra el orden liberal y acusó a Occidente de arrogarse un derecho autoperpetuado a remodelar los países «no democráticos» según las normas occidentales, una posición que calificó de «imperial y neocolonial». Las relaciones internacionales, agregó, están experimentando cambios fundamentales y la era de la dominación occidental está llegando a su fin.

Pero las supuestas amenazas a Rusia no están en el ámbito de la seguridad militar sino en el de los valores. La difusión de la democracia, los derechos individuales y el respeto a la ley socavan el orden autocrático ruso. Las élites rusas harían bien en preguntarse cómo es que tantos países anhelan un futuro más cercano a Occidente y libre de Moscú.

América Latina es parte de Occidente

Las consecuencias de un conflicto de largo plazo en Ucrania afectarían sensiblemente a América Latina. El costo de materias primas y alimentos a nivel mundial crecerá impactando el precio de los productos manufacturados que América Latina importa. La aceleración europea hacia una energía y economía verde tendrán impactos mundiales tanto en lo económico como en lo político. Estados Unidos y Europa irán buscando aliados confiables y estables y América Latina tendrá que definir su lugar entre Occidente y los países autocráticos.

América Latina es históricamente y culturalmente parte de Occidente. Los líderes continentales subrayan los valores compartidos con EEUU y Europa como la democracia, el respeto de los derechos humanos y del derecho internacional. Pero al momento de actuar, la región está dividida. En las resoluciones de condena de la agresión rusa en la ONU y en la OEA, algunos países latinoamericanos se abstuvieron, negando así sus propios valores en favor de convenientes posturas ideológicas y de posibles retornos económicos y políticos.

La ocasión es propicia para reanudar una relación más equitativa y ventajosa con Occidente y balancear la creciente influencia política, económica e ideológica china, cuyas consecuencias permanecen dudosas.

Escenarios futuros

Occidente haría bien en buscar un acercamiento con Moscú después de una paz justa en Ucrania. El Kremlin sería un socio importante para gestionar la situación en Siria, Libia, Afganistán y la lucha contra el terrorismo. Además, Rusia sería un aliado clave para contener a China si se volviese más revisionista y asertiva. De hecho, la cautela de Pekín sobre Ucrania podría presagiar tensiones en Taiwán.

Es el momento de un profundo replanteamiento. Occidente debería acabar con la retórica de la decadencia y la «crítica a ultranza» y potenciar la coherencia entre los valores que encarna y sus acciones. América Latina, por su parte, debería actuar consecuentemente con los valores que proclama. Tendría que tomar una posición conjunta al lado de aquellos que defienden dichos valores y no flirtear con aquellos que los debilitan. Los valores conforman los intereses de largo plazo.


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El “partido del sombrero” mexicano

La ciencia política clásica difícilmente elaboraría una clasificación que incluya lo que llamo “partido del sombrero”, es decir, un tipo de partido que se sale de los cánones convencionales de izquierda-derecha, o de los llamados clivajes nacionalistas o regionalistas, lo que supondría que la definición mencionada atiende más al periodismo de investigación que a una tipología politológica seria y rigurosa.

Si nos remitimos al origen de los partidos políticos, lo que no vamos a encontrar es que se constituyeron a partir de los grupos de interés económico, laboral, regional o religioso. Y si bien ese mundo de pertenencia partidaria se ha ampliado con nuevas identidades políticas, también hemos sido testigo de la incursión subrepticia de grupos criminales en las elecciones con candidatos propios o con aquellos que están bajo su esfera de influencia.

En México, estas organizaciones criminales ejercen una influencia transversal en el sistema de partidos y lo hacen al margen de las identidades partidarias generando un complejo sistema de relaciones sociales y políticas que se traducen en formas sui generis de poder que algunos autores llaman genéricamente narcopolítica.

El Diccionario de la Lengua Española define la narcopolítica como: “Actividad política en que las instituciones están muy influidas por el narcotráfico”. Esa influencia, evidentemente tiene sus propias rutas de apropiación de lo público. Todavía hasta a los años noventa del siglo pasado había indicios de que los llamados “señores del narco” estaban al servicio del poder político. Y una regla no escrita es que estos no debían meter sus manos en la política ni contra los políticos.

En este siglo, se fueron incrementando los intereses de los políticos al margen del antiguo tutelaje priista que se fue diluyendo con los procesos de alternancia. Y de esta manera, fueron transformándose en factores reales de poder en las regiones del país donde operaban los cárteles. De manera que al narco le interesó cada vez más saber quiénes eran los candidatos a los cargos de elección popular y, sobre todo, aquellos que tenían posibilidades.

Y es así como los narcos han intervenido en la postulación de candidatos afines a sus intereses, lo que ha significado que han tenido que “limpiar” de adversarios políticos en estados, alcaldías y distritos. Se ha pasado del “palomeo” de candidatos a la neutralización de ciertas candidaturas, se ha promocionado candidatos afines a la violencia en las campañas, y en muchos casos, en los últimos procesos electorales federales y locales se ha asesinado a quienes no se someten a esa directriz subterránea.

En las pasadas elecciones locales de 2021, el “partido del sombrero” arrasó en los estados de la costa del Pacífico lo que llevó a la renuncia de un gran número de candidatos violentados y la colocación de más de un centenar de dirigentes partidarios y operadores políticos.

Con este tipo de “campaña paralela”, evidentemente el resultado de la elección en muchas regiones fue previsible, pues ganaron los que tenían que ganar. Y si un instrumento de campaña funciona con un bajo costo político, es muy probable que se siga utilizando donde ya se utilizó y se vaya ampliando al resto del territorial. Recordemos, además, que de esa cadena de crímenes ocurridos en 2021, en la mayoría de los casos no hay resultados judiciales sobre que grupo los cometió y por lo tanto están archivados.

Esto significa que, si en México tenemos un 95% de impunidad, en el caso de los crímenes políticos locales ronda el 100% lo cual representa un serio tropiezo para nuestra frágil democracia. Y en este marco, no es excesivo afirmar que si el país no logra frenar la situción, terminaremos siendo una narcocracia.

Sin embargo, el presidente López Obrador insiste en afirmar que si se aprueba su iniciativa de reforma electoral, ya presentada formalmente, viviríamos en una “auténtica democracia”. Pero la ausencia de financiamiento público que contempla la iniciativa, no solo comprimiría el sistema de partidos, sino que abriría las puertas al dinero proveniente de los poderes fácticos.

Y es que los partidos podrían dejar de ser “entidades de interés público” para convertirse probablemente en organizaciones con registro, pero al servicio de este singular particular. Esto sería, técnicamente, la derrota de la política institucional.

Soy partidario de que el costo de las elecciones ha llegado demasiado lejos y son necesarios consensos políticos para reducirlos sensiblemente. Lamentablemente eso no ocurrirá por los escasos incentivos que tiene este pretendido modelo de democracia electoral y por que la oposición nunca la votaría.

Como afirmó el sociólogo Jorge Zepeda Patterson, se trata de una iniciativa que está pensada desde el interés personal, más que desde una visión de construcción institucional. López Obrador, en este asunto, está interesado en dejar registro de que planteó una propuesta que fue rechazada por la oposición.

Y es que su narrativa está marcada por los símbolos de la buena patria y la disputa permanente con sus enemigos reales o ficticios. Por eso, cuando se le plantean los problemas del día a día con el narco, las masacres, los feminicidios, las muertes violentas de jóvenes y un largo etcétera, que se sale de su guion, les da la vuelta para terminar poneiendo el foco en aquellos enemigos que ha construido en su relato transformador: el neoliberalismo en su expresión más abstracta y los dueños del dinero en su manifestación más pedagógica. La abstracción como recurso retórico.

Y así, AMLO buscara llegar hasta el final. Tiene de su lado la clientela susceptible a sus mensajes soberanistas, la prédica patriota y nacionalista de la 4T (Cuarta Transformación). El resto puede esperar porque el crimen organizado “también es pueblo” y “son seres humanos”.

Por ello, el “partido del sombrero”, el partido del crimen organizado, con sus expresiones regionales, adquiere un mayor significado al estar en medio de la prédica nacionalista que a la larga seguirá en su empeño de capturar las instituciones del Estado mexicano. Por eso, las elecciones son más importantes que nunca.

En definitiva, el “partido del sombrero” o el nombre que se le dé, con mayor o menor valor politológico, expresa la realidad mexicana. Una realidad cada día más preocupante que está debilitando sensiblemente la democracia mexicana.


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Mujeres rurales, en la primera línea del cambio climático y los desastres en América Latina y el Caribe

«…no hay sector social más invisible, menos comprendido y menos atendido que el de las mujeres rurales, a pesar del papel vital que desempeñan en nuestras comunidades rurales…», dijo la expresidenta de Costa Rica, señora Laura Chinchilla.

El café Blue Mountain es uno de los granos especiales más caros del mundo, abastece al mercado de cafés de lujo y cuesta más de 58 dólares la libra. Sus preciadas bayas crecen en las frescas y empinadas laderas de la cordillera Blue Mountain de Jamaica, a más de 1.000 metros de altura, y dan sustento a más de 4.000 pequeños agricultores. Sin embargo, la zona donde se produce este café de lujo no ha escapado de los efectos del cambio climático.

Los medios de subsistencia de las mujeres caficultoras jamaiquinas, que son las más afectadas, se han visto impactados por la variabilidad de las precipitaciones, la prolongación de las estaciones secas, la reducción de los rendimientos y el aumento de las plagas y enfermedades. Esto ha dado lugar a una producción irregular y a un peor café, lo cual ha causado pérdidas económicas.

Estas condiciones también han aumentado el coste de mantenimiento de las explotaciones de café, ya que los insumos agrícolas necesarios para aumentar el rendimiento y tratar enfermedades como la roya del café suelen ser caros.

Pero este no es el único caso en el que mujeres rurales viven una mayor secuela por el cambio climático, ya que generalmente las mujeres tienen una mayor dependencia de los recursos naturales para sustentar los medios de vida. Esto se ve afectado por fenómenos hidrometeorológicos como huracanes, tormentas, inundaciones, sequías y deslizamientos de tierra, entre otros.

Lamentablemente, aunque América Latina y el Caribe (ALC) contribuyen con menos del 10% de las emisiones globales, sus economías, sectores, infraestructuras y personas han sufrido desproporcionadamente las consecuencias y efectos adversos. Según el informe Estado del clima en América Latina y el Caribe 2020, el paso de los huracanes Eta e Iota causó estragos en Guatemala, Honduras, Nicaragua y Costa Rica, mientras que Brasil, Bolivia, Paraguay y la región argentina del Pantanal sufrieron sequías y una temporada de incendios sin precedentes. Los glaciares de los Andes chilenos y argentinos siguen retrocediendo y la región del Caribe sigue atravesando un déficit de lluvias.

Además, teniendo en cuenta que muchas economías de ALC dependen de sectores sensibles al clima como la agricultura, tanto la seguridad alimentaria como la nutricional también están en el punto de mira. Se prevé que para 2050, Centroamérica y el Caribe enfrentarán una reducción de una quinta parte en el rendimiento agrícola de los frijoles y el maíz.

Otras áreas que permanecen muy expuestas y vulnerables son la salud humana, los recursos hídricos, los asentamientos y la biodiversidad. Desde el punto de vista económico, los daños anuales para la región debido al cambio climático se estiman en 100.000 millones de dólares para el 2050, lo que equivale casi al PIB de Ecuador.

Particularmente para la región del Caribe, se proyectan alrededor de 22 mil millones de dólares en pérdidas. Por lo tanto, el impacto devastador en el tejido económico, cultural, ambiental, físico y social de los países erosionará cualquier avance y progreso.

En medio de estas amenazas, el rostro en cuanto al género (del cambio climático) sigue siendo un tema crítico, puesto que la diferencia en las capacidades de hombres y mujeres para adaptarse sigue generando preocupación. La reciente evaluación del IPCC informó sobre el efecto desigual del cambio climático en hombres y mujeres. Esto se debe principalmente a la desigualdad e inequidad de género que influye en el control y acceso a los bienes, recursos, servicios y procesos de toma de decisiones.

La Cepal reconoce que «las mujeres y los niños tienen 14 veces más probabilidades que los hombres de morir durante un desastre». Y se espera que las mujeres rurales, especialmente en nuestra región, sean las más afectadas por el cambio climático.

Pero las mujeres desempeñan un papel fundamental en el sistema alimentario, donde representan el 43% de la mano de obra agrícola, contribuyendo a la seguridad alimentaria de las comunidades como productoras, plantadoras, cosechadoras, trabajadoras agrícolas, criadoras de ganado, así como en el cuidado doméstico.

Sin embargo, a pesar de su contribución, su trabajo a menudo no se reconoce. Su realidad está marcada por la pobreza y las desigualdades estructurales, sobre todo porque tienen menos acceso a los recursos productivos. Los efectos del cambio climático y las catástrofes tienden a incrementar estos problemas generalizados y, con ello, su vulnerabilidad.

Según Oxfam, alrededor del 30% de las mujeres rurales de América Latina son propietarias de tierras agrícolas, mientras que el acceso a la asistencia técnica solo está disponible para menos del 5%. Por ejemplo, en Brasil y Guatemala las mujeres rurales se enfrentan a un menor acceso al crédito, a tecnología, mecanización, a la tierra y a otros activos, lo que limita su capacidad de adaptación y de toma de decisiones.

En Colombia, el cambio climático ha afectado a las productoras de café al acrecentar la propagación de la broca del café. Pero su capacidad para gestionar la plaga se ha visto obstaculizada por la falta de acceso a conocimientos técnicos, información y control de la toma de decisiones. Casos similares se han repetido en países como Haití y otras pequeñas islas del Caribe, donde las mujeres rurales se enfrentan a barreras socioeconómicas arraigadas en la desigualdad de género, lo que agranda su vulnerabilidad y riesgo ante los desastres climáticos.

Para las productoras de café en las Montañas Azules de Jamaica, el impacto del cambio climático también se ha visto alimentado por la disparidad en la recepción de servicios de asesoramiento. Según una encuesta piloto de IWCA Jamaica (JAWiC), una agricultora con 10 años de experiencia percibe que «la gente [las partes interesadas de la industria en general] quiere ayudar más a los hombres o miran a los hombres» en lo que respecta a la gestión de la granja.

Las mujeres también señalan las barreras para acceder a recursos, a formación técnica y a oportunidades que permitan una movilidad ascendente en la cadena de valor del café, así como la capacidad de ocupar espacios de liderazgo dentro de sus comunidades. Esta dinámica de género y la desigual relación de poder quedan, asimismo, ilustradas en que algunas mujeres perciben su contribución como «menor» en comparación con los hombres.

Sin embargo, ignorar el aporte de las mujeres a los medios de vida rurales y limitar sus oportunidades no solo disminuye el potencial económico de una nación, sino que también debilita su resistencia a las consecuencias del cambio climático.En el caso de las productoras jamaiquinas, se ha intentado cambiar esta realidad facilitándoles acceso a formación, conocimientos técnicos, financiación y recursos productivos. No obstante, el empoderamiento de las mujeres rurales no solo requiere una perspectiva de género en la reforma de las instituciones y la inversión en servicios, sino también abordar las normas culturales, socioeconómicas y patriarcales profundamente arraigadas que limitan su capacidad productiva y poder de decisión. Esto permitirá, además, que la humanidad pueda seguir disfrutando de uno de los mejores cafés del mundo.


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China se involucra con América Latina: ¿distorsionando el desarrollo y la democracia?

Las actividades comerciales, políticas, militares y culturales de la República Popular China (RPC) en América Latina durante las últimas dos décadas están fomentando indirectamente una región menos democrática y segura. Y es que el valor agregado de la extracción de los recursos de la región y el suministro de bienes y servicios a sus mercados se dirige cada vez más a empresas e inversores chinos, en lugar de a los pueblos latinoamericanos.

Los esfuerzos de China, generalmente encabezados por sus empresas estatales y apoyados por el Gobierno, buscan asegurar el acceso a recursos, alimentos, mercados y tecnologías estratégicas, con el fin de obtener el mayor valor agregado posible para las entidades de ese país. Así, sus avances particulares comprenden la “conectividad” de las economías latinoamericanas, incluidos los puertos, el transporte terrestre y marítimo, la generación y transmisión de electricidad, las telecomunicaciones, el comercio electrónico y las finanzas, entre otros.

Los esfuerzos de la potencia asiática están respaldados por su considerable poder blando que a menudo aprovecha, no solo la admiración por la cultura china o al país como modelo político y de desarrollo, sino también por la esperanza de un “beneficio” político, corporativo o personal, que no es necesariamente inconsistente con la desconfianza que algunos en la región tienen por las prácticas del Gobierno y sus empresas.

Dicho poder blando se ve reforzado por la diplomacia de pueblo a pueblo (paradiplomacia), incluidos los 44 Institutos Confucio que atraen a latinoamericanos interesados en China, así como las becas Hanban (institución pública que depende directamente del Ministerio de Educación de China) que permiten a los más capaces estudiar en el país asiático, lo cual los puede llevar a ocupar en el futuro posiciones comerciales y diplomáticas con respecto a China en sus propios Gobiernos, mientras que el pago de viajes a académicos, políticos, periodistas y funcionarios gubernamentales los ubica, en cierta medida, en una situación comprometida a la hora de criticar al país.

De esta manera, China y sus empresas, al perseguir sus propios intereses, se han convertido en “incubadoras” de regímenes autoritarios a medida que las élites populistas consolidan el poder, secuestran sus democracias y actúan contra el sector privado. El Gobierno chino vende, por ejemplo, a sus socios autoritarios los sistemas militares y electrónicos para ayudarlos a mantenerse en el poder controlando a sus poblaciones. Esto genera un beneficio mutuo, ya que estos Gobiernos suministran después productos básicos a China y contratan a sus empresas para proyectos en términos, a menudo, lucrativos.

Con respecto a la soberanía de Taiwán, China no solo fomenta el objetivo estratégico de aislar a la isla, sino que también influencia a los países para un “cambia de rumbo” a través de la firma de múltiples memorandos de entendimiento, normalmente no transparentes, que abren la economía, la infraestructura, el sistema educativo y otras áreas.

Las actividades militares y policiales del Gobierno, en y con líderes de la región, busca envalentonarlos, a la vez que les vende o dona transporte militar y aviones de combate, helicópteros, patrulleros, vehículos blindados, equipos de construcción, motocicletas y patrulleros policiales y vehículos de doble uso.

Además, China lleva regularmente a líderes militares latinoamericanos a China continental para darles cursos de capacitación y educación militar. A su vez, envía a miembros del Ejército Popular de Liberación (EPL) a que hagan cursos en América Latina; que realicen visitas institucionales periódicas, y la propia Marina china hace escalas en puertos de la región.

De hecho, se han realizado 20 despliegues militares y visitas de 200 altos funcionarios de defensa del EPL a la región en las últimas dos décadas. Además, se entiende que en el contexto de un conflicto con los Estados Unidos, dichos intercambios facilitan la capacidad del EPL para desplegarse en la región, incluso ante la falta de una base militar formal o un acuerdo de alianza.

En este contexto, la pandemia de la COVID-19 ha allanado el camino para una ampliación significativa de la presencia de China en América Latina. Aparte de la diplomacia de vacunas de China, las dificultades económicas y fiscales por la pandemia en América Latina han elevado la importancia de la República Popular China como comprador de minerales y productos alimenticios latinoamericanos. Así, las decisiones de prestar o invertir dinero en la región han fortalecido su posición en las negociaciones con los Gobiernos latinoamericanos.

*Texto originalmente publicado en la página web de la REDCAEM


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