Una región, todas las voces

El efecto sorpresa como motor de la política argentina

Aquello que distingue a la escena política argentina es la velocidad con la que los electores redefinen el mapa político. En poco más de un mes, un gobierno que parecía agotado logró reconstruir su base y proyectar una nueva hegemonía. Este dinamismo, aunque caótico, también revela la vitalidad de un sistema político capaz de reinventarse a sí mismo una y otra vez.

En efecto, hasta hace pocos días contábamos con un gobierno caracterizado por su debilidad estructural —carente de soporte territorial, legislativo y técnico; sin gobernadores provinciales o referentes locales propios; sin control de la calle en manos de los movimientos sociales; y con un apoyo condicional del mercado y de la opinión pública— y al mismo tiempo una vocación hegemónica con dificultades para traducir su narrativa en una construcción territorial sólida. El desfavorable resultado de los comicios en la provincia de Buenos Aires venía a poner en toda su dimensión estos límites estructurales del gobierno de La Libertad Avanza-LLA.

Sin embargo, y como en los comicios del año 2023, mientras que a nivel municipal y subnacional el electorado votó a los líder des políticos locales, en el ámbito nacional tuvo lugar un sorprendente y contundente triunfo del oficialismo en un contexto de dos años de gobierno signados por un severo programa de ajuste y el desgaste político del mismo provocado, en buena medida, por sucesivas crisis autoinfligidas entre las que podemos mencionar la alocución del presidente Milei en el foro de Davos; el episodio del denominado “Criptogate”; una inauguración de la actividad legislativa que terminó otorgando centralidad al encontronazo entre el “ingeniero del caos” Santiago Caputo y el diputado de la Unión Cívica Radical Facundo Manes y no al discurso presidencial a comienzos del mes de marzo; el “confuso” episodio con el  (ex) candidato a diputado nacional José Luis Espert…y la lista continúa.

¿Qué factores explican el triunfo de La Libertad Avanza?

La Libertad Avanza-LLA triunfó en quince provincias incluyendo resonantes triunfos en los distritos de Buenos Aires, Santa Fé y Córdoba entre otros, quedando solo nueve distritos fuera de la ola oficialista: Catamarca, Corrientes, Formosa, La Pampa, La Rioja, Tucumán, Santa Cruz, Santiago del Estero y San Juan.

Como consecuencia de este triunfo, el oficialismo ha quedado cerca del quórum propio, con aliados en la cámara de Diputados y capacidad de veto en el Senado Nacional habiendo sumado doce legisladores en la cámara alta.

Distintos son los factores que permiten explicar este triunfo, el primero de ellos tiene relación con la implementación de la Boleta única de Papel (BUP) que hizo posible llevar a cabo un recuento más transparente alejando así las sospechas asociadas a la boleta “sábana” como el robo de boletas, o la potencial manipulación del elector entre otras.

Otro factor relevante fue el del temor al retorno del peronismo en su variante kirchnerista (“El riesgo Kuka”): en efecto, la memoria en torno del pasado reciente predominó sobre las dificultades y privaciones del presente: si la política se puede definir en torno a ciertas emociones predominantes, el miedo ha sido el principal factor que explica el cambiante comportamiento de los electores.

Finalmente, cabe destacar el fracaso de otras opciones electorales alternativas como Provincias Unidas-PU que no lograron romper el clima de polarización entre los dos bloques ideológicos principales -Fuerza Patria y La Libertad Avanza-: solo uno de los jefes distritales de PU logró el triunfo en su territorio, el gobernador de la provincia de Corrientes Gustavo Valdés.

Entre la sorpresa y la incertidumbre

En base a estas primeras consideraciones cabe preguntarse si el presidente Milei tiene el camino allanado para su reelección en 2027.

La respuesta es ambigua, dado el limitado carácter predictor de las elecciones legislativas; recordemos al respecto el exitoso derrotero de Cristina Fernández de Kirchner en 2011, luego de la derrota en el año 2009 y aquel fallido de Mauricio Macri en los comicios de 2019, después de su triunfo en 2017.

En perspectiva regional, el caso argentino confirma una constante latinoamericana: los liderazgos disruptivos pueden emerger rápidamente y consolidarse desde el poder, pero su sostenibilidad depende de su institucionalización. En este sentido, Milei comparte un dilema similar al de otros outsiders que llegaron al gobierno —desde Nayib Bukele en El Salvador hasta Jair Bolsonaro en Brasil—: transformar la movilización inicial en estructura política duradera.

La política argentina te da sorpresas…

La canción “Pedro Navaja”, compuesta e interpretada por Rubén Blades con arreglos de Willie Colón, es uno de los temas más emblemáticos del género de la salsa.

La historia narra el destino de Pedro Navaja, un delincuente del barrio, y su inesperado encuentro con una prostituta, que termina en una tragedia. El verso final —“la vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida”— se convirtió en una frase proverbial en toda América Latina, reflejando el tono irónico y social de la canción.

Esa frase proverbial bien podría explicar los cambios en el escenario electoral argentino.

El dilema latinoamericano ante la inteligencia artificial: ¿adaptarse o diseñar el futuro?

En el umbral de una nueva era tecnológica, América Latina observa con cierta mezcla de esperanza y temor el avance de la inteligencia artificial. En los discursos oficiales y los foros empresariales se repite con entusiasmo que la región debe subirse al tren de la innovación, pero en las calles, en los talleres y en las aulas, la pregunta es otra: ¿quién diseña realmente el futuro de nuestros empleos?

Si algo enseña la historia latinoamericana es que las revoluciones tecnológicas, cuando llegan sin política y sin equidad, suelen ampliar la distancia entre quienes deciden y quienes obedecen. Los datos recientes de la Organización Internacional del Trabajo son elocuentes. Entre un 26% y un 38% de los trabajos en América Latina y el Caribe podrían verse afectados por la irrupción de la inteligencia artificial generativa. De ese universo, entre un 8% y un 14% experimentaría mejoras de productividad gracias al uso de herramientas de automatización y análisis, mientras que entre un 2% y un 5% corre el riesgo de desaparecer por completo. Detrás de esos porcentajes hay personas reales: trabajadores administrativos, técnicos, vendedores, docentes o profesionales independientes.

La inteligencia artificial reconfigura silenciosamente las tareas, las jerarquías y las oportunidades. Y en una región marcada por desigualdades estructurales, el impacto no será uniforme. Mientras las grandes empresas urbanas pueden invertir en capacitación, conectividad y transformación digital, millones de trabajadores informales, jóvenes sin acceso a educación técnica o comunidades rurales sin conexión estable quedan fuera del mapa del progreso. El Banco Mundial calcula que entre un 30% y un 40% de los empleos en la región están expuestos a los efectos de la IA, y que hasta diecisiete millones de trabajadores podrían no beneficiarse de ella por falta de infraestructura digital o competencias adecuadas.

La paradoja es que, en un continente que exporta talento, la gran mayoría de su población sigue siendo usuaria pasiva de tecnologías diseñadas y gobernadas por otras regiones. El dilema entonces no es solo económico o laboral, sino político. ¿Quién define las reglas del juego en esta nueva revolución industrial? Las corporaciones tecnológicas que desarrollan los modelos de lenguaje y controlan los datos ya marcan el ritmo del cambio, pero los Estados, las universidades y las comunidades locales parecen correr detrás, intentando entender un fenómeno que avanza más rápido que las leyes y los presupuestos.

En los países más avanzados de la región, como Chile, Brasil o México, ya se han impulsado estrategias nacionales de inteligencia artificial. Sin embargo, pocas incluyen mecanismos reales de gobernanza o participación ciudadana. Las políticas suelen centrarse en promover la adopción tecnológica sin preguntarse quién controla los algoritmos, cómo se protegen los datos personales o qué ocurre con los trabajadores desplazados. En otras palabras, hablamos mucho de innovación, pero poco de evolución tecnológica. El riesgo de una dependencia digital se cierne sobre América Latina: así como en el siglo XX la región dependió de la importación de maquinaria industrial o de tecnología militar, hoy podría quedar atrapada en la importación de algoritmos. Consumimos plataformas que no reflejan nuestras lenguas, nuestros valores, ni nuestras realidades. Si no desarrollamos modelos propios, la inteligencia artificial terminará siendo una nueva forma de colonialismo, una en la que no se dominan territorios, sino datos.

Se deben promover más iniciativas, como cuando, por ejemplo, en junio de 2025, varios países latinoamericanos lanzaron una iniciativa conjunta para desarrollar un modelo de lenguaje regional, Latam-GPT, destinado a incorporar expresiones, acentos y contextos propios del español y del portugués latinoamericanos. No se trata solo de una cuestión lingüística, sino cultural y política, y una oportunidad de incentivar la posibilidad de que nuestros algoritmos aprendan de nosotros y no únicamente de bases de datos foráneas.

Si esta experiencia prospera, podría marcar el inicio de una soberanía tecnológica regional, algo que América Latina no ha tenido desde hace décadas. Pero más allá de la innovación, el debate crucial sigue siendo social. En una economía donde casi la mitad del empleo es informal, la automatización puede resultar devastadora si no se acompaña de políticas activas. Los sectores más vulnerables como los servicios administrativos, comercio minorista, atención al cliente, logística, están entre los más expuestos.

En muchos casos, la inteligencia artificial reemplaza tareas, no personas completas, pero la fragmentación laboral puede erosionar la estabilidad de millones de hogares. Sin redes de protección, reconversión profesional o apoyo al emprendimiento, los desplazados tecnológicos quedarán condenados a la precariedad. La otra cara del problema son los trabajadores invisibles detrás de la inteligencia artificial, es decir aquellos que etiquetan, corrigen o validan datos desde América Latina para alimentar los modelos globales.

Talentos venezolanos, argentinos, ecuatorianos, brasileños, entre otros, realizan ese trabajo remoto y precario por sueldos mínimos. Es la paradoja de una región que, mientras discute sobre el futuro del trabajo, ya sostiene parte de la economía digital mundial en condiciones del siglo XIX. Si América Latina quiere transformar esta crisis en oportunidad, debe actuar ahora. El primer paso es definir políticas nacionales de inteligencia artificial con enfoque social, no meramente productivo. La IA no puede ser solo un tema de innovación empresarial, debe incluir estrategias de capacitación masiva, conectividad inclusiva, educación tecnológica y regulación ética. Sin una alfabetización digital amplia, la mayoría de la población quedará atrapada entre la fascinación y el miedo.

La infraestructura digital sigue siendo el gran cuello de botella, pues no existe inclusión sin acceso, y sin acceso no hay equidad. Las inversiones en fibra óptica, 5G y redes satelitales deberían considerarse tan estratégicas como las obras viales o energéticas. Del mismo modo, la educación necesita una revolución de contenido, orientada a formar a las nuevas generaciones en pensamiento algorítmico, ética de datos y creatividad digital, no solo en el uso instrumental de la tecnología. Los países más pequeños, como Ecuador o Uruguay, pueden encontrar en esta transición una ventaja comparativa si apuestan por políticas ágiles y alianzas con universidades, startups y gobiernos locales. Ecuador, por ejemplo, podría impulsar una estrategia de IA aplicada a sus desafíos estructurales, como lo es la gestión del agua, agricultura sostenible, prevención de desastres o educación rural. Si el país logra vincular tecnología con propósito social, podría posicionarse como un referente regional en innovación inclusiva.

El componente ético es igualmente urgente. Los ciudadanos tienen derecho a saber cuándo una decisión pública ha sido mediada por un algoritmo, cómo se usan sus datos y qué sesgos existen en los modelos que afectan su vida. La transparencia algorítmica y las auditorías independientes deberían formar parte de la agenda democrática. La inteligencia artificial no debe reemplazar la política, sino mejorarla. Por estas razones, el gran reto latinoamericano no está en aprender a usar la inteligencia artificial, sino en decidir qué queremos hacer con ella. Si permitimos que la innovación avance sin dirección, corremos el riesgo de profundizar nuestras desigualdades, pero si la transformamos en una herramienta de desarrollo humano, podríamos estar ante una oportunidad histórica hacia el salto productivo y educativo.

En esta disyuntiva, el papel de las universidades, los científicos y los pensadores públicos será decisivo. Necesitamos voces que conecten la tecnología con la ética, la productividad con la justicia, la innovación con la empatía. El futuro del trabajo no puede diseñarse desde laboratorios desconectados de la realidad social. La inteligencia artificial nos confronta con una pregunta moral y política: ¿queremos una tecnología que nos sustituya o una que nos complemente? La respuesta dependerá de si América Latina decide ser autora o simple espectadora de su propio futuro.

El golpismo no muere: el bolsonarismo y la amenaza continua contra el Estado de derecho en Brasil

El 11 de septiembre de 2025 se convirtió en una fecha histórica en Brasil. Por primera vez militares y civiles fueron condenados por el Supremo Tribunal Federal por intento de golpe de Estado y supresión del estado de derecho, entre otras cosas. La magistrada Cármen Lúcia emitió el voto que conformó la mayoría para la condena de varios altos mandos militares, incluidos el teniente coronel Mauro Cid y el expresidente Jair Messias Bolsonaro, líder de la organización criminal. Este voto fue crucial para entender la materialidad del delito de organización criminal, una noción compartida por en total por 4 de los 5 ministros.

Los acusados basaron sus defensas en dos argumentos principales: la ausencia de los acusados en el asalto a las sedes de los poderes del Estado del 8 de enero de 2023 y la afirmación de que las evidencias eran meras especulaciones. Sin embargo, los ministros desestimaron estas defensas, enfatizando que los movimientos golpistas fueron adoptados públicamente por los acusados a través de actos en la calle, redes sociales y reuniones ministeriales. La evidencia documentada a través de imágenes, grabaciones y otros documentos fue abrumadora lo que dejó clara su responsabilidad en la intentona golpista.

El golpismo continuado: externo e interno

Pero el golpismo sigue en marcha, más allá de lo que se recopiló en las investigaciones y se añadió al proceso judicial que condenó a los acusados en la Acción Penal 2668. A punto de comenzar el juicio y ante la inminencia de la condena de Bolsonaro, su hijo Eduardo, diputado federal, decidió instalarse en Estados Unidos (sin renunciar a su mandato y, por tanto, cobrando de las arcas públicas) para articular una ofensiva golpista internacional patrocinada por el gobierno de Trump.

A partir de los llamamientos de Eduardo Bolsonaro, el presidente estadounidense decidió aplicar la Ley Magnitsky contra el ministro Alexandre de Moraes (y su esposa) y aplicar un exorbitante tarifazo del 50% a las exportaciones brasileñas a su país. Se trata de intentos, no solo de coacción contra el relator de la Acción Penal, sino también de desestabilización del orden económico brasileño. A raíz de estas acciones, la portavoz de la Casa Blanca declaró que Trump no descarta el uso del poder militar para intervenir en países que entren en colisión con Estados Unidos, en una referencia explícita a los conflictos con Brasil.

El golpismo interno, liderado por el bolsonarismo en el Congreso Nacional, puso en marcha, tras repetidas amenazas, otra acción golpista. La Cámara de Diputados aprobó el 17 de septiembre la Propuesta de Enmienda a la Constitución, conocida como la PEC del Blindaje. Esta establece que solo el Congreso puede deliberar, en votación secreta, sobre el enjuiciamiento penal de parlamentarios y presidentes de partidos con representación en las cámaras legislativas. En la práctica, se trata de una propuesta que obstaculiza el juicio de Bolsonaro y su banda, oficializando que las organizaciones criminales puedan constituir mandatos legislativos en busca de inmunidad para sus acciones. La Cámara también aprobó la urgencia del proyecto de ley de amnistía que busca perdonar los delitos de Bolsonaro y su horda golpista y, de paso, a otros delincuentes en Brasil.

Estos actos de golpismo continuado también podrán no reconocer la derrota o crear una atmósfera que exagera el alcance de sus fuerzas como forma de movilizar a sus seguidores. Hay una fuerte tendencia al comportamiento sectario en las formas de pensar y actuar de los bolsonaristas. Así como el pastor Malafaia le decía a un tambaleante Bolsonaro en un audio de WhatsApp que tenía «el cuchillo y el queso en la mano», la derecha autoritaria y fascistoide se alimenta de una percepción alucinatoria de la realidad. Siempre sube la apuesta. Cuanto más cerca está de la derrota, mayores son sus delirios triunfalistas.

Las imágenes que muestran a los parlamentarios de derecha celebrando la aprobación de la PEC del Blindaje y la urgencia del proyecto de ley de amnistía en la Cámara de Diputados describen un estado de delirio colectivo. Sin embargo, se trata de personas que están en connivencia con los negocios del poder, en los que las líneas entre la institucionalidad y la criminalidad son borrosas. Personas que militan por un régimen autoritario como instancia normalizadora de los abusos y la violencia que constituyen las propias líneas de sus vidas y sus carreras.

Sin embargo, los golpistas serán castigados y la trama continuada será desmantelada. La derecha autoritaria tiene la costumbre de sembrar confusión para desviar la atención pública de sus derrotas y fechorias. Pero es complicado que estas propuestas lleguen a concretarse. Recordemos que las aprobaciones de la Cámara de Diputados están pendientes de la validación del Senado, donde ya varios han señalado un posible rechazo.

Pero antes de que el Senado decidiera el destino de estos proyectos, las calles gritaron basta. El domingo 21 de septiembre, día de la primavera, las calles de todo Brasil florecieron, llenándose de voces que exigían la defensa de la democracia. Las marchas masivas expresaron su rechazo a la amnistía y a la PEC del Blindaje. Días después, la Comisión de Constitución y Justicia del Senado Federal rechazó de manera unánime la PEC del blindaje, enterrando así la propuesta de impunidad y privilegios. En cuanto al proyecto de amnistía, este enfrenta una creciente resistencia en el Congreso Nacional.

El cambio en el panorama político, tras las enormes manifestaciones populares en contra de estas propuestas, ha llevado a varios partidos a distanciarse del debate, optando por la cautela. Sin embargo, el golpismo interno está lejos de disiparse, ya que intenta condicionar la aprobación del proyecto de amnistía al proyecto de la exención del Impuesto sobre la Renta, una promesa de campaña del presidente Lula.

En este camino repleto de desafíos, el compromiso con la defensa de la democracia de los movimientos sociales, los estudiantes, las universidades y los trabajadores rurales y urbanos, es crucial para detener los anhelos del golpismo sediento. ¡Debemos permanecer despiertos y vigilantes!

La región abrumada: por qué la salud mental debe ser prioridad

Cada 10 de octubre repetimos que es el Día Mundial de la Salud Mental. Conviene decir algo más: además de una efeméride, es un contrato social pendiente en América Latina. La salud mental dejó de ser un tema “de nicho” y se volvió infraestructura cívica. La OMS trazó la hoja de ruta en su Plan de Acción 2013–2030: prevenir, ampliar cobertura, garantizar derechos y reducir el suicidio con metas verificables. 

La urgencia es generacional y también de género. Más de mil millones de personas viven con algún trastorno de salud mental y, entre los 15 y 29 años, el suicidio es la tercera causa de muerte. En mujeres y jóvenes, la carga de ansiedad y depresión crece de modo persistente. Tras la pandemia, la salud mental de los de 18–34 no recuperó niveles previos y una proporción significativa convive con distrés funcional. No es un relato: lo muestran mediciones longitudinales y los propios informes de la OMS. En América Latina, además, la inestabilidad económica, la precariedad laboral, la sobrecarga de cuidados y la inseguridad alimentan un clima emocional que no se resuelve con consejos individuales. En la encuesta WIN–Voices, realizada en 40 países, aproximadamente un tercio de las personas con hijos declara preocuparse con frecuencia por la salud mental de ellos: señal de alarma que cruza culturas y niveles de ingreso.

También conviene mirar dónde fallamos como sistemas. Según la OPS, la brecha de tratamiento en salud mental sigue siendo enorme: entre siete y nueve de cada diez personas que lo necesitan no reciben atención, según el trastorno. A la vez, el gasto público se mantiene bajo —en torno al 2% del presupuesto sanitario— y una porción desproporcionada de esos recursos aún va a hospitales psiquiátricos, en detrimento de la atención comunitaria que acerca ayuda donde la vida transcurre. Este déficit convive con un frente que la OMS elevó a prioridad: la soledad. Su Comisión de Conexión Social, lanzada en 2023, llamó a tratar la “salud social” con la misma urgencia que la física y la mental e instaló la necesidad de medir y abordar la soledad no deseada, especialmente en adolescentes y adultos jóvenes.

Argentina ofrece una fotografía que dialoga con el panorama regional y global. Con datos recientes de Voices y la red WIN en 40 países, un 63% de argentinos declara haber atravesado con frecuencia estados de ánimo negativos en el último mes, en línea con el 62% global. En la foto regional, Paraguay y Chile encabezan este ranking negativo: siete de cada diez personas reportan con frecuencia estados de ánimo negativos, señal que refuerza la necesidad de políticas de acceso y prevención en toda la región. Si ordenamos por incidencia, el cuadro queda así para la Argentina: preocupación (36% lo sufre con frecuencia), estrés (33%), cansancio (32%), dificultades para dormir (26%), soledad (23%) y sentirse abrumado/a (23%), irritabilidad (22%) y tristeza/vacío/depresión (21%). Dentro del país aparecen tres patrones nítidos. El primero, de género: las mujeres reportan sistemáticamente más preocupación, cansancio y estrés que los varones; es elocuente que la soledad sea el único indicador sin brecha de género. El segundo, etario: los de 18–24 lideran casi todos los indicadores. El tercero, socioeconómico: las personas de nivel alto reportan con menor frecuencia casi todos los estados negativos —especialmente preocupación (36% en el total frente a 29% en ABC1)—, mientras que los niveles bajos muestran mayor frecuencia de malestares, de forma particularmente marcada en tristeza, vacío o depresión. 

Hay, además, una capa más honda que explica por qué esto importa. En nuestras mediciones de largo plazo en Argentina, la proporción de personas que dice que sus relaciones con otras personas son “muy importantes” cayó de un 62% en 2019 a un 47% en 2025, y quienes consideran importantes los vínculos bajaron de un 89% a un 81% en el mismo período. Ese desplazamiento ordena señales ya visibles: menos planes de maternidad o paternidad, jóvenes que evitan conversaciones difíciles, el ascenso de mascotas y plantas como compañía y la aparición de chatbots de IA como sustitutos —o complementos— de la interacción humana. Crecieron las formas alternativas de conexión, pero también se debilitan los lazos humanos. 

La filosofía ayuda a nombrar este clima. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, describe el pasaje del deber impuesto desde afuera a la autoexigencia internalizada: el “yo puedo” como mandato, la autoexplotación celebrada como productividad y el burnout y la depresión como “patologías de la positividad”. Releerlo hoy sirve para evitar moralismos (“regulá mejor el celular”, “sumá hábitos saludables”) y mirar estructuras: tiempos de trabajo, precariedad, cuidados, inseguridad, algoritmos que colonizan la atención y el descanso. El punto no es demonizar comportamientos personales, sino reconocer que el malestar tiene determinantes sociales, culturales y económicos.

En 2022, la OMS y la OIT publicaron guías para el trabajo que recomiendan gestionar riesgos psicosociales (carga, acoso, horarios), formar a mandos medios, garantizar apoyos confidenciales y protocolizar el retorno. En escuelas y universidades, el estándar debería incluir alfabetización socioemocional, rutas de derivación y entornos de aprendizaje saludables con el mismo rigor con que se planifican currículas o infraestructura. Y el Estado debe hacer lo que solo el Estado puede: financiar a escala, integrar salud mental en la atención primaria, fortalecer la prevención del suicidio y construir sistemas de datos que permitan monitorear avances y rendir cuentas.

¿Puede el sector privado sumar sin caer en el wellness-washing? Sí, cuando pasa del discurso a rutas concretas de ayuda y a medición de impacto. En 2024, UNICEF y Spotify lanzaron “Una mente sana importa / Our Minds Matter” en siete países de la región, con un podcast co-creado con jóvenes, playlists para relajación y, clave, derivación a recursos confiables. Dove avanzó con toolkits validados para escuelas y deporte —como Body Confident Sport, junto con Nike, que fortalece la confianza corporal— y con campañas como #DetoxYourFeed frente a la belleza tóxica en redes. La lección es doble: co-crear con quienes se busca cuidar y publicar evaluaciones para que lo emocional no sea solo estética de marca. La “tecnología del bienestar” —desde contenidos de pausa hasta wearables— puede ayudar, si mide resultados (sueño, estrés, adherencia) y habilita puentes hacia servicios de salud. Alcance sin derivación es ruido.

En paralelo, hace falta una narrativa que conecte estos puntos con la vida cotidiana y con la agenda de desarrollo. América Latina tiene activos culturales valiosos —redes barriales y familiares, capital relacional, creatividad comunitaria—, pero la resiliencia no puede usarse para postergar transformaciones de sistema. El camino es conocido y exige alianzas: elevar la salud mental a máxima prioridad política; invertir más y mejor (menos muro, más territorio); profesionalizar la gestión del riesgo psicosocial en organizaciones; escalar la prevención del suicidio con estrategias multisectoriales; y pedir a marcas y plataformas transparencia metodológica y métricas de impacto que midan derivaciones y resultados, no solo alcance. No se trata de recetar mindfulness para todo ni de culpar a los individuos por cómo gestionan su tiempo. Se trata de devolverle al problema su densidad social: vivienda, ingresos, cuidados, tiempos y sentidos compartidos.

El bienestar emocional se construye con servicios cercanos, reglas claras, liderazgos formados y datos abiertos. En un continente acostumbrado a la incertidumbre, cuidar la salud mental es, además, una política de desarrollo: menos deserción escolar, menos ausentismo, más productividad sostenible, más ciudadanía. Si lo hacemos, el próximo 10 de octubre no repetiremos diagnósticos: celebraremos que América Latina decidió tomarse en serio la salud mental y empezó a cambiar no la conversación, sino la vida cotidiana de millones.

Eutanasia en Uruguay: ¿más o menos derechos?

El 15 de octubre Uruguay se convirtió en el primer país de América Latina con una ley de eutanasia aprobada por vía parlamentaria. Aunque Ecuador y Colombia ya cuentan con despenalizaciones judiciales, el caso uruguayo fue presentado como un símbolo de progreso. Los titulares hablaron de “muerte digna”, de un país moderno y liberal que amplía derechos. Pero la letra de la ley y su alcance real cuentan otra historia por fuera del relato oficial.

Mientras se celebra en los medios un nuevo derecho, el texto legal introduce serios retrocesos en materia de protección a la vida. Lo que se ha instalado como un “avance” podría ser, en realidad, un recorte de derechos básicos. No es necesario acudir a interpretaciones filosóficas para verlo: basta leer dos artículos centrales de la ley.

Un “derecho” que alcanza a la discapacidad y la vejez

El artículo 2 establece que toda persona “mayor de edad, psíquicamente apta” que curse una enfermedad terminal o una “condición de salud incurable e irreversible” con sufrimientos considerados insoportables tiene derecho a que se le practique la eutanasia. Esa redacción —aparentemente compasiva— abre una puerta enorme: no se limita a pacientes terminales, sino que incluye a personas con enfermedades crónicas, discapacidades o incluso el envejecimiento, que, según la OMS, también puede considerarse una condición irreversible.

Así, alguien con una discapacidad o una enfermedad degenerativa, que sienta su vida como un “deterioro progresivo de su calidad de vida”, podría solicitar que se le provoque la muerte. En lugar de reforzar la atención y el acompañamiento, el Estado le ofrece una vía para dejar de existir. Se crea una distinción jurídica inédita: a unos se les previene el suicidio, a otros se los asiste para concretarlo. No hay forma más clara de discriminación. Y si dicen que “no es lo mismo”, ¿cuál es la diferencia? ¿El tipo de enfermedad o de sufrimiento?, ¿la edad o la discapacidad?

El artículo 4, que regula el procedimiento, también revela vacíos preocupantes. Establece que quien solicite asistencia para morir debe hacerlo por escrito ante un médico. Y, si no puede firmar, puede hacerlo “a su ruego otra persona mayor de edad” en su presencia. Es decir: alguien puede pedir la eutanasia a través de otro, sin control psiquiátrico ni intervención de un trabajador social. Para decisiones menos graves, el Estado exige escribano o juez. Para solicitar que te provoquen la muerte, basta una firma.

Una supuesta libertad sin garantías reales

Según el procedimiento, luego el médico “dialogará con el paciente” y verificará que la voluntad sea “libre, seria y firme”. Pero, ¿qué libertad hay cuando alguien sufre intensamente y no recibe cuidados paliativos adecuados? Informar no es acompañar, y ofrecer la muerte como única salida no es garantizar libertad, sino desamparo. Una persona abandonada al dolor no elige: se rinde. En ese escenario, la eutanasia se convierte en una respuesta institucional al fracaso de un sistema de cuidados.

La ley uruguaya, lejos de ser garantista, convierte el sufrimiento en criterio jurídico para poner fin a la vida, sin ofrecer apoyo ni alternativas reales. El relato mediático —que repite que la ley es para “enfermos terminales” y está llena de controles— oculta esa contradicción fundamental. Y además, la comisión que evalúa la eutanasia es después del fallecimiento, no antes. Si se hacen mal las cosas, no se puede devolver la vida.

Durante los años de discusión parlamentaria, ninguna de las objeciones técnicas, éticas o jurídicas fueron atendidas. Las advertencias de especialistas en Derecho, Bioética, Psiquiatría o Medicina Paliativa fueron ignoradas. No hubo un debate real, sino una puesta en escena: se fabricó un relato y se desoyó toda crítica. En nombre de la “autonomía personal” se aprobó un texto lleno de ambigüedades, que deja sin protección a quienes más apoyo necesitan.

Falsos supuestos en los legisladores

Al escuchar a varios legisladores argumentar o periodistas opinar en estos días, se vuelven a repetir frases como: “Es entendible que alguien en su agonía quiera adelantar la muerte”; “Que no nos alarguen la vida ni el sufrimiento con soportes artificiales”. Es como si no supieran que ya existe una ley de voluntades anticipadas desde el 2009 y en que todos estamos de acuerdo en que es un derecho que no nos alarguen la vida ni el sufrimiento solo por obstinarse con mantenernos vivos. La ética médica prohíbe tanto la obstinación terapéutica como la eutanasia. O no se logra comprender el texto o no se logra imaginar el tipo de paciente que está incluido en el proyecto. La legislación uruguaya ya prevé una muerte digna, sin sufrimiento, sin prolongar la vida inútilmente, ni provocar la muerte (eutanasia).

Durante cinco años varios profesionales de los cuidados paliativos han explicado hasta el cansancio en los medios que la sedación paliativa no es una forma de eutanasia encubierta, no provoca la muerte. Esto no es una opinión, es un dato científico. La sedación es una práctica ética y legal, que no mata al paciente, sino que le desciende su nivel de conciencia para evitarle síntomas de difícil manejo. Hubo senadores que volvieron a repetir este mito como argumento: “La eutanasia ya se practica”. Esto es empíricamente falso y demostrable. Pero la creencia popular ha sido más fuerte.

El nuevo hiperindividualismo moral y político

Se suele afirmar que oponerse a la eutanasia es “imponer una moral”. Pero, ¿no es también una imposición considerar que una vida enferma o dependiente vale menos? Se repite que “nadie estará obligado», «el que no la quiera que no la pida” y que “cada uno puede elegir”. Pero, al mismo tiempo, se crea una categoría de personas cuya vida deja de estar igualmente protegida por la ley. Esa desigualdad jurídica es una grieta ética, que ya se ha naturalizado socialmente: hay vidas que no valen la pena.

Paradójicamente, en nombre de la libertad se instala una nueva presión social: en los países donde la eutanasia se ha naturalizado (Canadá, Bélgica y Holanda por ejemplo), quien decide seguir viviendo puede ser visto como un egoísta o una carga para la sociedad. La supuesta libertad se transforma en deber de morir.

Lo más sorprendente es que esta lógica haya sido promovida y votada por toda la izquierda uruguaya y algunos legisladores de derecha (si es que todavía podemos usar esos términos). Extrañamente la izquierda apela en este asunto tan delicado a un discurso libertario —“mi cuerpo, mi decisión”— olvidando que el respeto por la dignidad humana exige cuidar, no eliminar al que sufre. No se tienen en cuenta las injusticias sociales que empujan a alguien a decisiones que no elegiría si tuviera otras opciones. Así, se ha reconfigurado una izquierda que habla de libertad, pero sin pensar en las injusticias. Y aunque, más divididos en este tema, los pocos legisladores que votaron desde los partidos tradicionales, al invocar la libertad individual como argumento, traicionan el humanismo liberal que defendía la igual dignidad de todas las personas, consagrado en la Constitución. En ambos casos, la tradición humanista uruguaya de respeto y solidaridad se diluye en un emotivismo superficial que llama “derecho” a lo que en realidad es una grave discriminación social y jurídica.

Crisis del diálogo democrático

A pesar de lo que muchos suponen, las objeciones más fuertes a la ley no provinieron de argumentos religiosos. Las personas creyentes no apelaron a su fe para intervenir en el debate, sino a las mismas razones bioéticas y jurídicas que cualquier ciudadano —creyente o no— puede compartir. Sin embargo, buena parte del discurso político y mediático necesitó crear un enemigo cómodo y fácil de derrotar simbólicamente: el “dogmatismo religioso”, que no es otra cosa que una falacia de hombre de paja. Como si defender la laicidad fuera promover la eutanasia. Pero así se evita discutir el fondo del asunto y se instala un conflicto imaginario entre libertad y religión, cuando lo que está en juego no es la fe, sino la dignidad y la igualdad ante la ley.

El resultado de cinco años de discusión sin cambios en el texto de la ley demuestra algo más profundo: hemos perdido la capacidad de escuchar razones. Hoy no importa qué se dice, sino quién lo dice. En el debate público, las etiquetas pesan más que los argumentos, y la descalificación reemplaza al pensamiento. No se dialoga: se compite por imponer relatos.

Resulta más cómodo para quien no quiere pensar ni escuchar ideas que lo cuestionen, descalificar previamente al adversario, antes que tomarse el tiempo de discutir sus razones.

La ley de eutanasia no solo pone a prueba nuestra concepción de la vida y de la libertad. También revela una crisis cultural y política más amplia. Cuando la sociedad deja de debatir racionalmente y se deja llevar por emociones y prejuicios identitarios, la democracia se vacía de contenido. Y si pensar distinto se convierte en motivo de sospecha, ya no estamos ampliando derechos: estamos reduciendo el espacio de la razón compartida.

*Texto publicado originalmente en Diálogo Político

El oro sucio de la política peruana

En abril de 2026, cuando los peruanos acudan nuevamente a las urnas para elegir al próximo presidente de la República, habrá un actor poderoso y silencioso que no figura en las cédulas electorales: la minería ilegal.

Este “partido invisible” mueve millones de dólares al margen de la ley, controla territorios enteros y ha demostrado tener la capacidad de corromper y de liquidar a diestra y siniestra. Sus tentáculos se extienden hasta el Congreso, donde tiene aliados dispuestos a perpetuar su impunidad. Ni los operativos policiales ni las intervenciones militares han logrado contener un poder que ya compite abiertamente por el control político del país.

El Perú es, sin duda, un país minero. Su cartera de proyectos de inversión alcanza los US$63,000 millones, repartidos en 68 iniciativas que se despliegan a lo largo del territorio nacional, lo que evidencia el enorme potencial de este sector para sostener la economía nacional. En los primeros cinco meses de 2025, la inversión minera ejecutada ya sumaba US$1,845 millones.

Pero mientras la minería formal aporta empleo, divisas y tributos, la minería ilegal avanza sin control, drenando los recursos del Estado.

Según el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF), esta actividad ilícita representa alrededor del 2,7% del PBI peruano, una magnitud similar a la de un sector formal de mediano tamaño. La Fiscalía calcula pérdidas superiores a S/22,700 millones cada año (más de US$6,500 millones), y solo entre 2023 y 2025 el Estado habría dejado de percibir S/7,500 millones (más de US$2 mil millones) en impuestos y canon. En efecto, se ha convertido en un poder económico paralelo.

Peor aún, la minería ilegal también origina una serie de problemas colaterales gravísimos como trata de personas (con fines sexuales y laborales), explotación de menores, prostitución forzada en campamentos mineros, tala ilegal, contaminación de cuencas y ríos con mercurio, desplazamientos forzados de comunidades indígenas, y un recrudecimiento de la violencia criminal que, lamentablemente, va en alza.

El epicentro más violento de esta guerra es Pataz, en la región La Libertad a 1,455 km. al norte de Lima, cuyo gobernador es César Acuña, el hombre más poderoso del país según la encuesta de poder de octubre de SEMANAeconómica. Allí, en los últimos tres años la empresa minera Poderosa ha reportado 18 trabajadores asesinados en atentados vinculados a bandas criminales dedicadas a la extracción ilegal de oro. Según la Sociedad Nacional de Minería, Petróleo y Energía (SNMPE), la cifra total de víctimas mortales en Pataz ya supera los 50.

Este es, entonces, un negocio que, bajo el brillo del oro, esconde un entramado de violencia, corrupción y destrucción ambiental.

¿De dónde viene su poderío? El impacto nocivo de la minería ilegal no sería posible si no contara con respaldo político. En el Congreso, partidos y bancadas de izquierda como Juntos por el Perú, liderado por el exministro Roberto Sánchez, han sido claves para mantener con vida al sistema que protege a los mineros ilegales.

Sánchez fue un férreo defensor de que se amplíe el denominado REINFO (Registro Integral de Formalización Minera) hasta diciembre de este año, pese a que este registro debía haberse cerrado hace tiempo. La ampliación equivale a otorgar una patente de corso a quienes operan fuera de la ley, ya que les permite seguir extrayendo oro sin control, usar explosivos e incluso comercializar insumos prohibidos fuera del alcance policial bajo el pretexto de un proceso de “formalización” que nunca termina. En la práctica, el REINFO se ha convertido en un escudo de impunidad.

El vínculo entre el poder político y la minería ilegal es muy visible en el Parlamento. Según reportes periodísticos, más del 75% de los congresistas de Fuerza Popular, Avanza País y Perú Libre han respaldado iniciativas que favorecen la desregulación minera. Además, al menos 14 dirigentes del sector minero informal están afiliados a partidos con representación parlamentaria como Renovación Popular -que preside el renunciante alcalde de Lima, Rafael López Aliaga-, Perú Libre, Juntos Por el Perú y Podemos Perú.

La minería ilegal también está estrechamente vinculada con autoridades políticas locales y regionales. Al menos 59 alcaldes de distintas regiones aparecen inscritos en el REINFO y un alto porcentaje de gobernadores regionales ha sido investigado por corrupción, especialmente en zonas con actividad minera como Junín, Puno, Áncash, Arequipa, Madre de Dios, Huánuco, Tumbes y Ucayali.

¿Qué nos asegura que la minería ilegal no seguirá infiltrándose en la política peruana en 2026? ¿Qué nos garantiza que, con el dinero que mueve y la red de complicidades que ha tejido, no pueda incluso colocar al próximo presidente de la República? Nada.

Porque, pase o no, la minería ilegal ya es un actor político con recursos, influencia y presencia territorial. Su avance busca comprar voluntades, intimidar al Estado y capturar instituciones desde dentro. En las próximas elecciones, su sombra estará en cada región, disputando silenciosamente el control del futuro del Perú.

Lo que empezó como un negocio clandestino podría terminar decidiendo las elecciones. Avisados estamos.

Tráfico de órganos: mitos, realidades y retos

La trata con fines de extracción de órganos constituye una forma extrema de explotación humana. Aunque la narrativa popular suele asociarla con secuestros violentos, en la práctica se basa en el engaño: falsas promesas laborales, manipulación económica y desinformación médica, donde el consentimiento de la víctima es inválido, según el Protocolo de Palermo y las directrices de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito UNODC.

Las redes criminales operan con estructuras complejas. Pueden disponer de instalaciones médicas clandestinas, personal sanitario cooptado y falsificación de documentos que permiten encubrir vínculos entre donantes y receptores. Este nivel de sofisticación dificulta la judicialización del delito, incluso en países con marcos regulatorios avanzados.

El trasfondo del problema es un déficit global de órganos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que se realizan alrededor de 150.000 trasplantes legales por año, cifra que representa menos del 10 % de la demanda real (OMS). En América Latina, este desajuste se agudiza por la desigualdad en el acceso a la salud y por listas de espera que alimentan el turismo de trasplantes ilegal. Según estudios internacionales, este mercado ilícito mueve entre 840 millones y 1.700 millones de dólares al año (Global Financial Integrity, 2017).

Un fenómeno global

El tráfico de órganos se inserta en una economía criminal más amplia que aprovecha vulnerabilidades sociales y vacíos regulatorios. Migrantes, refugiados y personas en situación irregular suelen ser el blanco principal. La manipulación incluye hacerles creer que el trasplante es seguro o incluso reversible.

Un ejemplo reciente se registró en Kenia, donde jóvenes en condiciones precarias vendían sus riñones por menos de 1.000 dólares, mientras intermediarios los revendían en el mercado internacional por hasta 200.000 dólares. De acuerdo con un informe de la DW,  en muchos casos las víctimas firmaban documentos falsos bajo barreras idiomáticas y eran operadas en clínicas que servían como fachada de redes transnacionales.

Pero el fenómeno no es aislado. La aparición recurrente de traficantes como Robert Shpolanski —procesado en 2016 por casos en distintos países— muestra que se trata de estructuras organizadas y sostenidas en el tiempo, con un impacto doble: donantes que quedan con secuelas permanentes y receptores sometidos a procedimientos de baja calidad.

El impacto en América Latina

En América Latina, la magnitud del tráfico ilegal es difícil de precisar por la falta de registros oficiales. Sin embargo, algunos indicios revelan su existencia. En México, la Unidad de Inteligencia Financiera reportó 1.904 operaciones sospechosas vinculadas a trata de personas y presunto comercio de órganos (UIF, 2021). Estas transacciones implicaban empresas fachada y esquemas de lavado de dinero.

El déficit estructural de órganos refuerza la presión. Brasil, pese a realizar 28.700 trasplantes legales en 2023, mantiene más de 60.000 pacientes en lista de espera, como lo señala La Asociación Brasileña de Trasplante de Órganos (ABTO, 2023). En Colombia, cerca de 4.000 personas aguardan un órgano, según el Ministerio de Salud. En Perú, la donación voluntaria es mínima —un donante por cada millón de habitantes—, lo que fomenta rumores de ilegalidad no comprobada (Ministerio de Salud de Perú).

Otro elemento por considerar es el aumento de enfermedades crónicas en la región. La Federación Internacional de la Diabetes señala que en América Latina la población adulta con diabetes creció de 8,5 millones en 2000 a más de 32 millones en 2021 (IDF, 2021), una situación que eleva la demanda de riñones y otros órganos, frente a una oferta legal restringida por marcos éticos.

En paralelo, fenómenos como el “turismo de trasplantes” aprovechan los corredores migratorios y la corrupción. El toolkit de la UNODC documenta cómo las redes trasladan víctimas a países con controles más laxos y operan en clínicas aparentemente formales pero fuera de la legalidad (UNODC, 2022).

A pesar de estos indicios, es clave subrayar que no hay pruebas de que el tráfico de órganos esté extendido o normalizado en América Latina. Se trata de una problemática real, pero con alcance aún poco claro, en parte por estar invisibilizada frente a otros delitos como el narcotráfico.

Retos y respuestas necesarias

Los Estados de la región deben avanzar en tres frentes. Primero, reforzar la infraestructura sanitaria y la transparencia en el proceso de trasplantes, para reducir la tentación del mercado clandestino. Segundo, incorporar en la legislación la trata con fines de extracción de órganos como delito autónomo, lo que facilitaría la protección de las víctimas y la trazabilidad de los órganos. Y tercero, fortalecer la cooperación internacional, pues las redes actúan más allá de las fronteras nacionales.

Instrumentos como el Protocolo de Palermo o las directrices de la UNODC ofrecen un marco de acción, pero su aplicación sigue siendo desigual. Sin coordinación efectiva en justicia, salud y migración, los Estados seguirán dejando espacios de impunidad que las redes aprovechan.

A pesar de que el tráfico ilegal de órganos no sea un fenómeno masivo en América Latina, sí representa una amenaza que opera en los márgenes de sistemas de salud débiles y en contextos de vulnerabilidad social. Frente a esta problemática, se requieren estrategias integrales que combinen ética, cooperación internacional y políticas de prevención, siempre con la dignidad humana en el centro.

El artista cubano al que más teme el régimen

El régimen cubano obliga al exilio a uno de sus artistas disidentes más célebres, exponiendo así su mayor temor: el poder del arte para movilizar la disidencia y el poder del individuo para inspirar a otros a favor del cambio democrático. Luis Manuel Otero Alcántara, nombrado por Time en 2021 entre las 100 personas más influyentes del mundo, encarna esa amenaza. «Amo la libertad más que a la vida misma», declaró en 2020 tras sufrir decenas de arrestos arbitrarios, un credo que fusiona su vida, su arte y su activismo. El 11 de julio de 2021, fue arrestado de nuevo durante las protestas más grandes en décadas en Cuba y posteriormente condenado a cinco años de prisión en un juicio a puerta cerrada. Desde su celda, advirtió: “Fabricaron esta sentencia de cinco años de la nada, de falsedades. Podrían inventar otros diez. Así que elijo el exilio. Pero no quiero irme de Cuba. Mis únicas opciones son el martirio o el exilio”. Su calvario revela cómo La Habana utiliza el exilio como arma de castigo y opacidad, silenciando las voces que no puede controlar.

Identidad como desafío

Otero encarna lo que más teme el Estado cubano: el poder de un artista pobre, negro y autodidacta que convirtió la marginación en resistencia. Su existencia desmantela el mito oficial de que la revolución fue construida por y para los pobres y los afrodescendientes.

En 1961, Fidel Castro invocó el asesinato del alfabetizador Conrado Benítez, declarando: “Era pobre, era negro y era maestro. Esas fueron las razones por las que los agentes del imperialismo lo asesinaron”. Hoy, en una cruel inversión, Otero es perseguido por esas mismas razones, no por los imperialistas, sino por el Estado cubano. Pobre. Negro. Disidente. Para los barrios pobres de La Habana, se ha convertido en un símbolo de dignidad, haciendo eco del grito que se escuchó en el Maleconazo de 1994 y de nuevo el 11 de julio de 2021: libertad.

Arte como Resistencia

Otero pertenece a una larga tradición de cubanos que forjaron espacios más allá del control estatal, convirtiendo la cultura en protesta, y pagando caro su condena en prisión, con el exilio como su próximo castigo. El régimen le teme no solo por quién es, sino por su poder de movilización. Pertenece a un linaje más amplio de resistencia, desde poetas clandestinos en Checoslovaquia hasta artistas en Nicaragua bajo el gobierno de Ortega y Ai Weiwei en China, prueba de que la creatividad puede sobrevivir a la represión. Su contribución más perdurable, junto con Yanelys Núñez, Maykel Castillo “El Osorbo” y Amaury Pacheco, fue la fundación del Movimiento San Isidro (MSI) en 2018. Nacido desafiando el Decreto 349, que prohibía el arte sin la aprobación del estado, el MSI lanzó una cruzada contra la censura y amplió la oposición cubana al atraer a artistas, intelectuales, feministas, activistas LGBTQ+ y otras personas excluidas de la disidencia durante mucho tiempo.

Las acciones simbólicas pronto definieron el movimiento. En noviembre de 2020, miembros del MSI realizaron una huelga de hambre para denunciar la detención del rapero Denis Solís, exponiendo así la persecución de los artistas disidentes. Meses después, la performance de Otero, Garrote Vil, durante el Congreso del Partido Comunista, dramatizó la asfixia de los disidentes cubanos, utilizando el collar de hierro que se empleaba en las ejecuciones durante el dominio colonial español y, posteriormente, durante la dictadura franquista, para reflejar cómo el Estado estrangula a la oposición hoy en día.

Esta explosión cultural alcanzó su punto álgido con Patria y Vida, el himno ganador del Grammy que unió a Otero, Castillo y Eliéxer Márquez “El Funky” con artistas cubanos de la diáspora. Al igual que la bandera de Solidaridad en Polonia en la década de 1980 o el Movimiento de los Paraguas en Hong Kong, la canción se convirtió en un grito de desafío imparable: prueba del poder simbólico del arte para sacudir una dictadura con más fuerza que cualquier arma.

Para 2021, MSI había puesto la represión en Cuba en el foco mundial. El Washington Post publicó docenas de artículos sobre el movimiento entre finales de 2020 y mediados de 2021, mientras que las acciones de solidaridad se extendían por Europa y América, una explosión sin precedentes en décadas. Mediante una ingeniosa resistencia digital, MSI transmitió en directo huelgas de hambre, sentadas y redadas policiales a pesar de los constantes apagones de internet. Su lema, Estamos Conectados, capturó tanto la resiliencia como la creatividad, conectando a los cubanos en la isla con los que viven en el extranjero.

Por qué aterroriza a La Habana

Hoy en día, Cuba enfrenta apagones prolongados, pobreza que afecta a más del 89% de los hogares y una frustración generalizada. Según el Observatorio Cubano de Derechos Humanos, la desaprobación pública del gobierno alcanzó el 92% en su informe de 2025, mientras que el Observatorio Cubano de Conflictos documentó más de 6000 protestas cívicas en lo que va de 2025, desde estudiantes que denuncian los precios de internet hasta comunidades que exigen agua y electricidad. En este clima, líderes como Otero son vistos como especialmente peligrosos porque canalizan el descontento espontáneo hacia la resistencia organizada.

Aunque el Movimiento San Isidro fue desmantelado mediante arrestos, exilio forzado y prohibiciones de viaje, perdura como un modelo para la organización cívica, la estrategia digital y la solidaridad internacional.

La voz que no pueden desterrar

El encarcelamiento y el inminente exilio de Otero marcan un punto de inflexión en la estrategia represiva de Cuba. Desde julio de 2021, el régimen ha pasado de detenciones breves a largas condenas y destierros sistemáticos, tácticas destinadas a borrar el liderazgo cívico. El exilio forzoso es a la vez castigo y borradura, violando las obligaciones de Cuba en virtud del derecho internacional, incluido el artículo 12 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y el artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos.

Sin embargo, el legado de Otero perdura. Ha demostrado que la resistencia puede surgir de los cubanos comunes: barrios marginados, comunidades afrodescendientes, los pobres olvidados. El Movimiento San Isidro sembró una cultura de protesta, allanó el camino para el 11 de julio y demostró que el arte puede llevar la represión al escenario mundial. Desde la prisión, organizó ayunos simbólicos y creó obras que luego se exhibieron en el extranjero. Su resiliencia ha sido reconocida mundialmente, recibiendo galardones de ArtReview, el Premio Rafto y el Premio Václav Havel.

Incluso en el exilio, Otero seguirá siendo una voz global, movilizando la solidaridad en el ámbito académico, artístico y de la sociedad civil. Pero la verdadera solidaridad exige más que un reconocimiento: exige su liberación incondicional, el fin del exilio forzoso y las prohibiciones de reingreso, y la derogación de las leyes que criminalizan el arte y la disidencia.

La persecución de un solo artista —acusaciones falsas, un juicio farsa, encarcelamiento, exilio— no demuestra fuerza, sino debilidad. Los autócratas pueden comandar ejércitos, pero tiemblan ante el coraje y la imaginación de una sola persona que se atreve a inspirar a otros.

Las elecciones intermedias consolidan a Milei y redefinen el mapa político argentino

La reciente elección de medio término en Argentina tuvo como resultado la renovación parcial de la Cámara de Diputados y de la Cámara de Senadores, una elección que, en condiciones normales, no tiene mayor relevancia que algunos cambios en las cámaras. Pero esta no fue una elección en condiciones normales. Estaba en juego el crecimiento político, y por lo tanto el consenso social, de un gobierno —el de Javier Milei y La Libertad Avanza— que había aparecido intempestivamente a fines de 2023. Milei gobernó disruptivamente en estos dos últimos años, con un logro indiscutible: el control abrupto de la inflación y cierto equilibrio macroeconómico, y con carencias también indiscutibles: precarización social, torpeza política y confrontación excesiva.

Campañas antagónicas

En septiembre, la provincia de Buenos Aires —sede de la capital argentina y que concentra el 36% del padrón nacional— eligió diputados y senadores provinciales. El oficialismo de la provincia, heredero del liderazgo de Cristina Kirchner, triunfó holgadamente sobre La Libertad Avanza. Desde ese día y hasta la reciente elección, algunas variables macroeconómicas temblaron: tipo de cambio, tasas de interés, pérdida de reservas. El panorama que se abría para el gobierno nacional se tornaba endeble.

Pero también durante ese lapso, el presidente Milei recorrió medio país en actos de campaña, con un estilo ruidoso y provocador, escénico, a veces al borde de lo grotesco, centralizando en su figura las candidaturas de su partido. Al mismo tiempo, ingentes negociaciones con Estados Unidos desembocaron en un auxilio financiero inédito, gestionado personalmente por Trump, mediante un swap de 20 mil millones de dólares para sostener las reservas. Y finalmente una última jugada con la anticipación, para después de la elección, de una “oxigenación” de su gabinete.

Por su parte, la oposición peronista, enmarcada en Fuerza Patria, consumió el mes de campaña acunada en las expectativas que emanaban del triunfo de septiembre en Buenos Aires, con candidaturas en muchos casos de baja densidad política, algunas gastadas y otras producto de presiones internas. Fue una campaña anodina, con actos políticos más orientados a la interna de esa fuerza que al electorado, y sin referencias personales de peso. Parecía, según la mayoría de las encuestas, que no hacía falta mucho más: el triunfo era previsible, el único interrogante residía en el margen porcentual de la victoria.

El resultado de la elección fue contundente: 41% para la Libertad Avanza de Javier Milei y 31% para Fuerza Patria. Los triunfos holgados se festejan; si son remontadas épicas, mucho más. Así lo expresó el gobierno y Milei tras la elección.

¿En qué se traducen los resultados, al menos en el mediano plazo?

El oficialismo pasa de 36 diputados a 93 y de 7 senadores a 21. Si bien aún no le alcanza para un quorum propio, el crecimiento le permite tejer alianzas rápidas y “seguras” con diputados y senadores de fuerzas minoritarias ubicadas en la centroderecha del espectro político, es decir, con afinidad ideológica con el oficialismo.

El gobierno alcanzó lo que le solicitaban a gritos, tanto desde Estados Unidos después de firmar el swap como desde los grupos de poder económico locales: gobernabilidad. Ahora Milei cuenta con la fuerza suficiente para avanzar en un programa económico institucional ultraliberal a través de las alianzas y sin necesidad de recurrir a decretos de necesidad y urgencia (mecanismo constitucional) y quedar expuesto al rechazo del Congreso.

Con este resultado, La Libertad Avanza se transformó en la fuerza política dominante del espacio político ultraliberal del país, relegando al partido Propuesta Republicana de Mauricio Macri. De esta manera, se revierte lo que se daba desde el 2023 donde el macrismo, dada la debilidad del presidente, entendía que su apoyo era indispensable para que pudiera gobernar y condicionaba ese apoyo a la ocupación de cargos políticos de primer nivel. A partir de ahora y durante los dos años de gobierno que le quedan a Milei, para no desaparecer el PRO tendrá que apoyar sumisamente al gobierno.

Por otro lado, la principal fuerza de oposición, el peronismo en sus distintas vertientes, si bien no disminuyó su fuerza parlamentaria, se ha visto debilitado. El principal problema que atraviesa ahora, rumbo a las presidenciales de 2027, es reconstituir su dirigencia. Al liderazgo en caída libre de la ex presidenta Cristina Kirchner le sucede ahora el declive de quién parecía sucederle tras la elección provincial de septiembre: el gobernador Axel Kicillof. Si bien éste mantiene potencialmente su lugar, la derrota de ayer en la provincia lo devuelve varios casilleros hacia atrás. Y en el resto del peronismo no hay otras figuras visibles.

Y para terminar, nuevamente un tercer espacio que buscaba irrumpir en la polarización entre Milei y el Kirchnerismo fracasó. De cara a la elección, algunos gobernadores de grandes provincias habían armado un espacio político -Provincias Unidas- de afinidad centrista de diversa procedencias pero con fuertes liderazgos provinciales para comenzar a fortalecer un tercer espacio hacia 2027. Sin embargo, la experiencia ha sido frustrante y en ciertas provincias las listas atadas a su gobernador terminaron terceras tras La Libertad Avanza y Fuerza Patria.

En síntesis, esta fue una elección de medio término que se planteó y se consumó como un plebiscito nacional. Y en esa contienda el gobierno arrasó. Milei tiene dos años de gracia hasta el final de su mandato en 2027.

De la brecha de género al sesgo algorítmico: claves para una IA inclusiva

La inteligencia artificial es una tecnología que está reconfigurando la vida social, económica y cultural en tiempo real. En América Latina, su adopción avanza rápido, pero lo hace sobre un suelo desparejo: con grandes brechas de acceso, escasa alfabetización digital y debates regulatorios estancados. En un contexto de distintas desigualdades estructurales superpuestas, la pregunta urgente no es si la región está preparada para esta ola tecnológica, sino quiénes quedarán afuera y quiénes pagarán los mayores costos. Las mujeres, especialmente las más pobres, racializadas y rurales, enfrentan el riesgo de ser las grandes perdedoras de esta revolución si no se incorporan perspectivas feministas desde el diseño de políticas públicas y tecnológicas. En este contexto surge la pregunta: ¿Qué tipo de IA queremos para nosotras?

Eso no significa que la IA no traiga oportunidades reales. Hay miradas sensibles, pero a su vez optimistas, que sostienen que la inteligencia artificial abre oportunidades laborales históricas para las mujeres. Por ejemplo, herramientas como ChatGPT o Gemini permiten entrar a proyectos tecnológicos sin necesitar nueve meses de capacitación en programación. Y eso puede ser una oportunidad de democratizar el acceso a carreras tecnológicas a mujeres.  En un continente donde sólo el 28% de los empleos en tecnología son ocupados por mujeres, según datos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la IA puede funcionar como una puerta de entrada a la autonomía económica y a trabajos mejor remunerados, sobre todo para mujeres en contextos de precarización laboral.

Pero esas oportunidades no son universales. De acuerdo con la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), 32% de las mujeres de la región no tiene acceso regular a internet y la brecha aumenta al 42% entre mujeres rurales. En muchos hogares del continente, el teléfono móvil no es un dispositivo personal sino compartido; y cuando hay que priorizar quién lo usa, la respuesta suele ser previsible. Sabemos, que en entornos rurales las mujeres siguen sin tener un celular propio. Entonces, cabe sostener, como lo ha mencionado una experta en derechos digitales, que hablar de inteligencia artificial así, sin discutir desigualdad digital, es fingir que todas partimos del mismo lugar.

A esta brecha material se suma otra menos visible pero igual de grave: la brecha de representación en el desarrollo tecnológico. Como se viene sosteniendo, como la IA aprende del mundo mediante datos, y esos datos están cargados de sesgos machistas, racistas o clasistas, entonces la IA reproduce y amplifica discriminaciones. No es teoría: ya hace unos cuantos años, en 2018, se documentó que el sistema de contratación automatizada de Amazon descartaba automáticamente currículums de mujeres porque había sido entrenado con datos de empleados varones. También tenemos ejemplos preocupantes sobre acceso a crédito que funcionan con modelos algorítmicos opacos que penalizan trayectorias laborales intermitentes, algo común en mujeres debido a las tareas de cuidado. Lo que podría parecer falta de compromiso es, en realidad, una manifestación de desigualdad estructural. Por supuesto, estos casos muestran que el problema proviene de la historia de desigualdades que el algoritmo encontró en los datos que lo alimentaban.

Pero quizás el campo donde la IA irrumpió de manera nociva para las mujeres es el de la violencia digital. Hoy, los llamados deep fakes son una nueva herramienta para producir agresiones basadas en género: videos falsos que sexualizan rostros de mujeres sin su consentimiento, audios fraudulentos, campañas de difamación digital. Se estima que el 90% de los deep fakes en internet tienen contenido sexual no consentido, y que el 95% de ellos afectan a mujeres. Esta amenaza impacta en periodistas, docentes, activistas y adolescentes que han sido víctimas de extorsión y hostigamiento mediante imágenes fabricadas. La IA, sin regulación ni responsabilidad, puede convertirse en un amplificador tecnológico de las violencias que intentamos mitigar.

Pero, si las mujeres están subrepresentadas en el desarrollo tecnológico, también están creando alternativas críticas. Un ejemplo es OlivIA, una herramienta de inteligencia artificial creada dentro del ecosistema de ChatGPT, impulsada por la abogada y comunicadora feminista argentina Ana Correa. OlivIA funciona como una IA interventora: detecta sesgos de género en textos, políticas, discursos o contenidos y propone preguntas críticas. Encontramos preguntas que la solución tecnológica invita a realizarnos: ¿no estarás dejando a alguien afuera? ¿consultaste si los síntomas de la enfermedad cambian entre mujeres y varones? ¿quién narra esta historia y quién está ausente? Esta tecnología se inspira en metodologías de la teoría jurídica feminista, en particular la llamada “pregunta por la mujer” de Katharine Bartlett, y fue entrenada con marcos de derechos humanos y debates de justicia de género.

Lo relevante de OlivIA es que es una apuesta a cuestionar el enfoque sobre neutralidad tecnológica, es decir, aquél que pretende evitar sesgos. Porque en realidad cuando partimos de la experiencia de las acciones afirmativas, sabemos que necesitamos exponer los sesgos existentes, más que ocultarlos.

Mientras tanto, los Estados no están respondiendo con la velocidad necesaria. América Latina sigue rezagada en materia de regulación de inteligencia artificial. La Unión Europea aprobó el AI Act para establecer límites éticos en el uso de la IA, pero en la región no existe aún un marco común ni políticas integrales de protección. Y hay preocupaciones sobre la transparencia en el uso de estas tecnologías y sobre cuánto tiempo descansaremos en la autorregulación empresarial.

Organismos como Naciones Unidas han llamado específicamente a incorporar enfoque de género en la gobernanza de IA para prevenir la reproducción de violencia digital y desigualdades. Entonces, ¿qué tipo de inteligencia artificial queremos para América Latina? Poner en la agenda pública a la IA y no ser usuarios y usuarias pasivas es urgente. Si no lo discutimos, alguien más lo hará por nosotras. Y si ese futuro se diseña sin nosotras, también decidirá sobre nosotras.

*Este texto se enmarca en la colaboración entre la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) y Latinoamérica21 para la difusión de la plataforma Voces de Mujeres Iberoamericanas. Conoce y únete AQUÍ a la Plataforma.