Del aula al ministerio: cómo Chile está integrando la voz infantil en la gobernanza digital

¿Qué tienen en común un laboratorio escolar, un centro de datos de última generación y un consejo formal de niñas, niños y adolescentes? La respuesta es cada vez más clara: las infancias digitales tienen capacidad para aportar visiones frescas y fundamentadas e incidir en decisiones que marcarán su futuro.

El 30 de junio de 2023, el Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación de Chile (MinCiencia) creó el primer Consejo de Niñas, Niños y Adolescentes (CNNA), con 16 representantes; el CNNA se renovará este año y tendrá representatividad de todas las regiones y garantizará paridad de género.

Este hito va más allá del simbolismo: reconoce que los “nativos digitales” no solo consumen tecnología, sino que también pueden diseñar políticas más sostenibles e inclusivas. Comprenden intuitivamente los riesgos y oportunidades del entorno digital, y, lo más importante, quieren ser escuchados, representar sus ideas y ser factor de cambio, en la toma de decisiones políticas. 

Con esta iniciativa, Chile da un paso firme hacia el cumplimiento del artículo 12 de la Convención sobre los Derechos del Niño de la ONU, que establece el derecho de niñas y niños a expresar su opinión en todos los asuntos que les afecten.

Y razones no faltan: la infraestructura digital del país ha crecido de forma exponencial, con una capacidad instalada de centros de datos que pasó de 35 MW en 2013 a 198 MW en 2023. Se prevé que esta cifra se triplique en cinco años. Para enfrentar este auge, el Gobierno sometió a consulta ciudadana el Plan Nacional de Data Centers. También lanzó en 2021 la Estrategia de Desarrollo y Transferencia Tecnológica para el Cambio Climático (EDTTCC), orientada a la carbono neutralidad en 2050, y un marco metodológico que integra actores estatales, sociedad civil y ciencia. Pero en estos procesos, las voces de niños, niñas y adolescentes (NNA) han estado ausentes.

Los NNA de hoy son nativos digitales, cuya socialización y aprendizaje han ocurrido en entornos hiperconectados. 

Un informe de UNICEF de 2021 estimó que uno de cada tres usuarios de internet es menor de edad y subrayaba la necesidad de incorporar sus perspectivas para equilibrar riesgos y oportunidades de la era digital. No se trata de ceder decisiones complejas, sino de aprovechar su experiencia directa: conocen mejor que nadie las brechas de acceso, las fallas de privacidad y los límites y posibilidades de la inteligencia artificial. Su participación no es solo un derecho, es una oportunidad para enriquecer el diseño de políticas públicas.

Chile, al formalizar un consejo de NNA, marca un ejemplo regional; además, ha comenzado a institucionalizar esa participación también a través del programa Explora del MinCiencia, que desde hace 30 años promueve la socialización del conocimiento y el pensamiento crítico en la comunidad educativa y que este 2025 cumple 30 años desde su creación.

Quienes afirman que “los niños no tienen la madurez suficiente” suelen subestimar el poder de una buena metodología participativa. La experiencia de Finlandia demuestra que, con formación y acompañamiento adecuados, niñas, niños y adolescentes pueden contribuir de manera rigurosa y efectiva. Un ejemplo es el proyecto RuutiBudjetti, que desde 2013 amplió el presupuesto participativo de la ciudad de Helsinki al ámbito juvenil, permitiendo que mayores de 12 años propusieran y votaran el uso de fondos públicos. Lejos de ser un caso aislado, Finlandia ha institucionalizado espacios de co-diseño con jóvenes, mostrando que la combinación de preparación técnica y apoyo experto genera propuestas creativas y factibles.

Para que otros países puedan seguir el ejemplo de Chile, es necesario avanzar en la creación de espacios reales de participación para niñas, niños y adolescentes (NNA) en sectores clave como la energía, el uso de datos o el cambio climático. Estos espacios deben asegurar una representación diversa, por regiones, género y condiciones socioeconómicas, y contar con metodologías adaptadas a sus edades y contextos. 

Esto implica ofrecer talleres previos de formación técnica en lenguaje accesible, combinados con encuestas virtuales y diálogos presenciales moderados por expertos. De hecho, el propio Ministerio de Ciencia de Chile ha comenzado a institucionalizar esta lógica participativa en su Plan de Acción 2024-2032, bajo el marco de la Ley N.º 21.430 de Garantías y Protección Integral de los Derechos de la Niñez y Adolescencia.

Pero no basta con oírlos: sus propuestas deben incorporarse formalmente en políticas públicas, leyes marco e informes oficiales, y debe publicarse con transparencia qué tanto de lo sugerido por los NNA se implementa realmente. Además, este impulso puede ampliarse si se construyen redes internacionales de consejerías juveniles, articulando esfuerzos entre ministerios de ciencia de América Latina, Europa y Norteamérica para compartir experiencias, metodologías y proyectos conjuntos. 

Estas acciones no solo son necesarias, sino perfectamente viables. Chile ya ha demostrado que es posible convocar y estructurar un consejo de niñas, niños y adolescentes con respaldo institucional. Finlandia, por su parte, ha probado que invertir en formación y participación juvenil genera resultados concretos en términos de transparencia y bienestar colectivo.

Lo que ambos casos evidencian es que las infancias no son simples destinatarias de políticas públicas, sino agentes con saberes propios, inquietudes legítimas y derechos que ejercer. Incorporar sus voces no solo enriquece los procesos de toma de decisiones, sino que aporta creatividad, legitimidad democrática y una visión de largo plazo.

El futuro tecnológico y climático se está definiendo ahora mismo. Y es posible que sus protagonistas más visionarios aún no hayan cumplido 18 años. ¿Estamos dispuestos a escucharlos?

Co-autora: María Schmukler es investigadora y profesora especializada en ciencia, tecnología y política. Asesora en cambio ambiental global, participación comunitaria y políticas de género, equidad, diversidad e inclusión.

La interferencia corporativa en la salud pública alimentaria: una lucha continental

La salud alimentaria en América Latina no está determinada únicamente por decisiones personales o culturales, sino que está profundamente condicionada por la interferencia sistemática de las corporaciones de productos ultraprocesados en las políticas públicas. Este fenómeno se ha vuelto un obstáculo estructural que impide avanzar hacia dietas saludables. En el reciente foro Interferencia de la industria alimentación en las Políticas Alimentarias en América Latina, organizado por la ONG El Poder del Consumidor en la ciudad de México el pasado 16 de julio, expertos de la región denunciaron el poder político de la industria y su rol en la epidemia de obesidad y enfermedades no transmisibles.

Un foro necesario: el poder detrás del plato

El evento reunió a voces clave de Brasil, Colombia, Ecuador y México. Se abordaron estrategias utilizadas por corporaciones para impedir o debilitar las políticas públicas que protegen la salud. Ana María Maya, del Instituto Brasileño de Defensa del Consumidor (IDEC), expuso cómo el marketing dirigido a niños, las alianzas con gobiernos y la captura de espacios públicos se han convertido en herramientas para posicionar productos ultraprocesados. Desde FIAN Colombia, Alejandra Niño subrayó la dimensión de los derechos humanos: el acceso a una alimentación adecuada es un derecho vulnerado por intereses privados. La industria desplaza alimentos frescos con productos hipercalóricos y poco nutritivos.

También se señaló el peso del comercio internacional y los tratados de libre comercio en la configuración de entornos alimentarios desfavorables. Las políticas de etiquetado, impuestos saludables o restricciones publicitarias son frenadas o debilitadas bajo presión empresarial.

El contexto epidemiológico: obesidad como síntoma de un sistema enfermo

Entre 1990 y 2016, la prevalencia de obesidad infantil y adolescente se triplicó en América Latina. Este aumento no es casual. Se dio en paralelo a una transformación radical de la dieta y el entorno alimentario.

El auge de los productos ultraprocesados —bebidas azucaradas, snacks salados, cereales endulzados— está vinculado directamente al avance del modelo neoliberal. Un modelo que, en nombre del libre mercado, permitió que las corporaciones ingresen sin restricciones en escuelas, universidades, hospitales, comunidades rurales y urbanas.

Hoy, seis de cada diez muertes en la región se relacionan con enfermedades no transmisibles, muchas derivadas de dietas inadecuadas. Cada año, más de 600.000 personas mueren por causas atribuibles a la mala nutrición.

Barreras políticas: cuando el dinero manda más que la salud

Uno de los temas centrales del foro fue la dificultad para implementar políticas públicas efectivas. Aunque existen recomendaciones internacionales claras —como impuestos a bebidas azucaradas, etiquetado frontal, regulación del marketing dirigido a niños—, su implementación es escasa o débil.

¿Por qué? Porque enfrentan un poder económico convertido en poder político.

Las corporaciones financian campañas, presionan a legisladores, siembran dudas científicas, se infiltran en instituciones educativas y promueven discursos de responsabilidad individual. Así se neutralizan políticas basadas en evidencia científica. Los países que han logrado avances, como México con el etiquetado de advertencia, han enfrentado batallas legislativas, judiciales y mediáticas. La industria no se limita a cabildear: amenaza, litiga y desinforma.

Estrategias de interferencia: un manual no escrito, pero ejecutado

Durante el foro se identificaron patrones comunes en la región. Entre ellos se encuentra la captura de políticas públicas, que ocurre mediante fundaciones filantrópicas a través de las cuales las corporaciones logran sentarse en las mesas de decisión. También se destacó el uso del discurso de responsabilidad individual, que culpabiliza al consumidor e invisibiliza los determinantes estructurales. Otro patrón es el marketing agresivo dirigido a niños, que convierte a las escuelas en canales de distribución de productos no saludables. Además, se señaló la disuasión científica, donde las corporaciones financian estudios que contradicen la evidencia pública. Por último, se mencionaron las campañas de desinformación, que manipulan redes sociales y medios tradicionales con el objetivo de erosionar el apoyo ciudadano.

Estas tácticas no son improvisadas. Forman parte de una estrategia regional coordinada. La industria opera con inteligencia y sin ética.

Hostigamiento digital y presión institucional: nuevas formas de intimidación

Durante el foro, Alejandro Calvillo, fundador de El Poder del Consumidor, denunció el creciente uso de redes sociales como herramienta de ataque por parte de la industria alimentaria. Mencionó que activistas y académicos críticos han sido blanco de campañas sistemáticas de desprestigio y troleo digital, destinadas a silenciar voces incómodas. Por su parte, Christian Torres, coordinador del área de interferencia de esta misma organización, alertó sobre formas más graves de intimidación: desde amenazas legales hasta el uso de software de espionaje en contra de quienes impulsan políticas basadas en evidencia. Ambos coincidieron en que estas acciones buscan sembrar miedo, desmovilizar la participación ciudadana y debilitar la vigilancia pública. La intimidación no es un efecto colateral; de hecho, es una estrategia deliberada para preservar el status quo del poder corporativo. 

¿Qué sigue?: recuperar el control público de la alimentación

El foro concluyó con un llamado urgente a repensar la gobernanza alimentaria, resaltando que la salud de la población no puede quedar en manos del mercado. Se destacó la necesidad de construir una nueva arquitectura política que priorice el interés público por encima del lucro privado. Esto implica asegurar la independencia científica y regulatoria, blindar las políticas públicas frente a los conflictos de interés mediante mecanismos de transparencia, prevención y mitigación, garantizar presupuestos suficientes para la educación alimentaria y revalorizar los sistemas alimentarios locales y sostenibles.

Una narrativa que debemos cambiar

La historia de la alimentación en América Latina ha sido escrita por quienes tienen el poder. Es hora de cambiar la narrativa. De poner en el centro la vida, no el capital.

Como se afirmó en las ponencias, no se trata solo de un problema de salud pública. Es un tema de justicia social, de democracia alimentaria, de dignidad. La región tiene recursos, conocimientos y movimientos para resistir. Lo que falta es decisión política y presión social organizada. Y eso es precisamente lo que este foro buscó construir: un espacio de encuentro para la indignación informada y la acción colectiva.

Colombia en la encrucijada: la salida de la OTAN y sus consecuencias

El pasado 16 de julio, el presidente Gustavo Petro afirmó que Colombia abandonaría su estatus como país socio global de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El mandatario justificó esta decisión en el marco de su crítica al papel de algunos gobiernos europeos en el conflicto en Gaza y a la provisión internacional de armas a Israel. Esta iniciativa plantea implicaciones muy sustanciales para la modernización de la defensa colombiana y su integración en la escena global, especialmente en el contexto de la rápida evolución de la Inteligencia Artificial (IA) en el ámbito de la seguridad.

Colombia ha mantenido una relación con la OTAN desde 2017, cuando ingresó como socio global. Solo siete países, Australia, Japón, Corea del Sur, Mongolia, Nueva Zelanda, Pakistán y Colombia, son socios globales. Un status que no implica obligaciones militares, pero sí permite el acceso a una cooperación invaluable en áreas como la transparencia en defensa, el intercambio de información, la modernización de las fuerzas armadas, la participación en actividades de capacitación o el acceso a proyectos en materia de seguridad civil basada en la investigación científica, la innovación y el intercambio de conocimientos.

La Reforma del Sector Seguridad y en consecuencia los proyectos de transformación de las fuerzas armadas en Colombia comenzaron en el año 2012, como un proceso de transformación para preparar a la Fuerza a las nuevas realidades materiales y políticas.  La seguridad humana, eje del Plan de Desarrollo del gobierno Petro, ha sido un motor central y un principio rector de estos procesos. Un proceso no solo de transformación estratégica, táctica y operativa, sino también la aplicación de principios de buena gobernanza, transparencia, y de fortalecimiento del estado de derecho. Organizaciones como Naciones Unidas y particularmente la OTAN han permitido que Colombia y sus fuerzas armadas, como socios, hayan alineado parte de su transformación con estos principios, y ha permitido a las Fuerzas Armadas colombianas acceder a entrenamiento, modernización, logística y mando alineados con estos estándares internacionales.

En estos momentos de tensión geopolítica, la alianza de la OTAN facilita el apoyo y la cooperación en el fortalecimiento de las capacidades de ciberdefensa y seguridad estratégica, aspectos clave en estos momentos para hacer frente a nuestras propias amenazas, como la lucha contra el terrorismo, el crimen organizado o la lucha contra el narcotráfico. La salida en estos momentos implicaría una pérdida de credibilidad internacional, una reducción clave en la cooperación con aliados estratégicos, sino sobre todo una pérdida invaluable en nuestras capacidades de defensa y seguridad. Para Colombia, la OTAN representa una plataforma clave en materias como interoperabilidad tecnológica, acceso e intercambio de información y de capacitación en defensa cibernética y doctrina de ciberconflicto.

La OTAN, la Unión Europea y los estados miembros han instado a establecer mecanismos para garantizar un control humano significativo sobre los sistemas autónomos y el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario (DIH). Ejemplo de ello es como el programa Ciencia para la Paz y la Seguridad (SPS) de la OTAN ha apoyado iniciativas de investigación clave, «Clicking the pause: The role of Transatlantic cooperation in AI Supervision», un seminario internacional de investigación sobre la supervisión ética de la inteligencia artificial (IA) en el ámbito de la defensa, organizado por la Universidad de Salamanca y la Universidad de La Sabana (Colombia), dirigido a fomentar la cooperación académica y política en torno al uso responsable de la IA en contextos tan importantes como la seguridad y la defensa.  La participación de Colombia como socio global de la OTAN facilita el acceso a estas capacidades y conocimientos avanzados en SSR y en la integración ética de la IA, lo que es vital para la continuación exitosa de su propia transformación militar, especialmente en la lucha contra amenazas de guerra irregular.

Colombia se ha posicionado como un pionero en la formulación de estrategias de IA en América Latina, ocupando los niveles más altos en materia de políticas y prácticas de Inteligencia Artificial, que ha lanzado la Estrategia Nacional de IA y que ha establecido un marco de principios y directrices para incentivar el avance de la IA y desarrollar una gobernanza regulatoria basada en la autorregulación, en lugar de una estructura rígida de reglas. Si Colombia mantiene su estatus de socio global de la OTAN, puede seguir siendo un puente vital para la inserción de América Latina en las discusiones globales sobre la gobernanza de la IA en la defensa y la seguridad.

Su liderazgo en la formulación de una estrategia nacional de IA y su enfoque en la autorregulación y la ética, combinado con su experiencia en seguridad multidimensional y guerra irregular, ofrecen un modelo y conocimientos que pueden beneficiar no solo a Colombia sino a otros países de la región. La salida contrarrestaría este proceso y minaría la credibilidad de Colombia como un actor clave en la seguridad y tecnología global.

Tarifazo digital: el nuevo rostro del postotalitarismo cubano

Un régimen político es un sistema duradero y coherente, una estructura de reglas y normas formales e informales, que regulan las relaciones entre los gobernantes y los gobernados en una jurisdicción dada, normalmente un Estado soberano reconocido. Para su estudio se utilizan cuatro dimensiones analíticas: liderazgo, pluralismo, movilización e ideología. Además, para analizar regímenes como el cubano, totalitario y de inspiración soviética en sus orígenes, se emplea el concepto de cambios no transicionales. Se los cataloga así porque persevera el monopolio del Partido Comunista de Cuba (PCC). Por ello, no es posible argumentar la existencia de una transición democrática mientras este partido controle el régimen e impida el pluralismo político, con independencia de que se registren transformaciones económicas y sociales.

El pluralismo se define como la capacidad de autonomía y de competencia de la sociedad, de la economía y de la política en un Estado. En el totalitarismo, el monopolio del poder anula, tanto de hecho como de derecho, la autonomía económica, social y política por completo, mientras que en su fase postotalitaria se aprecia cierto grado de pluralismo económico y social que es insuficiente para establecer la presencia de competencia política. El último ámbito sobre el cual desapareció el control totalitario en Cuba fue el informativo, debido a la expansión del acceso a internet mediante datos móviles. 

A partir de diciembre de 2018, las autoridades cubanas comenzaron a perder el monopolio de la información consumida por los ciudadanos y se generaron espacios independientes del control estatal que incluyen desde medios de prensa hasta grupos de personas que interactúan mediante las redes sociales y sistemas de mensajería. Desde entonces ha crecido esa manifestación de pluralismo social como parte de una cultura paralela, a pesar de lo costoso del acceso a internet, la mala calidad de la conexión, la censura y la represión de las autoridades, que han restringido pero no han logrado desconectar a los ciudadanos, en particular a los más jóvenes. Los espacios de socialización generados mediante el acceso a internet se han reprimido por el gobierno, incluso mediante la desconexión completa del país, como ocurrió después de las manifestaciones de julio de 2021

No obstante, las personas emplean internet cotidianamente. De ahí que el “tarifazo” implementado por la Empresa de Telecomunicaciones de Cuba Sociedad Anónima (ETECSA) constituya un ataque directo a esas formas de pluralismo social surgido por la expansión de internet y en las que se involucran los jóvenes universitarios cubanos. El primer aspecto a considerar es que el aumento y la dolarización de las tarifas de ETECSA no es una medida corporativa, sino política, y que anunció el primer ministro, Manuel Marrero Cruz, en 2024. Tampoco es solo una acción de tipo económica, porque es interpretable como parte de una estrategia política para al menos restaurar algo de control totalitario sobre uno de los pocos espacios donde las autoridades perdieron el poder absoluto: el acceso a internet y a la información.

El “tarifazo” impone ahora un retroceso profundo. Los precios dolarizados y los salarios en moneda nacional condenan a gran parte de la población, en especial a los jóvenes sin acceso a remesas, a la desconexión o al silencio. Pero lo más preocupante no es solo el costo, sino el objetivo político que subyace a la medida: vaciar de contenido crítico el espacio digital mediante la exclusión económica. Este mecanismo encaja perfectamente en una lógica que es posible denominar postotalitarismo con efectos neoliberales, el cual se impone mediante una fórmula que combina control político total con exclusión social por vía del mercado. Quien no pague en dólares no accede a internet. No se trata de restringir el acceso a un lujo, sino a un espacio que permite la realización de derechos con la menor intermediación estatal posible.

Además, el “tarifazo” se integra en un proceso más amplio de dolarización de la economía cubana, donde bienes y servicios esenciales solo están disponibles en divisas extranjeras, combinado con recortes presupuestarios en áreas socialmente sensibles, la eliminación de subsidios y el aumento de precios en productos y servicios de primera necesidad. Este modelo fragmenta la ciudadanía entre quienes tienen acceso a dólares u otras monedas extranjeras, ya sea por la vía de las remesas, los negocios privados o los vínculos con personas residentes en el exterior, y quienes solo disponen de moneda nacional. La igualdad social, si alguna vez existió como horizonte del modelo cubano, se ha descartado sin pudor alguno en la medida que se ha consolidado el régimen postotalitario.

Otro de los efectos más interesantes y al mismo tiempo reveladores del “tarifazo” es el malestar que generó en sectores donde antes solo se practicó, al menos públicamente, la obediencia a la verticalidad propia de las organizaciones subordinadas al PCC. La Federación Estudiantil Universitaria (FEU), una de las tradicionales “poleas de transmisión” del partido único para la legitimación del régimen y la movilización de sus partidarios, mostró por primera vez en mucho tiempo fisuras internas. Mientras la dirección nacional de la organización mantuvo su lealtad a la postura y discurso oficiales, varias direcciones de base expresaron su desacuerdo. Incluso se solicitó la renuncia del presidente nacional de la FEU. Los estudiantes llamaron a un paro, crearon espacios de discusión, hicieron declaraciones públicas en las redes sociales y, sobre todo, dejaron claro que la exclusión del espacio digital viola sus derechos por la vía de la discriminación económica.

Estas contradicciones internas evidencian una realidad que desde el poder se intenta negar: la sociedad cubana ya no encaja en los moldes verticales del totalitarismo clásico. El pluralismo social, por limitado y reprimido que sea, penetró las grietas del régimen político. Aunque no se permite el pluralismo político propio de una democracia, internet permitió que muchas personas desarrollaran una conciencia crítica sin partidos u organizaciones autónomas bien estructuradas, pero con más claridad que nunca. El “tarifazo” de ETECSA pretende cerrar ese espacio, pero ya es tarde. La brecha no es solo digital; es generacional, política y simbólica.

Los jóvenes que cuestionaron las tarifas, denunciaron las incoherencias del sistema, emplazaron a las autoridades universitarias y padecieron la represión más o menos evidente del aparato de seguridad cubano mientras reclamaron como su derecho a acceder a internet, confirman la ilegitimidad del régimen político, incluso a lo interno de las organizaciones de masas e instituciones docentes. En definitiva, el “tarifazo” de ETECSA representa una política deliberada de exclusión para silenciar el pluralismo social que emplea internet como vía de expresión. 

En un país donde el pluralismo político sigue prohibido, restringir el acceso a una esfera donde existe cierta diversidad de pensamiento revela no solo el miedo de la élite política, sino también la fragilidad de su poder. Sin embargo, como demostraron los estudiantes universitarios, incluso en condiciones adversas, las fisuras en el sistema de control no dejan de expandirse, y a veces esas pequeñas grietas anticipan los derrumbes más inesperados.

Corrupción institucionalizada en Ecuador: los desafíos del gobierno de Noboa

El año 2025 representa un punto decisivo para Ecuador en su lucha contra la corrupción, que ya no puede considerarse un fenómeno aislado sino un sistema institucionalizado que ha socavado el Estado de derecho, la democracia y el desarrollo nacional. La reciente actualización de la sentencia contra Jorge Glas en el caso Reconstrucción de Manabí y la reactivación del caso Arroz Verde confirman la persistencia de redes corruptas que trascendieron gobiernos y consolidaron un sistema estructural de abuso y captura del Estado.

Estos hechos evidencian no solo el alcance del saqueo al erario público, sino también la vulnerabilidad de las instituciones frente a prácticas sistemáticas de impunidad y protección política. En este contexto, el gobierno de Daniel Noboa enfrenta el desafío de desmantelar este entramado histórico y restaurar la confianza ciudadana, trascendiendo la judicialización de casos emblemáticos para impulsar una transformación profunda y sostenida.

El contexto histórico y político: raíces profundas de un sistema corrupto

La corrupción en Ecuador no es un fenómeno reciente ni aislado; sus raíces se hunden en décadas de prácticas clientelares y captura estatal que han permeado múltiples gobiernos. Sin embargo, fue durante la década del correísmo (2007-2017) cuando estas prácticas se institucionalizaron y adquirieron un nivel sin precedentes de sistematización y complejidad.

Durante este período, la corrupción dejó de ser un conjunto de actos individuales para transformarse en un entramado estructural que combinó financiamiento ilícito de campañas, manipulación coordinada de contrataciones públicas y la cooptación de órganos de control, justicia y regulación. Este proceso consolidó un sistema que garantizaba impunidad y sostenía redes clientelares mediante el uso del aparato estatal para intereses partidarios.

El caso Arroz Verde, que abarca de 2012 a 2016, ejemplifica esta dinámica. Empresas nacionales y extranjeras pagaron sobornos sistemáticos para obtener contratos en sectores estratégicos, utilizando empresas fachada, falsificación de documentos y triangulación financiera para ocultar el origen ilícito de los fondos. La corrupción se convirtió así en un mecanismo para perpetuar el poder político y desviar recursos que debían destinarse al desarrollo social y económico.

El caso Arroz Verde: sobornos y financiamiento ilícito en el corazón del Estado

El caso Arroz Verde revela cómo la corrupción institucionalizada operó como un sistema articulado entre actores públicos y privados para lucrarse con recursos estatales mediante mecanismos complejos. Empresas que aspiraban a contratos en sectores como energía, telecomunicaciones e infraestructura entregaban sobornos a funcionarios y operadores políticos para asegurar adjudicaciones, incluso en detrimento del interés público.

Para ocultar estos flujos ilícitos, se emplearon empresas fachada que emitían facturas falsas y triangulaciones financieras que dificultaban el seguimiento del dinero, incluyendo movimientos hacia paraísos fiscales y el uso de prestanombres. La investigación, iniciada tras un reportaje periodístico en 2019, logró vincular a altos funcionarios como Rafael Correa, Alexis Mera y Jorge Glas, y determinó un perjuicio fiscal superior a 39 millones de dólares.

Este esquema reveló un círculo vicioso en el que recursos públicos desviados financiaban campañas electorales y redes clientelares, debilitando las instituciones y minando la gobernabilidad democrática.

La tercera condena de Jorge Glas: corrupción en la reconstrucción de Manabí

En junio de 2025, la Corte Nacional de Justicia impuso una condena de 13 años de prisión y 25 años de inhabilitación política a Jorge Glas y Carlos Bernal por peculado vinculado a la reconstrucción tras el terremoto de 2016. La sentencia determinó que desviaron fondos hacia proyectos innecesarios, priorizando intereses políticos y clientelares por encima de las necesidades de las víctimas.

Esta tercera condena confirma un patrón reiterado de abuso de poder, tráfico de influencias y estructuras paralelas en la contratación pública, presente también en casos como Odebrecht y Sobornos 2012-2016. El proceso estuvo marcado por controversias, incluida la negativa a apartar a jueces y un conflicto diplomático tras la captura de Glas, evidenciando la complejidad y tensiones que rodean la persecución judicial de altos funcionarios.

Corrupción institucionalizada: más allá de las personas, una estructura que desmantelar

Los casos mencionados reflejan una estructura de corrupción institucionalizada que ha funcionado como un sistema dentro del Estado ecuatoriano, caracterizado por la captura del Estado, redes clientelares, cooptación de poderes, impunidad persistente y ausencia de controles efectivos.

La evolución del Índice de Percepción de la Corrupción (CPI) de Transparencia Internacional confirma esta realidad. Por ejemplo, en 2012 Ecuador alcanzó 42 puntos sobre 100, pero en años posteriores descendió a niveles cercanos a 35, reflejando el aumento en la percepción ciudadana de corrupción sistemática. A pesar de mejoras recientes, los niveles siguen siendo bajos y evidencian un problema estructural.

Informes de la Contraloría General y auditorías han identificado irregularidades recurrentes en obras públicas, salud y telecomunicaciones, incluyendo contratos inflados y adjudicaciones directas sin transparencia, corroborados por investigaciones judiciales y periodísticas. La impunidad y la politización judicial han sido obstáculos críticos, dificultando procesos y erosionando la confianza pública.

Desmontar este sistema requiere más que sancionar individuos; implica reformas integrales para erradicar la impunidad, fortalecer la independencia judicial y establecer mecanismos efectivos de rendición de cuentas.

El desafío de Daniel Noboa y el Plan Nacional de Integridad Pública 2024-2028

Ante este escenario, el gobierno de Daniel Noboa ha asumido la responsabilidad de enfrentar la corrupción mediante el Plan Nacional de Integridad Pública y Lucha contra la Corrupción, presentado en diciembre de 2024. El plan se basa en tres ejes: prevención y sanción, transparencia y rendición de cuentas, y participación ciudadana.

Destaca el fortalecimiento de la Función de Transparencia y Control Social, con sistemas digitales para monitorear procesos de contratación pública en tiempo real, facilitando el acceso ciudadano a información y la denuncia de irregularidades. Se implementó un canal seguro para denuncias, junto a campañas de formación para servidores públicos en ética e integridad.

Además, impulsa reformas legales para agilizar procesos judiciales anticorrupción y capacitar a jueces y fiscales, y se apoya en la Ley de Integridad Pública, que establece obligaciones claras en transparencia, conflictos de interés y declaratorias patrimoniales. Esta norma, junto a políticas actualizadas de contratación, busca cerrar brechas legales y reducir la captura institucional.

Sin embargo, la independencia judicial sigue siendo un desafío clave. El plan propone controles ciudadanos sobre la Función Judicial y la meritocracia en la selección de jueces para mitigar la politización. La cooperación entre Contraloría, Fiscalía y Secretaría de Integridad se ha intensificado, con operativos en sectores vulnerables.

La participación activa de la sociedad civil y medios, como Transparencia Ecuador, es fundamental para vigilar y exigir rendición de cuentas, evitando retrocesos. Asimismo, el plan aborda nuevos retos como el lavado de activos mediante plataformas digitales y la infiltración de redes delictivas, promoviendo la cooperación internacional.

El éxito del plan dependerá de la capacidad del gobierno para transformar estos compromisos en reformas estructurales efectivas que aseguren transparencia, independencia judicial y sanciones rigurosas.

Conclusiones: la necesidad imperativa de una transformación estructural

La corrupción en Ecuador no es una desviación del sistema: es el sistema mismo cuando las instituciones son capturadas, los controles neutralizados y el poder público se convierte en instrumento de lucro privado. Los casos Arroz Verde y reconstrucción de Manabí no son anomalías, sino expresiones reveladoras de un modelo de funcionamiento estatal basado en la opacidad, el clientelismo y la impunidad. Ignorar esta realidad estructural equivale a perpetuarla.

Enfrentar esta forma de corrupción requiere mucho más que la sanción de actores individuales. Mientras no se desmantele el entramado que posibilita su reproducción incluyendo la cooptación de la justicia, el uso político de los órganos de control y los mecanismos informales de asignación de poder, cualquier esfuerzo seguirá siendo reactivo y limitado. No basta con castigar a los responsables de hoy si no se previene la emergencia de nuevos operadores mañana.

El gobierno de Daniel Noboa tiene la oportunidad y la responsabilidad histórica de liderar un quiebre con ese pasado. Esto exige voluntad política firme, reformas institucionales irreversibles, transparencia radical y el empoderamiento efectivo de la ciudadanía y la prensa independiente como contrapesos reales al poder. Sin estos elementos, el Plan Nacional de Integridad Pública corre el riesgo de convertirse en un gesto simbólico más. Ecuador no necesita promesas: necesita una refundación ética del ejercicio del poder.

Por qué no hay que desmantelar los ministerios de las Mujeres

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En su discurso de primer año de gestión, el presidente de Panamá, Raúl Mulino, anunció que el Ministerio de la Mujer pasará a ser una Secretaría dentro del Ministerio de Desarrollo Social, como parte de una reforma para “desmontar estructuras que se solapan y que fueron pensadas en otra época”.

Ya en 2024, el presidente argentino Javier Milei cerró el Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad por “imponer una agenda ideológica”. Activistas del país señalan que, desde entonces, no quedan instancias para ejecutar programas para las mujeres y se han recortado programas sociales de combate a la violencia de género.

En México el Congreso local de Morelos aprobó recientemente la derogación del artículo 23-D de la Constitución local, con lo que el Instituto de la Mujer para el estado de Morelos quedará extinto una vez que se valide la reforma en la mayoría de los cabildos. Sin embargo, a nivel nacional, Sheinbaum elevó el Instituto de la Mujer de México a Secretaría, pero con recortes en el presupuesto donde más se necesita: los refugios, la justicia, la prevención.

En Brasil en 2016 la cartera del Ministerio de la Mujer, Familia y Derechos Humanos fue temporalmente disuelta y sus funciones pasaron al Ministerio de Justicia, aunque fue recuperada posteriormente y hoy sí se cuenta con un Ministerio de la Mujer. En Perú se ha discutido en el Congreso cambiar el nombre o eliminar la cartera de la Mujer y Poblaciones Vulnerables, pero aún no se aprueba ninguna eliminación efectiva. Igual en Chile y Ecuador ha habido debates y propuestas para degradar el ministerio al rango de subsecretaría o eliminarlo, pero no se han concretado hasta ahora. 

En otras latitudes, tras la toma de poder de los talibanes en Afganistán en 2021, se disolvió el Ministerio para Asuntos de la Mujer. Fue reemplazado por el “Ministerio para la Propagación de la Virtud y Prevención del Vicio”. Otro sistema político, ¿misma misoginia?

¿Para qué existen los ministerios de la Mujer?

Los ministerios de la Mujer en América Latina surgieron a partir de 1980 y 1990 como respuesta a las crecientes demandas del movimiento feminista, los compromisos internacionales en materia de igualdad de género y el reconocimiento de la necesidad de políticas públicas enfocadas en los derechos de las mujeres. Su creación fue parte de un proceso amplio de institucionalización de la equidad de género en la región, para visibilizar y atender problemas como la violencia, la discriminación laboral y la exclusión política. 

La Conferencia Mundial sobre la Mujer en Ciudad de México (1975) y especialmente la de Beijing (1995) impulsaron la creación de mecanismos institucionales para promover la igualdad de género. Los gobiernos latinoamericanos comenzaron a establecer oficinas, consejos o institutos para asuntos de la mujer, que más tarde evolucionaron a ministerios. Este marco institucional fue considerado por organismos internacionales como un paso esencial para consolidar democracias más inclusivas. 

Para el 2021, un 44% de los países de la región contaba con un Ministerio de la Mujer, mientras que en otros existían estructuras institucionales de menor rango. Un análisis longitudinal sobre estas oficinas en la región muestra que la gran mayoría de los países mantuvo o aumentó la jerarquía de la oficina dedicada a este tema. Aún con estos avances, la región en general presenta estructuras débiles que ponen en riesgo la concreción de sus funciones y, como vimos en algunos contextos políticos recientes, hasta su existencia ha comenzado a ser cuestionada.

¿Qué hay detrás de este intento de desmantelamiento?

Los gobiernos que han optado por cerrar o reducir estas carteras suelen apelar a una combinación de razones económicas, ideológicas y administrativas. Es una opinión relativamente común en algunos sectores sociales y políticos pensar que tener un Ministerio de la Mujer es “gastar en burocracia” o “malgastar recursos”, sobre todo en sectores conservadores o con bajo acceso a educación en género. En contextos de crisis económica, el discurso del “ajuste” suele usar como blanco a ministerios sociales, incluyendo el de la Mujer.

Estos argumentos son esgrimidos sin tomar en cuenta que los ministerios de la Mujer coordinan políticas para prevenir la violencia, mejorar el acceso a la justicia, promover el empleo digno y reducir las desigualdades. Eso no solo protege derechos; también reduce costos sociales y económicos a largo plazo. Los datos hablan claro: una de cada tres mujeres sufre violencia; las mujeres ganan menos y cuidan más; la desigualdad impide el desarrollo de todo el país. Un ministerio especializado permite diseñar políticas específicas, algo que otros ministerios no hacen ni tienen como prioridad. Cada mujer sin refugio, cada niña sin educación sexual, cada madre sin sistema de cuidados es una muestra de cómo la falta de políticas de género reproduce desigualdades que después el Estado paga en forma de crisis sociales.

Por otro lado, sectores conservadores dentro de algunos gobiernos han calificado estas instituciones como promotoras de una “agenda ideológica”, acusándolas de funcionar con fines político-partidarios más que sociales. Esta narrativa ha ganado terreno especialmente en contextos donde el discurso anti ideología de género se ha vuelto parte del relato oficialista.

Finalmente, algunos ejecutivos han argumentado que las funciones pueden ser absorbidas por otras dependencias estatales, como los ministerios de Desarrollo Social o Justicia, sin que esto implique un debilitamiento de las políticas de género, aunque la experiencia indica lo contrario. Algunos gobiernos intentan justificar recortes o cierres con argumentos de eficiencia, pero los hechos muestran que, sin instituciones dedicadas y con recursos suficientes, las políticas de género pierden capacidad de acción.

Más allá de estas razones, los cambios recientes en América Latina revelan una disputa más profunda: el lugar que ocupan los derechos de las mujeres en los proyectos políticos contemporáneos. Organizaciones de la sociedad civil, especialistas en políticas públicas y organismos internacionales han expresado su preocupación ante estos movimientos. El principal temor es la pérdida de foco y prioridad: cuando las políticas de género se diluyen en estructuras más amplias, tienden a recibir menos presupuesto, personal y capacidad de ejecución.

¿Encapsular el género? El dilema de institucionalizar la igualdad

En las últimas décadas, América Latina ha visto nacer —y en algunos casos también desmantelar— una serie de instituciones estatales creadas para abordar la desigualdad de género: ministerios, institutos, observatorios, cátedras universitarias. Esta arquitectura, levantada muchas veces con presión de los movimientos feministas, ha sido celebrada como un avance político. Pero también ha sido objeto de una crítica persistente: ¿no estamos, acaso, encapsulando un problema estructural en una oficina, cuando lo que se necesita es un cambio transversal y social?

La pregunta no es menor. ¿Qué sentido tiene crear un Ministerio de la Mujer si el resto del Estado sigue operando con lógicas patriarcales? ¿No es eso, en el fondo, una forma de derivar responsabilidades, como si la igualdad de género fuera un asunto “de ellas” y no del conjunto de la sociedad?

Esta tensión es real. Y es válida. Pero también lo es reconocer que, sin estas instituciones específicas, los temas de género suelen desaparecer del radar político. A nivel mundial, solo el 4 % de la ayuda oficial al desarrollo se destinó a programas con la igualdad de género como objetivo principal en 2021-2022. Tener un buen presupuesto centrado en género es fundamental para lograr una sociedad más justa, equitativa y desarrollada y la mejor muestra de la tan cacareada “voluntad política”. No se trata solo de “gastar en mujeres”, sino de garantizar que los recursos públicos beneficien de manera equitativa a todas las personas, corrigiendo las desigualdades estructurales entre mujeres y hombres.

La especialización institucional no es solo un símbolo: es una herramienta técnica, política y estratégica. Los ministerios o institutos de la Mujer han sido clave para producir datos donde antes había silencio, impulsar leyes largamente postergadas y capacitar al funcionariado público en perspectiva de género. Son espacios de interlocución entre el Estado y los movimientos sociales. Y también son, o deberían ser, instancias de articulación entre sectores: salud, educación, seguridad, justicia, economía.

Sin embargo, muchas veces estos organismos nacen sin recursos suficientes, sin poder real de incidencia o incluso con el riesgo de ser usados como vitrinas simbólicas para gobiernos que, en la práctica, no priorizan la igualdad sustantiva.

El dilema es claro: sin institucionalidad específica, no hay política de género real. Pero si esa institucionalidad queda aislada, debilitada o vaciada de contenido, corre el riesgo de convertirse en una caja vacía, útil solo para las apariencias.

En el mejor de los mundos, un Ministerio de la Mujer no sería necesario, porque la igualdad sería parte natural de toda política pública. Pero no estamos en ese mundo. Estamos en uno donde la violencia machista sigue matando, donde las brechas económicas y laborales persisten, donde ser mujer, pobre, mayor o indígena sigue siendo motivo de exclusión.

Por eso, en lugar de preguntarnos si estas instituciones deberían existir, tal vez la pregunta correcta sea: ¿cómo hacemos para que su existencia no sea una excusa, sino una palanca real de transformación? El género no puede estar encapsulado. Pero sí necesita, al menos por ahora, una trinchera desde la cual pelear su lugar en el centro de la agenda pública.

No perder foco

El debate no es solo sobre la existencia o no de un ministerio, sino sobre la capacidad efectiva del Estado para sostener y ejecutar políticas públicas que garanticen los derechos de las mujeres. El cierre de estas instituciones tiene un efecto simbólico devastador: envía el mensaje de que la agenda de género es prescindible, secundaria o incluso sospechosa. Además, en países donde la violencia machista continúa siendo una realidad cotidiana, con tasas de feminicidios alarmantes, reducir la presencia institucional dedicada a este problema puede traducirse en vidas perdidas.

Frente a los intentos de desmantelar o diluir esa institucionalidad, es hora de imaginar nuevos modelos que combinen especialización con transversalidad, presupuesto con evaluación y representación con incidencia real. La igualdad de género no puede ser un capítulo opcional, sino una convicción compartida. Sostener lo conquistado con fuerza implica no retroceder, pero también aprovechar este ataque como una oportunidad para hacerlo mejor.

‘Outsiders’: una ola global con lecciones latinoamericanas

Hace décadas, América Latina se acostumbró a que la política irrumpiera por la puerta de servicio y, sin pedir permiso, se sentara a la cabecera de la mesa. Cuando en 1990 un ingeniero agrónomo de ascendencia japonesa llamado Alberto Fujimori derrotó en Perú al laureado Vargas Llosa, los analistas intuyeron que algo había mutado en el vínculo entre ciudadanía y representación; cuando Hugo Chávez irrumpió ocho años después desde la rendija del antipartidismo venezolano, la corazonada se volvió patrón. Y cuando, ya en la tercera década del siglo, un comediante sin crédito partidario como Jimmy Morales se alzó en Guatemala, un maestro rural como Pedro Castillo sorprendió en Perú y un economista libertario como Javier Milei cabalgó la indignación argentina, quedó claro que los outsiders no eran una anomalía sino un síntoma ineludible de la época.

Así, la sorpresa global ante la elección de Donald Trump, la de un humorista televisivo como Volodímir Zelenski o la irrupción meteórica de Emmanuel Macron se nos hizo extrañamente familiar. Para el sur del Río Bravo, que un magnate, un cómico o un tecnócrata sin aparato propio conquistaran el poder a hombros de la irritación popular era, más que excentricidad, una rutina producto de décadas de ensayo y error. Esto nos decía algo, no solo de nuestro sistema político regional, sino de la dinámica global de la representación y de cómo las sociedades canalizan sus frustraciones cuando los canales tradicionales se atoran.

¿Por qué fuimos pioneros? Porque la región acumuló, antes y con más crudeza, tres fracturas que ahora recorren Occidente: promesas democráticas frustradas por crisis fiscales sucesivas, sistemas de partidos incapaces de metabolizar protestas y un presidencialismo personalista que la cultura popular asume sin escándalo. A ello se añadió un ecosistema mediático que, del talk-show televisivo al algoritmo, premió la estridencia instantánea. Fujimori cantaba villancicos en spots caseros y presentaba a su familia como prueba de “honradez, tecnología y trabajo”; Chávez transformó la cadena nacional en un reality perpetuo; Milei gritó “¡Que se vaya la casta!” en estudios convertidos en coliseos económicos mientras blandía motosierras como símbolo de purga. La desintermediación que hoy Europa descubre en TikTok, América Latina la probó con la televisión criolla de los noventa: cámara cercana, mensaje directísimo y una épica de salvación que saltaba por encima de Congresos, partidos y expertos.

Sin embargo, conviene no confundir al mensajero con la fiebre. Cada outsider vencedor desnuda fallas estructurales —corrupción, desigualdad, desencanto cultural— que la política convencional se resiste a admitir. Demonizarlos solo refuerza su relato antielitista y, lo que es peor, ignora que el votante evalúa resultados con pragmatismo feroz. Fujimori fue premiado mientras domó la hiperinflación y perdió legitimidad cuando forzó un autogolpe; Chávez conservó devoción popular mientras la renta petrolera financió misiones sociales y la evaporó al compás de la escasez; Milei será juzgado por su capacidad de domar los precios y recuperar el salario real, no por su estridencia dialéctica. El éxito o el fracaso de estos proyectos depende menos de su espectáculo y más de hasta qué punto convierten la frustración en bienestar tangible, seguridad cotidiana y horizonte de mérito para millones que carecen de él.

La experiencia latinoamericana arroja, por lo tanto, tres lecciones útiles al debate global. Primera: la respuesta no puede ser blindar la política contra la ciudadanía, sino modernizarla con primarias abiertas, control público en tiempo real y financiamiento transparente que reduzca la distancia moral entre representantes y representados. Cerrar las compuertas solo aumenta la presión de aguas turbias tras la represa. Segunda: los partidos que sobreviven ya no son máquinas clientelares ni catedrales ideológicas blindadas, sino plataformas porosas capaces de alojar movimientos, causas y liderazgos emergentes, incluso aquellos que incomodan a la vieja guardia. Tercera: la competencia sustantiva es por el futuro, no por la nostalgia —aunque a veces no lo parezca—. Cuando la oferta dominante se refugia en el pasado —o en un presente que no convence a la ciudadanía— el terreno queda expedito para el “que se vayan todos” con promesa de refundación exprés.

Mirar a los outsiders con pánico moral o con suficiencia académica impide reconocer que se alimentan de demandas legítimas: representación eficaz, ética pública y resultados palpables. El politólogo Guillermo O’Donnell previno sobre las “democracias delegativas”, regímenes que se legitiman en las urnas pero concentran el poder ejecutivo por la vía plebiscitaria en contextos de Estado débil. Hoy, cuando Estados occidentales votan al filo de la fractura social y coquetean con la política-reality, aquella advertencia suena menos a jerga doctoral que a manual de primeros auxilios constitucionales.

Más que preguntarnos cómo detener a los outsiders, conviene interrogar lo que su ascenso revela sobre nuestras democracias. El riesgo mayor no es que un comediante, un magnate o un economista heterodoxo lleguen al poder; el peligro es que, tras su mandato, las causas profundas de la frustración sigan intactas y se cronifique una política volcánica que erupciona cada pocos años sin remedio alguno. América Latina, pionera involuntaria, ofrece un espejo con vetas de advertencia y de oportunidad. Nos recuerda que la representación política, como la corteza terrestre, se resquebraja cuando la presión social no encuentra válvulas de desahogo. Y también enseña que las grietas pueden sellarse si las instituciones se actualizan, si los partidos se abren —por qué no, incluso, a ciertos outsiders domesticados— y si la ciudadanía se convierte en supervisora cotidiana, no en simple espectadora entre elecciones.
En última instancia, los outsiders no son la excepción: son el recordatorio de que la democracia es un proceso disputado y viviente, cuya legitimidad se renueva proyecto tras proyecto y voto tras voto. Ignorar esa verdad tectónica sería, esa sí, la verdadera anomalía.

El control de los jueces en el mundo

En todo el mundo el control de los jueces es parte del andamiaje constitucional de las autocracias electorales, es decir, regímenes que combinan el autoritarismo con tintes democráticos. Desde la teoría clásica, el Poder Judicial era un poder nulo que solo cuidaba de la Constitución; sin embargo, las democratizaciones lo han fortalecido y se ha convertido en un contrapeso para las mayorías y en un freno para ejecutivos que pretenden acumular poder.

Los nuevos autoritarismos son conscientes que los jueces pueden frenar sus planes para cambiar la correlación de fuerzas en el sistema político. El control de este poder es variado: desde la elección de jueces por voto bajo el argumento de democratizar la justicia hasta la designación de personajes cercanos al poder, pasando por la destitución de personajes que son incómodos.

Sin embargo, los liderazgos autocráticos se han sofisticado, y con ellos sus métodos. A través del andamiaje institucional se han creado organismos o cuerpos que sancionan, revisan y hasta cesan a juzgadores que pueden convertirse en personajes incómodos para el régimen. Ya sea por medio de tribunales de disciplina judicial, salas de conducta o comités disciplinarios, el objetivo es el mismo: el control de los jueces y, con ello, la limitación de la independencia judicial. Desde América Latina hasta Europa del Este, pasando por Asia, las personas juzgadoras están sometidas por diversos organismos.

El pasado 1 de junio México celebró sus primeras elecciones judiciales. Entre los cargos a elegir está el Tribunal de Disciplina Judicial, que se encargará de vigilar las sentencias y el comportamiento de los jueces. Cabe destacar que este órgano encuentra sus raíces en autocracias electorales como Polonia, Hungría o Rusia, por mencionar algunas en las que la revisión de sentencias, los criterios y el actuar de las y los juristas está marcado por la lealtad al partido en el gobierno y no por la garantía de la independencia judicial.

En Nicaragua existen la Inspectoría Judicial Disciplinaria y la Comisión Disciplinaria, las cuales se encargan de vigilar el comportamiento de los jueces; sin embargo, el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo desde 2006 se ha encargado de demoler los contrapesos. A finales de 2024 se removieron todos los jueces de la Corte Suprema y en 2025 la Asamblea Nacional desapareció la carrera judicial. Ahora los cargos son ocupados por allegados al régimen, pero estas instituciones sirven para inyectar miedo y sofocar cualquier intento de independencia.

En Europa del Este, los países que pertenecieron al bloque socialista pronto dejaron atrás la democracia liberal y la política fue monopolizada por líderes autoritarios. En Polonia, el entonces presidente, Andrzej Duda, reformó en 2017 el Poder Judicial y creó la Sala de Disciplina Judicial, la cual nació cooptada por miembros del Partido Ley y Justicia. Con ello se eliminó el último contrapeso del país.

En la vecina Hungría, Viktor Orbán impulsó una reforma judicial en 2011 con el objetivo de limpiarlo; removió a todos los jueces en funciones y fundó una Sala de Disciplina Judicial, con la cual se dedicó a perseguir a jueces, impulsó descuentos a sus pagos por resoluciones que contravenían la voluntad del gobierno y con ello sofocó la división de poderes. Desde 2022 la Unión Europea ha presionado para que el Poder Judicial se consolide y vuelva a tener su independencia; sin embargo, Orbán insiste en mantener el control absoluto.

En Turquía, el Consejo de Jueces y Fiscales es el órgano encargado de la designación y remoción de personas juzgadoras; el ejecutivo nombra a seis de trece miembros, y al resto lo nombra el Parlamento, donde Erdogan tiene mayoría. Este consejo se encarga desde 2014 de hacer purgas en el sistema judicial y cesar a los jueces incómodos. El argumento del líder turco es que buscó remover la corrupción que estaba anclada en este poder y con ello hacerlo más eficiente y adaptarlo a la Turquía del siglo XXI.

Cerca de Turquía está la Rusia de Vladimir Putin, el modelo de la autocracia moderna. Como buen autócrata, el Poder Judicial le pertenece. Sin embargo, dentro del Tribunal Supremo de la Federación Rusa está la Sala Disciplinaria, encargada de vigilar el comportamiento de los jueces. Esta sala nació en los albores del siglo XXI, en 2008, cuando Putin comenzaba a enquistarse en el poder. Putin, como nuevo zar ruso, tiene todo el control del país y los jueces, y con esto evita que las sentencias entren en contradicción con su proyecto político.

Putin ha erigido un régimen autoritario, y muestra de ello es que en 2009 el entonces miembro del Tribunal Supremo Vladimir Yaroslavtsev declaró en una entrevista que no había independencia judicial. Durante su encargo como juez votaba de forma opuesta a la mayoría putinista, pero esto se acabaría pronto. En 2010 los otros miembros del Tribunal Supremo lo acusaron de socavar la autoridad de este órgano y lo hicieron renunciar. Con esto la incomodidad se terminaba dentro del Poder Judicial.

Por otro lado, en Asia, países como Singapur cuentan con un Tribunal de Servicios Judiciales, que se encarga de la sanción y remoción de jueces. Cabe destacar que este país cuenta con régimen de partido hegemónico, es decir, desde la independencia solamente un partido ha ejercido el poder. Por consiguiente, los jueces que ocupan cargos altos no tienden a la independencia, sino que responden a los estímulos del poder político.

En Asia Central, países como Kazajistán, Uzbekistán, Kirguistán y Turkmenistán cuentan con Tribunales de Disciplina Judicial, que no son autónomos y sirven para mantener el control de los jueces. El desarrollo de estas naciones ha sido poco estudiado. Lo cierto es que, tras el derrumbe de la Unión Soviética, los autócratas se hicieron con el poder, lo que solo generó que el poder pasara de manos, pero nunca se democratizaron y mucho menos se construyeron contrapesos. 

Hay varios países que cuentan con este tipo de órganos que no necesariamente vigilan el desempeño de las personas juzgadoras para garantizar la independencia y la eficiencia, sino que sirven como una espada que impide la división de poderes. En las líneas anteriores se mencionaron algunos ejemplos de lo que se denominan autocracias electorales, pero también hay países que prefieren ejercer el control directamente desde el ejecutivo, como es el caso de Venezuela, China, Cuba, Corea del Norte y Vietnam, por mencionar algunos.

El fin del pacto de guerra negativo

Al igual que en 2022, tras la invasión rusa de Ucrania, el reciente conflicto entre Israel e Irán ha vuelto a poner la guerra en el debate público. El uso de la fuerza por parte del gobierno israelí, liderado por Benjamín Netanyahu, se consideró, en sí mismo, una medida extrema en diversos círculos decisorios a nivel mundial. La aleatoriedad de los objetivos elegidos para el lanzamiento de misiles y drones demostró, como en Gaza, la opción no solo de debilitar la capacidad de respuesta de Irán, sino también a su propio régimen político.

Las conexiones de Netanyahu con Estados Unidos, así como sus vínculos con las élites políticas y religiosas regionales, dejaron claro que su objetivo final no era simplemente acabar con el programa nuclear iraní. En realidad, pretendía usar la fuerza y la devastación para crear una nueva realidad geopolítica en Oriente Medio. Durante la última década, jefes de Estado y de gobierno han adoptado posturas similares, volviéndose cada vez más inflexibles en sus políticas exteriores. Con ello, optan por obstaculizar la resolución diplomática de conflictos y generar escaladas de violencia cada vez más devastadoras. La justificación de Netanyahu para librar una guerra preventiva contra Irán es el último, y quizás el último, momento en que ha cruzado la línea entre la diplomacia y la guerra. 

Al arrastrar a Donald Trump a la guerra que él mismo inició, Netanyahu deja claro que su intención era desestabilizar el régimen iraní y forzar un cambio de gobierno y sistema político en el país de los ayatolás. Desde 2023, se han grabado conversaciones entre el gobierno israelí y el heredero del último monarca iraní, así como con jeques palestinos que buscan suplantar a la Autoridad Palestina a cambio del apoyo político israelí. Si bien la guerra que Trump denominó la «Guerra de los Doce Días» no significó precisamente la victoria para ninguno de los dos bandos, sí tuvo el poder de cambiar importantes estándares en la ejecución de las prácticas de política exterior en todo el mundo. Es posible que varios países vean a sus élites buscando acercarse a las potencias globales para intentar recuperar el poder. 

América Latina no es ajena a este proceso. El intento de golpe de Estado de 2019 en Bolivia por parte de Jeanine Áñez contó con el apoyo explícito del gobierno argentino de Mauricio Macri. Juan Guaidó, por su parte, fue reconocido como el gobernante legítimo de Venezuela entre 2019 y 2022 por los países occidentales, a pesar de haberse autoproclamado presidente. Opositores al gobierno, de diversas ideologías, han utilizado esta postura para justificar posturas radicales a favor del derrocamiento de gobiernos o del fraude electoral, incluso cuando no son perseguidos en sus propios países ni enfrentan procesos judiciales por delitos cometidos.

Este es el principal riesgo que plantea el reciente conflicto internacional en Oriente Medio. Al vincular un asunto de seguridad nacional con la eliminación de todo un régimen político en otro país, a cientos de kilómetros de su territorio, Netanyahu ha utilizado la guerra como instrumento legítimo de política exterior. Esto sienta un precedente para el uso de la fuerza por parte de cualquier país que busque simplemente derrocar al gobierno de otro, no por motivos democráticos ni por violaciones de derechos humanos, sino para afirmar su voluntad y fuerza. En un escenario de creciente aplicación de las llamadas políticas de «máxima presión», especialmente por parte de Estados Unidos, esta es una posibilidad que no puede pasar desapercibida para los gobiernos latinoamericanos.

Uno de los acuerdos que trajo estabilidad tras la Segunda Guerra Mundial fue el llamado «pacto de guerra negativo». La creación de un conjunto de organizaciones internacionales, incluida la ONU, fue vista por potencias mundiales que no eran necesariamente aliadas como una forma de evitar la guerra. Si bien no conducían a un mundo de mayor cooperación, estas instituciones y acuerdos podían al menos evitar que los conflictos internacionales se resolvieran únicamente por la fuerza. Varios conflictos tuvieron lugar entre el comienzo de la Guerra Fría y el final de la década de 2010, pero el uso de la fuerza debía justificarse por algún beneficio colectivo, ya fuera para la comunidad internacional o para las poblaciones oprimidas y las víctimas de ataques de sus propios gobiernos.

Lo que presenciamos ahora es arriesgado para todas las poblaciones del mundo. Gradualmente, en las últimas décadas, varios países han abandonado esta justificación para el uso de la violencia. Incluso en intervenciones como las de Ucrania y Libia, por ejemplo, Rusia y Estados Unidos intentaron presentar el uso de la fuerza como un elemento necesario para el bien común. Al emplear la fuerza y atacar sin restricciones la infraestructura y la población civil, lo que el gobierno de Netanyahu está sentando ahora en el escenario internacional es un precedente para el regreso de la guerra total. La devastación, no la derrota política o militar, se convierte en el horizonte, al igual que la guerra civil que tanto marcó a América Latina a lo largo de sus procesos políticos en los siglos XIX y XX.

El exsecretario general de la ONU, Dag Hammarskjöld, afirmó que la institución no estaba destinada a llevarnos al paraíso, sino a salvarnos del infierno. La rehabilitación de la guerra total como instrumento de política exterior podría estar llevándonos precisamente por el camino opuesto a su intención. En este contexto, América Latina podría dejar de ser escenario de una simple competencia por favores entre dos potencias y convertirse en escenario de intentos cada vez más enérgicos de intervenir en sus asuntos internos. Trump, con sus «aranceles recíprocos», ya ha dejado claro el camino que pretende tomar. Por el bien de nuestra autonomía y democracia, fruto de tantas luchas y disputas, los gobiernos latinoamericanos deberían alinearse no en torno a la devastación, sino en torno a la defensa de la cooperación.

Trump y la deriva autoritaria: ecos del fascismo en la democracia estadounidense

Trump está avanzando a pasos agigantados hacia un destino muy oscuro para la democracia. En el último mes, ha radicalizado sus frentes. En el frente externo, intensificó su accionar y, por ahora, ha zafado de la posibilidad de participar como actor principal en una guerra de consecuencias imprevisibles en Medio Oriente. En América Latina su promesa de castigar a Brasil por el proceso judicial a Jair Bolsonaro representa una forma clara de meterse en política interna a la vez que defiende la legitimidad de su propio pasado golpista en la persona de su imitador brasileño. Un ejemplo más de sus ataques a la independencia de poderes y al sistema democratico con evidentes dimensiones globales.

A esto se suma la imprevisibilidad de su política económica, en particular la guerra de tarifas, basada en un mercantilismo de escasa calidad intelectual; las mentiras sobre las cifras de desempleo; y la “hermosa” ley de Trump, aprobada en tiempo récord, que augura tiempos de mayor desigualdad económica y un déficit gigantesco.

También se destaca el aumento récord del presupuesto del ICE y su capacidad carcelaria (170 mil millones de dólares), cuyos agentes —encapuchados, vestidos como soldados de élite y armados hasta los dientes— arrestan tanto a inmigrantes indocumentados como a ciudadanos en escuelas, lugares de trabajo y tribunales.

A esto se suman actos de confusión entre lo público y lo privado que afectan directamente la fortuna del clan familiar de Trump. Comparados con los casos de corrupción en América Latina, los números resultan extravagantes. En los primeros tres meses de su presidencia, Trump incrementó su fortuna personal en 3 mil millones de dólares mediante dudosas ventas de criptomonedas “Trump” e inversiones de fondos estatales provenientes de Medio Oriente en la empresa familiar.

En cualquier otro país, si un presidente gana incluso menos de mil millones de dólares al mes, la palabra “corrupción” forma parte del análisis cotidiano. Sin embargo, Trump ha promovido abiertamente estos negocios y muchos aceptan la explicación oficial: lo hace en su tiempo libre, y aprovechar su posición en la Casa Blanca para generar riqueza no representa, según sus defensores, un problema.

Todas estas situaciones —la glorificación de la violencia y la guerra, la corrupción, y el descalabro de la previsibilidad económica— están interrelacionadas, especialmente con el último frente abierto por Trump: el interno. En este ámbito se está produciendo una escalada aún más rápida contra los pilares de la democracia.

De todas estas crisis, lo que convierte a Trump en una rara avis entre los presidentes de Estados Unidos no es solamente el beneficio económico personal o la crisis institucional, sino su voluntad monárquica o autocrática, que contradice la esencia misma de las normas constitucionales, tal como fueron entendidas históricamente.

Para decirlo más claramente: la percepción entre numerosos analistas de la política estadounidense es que Trump está profundizando su tendencia al fascismo. Me sumo a este diagnóstico como historiador especializado en el fenómeno. En tiempos recientes, Trump ha intensificado aún más su combinación de política y guerra mediante la clásica práctica fascista de militarizar la política.

También hemos presenciado una escalada represiva en California, combinada con una abierta glorificación ideológica de la violencia contra la oposición. Basta pensar en el presidente de la Cámara de Representantes, quien expresó su deseo de desprestigiar al gobernador Gavin Newsom mediante un linchamiento público más propio del Far West legendario que de una nación seria. Este jefe legislativo sugirió literalmente “embadurnarlo con alquitrán y emplumarlo”.

La inauguración de una cárcel para inmigrantes en los pantanos de Florida, denominada Alligator Alcatraz o “el Alcatraz de los caimanes”, cuya premisa —según el propio Trump— es que los animales se coman a los prófugos, constituye otro ejemplo de la glorificación de la violencia extralegal en una sociedad que parece abandonar su modernismo.

El llamado “desfile de Trump” debe entenderse también en el contexto de la crisis —y posible colapso— de la democracia en el país. Fue un ejemplo de culto autoritario al líder. En un clima de extrema polarización y demonización del otro, también han ocurrido asesinatos políticos “en solitario”, como los recientes casos en Michigan. Poco se sabe aún sobre las motivaciones del asesino, pero las respuestas del movimiento MAGA y el trumpismo resultan profundamente alarmantes.

En un país democrático, no debería haberse celebrado un desfile de cumpleaños disfrazado de aniversario militar. En todo caso, dada la gravedad del contexto, dicho evento debió haberse cancelado. Aunque fue un fracaso en términos de asistencia, Trump intentó utilizarlo para reforzar la ecuación entre su figura y el Estado, en particular con las fuerzas armadas. Como contrapartida, se registró una masiva respuesta de protestas pacíficas “antimonárquicas”, que dejaron en claro que su accionar va en contra de los valores democráticos fundamentales del país.

Los historiadores no somos adivinos, pero basándome en la evidencia de los fascismos pasados y presentes, creo que presenciaremos una escalada aún mayor en todos los frentes característicos del autoritarismo: más violencia y militarización, mayor demonización y represión, aumento de la propaganda, ataques a la prensa independiente, debilitamiento del poder judicial y desmantelamiento de las instituciones republicanas. Esperemos, también, ser testigos de una resistencia pacífica cada vez más fuerte frente a estos intentos de destruir la democracia estadounidense.