Una región, todas las voces

Trump: vocero del enojo

La narrativa de Trump y sus colaboradores cercanos incluye contenidos sustantivos diferenciados sobre temas como la migración, las guerras, los impuestos y China, entre otros. Sin embargo, a la hora de la ejecución habrá límites severos a la materialización de cambios reales. 

Pero el tema relevante para este artículo es el posible impacto de estos incumplimientos en la popularidad de Trump. ¿Se molestarán sus votantes? No. Para comprender esa respuesta debemos primero entender la razón para que populistas como Trump tengan el apoyo de una parte significativa de la ciudadanía.

Los votantes de Trump solo marginalmente están interesados en sus promesas. Este tipo de políticos son populares porque son voceros de los enojos que una buena parte de la población tiene contra todo lo que perciben como causante de su situación. Como esa mayoría no tiene un micrófono o una cámara de TV para expresar su rencor, se desahoga con el agresivo vocabulario de Trump contra las élites de la política, las instituciones, la prensa y los negocios (el establishment). Ese tipo de políticos enamoran, no porque sus votantes esperen cambios significativos en los aspectos sustantivos del desarrollo o de sus vidas, sino porque la función principal esperada de esos políticos es la de “putear” (madrear) al establishment.

A pesar del ruido, el teatro y las pomposas promesas, esos políticos no tienen la más mínima intención de cambiar el Ancien Régime: su objetivo es ser populares. Lo más importante es decir lo que la gente quiere oír, no importa si es una mentira, si es inviable financieramente, si lo impiden la Constitución o los tratados internacionales. Y lo que un buen sector de la gente quiere oír son epítetos vulgares y groseros contra el establishment, no análisis sobre el estado de las cosas, las causas y las posibles políticas para mejorar. La política basada en diagnósticos rigurosos, en programas coherentes, en partidos y en propuestas conceptualmente defendibles, es, para ese amplio sector de votantes, aburrida, irrelevante e innecesaria.

El político populista no recurre a la mentira y la grosería como una herramienta para defender un programa; la grosería es el programa. La insolencia y la vulgaridad, ya de por sí prácticas incorrectas, dejan de ser medios para convertirse en componentes intrínsecos a la política cuando el objetivo de esta es la popularidad. El político populista no puede abandonar su soez lenguaje y su agresividad, pues dejaría de ser la vocería del enojo, medio fundamental para aglutinar a buena parte de sus seguidores (no a todos, por supuesto).

Esos políticos son parte del establishment económico y social de sus países. Habitan en complejos hoteleros de lujo o en mansiones de un millón de dólares y gobiernan para beneficiar a los ricos: con bajos impuestos, contratos a dedo, privatizaciones o flexibilización de regulaciones ambientales. Pero esa contradicción tampoco interesa a sus votantes; lo relevante es que sigan puteando al establishment.

La pregunta que sigue entonces es sobre el origen de un enojo tan prominente que elige y sostiene a políticos que en nada mejoran sus países. Creo que se explica, en primer lugar, por la promesa incumplida que resultó ser el neoliberalismo. Este modelo fue predicado con una descomunal fuerza y constancia. En América Latina contó con el apoyo de sectores interesados en las privatizaciones y las liberaciones de mercado, de la prensa más influyente y de los líderes de la política tradicional. Se hizo un enorme ruido con la supuesta magia de la apertura comercial, las privatizaciones, la liberación de precios y la inversión extranjera. Con el modelo se resolverían los problemas económicos de todo mundo. Quien cuestionaba esa magia se tachaba de comunista, fanático de Hugo Chávez y obstáculo para que su país se subiera al tren del progreso. Fue tal la fuerza y la propaganda impulsora del supuesto milagro, que las expectativas de la gente alcanzaron niveles imposibles de materializar. El milagro no se dio. Un sector de la población ha visto sus esperanzas frustradas y hoy está enojado.

En Estados Unidos, la caída del Muro de Berlín y el colapso de la Unión Soviética fue también anunciado como el inicio de una nueva era, como el fin de la historia. Supuestamente, el legendario dilema entre libertad y desigualdad había sido resuelto en favor de un sistema que reconciliaría los dos objetivos. Tampoco esta promesa se cumplió: la desigualdad se incrementó, el número de personas viviendo en pobreza creció en un 50 % e importantes sectores industriales fueron avasallados por las políticas del libre comercio. El terreno estaba listo para que las cínicas vocerías del consecuente enojo materializaran sus ambiciones de poder.

La segunda explicación para los descontentos y enojos tiene que ver con la era de la información. Contrario a la historia humana hasta hace pocas décadas, las herramientas  de información disponibles en la actualidad permiten conocer cómo viven los más ricos. A pesar del incremento en las distancias económicas, hoy hay mayor cercanía e igualdad en cuanto a la información disponible y el acceso a la misma. Hoy se sabe no solo cómo viven los que más tienen sino cómo su riqueza sobrevive aun cuando hayan incurrido en negocios cuestionables. En Estados Unidos es ampliamente conocido que muchos de los magnates del sector financiero que con su avaricia causaron la crisis del 2008 siguieron embolsándose cifras superiores a los $100 millones como remuneración anual y que los entes financieros, lejos de quebrar, de acuerdo a las glorificadas fuerzas del mercado, fueron rescatados con el intervencionismo del Estado.

Las falsas y encumbradas promesas del modelo neoliberal y el amplio acceso a información sobre cómo viven los otros explicarían el enojo de una mayoría. Pero, con razón o sin razón para ese enojo, este, como herramienta para decidir el voto (o sobre cualquier tema), es mal consejero. Escucharlo revela que existe un amplio sector de la población que no ha sido educado para comprender las serias responsabilidades que tiene en un régimen democrático.

Por otra parte, una victoria electoral o buenas encuestas no reivindican como verdad las mentiras ni como éticos los actos de corrupción. Trump y los populistas deberían moderar el animus celebratorio, tomando en cuenta las veces, de acuerdo a ellos mismos, en las que las mayorías se han equivocado. Por ejemplo, si para Trump el establishment político de Estados Unidos (el fango, the swamp) ha cometido serios errores, debe entonces aceptar que una mayoría electoral no redime como correctas las propuestas de quien la obtiene, dado que ese establishment político fue elegido por las mayorías. ¿O es que para Trump y su grupo las mayorías reivindican como correctas sus actitudes y propuestas cuando lo apoyan pero no cuando apoyaron las actitudes y propuestas de otros partidos que también contaron con triunfos electorales y buenas encuestas de opinión?

En fin, los políticos populistas deberían tener cuidado en concluir que la verdad está de su lado por el solo hecho de que las mayorías los apoyan. Y los ciudadanos deberían percatarse de que la solución a sus problemas no está en elegir a personas que los ayuden a desahogar sus  enojos sino a políticos serios, estudiosos y respetuosos de la verdad.

¿El avance en la explotación de hidrocarburos es un riesgo para Argentina?

En estas fechas podríamos rememorar los efectos destructivos que, a lo largo del año, generaron diversos desastres naturales (ciclones, inundaciones, incendios, sequías) cuya magnitud resulta exacerbada por efecto del cambio climático. Un informe reciente, nos alerta de los crecientes peligros que la conjunción de estos fenómenos plantea a la humanidad, como también las amenazas que ello supone (migración forzada, tensiones ante la escasez del agua), todo lo cual degrada la calidad de nuestras democracias. Y así emerge el sálvese quien pueda, poco sorprende el ascenso de la extrema derecha y el negacionismo climático.

Con un 90% de las emisiones de gases de efecto invernadero vinculadas al uso de combustibles fósiles, las concentraciones de carbono y metano baten récords año tras año.  El metano es responsable de más del 30% del aumento en temperatura evidenciada desde el inicio de la revolución industrial. De menor permanencia en la atmósfera, pero mayor capacidad de absorción que el carbono, el efecto nocivo generado por sus emisiones plantea la urgencia dejar atrás la explotación gasífera. Pero ello no impide que el gas natural resulte calificado como “combustible de transición”, toda una contradicción que sostienen muchos en tiempos de creciente negacionismo.

Tampoco se piensa en los crecientes riesgos financieros asociados al exceso de oferta que actualmente se gesta en el segmento de gas natural licuado (LNG), que puede inducir a que un gran número de los proyectos bajo estudio no generen los retornos esperados. También debería destacarse el cambio contractual que conlleva operar en este mercado, donde precios y cantidades pueden alterarse en el corto plazo, volatilidad ajena al mercado tradicional donde los despachos de gas se asociaban a contratos de largo plazo. O considerar los mayores riesgos climáticos la logística de comercialización (ductos, plantas de licuefacción, buques GNL), que a menudo operan en áreas expuestas a eventos extremos tanto como expuestas al aumento en el nivel de los mares.

Tampoco deberían soslayarse los riesgos geopolíticos que comienzan a evidenciarse y amenazan con encarecer, entre otros aspectos del negocio al transporte marítimo. Las terminales de LNG son proyectos capital – intensivos, lo cual plantea importantes inversiones y extensos períodos de amortización, lo cual evidencia su exposición al riesgo de transición. Por ello resulta contradictorio el apoyo que obtienen estos proyectos por numerosos gobiernos, garantizando la rentabilidad en base a subsidios y exenciones, pero desconociendo los compromisos ambientales previamente contraídos, así como costos ambientales (externalidades) que genera esta actividad.

La Agencia Internacional de la Energía (IEA) estima que el pico de los combustibles fósiles arribará antes de terminada la presente década, destacando que mismo en el escenario más pesimista la demanda futura resulta abastecida con los proyectos actualmente en curso.  Año tras año, el informe BP Energy Outlook viene reduciendo los escenarios de demanda futura. De concretarse el objetivo de emisiones netas cero, ninguno de los proyectos hoy en carpeta encontrará mercado cuando quede operativo, pero tampoco se garantizan las compras bajo otros escenarios: la incertidumbre que evidencia el mercado aumenta de manera significativa. Independientemente de las proyecciones, nada garantiza que el mercado asiático mantenga los niveles de demanda de aquí a 10 – 15 años. Mucho menos si los precios de los combustibles fósiles continúan elevados y con la volatilidad de los últimos años. Las inversiones en renovables avanzan tanto en Japón como en Corea del Sur, dos de los principales importadores de LNG. En el ámbito de la UE, la transición avanza aceleradamente: la energía eólica es la segunda fuente en generación de electricidad (superando al gas), al tiempo que aumenta la capacidad instalada de energía solar. Esto implica una fuerte reducción en la demanda de gas, que el plan energético europeo (REPower EU) estima en un 52% para 2030 – respecto a los valores del 2019.  La evidencia, por lo tanto, debería reducir las expectativas que pone el gobierno argentino en este mercado.

A nivel global, las fuentes renovables ya explican el 30 % de la generación eléctrica. Y es que la capacidad de los equipos renovables mejora de manera continua y sus precios están bajando de forma acelerada. Lo mismo sucede con las baterías, lo cual otorga autonomía a la producción renovable. La continua baja de costos y el mayor poder de almacenamiento, sin duda, influirán en la toma de decisiones de los importadores, acelerando la transición.

Todo ello hace que la demanda futura presente una fuerte incertidumbre, al tiempo que aumenta el riesgo financiero de los proyectos. Los proyectos que podrían desarrollarse en territorio argentino recién estarían operables a inicios de la próxima década, lo cual habla de un período extremadamente escaso para recuperar lo invertido si las proyecciones de la demanda resultan verdaderas. ¿A cuánto debería cotizar el LNG (dólares por millón de unidades termales británicas – BTU) para que las exportaciones argentinas sean rentables?

El principal proyecto en discusión se establecería en Punta Colorada, localidad ubicada en el golfo San Jorge de la provincia de Río Negro, área natural que hasta hace poco calificaba como zona protegida. Dicha calificación resultó revertida por el accionar conjunto de los tres poderes de gobierno de Río Negro, convencidos de las bondades del modelo extractivo para transformar la provincia. Dicho entusiasmo se plasmó en la pronta aprobación del nuevo régimen de incentivos a la inversión extranjera (RIGI), al tiempo que decidía acallar a la sociedad civil.

Los fondos que insumirá el proyecto que encabeza Vaca Muerta Oil Sur (VMOS) resultan cuantiosos, más de US$ 3.000 millones. Se espera que se construyan otros dos, para así poder abastecer la planta de licuefacción de GNL que se instalaría en la citada localidad costera. Esta última inversión sería de entre unos 30 y 50 mil millones de dólares. Referentes del sector destacan que estas inversiones permitirían abastecer a unos 400 barcos al año, lo cual redundaría en exportaciones por US$ 15 mil millones anuales, mayoritariamente destinadas a Europa y Asia.

Se desconoce si se ha tenido en cuenta el riesgo de transición y la eventualidad que los activos pierdan todo valor antes que su amortización haya sido completada. Tal eventualidad podría llevarnos ante una nueva crisis de deuda soberana. Un nuevo fin de año nos muestra como agotamos nuestro presupuesto de carbono, al tiempo que las decisiones de inversión nos alejan de lo acordado en París 2015.

A todo esto, los medios locales destacan el desarrollo que generará la inversión, transformando el carácter bucólico de Playas Doradas en unsímbolo de la industria petrolera argentina, una industria que está destinada a morir. Poco se habla de los riesgos financieros, mucho menos del peligro de extinción que supone seguir apostando por el petróleo.

Panamá: un cuarto de siglo que puede ir al basurero de la historia

No es original pensar la política como una representación teatral. La metáfora funciona porque todo el mundo la entiende. El espectáculo evoluciona según cambia la humanidad, sus artes y técnicas. Lo novedoso está de acuerdo con esas transformaciones y su mayor o menor adaptación está en función de la velocidad y del alcance de los cambios. Hoy la tramoya de lo virtual diseminada por todo el mundo a enorme rapidez depara una forma de hacer política a la que la gente poco a poco se va habituando. Los mensajes breves, apenas de un par de frases que abordan un asunto medianamente conocido, con un fuerte componente emocional y catapultados de modo instantáneo a millones de personas es lo que funciona.

Entre los muchos personajes que han dado forma a la actual Kakistocracia (gobierno de los peores) Donald Trump es sin duda el más relevante por su pertenencia al país hegemónico por excelencia. Se trata de una figura que, cuatro años más tarde en que dejó el poder animando subrepticiamente a una rebelión popular por no reconocer el mandato de las urnas, el 20 de enero volverá a asumir el mando. Su gran argumento para alcanzar el triunfo electoral se articuló en torno a cuatro letras -MAGA- que resumen cuatro palabras -Make America Great Again-. Un sencillo guiño capaz de arrastrar e ilusionar a multitudes alienadas por las distintas crisis económicas y por el devenir socio cultural de los últimos lustros.

Pero no todo es marketing político ni las soflamas son meros estimuladores de las emociones. Detrás del texto siempre hay un relato, un argumento. Quienes pensaron que era simplemente una añagaza no quisieron percibir el significado profundo de la oferta de un proyecto de recuperación de la grandeza imperial. Hoy, de pronto, muchos se dan de bruces con una realidad incómoda y escuchan atónitos las proclamas que leyeron en los libros de historia. ¿No fue el canal de Panamá la prueba más evidente del Destino manifiesto? ¿Es que el lema precedente de América para los americanos no era sino el sello de la entrada en la historia con consecuencias dramáticas para el vecindario? ¿No era el Gran garrote el mecanismo para imponer la voluntad por encima de los acuerdos, de la negociación?

Por otra parte, políticamente hablando, de acuerdo con la lectura realizada por los trumpistas la debilidad de presidentes en apariencia frágiles como el demócrata Jimmy Carter debería ser definitivamente enterrada en la Historia por ignominiosa. De lo que se trata ahora es de recuperar la señal inequívoca del liderazgo global. El rescate del control del canal de Panamá es por excelencia el gran símbolo de ello. Como siempre lo fue y nunca debió dejar de serlo, según sus rezos.

Por qué extrañarse entonces de la reciente amenaza vertida por el presidente electo y más aún si en el mismo contexto se formula la reivindicación de Groenlandia, territorio que a diferencia del Canal nunca fue estadounidense. Cuando el orden internacional lleva socavándose tanto tiempo y su deterioro se ha agravado en los últimos tiempos la presente ley de la selva facilita todo tipo de exabruptos máxime si son proclamados desde el proscenio. El espectáculo mina la confianza y prepara el terreno para lo peor.

Panamá se independizó de Colombia en 1903 tras una más de las numerosas guerras civiles que enfrentaron a liberales y conservadores. No obstante, la intervención de Estados Unidos fue decisiva. Ello se vio reflejado en la firma de un tratado expedito que diera luz verde a la construcción del canal interoceánico dando continuidad a la obra iniciada un par de décadas antes por los franceses, algo que en las condiciones propuestas nunca habría aceptado Colombia.

Poco más de 70 años después el gobierno de Omar Torrijos canalizó el viejo reclamo existente en amplios sectores de la sociedad panameña de la reivindicación de la soberanía del canal y de la franja de seguridad que estaba en manos de Estados Unidos. Torrijos y Jimmy Carter el 7 de septiembre de 1977 firmaron los tratados que entraron en vigencia un año más tarde una vez aprobados por un margen muy estrecho por el Congreso norteamericano.  La consecuencia fue la salida norteamericana del país el 31 de diciembre de 1999 con el consiguiente reconocimiento de la soberanía panameña y de su capacidad para la administración del Canal.

El Canal no fue solo un oprobio para la sociedad panameña sino que durante décadas fungió en el imaginario latinoamericano como un símbolo del poder colonial norteamericano. Intelectuales del primer tercio del siglo XX como José Enrique Rodó, Rubén Darío, José Vasconcelos y Víctor Raúl Haya de la Torre dieron buena cuenta de la situación con una abierta denuncia de esta demandando la retirada norteamericana. Por su parte, el gobierno de Estados Unidos consolidó más sólidamente su presencia siendo el Canal y su zona aledaña decisivos durante la Segunda Guerra Mundial. El establecimiento allí del Comando Sur y de la Escuela de las Américas tuvo igualmente efectos dramáticos en la expansión de la doctrina de la seguridad nacional en la región y en la consolidación de los regímenes autoritarios que la socavaron entre 1960 y 1980.

Panamá es uno de los eslabones más débiles en la cadena de la globalización cada vez más cuestionada que ahora el MAGA amenaza directamente para conseguir sus objetivos. El nacionalismo sobre el que este se asienta promueve el viejo y conocido imperialismo en el que el intervencionismo de nuevo cuño se presenta como el corolario inevitable. Hoy la excusa es el maltrato a los intereses norteamericanos por las elevadas tarifas a los barcos de su bandera y el supuesto trato de favor que recibe China. Aspectos ambos no contrastados con ningún tipo de evidencia. La fuerza que las redes sociales poseen prepara el terreno para avalar la demanda azuzando el honor patrio. También es una estrategia que sirve para dulcificar el trauma y lograr que las cosas se despojen de todo tipo de dramatismo que la exhibición ya no teatrera sino real pudiera acarrear. Elon Musk, el inseparable y reciente amigo de Donald Trump, facilitará el proceso.

No es tiempo de ser espectadores silentes ni de activismo digital banal. La Historia se escribe cada día y sus eslabones se construyen a veces con pequeños gestos. El silencio suele ser uno de ellos, pero también, en sentido opuesto, la denuncia, el repudio y la manifestación explícita. No solo la soberanía es inalienable sino también los mecanismos muy variados que hacen viable día a día la administración del Canal por manos expertas y profesionales como se ha venido demostrando a lo largo de exactamente el último cuarto de siglo. Es tiempo de orgullo y de repudio a la injerencia impulsada por megalómanos.

Paz y naturaleza: reflexiones desde la imperfección

La reciente COP16 celebrada en Cali, Colombia, entre el 21 de octubre y el 1 de noviembre de 2024, tuvo como lema “Paz con la Naturaleza”. La intención era abordar la relación entre la conservación de la biodiversidad y la construcción de paz, evitando antagonizar entre los dos conceptos y superando un enfoque únicamente racional que deja por fuera los vínculos que tenemos con la naturaleza -obtención de agua y alimento, medicina, conexión espiritual, entre otros-  e invisibiliza nuestra total dependencia de ella para nuestra supervivencia.

A partir de su lema, la COP16 trajo al debate sobre la conservación de la biodiversidad discusiones y reflexiones, aún en proceso de construcción, que han sido abordadas por el campo de estudio denominado “construcción de paz ambiental”. Este se refiere a la integración de la gestión ambiental en los procesos de resolución o transformación de conflictos. El desarrollo de los estudios de construcción de paz ambiental ha hecho evidente vacíos de conocimiento para comprender y diseñar estrategias que aborden la compleja relación entre paz y naturaleza, a saber: la superación de la visión de la naturaleza desde una perspectiva netamente económica; el reconocimiento de las desigualdades y relaciones de poder que originan los conflictos; el impacto de las estrategias de construcción de paz sobre los ecosistemas; y la medición de la efectividad de estos procesos.

Es así como las discusiones sobre paz, ambiente y conflicto han permitido establecer que los conflictos tienen causas sistémicas y estructurales. De ahí la necesidad de comprender su origen, y de entender el rol de la naturaleza en estos contextos. Solo de esta manera se pueden diseñar e implementar estrategias que desescalen la violencia a la vez que permitan transformar las relaciones sociedad-naturaleza en distintos niveles (interpersonal, comunitario, institucional).

Los elementos antes mencionados son clave para contribuir al logro de las metas establecidas en el Marco Global de Biodiversidad Kunming-Montreal (MGB), pues llaman la atención frente a la imposibilidad de avanzar en la conservación y uso sostenible de la biodiversidad si no se abordan al mismo tiempo las inequidades sociales que generan los conflictos, se abren espacios de participación efectivos y se amplía la visión de aquello que consideramos naturaleza.

La COP16 abrió una puerta para seguir pensando cómo diseñar e implementar estrategias que integren la paz, la naturaleza y convoquen otros sectores a la discusión. Para lo cual es necesario el reconocimiento de las lecciones aprendidas derivadas de las experiencias que tenemos hasta el momento.

En Colombia las reflexiones que se han generado en el marco de la implementación del Acuerdo de Paz, aún en marcha, y a raíz de los diálogos de paz actuales han mostrado el papel relevante que puede tener la naturaleza en el marco de los procesos de reparación, verdad y no repetición; y en la generación de condiciones económicas para la reincorporación de excombatientes y víctimas del conflicto. Así como los daños que ha sufrido la naturaleza por causa del conflicto armado.

Un ejemplo de ello fue el proceso de retorno al territorio de la comunidad del Resguardo Yaguara II, acompañado por el Instituto Humboldt, que puso en evidencia que el proceso de construcción de paz con la naturaleza requiere de enfoques innovadores, centrados en la coexistencia de las personas y la naturaleza, en paz. Otro es el reconocimiento de entes de la naturaleza (territorios o ríos) como víctimas del conflicto en el marco de los procesos de justicia transicional que adelanta la Jurisdicción Especial para la Paz en Colombia (JEP) y la generación de bioproductos o emprendimientos de turismo sostenible por parte de excombatientes.

Estas experiencias han evidenciado la necesidad de armonizar los distintos acuerdos ambientales y generar articulaciones intersectoriales. Por ejemplo, el caso del Acuerdo de Escazú que se constituye como una herramienta para alcanzar las metas establecidas en el MGB busca garantizar el acceso a la información, la participación efectiva, el acceso a la justicia y el reconocimiento y protección de los defensores de derechos humanos en materia ambiental. Sin la garantía de estos derechos de acceso es imposible desescalar la violencia, construir paz y pensar otras formas de relacionamiento con la naturaleza que redunden en la conservación de la biodiversidad garantizando la vida de quienes la protegen.

La experiencia de Colombia en la búsqueda de la paz evidencia que es fundamental reconocer la interdependencia entre las personas y la naturaleza, construir confianza entre los actores en conflicto y sanar el tejido social. Todo lo anterior implica establecer lazos de colaboración entre múltiples actores, a partir del diálogo entre diversos sistemas de conocimiento. En este contexto, facilitar el acceso a la información se convierte en una herramienta clave para la participación equitativa en la toma de decisiones, reduciendo así asimetrías históricas.

En suma, la “Paz con la Naturaleza” exige un enfoque flexible que evite la trampa de una conservación estricta que excluya a las personas y exacerbe conflictos socioambientales. Se trata de establecer una cooperación efectiva entre el Estado y las comunidades, basada en confianza, respeto y reconocimiento de la diversidad. Recordar los principios de la Declaración de París sobre la eficacia de la ayuda al desarrollo, como apropiación y gestión orientada a resultados, es vital para trazar una ruta conjunta que promueva la paz ambiental y una visión sostenible y armoniosa del futuro.

*Un texto producido en conjunto con el Instituto Interamericano para la Investigación del Cambio Global (IAI). Las opiniones expresadas en esta publicación son las de los autores y no necesariamente las de sus organizaciones.

Sexo por votos, el nuevo escándalo en el Congreso peruano

¿Hay congresistas proxenetas en Perú? Es la pregunta que medio país se hace desde el 10 de diciembre, cuando tres sicarios a bordo de motos se abalanzaron sobre el taxi en el que viajaba Andrea Vidal Gómez, de 28 años, para dispararle no una ni dos, sino 70 veces. Dos de esas balas le atravesaron la cabeza.

Según las investigaciones fiscales, tal ensañamiento tendría relación con un objetivo: callarla para que no devele detalles de una red de proxenetismo y prostitución al interior del mismísmo Congreso de la República del Perú, en donde trabajó hasta septiembre de 2024 como asesora en la Oficina Legal y Constitucional, bajo las órdenes de un funcionario de nombre Jorge Torres Saravia.

Vidal murió una semana después, tras una larga agonía en el Hospital Dos de Mayo, en el corazón de Lima, sin poder decir palabra alguna.

Las mismas pesquisas dan cuenta de que Vidal tenía como encargo reclutar a jóvenes mujeres sin experiencia académica ni profesional para que ingresen a trabajar como secretarias o personal administrativo a distintas oficinas del Congreso, con complicidad de los partidos políticos allí representados, para posteriormente ofrecer sus servicios sexuales a parlamentarios a cambio de que estos voten de determinada manera en sesiones clave.

Testigos entrevistados por distintos medios de comunicación locales, quienes han reservado su identidad, han señalado a Jorge Torres como el organizador de esta práctica delincuencial, que se consumaba con encuentros privados luego de fiestas en apartamentos alquilados vía plataformas como Airbnb. Torres habría despedido a Andrea Vidal y dos trabajadoras más del Congreso por imposición de un alto funcionario, aún desconocido.

Una de las jóvenes involucradas, Isabel Cajo Salvador, quien habría participado en las fiestas organizadas por Torres, publicaba contenido en la plataforma para adultos OnlyFans hasta febrero de este año. Inició su carrera en el Parlamento en el área de Administración de Bienes y luego trabajó directamente con Torres, para finalmente moverse a la oficina del congresista Edwin Martínez donde actualmente percibe 7 mil soles (casi 1,900 dólares) al mes, a pesar de no tener ni siquiera el bachillerato completo.

Como es costumbre, la clase política en su conjunto ha intentado desligarse de esta denuncia. El propio Torres rechazó las acusaciones y lamentó la muerte de Vidal. Dijo, además, que él no determinó su despido sino que fue el área de Recursos Humanos del Parlamento, a pesar que un reportaje periodístico del semanario Hildebrandt en sus trece reveló que dos semanas antes del crimen Vidal se reunió con Torres en su despacho, y abandonó el lugar visiblemente afectada.

La crisis ha salpicado al partido Alianza Para el Progreso (APP), que fue el que llevó a Torres al Congreso. Aunque no figura como militante en sus filas, en redes sociales hay varias fotografías suyas participando en actividades proselitistas de esta agrupación, e incluso acompañando a su secretario general, Luis Valdéz, excongresista y brazo derecho del líder del partido, César Acuña. Ambos se han desmarcado de Torres.

Acuña, gobernador de la región norteña de La Libertad, tiene una estrecha relación con la presidenta de la República, Dina Boluarte. En múltiples ocasiones la ha defendido de las críticas ciudadanas y uno de sus alfiles, el médico César Vásquez, es actualmente el ministro de Salud del gobierno desde junio del año pasado. Incluso se ha hablado de un cogobierno entre APP y Boluarte, después de que la encuesta de poder de la revista Semana Económica de septiembre diera como resultado que Acuña y Boluarte poseen prácticamente la misma cuota de poder en el Perú.

Mientras se investiga el asesinato de Vidal y la supuesta explotación sexual en dos carpetas fiscales distintas, la Comisión de Fiscalización del Congreso también ha tomado parte del asunto y ha citado a diversos funcionarios para iniciar las indagaciones del caso. Varias bancadas con sitio en el Parlamento han pedido la renuncia del presidente de este poder del Estado, Eduardo Salhuana, quien también es miembro del partido APP, pero él ha descartado que eso ocurra.

La percepción de que existe un Congreso lumpen es evidente. El proxenetismo se une a la larga lista de gravísimos delitos por los que funcionarios o miembros del Parlamento peruano son investigados por la justicia. En las próximas elecciones, la ciudadanía ya no espera buenos representantes; solo que los nuevos no sean peores que los anteriores.

2025: elecciones en el mundo

Desde 2020 hasta 2024 el calendario electoral estuvo marcado por un número alto de comicios en los cinco continentes. Sin embargo, para este 2025 la actividad comicial se reduce considerablemente en todos los continentes. De todas maneras, para este nuevo año América tiene un calendario que será decisivo para la región porque cinco países del continente renovarán el poder ejecutivo y legislativo, mientras que dos elegirán al Parlamento y uno al Poder Judicial.

La primera cita es en el Ecuador el 9 de febrero, fecha en la que el país celebrará elecciones generales. La nación andina es gobernada por Daniel Noboa, quien aspira a la reelección. Su administración ha estado marcada por la confrontación con la vicepresidenta Verónica Abad, la ruptura de relaciones diplomáticas con México y el incremento de la inseguridad. En los sondeos la excandidata correísta, Luisa González, aspira a derrotar al mandatario actual; recordemos que en los comicios extraordinarios de 2023 ella fue derrotada por el actual presidente.

El 25 de mayo Surinam elegirá 51 escaños del Parlamento, actualmente la coalición progresista del presidente Chan Santokhi tiene la mayoría. La oposición buscará derrotar al oficialismo y hacerse con la mayoría parlamentaria. El 1 de junio México acudirá a las urnas por primera vez para elegir a miembros del Poder Judicial; la reforma fue aprobada por el partido oficialista Morena en 2024 bajo el argumento de la democratización de este poder. Sin embargo, a pesar de los llamados de la academia y la comunidad internacional de los riesgos que implica la ley, esta nación elegirá a las y los juzgadores.

Para el segundo semestre de 2025 la actividad electoral se incrementará debido a que hay cuatros jefaturas de Estado y de gobierno en juego. Bolivia tendrá elecciones el 17 de agosto en medio de las disputas entre el expresidente Evo Morales y el ejecutivo Luis Arce; con un partido dividido entre un líder carismático y el mandatario constitucional, el país ha estado inmerso en tensiones políticas desde el año 2023. 

El 26 de octubre, Argentina se sumará al calendario electoral: renovarán 127 escaños de la Cámara de Diputados y 24 bancadas del Senado. Estas elecciones serán la primera prueba de fuego para el presidente libertario Javier Milei, quien aspira a consolidar una sólida mayoría para sacar adelante su agenda política. El inquilino de la Casa Rosada ha sido cuestionado por su política de recortes presupuestarios, desregulación económica y las privatizaciones. Mientras tanto, el progresismo aspira a recobrar fuerza y consolidarse nuevamente como alternativa.

El martes 28 de octubre Canadá celebrará elecciones en uno de los pocos sistemas parlamentarios del continente. Proyectos como Executive Approval Project han dado seguimiento a la caída en el respaldo a los liberales encabezados por Justin Trudeau y han visto el ascenso de un personaje que es catalogado como populista, Pierre Polievre. Este personaje ha cobrado relevancia porque promovió mociones de censura en 2024 y ha declarado que buscará la creación de un tratado de libre comercio entre Estados Unidos y Canadá, dejando fuera a México.

El 16 de noviembre Chile votará la presidencia, elegirá 23 senadurías y 155 diputaciones. El presidente de izquierda, Gabriel Boric, no podrá reelegirse, porque así lo estipula la ley y varias fuerzas de derecha como Chile Vamos y Republicanos aspiran a derrotar a las fuerzas gobernantes. 

Por último, el 30 de noviembre Honduras tendrá elecciones generales en las que elegirá la presidencia, 128 diputaciones, 20 escaños del Parlamento Centroamericano y 298 alcaldías y vicealcaldías. El país ha sido gobernado por Xiomara Castro, quien se identifica con la izquierda y no ha declarado sus intenciones de buscar la reelección, pero tampoco las ha negado. Honduras atraviesa una crisis de inseguridad y ha adoptado la técnica de mano dura de Nayib Bukele. Asimismo, el oficialismo y la oposición han encabezado disputas en la Asamblea Nacional por el nombramiento de varios funcionarios, lo cual ha elevado la polarización del país.

Además, ciertas naciones aún no han establecido fechas para sus comicios, como Guyana, que elegirá la presidencia, Venezuela, que votará el Parlamento, y algunos sistemas parlamentarios del Caribe como San Vicente y las Granadinas, Trinidad y Tobago o Jamaica. Mientras tanto, en Europa la actividad electoral es baja, pero no menos importante.

El 23 de febrero Alemania tendrá elecciones parlamentarias luego de que la coalición de los Socialdemócratas, Verdes y Liberales se cayera, lo que obligó al canciller Olaf Scholz a someterse a una moción de confianza y llamar a elecciones anticipadas. La guerra ruso-ucraniana, la crisis económica y el ascenso de Alternativa Por Alemania, partido nacionalista, han complejizado el escenario político.

Además, el 11 de mayo Albania elegirá al Parlamento para investir al primer ministro y el 8 de septiembre Noruega elegirá un nuevo primer ministro. Algunas naciones que todavía no tienen fecha son República Checa y Polonia. La primera tendrá elecciones parlamentarias de las cuales surgirá un primer ministro, mientras que Polonia renovará la presidencia. 

En Asia la actividad se reduce a cuatro naciones. Filipinas eligirá el 12 de mayo la mitad del Senado y el 27 de julio, Japón votará a 248 miembros de la Cámara de los Consejeros. Otros países como Singapur, Kirguistán y Tayikistán elegirán al Parlamento. Mientras que África es el continente que mayor actividad tendrá en este año con comicios en Comoras, Burundi, Malaui y Seychelles, República Centroafricana, Tanzania, Togo, Coté d’Ivoire, Camerún y Egipto.

Finalmente, en Oceanía habrá elecciones en Australia donde se renovará la Cámara de Representantes.

En conclusión, 2025 es un año lleno de elecciones. Algunas ya han sido calendarizadas, otras aún no tienen fecha y siempre hay naciones que en el transcurso del año se suman al calendario. Hemos iniciado un nuevo ciclo de elecciones que seguramente impactará en las naciones y diferentes regiones del planeta. Bienvenido 2025.

Los desafíos de México en 2025

Inicia un nuevo año con el llamado segundo piso de la 4T, que trae nuevos desafíos para Claudia Sheinbaum. Estos desafíos son incluso superiores a los que tuvo el mandato de AMLO y pondrán a prueba la viabilidad estructural de la oferta redistributiva, la capacidad para controlar la violencia criminal que asola a buena parte del territorio nacional o la reducción de la polarización que ha sido el sello de la casa.  

Y es que todos ellos son indispensable para presentar un país unido ante la llegada de Donald Trump y sus amenazas, que, de convertirse en realidad, podrían poner al gobierno en un serio aprieto a la hora de cumplir las políticas públicas relacionadas con el apoyo social a los sectores más vulnerables y desfavorecidos, que tienen un alto costo fiscal. 

Claudia Sheinbaum tomó posesión del cargo de presidenta de México con una legitimidad electoral que nadie ha puesto en entredicho: obtuvo 36 de los 60 millones de votos emitidos en los comicios del verano pasado.  

Sin embargo, esa holgura en el triunfo electoral no fue la misma en la integración del Congreso de la Unión, que técnicamente no le dio la mayoría calificada para realizar las reformas constitucionales. Solo obtuvieron el 53 por ciento de los votos, lo que la mayoría de los consejeros y magistrados electorales, encargados de la integración de las dos cámaras, convirtieron, mediante una discutible interpretación del artículo 54 constitucional, en una mayoría calificada primero en la Cámara de Diputados y después en la Cámara de Senadores, mediante la cooptación de miembros de la oposición. Es decir, Morena tiene una supermayoría que no corresponde a los votos emitidos pero que fue capaz de lograr. 

Esta composición del Congreso de la Unión le ha permitido hacer las reformas constitucionales y reglamentarias que han provocado un cambio de régimen. Han desaparecido los organismos autónomos que fueron emblema de los pactos legislativos de la llamada transición del autoritarismo priista a la democracia representativa. 

Ahora está en marcha un proyecto que si continúa como va —y nada parece que vaya a cambiar en el corto plazo— podríamos estar en la antesala no solo de un sistema de partidos con una oposición testimonial sino de un proceso de regresión democrática que está debilitando al país ante el mundo democrático y acercándolo a las experiencias autoritarias latinoamericanas. 

Esta tendencia se refuerza con el control que los poderes ejecutivo y legislativo tendrán sobre el Poder Judicial, que era, hasta las reformas constitucionales, el último contrapeso institucional a esa mayoría exacerbada.  

A partir de septiembre de 2025 el país tendrá jueces, magistrados y ministros surgidos de una tómbola, una tómbola azarosa, una nueva generación de impartidores de justicia que por su compromiso político y leyes ad hoc estará respondiendo a los intereses del grupo gobernante y no a los ciudadanos. 

Solo habrá una diferencia de matiz en la forma con el largo periodo autoritario priista. Y eso ha exacerbado la polarización social y política, especialmente expresada en los miles de funcionarios y trabajadores del Poder Judicial que abandonarán sus cargos el próximo verano. 

Esto quizá pudiera ser solo un daño colateral previsible en todo cambio de régimen, donde siempre hay ganadores y perdedores; sin embargo, entraña un tema no menor que viene siendo la seguridad jurídica.  

Esto ya ha provocado reacciones adversas en organismos y medios de comunicación supranacionales, instituciones calificadoras de riesgo país y la perspectiva de crecimiento para 2025, que ha devaluado un 25 % el tipo de cambio del peso frente al dólar en los dos primeros meses del gobierno de Claudia Sheinbaum. 

A pesar de estas tendencias negativas, la postura del gobierno cuatroteísta es indeclinable; incluso hay quienes lo ven más radical, lo que significa que es ya un factor de tensión con los inversionistas extranjeros, los ahorradores en pesos, por unas tasas de interés atractivas que van a la baja, y por la incertidumbre de empresarios nacionales y extranjeros que podrían tomar decisiones financieras temerosas ante este entorno adverso que se potencia con la llegada de Donald Trump a la presidencia de la principal economía del mundo. 

¿Qué podría pasar si Trump hace realidad la amenaza con deportaciones masivas y la aplicación de un incremento del 25% de los aranceles a las exportaciones mexicanas hacia el mercado estadounidense? ¿Y si México no se compromete más en la lucha contra el narcotráfico y la producción de fentanilo o no tiene un mayor control de sus fronteras para contener la migración hacia el país del norte?  

La presidenta Sheinbaum ha minimizado estas posibilidades alegando que las dos naciones se necesitan. Sin embargo, se oyen pasos en la azotea trumpista con la designación de funcionarios duros que atenderán la agenda bilateral y entre los que destaca la figura de Ron Johnson, exagente de la CIA, que en enero tomará las riendas de la embajada estadounidense en México.   

Por lo pronto en esos dos temas ya hay respuesta mexicana, no sabemos si satisfactoria para Trump y los futuros administradores conservadores en la relación bilateral. Ahí están las declaraciones de la presidenta Sheinbaum, que habla de “atender a los migrantes en el trayecto para que no lleguen a la frontera norte”, y el decomiso de más de una tonelada de fentanilo en Sinaloa, justo donde se vive una guerra entre las dos principales facciones del Cártel de Sinaloa que ha costado cientos de vidas, desapariciones forzadas y daños cuantiosos para la economía regional. 

En definitiva, la apuesta del cambio de régimen, si bien es satisfactoria y motivo de júbilo en la elite obradorista y sus aliados, provoca una incertidumbre que no se había tenido desde el periodo del gobierno nacionalista de Lázaro Cárdenas (1934-1940).  

Solo con una diferencia: Cárdenas tuvo un gran apoyo popular que le permitió realizar la nacionalización de Pemex, y Sheinbaum tendrá que lidiar con la polarización que han generado las decisiones que le heredó y administra López Obrador desde su retiro en el sureste mexicano.  

¿Qué ha sido del desarrollo de la ciudad de Panamá?

Este año se conmemoran dos fechas claves en el desarrollo urbano de la ciudad de Panamá: la invasión por el ejército de Estados Unidos, el 20 de diciembre de 1989, para deponer al dictador Manuel A. Noriega, y la reversión plena de las tierras de la antigua Zona y de la administración del Canal a la soberanía panameña, el 31 de diciembre de 1999.

Para comprender el impacto del cambio de régimen que se dio luego de la invasión en la configuración urbana de la ciudad, es crucial analizar el contexto previo. Durante las décadas de 1970 y 1980, en Panamá se implementaron políticas y se crearon instrumentos que sentaron las bases para el futuro desarrollo urbano. En primer lugar, se dio la creación del centro bancario internacional en 1970, que buscó consolidar al país como una plataforma de servicios financieros a nivel regional y global. 

En este período se dio también la eliminación del límite de altura en las edificaciones —establecido en el reglamento de urbanizaciones de 1940—, lo que permitió la construcción de rascacielos a partir de la década de 1970, transformando el perfil de la ciudad. En última instancia, se creó la ley de intereses preferenciales en 1985, un instrumento que serviría para impulsar el desarrollo inmobiliario a partir de la década de 1990. La crisis económica y política que aquejó al país durante buena parte de la década de 1980 puso en pausa el crecimiento económico y urbano de la ciudad de Panamá.

Tras la invasión, la década de 1990 se caracterizó por el ajuste económico. El enfoque neoliberal se centró en la privatización de empresas públicas, como el Instituto Nacional de Telecomunicaciones (INTEL) y el Instituto de Recursos Hidráulicos y Electrificación (IRHE), y la concesión de activos logísticos como los puertos y el ferrocarril. 

En paralelo, se buscó integrar los bienes revertidos con la devolución del Canal a través de ejercicios de planificación urbana, como el Plan Metropolitano del Pacífico y Atlántico (2000) y el Plan para el desarrollo de la Región Interoceánica (1997). Estos planes buscaban preparar una estructura de integración para el desarrollo de las áreas revertidas, con la esperanza de lograr “el mayor beneficio común posible”.

El retiro de las bases militares estadounidenses, que durante décadas habían representado una importante fuente de ingresos para la economía de las ciudades portuarias de Panamá y Colón, planteó serios desafíos. Un estudio realizado por INDESA en 1995, titulado Impacto económico del retiro de las bases militares estadounidenses, analizó las consecuencias del cierre de las bases.

En lo que respecta a los ingresos en concepto del pago de salarios, se estimaban en B/56 millones, además de B/17,4 millones en pensiones a trabajadores panameños en las bases, pagados anualmente. INDESA estimaba que el 42 % de los alquileres en ciudad de Panamá y Colón correspondían a los alquileres realizados por personal norteamericano, con un promedio de B/1.036.00 mensuales, bastante más alto que el promedio de B/300,00 que se pagaba en las viviendas alquiladas por panameños. El impacto total del retiro de las bases en 1994 se estimaba en B/294 millones solo para ese año.

La ampliación del Canal y un crecimiento económico y urbano acelerado

El período de cierre de las bases militares en 1999, y los años iniciales de la administración panameña del Canal, de 2000 a 2003, fueron de un crecimiento económico débil, que osciló entre el 0,5 % en 2001 y el 4,2% en 2003. Sin embargo, la aprobación vía referéndum en 2006 de la ampliación del Canal generaría una onda de shock en la economía y el desarrollo urbano e inmobiliario de Panamá. 

Para el panameño de a pie, el crecimiento de la ciudad fue un tsunami inesperado de cambios. De una ciudad en donde el promedio del PIB del sector construcción se encontraba en B/540 millones, se pasó en 2007 a unos montos de inversión que iniciarían en B/1.498 millones en 2007, hasta llegar a B/13.342.4 millones en 2019, 13 veces su tamaño al inicio del boom en 2006.

El shock por la velocidad del desarrollo urbano generó conflictos entre desarrolladores y las comunidades que manifestaban su descontento a través de acciones legales y protestas, argumentando falta de planificación, la violación de las normativas y el impacto negativo en la calidad de vida. La falta de infraestructura adecuada para soportar los desarrollos propuestos sigue siendo un desafío importante en un entorno en donde se ha pasado de casas individuales a edificios de 40 pisos y 300 apartamentos.

Entre 2000 y 2020, la huella urbana de la Ciudad de Panamá aumentó de 15.280 a 27.661 hectáreas, con un 55 % de crecimiento en ese período. La hiperverticalización la posicionó entre las capitales latinoamericanas con más rascacielos (2006-2012), incluyendo la antigua torre Trump —segunda más alta de la región—. Este crecimiento acelerado, impulsado por incentivos a la construcción y falta de planificación urbana, generó la expulsión de la población a la periferia y largos traslados diarios hogar-trabajo, que promedian entre 60 a 90 minutos por trayecto.

En la actualidad, la economía panameña enfrenta la desaceleración del sector inmobiliario y de construcción, un alto endeudamiento y déficit fiscal. A esto se suma el rezago en infraestructura básica en sectores como el agua potable, saneamiento, carreteras, transporte público y movilidad, además de la crisis en el manejo de desechos sólidos.

Con el fin de revertir esta situación, el gobierno panameño busca reactivar la economía a partir de un programa de construcción de megainfraestructuras como el tren Panamá-Costa Rica (B/4.000 millones), un nuevo embalse para el Canal de Panamá (B/1.600 millones) y la ampliación del Aeropuerto de Tocumen (B/1.200 millones), entre otras inversiones de infraestructura, tratando de emular la dinámica que se dio durante la ampliación del Canal (2006- 2015), en momentos en los que la población se ve aquejada por el aumento en el desempleo (9 %) y la informalidad (50 %).

La invasión de 1989 marcó el fin de la dictadura de Noriega en Panamá, y también coincidió con la caída del Muro de Berlín y el inicio del fin de la mayoría de las dictaduras que habían dominado el escenario político, tanto en Europa del Este como en América Latina. Treinta y cinco años después, la promesa de la democracia liberal de mayor progreso y bienestar contrasta con los males generales de la ciudad de Panamá y de la mayor parte de las ciudades alrededor del mundo: expansión acelerada, expulsión de las clases medias y trabajadoras de los centros urbanos, crisis del acceso a la vivienda, soledad, déficit de espacios públicos y degradación ambiental.

Bukele, Milei y la tensión entre democracia y populismo

A nivel mundial es cada vez más común encontrar líderes populistas al frente de gobiernos electos popularmente. América Latina no es la excepción, la democracia contemporánea y el populismo parecen mostrar tensiones cuyas derivaciones pueden ser diversas, ejemplo de ello son Nayib Bukele (El Salvador) y Javier Milei (Argentina).

La democracia no solo es competitiva y representativa, sino que también es plural. Esto significa que deben coexistir múltiples voces; cuando solo existe una, o las demás son silenciadas, la pluralidad desaparece y con ella, el verdadero espíritu democrático. Así en democracia debe haber: gobierno y oposición; multiplicidad de partidos políticos; diversidad en las fuentes de información; libertad de expresión, de culto y demás formas de manifestación de dicha pluralidad.

El problema es que los líderes y partidos populistas, si bien aceptan a grandes rasgos las reglas del juego democrático, tienen una retórica que tensiona con el componente pluralista de la democracia y presentan una división irreconciliable entre un “nosotros” y un “ellos”. Un nosotros que, a la luz de su visión del mundo, sería legítimo y un ellos ilegítimo, corrupto y que hay que marginar. En otras palabras, para la visión populista existe una “sola” visión legítima: la propia.

El modelo de Bukele

En democracia hay un escenario que inclina la balanza hacia el predominio de una “única voz”: el gobierno mayoritario. Este es aquel en el que la fuerza gobernante obtuvo un nivel de respaldo electoral tal que cuanta con las mayorías necesarias para promover su agenda de gobierno. Esto implica básicamente no solo tener control del ejecutivo, sino también del legislativo.

Por lo tanto, si un líder “populista” se encuentra en una situación así, podría llevar adelante su agenda “antagonista” sosteniendo su retórica crítica del “ellos” sin mayores costos reales, pues no existiría una oposición fuerte. El decisionismo personalista es muy común en un escenario con estas características, lo cual para muchos implica una “erosión” en la calidad democrática.

El gobierno de Nayib Bukele ingresa dentro de esta categoría. A diferencia del tradicional bipartidismo salvadoreño, este obtuvo un respaldo que le permitió ganar cómodamente en 2019 y tener un gobierno mayoritario y personalista. Además, promovió sin mayores vetos (aunque si con denuncias), políticas de restricción de movimiento durante la pandemia y de confrontación contra el crimen organizado y, gracias a la popularidad alcanzada, terminó siendo reelecto, aunque forzando la constitución, en 2024.

En ese tiempo, la calidad democrática salvadoreña se vio cercenada. De acuerdo al índice de Freedom House el puntaje que tenía el Salvador cuando asumió Bukele era de 67/100, pero la última medición, en 2024, arroja un valor de 53/100, lo que lo transforma en un país “parcialmente libre”.    

El caso de Milei

En contextos de mayor fragmentación política y sin la existencia de un gobierno mayoritario, la tensión entre populismo y democracia adquiere otra forma. Esto porque la conflictividad ahora si se explicita entre los sectores antagónicos. ¿Por qué? Porque el “ellos”, o al menos una parte de este grupo, tiene aquí mayor peso institucional, pudiendo transformarse en un veto (si las instituciones democráticas funcionan adecuadamente) a los objetivos políticos inmediatos del gobierno.

Esto es algo lógico, esperable y hasta saludable que ocurra en una democracia “plural”, pero claramente puede resultar conflictivo para la cosmovisión política populista, más ligada a absolutos que a resultados intermedios.

Hay diferentes alternativas para abordar esta tensión, y dos de ellas se evidencian claramente en el gobierno de Javier Milei. La primera es mantener el antagonismo, lo que puede llevar a la falta de consensos —que genera parálisis institucional— y/o la búsqueda de una mayor concentración del poder en el Ejecutivo, evitando al Congreso y favoreciendo un decisionismo discrecional. Esta última práctica suele asociarse con democracias de menor calidad institucional, como las llamadas “democracias delegativas”.

Durante su primer año de gobierno, la relación con el Congreso Nacional ha sido especialmente conflictiva, al punto tal que, desde el oficialismo, el legislativo fue calificado como un “nido de ratas”. Además, la no presentación del Presupuesto 2025 anticipa una mayor discrecionalidad en la asignación de recursos para el próximo año en Argentina.

La segunda posibilidad es la negociación y la búsqueda de consensos, algo deseable en una democracia fragmentada. Si esto ocurre, los extremos deberían debilitarse y los resultados intermedios deberían primar. Con esto no se erosionaría la democracia, sino el antagonismo populista (para muchos esto es parte de la llamada “resiliencia democrática”).

Aquí aparece la segunda cara, más política, del gobierno de Milei. Si bien sostuvo en varios ámbitos su retórica “nosotros versus ellos”, en determinados momentos buscó generar consensos. Camino al balotaje promovió una “tabula rasa” con parte de la oposición con la cual antagonizaba hasta entonces. Esa “oposición dialoguista” es la que le ha permitido, en el contexto legislativo conflictivo antes mencionado, aprobar algunas leyes.

Lo que es claro es que sin estos acuerdos, por más cortoplacistas que sean, el gobierno de Milei no hubiera tenido ninguna posibilidad de prosperar en el terreno legislativo, al ser gobierno minoritario. El ser consciente de esto, hizo que su discurso antagonista debiera dar paso al diálogo y acuerdo, al menos en parte y con algunos sectores para sostener la gobernabilidad.  

A modo de reflexión final

Sea cual sea el camino elegido, queda en evidencia la incompatibilidad entre una democracia de calidad y la retórica antagonista del populismo. El decisionismo personalista, la conflictividad irreconciliable y la búsqueda de acuerdos generan tensiones con alguno de estos aspectos. En la práctica termina prevaleciendo “la democracia” o “el populismo”, pero no ambos.

Sin embargo, en los casos mencionados, donde la democracia enfrenta estas tensiones ya sea por el decisionismo o la conflictividad con el “ellos”, los gobiernos han logrado resultados visibles alineados con sus agendas. Por ejemplo, la reducción de la inseguridad en El Salvador o la estabilización macroeconómica en Argentina, lo que les permite mantener altos niveles de popularidad.

En este marco, ¿qué prioriza hoy la ciudadanía? ¿Los resultados inmediatos, aunque sean alcanzados a costa de tensiones institucionales, o el fortalecimiento de la calidad democrática en sus países? El dilema está sobre la mesa y seguirá siendo clave en el futuro.

Las consecuencias de las tentativas de golpe de Estado: el caso de Jair Bolsonaro y Pedro Castillo 

El 7 de diciembre de 2022, Pedro Castillo, entonces presidente del Perú, anunció en cadena nacional la disolución inconstitucional del Congreso de la República y la instauración de un gobierno de emergencia nacional con el objetivo de evitar su destitución por el poder legislativo. Este anuncio, unilateral y sin apoyo militar, derivó en su detención y prisión pocas horas después. Pedro Castillo fue destituido por el Congreso y actualmente se encuentra en prisión preventiva, sin que hasta ahora haya recibido una condena definitiva.

Por esos mismos días, en Brasil, tras la derrota electoral en la segunda vuelta frente a Luiz Inácio Lula da Silva, el entonces presidente Jair Bolsonaro mantuvo un prolongado silencio, interpretado como un signo de frustración y negativa a reconocer los resultados. Previamente, Bolsonaro manifestaba la existencia de un fraude electoral, aunque nunca presentó pruebas concretas. Posteriormente, la Policía Federal de Brasil reveló una trama golpista que incluía planes para asesinar al presidente electo y a otras autoridades judiciales.

Aunque los dos casos comparten la tentativa de quiebre del orden constitucional, presentan diferencias significativas. En Perú, Pedro Castillo fue impulsado, de manera precipitada y errónea, por sus colaboradores más cercanos, quienes lo convencieron de que enfrentaba una destitución inminente por parte del Congreso. La oposición parlamentaria intentaba, por tercera vez, destituirlo; en las mociones previas apenas habían obtenido 46 y 55 votos, respectivamente, muy por debajo de los 87 votos necesarios. La probabilidad de alcanzar la mayoría requerida para la tercera moción era baja, ya que el gobierno controlaba al menos 30 votos que podían bloquear la iniciativa opositora.

En Brasil, Jair Bolsonaro implementaba una estrategia planificada con antelación: sembrar dudas sobre la seguridad del sistema de votación electrónica, argumentando que era vulnerable a fraudes y que no garantizaba un proceso electoral limpio. A pesar de la validación y la eficiencia comprobada del sistema por parte de los órganos electorales, Bolsonaro no presentó evidencia para sustentar sus afirmaciones. Por el contrario, incitó a sus seguidores a desconocer los resultados. Esta narrativa preparó el terreno para justificar un golpe de Estado en caso de no ser reelegido. El 8 de enero de 2023 movilizó a sus partidarios, lo que resultó en la destrucción de las principales sedes del poder público en la llamada Plaza de los Tres Poderes. En medio del caos “espontáneo”, Bolsonaro podría haber buscado justificar una intervención inconstitucional.

En el caso peruano, Pedro Castillo fue expulsado del poder de manera inmediata, detenido y sometido a un proceso judicial. Bolsonaro, que ya había finalizado su mandato, perdió sus prerrogativas presidenciales pero no ha sido arrestado, aunque enfrenta múltiples investigaciones. Mientras la condena a Pedro Castillo fue casi unánime en Perú, en Brasil muchos actores políticos relevantes, incluido el presidente del Congreso, han preferido guardar silencio y no condenar explícitamente la iniciativa golpista de Bolsonaro.

Las acusaciones en ambos casos son similares. Pedro Castillo enfrenta cargos de rebelión, por intentar alterar el orden constitucional, conspiración, y abuso de autoridad. En cuanto a Jair Bolsonaro, las acusaciones incluyen abolición violenta del Estado de derecho, golpe de Estado, y participación en una organización criminal, además de otras acusaciones relacionadas con corrupción.

En el proceso contra Pedro Castillo se considera que, aunque sus órdenes represivas fueron ignoradas y no logró concretar el autogolpe, hay evidencias claras de su tentativa de quebrar el orden constitucional. Su acción no fue una mera cogitación, sino una ejecución concreta, como lo demuestra su declaración pública de disolución del Congreso. Aunque haya actuado de manera precipitada o inducido al error, debería asumir algún tipo de responsabilidad penal.

En el caso de Jair Bolsonaro, el debate jurídico será más largo. Se busca determinar su grado de responsabilidad en la trama golpista descrita en un informe de más de 800 páginas elaborado por la Policía Federal, que documenta su participación mediante intermediarios, tanto en la formulación del plan como en la ejecución de acciones criminales. Un aspecto central del debate será si su comportamiento trasciende la mera intención de dar un golpe de Estado, llegando a la operacionalización de este.

La teoría del dominio del hecho, una figura del derecho penal, podría aplicarse en el caso de Bolsonaro. Esta permite responsabilizar a quien tiene poder decisivo sobre un acto delictivo, incluso si no ejecuta directamente las acciones materiales del delito, como ocurre en casos donde los líderes actúan a través de subordinados.