¿Hay salida a la crisis política en el Perú?

Cuando la vicepresidenta de Perú, Dina Boluarte, asumió la Presidencia para sustituir a Pedro Castillo, se esperaba que vinieran meses de tranquilidad e incluso el Congreso aprobó una ley que reducía su mandato mediante el adelanto de elecciones para abril de 2024. Sin embargo, a los pocos días, en casi todo el país hubo movilizaciones que inundaron las calles para protestar por las medidas que fueron consideradas como insuficientes.

De momento, las protestas han acarreado al menos 46 ciudadanos muertos en manos de las fuerzas del orden, cuando, no obstante, ejercían su derecho a manifestarse y a exigir el cierre del Congreso de la república, la convocatoria a una Asamblea Constituyente y la renuncia de Boluarte. Hasta el día de hoy, la violencia no ha contribuido, en absoluto, a apaciguar el ambiente político.

Por otro lado, los grupos de extrema derecha que dominan el Congreso de la república y que se han autodeclarado “victoriosos” por la salida de Pedro Castillo procuran allanar el camino —a cualquier costo— para garantizar su victoria en la próxima contienda electoral que ha sido convocada para abril de 2024.

La indignación, sin embargo, se amplifica, debido a que grupos de congresistas comenzaron a buscar la forma de legalizar su reelección. Si bien es cierto que esta propuesta no deja de ser válida en un ambiente de normalidad, en la actualidad, alterar las reglas del juego electoral para beneficio propio es una provocación.

Estos grupos, además, han presentado un proyecto de ley que pretende disminuir y sustituir el mandato de las actuales autoridades electorales. Aunque en la última contienda electoral, estas actuaron de forma imparcial y transparente, dichos congresistas dicen que favorecieron la elección de Castillo.

A su vez, estos grupos de ultraderecha pretenden inhabilitar a potenciales candidatos para la siguiente elección, pero partiendo de la modalidad de denuncias constitucionales, como es el caso de los expresidentes Martín Vizcarra y Francisco Sagasti. Dichas denuncias fueron presentadas y, posteriormente, pueden ser aprobadas por estos grupos.

Si el Congreso consideraba que tenía el control de la agenda política para abril de 2024, los movimientos sociales, básicamente regionales (más organizados en el sur del país), quieren cambiar una posición de retroceso por el vacío de poder que dejó Castillo y la derrota política del partido Perú Libre, principal organización que sustentaba al expresidente.

Para contener a estos movimientos y como consecuencia de la violencia, los sectores de derecha aspiran a imponer una agenda que ignora las legítimas aspiraciones de quienes se manifiestan en las calles (mientras tanto, los movimientos vienen tomando musculatura y pueden hacer caer a la propia presidenta Boluarte).

La intolerancia y el racismo contra las regiones de quienes dominan el Congreso los ha llevado a acusar a los manifestantes de “terroristas”. De esta manera, justifican abiertamente, y sin ningún pudor, la eliminación física de las víctimas y sobredimensionan selectivamente la radicalidad de algunos de los manifestantes para, así, enfrentarlos a todos con mayor violencia.

Por su parte, la presidenta, que integraba el grupo de Pedro Castillo y de Vladimir Cerrón (jefe de Perú Libre), tenía la opción de convertir su posición de debilidad (sin apoyo en el Congreso) en una de fortaleza. Podría haberle impuesto condiciones al Congreso cuando asumió o podría haber fomentado una agenda amplia sobre el debate de llamar —o no— a una Asamblea Constituyente que pudiera decidirse en abril de 2024. No obstante, optó por un camino diferente.

La presidenta prefirió asegurar su permanencia en el poder, pero sin capacidad ni influencia, y asumió el discurso y las acciones de los grupos de extrema derecha. Hoy Boluarte asume el pasivo de los trágicos episodios en los que en un primer caso murieron 28 personas en diferentes regiones del país, luego otras 17 en la ciudad de Juliaca y una en Cusco. A pesar de la desmedida violencia, esta no ha contribuido a apaciguar la indignación de los ciudadanos.

La actitud antidemocrática e intransigente de los sectores de la derecha no contempla ni siquiera el debate sobre la necesidad de elaborar —o no— una nueva Constitución, y mucho menos permitir que los peruanos decidan la continuidad —o no— de esta en un referéndum. Estos se resisten a cambios sustanciales en el propio diseño institucional que da inestabilidad y conflicto, y continúan imponiendo criterios de legalidad sobre los de legitimidad, dado que esta no refleja los resultados de un pacto social. Recordemos que la Constitución de 1993, además de impuesta, fue aprobada por medio de un referéndum marcado por el fraude.

Independientemente de la evaluación del gobierno de Castillo y de la cuestionable tentativa de ruptura del orden constitucional, su prisión preventiva podría ser levantada como forma de amnistía, ya que la tentativa no tuvo consecuencias objetivas, y su libertad no implicaría riesgos a la sociedad, lo que permitiría, a su vez, su asilo en México. Esta salida contribuiría a atenuar las tensiones por la frustración de sus electores que fueron testigos de las permanentes acciones de inviabilizar su gobierno.

El camino de retorno a la normalidad está lleno de dificultades. De hecho, para el primer ministro Alberto Otárola, quien recientemente recibió la confianza del Congreso, era más importante proteger a la capital de lo que era el contagio de las protestas (para ello, relegó las demandas regionales) que fomentar la unidad y el diálogo, que era lo que se esperaba. Partiendo de su sintonía con el Congreso, Otárola se ha convertido en el primer ministro con mayor aprobación entre los parlamentarios, a pesar de ser el responsable político de las masacres en el país.

La violación de los derechos humanos que ha padecido el país durante los últimos días debería invitar a todos los actores políticos a una mayor ponderación. Discutir un nuevo pacto político y social es, sin duda, el camino para fortalecer a la sociedad peruana y su democracia. Evitarlo, hará que el Perú sea un país invisible.

La mentira organizada y las claves del golpismo bolsonarista

Tal como pasó con el fallido golpismo trumpista del 6 de enero de 2021, en Brasil las mentiras manufacturadas desde arriba fueron increíblemente tomadas como ciertas, y motivaron acciones desde abajo. Para líderes como Jair Bolsonaro o Donald Trump, la política forma parte de aquello que la filósofa Hannah Arendt llamó la “mentira organizada”. En este contexto, los políticos utilizan “la falsedad deliberada como arma contra la verdad”. En este mundo revisionista las visiones más irracionales, mesiánicas y paranoicas son falsamente presentadas como historia y presente, y motivan a las acciones más extremistas como el fallido y patético golpe de Estado del 8 de enero de 2023. 

Los ataques contra el pasado institucional y las continuas mentiras sobre ellos constituyen el modelo de un futuro antidemocrático, pero también una guía de terrorismo para el presente. Estas mentiras no son directrices concretas, sino mandatos y premisas ideológicas que fomentan la acción antidemocrática.

La violenta ocupación de los edificios de los tres poderes del Estado, en Brasil, el pasado 8 de enero, nos deja al menos cinco primeras lecciones históricas para entender la morfología de la mentira armada que motivó las acciones golpistas.

Empecemos por una primera lección: la del vocabulario apropiado para entender lo que pasó. Usemos las palabras correctas: intento de golpe de Estado, atentado contra la democracia, terrorismo, grupos fascistas, objetivo fascista de destruir la democracia. Ante estos acontecimientos, es necesario hacer pagar, con toda la fuerza de la ley, a sus responsables prácticos e ideológicos.

Palabras y conceptos erróneos: protestas, manifestantes y la idea de dos campos extremistas en lucha. Esta última versión de la idea de pensar siempre que todo asunto político tiene dos posturas legítimas lleva a restar gravedad a los acontecimientos. En concreto, Brasil vivió un ataque contra la democracia por parte de sectores bolsonaristas que no reconocen su funcionamiento. Por lo tanto, en Brasil se sigue dando, por un lado, un conflicto entre sectores carentes de legitimidad, debido a sus posturas antidemocráticas y, por el otro, un arco político democrático (de izquierda, centro y derecha) que incluye, y que en cierta medida lidera, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Por otra parte, para entender lo que pasó no debemos olvidar una clave central de la historia del fascismo: su represión legal se vuelve necesaria cuando intenta destruir la democracia. Esta es la segunda lección. Sus actos criminales de terrorismo contra instituciones democráticas deben ser detenidos con plena fuerza legal antes de que sea demasiado tarde. Esto es lo que debería haber sucedido desde el momento en el que estos sectores extremistas, la vanguardia fascista del populismo bolsonarista, se amontonaron en Brasilia para reclamar algo constitucionalmente irreclamable: desconocer los resultados de las elecciones y reponer por aclamación dictatorial al presidente saliente.

Otra lección clave de la historia del fascismo y también del golpe trumpista del 6 de enero es que la responsabilidad de los líderes no puede ser ignorada o minimizada. La responsabilidad ideológica de Bolsonaro es clara, así como también lo fue la de Donald Trump, o la de Benito Mussolini por haber sido el instigador ideológico del asesinato del principal líder de la oposición en 1924. El diputado socialista Giacomo Matteotti fue asesinado luego de haber denunciado la ilegalidad y la violencia fascista por una banda de esbirros que tenía probados vínculos con el gobierno de Mussolini.

El dictador reconoció su “responsabilidad política, moral e histórica”, pero siguió gobernando como si nada hubiera pasado. A pesar de una minicrisis y un amplio rechazo que, eventualmente se vieron como pasajeros, el hecho de que Mussolini no pagara precio alguno por sus acciones allanó el camino del fascismo hacia una dictadura hecha y derecha. O por decirlo de otro modo, el totalitarismo fascista se afianzó completamente cuando sus crímenes no tuvieron consecuencias.

Una cuarta lección se relaciona con la deformación del pasado y el presente. Al igual que Mussolini, Bolsonaro, cuyas mentiras sobre la epidemia y las vacunas contra la COVID-19 ayudó a normalizar, e incluso a impulsar la muerte y la enfermedad en su país, ha hecho de la propaganda y el mito la forma predominante de política.  

Y, actualmente, el mismo mecanismo está siendo utilizado para deformar la realidad de los últimos acontecimientos. Ya se habla de “infiltrados” o de responsabilidades similares de la izquierda, y estas mentiras descaradas son articuladas por Steve Bannon en Estados Unidos y por otros líderes populistas de ultraderecha como el argentino Javier Milei. Milei no ha denunciado el golpe de Estado como tal y se basa en una declaración del Foro Madrid que, de forma amorfa, “condena de la manera más categórica la violencia ejercida por quienes asaltaron el Palacio de Planalto”, pero sobre todo denuncia a los que denunciaron la violencia, enfatizando, a su vez, la “doble moral” de la izquierda y el progresismo.

Esta entidad es una iniciativa de la fundación Disenso, presidida por el líder posfascista Santiago Abascal, de Vox, y cuya “Carta de Madrid” fue firmada en 2020 por Milei, Eduardo Bolsonaro, Giorgia Meloni (primera ministra de Italia) y el fallido candidato a la Presidencia de Chile y admirador del dictador Augusto Pinochet, José Antonio Kast.

Es notable cómo estos personajes insisten en sus fantasías y mentiras. Al igual que sus ídolos Trump y Bolsonaro, estos políticos populistas de extrema derecha mienten constantemente sobre democracias y dictaduras, y representan de diferentes formas algunos peligros para la democracia.

Una última y quinta lección es cómo este tipo de mentiras generan eventos cuya proyección es global. De la misma manera que la dictadura de Mussolini en la década de 1920 influenció el camino de Hitler en la década siguiente, el golpismo trumpista marcó al bolsonarismo. De hecho, al día siguiente de la toma del Capitolio, Bolsonaro amenazó con que Brasil iba “a tener un problema peor” si no cambiaba sus sistemas electorales, es decir, si perdía las elecciones.

Ahora, tras negar toda participación en la toma de los tres poderes, Bolsonaro posteó en su cuenta de Facebook un texto que decía que Lula no fue electo por el pueblo sino por los tribunales de justicia. Si Bolsonaro no es responsabilizado por su continua instigación al crimen contra la democracia, se verán nuevamente otras acciones similares.Esta forma de operar la mentira para reemplazar la realidad motivó a los trumpistas a la toma del Congreso y sigue motivando las fantasías conspirativas del extremismo norteamericano. La similitud entre ambas acciones y facciones es producto de influencias ideológicas mutuas. En ambos casos, el fascismo está a la vuelta de la esquina.


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Los principales desafíos para México en este 2023

Este no será un año fácil para México, tomando en cuenta la compleja situación internacional y la dinámica política para que el partido del presidente Andrés Manuel López Obrador alcance un consenso a fin de elegir al candidato a sucederlo. El mundo está inquieto con la ola de malas noticias que van desde la guerra en Ucrania hasta el aumento inflacionario global; desde la crisis energética hasta la descomposición de los sistemas de seguridad mundial; desde la confrontación comercial entre el mundo occidental y China hasta las presiones en la cadena de suministros; desde el deterioro de la democracia hasta el surgimiento del populismo; y desde la protesta social hasta el debilitamiento de los sistemas electorales. No son pocos los desafíos para México, y a esto se suma un invierno duro y mortal.

En este marco, y por si fuera poco, los líderes políticos, que se deben sentar a conversar y acordar estrategias de estabilización, deben enfrentar las dinámicas internas en una sociedad llamada a votar en las “elecciones concurrentes más grandes y complejas” de la historia nacional que se celebrarán en el verano de 2024. Estos serán sus principales desafíos.

La pandemia. Aunque los efectos de la sexta ola no se han convertido en un problema grave de salud pública y la reedición de ciertas medidas de control social, como el confinamiento o la sana distancia no se han planteado, la pandemia de la COVID-19 está presente como una amenaza mundial por el comportamiento del virus entre la población china. Es cuestión de tiempo para saber cuál será su impacto en México. Mientras eso sucede, las estadísticas nacionales muestran un alza de contagios en las últimas semanas y, tal como ocurrió en años pasados, las fiestas de fin de año han fomentando la multiplicación de casos.

La inflación. El proceso inflacionario se encuentra en marcha en el mundo, y en México rondó el 8% en 2022. Sin embargo, eso no es lo que reflejan los precios del mercado al menudeo, incluso de los productos que provienen del campo o de los mares mexicanos. A pesar de esto, el presidente López Obrador ha pretendido exorcizar el incremento, señalando “que no habrá cuesta de enero”, como si el comportamiento de la economía local se decidiera en el Palacio Nacional y no fuera parte de la dinámica internacional.

La violencia del crimen organizado. Aun cuando la seguridad pública se halla en manos de militares, las cifras siguen siendo muy altas. En el periodo de entre 2018 y septiembre de 2022 hubo 112.250 homicidios, nos dicen, y en esta ecuación, los fallecidos en 2022 representan una reducción del 10,3% respecto de 2021. Pero hay un dato alarmante: el número de personas desaparecidas y no localizadas en este periodo supera los 30.000. Solo en 2022 se calcula que fueron casi 11.000 y, si lo cruzamos con el bajo número de personas localizadas, podríamos colegir que la mayoría de ellos están enterrados en fosas clandestinas.  

La crisis energética. El aumento de los precios de los combustibles es, sin duda, un elemento inflacionario de primer orden. El problema es que los precios de los combustibles son internacionales, salvo cuando se les subsidia, lo que significa una reasignación del gasto público. O sea, algún sector económico o social pierde con el paso de dinero de una canasta a otra. Esta variable estará presente en 2023, tomando en cuenta las elecciones presidenciales de 2024 que vienen, por razones políticas, acompañadas de una relativa normalización de la economía. No obstante, el presupuesto de la federación comprende, para 2023, un aumento en el precio de las gasolinas y sus derivados.

La selección del candidato presidencial oficialista. La sucesión presidencial con su parafernalia de campañas anticipadas estará presente a lo largo de este año. 2022 cerró con una fuerte campaña de desprestigio contra el Instituto Nacional Electoral, una serie de reformas anticonstitucionales para restarle competencias, estructura y presupuesto, y con los aspirantes oficialistas saltándose las reglas del juego. La construcción democrática de cuatro décadas está en entredicho.

Las elecciones locales de 2022 en el Estado de México y Coahuila serán un laboratorio de lo que habrá de suceder en 2024. Existe el antecedente de las elecciones de 2021 cuando el crimen organizado intervino apoyando y quitando candidatos en varios estados. Esto repercutió en la representación política favorable al partido Morena en 22 de los 32 estados de la federación, mientras la oposición dividida no termina de presentarse como alternativa confiable de gobierno.

Los proyectos insignia del Gobierno obradorista. El llamado gobierno de la Cuarta Transformación tiene tres grandes proyectos que han sido motivo de controversias constitucionales y mediáticas por el impacto económico y ambiental: el Aeropuerto Santa Lucía de la Ciudad de México, la refinería Dos Bocas en Tabasco y el Tren Maya en la región sureste.

Después de haberse interrumpido la construcción del aeropuerto que estaba en proceso en Texcoco, lo cual representó y representa pérdidas multimillonarias para las finanzas públicas, fue inaugurado el verano pasado el aeropuerto que fue impulsado por el presidente. Esta obra, sin embargo, está prácticamente en desuso y el mandatario López Obrador busca, a última hora, proyectarla con el aterrizaje de los aviones que traigan a Joe Biden y a Justin Tradeau cuando lleguen a la Cumbre de América del Norte.

Del mismo modo se encuentra la refinería que va contra la lógica del futuro del mercado mundial de energía que apuesta por energías limpias. Si bien fue inaugurada, hasta finales de 2022 no había producido un litro de gasolina, aunque, antes de cerrar el año el presidente anunció que en 2023 estaría produciendo 170.000 barriles diarios y que, de esa forma, el país avanzaría en la llamada soberanía energética.

A su vez, están las obras de construcción de las vías férreas en la selva del sureste mexicano, que han sido motivo de cuestionamiento de grupos ecologistas por los daños que causan al hábitat de especies diversas. De hecho, el Ejército Zapatista de Liberación Nacional se ha pronunciado en contra de la obra y amenaza con combatirla.

Finalmente, la polarización política hace más difícil la construcción de acuerdos para mantener políticas públicas a largo plazo, lo que significa un ingrediente de inestabilidad permanente en un escenario complicado para la gobernabilidad.

Messi, la (des)territorialización del festejo y las redes sociales

Después del cuarto penal, ejecutado por Montiel en la final del mundial masculino de fútbol– catalogado por muchos como la mejor final de la historia de los mundiales- vimos a Lionel Messi arrodillarse en la mitad del campo y festejar con varios de sus compañeros.

De Messi se ha escrito y dicho todo, o casi todo. También se han realizado una infinidad de reportajes, documentales y series que cuentan los detalles de su vida dentro y fuera de la cancha. Uno de los temas más recurrentes cuando se cuenta su historia es el diagnóstico médico de deficiencia de la hormona de crecimiento detectado a los ocho años. La imposibilidad de cubrir dicho tratamiento fue el motivo central que le llevó a migrar junto con su padre a Barcelona. Un año después, miles de argentinos también migrarían como efecto de la crisis económica y política que vivía el país.

Desde los 13 años reside en España, país que también le otorgó la nacionalidad, pero siempre se negó a jugar para dicha selección. Debutó como futbolista profesional a los 17 años, después de hacer su formación en la Academia Juvenil del Barcelona y desde entonces ha ganado, al menos una vez, todos los torneos que ha disputado. Esto le ha colocado en la cima de los mejores jugadores del mundo junto a Maradona y Pelé.

Si bien históricamente ganar el campeonato del mundo ha provocado emotivos festejos, las imágenes que empezaron a circular desde Buenos Aires al arribo de la selección impresionaron por su magnitud y emotividad. En varios medios se habló de 5 millones de personas de todas las clases sociales que salieron a festejar a la capital, sin sumar a las multitudes que tomaron las calles en el resto de las provincias. La llegada de Messi, la copa y la “Scaloneta” fue una fiesta, un carnaval masivo y popular, con feriado oficial incluido. Pero también hubo una sobredosis de nacionalismo banal o patriotismo sin la presencia de ningún político. Fue una suerte de despolitización del triunfo por pedido de los propios jugadores que no se tomaron ni una foto con Mauricio Macri (que estuvo en Qatar) ni con Alberto Fernández (que esperaba en la Casa Rosada).

La movilización de los argentinos fue una de las más masivas de la historia. Sin embargo, por primera vez se observó que los festejos traspasaron las fronteras patrias (obviamente sin contar con los migrantes argentinos) y se desterritorializó hacia diferentes regiones: no solo en Latinoamérica (donde muchas personas siempre se identifican con los equipos que representan a eso que denominamos Patria Grande), sino también en Europa y Asia. Sobresalieron los festejos en Bangladesh, cuyos habitantes también se identifican con la selección argentina desde la época de Maradona, que, en el mundial de 1986, venció a la selección de Inglaterra que en el pasado les había conquistado.

Al inicio de este siglo algunos autores como Sergio Villena señalaban que los procesos de globalización promueven una reconfiguración de las relaciones entre identidades y territorialidades que se manifiestan en la conformación de nuevas identidades sub, trans y supraestatales. El Barcelona de Messi es un ejemplo de lo que plantea el autor al ser un club manejado como una empresa transnacional que usa la imagen de los deportistas de élite para impulsar sus ventas.

Todo esto ha hecho del fútbol un espectáculo y una mercancía transnacional y global que ha permitido que una buena parte del planeta consuma el producto llamado Messi, más aún en el contexto en los mundiales de selecciones.

Las finales de la copa del mundo constituyen uno de los eventos deportivos más vistos a nivel mundial. Pero a diferencia del pasado donde la TV, cada vez más en su modalidad ‘pague por ver’, y concretamente los periodistas deportivos eran los encargados de relatar el fútbol (teniendo en muchos casos narraciones nacionales), ahora no solo se verbaliza, sino que se viraliza el fútbol gracias al papel de las redes sociales. Esto provocó que la final entre Argentina y Francia alcanzara récord de búsquedas en Google.

La centralidad del 10 no solo fue clave para obtener el campeonato del mundo al convertir 7 goles y hacer tres pases gol, sino para que se produzca una suerte de argentinización a nivel global o para ser más específicos una ‘Messificación’. No se puede entender este proceso sin el auge de las redes sociales, que han acompañado al astro a lo largo de su carrera. En efecto, el mismo año que Messi debutó (en el 2004), Mark Zuckerberg lanzó Facebook y de ahí en adelante han surgido otras redes como YouTube, Twitter, Instagram y Tiktok.

A través de las redes hemos podido ver sus 793 goles y sus 41 títulos. Leo solo en Instagram tiene 410 millones de seguidores y la publicación de sus fotos después de ganar la copa batió el record de más ‘me gusta’ de la historia de esta red social, llegando a más de 73 millones. Messi está además en el top 5 con más seguidores y registra unos ingresos medios por post de 1,17 millones de dólares.

Un dato no menor es que Messi, fuera de las canchas, ha sido un chico (no un pibe) políticamente correcto. A diferencia de Maradona, Messi proyecta la imagen de una persona sencilla a la que todos empujamos para que levante la copa del mundo con Argentina antes de terminar su carrera.

Tan políticamente correcto ha sido Messi a lo largo de su carrera que “ha evitado minuciosamente cualquier tipo de afirmación política”. Esto también ha servido para su aceptación como mercancía transnacional global. La única frase contraria a lo señalado es la que formuló recientemente al finalizar el partido contra Países Bajos en cuartos de final: “Qué mirá’ bobo. Andá pa’ allá”.

Sin embargo, hay que decirlo claro: muchas de las críticas venían de su propio país más que del exterior. Como señala Pablo Alabarces, a Messi lo indultaron recién en el 2021, pero antes lo acusaban de ser pecho frío y de jugar sólo por dinero, reprochándole todas y cada una de las derrotas de la selección.

Pero como esto es solo fútbol, y Lio logró en los últimos dos años tres copas con la selección Argentina, para todas y todos aquellos que amamos el buen fútbol y que nos identificamos con Argentina, o con Messi o con la Scaloneta, el 18 de diciembre celebramos, aquí, allá o acullá…


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Brasilia, un calco de Washington

La invasión y destrucción de las sedes institucionales de los tres poderes del Estado brasileño, que residen en la capital Brasilia, es la reproducción de lo sucedido en Washington dos años atrás. Se trata de una estrategia común entre sectores de extrema derecha de diferentes partes del mundo que busca, por cualquier medio, deslegitimar la democracia, sus instituciones, y desestabilizar Gobiernos electos democráticamente.

Hacia el mediodía del domingo, cuando la capital aún no había retornado a la rutina tras las vacaciones, una turba de manifestantes pro-Bolsonaro ingresaron a las instalaciones públicas. Al igual que lo sucedido en Washington, los violentos manifestantes de ultraderecha tuvieron tiempo suficiente para destruir los símbolos de la democracia brasileña antes de que fueran desalojados por la policía.

La complacencia de las fuerzas policiales de la capital frente al ensañamiento de una multitud vandalizando el patrimonio público evidencia una cadena de decisiones displicentes que exponen no solo la incompetencia del alto comando de la policía, sino también su connivencia, la misma que linda con la prevaricación y complicidad, mientras que, por el lado de los manifestantes, su encuadramiento queda claramente sujeto a la ley de antiterrorismo en Brasil.

Por otro lado, quizás el mayor peligro para la democracia y el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva se encuentre en la relación de sometimiento de las Fuerzas Armadas a la figura de Jair Bolsonaro, un fisiologismo inédito en el que se dieron privilegios y en el que miles de cargos de la Administración pública fueron entregados a los militares; incluso, hubo algunos que ganaron sueldos estratosféricos.

Así, de los gestos de amenaza en círculos privados, como la de no prestar continencia al jefe de Estado, también se puede creer que dentro de las Fuerzas Armadas se puedan esconder y activar elementos que podrían actuar deliberadamente y de forma paralela al Estado de derecho. Esto, con el objetivo de fomentar enfrentamientos no convencionales, a fin de herir políticamente al gobierno de Lula.

A esta peligrosa articulación se suman las milicias paramilitares que vienen actuando desde hace una década en algunas ciudades de Brasil y que se han desarrollado incluso bajo el reconocimiento público de Jair Bolsonaro. Esta actitud del expresidente, quien ahora está en Miami, permitió armar a sectores de extrema derecha bajo la fiscalización deficiente de las Fuerzas Armadas y que bien podrían actuar en cuanto a un aumento de la violencia.

La responsabilidad política del expresidente Bolsonaro tiene que ver con el no reconocimiento de su derrota en las elecciones del 30 de octubre de 2022. Desde entonces y hasta la toma de mando de Lula da Silva, Bolsonaro entró literalmente en un estado catatónico, sin capacidad de reacción ni de digerir la derrota —que no contemplaba—; en los dos únicos eventos públicos de los que participó lloró impotentemente ante la desbandada de sus antiguos aliados.

La ola de frustración de sus seguidores tras la derrota fue proporcional a la violencia que, por medio de la intimidación y persecución, incluyendo varios asesinatos por motivos políticos, se asentaron cotidianamente en los simpatizantes y militantes de Lula da Silva durante la campaña electoral. Los espacios públicos ocupados por bolsonaristas crearon un ambiente artificial de victoria frente al silencio de un elector contrario que evitaba manifestarse públicamente para enfrentar cualquier represalia.

Tras la derrota y la interpretación del silencio de Bolsonaro como una señal a actuar, millares de bolsonaristas ocuparon los frentes de los cuarteles militares en algunas ciudades de Brasil para exigir un golpe de Estado. Desde rezos bajo lluvias torrenciales hasta marchas en zigzag, los fanáticos, embriagados de un pseudopatriotismo y estimulados por el himno nacional, exigían derrocar al Gobierno. Brasil fue testigo de las imágenes más surrealistas y absurdas de la historia de la república y quizás de América Latina.

Durante esas semanas y antes de que Lula asumiera la Presidencia, en los campamentos bolsonaristas montados frente a los cuarteles comenzaban a tejerse planes violentos como el impedimento de la toma de mando del presidente el 1 de enero. En ese marco, Bolsonaro abandonó el país dos días antes de la asunción, y al no entregar la faja presidencial, avaló, en cierta medida, las estrategias de los acampados.

Ante el abandono de poder por parte de Bolsonaro, el presidente del Tribunal Electoral y ministro de la más alta Corte de Justicia (STF), Alexandre de Moraes, uno de los protagonistas en defender la transparencia de la contienda electoral, buscaron acusar criminalmente a los patrocinadores de la organización de actos que conspiraban contra la democracia. Algunos pocos bolsonaristas fueron presos y otros multados. Sin embargo, no fue suficiente.

La asunción de mando de Lula da Silva, en un ambiente de normalidad con relevante simbolismo, dio la sensación de un ambiente político apaciguado, y no se esperaba un episodio semejante al sucedido en el Capitolio de los Estados Unidos luego de la derrota de Donald Trump. Por ello, la depredación y la tentativa de destrucción de las sedes de los tres poderes por bolsonaristas han impactado no solo a los brasileños, sino también a gran parte de la comunidad internacional.

Frente a este escenario desolador, no alcanza con la intervención del Gobierno federal en el ámbito de la seguridad pública de Brasilia o con apartar del poder al gobernador del Distrito Federal para afirmar la democracia. De hecho, este puede ser apenas un episodio de un conjunto de eventos que pueden seguir presentes. Por ello, es necesario aplicar la ley y evitar la impunidad para pacificar finalmente el país.

Brasil continúa dividido

Tras su apretada victoria electoral, la más ajustada de la historia de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, consciente de ese empate, declaró que su principal tarea consistiría en reunificar el país. Un indicador de esa perspectiva iba a ser la forma en que tuviera lugar su toma de posesión el primero de enero de 2023. Han pasado días desde ese hecho y el balance no resulta muy satisfactorio.

Un primer signo negativo ha consistido en la confirmación de que el presidente entrante no recibiría la banda presidencial del mandatario saliente. Cuarenta y ocho horas antes, el todavía presidente Jair Bolsonaro abordaba un avión de la Fuerza Aérea con dirección a Florida, para tomar un descanso de varias semanas. En Brasil, así como en la mayoría de los países de la región, la recepción de la banda de manos del presidente anterior es un signo de la transición pacífica de poderes.

De hecho, así ha sido desde la recuperación de la democracia en el gigante sudamericano. Únicamente fue el último presidente militar, João Figueiredo, quien no quiso cumplir con ese protocolo al ser derrotado por una candidatura civil en 1985 (frente a José Sarney, quien sustituyó al presidente electo, Tancredo Neves, fallecido antes de su toma de posesión).

Después de su llegada a Florida, Bolsonaro se alojó en la casa que alquila en Orlando y no quiso emitir declaración alguna sobre la toma de posesión. El sábado 31 de diciembre salió a caminar en la mañana, encontrándose con grupos de seguidores, y llegó a almorzar en un local de pollo frito de la cadena KFC. Su círculo próximo se encargó de difundir esas actividades por las redes sociales. No se sabe con precisión cuánto tiempo estará aún el presidente saliente en suelo estadounidense ni cuál será su agenda hasta que el último día de enero concluya el traspaso de poderes en Brasilia.

Mientras tanto, el presidente electo Lula da Silva enfrentaba una agitada agenda en su toma de posesión. Contrariamente a lo pronosticado por el bolsonarismo radical, dispuesto a evitar el acto por la fuerza, Lula ascendió por la rampa del Palacio de Planalto para ajustarse la banda presidencial. Existía cierta expectativa entre invitados y observadores respecto del tono y el contenido de su discurso de toma de posesión. Y Lula no defraudó a los suyos: arremetió contra Jair Bolsonaro y su obra de gobierno, tildando su mandato presidencial de tiempo de “barbarie”, destrucción y lapidación de los fondos públicos. Tampoco escatimó con la velada amenaza de llevar a Bolsonaro a los tribunales por su actuación durante la pandemia de la COVID-19.

Independientemente del fondo de sus afirmaciones, lo cierto es que, tal como han subrayado diferentes observadores, no es precisamente un discurso que pueda servir para tender puentes con el bolsonarismo, un movimiento político y cultural que incluye a millones de personas. Tampoco lo es para negociar con la mayoría del Congreso, porque predomina el partido del presidente saliente.

Han surgido especulaciones para explicar el tono y los contenidos del duro discurso de Lula. Podría interpretarse que era inevitable hacerlo, como peaje ante sus partidarios y electores, para moderar luego su lenguaje. También puede entenderse que el objetivo fuera que el comando político de Lula tenga la certeza de que Bolsonaro tendrá que enfrentar cargos ante la justicia, que podrían convertirlo en un cadáver político.

Pero existe el temor de que el sector duro del PT haya elegido la vía de la confrontación para derrotar al bolsonarismo. Sea como fuere, todo indica que las semanas que restan hasta concluir enero pondrán en evidencia si la división radical que hoy muestra la sociedad brasileña tiende a disminuir o a aumentar.

Por otra parte, existen algunos hechos que alimentan la crítica de la oposición. Pese a las afirmaciones del nuevo ministro de Hacienda, Fernando Haddad (excandidato presidencial del PT en 2018), de que el Gobierno se ajustará a la responsabilidad fiscal, lo cierto es que Lula ha evitado aclarar de dónde obtendrá los recursos para un programa que se considera expansionista. Y pasar de un Ejecutivo con 26 ministerios a otro con 37 no parece un signo muy claro de contención.

Lula justifica esta ampliación como necesaria a fin de procurar la participación de los grupos de la amplia alianza que permitió la victoria electoral, pero el mercado ya ha emitido un primer desacuerdo mediante una caída del 3% en la Bolsa.

Nadie duda de que Brasil tenía una situación radicalmente distinta cuando el presidente electo formó su primer gobierno el primero de enero de 2003, pues en aquel entonces comenzaba el boom económico latinoamericano. Ahora, sin embargo, las previsiones indican un estancamiento e incluso una recesión en la economía global. Por otra parte, en aquel momento, Lula logró un corrimiento del electorado hacia sus posiciones progresistas (ganó con el 62%), mientras que en esta oportunidad la división política se mantuvo.

Pero precisamente porque el mandato que se inicia se avizora cuesta arriba, la reducción de esa división del país resulta crucial. Los primeros signos visibles de esta andadura muestran que, desafortunadamente, esa meta prometida por Lula es poco menos que inalcanzable.

La mirada de Polanyi en tiempos del Antropoceno

La actividad humana ha marcado el inicio de una nueva era geológica: el Antropoceno. Aunque su comienzo se asocia habitualmente al proceso de industrialización, es a mediados del siglo pasado cuando empieza su gran aceleración.

En la reconocida publicación The trajectory of the Anthropocene: The Great Acceleration, de 2015, se rastrea el origen de tal periodo a partir de la evolución de una serie de indicadores, como los gases de efecto invernadero, la reducción de la capa de ozono, los cambios en el clima, la erosión de zonas costeras, el ciclo del nitrógeno, la reducción de los bosques tropicales, la degradación de tierras y la integridad de la biósfera, cuya magnitud denota la emergencia que actualmente atravesamos.

Con el arribo del neoliberalismo, el mercado se amplía hacia ámbitos antes vedados, la desregulación avanza, el mundo deviene plano: estamos en los años de la “hiperglobalización”, término acuñado por el renombrado economista de Harvard, Dani Rodrik, para describir un periodo de gran conflictividad social. Andreas Novy (2022) readapta el trilema político de Rodrik, insertando, para ello, la restricción ecológica.

Todos estos autores evocan a Karl Polanyi, uno de los críticos más arteros tanto del liberalismo desenfrenado como del fascismo que surgía entreguerras. Releer a Polanyi en tiempos de emergencia climática implica centrar el análisis en la naturaleza y el lugar que ocupa el mercado en la solución del problema climático o en revertir la pérdida de biodiversidad. También implica repensar el modo de producción, así como la globalización.

Para muestra de la gravedad del problema, podrían detallarse las numerosas especies, animales y plantas que se encuentran en peligro de extinción. También evidenciamos eventos extremos; el calentamiento global impulsa catástrofes ambientales que cada día muestran mayor virulencia. La emergencia climática se superpone a la crisis de la biodiversidad; así, se interrelacionan diferentes tipos de shocks y la manera como se potencian para generar una superposición de crisis (policrisis).

Retomando la relectura que hizo A. Novy de D. Rodrik, para el primero, el trilema de política presenta tres alternativas de organización económico-social: la globalización, que se relaciona con el neoliberalismo, una salida nacionalista que en el contexto latinoamericano vinculamos con el neodesarrollismo, o bien, una transformación socioecológica. Esta última implica, por un lado, un proceso de mayor participación en la toma de decisiones socioeconómicas (democratización). A su vez, se inclina hacia el multilateralismo (gobernabilidad global), aunque destaca la necesidad de cambiar muchas de las instituciones que, debido al neoliberalismo, empoderaron a los inversionistas.

Si consideramos el paquete verde introducido por la Unión Europea, el creciente repudio al Tratado de Energía resulta un cambio institucional relevante. La introducción de una tasa al carbono en frontera (CBAM, por sus siglas en inglés) marca el interés de Bruselas en devenir en soft power “verde”. El proceso de transformación actual puede entenderse como una apuesta por dejar atrás el ordoliberalismo, que bien podría enmarcarse en un intento de recrear un liberalismo, social y ambientalmente embebido.

Otra es la situación en Latinoamérica, cuyos dirigentes niegan las externalidades que genera el patrón de producción. Neoliberales y neodesarrollistas lo consideran un costo que debe asumir la sociedad en pos del progreso. Pocos parecen dispuestos a escuchar las quejas de quienes padecen el avance de la megaminería, la explotación petrolera, la agroindustria, la destrucción de los bosques, la contaminación de las aguas y la desaparición de especies.

Ambos modelos generan “zonas de sacrificio”

Ambos comparten tensiones y crisis, así como también reproducen una economía desembebida que funciona fuera de la sociedad, lo que explica la debilidad democrática que evidencia la región y se asemeja a la realidad que plasmó Polanyi en la Gran Transformación.

Visto desde la perspectiva latinoamericana, el «doble movimiento» que surge en los años noventa imponía el libre mercado, al tiempo que ampliaba los derechos de las comunidades indígenas (a partir del reconocimiento de la resolución 169 de la Organización Internacional del Trabajo [OIT]). En una región con más de 45 millones de personas y más de 800 grupos, el reconocimiento de los derechos indígenas devino en prioridad política. También la llegada de la democracia planteó la necesidad de avanzar con la agenda ambiental y posteriormente comenzaría el reconocimiento de los derechos de la naturaleza. Simultáneamente, no obstante, también se imponía una nueva configuración macroeconómica, la cual permitía a las elites que arbitraran el capital y pusieran sus excedentes en algún paraíso fiscal.

Años más tarde, la entrada de China no hace más que consolidar el modelo de inserción. Pero este no solo exhibe mayor volatilidad económica, sino que también impone fuertes tensiones políticas, y el activismo ambiental se convierte en una actividad de alto riesgo para quienes luchan por preservar el medio ambiente.

Más recientemente observamos la aprobación del Acuerdo de Escazú que, además de consagrar derechos como el acceso a la justicia, el acceso a la información medioambiental y a participar en la toma de decisiones, impone al Estado la obligación de prevenir e investigar este tipo de ataques.

Existe consenso en que reforzar los derechos de los pueblos originarios acrecentaría las perspectivas de cumplimiento, pues son las comunidades originarias las que históricamente han protegido la biodiversidad. Y ello es lo primero que atacan los sectores conservadores, como en Perú, donde luego del conflicto institucional que terminó con la salida de Pedro Castillo del Gobierno, las elites están presionando para despojar de derechos a estas comunidades y reducir las áreas de reserva natural. El proyecto atenta contra los derechos y la vida de pueblos que, hasta la fecha, han vivido aislados. Un avance similar se observó bajo el gobierno de Jair Bolsonaro, quien permitió el avance del extractivismo más salvaje en el Amazonas. La llegada de Lula al Gobierno vendría a cambiar dicha tendencia, en cuyo discurso de asunción destacó: “Nuestra meta es alcanzar la deforestación cero en la Amazonia. No es necesario tumbar ningún árbol ni invadir nuestra biomasa”.

El presente está plagado de tensiones y conflictos, de marchas y contramarchas. Está claro que la gran aceleración no puede continuar por tiempo indefinido, al menos para aquellos que reconocen los límites del planeta y lo cercano que estamos del desastre. La urgencia de la situación debería llevarnos a redefinir el concepto mismo de crecimiento, replantearnos el desinterés de la economía tradicional por la pérdida de la biosfera y la destrucción del medio ambiente.

El salto al vacío de Luis Arce

Luis Arce dio el gran salto al vacío. A mediodía del miércoles 28 de diciembre, fuerzas policiales detuvieron al Gobernador de Santa Cruz, Fernando Camacho y lo llevaron a La Paz para que el fiscal anticorrupción decida su suerte. Con Camacho se amplía la lista de presos acusados judicialmente de ser autores materiales de la salida de Evo Morales del poder en noviembre de 2019, lo que el Movimiento al Socialismo (MAS) ha calificado como golpe de Estado.

Si el gobierno encarceló muchos meses antes a la expresidenta de Bolivia Jeanine Áñez y al ex líder del Comité Civico Potosinista, Marco Pumari,- ambos piezas claves en la crisis política de 2019- era para evitar que fueran un factor de conflicto. Añez ya mostraba números rojos en su respaldo ciudadano antes de ser detenida y Pumari, en octubre de 2020, se había peleado con una multitud de personas en la plaza de Potosí.

Con Camacho la situación era distinta. Había cosechado un buen respaldo en las elecciones presidenciales de 2020 y logrado ganar la gobernación de Santa Cruz un año después. Su detención podía generar una reacción en la tierra cruceña y abrir un frente de tensión en uno de los departamentos más importantes, tanto económica como políticamente del país. Este fue siempre el razonamiento del gobierno: ser duros con unos y prudentes con otro.

¿Qué llevó al gobierno a dar el salto? ¿Qué hizo que dejara el cálculo político para provocar un conflicto de imprevisibles consecuencias? Tiene que ver con la disputa de liderazgo en el MAS. Como se sabe, Morales, al no encontrar en Arce la voluntad para cambiar ministros y tener espacios de poder en el gobierno, empezó a atacar al presidente acusándolo de estar ligado a la derecha del país, con la cual, Arce habría entablado un pacto para no castigar a los “golpistas”.

Claramente Arce, con el apresamiento de Camacho trata de detener esta crítica que podría debilitarlo tanto como fortalecer políticamente a Evo. Además, podría  abrirle una crisis de respaldo, tanto en la Asamblea Legislativa como en las organizaciones sociales del MAS, muchas de las cuales no aprueban que Camacho esté libre. Es una jugada política clave porque, por una parte contenta a los radicales del MAS y, por otra, deja sin discurso a las fuerzas evistas que tendrán que reconocer la “valentía” de Arce frente a Camacho.  Pero es una acción arriesgada y de un alto costo político.

Las emociones como reacción política.

El 22 de octubre del año 2022 Santa Cruz inició una huelga general demandando que el censo de población y vivienda se realice el 2023 y no el 2024 como postulaba el gobierno. Se debe tomar en cuenta que los datos del censo son la base para la distribución de recursos económicos entre departamentos, lo que para una región de fuerte crecimiento poblacional como Santa Cruz es clave para su desarrollo.

Lo inédito de la huelga- aparte de su dilatada duración de 36 días- fue que abrió un espacio para el debate público. Se pusieron en funcionamiento comisiones técnicas donde políticos y expertos en demografía debatieron largamente sobre la fecha del censo. En el proceso, si bien se dieron bloqueos de calles en las ciudades de Santa Cruz y eventualmente enfrentamientos entre vecinos y fuerzas policiales, en general el conflicto terminó sin saldos lamentables.

Hoy, a raíz de la detención de Camacho las cosas son distintas. La respuesta de la población cruceña ha sido de indignación y rabia. El gentío que salió a protestar apenas supo la noticia incendió el edificio de la fiscalía, quemó más de 30 vehículos y la casa de varios funcionarios del gobierno, provocó la suspensión de vuelos en dos aeropuertos y cerró, por algunas horas, las principales carreteras del departamento. La violencia continuó en los días siguientes con enfrentamientos entre civiles y las fuerza policiales en la icónica zona del cristo redentor.

Detrás de estas acciones existe un trasfondo estructural que abona las reacciones emocionales. Una de ellas es la crisis de mediación entre el Estado central y las regiones.  El MAS en el poder, al constatar su debilidad política y electoral a nivel subnacional procedió a anular alcaldes y gobernadores opositores por vía judicial, generando un vacío político que no pudo ser llenado por los las organizaciones sociales afines al MAS. Como resultado, el gobierno no puede dialogar con las regiones porque sus autoridades no tienen representatividad y legitimidad, más aún cuando, en rigor, Bolivia carece de un sistema de partidos, si por ello se entiende partidos institucionalizados que participan de forma continua en varias elecciones.

Esto ha dado lugar a que las regiones se sientan abandonadas, desoídas y despreciadas por el poder gubernamental y justamente este es el sentimiento que emerge en Santa Cruz. Para buena parte de la población cruceña, la detención de Camacho- un personaje controvertido, de línea derechista y conservadora- es un acto abusivo y una muestra más del autoritarismo de Morales. Esta percepción es abonada por el hecho de que la justicia boliviana no es igual de implacable con las autoridades del MAS, las que con mucha frecuencia no son apresados a pesar de las amplias y evidentes muestras de corrupción. Por ejemplo, hasta ahora no se ha detenido al gobernador de Potosí, Jhonny Mamani, pese a que sobre él pesan denuncias de intento de compra de 41 ambulancias con sobreprecio.

Bolivia ha inaugurado el 2023 con una crisis política imprevista. Sería errado pensar que la reacción cruceña solo tiene que ver con el encarcelamiento de Camacho. Es el detonante pero no la causa. Como vimos existen varios factores de tensión como la instrumentalización de la justicia o la ausencia de mediaciones políticas que permanecen irresueltas y son las que, en definitiva, alimentan el malestar y la violencia. Bolivia pasa por un proceso de reconfiguración política que tiene como base la disputa  interna del MAS. Se trata de una lucha por el poder que no ofrece un proyecto político novedoso que no sea el de continuar con el evismo pero sin Evo.

La estrategia diplomática china en América Latina

En los últimos años, la estrategia diplomática china se ha basado en llevar su modelo del desarrollismo modernista y la conectividad total al mundo entero, tanto por hechos contundentes como en la retórica ideacional. Estados Unidos y otros países occidentales se sienten amenazados por los hechos y también por las ideas acompañantes, mientras que en el sur global hay una acogida mayor. Los voceros del Gobierno chino han levantado la voz y a veces han logrado ofender (una costumbre que anteriormente fue privilegio de los imperios occidentales), pero estos diplomáticos con el nuevo apodo de “lobos guerreros” no son los mismos en América Latina, por ejemplo. Me propuse explorar, por consiguiente, ¿quiénes son los mensajeros y por qué se percibe el mismo mensaje de forma tan distinta?

Durante décadas, Washington contaba con la red diplomática más extensa del mundo. Esta situación les facilitaba insertarse en los debates locales y mantener su mensaje en las portadas a través del mundo. Sin embargo, durante la administración del presidente Donald Trump, la extensión de sus misiones permanentes disminuyó, junto al espíritu ganador de sus representantes y su capacidad de influir, y no se han recuperado bajo el mandato del presidente Joe Biden. 

La dinámica de influir en los asuntos globales ha cambiado: según un estudio reciente, ahora la República Popular China lleva la delantera numéricamente al contar con 276 puestos diplomáticos a escala mundial. Además, el número de personal de cada embajada ha aumentado, la edad promedio de los encargados ha disminuido, y la formación profesional y la transferencia de conocimientos internos se están potenciando.

Esta evolución se debe al reconocimiento de Pekín sobre el ascenso de China como actor protagónico, junto a la creciente presencia de sus corporaciones y ciudadanos en todo el planeta, lo que requiere a su cuerpo diplomático nuevas exigencias. El papel y las capacidades de los diplomáticos chinos como representantes, comunicadores y negociadores en nombre de su Gobierno se ponen cada vez más a prueba, en muchos casos, ante públicos y Gobiernos extranjeros cada vez menos benévolos. Por consiguiente, el Gobierno ha tratado de reestructurar y reforzar su servicio exterior de múltiples maneras.

América Latina es un ejemplo instructivo para esta tendencia y sus continuos desafíos. Siendo la frontera más lejana en la estrategia de 走出去 (salir afuera), llegó tarde a beneficiarse del crecimiento exponencial del comercio, del rápido aumento de fusiones y adquisiciones por empresas chinas, de préstamos millonarios y un abanico de intercambios culturales, educativos y científicos. Las visitas oficiales de los máximos líderes chinos a la región se incrementaron hasta convertirse en un acontecimiento casi anual entre 2008 y 2019, y empezaron a florecer los foros de cooperación multilateral de alto nivel. Esta tendencia multidimensional se ha visto respaldada por un creciente y cada vez más versátil cuerpo diplomático en el terreno, el cual ha ganado una mayor visibilidad en el proceso.

Rastreando carreras y movimientos de los diplomáticos chinos en América Latina desde 1990, logré identificar unas trayectorias y patrones que iluminan una estrategia dirigida desde Pekín, que está enfocada en conseguir los objetivos nacionales e internacionales. Al trazar los perfiles de sus emisarios en la región, surge la imagen de una estrategia diplomática variada y cada vez más refinada. Se pone en evidencia que los diplomáticos chinos (a pesar de sus jerarquías internas) han adoptado la “diplomacia de redes” y han buscado mejorar su comunicación intercultural. El desarrollo estratégico de China y su cuerpo diplomático en América Latina sugiere que ha nutrido a los diplomáticos con el carácter y las habilidades idóneas. Dirigido por su Ministerio de Asuntos Exteriores, el Gobierno de Pekín ha creado un cuerpo amplio y variado de diplomáticos con experiencia regional y perspicacia global, garantizando, así, que China pueda perseguir sus objetivos nacionales e internacionales y participar activamente en las conversaciones globales y locales.

Al explorar los perfiles y las carreras individuales de los diplomáticos chinos en la región, es posible darle mejor carácter y permitir mayor comprensión de un aparato mucho más amplio. Varios de los enviados que lideran los esfuerzos diplomáticos de China en América Latina son individuos cuyo enfoque ofrece un contrapeso al tono asertivo de un pequeño número de sus pares apodados “diplomáticos lobos guerreros”: el enfoque asertivo de ese último grupo es una excepción a la regla, y está en gran medida ausente de la estrategia diplomática de China en América Latina. 

El principal objetivo de los enviados de Pekín a la región ha sido, al parecer, crear buena voluntad a través de una mayor visibilidad y accesibilidad, y garantizar un entorno favorable en el que puedan crecer los objetivos comerciales y de inversión de China. 

* Este texto fue publicado originalmente en la web de Redcaem


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Lula y el desafío de gobernar para 215 millones de brasileños

Inaugurando el 2023, la toma de posesión de Luiz Inácio Lula da Silva como nuevo presidente de Brasil estuvo marcada por diversos símbolos como la entrega de la banda presidencial por parte de representantes del pueblo, tras la negativa de Bolsonaro y su salida del país hacia Estados Unidos. A sus 77 años, el histórico líder sindical y uno de los fundadores del Partido de los Trabajadores (PT) vuelve por tercera vez a la presidencia de Brasil, tras el fin del gobierno de Jair Bolsonaro, caracterizado por prácticas autoritarias, la exaltación de la dictadura militar e importantes retrocesos a nivel económico y social.

Lula venció las elecciones con más de 60 millones de votos, equivalentes al 50,9% de los votos válidos. Aunque la diferencia entre ambos fue de solo dos millones de votos, el proceso electoral estuvo marcado por dificultades y amenazas por parte del ex presidente Bolsonaro y sus seguidores.

En un contexto de polarización y violencia política, los intentos de afectar el resultado de las elecciones incluyeron acciones como la compra de votos y apoyo político a gran escala a cambio de recursos; críticas a la transparencia del sistema electoral; amenazas de golpe de Estado; y cortes y controles ilegales desarrollados en las carreteras del país por la Polícia Rodoviária Federal (PRF). Estas últimas acciones, realizadas en plena jornada electoral, tuvieron el objetivo de retrasar o impedir la votación de los electores, especialmente en el Nordeste, donde reside la mayor parte de los seguidores del PT.

Además, después del anuncio de los resultados electorales, seguidores de Bolsonaro -varias veces secundados por policías y militares-, han protestado contra la victoria de Lula bloqueando carreteras y reuniéndose frente a los cuarteles para pedir una intervención militar.

Sin embargo, la victoria de Lula fue resultado de la conformación del mayor frente amplio de la historia contemporánea del país y supone el triunfo de la democracia ante la mayor amenaza de retroceso autoritario en Brasil desde 1985. Su regreso al poder es también la historia de resiliencia y superación de un líder político impedido de participar en las elecciones de 2018, condenado por la Operación Lava Jato, en procesos de los que posteriormente fue absuelto por falta de pruebas.

El 1 de enero, a pesar del clima de tensión y de las amenazas de bomba en la capital, Lula optó por desfilar en el carro presidencial junto al vicepresidente Geraldo Alckmin y sus respectivas consortes. En su discurso de posesión, sin renunciar a críticas a la gestión de Bolsonaro y a la necesidad de juzgar los errores y presuntos crímenes cometidos, el nuevo presidente asumió un tono optimista y conciliador. Afirmó que su gobierno tendrá la tarea de unificar, pacificar y reconstruir Brasil. Dijo también que gobernará para los 215 millones de brasileños y brasileñas y que buscará consolidar la democracia y promover un modelo de desarrollo sustentable que priorice la justicia social, el combate al hambre, la pobreza y las desigualdades.

A nivel económico, el nuevo presidente anunció querer reactivar la economía, impulsar la industrialización y disminuir la dependencia del país, a través del fortalecimiento de los sectores productivos tradicionales y de áreas normalmente soslayadas como la ciencia, la cultura y el medio ambiente.

Respecto a las relaciones internacionales, Lula afirmó que Brasil está de vuelta y que buscará promover el protagonismo internacional del país, de la mano de la agenda ambiental y climática, del diálogo activo y altivo con Estados Unidos, la Unión Europea, China, los BRICS y otros actores, así como a través de la cooperación y promoción de la integración regional por medio del Mercosur y de la reactivación de bloques como la Unasur.

El Gabinete de 37 ministros anunciado por Lula es un reflejo de su programa político y de la diversidad del país que busca representar. En el mismo habrá 11 ministras, casi un 30% de las carteras ocupado por mujeres, un récord en la historia de la República y un paso importante para un país que ocupa la posición 108º de 155 países en el Índice de Empoderamiento Político del Informe Global sobre Desigualdad de Género.

Entre los nombres escogidos destacan Marina Silva, ecologista y ministra del medio ambiente y del cambio climático; Simone Tebet, ex rival de Lula en las elecciones de 2022 y actual ministra de planificación; así como Anielle Franco, ministra de la igualdad racial y hermana de Marielle Franco, ex concejal de Rio de Janeiro asesinada en 2018 por personas vinculadas al ex presidente Jair Bolsonaro y su familia.

En un país que tiene casi 700 mil muertes por Covid-19 y que hasta hace poco estuvo gobernado por posturas anticiencia, cobra relevancia también la elección de Nísia Trindade, actual presidenta de la Fundación Oswaldo Cruz, para dirigir el Ministerio de la Salud.

Con el fin de enfrentar los graves problemas de desigualdad, representación y discriminación de Brasil, el nuevo gobierno tendrá también cinco ministerios dirigidos por afrodescendientes. Y, de forma inédita, el primer Ministerio de los Pueblos Indígenas, dirigido por Sonia Guajajara, política y líder indígena, coordinadora ejecutiva de la Articulación de Pueblos Indígenas de Brasil (APIB).

Entre teoría y práctica existe, sin embargo, una distancia significativa. El país y el mundo de hoy son diferentes y más complejos respecto al escenario que Lula encontró en su primer mandato. El legado de errores, extremismo y exclusión dejado por Bolsonaro hacen también que las promesas de Lula no sean fáciles de cumplir. El informe del Gabinete de transición da cuenta de un proceso de desmantelamiento del Estado y de las políticas públicas del país con severos retrocesos en áreas como salud, educación, medio ambiente, empleo, igualdad racial y de género.

Vale destacar que Brasil entró nuevamente al mapa del hambre y que hoy más de 33 millones de brasileños sufren con este flagelo y que más de 125 millones, es decir, más de la mitad de la población, vive con algún grado de inseguridad alimentar. Además, la economía está en crisis y la oposición, que es mayoría en el Congreso, gobernará 13 de los 27 estados de la Unión.

Aún en estas condiciones, el pragmatismo de la política y la necesidad de reconstruir el país dejan espacio para la esperanza. A partir de ahora, el papel de Brasil será clave para potenciar el multilateralismo y enfrentar problemas globales y urgentes como la crisis ambiental y climática. En ámbito regional tendrá también un rol esencial para impulsar la cooperación, la democratización y la integración de América Latina. Ojalá lo logre.