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Más allá del covid-19 Efectos y desafíos para Latinoamérica

En la historia de la humanidad, las pandemias no son un fenómeno nuevo. Las más letales han sido, en orden decreciente, la viruela, el sarampión, la gripe de 1918 (conocida como “gripe española”), la peste negra y el sida. Sin embargo, la pandemia de covid-19 ha resultado un fenómeno sin precedentes por su alcance e impacto, pero sobre todo por las respuestas para enfrentarlo. ¿Qué lo hace diferente de otras pandemias? ¿Cuáles son sus efectos en Latinoamérica? En enero de 2020, el covid-19 fue declarado emergencia de salud global, el nivel más alto de alerta de acuerdo con el Reglamento Sanitario Internacional.

En marzo, tras su rápida expansión y la multiplicación de contagios y muertes en Asia, Europa, América y África, la Organización Mundial de la Salud (oms) decretó la primera pandemia por coronavirus. A finales de abril de 2020, el Centro de Recursos para el Coronavirus de la Universidad Johns Hopkins informó que, oficialmente, había más de 3 millones de personas contagiadas y más de 230 000 muertes confirmadas en el mundo. Y más allá de los efectos en la salud, la pandemia tiene también consecuencias socioeconómicas y políticas cuyo alcance aún desconocemos.

El covid-19 se presentó en un entorno internacional caracterizado por la globalización, el libre comercio y el multilateralismo. Las actividades comerciales y laborales, las relaciones entre países y el desplazamiento de personas que producen estos fenómenos han servido como telón de fondo para la propagación del virus y para compartir los conocimientos adquiridos, pero también se han puesto en entredicho algunas certezas.

En efecto, los avances científicos, las nuevas tecnologías, la cooperación multilateral y el papel de organismos internacionales, como la oms, han permitido saber que el covid-19 implica mayores riesgos para determinados grupos de la población (ancianos, personas con problemas respiratorios, etc.), pero puede contagiar a todos sin distinciones. Se trata de un virus muy contagioso para el que no existe inmunidad ni vacuna, y cuya velocidad de difusión satura rápidamente las estructuras sanitarias, así como las sociales y económicas. Ante estos hechos, hemos asistido al retorno del protagonismo de los Estados. En diversos grados, las medidas adoptadas por los gobiernos afectados incluyen el distanciamiento social y el decreto de cuarentenas, el cierre de fronteras y la paralización de actividades productivas no esenciales. Como corolario, más de 3000 millones de personas han sido obligadas a permanecer en sus casas y se calcula que la economía mundial tendrá los peores resultados desde la Gran Depresión.

la pandemia del coronavirus está mostrando también otros problemas de nuestro tiempo, como las profundas desigualdades internacionales y las capacidades diferentes de los Estados para enfrentar la crisis.

Los efectos económicos, políticos y sociales de este fenómeno son inéditos y se acentúan por el escenario mundial en el que se registran. El covid-19 surgió en el contexto posterior a la crisis económica de 2008, que se caracteriza por disputas geopolíticas y una guerra comercial entre las dos mayores economías mundiales: China y Estados Unidos. Ambas superpotencias han agudizado sus tensiones y libran una batalla retórica que incluye el cruce de acusaciones sobre el origen del virus, además de la lucha por el liderazgo mundial. China practica una “diplomacia del coronavirus” o “diplomacia de las mascarillas”, es decir, envía personal médico y material sanitario para que los países más afectados enfrenten la crisis. Por su parte, Estados Unidos, al margen de crear algunos fondos de emergencia humanitaria y asistencia médica, ha cuestionado el papel de la OMS. Tales cuestionamientos, así como las “sentidas disculpas” ofrecidas por la Unión Europea por la falta de respuestas y solidaridad con países como Italia, son síntomas de la profunda crisis del multilateralismo. Asimismo, la ausencia de líderes que coordinen medidas comunes, la competencia por recursos y la formulación de respuestas nacionales a la pandemia pueden dar lugar a la proliferación de extremismos y nacionalismos. La pandemia del coronavirus está mostrando también otros problemas de nuestro tiempo, como las profundas desigualdades internacionales y las capacidades diferentes de los Estados para enfrentar la crisis. Además, factores como el miedo, la desconfianza, el uso reiterado de una retórica de tono belicista, así como las medidas restrictivas y de vigilancia impuestas por los gobiernos pueden favorecer el avance de autoritarismos que atenten contra la democracia y restrinjan los derechos de los ciudadanos.

Los vínculos del covid-19 con el modelo de producción capitalista y fenómenos como el cambio climático han puesto también en evidencia el carácter multidimensional de esta crisis que no es solo sanitaria, sino también económica, política, social, ambiental y ética. Ante la certeza de que el mundo no será el mismo después del coronavirus, estudiosos de todos los campos intentan comprender el fenómeno, considerado la “guerra de nuestro tiempo”, y ofrecer explicaciones de distinta naturaleza que imaginan un mundo mejor o peor. En este contexto, es primordial reflexionar sobre la realidad latinoamericana, y analizar los efectos de la pandemia en la región, así como las lecciones que se pueden extraer de esta experiencia y algunos de los principales desafíos que sobrevendrán a la pandemia.

LATINOAMÉRICA ANTE LA PANDEMIA

El primer caso de covid-19 en Latinoamérica se registró en Brasil el 26 de febrero de 2020, mientras que la primera muerte ocurrió en Argentina el 7 de marzo. A finales de abril, la mayor parte de la región se encontraba en la fase de transmisión comunitaria de la pandemia, con más de 200 000 infectados y más de 10 000 muertes. Al margen de las cifras, la pandemia ha traído consecuencias dramáticas, como en Ecuador, con el colapso del sistema sanitario y funerario de Guayaquil. Sin embargo, el escenario regional es diversificado en varios sentidos. Si bien la mayor parte de los gobiernos de la región, salvo Nicaragua, ha seguido las recomendaciones de la OMS, ha decretado el estado de emergencia y ha impuesto reglas como el distanciamiento social, la suspensión de actividades no esenciales y el cierre de fronteras, la adhesión a estas medidas no ha estado exenta de conflictos. En México, pese a que la OMS elogió la adopción de medidas preventivas, el presidente Andrés Manuel López Obrador minimizó en un primer momento la gravedad de la situación y decretó la emergencia sanitaria apenas a finales de marzo de 2020, tras el avance de la pandemia y por las fuertes críticas de la oposición. Por otro lado, el Presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, cuestionó las medidas de excepción decretadas por las autoridades locales y ha descalificado reiteradamente la gravedad del coronavirus, al tiempo que participa en manifestaciones y realiza llamados públicos a romper la cuarentena en nombre de la economía. Las posiciones de ambos mandatarios han generado disputas internas con las autoridades locales y otros efectos políticos como, por ejemplo, la ruptura con una parte de sus bases de apoyo o la división de la opinión pública, también estimulada por la diseminación de noticias falsas en las redes sociales. En Chile, en un contexto muy polarizado, el gobierno trasladó a octubre de 2020 el plebiscito nacional para iniciar un proceso constituyente, inicialmente previsto para abril de 2020. Entre tanto, Bolivia aplazó las elecciones presidenciales previstas para mayo, luego de la repentina renuncia y salida del país de Evo Morales en noviembre de 2019.

Las relativamente recientes y aún frágiles democracias latinoamericanas tampoco están libres de las amenazas que la pandemia supone para este sistema. En medio de la expansión del coronavirus, países como Bolivia, Chile, Ecuador y El Salvador adoptaron la retórica belicista en uso y aprobaron estados de excepción o medidas que suspenden temporalmente la protección constitucional de algunos derechos fundamentales. Organizaciones internacionales de derechos humanos, como Human Rights Watch, han denunciado la violación de libertades y garantías constitucionales. Al mismo tiempo, países como Perú o Ecuador optaron por la militarización de la respuesta al covid-19, y establecieron políticas de control y vigilancia por geolocalización. Si bien algunas de estas medidas se entienden en el contexto excepcional de la pandemia, su continuidad supone serias amenazas a la vigencia del Estado de derecho.

En términos regionales, la discrepancia de visiones frente a la pandemia y la crisis del multilateralismo latinoamericano, acentuada desde 2016, han impedido el diseño de una estrategia conjunta. No obstante, ha habido esfuerzos notables, como los realizados por la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que diseñó una estrategia de respuesta y un fondo que recibe donaciones; el Mercado Común del Sur, que asignó 6 millones de dólares de su fondo de desarrollo para la iniciativa de lucha contra el covid-19 en los cuatro países del bloque, o la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, que adoptó la Resolución 01/20 Pandemia y Derechos Humanos en las Américas. Además, otras organizaciones internacionales y espacios de integración regional, con cooperación específica en el área de la salud, han promovido reuniones virtuales, redes de expertos y declaraciones conjuntas que han permitido la creación de observatorios regionales sobre el covid-19 y el intercambio de experiencias. Es el caso, por ejemplo, de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, el Foro para el Progreso de América del Sur y la Comunidad Andina.

Pese a los avances, la falta de una estrategia regional ha sido evidente, especialmente en el ámbito comercial. En un momento de disputa universal por los materiales médicos y sanitarios, los países de la región no han podido organizarse para realizar compras conjuntas. Por la falta de líderes regionales, la descoordinación de los organismos latinoamericanos y la ausencia de Estados Unidos, todos los países han recurrido por separado a China, la cual, ejerciendo la diplomacia del coronavirus, incrementa su poder blando en la región.

Desde el punto de vista de la economía, ya es claro que la crisis causada por el coronavirus será la peor desde la Gran Depresión de 1929. Según las estimaciones del Fondo Monetario Internacional (FMI), el pib mundial caerá alrededor de un 3% en 2020. Y en un mundo globalizado, económica y viralmente, Latinoamérica no escapará. De hecho, las previsiones para la región son peores: una caída del 5% según el FMI.

Varios son los factores de esta caída en Latinoamérica, como se explica en el Informe Especial Covid-19 de la CEPAL. En primer lugar, el freno de la producción como consecuencia del confinamiento y la interrupción de las cadenas globales de valor, más diversos factores internacionales, como el desplome de los principales socios comerciales, China y Estados Unidos. También, el derrumbe del precio del petróleo y otras materias primas, que son de las principales fuentes de divisas de la región y que afectará principalmente a países exportadores como Argentina, Chile, Colombia, Ecuador y Venezuela. La disminución del turismo perjudicará a todo el subcontinente, pero en particular a los países del Caribe, muy dependientes del sector. Y con todo esto, una devaluación de las monedas acompañada de fuga de capitales encarecerá la deuda y las importaciones.

Más allá de los efectos políticos y económicos, el covid-19 está dando lugar también a un panorama social desolador. Latinoamérica es la región más desigual del mundo y más del 30% de su población vive debajo de la línea de la pobreza, según la CEPAL. A pesar de los avances sociales y económicos alcanzados a principios del siglo xxi, es este el contexto estructural en el que debemos analizar las consecuencias de la pandemia. En la región, la pobreza y la desigualdad son más evidentes en los sectores rurales y periféricos de las grandes ciudades, en las poblaciones indígenas, afrodescendientes y en las mujeres, lo que determina divisiones internas, baja cohesión social y secuelas diferenciadas según la clase, etnia, género o lugar de residencia. Además, el neoliberalismo, primero de los regímenes militares del Cono Sur y más tarde de las democracias seguidoras de las premisas del Consenso de Washington, contribuyó a agravar la de por sí insuficiente presencia del Estado. La desprotección social, la debilidad institucional y la falta de políticas públicas son la norma en la región.

En tales condiciones, Latinoamérica no posee la capacidad de dar una buena respuesta sanitaria. Según la OPS, la inversión promedio para el sector es del 3.8% del PIB regional, con las excepciones de Costa Rica, Cuba o Uruguay, que invierten más de la meta regional en salud, es decir, más del 6%. En la gran mayoría de los Estados de la región, los sistemas de salud son de tipo privado y muy desigual, pues amplios segmentos pobres de la población no tienen acceso o tienen un acceso limitado. Como explica Adolfo Martínez Valle para l21, los países latinoamericanos tienen bajos índices de seguridad en salud. Un caso extremo es Colombia, que tiene el peor índice regional, equivalente a 44.2 en una escala de 0 a 100. Sin embargo, en la actual coyuntura, los casos de Cuba y Venezuela son aún más preocupantes debido a las sanciones económicas y comerciales que enfrentan.

La pandemia exacerba las desigualdades sociales, la pobreza y la exclusión de las sociedades latinoamericanas, al paso que la escasa cohesión social, la falta de capacidad de los Estados nacionales e infraestructuras deficientes agravan cualquier crisis, en un círculo vicioso y peligroso en tiempos inestables como el actual. Se prevé que la pandemia y sus efectos aumenten los conflictos sociales y políticos. Sin embargo, el impacto socioeconómico de la crisis se profundiza si consideramos los efectos de la pandemia sobre el empleo. La Organización Internacional del Trabajo estima que hasta 14 millones de puestos de trabajo formales se perderán en la región. Pero el problema laboral en Latinoamérica se amplifica debido a la alta informalidad, que ronda el 50% del empleo total. En consecuencia, millones de trabajadores informales, lo mismo vendedores ambulantes que limpiadores o rebuscadores, de por sí con ingresos bajos y casi sin redes de seguridad, están viendo desaparecer su fuente principal de ingresos y sufrirán graves consecuencias.

Sin alternativas laborales y sin políticas públicas adecuadas, el crimen organizado y los grupos armados podrían fortalecerse y acrecentar los problemas de seguridad pública. En países como Brasil, por ejemplo, la gestión de la pandemia hizo que las autoridades de salud dialogaran con grupos de narcotraficantes y milicias, reconociendo implícitamente que controlan porciones del territorio estatal. Además, mientras que los enfrentamientos por recursos y territorios aumentan, en México grupos como el Cártel Jalisco Nueva Generación o el Cártel del Golfo han intentado reforzar su papel durante la pandemia y han buscado el apoyo de la población mediante la distribución de alimentos y bienes de primera necesidad. Igualmente, la pandemia y las restricciones presupuestarias que impone podrían comprometer aún más la ejecución del acuerdo de paz en Colombia, en dificultades por el rezago en el cumplimiento de sus promesas o el asesinato de líderes sociales y excombatientes, que no han cesado ni siquiera durante la pandemia.

Debido a las desigualdades socioeconómicas y la urbanización de la región, los contagios y las secuelas del coronavirus son mucho mayores entre los sectores populares, sobre todo entre los millones de personas que viven en los suburbios marginados (favelas, villas miserias, barriadas) de las principales ciudades de la región como Buenos Aires, Ciudad de México y São Paulo. Estas poblaciones no pueden darse el lujo de “quedarse en casa”, porque no tienen recursos para ellos ni para sus familias. Las respuestas y la ayuda de urgencia ofrecidas por los gobiernos han sido insuficientes. Aunque hay redes de solidaridad y el papel de los movimientos y las organizaciones sociales es fundamental para la seguridad alimentaria, el hambre en los sectores populares es cada vez más visible. En Bogotá, los habitantes han llegado a exhibir trapos rojos para denunciar este flagelo durante la pandemia.

Si bien hay diversos grupos sumamente vulnerables a la pandemia (trabajadores informales, adultos mayores, población sin hogar, pueblos indígenas, niños y otros) y cada uno presenta especificidades, destacamos en particular la situación de las mujeres y de los migrantes y sus familias. En el caso de las mujeres, a la vulnerabilidad que enfrentan por trabajar principalmente en el sector informal y estar excluidas de los esquemas de protección social, se suman también adversidades como la sobrecarga de trabajo, la violencia de género y los feminicidios exacerbados durante la pandemia. Las latinoamericanas realizan tareas esenciales para el mantenimiento de la vida y cada día dedican al trabajo doméstico y de cuidados no remunerados el triple del tiempo que dedican los hombres. Durante la pandemia estas desigualdades de género se han agudizado, sobre todo en los hogares con menores ingresos y mayores demandas de cuidados. Además, según la Entidad de la Organización de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer, en países como Brasil, Colombia y México, con la pandemia se ha registrado un aumento de más del 50% de denuncias de violencia familiar, así como un incremento significativo del número de denuncias de violaciones y feminicidios.

Por otro lado, el cierre de las fronteras nacionales o la militarización y el refuerzo de los controles migratorios han reducido de forma radical los desplazamientos, pero no los han detenido completamente, sino que han obligado a los migrantes, en particular de Centroamérica, a buscar rutas alternativas e irregulares, lo que aumenta su vulnerabilidad y los peligros a los que se exponen. Durante la pandemia, la situación es más grave para los migrantes en tránsito en las estaciones migratorias y centros de detención de países como México, así como para los indocumentados en movilidad humana, quienes se encuentran desprotegidos por trabajar sobre todo en el sector informal, y no pueden utilizar los servicios médicos locales, carecen de redes de apoyo, enfrentan problemas de acceso a la información o son excluidos de las ayudas sociales para los nacionales. Un ejemplo relevante de la desprotección de los migrantes y los refugiados es el caso de la población venezolana sin recursos y desalojada de sus viviendas en países como Colombia y Perú. Esta población ha emprendido el retorno a Venezuela sin asistencia sanitaria y en condiciones de extrema vulnerabilidad. Los migrantes están sujetos también a deportaciones y expulsiones, así como a crecientes formas de estigmatización, discriminación y xenofobia. Además, la crisis mundial determinará una fuerte caída de las remesas, lo que repercutirá en la pobreza y en el nivel de vida de las familias de los migrantes. La cepal prevé una contracción de entre el 10% y el 15% de este rubro, con graves efectos en los países más dependientes, como Haití y los Estados del Triángulo Norte de Centroamérica.

Más allá de las especificidades de cada grupo, los sectores más vulnerables de la población latinoamericana no solo están desprotegidos social y económicamente, sino que tampoco tienen acceso a la salud y, cuando lo tienen, la atención no suele ser de calidad y mucho menos comparable a la que reciben los miembros de las clases sociales altas. Por la falta generalizada de pruebas de covid-19 y la precaria infraestructura sanitaria, hay en la región un amplio subregistro de casos de contagio y muertes que disminuye artificialmente los impactos de la enfermedad. Como resultado, la pandemia de covid-19 afecta con mayor fuerza a las poblaciones más pobres y tradicionalmente excluidas y deja en evidencia los problemas estructurales y las desiguales capacidades de respuesta de los Estados latinoamericanos.

LECCIONES Y RETOS DESPUÉS DEL CORONAVIRUS

Pese a que la crisis actual se caracteriza por un alto grado de incertidumbre, una de las lecciones más importantes es que no estamos preparados para enfrentar pandemias y que necesitamos tomar más en serio las amenazas y los desafíos que representan. La falta de preparación no se deriva de la escasez de conocimientos o tecnología, sino sobre todo, de la forma de organización de nuestras sociedades, así como de la falta de voluntad política. La primacía y la fe ciega en el mercado, el retroceso del Estado, el equilibrio de las cuentas fiscales, la privatización y la desregulación han sido insuficientes para tener sociedades más justas y equitativas, además de que son muy ineficaces frente a fenómenos como las pandemias. En consecuencia, para hacer frente a los múltiples desafíos planteados por el covid-19, así como otros desafíos comunes, los países de Latinoamérica deben fortalecer el papel de los Estados nacionales.

Al igual que Estados Unidos y los países de la Unión Europea, los Estados latinoamericanos requieren ambiciosos planes de recuperación económica. En este proceso, organismos financieros internacionales y bancos de desarrollo regionales, como el Banco de Desarrollo de América Latina, pueden ejercer un papel central, mediante créditos y cooperación técnica que complementen las medidas aplicadas por los gobiernos. Más allá de la coyuntura, se deben retomar proyectos nacionales de desarrollo que, con políticas públicas y medidas de protección social, sean capaces de garantizar una vida digna para las mayorías. Para ello, es imperativo promover reformas fiscales que refuercen las arcas públicas, mejoren la redistribución y permitan renegociaciones de deudas. Según el Latinobarómetro de 2018, el apoyo a la democracia alcanza solo el 48% de la población y hay una desconfianza generalizada hacia la política y las instituciones, de modo que es necesario que el retorno del Estado implique más Estado social y no se traduzca en más represión, vigilancia y control, que luego debilitarían a los regímenes democráticos.

Por otra parte, si hay algo que ha demostrado la pandemia es la importancia de la salud como un derecho humano y un bien público, lo mismo que la necesidad de garantizar el acceso universal a la atención sanitaria, sin distinciones de clase, nacionalidad o estatus migratorio. En Latinoamérica, el replanteamiento del modelo sanitario es urgente. De acuerdo con la Estrategia Regional y Plan de Acción sobre las Enfermedades Crónicas de la ops, esto implica que los países de la región garanticen una inversión de más del 6% de su pib, sin menoscabo de la inversión en otros campos, como la educación o la seguridad social. Un reto central es revalorar y elevar la inversión en los sectores de ciencia y tecnología, además de reforzar la autonomía productiva de sectores estratégicos, como el de la salud. La llegada del covid-19 y la disputa internacional por los materiales sanitarios han revelado que no basta abogar por transformar las leyes de producción intelectual o apelar al retiro de las patentes sobre medicamentos, sino que es necesario dotarse de parques industriales autónomos, capaces de producir los insumos que se requieren en la región.

La pandemia también ha evidenciado que la crisis no es solamente sanitaria, sino multidimensional: se trata también de una crisis económica, política, social, ambiental y ética vinculada a nuestro modo de producción y consumo, así como a sus secuelas en fenómenos como el cambio climático. Maristella Svampa, socióloga y profesora de la Universidad Nacional de La Plata, sostiene que los países de la región pueden extraer valiosas enseñanzas para repensar por completo su modelo de desarrollo y superar el carácter extractivista, primario y antiecológico de sus economías. Al mismo tiempo, en pleno proceso de reorganización y deslocalización económica, la fase posterior a la pandemia puede ser una oportunidad para que los países latinoamericanos disminuyan su dependencia de las manufacturas importadas y opten por procesos de producción y comercio de carácter más regional.

La pandemia también puso sobre la mesa la necesidad de mostrar más transparencia en la distribución de la riqueza, los privilegios de las minorías y los problemas como la evasión fiscal y la corrupción. La crisis obliga a observar de cerca otras tragedias presentes en la “normalidad” de nuestra región. El hambre, la pobreza y las desigualdades con las que convivimos diariamente se han intensificado y exigen nuevos pactos sociales con otras formas de redistribución de la riqueza y mayor justicia social. Estas transformaciones son retos irrenunciables, sobre todo si pensamos que 2019 fue un año de amplias movilizaciones en la región y que, en la medida en que aumenten la pobreza, la miseria y la falta de trabajo, se multiplicarán los conflictos y los estallidos sociales, lo que puede dar lugar a nuevas regresiones autoritarias, así como a nuevas amenazas a la paz y a la seguridad regional. El covid-19 ha sacado a relucir la importancia de los cuidados y la asistencia, así como del papel central que desempeñan las mujeres, generalmente sin reconocimiento ni protección social. Mejorar la justicia social requiere adoptar un enfoque de género que supere las inequidades y la violencia que viven las latinoamericanas.

En un contexto de interdependencia global, la pandemia también ha demostrado que, a pesar de estar en crisis, la cooperación y el multilateralismo funcionan, y que opciones individualistas que abogan por medidas unilaterales son ineficaces y contraproducentes. No es la primera ni será la última pandemia que enfrente Latinoamérica, así que los países de la región pueden responder mejor de forma coordinada, diseñando estrategias colectivas y solidarias que valoricen tanto las experiencias como los espacios y mecanismos de cooperación. Los avances que fueron alcanzados en el ámbito de la salud en espacios como el Consejo Suramericano de Salud de la Unión de Naciones Suramericanas, merecerían ser debidamente reconocidos e integrados en una estrategia de cooperación de largo plazo. Las perspectivas críticas sobre el modelo de salud hegemónico y la necesidad de impulsar procesos de soberanía sanitaria y alimentaria que propugnan desde hace décadas movimientos, organizaciones sociales y académicos deberían también ser valoradas como alternativas regionales necesarias.

En relación con las transformaciones tecnológicas y la virtualización de las relaciones sociales y económicas, los desafíos que la región deberá enfrentar al terminar la pandemia también son enormes. La automatización de los procesos de producción amenaza los empleos de millones de personas y puede precarizar aún más la vida de los trabajadores. Entre tanto, la virtualización de la educación puede ampliar las desigualdades y las brechas educativas y tecnológicas, especialmente en las zonas rurales y sectores populares de las grandes ciudades. ¿Optarán los líderes políticos por enfrentar con decisión la tragedia que viven los latinoamericanos, y en especial los más necesitados, o se concentrarán en preservar sus intereses políticos o en salvar los intereses económicos de unos pocos? La historia, por desgracia, nos da pistas sobre la posible respuesta. Esperemos que esta vez sea diferente.

Texto publicado originalmente en Foreign Affairs Latinoamérica (puedes descargarlo aquí: http://revistafal.com/fal-20-3/)


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Foto de Tim Dennell em Foter.com / CC BY-NC

La tragedia de Brasil

Diferentes estudios han puesto de relieve los efectos de la COVID-19 en contextos de desigualdad preexistente. Las personas sufren la indeterminación y los riesgos de carácter sanitario y económico dependiendo de los recursos que les permitan aislarse y cuidar a sí mismos y a otros, así como las condiciones sanitarias y de habitabilidad de sus viviendas. En otras palabras, la pandemia nos afecta colectivamente, incluyendo a Brasil, pero las jerarquías y formas de vulnerabilidad preexistentes condicionan nuestras posibilidades de hacer frente a sus efectos.

Lo mismo puede decirse del contexto político en el que se desarrolla la lucha contra la pandemia. La capacidad del Estado para hacer frente a la enfermedad y sus efectos no se construye de un día para otro. Al contrario. La historia previa de la institucionalización y la financiación de las políticas de salud condiciona las respuestas actuales, especialmente en lo que respecta a la capacidad de tratar a los pacientes que necesitan de internación. En este sentido, también podríamos discutir la capacidad de coordinación para controlar la pandemia a través de pruebas y del monitoreo masivo, así como la capacidad de ofrecer apoyo económico a trabajadores y pequeñas empresas. Todo ello nos cuenta un poco la historia reciente del Estado y, por supuesto, cómo décadas de directrices neoliberales han llevado a procesos de privatización y mercantilización, con patrones que han surgido a escala mundial, pero que varían según las disputas y resistencias políticas locales. 

En el caso de Brasil, el neoliberalismo tuvo un carácter híbrido, delimitado por la Constitución democrática de 1988, con un marcado carácter distributivo, y por un proceso político en el que los actores y partidos de centro-izquierda tuvieron un papel protagónico. El límite de esta historia es el 2016. No por la impugnación de Dilma Rousseff en sí, sino por las oportunidades que encontraron quienes lo crearon para aprobar una enmienda constitucional que comprometía el gasto público y determinaba una política de desinversión para los próximos veinte años (EC 95). En 2017 vendrían los cambios en la legislación laboral «flexibilizando» las relaciones laborales y reduciendo las garantías, ampliando, así, la precariedad laboral en un país donde la informalidad ya es de alrededor del 40%.

Pero fue en 2018 cuando el país tuvo el mayor distanciamiento de los ideales de la redemocratización y de los valores que se convirtieron en normas con la Constitución de 1988. El candidato de extrema derecha que ganó las elecciones presidenciales, después de haber sido un oscuro político durante 30 años, tipifica la convergencia entre un neoliberalismo opuesto a cualquier garantía social y un conservadurismo contrario a la agenda de derechos humanos que se ha ampliado desde mediados del siglo XX. El desprecio por la ciencia y la desconfianza hacia los científicos y los educadores se hicieron explícitos en la campaña de Jair Bolsonaro y se convirtieron, con su elección, en el desmantelamiento acelerado del sistema de ciencia y tecnología, a lo que se sumaron las sucesivas medidas para restringir la autonomía de las universidades y limitar sus presupuestos.

En una alianza que reúne a religiosos conservadores, militares resentidos por las críticas a la dictadura de 1964 y la exposición de su violencia, empresarios del sector agrícola, sedientos de desregulación ambiental, representantes de la industria armamentista, empresarios que buscan el retiro de las garantías laborales y un clan familiar cercano a las milicias, el Gobierno ha mostrado desde el principio una clara falta de preparación y respeto hacia la democracia. A un año y medio de su inicio, el presidente ha intentado ampliar su dominio a través de sucesivas crisis institucionales, con ataques y amenazas al Congreso y a la Corte Suprema. Estas situaciones han sido escenificadas por un grupo armado desenfrenado de extrema derecha que se instaló en Brasilia, y por manifestantes que, con el apoyo del presidente y los ministros, abogan por la intervención militar.

Este es el escenario en el que el Gobierno brasileño despreció la COVID-19. En actitudes que se suman al rechazo previo de los derechos humanos y la ciencia, el presidente trivializó la pandemia y el dolor de la gente, despreció las alternativas para enfrentarlo y contribuyó a la desinformación. Simbólicamente, el 2 de junio, cuando el país superó los 30.000 muertos, con 1.262 en 24 horas, el presidente declaró que «morir es normal». El 6 de junio, el Gobierno adoptó prácticas para dificultar el acceso a los datos, lo que dio marcha atrás tras la presión. Y poco después, el 11 de junio, en un directo dirigido a los simpatizantes, Bolsonaro alentó la invasión de los hospitales de campaña y reforzó, así, la desconfianza en la realidad de la pandemia y sus efectos sobre la salud

No se trata de arrebatos sueltos. Estamos hablando de una política de muerte establecida como directriz del Gobierno»

Pero no se trata de arrebatos sueltos. Estamos hablando de una política de muerte establecida como directriz del Gobierno. Durante la pandemia se ha cambiado dos veces de ministro de Salud y, actualmente, la cartera está dirigida por un ministro interino, de carrera militar y sin experiencia en la materia. El presidente, que se posicionó en contra del aislamiento social y a favor de medicinas no aprobadas científicamente, se negó a desempeñar un papel de coordinación y profundizó los conflictos con los gobernadores. Fue necesario que el Tribunal Supremo Federal se manifestara para reafirmar la competencia normativa y administrativa de los estados y municipios, lo que impidió que el Gobierno Federal creara obstáculos a las políticas estatales para contener la pandemia.

Para un Gobierno que se suma a un neoliberalismo puro y que tiene como norma la desigualdad, tampoco ha sido factible avanzar en el sentido de la responsabilidad pública de actuar ante la vulnerabilidad económica en Brasil. A principios de abril se publicó una Medida Provisional (936) que permite reducir las horas de trabajo y los salarios, con la excusa de disminuir los despidos. Además, se hizo, después de mucha presión, una ayuda mensual de 600 reales (unos 111 dólares) durante tres meses para los trabajadores del sector informal y de bajos ingresos. La prestación comenzó a pagarse el 7 de abril, y al 9 de junio había todavía 10.4 millones de solicitudes pendientes de tramitación, según el banco gubernamental responsable de los pagos. A la fecha de terminar este artículo, fue anunciada la prolongación de la ayuda por otros tres meses y con valores reducidos, a pesar de que Brasil tiene una tasa oficial de desempleo del 12,6% que alcanzaría, según algunos economistas, el 16%.

La tragedia de Brasil tiene varios componentes. El neoliberalismo, el autoritarismo, la baja capacidad de liderazgo político, el rechazo a la ciencia y el abierto desprecio por la vida son responsables de la ausencia de respuestas adecuadas a los efectos de la pandemia en Brasil. Esta inseguridad sanitaria y económica se vive en un contexto en el que los ataques a la democracia son cada vez más explícitos.

Foto de Stanislav Sedov en Foter.com / CC BY-SA


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Tras la pandemia: el riesgo de un tsunami autoritario

Pese a que la pandemia impone urgencias impostergables, también conlleva implicaciones geopolíticas y sociales.

La pospandemia dará lugar a una acentuación de las tendencias de cambio en el orden internacional que son anteriores a la COVID-19, con secuelas en la profundización de la crisis de la globalización y de la gobernanza mundial, de la capacidad de respuesta multilateral y del reacomodamiento internacional de las relaciones de poder. La transición hacia un nuevo orden mundial estable será prolongada, eventualmente impredecible y no se concretará a corto plazo, de manera que estaremos sumergidos en un entorno internacional de gran inestabilidad e incertidumbre.

Según la Organización Mundial del Comercio (OMC), en la fase pospandemia el comercio internacional se reducirá entre un 13% y un 30%; la recesión afectará tanto a las economías más desarrolladas como a las más vulnerables, y la recuperación económica solo se vislumbra para 2021, lo cual abre serios interrogantes sobre la globalización y plantea una serie de posibilidades: una “despedida de la globalización” (como lo califica The Economist), bajo la presión de las fuerzas aislacionistas y proteccionistas en diferentes países; una globalización que será aprovechada por China al recuperarse de la recesión económica, o dos procesos de globalización paralelos pero interconectados, como plantean algunos analistas de EE. UU., en donde los mecanismos de gobernanza global del sistema liberal internacional convivirán con una serie de organismos impulsados por China.

En cualquiera de estas situaciones, China acentuará su participación e influencia en los diferentes organismos multilaterales tanto en los ya existentes como en los que están en gestación, pero probablemente respetando la normatividad liberal del orden económico internacional, tal como lo hizo con su ingreso en la OMC.

Los valores del liberalismo económico que puedan asumir y respetar algunos Estados no necesariamente incluirán las normas internacionales del orden ‘occidental”

Sin embargo, los valores del liberalismo económico que puedan asumir y respetar algunos Estados no necesariamente incluirán las normas internacionales del orden “occidental” que están vinculadas a la democracia solidaria en la protección de refugiados, a los derechos humanos en general, a la intervención humanitaria o a la responsabilidad de proteger, que entran en colisión con una concepción autoritaria, “iliberal” y basada en el control y monitoreo (digital) de los ciudadanos por parte del Estado.

La profusa “diplomacia sanitaria” impulsada por Pekín recientemente, no puede ocultar el manejo tardío, centralizado y nada transparente de la pandemia en China ni desdibujar el papel de un Estado que responde verticalmente a las directivas del partido único, independientemente de su eficacia.

Pero quizás el mayor desafío de los potenciales nuevos escenarios de la globalización y de un orden mundial en tránsito entre la bipolaridad y la multipolaridad sea el del papel de la ciudadanía organizada (diversa e independiente, que ha podido afrontar la crisis y apuntalar la labor del Estado en un marco democrático). Restringir y limitar el papel de la sociedad civil y de los medios independientes ha causado demoras letales en el combate contra la pandemia de la COVID-19 y una dependencia de burocracias estatales rígidas y verticales para hacer llegar respuestas complejas a situaciones de crisis. Llevar estas restricciones y limitaciones al ámbito internacional no solo implicará el fin del llamado “multilateralismo complejo”, sino también el ocaso de una participación efectiva de la sociedad civil en el desarrollo de una agenda de defensa y promoción de los bienes públicos mundiales.

*Texto publicado originalmente en el diario Clarín, Argentina

Foto de Hadock en Foter.com / CC BY-NC-SA

Trump y la mentira fascista

En una pandemia que Donald Trump constantemente ninguneó, y en estos días de protesta y de malestar civil en Estados Unidos, el caudillo de la Casa Blanca no hizo más que avivar las llamas del incendio que surgió a partir del asesinato de un ciudadano afroamericano, George Floyd, por parte de un policía de Minneapolis.

En realidad, las protestas por este asesinato implican una condena clara de la política de mano dura y el racismo estructural que ha existido históricamente en el país del norte, pero Trump lo explicó a partir de la mentira de una conspiración de izquierda, una acción de antifascistas radicalizados que incluso usan a ancianos que se golpean a propósito la cabeza contra el piso.

Trump agregó que Floyd estaba contento en el cielo por la situación económica y social del país: “Con suerte, George esté mirando hacia abajo en este momento y esté diciendo que lo que está sucediendo en nuestro país es algo grandioso… Hoy es un gran día para él. Es un gran día para todos… Hoy es un gran, gran día en términos de igualdad”.

Esta forma de deformar la realidad tiene un precedente en la historia de la mentira fascista. Trump está utilizando esta crisis para impulsar su marca de autoritarismo y ubicarse no como un funcionario electo, sino como un líder que posee la verdad y cuya autoridad es «total».

La mentira y la propaganda han sido una herramienta poderosa para los líderes autoritarios en el pasado, pero estos líderes consideraban que sus mentiras representaban una verdad última y trascendental»

La mentira y la propaganda han sido una herramienta poderosa para los líderes autoritarios en el pasado, pero estos líderes consideraban que sus mentiras representaban una verdad última y trascendental. De hecho, el propagandista fascista más famoso, el líder nazi Joseph Goebbels, a menudo es citado erróneamente diciendo que repetir mentiras era fundamental para el nazismo. Goebbels nunca dijo eso. Esta cita errónea ha llevado a una imagen de líderes fascistas como plenamente conscientes del alcance de sus falsedades deliberadas.

La relación entre las verdades percibidas y las mentiras en el nazismo es más complicada que eso. Cuando Goebbels dijo que Hitler lo sabía todo y que era «el instrumento naturalmente creativo del destino divino» no solo quiso adular a su jefe. En realidad, creía en sus mentiras. ¿Goebbels se mentía a sí mismo o creía en una forma de verdad que trascendía la demostración empírica? Ambas cosas son ciertas. Para los fascistas como Goebbels, el conocimiento era una cuestión de fe y, especialmente, una fe profunda en el mito del líder fascista. Creían en una verdad que trascendía los hechos.

En las décadas de 1930 y 1940, los fascistas de todo el mundo vieron la verdad encarnada en mitos antisemitas, así como en mitos de un pasado dorado que iba a ser restablecido y acrecentado, lo que el filósofo judío alemán Ernst Cassirer llamó «un mito planificado».

Los fascistas planearon políticas concretas para remodelar el mundo de acuerdo con las mentiras fascistas. Por ejemplo, si las mentiras antisemitas declaraban que los judíos eran inherentemente sucios y contagiosos y, por lo tanto, debían ser asesinados, los nazis crearon condiciones en los guetos y campos de concentración donde la suciedad y la enfermedad generalizada se hicieron realidad. Los prisioneros judíos hambrientos, torturados y radicalmente deshumanizados se convirtieron en aquello que los nazis habían planeado para ellos y, en consecuencia, fueron asesinados.

En su búsqueda de una verdad que no coincidiera con el mundo experimentado, los fascistas concibieron lo que vieron y no les gustó como falso.

Hitler, y también Goebbels, creían firmemente que lo que decían era cierto. En 1942, Goebbels escribió en su diario privado que «la esencia de la propaganda es la simplicidad y la repetición».

Por supuesto, simplemente repetir mensajes de propaganda puede ser increíblemente peligroso, en especial, cuando estos no se basan en hechos, sino en mito e ideología.

Cuando Trump miente repetidamente sobre el virus de la COVID-19 y su fortaleza al enfrentar a los manifestantes, el presidente también está creando un sentido sagrado de la «verdad», de su propia grandiosidad e invencibilidad. En 2018, Trump les dijo a sus seguidores que «lo que estás viendo y lo que estás leyendo no es lo que está sucediendo». Según esta mentalidad, lo que el líder dice y hace es más importante que los hechos, la ciencia e incluso las propias percepciones de los seguidores sobre el mundo. Lo mismo hace Jair Bolsonaro en Brasil con su deformación de la realidad de la pandemia y la negación de la ciencia.

Trump y Bolsonaro creen que su opinión es superior a la de los médicos y científicos. Trump no usa máscaras para protegerse a sí mismo y a los demás de la COVID-19, y junto a Bolsonaro, hablan de curas de fantasía y exigen que todos sigan sus falsedades como si fueran verdades. Aún más peligroso, ignoran precauciones de salud pública para favorecer una reapertura económica, como si la economía se pudiera encender como un interruptor de luz mientras miles mueren diariamente por el coronavirus.

Millones están desempleados, argumentan, no debido a una amenaza legítima para la salud y el esfuerzo de mitigación doloroso pero necesario, sino porque sus enemigos políticos lo están castigando al insistir en cierres, órdenes de quedarse en casa y reaperturas graduales.

Al reemplazar la realidad, al insistir en milagros, enemigos fantasmas y curas dudosas, en resumen, repitiendo puntos de propaganda dañinos que niegan o minimizan la propagación de la pandemia, deforman la realidad de las protestas contra el racismo y culpan a otros por el dolor económico resultante, Trump y Bolsonaro se hacen eco de lo que hizo Goebbels y, como él, creen en sus propias mentiras. Los resultados ya son parte del registro histórico y son catastróficos.

Foto de Johnny Silvercloud en Foter.com / CC BY-SA

¿Una agenda globalista para diezmar la población mundial?

Desde hace algunos años las calles de las principales ciudades latinoamericanas vienen siendo el escenario de multitudinarias manifestaciones para denunciar y detener un supuesto plan macabro que pretende, entre otras cosas, diezmar la población mundial, subvertir la naturaleza humana mediante mentiras anticientíficas, adoctrinar y corromper a la infancia, acabar con las libertades civiles, destruir a la familia y desmantelar la dignidad humana. Se trata de marchas en contra de una Agenda globalista autoritaria que impone una presunta “Ideología de Género”. El relato sobre tal imposición es capaz de movilizar personas de una amplia variedad de estratos de la población, y aunque no se pueda afirmar que todas ellas estén al tanto de los motivos para los que son sacadas a la calle, sí es posible sostener que lo hacen comprometidas con una cruzada moral por la vida, la niñez y la familia. Esta cruzada ha de ser librada en América Latina, el último baluarte en pie, toda vez que en las democracias del llamado Primer mundo esta batalla ya está perdida.

La amplia capacidad de convocatoria de estos movimientos anti Ideología de Género depende de que sus reivindicaciones no sean políticas sino morales, pero mirando con atención comprobamos que los artífices de tales marchas y denuncias son plataformas vinculadas a potentes lobbies políticos y a organizaciones religiosas con representación parlamentaria. Varios de estos foros de la familia, organizaciones provida y colectivos por la defensa de los hijos han logrado trascender fronteras; hoy las democracias latinoamericanas experimentan la construcción de redes transnacionales de movilización que van conquistando amplias cuotas de poder dentro de los diversos sistemas nacionales. Como toda manifestación ciudadana, éstas también son una demostración de fuerza, lo que se traduce en votos, no siempre puestos a disposición de proyectos democráticos. Basta recordar cómo este discurso fue definitivo para el rechazo del llamado Plebiscito por la Paz en Colombia o para la elección del presidente Bolsonaro en Brasil.

Resulta bastante singular la composición del bando que acusa la existencia de una Ideología de Género. Bajo este paraguas se dan cita tanto los sectores más conservadores de la sociedad cercanos a la iglesia católica y a las denominaciones protestantes, como los sectores más liberales que abogan por la reducción del estado y su no intromisión en las relaciones sociales y familiares. Las alianzas aquí no se tejen en términos de derecha/izquierda. Los promotores teóricos de este movimiento propagan el discurso virulento, catastrofista y polarizador que tanto gusta en las redes sociales. Pastores evangélicos, ultracatólicos militantes o locuaces anarcocapitalistas, hasta hace poco desconocidos, han logrado gran predicamento mediático a cuenta de sus encendidas arengas en contra de la Ideología de Género. Y como los algoritmos no entienden de justicia sino de clicks, no se ha dudado en utilizar el miedo, la exageración, la tergiversación y la manipulación teórica.

Llama la atención cómo opera el relato de la ʹconstrucción del enemigoʹ por parte de estos actores y su capacidad de incluir fenómenos muy distintos y a veces incompatibles en un gran bloque monolítico que llaman “Lobby de género”. En éste queda incluido todo lo que huela a feminismo, los colectivos LGTBIQ+, quienes abogan por el control de la natalidad o por la descriminalización del aborto, las personas que luchan por erradicar la violencia machista, las que pretenden educar en la no discriminación, y la llamada Nueva Izquierda. En esta narrativa también son adversarios los mass media, las Naciones Unidas, los gobiernos que han aprobado leyes a favor de la igualdad o de salud sexual y reproductiva, o políticas públicas contra la discriminación y, por supuesto, los magnates George Soros y Bill Gates. El enemigo entonces es una gran variedad de cosas que conforman lo que se ha bautizado como “Dictadura global de género”. Así, en la lógica de la cruzada, toda persona que luche contra una dictadura queda redimida por el halo de la legítima resistencia a la opresión. 

La consecuencia más peligrosa de esto es la gran polarización social que se está consiguiendo mediante una versión simplificada de la realidad, fácil de digerir para la persona bien intencionada y poco informada, pero que mete en el mismo saco fenómenos muy diferentes, demonizando luchas históricas por la justicia social. Según esta versión, reconocer derechos de las minorías equivale a aplastar los de las mayorías, ya que se considera que la mera igualdad formal ante la ley es suficiente y que las voces por la igualdad real y efectiva no son más que cantos de adoctrinamiento e ingeniería social.

Este escenario de polarización toma la forma de una auténtica guerra cultural.

Este escenario de polarización toma la forma de una auténtica guerra cultural. Pero hay que reconocer que, en buena parte, esta guerra fue declarada como reacción al surgimiento, en el seno del propio feminismo, de las teorías deconstructivas de género que entronizan en el centro de su pensamiento a la inconsistente dicotomía naturaleza/cultura y convierten la política de la sexualidad en política de las identidades de género, radicalizando y desenfocando las posturas de los movimientos sociales por la igualdad. Este activismo se decantó por una actitud más beligerante que disidente, retando con sus formas a las fuerzas más reaccionarias de nuestras sociedades. El desafío fue aceptado y la herejía declarada; el durmiente ha despertado. Hoy, las tesis filosóficas sobre el sistema sexo/género son sacadas de contexto y adulteradas para azuzar el miedo frente a la descomposición social y antropológica y, paradójicamente, este clima de confrontación pone en riesgo las justas conquistas históricas del movimiento feminista.

Quienes entran en la batalla para defender tales conquistas suelen enrocarse en una estrategia discursiva equivocada: limitarse a negar que exista cosa tal como una “Ideología de Género” y afirmar que lo que suscriben es una “perspectiva de género”. Esta estrategia implica entrar al juego de la polarización y sólo consigue que un debate social tan importante termine relegado al plano meramente terminológico. Pues, aunque aquel rótulo haya sido acuñado para caricaturizar al enemigo, desmontarlo exige presentar una definición de “ideología”, pero el actual estiramiento conceptual del término hace que esa defensa acabe siendo necesariamente ideológica. Y es que resulta paradójico que, tanto ultraconservadores como ultraliberales, los dos mayores rivales de Marx, terminen acogiéndose precisamente a la noción marxista de ideología como “falsa conciencia” para denostar a su enemigo. Sin embargo, la generalización de esta emotiva palabreja puede ser aprovechada para despojarla de sus connotaciones peyorativas y polarizadoras.

A mi juicio, los movimientos por la igualdad bien podrían apropiarse de la expresión Ideología de Género para resignificarla, como hicieron en los noventa con en término queer (marica). De lo contrario, seguirán enzarzados en infructuosas batallitas dialécticas perdiendo oportunidades de oro para explicar a las sociedades latinoamericanas que la defensa de la igualdad y la no discriminación es algo valioso en sí mismo. Mientras eso no suceda, la narrativa apocalíptica de una oscura agenda para diezmar la población mundial seguirá ganando adeptos que pondrán sus votos al servicio de los fines que sus movilizadores decidan.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Foto de Felipe Cárdenas-Támara en Foter.com / CC BY-NC-ND

Trump & Twitter, Trump vs. Twitter…

¿Son Twitter y Facebook simples plataformas o verdaderos medios de comunicación? ¿Pueden circular e intervenir en ellas libremente y en igualdad de condiciones un laburante y un magnate, una organización secreta y una asociación civil, una simple ciudadana y el presidente de un país? ¿O se trata de una esfera social que reproduce las desigualdades existentes, con entramados ya establecidos por los que circulan quienes orientan el tránsito y quienes transitan en ella en autos blindados sin identificación, entes anónimos y gente de a pie con nombre y apellido?

¿Se está rompiendo el encantamiento de Donald Trump con la plataforma que tanto contribuyó a catapultarlo a la Casa Blanca?»

La respuesta es simple: ocurren todas esas cosas a la vez. Con eso se ha topado el presidente de los Estados Unidos, que, tras escoger a Twitter como principal herramienta de comunicación para librarse de medios y periodistas, se ha encontrado ahora con otros contratiempos y frenos. La empresa resolvió colocarles semáforos y carteles de advertencia a sus mensajes cuando estos se salen de quicio, cosa que ocurre con frecuencia. ¿Se trata de decisiones editoriales o de reglas de juego para limitar abusos? ¿Se está rompiendo el encantamiento de Trump con la plataforma que tanto contribuyó a catapultarlo a la Casa Blanca?

El presidente reaccionó a su manera y firmó una orden ejecutiva para poner trabas a uno de los pilares de internet desde 1996: las redes sociales o los comentarios en un blog no pueden ser denunciados por lo que escriban los usuarios. Adujo cercenamiento de la libertad de expresión, pero Trump no es cualquier ciudadano, y su “apropiación” del instrumento como vehículo oficial para anunciar decisiones, divulgar datos, opinar lo que se le antoje, insultar o hacer campaña electoral tiene precisamente la característica de no admitir la “repregunta” de un periodista en conferencia de prensa o el control que supone su difusión en un medio de comunicación.

Es el presidente y la audiencia, sin intermediarios. Pero ocurren avatares que pueden convertir el sueño del líder populista de la era digital 2.0 en una pesadilla. Por ejemplo, cuando las redes sociales difunden las imágenes de un homicidio racista cometido por un policía se rompe el espejo de la realidad virtual y la gente se lanza a las calles en protestas como hace décadas no se veía en los EE. UU. Se produce entonces lo que Ernesto Calvo y Natalia Aruguete explican en su libro Fake news, trolls y otros encantos (siglo XXI) como “la activación en cascada de una comunidad interconectada”. La imagen de George Floyd acaso pueda más que mil fake news en la batalla de las narrativas.

*Texto publicado originalmente en diario Clarín, Argentina

Catálogo Foto de Livro en Foter.com / CC BY


Episodio relacionado de nuestro podcast:

El daño antropológico brasileño

El concepto daño antropológico resulta interesante para comprender el pasado inmediato y el presente político y sociocultural de un país. Fue utilizado por el sociólogo venezolano Rafael Uzcátegui para referirse al drama político y cultural de su país, como forma de caracterizar la identidad y los valores adquiridos en Venezuela desde la llegada del chavismo al poder. Lo tomó prestado, en realidad, del historiador cubano Luis Aguilar León, que en su libro Reflexiones sobre Cuba y su futuro lo define asociado al miedo al cambio y la represión, la desesperanza, el servilismo y el desarraigo generados por lo que ha sido la intervención estatal en las relaciones sociales y la psiquis de los habitantes de la isla desde los años de 1960.

Un tipo de daño antropológico ha quedado al descubierto en Brasil en los últimos meses, en la medida que fue avanzando una estrecha relación entre la pandemia del Coronavirus y las particularidades de la vida política cotidiana. Podría pensarse que el virus llegó en un mal momento, que el país no terminaba de adaptarse a un presidente como Bolsonaro, a su gabinete ministerial y a sus escándalos diarios en torno a su familia y amigos. Recientemente, viejos aliados como su Ministro de Justicia, el ex juez Sergio Moro, y dos ministros de Salud Pública han renunciado evidenciando una conflictividad política que trasciende las circunstanciales funciones públicas. El gobierno, y el propio Bolsonaro, han ido perdiendo la adhesión de muchos de sus electores, mientras otros se arraigan aún más a su discurso y accionar. 

Los brasileños han vivido este atípico año 2020 como una reedición del 2016 y las grandes desavenencias políticas. La conflictividad política y social se ha trasladado a las instituciones del Estado, a las tensiones entre el Supremo Tribunal Federal y el Poder Ejecutivo, a los intentos de silenciamiento de la Policía Federal, a la gestión de los gobernadores estaduales, al papel adquirido por la Fuerzas Armadas y al juego político oscilante del Congreso. Con los ánimos crispados, los brasileños todavía parecen estar bajo los efectos de la resaca de un ciclo político que se resiste a concluir.

En marzo, mientras ciertos sectores políticos venían construyendo un discurso defensivo bajo la tesis de la inminencia de un golpe de Estado, las imágenes de la caótica situación en Italia y España con centenares de muertes diarias por el Covid-19 comenzaban a preocupar a la población. Los medios de comunicación parecían anticipar la tragedia que se viviría fundamentalmente en amplias regiones de San Pablo y Río de Janeiro, y en el norte y nordeste de uno de los países más desiguales del mundo, con 210 millones de habitantes, y un sistema de salud y de protección social con problemas estructurales históricos.

Desde el inicio, el gobierno federal no comprendió el fenómeno o simplemente se valió de él para desarrollar una nueva disputa de narrativas que generó incertidumbre y temor en la población,

Desde el inicio, el gobierno federal no comprendió el fenómeno o simplemente se valió de él para desarrollar una nueva disputa de narrativas que generó incertidumbre y temor en la población, prolongando así el clima de conflictividad como una estrategia de sobrevivencia política. Mientras los ministros de salud y los gobernadores se han inclinado por el aislamiento social, Bolsonaro se ha dedicado a cuestionar dichas medidas. El desenlace esperado fue una inercia colectiva de la población, y la leyenda “quédese en casa” que debía ser internalizada como forma de defensa ante el virus, se convirtió fundamentalmente en un mantra de oposición política al gobierno Bolsonaro, lo cual tuvo sus consecuencias prácticas.

La sociedad brasileña se vio en una disputa que asociaría sus conflictos políticos con la nueva realidad impuesta por el Coronavirus. Cualquier mínima relativización a la estrategia del aislamiento social sería vista como un acto político, y éste, en sintonía con la figura de Bolsonaro. A la inoperancia y ausencia de su liderazgo, se sumó el discurso un tanto apocalíptico sobre la inminencia de un golpe por parte de la oposición. Esta politización en torno a las respuestas sanitarias, sociales y económicas a la pandemia, llevó a que médicos, epidemiólogos e investigadores prefirieran el ostracismo a un eventual escrache público en medio de un clima social hostil, dejando así a la sociedad brasileña privada de un debate abierto y democrático.

El país se privó de reflexionar por qué las muertes con Coronavirus se producen en esas regiones, y cómo en el desarrollo de una pandemia intervienen múltiples factores como el medio ambiente, la demografía, la psicología, el urbanismo, la sociología, la genética, además de la biología. También en qué medida las carencias en infraestructura médica y de formación académica podrían explicar la triste marca de fallecidos.  O temas como la corrupción y los desvíos de dinero público que podrían haber sido utilizados para la compra de insumos y hasta la construcción de hospitales de campaña.

A falta de un debate publico, el miedo llevó a la sociedad brasileña a aislarse como medida de protección. Esto provocó consecuencias económicas y psicosociales enormes, así como el costo de vidas humanas que por temor al contagio en hospital falleció sin acceder siquiera a atención médica. Los brasileños, inmovilizados por el pánico generado por los datos difundidos por los medios de comunicación, apenas se plantean que todo esto pueda ser cuestionado.

El aislamiento social dejó en evidencia el daño antropológico brasileño y la vigencia de un ciclo político que mantiene prisionero a una sociedad que parece más adepta al conflicto ideológico y político que al compromiso con la realidad. Hay un aire de resignación en la población y luego de tres meses de aislamiento, quedarse en casa no parece ser una solución práctica y legítima para quienes ya han perdido demasiado.

Foto de jeso.carneiro en Foter.com / CC BY-NC

La dimensión geopolítica del acuerdo Mercosur-UE

El acuerdo entre el Mercosur y la UE es criticado como proyecto neocolonial o tratado vampiro. Desde esta perspectiva, después de la firma del acuerdo la UE explotará y exprimirá a los países del Mercosur. Es cierto que el acuerdo producirá ganadores y perdedores en ambos lados, pero según un estudio de la London School of Economics (comisionado por la UE), se ampliará el comercio en general y aumentará la prosperidad en ambas regiones, aunque de manera modesta. Es importante aprovechar las oportunidades y no solo referirse a los riesgos. Los cuerdos comerciales no impiden una política gubernamental proactiva para mejorar la competitividad de las empresas nacionales (incluyendo más fondos para la ciencia  y el desarrollo de nuevas tecnologías) y para promover sus exportaciones; especialmente cuando el acuerdo otorga largos períodos de transición a ciertas industrias.

Es necesario superar el parroquialismo nacional, tanto en América del Sur como en Europa, y mirar el acuerdo desde una perspectiva geoeconómica y geopolítica. América del Sur y Europa deben posicionarse en un mundo marcado por una confrontación cada vez más fuerte entre China y Estados Unidos. Hay que defender el multilateralismo y un sistema international basado en normas y reglas vinculantes para todos (por ejemplo, en el área de comercio y estándares medioambientales). Los estados sudamericanos tienen que cooperar para tener una voz en la política internacional y para defender su autonomía. El Mercosur necesita el anclaje externo de la UE, de lo contrario, existe un mayor riesgo de que el bloque económico se desmorone.

La UE no es el socio comercial más importante y comprador principal de materias primas del Mercosur, sino China. Esto es especialmente cierto para la carne de vaca y productos agrícolas como la soja, cuyo cultivo se vincula con la deforestación en la Amazonia. China es también el principal exportador de productos industriales que compiten con los productores nacionales en los países del Mercosur. El ex presidente uruguayo José «Pepe» Mujica, uno de los lideres intelectuales de la izquierda latinoamericana, ha reclamado repetidamente que Europa debe equilibrar la influencia de China en América Latina y ha respaldado explícitamente el acuerdo Mercosur-UE.

El acuerdo permite que la UE se afirme geoeconómica y geopolíticamente en América del Sur contra China y Estados Unidos para defender un sistema de comercio mundial abierto y basado en reglas.

La UE es el segundo socio comercial más importante del Mercosur, por delante de los Estados Unidos. Y las empresas europeas son los inversores extranjeros más importantes de la región. El acuerdo permite que la UE se afirme geoeconómica y geopolíticamente en América del Sur contra China y Estados Unidos para defender un sistema de comercio mundial abierto y basado en reglas. El acuerdo permite que se apliquen normas medioambientales europeas en América del Sur, al menos para los productos que se exportan a la UE.

Los acuerdos comerciales pueden además proporcionar una palanca política que se debe utilizar cuando es necesario. Es más fácil proteger la selva amazónica si Brasil y los otros países del Mercosur forman parte de un acuerdo que incluye un compromiso para implementar las medidas del Acuerdo de París para la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero (incluyendo una reducción de la deforestación). El acuerdo facilita la expansión y profundización de las redes de protección ambiental entre América del Sur y Europa, y permite perforar el reclamo de una soberanía absoluta sobre el medio ambiente en territorio nacional. La protección del medio ambiente y el comercio no son mutuamente excluyentes. Europa tiene peso como potencia comercial, y la UE tiene un poder de gestión que debería usar. Pero desde una perspectiva europea, también hay límites claros para un acuerdo. Si un gobierno se niega a cumplir con sus obligaciones internacionales o destruye su sistema democrático no habrá acuerdo con ese país.

Foto de la Casa de América en Foter.com / CC BY-NC-ND

Racismo en Estados Unidos ¿un punto de inflexión?

La tormenta perfecta necesaria para poner en discusión el racismo estructural que afecta los fundamentos de la democracia ciudadana de los Estados Unidos ha comenzado. Las políticas racistas, discriminatorias, y violentas del gobierno de Trump ya habían provocado masivas manifestaciones que dese el año 2017 hasta comienzos del 2019 contabilizaron 27 millones de estadounidenses en las calles según un estudio de Harvard.

Este alto grado de oposición política fue testigo, en los últimos meses, de cómo una enfermedad ponía de rodillas al país mas poderoso del planeta: 25 millones de desempleados, un sistema sanitario ineficiente y colapsado que resultó en la muerte de 115,000 personas. Con una proporción desmedida de muertes afroamericanas, —1 de cada 2,000 de la población total— solo se necesitaba otro acto trágico de injusticia social para detonar una total ebullición.

Durante las ultimas tres semanas la sociedad estadounidense ha sido protagonista de una masiva movilización social a nivel nacional cuyos niveles de participación y protesta no habían sido registrados desde 1968. El detonante fue la muerte por sofocamiento de George Floyd por parte de agentes de la policía de la ciudad de Minneapolis. Floyd fue solamente el ultimo en una seguidilla de afroamericanos asesinados por la policía, en los últimos dos meses, en varias ciudades de Estados Unidos por fuerzas policiales.

Aunque las demostraciones han sido ampliamente pacificas, actos de vandalismo y saqueos, asimismo como la toma de comisarias en varias ciudades, desencadenó el despliegue de la guardia nacional en 25 estados y la imposición del toque de queda en Nueva York, Atlanta, Chicao, Filadelfia, Washington DC, Los Ángeles, Minneapolis, Boston, Austin, Dallas, Denver, entre otras, hasta por una semana en ciertos casos.  

parecería que se estaría produciendo un quiebre coyuntural en lo que concierne a la necesidad de acabar con el racismo estructural en el accionar policial y en el sistema jurídico criminal.

Como todo evento sociopolítico, las manifestaciones por la muerte de George Floyd deben ser analizadas como parte de procesos históricos con continuidades y rupturas. En este contexto, y teniendo en cuenta las reacciones de amplios segmentos de la sociedad, los medios, e institucionales estatales, parecería que se estaría produciendo un quiebre coyuntural en lo que concierne a la necesidad de acabar con el racismo estructural en el accionar policial y en el sistema jurídico criminal.

Intentemos, primero, entender si estas protestas verdaderamente son un punto de inflexión. El efervescente racismo de la brutalidad y violencia policial no es un fenómeno nuevo. Si bien los afroamericanos representan el 13% de la población total de los Estados Unidos, ellos representan el 40% de las muertes extrajudiciales (en ciudades como Baltimore o Chicago el porcentaje se eleva a 75-90%), el 70% de las detenciones, el 30% de los arrestos, y el 50% de los convictos. En perspectiva, uno de cada 1,000 afroamericanos es asesinado por la policía (a diferencia de uno de cada 5,000 blancos), y uno de cada tres negros es encarcelado alguna vez a lo largo de su vida, mientras que en el caso de los blancos solo uno de cada 17 es encarcelado. Estas cifras no surgieron a partir del 2017, el racismo es tan antiguo como los Estados Unidos, pero su incidencia en el sistema jurídico-policial creció desde los 70s-80s, disparándose durante la administración Clinton en los 90s, incluso después de una disminución abrupta en delitos violentos, luego de reformas penales y de seguridad.

La organización Black Lives Matter, que ha liderado las recientes protestas, emergió en 2013-2015 para dar fin a la impunidad policial luego de una serie de matanzas de afroamericanos por parte de agentes de seguridad. Aunque BLM tomo cierto protagonismo en 2016, sus iniciativas no habían llegado a resonar a nivel nacional. Eso cambió en las ultimas tres semanas con demostraciones de miles de personas en mas de 2,000 ciudades, en todas las urbes de mas de 50,000 habitantes, y con una participación multicultural y hasta mayoritariamente blanca. La movilización por Floyd es diferente por que ha logrado aprovechar del descontento anti-Trump de los últimos tres años – que aglomera Demócratas liberales y progresistas, e incluso Republicanos moderados- energizado por el desastre sanitario y económico durante la pandemia.

La enorme participación blanca a nivel nacional es lo que también diferencia estas movilizaciones de las anteriores protestas anti-raciales de 1919, 1943, 1955, 1960-68. En todas aquellas, la población afroamericana, en su gran mayoría, era quien tomaba las calles. Inclusive, a diferencia de los saqueos de Detroit de 1968 y de Los Angeles de 1992, los actos vandálicos de estas semanas fueron perpetrados en zonas de alto poder adquisitivo, como Soho y Beverly Hills, y dirigidos contra marcas de lujo, en vez de en barrios afroamericanos o zonas comerciales de clase media baja. De esta forma, estas protestas podrían ser enmarcadas junto con las que tuvieron lugar en Francia, Canadá, Chile, Líbano, Hong Kong y otros, durante 2019, que, si bien tuvieron diferentes orígenes, reflejaban déficits democráticos en cuanto a la igualdad socioeconómica, la representación política, y la inclusión racial.

La identidad misma de los Estados Unidos como un país desarrollado y democrático está en juego. Si bien la segregación legal fue eliminada en 1964-1965, la socioeconómica y policial persiste hasta nuestros días. La sociedad estadounidense necesitó a Trump y una pandemia para darse cuenta.

Foto de Lorie Shaull en Foter.com / CC BY-SA

Leer la globalización para entender la pandemia

El 11 de marzo la Organización Mundial de la Salud (OMS) anunció que el COVID-19 era oficialmente una pandemia: se había alcanzado la “propagación mundial” de la nueva enfermedad. El virus, surgido de la mezcolanza de fluidos animales en un mercado de Wuhan, se había contagiado de vaya a saber qué bicho a probablemente un comerciante, y de este a otro, o a un cliente, o quizá a un proveedor para rápidamente esparcirse entre los recovecos de la ciudad china. A su paso, el novel virus dejó una estela de enfermos que enfermaron a nuevos enfermos que desbordaron la metrópolis y se esparcieron en buses, trenes y barcos por la superficie de la tierra. Sin embargo, fue el avión, —auténtico agente globalizador del virus— quien en un abrir y cerrar de ojos polinizó el planeta de coronavirus. En semanas la enfermedad apareció en pequeñas poblaciones de la selva amazónica, el desierto del Sahara o la tundra siberiana. Sin embargo, el virus no avanzaba homogéneamente por el mundo. Como si se tratara de una superposición cartográfica, el mapa de la pandemia más bien reproducía a grandes rasgos la geografía de la globalización.

prestar atención a su relación estructural con la globalidad es una buena forma de entender la pandemia.

La globalización es un fenómeno que se basa en el aumento continuo de la interconexión entre países, regiones y ciudades del mundo. Y el avance de este proceso —en construcción— es medido por el Índice de Globalización de KOF, de la Escuela Politécnica Federal de Zúrich, que evalúa las dimensiones económicas, políticas y sociales de la globalización. En este sentido, la propagación del virus refleja en cierta medida la dimensión social de la globalización, cuyas principales características son la movilidad y la densidad de población. Y si bien existen infinidad de factores que alteran el comportamiento de la propagación como las políticas públicas, la infraestructura, las formas de vida, la economía, el clima, la geografía o el azar, prestar atención a su relación estructural con la globalidad es una buena forma de entender la pandemia.

Bélgica, por ejemplo, líder absoluto del índice de mortalidad por COVID-19 con 83,9 fallecidos cada 100.000 habitantes, es año a año una fija en el podio de los países más globalizados. Los cinco países más globalizados del mundo —Suiza, Países Bajos, Bélgica, Suecia y Reino Unido— se encuentran, según datos de la Universidad John Hopkins actualizados al 7 de junio, entre los diez países con mayores índices de mortalidad. Y si se prefiere, los diez países con mayores índices de mortalidad se encuentran entre los 23 más globalizados.

La globalización, sin embargo, si bien es un fenómeno que atañe a los países en su conjunto, es un proceso que afecta particularmente a los grandes centros urbanos. Estados Unidos, por ejemplo, con una extensión continental y una población de más de 300 millones de habitantes presenta una enorme heterogeneidad interna que se ve reflejada en la incidencia de la globalización y, por lo tanto, en la propagación del virus. Los estados de Nueva York y Nueva Jersey acumulan más del 40% de los fallecidos de Estados Unidos por el COVID-19 a pesar de representar juntos menos del 10% de la población. Esto se debe a que la ciudad más globalizada del mundo (según el Global Cities Index de ATKearney), Nueva York y su área metropolitana que se extiende entre ambos estados, ha sido el principal foco del virus a nivel global.

Según un artículo de la revista médica The Lancet, al 24 de abril las más elevadas tasas de mortalidad acumulada a los 30 días del inicio de la epidemia se habían dado en Nueva York, con 81,2 muertos cada 100.000 habitantes, la Comunidad de Madrid con 77 muertos, Lombardía donde se encuentra la globalizada Milán con 41,4, Île-de-France, conocida como la región parisina con 26,9 y el Gran Londres con 23 muertos cada 100.000 habitantes. Entre estas metrópolis se encontraban las tres ciudades más globalizadas del mundo: Nueva York, Londres y París.

En una comparación más amplia, el coronavirus ha trazado una frontera sanitaria entre los países de Europa Occidental y los mucho menos afectados del centro y este de Europa que presentan interconexiones considerablemente más débiles. África por su parte, la región menos preparada para contener la pandemia, tenía todos los boletos para ser devastada por la enfermedad. Sin embargo, según el Centro de Prevención de Enfermedades de la Unión Africana (CDC), en el continente menos globalizado del planeta se contabilizaban al 8 de junio en el entorno de las 5.000 muertes y los 200.000 contagios. Números semejantes a los de Perú.

En el caso de África, su estructura demográfica es uno de los factores manejados para explicar la contención del virus hasta el momento, así como una mayor resistencia debido a una exposición histórica a virus similares. Pero existen más factores que influyen en la propagación del virus como el orden cronológico de la pandemia que permitió a los gobiernos de los países menos globalizados contaran con más tiempo para implementar políticas públicas. Mientras que el no-liderazgo de gobernantes populistas y negacionistas de la enfermedad como Trump y Bolsonaro probablemente facilitó la dispersión del virus.

América Latina, con una enorme heterogeneidad social, se encuentra en una situación donde en un país como Brasil coexisten tribus amazónicas no contactadas y una megalópolis como San Pablo que se encuentra entre las 42 ciudades más globalizadas del mundo. Las enormes desigualdades socio-económicas de la región, que se traducen en índices de conectividad drásticamente distintos entre territorios, hace de América Latina una región más impredecible desde el punto de vista de la circulación del virus.

Sin embargo, la situación actual reafirma las tendencias globalistas del coronavirus en América Latina. Las megalópolis como San Pablo, Río de Janeiro, Ciudad de México, Buenos Aires, Lima, Bogotá o Santiago de Chile, con altos índices de globalidad, representan los principales focos de la pandemia en la región. Y Guayaquil, la primera ciudad latinoamericana en verse desbordada por la enfermedad, si bien no clasifica entre las más globalizadas, es el segundo mayor puerto del pacífico y la urbe más poblada de Ecuador, país de origen de la mayor comunidad de emigrantes latinoamericanos en España, uno de los principales focos mundiales y con quien Ecuador mantiene un enorme flujo.

El coronavirus no es un indicador matemático, simplemente se mueve con las personas por lo que en cierta medida representa la movilidad humana, uno de lo indicadores de la globalización. Es verdad que con el tiempo nuevos focos podrían superar los existentes. África podría llegar a ser el pronosticado desastre y la región amazónica, que ya se encuentra entre las regiones más afectadas de América Latina y menos conectadas, convertirse en el epicentro mundial del coronavirus. Sin embargo, el orden cronológico de la expansión del virus SARS-CoV-2 es inamovible y permanecerá allí para recordarnos la importancia de leer la globalidad para entender la pandemia.

Foto de fneitzke en Foter.com / CC BY-NC-SA