Drones y crimen organizado: la disputa por el control del espacio aéreo en América Latina

En Latinoamérica la arquitectura de seguridad está atravesando una transformación radical, impulsada por la irrupción de sistemas aéreos no tripulados (UAS, por sus siglas en inglés) en las operaciones de las organizaciones criminales transnacionales y de las redes de microtráfico local. Este fenómeno, que se ha disparado entre 2024 y 2026, representa un cambio de paradigma en la logística delictiva, el control territorial y la confrontación directa con las instituciones estatales, según advierte un análisis de El Tiempo (2025) sobre la expansión del narcotráfico aéreo. 

En este contexto, la democratización tecnológica de los drones comerciales, sumada a la adaptabilidad táctica de los cárteles y bandas criminales, ha generado una asimetría operativa en la que el costo de la innovación delictiva es marginal en comparación con el elevado gasto que enfrentan los gobiernos para su detección y neutralización. Por consiguiente, el uso de aeronaves no tripuladas ha dejado de ser un recurso exclusivo de fuerzas armadas para convertirse en una herramienta accesible que hoy redefine los conflictos irregulares y la gobernanza del crimen en entornos urbanos y penitenciarios de Latinoamérica. 

Bajo esta premisa, la seguridad en el presente trienio no puede limitarse a la vigilancia terrestre tradicional; requiere una comprensión profunda de cómo la tecnología ha permitido que las economías ilícitas conquisten la dimensión aérea de baja altitud.

Dinámicas de innovación y la captura del entorno táctico

El empleo de drones en la región ha pasado de una fase de vigilancia rudimentaria a una etapa ofensiva y logística de alta precisión, donde las organizaciones criminales capitalizan la disponibilidad masiva de dispositivos de consumo para transformarlos en vectores de transporte y ataque. Como señala El Estratégico (2025), esta transición se apoya en una lógica de bajo costo y alto impacto, pues mientras un sistema de defensa institucional puede superar los 100.000 dólares, un dron comercial modificado representa una inversión mínima con una capacidad de daño desproporcionada. 

No obstante, es imperativo desmitificar la idea de una superioridad absoluta, pues la efectividad de estos dispositivos está condicionada por limitaciones técnicas. De acuerdo con datos técnicos de la Revista Marina, el 46% de los drones comerciales posee una autonomía inferior a una hora, lo que los confina al microtráfico de “última milla” o ataques rápidos, mientras que solo un 5% de los equipos especializados posee capacidades de vigilancia persistente que superan las 24 horas. Asimismo, el 38% de estos sistemas se ve limitado por vientos superiores a los 16 nudos, lo que matiza su impacto en zonas costeras o montañosas de difícil acceso.

A pesar de estas restricciones físicas, la sofisticación en la reducción de detectabilidad ha avanzado mediante la creación de talleres clandestinos. Según informes de Prosegur Research (2024), el uso de impresoras 3D para fabricar sistemas de liberación remota y la modificación de firmwares para evadir el geofencing —zonas de exclusión aérea impuestas por fabricantes— ha permitido que las redes criminales eludan los mecanismos de control tradicionales. 

En última instancia, esta capacidad de adaptación técnica refleja una resiliencia criminal que aprovecha los vacíos regulatorios para consolidar un control territorial asistido por tecnología, especialmente en zonas de difícil acceso donde, como ha reportado la Policía Nacional del Ecuador, los drones se utilizan incluso para vigilar el arribo de avionetas en pistas clandestinas de Manabí y Guayas.

El frente penitenciario y el microtráfico de “última milla”

En el Cono Sur y la región andina, la vulneración de los sistemas penitenciarios mediante UAS constituye uno de los retos más críticos para el control civil legítimo. La experiencia en Chile, documentada por la Policía de Investigaciones (PDI) en la Operación Predator (2021), reveló una red que coordinaba vuelos nocturnos para ingresar estupefacientes en la cárcel Santiago Sur, y que logró al menos 21 incursiones exitosas con un avalúo de 100 millones de pesos chilenos. 

Este patrón de delivery aéreo se repite en Argentina, donde la justicia de Córdoba desarticuló en 2025 una banda que operaba siete drones para abastecer el complejo de Bouwer con cocaína y teléfonos móviles, utilizando envoltorios aerodinámicos diseñados para no comprometer la estabilidad del vuelo. Por lo tanto, la captura de los centros de reclusión se ve amplificada por una herramienta que permite a los líderes criminales proyectar poder y coordinar economías ilegales sin necesidad de contacto físico.

Sin embargo, el fenómeno no es puramente logístico; en países como Colombia y México, la tecnología ha escalado hacia la confrontación abierta. Informes del Ejército Nacional de Colombia indican que, desde abril de 2024, se han registrado cerca de 400 incidentes con drones, incluyendo ataques de enjambres contra bases militares como la de Aguachica, Cesar. Simultáneamente, el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) en México ha formalizado unidades de Operadores Droneros, según reporta C-UAS Hub, integrando conocimientos tácticos que, en algunos casos investigados, incluyen transferencia tecnológica de combatientes con experiencia en conflictos internacionales.

Esta militarización del microtráfico y el control territorial plantea un conflicto de soberanía en el espacio aéreo de baja altitud que las fuerzas de seguridad actuales, con recursos de interferencia electrónica aún en fase de despliegue según el Mayor General Juan Carlos Correa, apenas comienzan a dimensionar.

Hacia una gobernanza aérea integral

Frente a este diagnóstico, resulta crucial que los Estados de Latinoamérica avancen en una estrategia multidimensional que trascienda la respuesta reactiva. El primer pilar de esta propuesta consiste en la armonización de marcos legales hemisféricos —siguiendo modelos como la regulación RBAC-E Núm. 94 de la Agencia Nacional de Aviación Civil en Brasil— que regulen la importación y trazabilidad de los UAS, eliminando los vacíos que permiten la adquisición anónima de tecnología de alta capacidad. 

Reformas como estas deben ir acompañadas de un segundo pilar enfocado en la inversión en inteligencia criminal avanzada y sistemas de detección por radiofrecuencia y radares de alta resolución, capaces de distinguir entre aves y amenazas en entornos urbanos complejos. 

Finalmente, el tercer pilar debe abordar la reducción integral del daño y la recuperación del espacio público, integrando la vigilancia aérea en un modelo de “urbanismo de seguridad” que proteja a las poblaciones vulnerables del contagio criminal asistido por tecnología. En última instancia, el éxito de estas medidas no dependerá únicamente de la superioridad técnica, sino de la capacidad de las instituciones para reformar sus estructuras de gobernanza y actuar con la misma agilidad que el algoritmo criminal.

Cuba ante el ocaso del régimen cubano

Cuando se produjeron las transiciones a la democracia a fines de los años ochenta y noventa del siglo XX, varios regímenes autocráticos lo hicieron pacíficamente. Algunos de ellos se legitimaron como respuestas temporales frente a determinadas amenazas; por ejemplo: el combate al comunismo durante la Guerra Fría. La represión y la suspensión de libertades se presentaron como medios excepcionales para restaurar un orden amenazado. Esa diferencia de origen no atenúa ni justifica las violaciones de derechos humanos cometidas, pero sí permite explicar por qué esos regímenes aceptaron, llegado el momento, una salida pactada del poder.

Las dictaduras militares latinoamericanas se legitimaron como respuestas a una presión de cambio previa, asociada al impacto regional de la Revolución cubana y a la expansión de las guerrillas. Cuando frenar el comunismo perdió centralidad, aceptaron transiciones a la democracia. Sus líderes reconocieron derrotas en plebiscitos convocados por el poder —como sucedió en Chile y Uruguay— y asumieron el fin de su presencia en el poder.

Las autocracias revolucionarias, en cambio, tienden a exhibir una durabilidad excepcional, porque incorporan una misión histórica que las hace irremplazables. No se conciben como la solución de una crisis, sino como la cristalización definitiva de un proyecto político. Esto último se verificó constitucionalmente en Cuba. En la carta magna de 1976 no se reconoció ningún horizonte de caducidad del poder, porque el régimen nunca se pensó como un paréntesis histórico, lo que se confirmó con la incorporación de la cláusula de intangibilidad de 2002, en la que se declaró irrevocable el socialismo. La Constitución de 2019 mantiene esa cláusula.

Esa diferencia en la autopercepción de la élite gobernante no es un detalle histórico o teórico, sino una variable que explica cuánto está dispuesta a arriesgar para permanecer en el poder, qué costos aceptar y cuándo —si es que ocurre— negociar una transición pacífica hacia la democracia.

Desde 1959, Fidel Castro y sus seguidores se autopercibieron como un proyecto histórico sin fecha de caducidad. No gobernaron para preparar una transición a la democracia, sino para encarnar, de forma exclusiva, el único orden político legítimo posible. Esa autopercepción explica por qué el régimen cubano ha aceptado niveles de deterioro económico, social e institucional que resultarían impensables para otras autocracias.

Las élites autocráticas que se conciben como atemporales e ilimitadas no calculan los riesgos políticos del mismo modo que las sabedoras de que su existencia se basa en las circunstancias que provocaron su origen. Esas élites pueden prescindir de fuentes de legitimidad, como el rendimiento económico, la inclusión social o la participación político-electoral acotada, sin que se altere su sobrevivencia. Es posible que colapse la economía y los servicios públicos; la participación política puede volverse irrelevante; el reconocimiento internacional desaparecer y el aislamiento y las sanciones prolongarse durante décadas. Todo es asumible. Lo único inaceptable es perder el control del poder.

En Cuba, el fracaso económico y social dejó de ser un problema político para la élite. La crisis no es una anomalía, sino una condición estructural con la que aceptaron convivir mientras se mantenga el régimen actual sobre la base de la represión. La pobreza no es un costo transitorio, sino un estado permanente y un mecanismo represivo. La emigración masiva no es una alarma, sino una válvula de escape para la presión interna sobre el régimen. En lo que respecta a la élite, nada de lo anterior la obliga a cambiar de rumbo mientras los costos de la represión sean inferiores a los de transitar hacia la democracia.

La actualidad cubana

La coyuntura actual de Cuba confirma estos argumentos. Luego de la salida de Maduro del poder y la pérdida de la alianza estratégica con Venezuela, el régimen cubano no solo enfrenta una crisis estructural. También perdió el sostén externo que durante más de dos décadas le permitió amortiguar sus costos de supervivencia. La economía cubana, que ya enfrentaba su peor crisis en décadas, incluso antes de la llegada de la actual administración estadounidense a la Casa Blanca, enfrenta ahora un colapso energético que afecta servicios básicos y agrava la contracción económica. Ello demuestra la extrema dependencia del régimen de sus aliados internacionales.

Sin embargo, este contexto, lejos de inducir una transición inmediata, confirma que la élite gobernante no interpreta la crisis como un límite a su permanencia, sino como un costo asumible dentro de su misión histórica. La desaparición del aliado venezolano no altera automáticamente su disposición a resistir, pero sí elimina uno de los factores que sostenían la viabilidad material de esa autopercepción de permanencia, lo cual incrementa la incertidumbre interna.

La capacidad de resistir riesgos ilimitados tiene una explicación adicional: los mecanismos internos de estabilidad que le permiten al régimen procesar conflictos sin fragmentarse. En ese entramado, la figura de Raúl Castro es fundamental, porque cumple una función arbitral dentro del régimen. Ha sido la instancia final de resolución de conflictos interélites, el actor capaz de contener disputas entre facciones civiles, militares y partidarias, y el garante último de que las discrepancias no escalen hasta poner en riesgo la cohesión del poder.

Ningún actor relevante dentro del régimen puede desconocer la palabra de Raúl Castro sin asumir un costo político elevado. Mientras exista ese árbitro, la élite tolerará presiones externas, fracasos internos y crisis recurrentes sin alterar su autopercepción de permanencia. La certeza de que siempre hay una instancia capaz de cerrar filas reduce la incertidumbre y hace creíble la noción de continuidad indefinida. Por esa razón, la eventual muerte de Raúl Castro no es un acontecimiento simbólico, sino un hecho político. Su desaparición no implicará el colapso automático del régimen ni garantiza una transición a la democracia, pero eliminará uno de los principales mecanismos informales de estabilidad interna.

El principio del fin

En este contexto, es posible que la autopercepción de eternidad comience a resquebrajarse y no porque cambie la ideología ni porque mejore o empeore la economía o la situación social, sino porque la continuidad deja de sentirse asegurada. El régimen podrá preservar el control del aparato coercitivo, pero la duda se instalará: ¿quién decidirá en última instancia? ¿quién garantizará que los conflictos no deriven en rupturas?

Pero esa grieta interna no bastará. La muerte de Raúl Castro es solo una ventana de oportunidad. Las autocracias atemporales pueden recomponerse con cierta facilidad tras la pérdida del líder máximo. Para que la pérdida del árbitro influya decisivamente en la autopercepción de la élite es indispensable que se mantenga, e incluso aumente, la presión externa sobre el régimen; la cual eleva el costo de permanecer en el poder en un momento de incertidumbre. Esta, además, reduce los márgenes de maniobra, limita las salidas individuales y hace más costosa la estrategia de resistir indefinidamente.

Cuando esa presión se relaja, el régimen gana tiempo para reorganizarse, cerrar filas, reconstruir una narrativa de continuidad y realizar ajustes institucionales que exponen una imagen de cambios que no ocurren en realidad. Cuando se sostiene la presión, se amplifican las tensiones internas y se vuelve más difícil fingir que nada ha cambiado. En el caso cubano ello es crucial, debido a la debilidad de la oposición política y de la sociedad civil —cuyos líderes se encuentran en su mayoría exiliados o encarcelados— para ejercer presión efectiva sobre el régimen.

Las élites autocráticas que se ven a sí mismas y al régimen como eternas no pactan transiciones porque se vuelvan democráticas. Tampoco porque reconozcan el sufrimiento social generado por su gestión. Negocian cuando permanecer se torna más riesgoso que abandonarlo a tiempo. La transición empieza en la psiquis de quienes gobiernan antes que en la mesa de negociación. En Cuba, ese momento puede llegar cuando coincidan dos procesos: la desaparición del principal factor de cohesión interna y la presión internacional.

Elecciones en Bolivia: de la desaparición del MAS a la fragmentación del electorado

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El próximo 22 de marzo la ciudadanía boliviana elegirá a nueve gobernadores, 277 asambleístas departamentales, 335 alcaldes y 2.049 concejales municipales. Este megaproceso democrático cierra la etapa de reconfiguración política iniciada con las elecciones presidenciales de agosto de 2025, que llevaron al PDC de Rodrigo Paz a la presidencia del Estado, y que se ha caracterizado por el fin de la hegemonía del MAS y la fragmentación de la representación política.

El MAS ha desaparecido por completo de la competencia electoral, pues no ha postulado candidatos en ninguna ciudad capital. Tampoco participará el partido Evo es Pueblo con sigla ni candidatura propia. Es verdad que algunos militantes del MAS se presentan como postulantes, pero fuera de la estructura del partido. Este escenario es resultado de la descomposición interna del MAS, cuya pugna fratricida entre las corrientes arcistas y evistas derivó en un bloqueo mutuo que hizo metástasis en el nivel subnacional.

A cambio, han surgido los partidos Libre y Patria, que presentaron listas de candidatos en casi la totalidad de los municipios de cada departamento. Libre corresponde al partido de Tuto Quiroga, quien intentó sin éxito llegar al poder en 2025, mientras que Patria agrupa a diversos movimientos en torno a la figura del presidente Rodrigo Paz. Resta saber si estos partidos lograrán seducir al electorado del MAS, actualmente confundido y desarticulado. No parece probable.

Si en su momento se supuso que el MAS y la izquierda podrían recomponerse para las elecciones subnacionales, nada de eso está pasando. La debacle de la izquierda decolonial y la emergencia de la derecha continuarán.

Con todo, la pérdida de hegemonía del MAS no implica un fortalecimiento del sistema de partidos ni de los mecanismos de mediación política. Tanto Libre como la oficialista Patria carecen de una estructura de partido sólida, al punto que muchos de sus candidatos son figuras ajenas a su propio aparato.

A esto hay que añadirle la fragmentación política. En promedio, los nueve municipios de capital de departamento cuentan con quince partidos en pugna. Con dieciocho candidaturas, La Paz es la que posee el mayor número de postulaciones, y la que menos es la ciudad de Cobija, con once. En un contexto en el que ya no existe un partido hegemónico como el MAS, lo que se vislumbra es que las elecciones subnacionales de marzo estarán marcadas por una alta fragmentación del voto y una notable atomización de la representación política.

Tampoco se advierte un discurso capaz de ordenar mínimamente el campo político. Los partidos que ahora están en pugna continúan tratando de rentabilizar electoralmente el clivaje MAS-anti-MAS, aunque con muy poco efecto político, dado que el MAS ha terminado por ser no solo un partido minoritario, sino marginal. Las acusaciones entre unos y otros acusándose de “masistas” no tienen efecto político, porque Morales, hoy por hoy, es un muñeco de trapo temeroso de ser el próximo Maduro. 

Los discursos de los candidatos terminan siendo variopintos y curiosos; muy en línea con la tendencia tecnocrática, buscan alejarse de las coordenadas ideológicas —a las que consideran pasadas de moda— y tratan de mostrarse apolíticos y técnicos. De este modo, los candidatos que en el pasado trabajaron para el gobierno del MAS buscan mostrar que su experiencia en dicha gestión fue valiosa desde el punto de vista tecnocrático y que, aseguran, podrán ponerla al servicio de la población si resultan electos. 

En definitiva, Bolivia se encamina a una jornada electoral centrada en personas y no en partidos. La deshegemonía del MAS no ha dado paso a una renovación democrática de fondo, sino a una atomizacion del voto. Reinan la confusion, el desaliento y la publicidad por redes sociales que abomina el debate de ideas. Imperan el insulto y la diatriba, pero no aparece ninguna propuesta capaz de hacer soñar al electorado con mejores días. 

El gran peligro es que, tras el 22 de marzo, el país podría despertar con autoridades locales carentes de mayorías sólidas para gobernar, atrapadas en concejos municipales ingobernables. Mientras el MAS se desvanece en su propia metástasis, los nuevos actores parecen olvidar que la gestión sin proyecto político no sirve de mucho, como los caudillos sin partido. 

Duró poco: Perú vuelve a quedarse sin presidente

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El 17 de febrero, Perú volvió a quedarse sin presidente. Lo que en cualquier democracia supondría una crisis excepcional, en el caso peruano se ha convertido en un episodio recurrente. Desde 2016, ningún presidente ha logrado completar su mandato. La inestabilidad ya no es un accidente del sistema político: es su rasgo dominante.

José Jerí, quien era presidente de la Mesa Directiva del Congreso hasta que Boluarte fue reemplazada, asumió la presidencia conforme al orden constitucional por un período de 130 días. Jerí había ingresado al Congreso como accesitario tras la inhabilitación de Martín Vizcarra. Durante su breve gestión intentó proyectar una imagen de liderazgo firme, visitando centros penitenciarios y con una retórica centrada en el orden y la seguridad. Sin embargo, su popularidad se erosionó rápidamente.

La encuestadora Ipsos registró un 60% de desaprobación, en un contexto marcado por cuestionamientos públicos, como las reuniones con empresarios chinos, denuncias de violación y el deterioro en los indicadores de seguridad ciudadana. Si bien las razones esgrimidas por los congresistas para su destitución se vincularon a estos episodios, su destitución forma parte de una estrategia política de los partidos con miras a las próximas elecciones. Tras su salida, José María Balcázar, un congresista de izquierda de 83 años, tristemente conocido por su apoyo al matrimonio infantil se ha convertido en el nuevo presidente de Perú.

Uno tras otro

El último jefe de Estado que culminó su período fue Ollanta Humala (2011-2016). A partir de entonces, la sucesión ha sido acelerada. Pedro Pablo Kuczynski renunció tras poco más de año y medio de gestión, acosado por un Congreso controlado mayoritariamente por el fujimorismo. Su vicepresidente, Martín Vizcarra, quien asumió tras la renuncia, fue destituido mediante la figura de la “vacancia presidencial”. Manuel Merino, entonces presidente del Congreso, asumió el cargo conforme al orden constitucional, pero renunció cinco días después, tras intensas protestas sociales en las que murieron dos jóvenes. Francisco Sagasti completó la transición hasta las elecciones de 2021. Pedro Castillo, elegido ese año, fue destituido luego de intentar disolver el Congreso. Y su vicepresidenta, Dina Boluarte, asumió la presidencia, y tras débiles pactos con los congresistas, fue vacada.

Más allá de los nombres y los días que cada uno permaneció en el poder, lo relevante es que el Perú se enfrenta a una fragilidad institucional que permite la destitución frecuente del jefe de Estado. La Constitución peruana contempla la figura de la “vacancia por incapacidad moral permanente”, que faculta al Congreso a declarar la destitución del presidente con dos tercios de los votos (mayoría simple en caso de censura al Presidente de la Mesa Directiva del Congreso).

Se trata de un mecanismo excepcional, pensado para situaciones extremas; sin embargo, en la práctica, se ha convertido en una herramienta de presión política. La expresión “incapacidad moral permanente” es lo suficientemente ambigua como para permitir diversas interpretaciones. En los últimos años, ha sido invocada por motivos diversos, desde acusaciones de corrupción hasta cuestionamientos políticos, sin que exista un estándar jurídico claramente delimitado.

Esta inestabilidad tiene consecuencias concretas. Las políticas públicas requieren continuidad, planificación y coordinación interinstitucional. Cuando los gobiernos se suceden con rapidez, los equipos ministeriales cambian, las prioridades se redefinen y las reformas estructurales pierden impulso. Problemas complejos como la inseguridad ciudadana, la informalidad económica o la precariedad de los servicios públicos difícilmente pueden abordarse con eficacia en un entorno donde la supervivencia política es el objetivo inmediato.

Por otro lado, es importante indicar que no hubo una reforma constitucional que alterara formalmente el equilibrio de poderes tras 2016. Lo que cambió fue la manera en que los actores políticos decidieron utilizar los instrumentos disponibles. La vacancia pasó de ser un recurso extraordinario a convertirse en una amenaza constante contra presidentes sin mayoría. En este contexto, la estabilidad del Ejecutivo depende menos de criterios jurídicos que de una aritmética legislativa. A ello se suma que, tras la disolución del Congreso durante el gobierno de Martín Vizcarra, el Legislativo ha buscado reforzar sus atribuciones, limitando, por ejemplo, la posibilidad de que el Senado pueda ser disuelto.

Lo que realmente necesita el país

Una reforma política de fondo resulta, por tanto, indispensable. Fortalecer el sistema de gobierno y el sistema de partidos es condición necesaria para reducir la fragmentación y la confrontación permanente. Sin embargo, modificar las reglas no es suficiente. La experiencia reciente demuestra que es fundamental el compromiso genuino de las élites políticas con la estabilidad democrática. En 2018, el entonces presidente Martín Vizcarra impulsó un paquete de reformas que fue sometido a referéndum. Aunque contó con participación ciudadana, parte de su contenido se diluyó en el proceso legislativo posterior y no logró generar los cambios estructurales esperados.

En los próximos meses, Perú volverá a las urnas para elegir al presidente y vicepresidentes, así como a los miembros del Senado y la Cámara de Diputados. Ante la debilidad institucional que caracteriza al país, surge una pregunta inevitable: ¿es determinante quién ocupe la presidencia, si las reglas del juego permiten que su mandato sea interrumpido con relativa facilidad?

El contexto sugiere que la estabilidad del sistema no depende únicamente de la figura presidencial, sino del diseño y funcionamiento del conjunto institucional. Sin ajustes en ese marco, el riesgo de que la historia vuelva a repetirse seguirá presente.

Financiar la transición climática: una agenda impostergable de redistribución global

La crisis climática no es solo un problema ambiental: es, ante todo, un problema político y económico. Enfrentarla exige redefinir cómo se produce, se consume y, sobre todo, cómo se financia el desarrollo a escala global. La discusión sobre el financiamiento climático no puede reducirse a instrumentos técnicos ni a promesas voluntarias de inversión “verde”; debe inscribirse en una agenda más amplia de redistribución de la riqueza, capaz de corregir desigualdades históricas y de asumir que quienes más contribuyeron al deterioro ambiental son también quienes concentran la mayor capacidad económica para revertirlo.

En los últimos años, el debate internacional ha reconocido, al menos en el plano discursivo, que la transición hacia economías bajas en carbono requiere volúmenes de financiamiento sin precedentes. Sin embargo, la brecha entre lo necesario y lo efectivamente movilizado sigue siendo abismal, especialmente para los países del Sur Global, que enfrentan los impactos más severos del cambio climático con menores recursos fiscales, elevados niveles de endeudamiento y escaso margen de maniobra política. La pregunta central ya no es si hace falta más financiamiento, sino quién paga, cómo se paga y con qué criterios de justicia.

La crisis climática como un riesgo sistémico

El pensamiento dominante entre las élites económicas globales, expresado cada año en foros como Davos, reconoce crecientemente a la crisis climática como un riesgo sistémico de largo plazo. Las encuestas de riesgos globales del Foro Económico Mundial muestran que, más allá de las preocupaciones coyunturales por conflictos geopolíticos o tensiones financieras, los eventos climáticos extremos, la pérdida de biodiversidad y el colapso de los ecosistemas ocupan los primeros lugares cuando se proyecta el futuro a diez años. Esta percepción, sin embargo, no se traduce en transformaciones estructurales del sistema económico que esas mismas élites defienden y reproducen.

El problema es que los riesgos no se distribuyen de manera equitativa, ni en sus causas ni en sus consecuencias. El patrón de consumo de los sectores más ricos concentra una porción desproporcionada de las emisiones de gases de efecto invernadero, mientras que los costos del cambio climático recaen de forma abrumadora sobre poblaciones empobrecidas, comunidades rurales, pueblos indígenas y países periféricos. Una desigualdad alimenta a la otra: la concentración de riqueza profundiza la crisis ambiental, y la crisis ambiental refuerza las brechas sociales existentes.

Los datos son elocuentes. Informes recientes de OXFAM, publicados en coincidencia con las reuniones de Davos, muestran que el 1% más rico del planeta ha generado en los primeros 10 días de 2026 las emisiones de 𝐶𝑂2 que les corresponderían para todo el año y acumula el 63% de la riqueza mundial generada desde 2020, mientras que una de cada cuatro personas en el mundo sufre inseguridad alimentaria y casi la mitad de la población global vive en condiciones de pobreza. El patrimonio acumulado por los multimillonarios alcanza cifras que superan ampliamente los recursos necesarios para financiar la transición energética, la adaptación climática y la protección de la biodiversidad. No se trata de escasez, sino de una asignación profundamente desigual de los recursos disponibles.

Esta concentración extrema de riqueza no solo tiene efectos distributivos, sino también políticos. El poder económico se traduce en influencia sobre los procesos de toma de decisiones, en captura regulatoria y en bloqueo sistemático de reformas que afectarían intereses corporativos, en particular los vinculados a las industrias extractivas y a los combustibles fósiles. No es casual que el negacionismo climático y el retraso en la transición energética encuentren aliados tanto en sectores de la extrema derecha como en actores económicos que buscan preservar rentas extraordinarias.

La necesidad de la redistribución

En este contexto, hablar de financiamiento climático sin discutir redistribución resulta insuficiente. Los actuales esquemas de austeridad fiscal, promovidos como dogma por organismos financieros internacionales y adoptados por numerosos gobiernos, restringen la inversión pública justo cuando más se la necesita. Al mismo tiempo, se reemplazan impuestos progresivos por mayor endeudamiento, trasladando los costos al futuro y consolidando una visión financiera que ignora los límites ecológicos y las demandas sociales.

El modelo extractivo vigente agrava estas tensiones. La expansión de la minería, los hidrocarburos y los monocultivos, presentada como vía rápida para obtener divisas, profundiza conflictos territoriales, desplaza poblaciones, degrada ecosistemas y criminaliza la protesta social. Pocos sectores han contribuido tanto a las crisis gemelas del cambio climático y la desigualdad global como las industrias extractivas, que además suelen beneficiarse de generosos subsidios estatales y marcos regulatorios laxos.

Frente a este escenario, la justicia climática aparece inseparable de la justicia económica. Financiar la transición implica redefinir quién se apropia de los recursos naturales, quién asume los costos ambientales y quién se beneficia del crecimiento. En esta línea, resulta relevante el reciente informe de Naciones Unidas sobre el estado del financiamiento para la naturaleza, que advierte sobre el sesgo estructural del sistema financiero global hacia actividades que dañan el medio ambiente. La magnitud de los flujos destinados a subsidios fósiles y a inversiones nocivas contrasta con la escasez de recursos dirigidos a proyectos productivos en armonía con la naturaleza.

Redirigir subsidios hacia la transición energética

Transformar este esquema no es sencillo, pero tampoco imposible. Redirigir subsidios que hoy benefician a la industria petrolera hacia la transición energética permitiría liberar recursos significativos. Este proceso debe ser gradual y socialmente justo, evitando impactos regresivos en los precios de la energía que, como mostraron las experiencias de Francia o Ecuador, pueden desencadenar fuertes resistencias sociales. Pero la dificultad política no puede ser excusa para la inacción.

El cambio en el financiamiento también requiere reformas regulatorias profundas. Las autoridades monetarias y financieras deben incorporar criterios climáticos en sus decisiones, alineando el sistema financiero con objetivos de sostenibilidad. Algunos países de la región han comenzado a avanzar en esta dirección: bancos centrales como los de Brasil, Colombia, Chile o Uruguay han introducido lineamientos verdes, y el mercado de capitales brasileño ha desarrollado normativas que exigen mayor transparencia sobre riesgos climáticos. Estas iniciativas, aún incipientes, reconocen que el cambio climático no es un problema externo a la economía, sino un factor central de estabilidad financiera.

No todos los gobiernos comparten esta visión. En Argentina, por ejemplo, la actual administración niega la existencia del problema climático, minimiza la pérdida de biodiversidad y desestima la desigualdad como cuestión política. La profundización de un modelo extractivo orientado a pocos sectores, combinada con una obsesión por la estabilidad cambiaria a cualquier costo, configura una economía de enclave que erosiona el tejido productivo y social. La ausencia de una agenda ambiental y social no solo compromete el presente, sino que hipoteca el futuro.

En definitiva, financiar la lucha contra la crisis climática exige mucho más que fondos verdes o bonos sostenibles. Requiere una reconfiguración del contrato económico global, basada en la redistribución de la riqueza, la responsabilidad diferenciada y la democratización de las decisiones económicas. Sin justicia fiscal, sin impuestos progresivos, sin regulación del capital y sin una reducción drástica de las desigualdades, la transición climática seguirá siendo una promesa vacía. El desafío es político: decidir si el financiamiento se orienta a sostener privilegios o a garantizar un futuro habitable para las mayorías.

Los tres mensajes de Milei con la reforma laboral en Argentina

Un clásico axioma de la política sostiene que el mejor momento para implementar las medidas más resistidas por la opinión pública es lo más lejos posible de las próximas elecciones. No conviene perder tiempo en festejar victorias ni en vanagloriarse por los resultados de los comicios. Si el impacto de esas decisiones es negativo, habrá margen para amortiguar el malestar de los votantes; si, por el contrario, las medidas muestran efectos positivos en el mediano plazo, el electorado tenderá a premiar al gobierno en la próxima cita electoral. Con el calendario de 2027 en el horizonte -la posibilidad de reelección y, sobre todo, la necesidad de mantener vigentes los pilares de su programa libertario- Javier Milei apuesta a comenzar 2026 con, entre otras medidas, la polémica reforma laboral sancionada.

El 2024 fue una montaña rusa para el gobierno argentino. El año inició con una perspectiva auspiciosa por parte de analistas y consultores de campaña: las encuestas lo favorecían y no aparecía un adversario de peso que amenazara el resultado. Las elecciones de mayo en la Ciudad de Buenos Aires ratificaron ese escenario: Milei logró imponerse a la versión local del kirchnerismo por casi tres puntos y al oficialista PRO por cerca de quince. Sin embargo, las elecciones desdobladas de la provincia de Buenos Aires (PBA) parecieron marcar un abismo entre Milei y el electorado, con una inesperada derrota de casi catorce puntos frente al oficialismo provincial. Muchos proyectaron entonces que, si en la provincia donde vota casi el 40% del padrón Milei perdía, el resultado nacional seguiría rieles similares.

Esos análisis, sin embargo, no contemplaron cuatro puntos clave: (1) el electorado puede votar distinto según el cargo, el distrito y el momento; (2) el triunfo del kirchnerismo en PBA fue un estímulo suficiente para que los “votantes blandos” de Milei -que podían haberlo votado en septiembre pero no lo hicieron- concurrieran en octubre; (3) una parte del kirchnerismo dio por ganada la elección de octubre y se relajó electoralmente; y (4) el resultado provincial generó incertidumbre en el “mercado”, provocando volatilidad en el dólar. El electorado leyó esa volatilidad no como una debilidad de Milei, sino como un anticipo de lo que podría ocurrir si el kirchnerismo se fortalecía.

Con habilidad política, Milei consolidó dos alianzas importantes que apuntalaron el resultado de octubre y le permitieron superar por siete puntos al kirchnerismo en las legislativas nacionales. La primera fue con el PRO, bajo la premisa de que sus electorados son muy similares y que, si compiten separados, atomizan el resultado. La segunda, su alianza con el gobierno de Donald Trump, le permitió contener la demanda de dólares, típica de la incertidumbre que antecede a una elección en la Argentina.

En definitiva, la síntesis política de 2024 expuso la vulnerabilidad de un gobierno que, aun haciendo equilibrio al borde del abismo, parece haber llegado para quedarse y termina proyectando una posible reelección en 2027. Es una moneda en el aire: nada está asegurado, todo es posible.

Con ese clima de incertidumbre, el gobierno entiende que una parte de su suerte electoral en 2027 dependerá de lo que logre -o no- hacer en 2026. Y eso se vincula con lo que “vino a hacer”. Controlar la inflación fue el contrato electoral con el que dos de cada tres electores rechazaron al oficialismo de 2023 y buscaron una esperanza en la oposición. Según reflejan las encuestas, esa expectativa se cumplió: se le adjudica a Milei haber estabilizado la inflación en torno al 2–3%, al punto de que dejó de encabezar el ranking de principales preocupaciones de la opinión pública. Ahora bien, el nuevo contrato electoral de este segundo tramo del gobierno -lo que las encuestas marcan como preocupación principal- tiene que ver con la reactivación del trabajo. Frente a esa demanda, el gobierno responde con un proyecto de reforma laboral.

El texto que aprobó la Cámara de Senadores y que está a la espera de tratamiento en Diputados incluye, entre sus puntos principales: indemnizaciones por despido menos costosas para los empleadores; menores aportes al sistema previsional; despenalización para registrar a trabajadores actualmente informales; creación de un “banco de horas” que permite compensar horas extra con tiempo de descanso (acordado con el empleador) en lugar de pagarlas como extras; modificaciones al período de vacaciones; mantenimiento del estatus de “independientes” para trabajadores de plataformas, con la obligación de las empresas de contratarles un seguro; declaración de algunos sectores como esenciales, lo que limita la posibilidad de paros totales; entre otros.

En términos comunicacionales, es una reforma con la que el gobierno aspira a enviar tres mensajes. El primero -y quizás el más buscado- es para los inversores extranjeros. Milei entiende que, en su esquema económico, la inversión necesaria para reactivar el país no vendrá del Estado ni de un aumento del déficit fiscal, sino del sector privado. En particular, de inversores externos que lo ven a él y a su filosofía política como un aliado. Sin embargo, esa atención que el libertario despierta entre empresarios y magnates necesita transformarse en dinero que efectivamente ingrese al país; en ese sentido, la reforma busca garantizar reglas de juego más favorables.

En segundo lugar, el mensaje apunta a los empresarios locales, quienes -bajo una normativa más flexible- deberían, desde la óptica del gobierno, dinamizar el mercado laboral. Además, con casi el 60% de los votos del Senado acompañando el proyecto, Milei exhibe músculo político y deja una señal de fortaleza y vitalidad, algo impensado años atrás.

En tercer lugar, el mensaje se dirige a los argentinos que acumulan años de inestabilidad laboral o desempleo y ven en esta reforma una posibilidad de acceso a nuevas oportunidades. Solo el tiempo mostrará si se trata de una reforma auspiciosa o perjudicial para los trabajadores; lo cierto es que, desde la perspectiva de quienes padecen años de malestar -y sin herramientas para discernir todas las aristas del proyecto- continuar con el esquema anterior no parece conducirlos a un mejor lugar.

En un reciente grupo focal emergió esta idea: “Yo no sé si es buena o mala la reforma; lo que sé es que estoy mal. Hay que hacer algo distinto, probar otra cosa; no sé qué”. En otras palabras, al igual que ocurrió con la demanda para bajar la inflación en 2023, Milei tiene una especie de “cheque en blanco” para resolver el problema laboral: “no sé cómo, pero que lo resuelva”. En línea con eso, una encuesta de mediados de febrero indica que casi el 46% de los argentinos está a favor de la reforma (entienda lo que entienda de ella) y cerca del 43% está en contra. El proyecto divide a la opinión pública; hay una leve mayoría a favor, pero una porción casi equivalente se opone.

A poco más de un año de los comicios que definirán quién será el próximo presidente de la Argentina, el gobierno se juega un primer round político. La aprobación de la reforma laboral se presenta como una respuesta al malestar en el empleo que enfrenta el país, en un contexto en el que Milei, en parte y desde la óptica de la opinión pública, estabilizó la dinámica inflacionaria heredada del gobierno anterior. Será la percepción de los electores la que determine si este proyecto -una vez aprobado y con sus efectos materializados- funcionará como catalizador electoral para el presidente, o si, por el contrario, se convertirá en un elemento más para alimentar a sus detractores.

Cobro de piso en México: una extorsión de avance imparable

El 25 de enero, un campo de fútbol en Salamanca, Guanajuato, fue escenario de la última masacre que ha sacudido a México. El saldo fue de once personas asesinadas y una decena de heridos. Las autoridades atribuyeron el ataque a una célula del Cártel de Santa Rosa de Lima, y el móvil tendría una conexión con el cobro de piso asociado a la práctica del fútbol. Comúnmente se considera que este tipo de delito afecta principalmente a empresas y comerciantes; sin embargo, su expansión se ha extendido hacia ámbitos no convencionales. ¿De qué manera se ha manifestado este delito en rubros como la fe, la educación y la recreación?

A lo largo de los años, los grupos del crimen organizado han diversificado sus actividades ilícitas, siendo el cobro de piso una de las modalidades que mayores réditos les ha generado. Mediante amenazas, intimidación o, en algunos casos, el uso directo de la violencia, exigen pagos periódicos a personas o negocios, tanto formales como informales —diarios, semanales o mensuales—, a cambio de permitirles vender sus productos o continuar con sus actividades. Esto implica el control territorial de una zona determinada.

Este delito afecta tanto a una empresa transnacional como a un pequeño puesto de tacos. El temor a que el negocio sea dañado o destruido, o incluso a ser asesinados, lleva a trabajadores y propietarios a acceder a abonar las cantidades exigidas. En algunos casos, las sumas demandadas resultan impagables, lo que los obliga a bajar la cortina. En otros, pese a las amenazas, optan por resistirse y continuar operando.

El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), a través de la Encuesta Nacional de Victimización de Empresas (ENVE) 2024, señala en sus estimaciones que, durante 2023, en México se cometieron 747.000 delitos de extorsión, de los cuales 113.000 correspondieron a extorsiones en la vía pública, en establecimientos o al cobro de piso. Mientras que en 2011 el 44,7% de las víctimas entregaron lo exigido por los criminales, para 2023 esta cifra ascendió al 67%. Esta tendencia al alza refleja una modalidad cada vez más exitosa para los criminales, ya que la mayoría de las víctimas cede a sus peticiones. 

Además, el INEGI indica que, de los delitos cometidos contra unidades económicas, más del 90% no fueron denunciados de manera formal. Entre las causas de la no denuncia, el organismo destaca que cerca del 60% corresponde a factores atribuibles a la autoridad, que incluyen el miedo a la extorsión, la desconfianza institucional y malas experiencias previas.

En ausencia de cifras oficiales que cuantifiquen con precisión las pérdidas por cobro de piso como porcentaje de los ingresos empresariales, algunas estimaciones, como la emitida en 2024 por el presidente de la Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes (ANPEC), señalan que representaba entre el 10% y el 20% del ingreso de este tipo de empresas (Senado de la República, 2024). Por su parte, la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex) indicó en 2025 que el delito de extorsión, que incluye el cobro de piso, representó pérdidas económicas por más de mil millones de dólares.

Se ha documentado ampliamente cómo negocios y productores de diversos sectores han enfrentado el cobro de piso. En los últimos años, sin embargo, se ha comenzado a observar una tendencia en la que actividades que anteriormente se encontraban fuera del radar de la delincuencia organizada han empezado a verse afectadas por esta práctica.

En 2022, el arzobispo de Guadalajara, el cardenal Francisco Robles, declaró que en regiones del norte del estado de Jalisco era necesario contar con la autorización del líder local encargado de las actividades ilícitas de un cártel para llevar a cabo las fiestas patronales y que, de ser así, se debía entregar hasta el 50% de lo recaudado durante los festejos. Asimismo, en 2024, el presidente de la Red Evangélica de Veracruz, Guillermo Trujillo, afirmó que varios templos de la entidad habían cerrado debido al cobro de piso, equivalente aproximadamente a entre 580 y 1.160 dólares mensuales, de acuerdo con el tipo de cambio vigente en ese periodo.

En el ámbito educativo, este sector tampoco se ha salvado de este delito. Se ha reportado el cobro de piso a maestros de escuelas en distintas regiones de México; así lo documentó el diario El Universal en julio de 2024 al destacar que, en lo que iba del sexenio de Andrés Manuel López Obrador, se habían abierto doce carpetas de investigación por este delito. Un caso que ejemplifica esta situación es el de la escuela primaria Lázaro Cárdenas, ubicada en Michoacán, donde en abril de 2025 padres de familia denunciaron el cobro de piso a docentes, señalando que los delincuentes llegaron incluso a utilizar a los alumnos como intermediarios para entregar carpetas con amenazas dirigidas al personal educativo.

De la misma forma, las actividades de recreación, como la práctica deportiva, también se han visto afectadas, siendo la masacre ocurrida en Guanajuato su episodio más lamentable. El antecedente de este suceso trágico fue la emisión de amenazas por parte del crimen organizado contra ligas de fútbol amateur de la localidad, lo que llevó a que, días antes de la agresión, varias de ellas suspendieran sus partidos. Diferentes fuentes periodísticas han registrado que organizaciones y directivos recibieron exigencias de cobro de piso, equivalentes aproximadamente a casi 2.900 dólares mensuales, como condición para poder llevar a cabo los encuentros futbolísticos.

Ante la ausencia de protección por parte de la policía, algunas ligas optaron por contratar seguridad privada; sin embargo, diversos medios, como El País, señalaron que, de acuerdo con autoridades federales, el ataque en Salamanca habría sido producto de la disputa entre el Cártel de Santa Rosa de Lima (CSRL) y el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), ya que cinco de las víctimas, integrantes de la seguridad privada, estarían presuntamente vinculadas a este último grupo. De acuerdo con estas versiones, miembros del CSRL habrían llegado a los campos de fútbol y abierto fuego de manera indiscriminada contra jugadores y espectadores.

En definitiva, el cobro de piso en nuevas actividades continúa en aumento. El escenario es complejo, ya que el Estado mexicano no está cumpliendo con su función primigenia de garantizar la seguridad de la población. Ello se explica, en parte, por la colusión de actores políticos, en distintos niveles de gobierno, y de agentes estatales que cooperan con grupos del crimen organizado o deciden no actuar. Esta situación ha permitido que dichas organizaciones ejerzan un control de facto sobre diversas regiones del país.

No se vislumbra un escenario alentador frente a una realidad que sobrepasa a los mexicanos. La estrategia de seguridad del gobierno de Claudia Sheinbaum, hasta el momento, presenta limitaciones, mientras una parte de la población se siente cada vez más acorralada por las redes criminales. Frente al cobro de piso, parecen existir dos vías reales: ceder a las demandas o negarse y afrontar las consecuencias. Ninguna de las dos debería ser una opción. La masacre ocurrida en Salamanca puede interpretarse como una expresión extrema de ese contexto, en el que, ante la ausencia de protección estatal, se recurrió a la contratación de seguridad privada. Sin embargo, el desenlace evidencia que el crimen organizado actúa conforme a sus propios intereses y que, para lograrlos, la vida del otro no constituye un obstáculo.

El nuevo escenario político de Costa Rica

El 1 de febrero Costa Rica votó y decidió que Laura Fernández Delgado sea la presidenta N.50 desde que el país es república y la segunda mujer en ser electa para el cargo más importante del país: la Presidencia. Aunado a esto, su partido -Pueblo Soberano- fundado en el año 2022, obtuvo 31 de las 57 curules del Congreso unicameral del país, es decir más de la mitad de los escaños, lo que le asegura una mayoría absoluta según datos preliminares del Tribunal Supremo de Elecciones (TSE). El próximo gobierno iniciará su mandato con una serie de circunstancias inusitadas: la victoria presidencial en primera vuelta, un aumento de la participación en casi 10 puntos porcentuales y el control mayoritario en la Asamblea Legislativa, algo que no ocurría en el país desde 1990.

A partir de 1953, se han realizado elecciones periódicas, con transiciones pacíficas del poder (no hay reelección consecutiva). En este sentido, Costa Rica es una democracia consolidada, en donde la máxima de “certeza de reglas e incertidumbre de resultados” se cumple y los actores políticos perdedores aceptan la derrota cuando los votan en contra. Esta estabilidad se apoya, en gran medida, en la integridad y profesionalismo del TSE, que dio los resultados preliminares desde la misma noche de la votación, mediante actualización continua de datos en línea. En el contexto centroamericano, esto constituye un rasgo institucional distintivo.

Los resultados electorales permiten sostener que estas fueron unas elecciones atípicas, tanto regionalmente como frente a tendencias observadas en procesos previos. Se reordenó la competencia y los apoyos electorales se concentraron de manera inusual. Por lo cual, se afirma que se está configurando un nuevo patrón de representación y gobernabilidad, y al mismo tiempo, persistieron tendencias.

Una elección atípica y con continuidades

En términos regionales el proceso fue atípico, ya que no hubo castigo al oficialismo: casi 5 de cada 10 personas electoras votaron por la continuidad. Además, pese a una oferta amplia (20 candidaturas, cinco encabezadas por mujeres) y una oposición muy fragmentada, el voto ordenó la competencia. Pueblo Soberano (48,30%) y el otrora partido tradicional Liberación Nacional, PLN (33,44%) concentraron alrededor del 80% de los votos. En la arena legislativa tampoco se observa un escenario de mayor fragmentación, sino un Congreso con menos fuerzas políticas representadas y sin gobierno dividido o en minoría.

Los resultados también reflejan una tendencia observable en la región, el ‘vaciamiento del centro político’, que no logra mantener capacidad representativa y deja espacio a fuerzas más radicales, tal y como lo ha afirmado la académica Flavia Freidenberg. En Costa Rica eso se expresa en el resultado legislativo, ya que desaparecen del Congreso fuerzas que en 2022-2026 ocuparon espacios de derecha liberal y derecha conservadora (Liberal Progresista y Nueva República, respectivamente); posiblemente esos electorados fueron absorbidos por la fuerza política oficialista.

¿Nueva era política en Costa Rica?

Las elecciones nacionales de 2026 se llevaron a cabo tras un proceso de transformación del sistema de partidos, caracterizado por el desplazamiento del bipartidismo PLN-PUSC, hacia un escenario multipartidista y con erosión de lealtades y un electorado más volátil. Hoy, solo una de cada cuatro personas manifiestan identificación con algún partido (CIEP-UCR), un dato consistente con el desalineamiento partidario y electoral que reconfiguró la competencia en las últimas dos décadas.

Las elecciones de 2014 profundizaron esa trayectoria, al llegar a la Presidencia una fuerza ajena al bipartidismo. En la misma secuencia, la debacle electoral del PAC tras dos gobiernos (2014-2022) y la personalización de la competencia abrieron espacio para un liderazgo personalista, confrontativo y polarizante, que resultó en un mandatario que, tras casi cuatro años en el poder, ha sostenido niveles de popularidad cercanos al 60% (CIEP-UCR).

Este contexto se reflejó en la oferta partidaria. El sistema de partidos mostró alta fluidez, el índice de mortalidad (50/100) indica que la mitad de las fuerzas previamente representadas quedó fuera del Congreso. En un escenario de proliferación de etiquetas partidarias, estos datos dan cuenta de una baja capacidad de sostener apoyos y lealtades de un ciclo electoral a otro. Los partidos políticos no tienen -en su mayoría- arraigo en la sociedad y no necesitan tenerlo para ganar elecciones.

Sobre esa base se configuró un clima de malestar y desconfianza institucional, reforzado por el aumento de la inseguridad (la tasa de homicidios es de 16,7/100 000 habitantes, con base en cifras oficiales). En este contexto, la competencia electoral se organizó alrededor de un eje plebiscitario de apoyo o rechazo al presidente actual, quien mantuvo protagonismo durante la campaña a pesar de las denuncias sobre beligerancia política y desde el oficialismo se presentó una narrativa de promesa de eficacia, traducida en ‘políticas de mano dura’, emulando el ‘estilo bukele’ (como lo es la narrativa de construcción de una mega cárcel).

El proceso electoral del 2026 marca un punto de inflexión en la política costarricense, el triunfo electoral del oficialismo fue contundente y con una presencia territorial importante, que dio como resultado la concentración del poder político -Presidencia y mayoría legislativa- en una sola fuerza política:  hay un realineamiento político. El poder institucional del gobierno entrante se amplía y por ende su capacidad de decisión y acción.

A su vez, parece estar emergiendo un movimiento político, con base social, esto es, un electorado que se reconoce en un conjunto compartido de demandas y sentidos sobre seguridad, orden y rechazo a élites e instituciones percibidas como obstruccionistas y que posiblemente empiece a operar como identidad política nueva, que se está abriendo espacio. Esto ocurre en un momento en que el discurso oficialista plantea una promesa de ‘refundación’, entendida como una reconfiguración de los equilibrios institucionales: desde la propuesta de una Asamblea Constituyente para reemplazar la constitución actual, hasta reformas profundas al Poder Judicial, el TSE y otros organismos de control.  

Estados débiles, impuestos bajos y gasto alto: la trampa fiscal de América Latina

Los apuros fiscales de América Latina no son algo nuevo. Sus problemas se originan en un escollo que tiene dos caras. La formación de Estados que históricamente han sido relativamente débiles, es decir, que recaudan pocos impuestos y una marcada proclividad a los ciclos populistas en los que se gasta más de lo que se recauda, y de lo que se puede financiar sosteniblemente. Las explicaciones que dan cuenta de este desequilibrio fundamental son más complejas de lo que a veces se lee en prensa o se viraliza en redes sociales: corrupción corporativa rampante, despilfarro público, aversión generalizada a la tributación, captura del Estado por las élites económicas, etc.

Cuando no caóticas, las finanzas públicas en la región lucen frágiles. Dejando por fuera del análisis la trágica posición de Venezuela, el diagnóstico de los mercaderes de deuda pública señala que al concluir el 2025 las primas de riesgo eran altas en gran parte de los países de la región. El balance fiscal (como porcentaje del PIB), evidencia que son muchas las naciones con serios retos. En Brasil, México y Panamá actualmente se proyectan déficits del 5% o más, mientras que Ecuador y Uruguay llegan al 4%. Si bien no existe un número mágico alrededor del déficit optimo, el Fondo Monetario Internacional suele indicar que los niveles sostenibles se ubican entre el 1% y el 3%.

Es un hecho que en comparación con los países desarrollados los niveles de tributación de la región lucen bajos. Un reporte reciente de OXFAM muestra que el promedio de recaudación tributaria en América Latina se ubica en el 21,3% del PIB, mientras que para el club de países miembros de la OECD alcanza el 33,9%. La brecha, superior a los doce puntos porcentuales, es amplia – a pesar de haberse reducido en los últimos 20 años.

Además, los elementos inequitativos en la composición del recaudo son innegables. No es extraño encontrar que la tasa efectiva de tributación sobre los ingresos percibidos por las personas naturales que representan los percentiles más altos de la población (los más ricos de todos) sea inferior a la de otros percentiles que bien pueden representar los ingresos de las clases medias.

Ahora, además de sus bajos niveles y de ser inequitativa, la fiscalidad regional es decididamente compleja. Y esta complejidad revela privilegios. Un documento del PNUD-América Latina y el Caribe muestra que los ingresos tributarios no percibidos por el Estado por cuenta de tratamientos especiales como exenciones de distintos tipos equivalen a sumas muy importantes. Como porcentajes del PIB, tales exenciones rondan entre el 2% y el 4% para Perú, Guatemala, Argentina, Chile, Jamaica, Salvador y México; entre el 4% y el 6% para Brasil, Ecuador y Costa Rica; y por encima del 6% para República Dominicana, Uruguay y Colombia.

Si las próximas reformas tributarias en la región corrigen estas dos deficiencias estructurales (inequidad y exenciones), los niveles de recaudo se habrán homogeneizado en la medida de lo posible –dada nuestra realidad– con aquellos que suelen considerarse como referentes.

Y es que América Latina haría mal en fijarse niveles de recaudo tipo OECD como meta de corto plazo debido a que la región es económica y demográficamente distinta de la mayoría de esos países. Analicemos tres aspectos.

Las economías OECD son en promedio significativamente más prósperas, lo que quiere decir que sus habitantes poseen mayores ingresos (al menos tres veces más que los propios de América Latina, en promedio) y por tanto pueden ser gravados en mayor proporción. Ellos se encuentran más lejos de los niveles de subsistencia y de vulnerabilidad.

El empleo informal, según las estadísticas más recientes compiladas por la Organización Internacional del Trabajo, indican que la tasa promedio de empleo informal en países de la OECD no supera el 15% mientras que en América Latina la cifra es cercana al 50%. Alrededor de la mitad de la población en nuestra región tiene un trabajo principal o secundario en el que en la práctica no está sujeto a regulación laboral ni a protección social. Esto implica que tampoco contribuyen regularmente a la seguridad social. La informalidad laboral limita el universo efectivo de contribuyentes.

Además, la región experimentó una transición demográfica relativamente tardía. En 1985, por ejemplo, la edad mediana de la población –que divide a ésta en dos grupos de igual tamaño– era inferior a los 20 años con la excepción de Argentina, Chile, Cuba y Uruguay. Así que la población en edad y condición de contribuir al fisco había sido muy inferior a la proporción de contribuyentes que construyeron (fondeando con sus impuestos) los Estados de Bienestar Universales de la OECD, característicos de la segunda mitad del siglo pasado.

Por tanto, con el nivel de productividad y de ingresos actuales, la informalidad imperante, y la ventana del bono demográfico cerrándose, el margen de maniobra para agrandar el Estado latinoamericano es más finito de lo que se cree.

El camino de las aclamadas reformas estructurales en la tributación por la vía de la eliminación de tratamientos especiales y de progresividad es ineludible. Especialmente, con relación a las personas naturales con ingresos altos y muy altos.

En ausencia de altas tasas de crecimiento económico sostenidas en aumentos de productividad, el retorno de líderes populistas al poder exacerbará el gasto garantizando una próxima ronda (severa) de crisis fiscales y sociales en la región.

México en el discurso del primer ministro de Canadá

Mark Carney, el primer ministro de Canadá, aprovechó su presencia en el Foro Económico Mundial celebrado en Davos para pronunciar un discurso que puso los puntos sobre las íes en materia geopolítica. En él reconoció que las normas surgidas tras la Segunda Guerra Mundial, concebidas para preservar el equilibrio global, están hoy rotas. Sostuvo que ese orden ya no existe y que tampoco nos encontramos en una transición hacia un nuevo modelo basado en reglas universales. Por el contrario, describió un mundo regido por los intereses de las grandes potencias económicas y militares —Estados Unidos, China y Rusia—, empeñadas en controlar el futuro de la humanidad.

El problema es que, todavía hoy, tanto los organismos internacionales como muchos líderes mundiales actúan como si esas reglas siguieran cumpliendo la función que se les encomendó al final de la Segunda Guerra Mundial, especialmente a través de la que fue su máxima expresión institucional: la creación de la ONU y sus organismos especializados.

Carney afirma que el mundo no atraviesa una transición hacia un nuevo modelo geopolítico, sino una ruptura del orden internacional, en la que la integración económica se ha transformado en un arma de presión mediante aranceles, cadenas de suministro y mecanismos financieros. Así, la escena mundial queda determinada por la rivalidad económica entre las grandes potencias, con Estados Unidos, China y Rusia actuando sin límites claros, mientras los países más débiles sufren las consecuencias.

Frente a este cambio en el orden mundial, el primer ministro canadiense hace un llamamiento a las potencias medias para construir una autonomía estratégica en áreas clave como energía, alimentos, minerales, finanzas y cadenas de suministro.

La lógica es clara: si las normas internacionales ya no protegen a un país, este debe protegerse por sí mismo. Pero, ¿cómo encaja esta reflexión en países con modelos híbridos o abiertamente autocráticos? Para Carney, su propuesta es tremendamente pragmática: no es ingenua, sino realista, y nada más y nada menos que basada en valores democráticos, muy en la línea de lo que sostiene la Unión Europea. El dilema para los países con sistemas híbridos o autocráticos consiste en mantenerse en un modelo de integración subordinada o alinearse con valores que garanticen la cohesión social y política a mediano y largo plazo.

México se encuentra en esa encrucijada mientras avanza hacia un precipicio autocrático, con la captura y debilitamiento de instituciones democráticas —basta con mirar al Poder Judicial, seleccionado a través de reformas electorales que han favorecido a militantes confesos del partido Morena—. Esta debilidad estructural ha permitido que el gobierno de Donald Trump la utilice con fines geopolíticos propios, aumentando la presión sobre la administración de Claudia Sheinbaum. Queda claro que un líder con ambiciones autocráticas, aunque aún limitado por controles legislativos, no tolera que otro intento similar surja dentro de su esfera nacional si entra en conflicto con los intereses del MAGA.

No obstante, el gobierno de Claudia Sheinbaum mantiene a diario una soberanía retórica, mientras en la práctica cede frente a las necesidades geopolíticas del país del norte en asuntos como comercio, migración y crimen organizado. Por ello, Carney advierte que la integración económica puede convertirse en una forma de subordinación.

Esto resulta especialmente delicado para México debido a su dependencia estructural de los mercados estadounidenses, que concentran el 80% del comercio exterior del país, su integración profunda en las cadenas productivas y la vulnerabilidad frente a aranceles, sanciones o presiones regulatorias.

Peor aún, y cuando los errores cuestan más, se ha debilitado no solo al Poder Judicial al alinearlo con el oficialismo, sino también a los órganos autónomos y reguladores económicos, mientras se pone en entredicho la credibilidad del proceso electoral. Carney resume el riesgo de esta situación con una frase contundente e insuperable: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”.

El modelo de la posguerra está, sin duda, roto. Antes, los mercados toleraban cierto déficit democrático mientras hubiera estabilidad política; hoy, ya no. Lo que importa ahora es la confianza institucional, un activo geopolítico fundamental, porque la inversión fluye hacia Estados previsibles, con reglas creíbles y respeto por contratos y tratados comerciales.

Y si México quiere estar en la mesa, tendrá menos margen para políticas discrecionales y enfrentará un mayor castigo por decisiones ideológicas que puedan relegarlo frente a otras potencias medias más confiables, como Canadá, Corea del Sur o Australia. Y, además, por la violencia criminal que no cesa. Es una gran debilidad que el crimen organizado reemplace al Estado en territorios enteros. Y estas debilidades afectan a las cadenas de suministro, la seguridad y la estabilidad territorial, lo que se traduce en una menor capacidad para aprovechar oportunidades de nearshoring, infraestructura logística o integración industrial de alto valor.

En cambio, unas potencias medias coordinades frente al nuevo escenario internacional podrían establecer un sistema de reglas comunes, construir una autonomía estratégica y defender estándares compartidos.

Lamentablemente, el gobierno mexicano hoy no ofrece garantías institucionales y solo parece buscar ganar tiempo. Pero, ¿tiempo para qué? ¿Acaso espera que Trump se debilite en el mediano plazo para volver a la etapa en que todo parecía ir viento en popa para la 4T, el ambicioso proyecto político de AMLO? Y si fuera así, ¿realmente podría beneficiarse más aliándose con China o Rusia? Hace falta un desprendimiento del ideario del obradorismo, que sigue viendo un mundo en el que los Estados nación se rigen por los dictados de la posguerra. Con esas debilidades, persisten en esa idea, sin percibir que la realidad internacional se le viene encima a su presidenta.

Pero, volviendo a las entrelíneas del discurso de Carney, llama a países como México a dar un paso atrás para luego dar dos adelante, reconstruyendo los contrapesos desmantelados y, de ese modo, enviar señales más claras a mercados y aliados políticos. Una cooperación estratégica con Estados Unidos y Canadá exige, de inmediato, revertir el impulso autocrático.

El problema para la presidenta Sheinbaum es que comparte el poder con López Obrador, y cualquier movimiento en esa dirección, por mínimo que sea, tambalea el piso donde se encuentra. Le resulta difícil reconocer ese cogobierno. Y la situación se complica aún más si Trump llega a exigir la entrega de narcopolíticos de Morena.

Sheinbaum celebró el discurso de Carney, pese a lo incómodo que resulta para el gobierno mexicano, porque parte de una premisa clara: en un mundo sin reglas sólidas, la debilidad institucional se paga cara. Los modelos cuasiautocráticos pierden margen de maniobra, se vuelven más dependientes del exterior y son más fáciles de presionar o disciplinar en un sistema de intereses geopolíticos. En otras palabras: la soberanía se construye y fortalece con instituciones, no con posturas ni discursos encendidos en la plaza pública.