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Chile: el fin del clivaje dictadura–democracia

¿Qué vimos este domingo? Más allá del resultado —contundente y sin apelación—, lo primero es reconocer el funcionamiento del sistema: en poco menos de dos horas tras el cierre de mesas, el Servicio Electoral ya había escrutado cerca del 97% de los votos. A esa altura, el conservador José Antonio Kast superaba el 58.2%, con más de siete millones de votos. Mientras algunos escribían en las redes “se acaBoric”, otros ironizaban con “cuatro años de Kastigo”. Los principales actores políticos, entretanto, hicieron gala de un comportamiento republicano y un indudable compromiso con la democracia.

Pero el verdadero significado de esta elección está en la irrupción de un nuevo clivaje que organizó el voto. Por primera vez desde el retorno a la democracia, Chile tiene un presidente que votó por el en el plebiscito de 1988 —para decidir si  Pinochet seguía o no en el poder—  y que, además, participó activamente en la campaña de Pinochet. El ex presidente Piñera, recordemos, había votado No. Este dato, por sí solo, habría sido impensable durante décadas, no porque la derecha no pudiera ganar —ya lo había hecho—, sino porque el clivaje dictadura/antidictadura funcionaba como un límite estructurante simbólico. Ese límite, hoy, ya no organiza la política chilena, tal como lo argumento en una investigación reciente titulada “Restauración vs. Refundación: Cómo el ciclo 2019–2023 reconfiguró el conflicto político chileno”.

La elección de 2025 no solo marca un cambio de gobierno; marca algo más profundo: el desplazamiento del eje que ordenó la competencia política durante más de 25 años. La evidencia territorial es elocuente. El mapa electoral de esta elección se parece mucho más al plebiscito de salida de 2022 a partir del que se rechazó la propuesta de nueva Constitución elaborada por un convención mayoritariamente progresista —y, en menor medida, al del texto constitucional de 2023— que a cualquier votación asociada a la transición democrática. Comunas que votaron Rechazo en 2022 volvieron a alinearse de forma casi idéntica en 2025. En cambio, el peso explicativo del plebiscito de 1988 se diluye cuando se incorpora el ciclo reciente.

Esto no es una metáfora ni una intuición impresionista: es un realineamiento territorial observable. Cuando se comparan sistemáticamente las elecciones desde 1988 hasta hoy, el patrón es claro. El voto de 2025 replica casi punto por punto la geografía del plebiscito de 2022. El viejo clivaje democracia-dictadura sobrevive como identidad simbólica, pero ha dejado de estructurar de manera decisiva la competencia electoral.

¿Qué lo reemplaza? Un eje distinto, nacido del ciclo abierto en 2019: restauración versus refundación. Este nuevo eje no se define por posiciones frente a la dictadura, sino por interpretaciones contrapuestas del estallido social, del orden público y del proceso constituyente. Para el polo restaurador, el estallido representó una ruptura del orden, una erosión de la autoridad del Estado y una deriva institucional que debe corregirse. Para el polo refundacional, fue la expresión legítima de un malestar acumulado y la evidencia de un modelo agotado que requería transformaciones profundas.

La campaña presidencial lo mostró con nitidez. Tanto el derechista opositor Kast como la candidata oficilista de izquierda Jara estructuraron sus diagnósticos en torno al ciclo 2019–2023, no en torno al pasado autoritario. La diferencia estuvo en el énfasis: Kast habló, sobre todo, de “cómo” alcanzar el orden —seguridad pública, control, capacidad estatal—, mientras Jara se concentró en el “qué” de la transformación —derechos sociales, rol del Estado,—. Pero ninguno organizó su narrativa a partir del eje dictadura/democracia. Su virtual ausencia es tan reveladora como su antigua omnipresencia.

Este desplazamiento no se limita a los discursos. También se observa en los alineamientos de élite. Figuras históricamente asociadas al No de 1988 han apoyado candidaturas ubicadas en el polo restaurador. El caso más sorprendente es el del expresidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle: hijo de un presidente asesinado por la dictadura y símbolo de la transición, hoy respalda posiciones impensables bajo el viejo clivaje. Desde la teoría comparada, este tipo de “cruce del Rubicón” es una señal clásica de debilitamiento estructural de un eje histórico.

Algunos dirán que esto es solo alternancia, desaprobación del gobierno saliente o voto castigo. Pero esa explicación no cuadra con los datos. La alternancia produce oscilaciones; no genera correlaciones territoriales tan altas y persistentes entre elecciones de distinto tipo, ni reordena simultáneamente el discurso de ambos bloques en torno a un mismo ciclo interpretativo.

Lo que estamos viendo es otra cosa: es, posiblemente, un clivaje en formación. No plenamente institucionalizado, aún sin anclaje organizativo completo, pero ya lo suficientemente potente como para estructurar el voto, las campañas y las estrategias de élite.

Conviene detenerse en un punto. Este eje no describe proyectos de gobierno cerrados ni permite anticipar trayectorias democráticas futuras. Restauración y refundación no equivalen a moderación o radicalización, ni a más o menos democracia. Son marcos interpretativos mediante los cuales actores políticos y electorados procesan el ciclo abierto en 2019: diagnósticos distintos sobre orden, legitimidad y cambio. Confundir este eje con una evaluación normativa de los gobiernos sería un error.

La referencia a “los 30 años” sintetiza con claridad este nuevo eje. En Chile, esa expresión se popularizó durante el estallido social de 2019 a través de la consigna “no son 30 pesos, son 30 años”, aludiendo no al alza puntual del transporte público, sino a las tres décadas posteriores al fin de la dictadura. Ese ciclo estuvo marcado por estabilidad institucional, crecimiento económico y reformas graduales, pero también por desigualdades persistentes y una creciente distancia entre ciudadanía y élites. Para algunos, el estallido representó una ruptura injustificada de un orden que había producido avances sustantivos; para otros, fue la evidencia de un modelo agotado que exigía transformaciones profundas. Esta diferencia no es anecdótica: estructura hoy la competencia política de manera mucho más decisiva que las posiciones frente al régimen autoritario del pasado.

La elección de 2025 no clausura este proceso. Pero deja algo claro: el eje dictadura–democracia ha dejado de ser el principio organizador central de la política chilena. El país debate hoy cómo interpretar y cerrar —o profundizar— la crisis abierta a partir de 2019. Leer este escenario como una mera repetición de los clivajes de la transición, o como si aún estuviéramos en 1988, es simplemente no comprender la naturaleza de las tensiones políticas actuales.

Los peligros de un cambio de régimen impuesto en Venezuela

En las últimas dos semanas, una serie de acontecimientos reforzaron considerablemente las posibilidades de una intervención militar unilateral estadounidense en Venezuela con el objetivo de derrocar al régimen de Maduro. El Departamento de Estado designó oficialmente al Cártel de Soles, supuestamente liderado por el propio Maduro, como organización terrorista extranjera; la Administración Federal de Aviación emitió un nota declarando todo el espacio aéreo venezolano como peligroso por una posible actividad militar (emitiendo avisos similares para Puerto Rico y el Caribe Sur), surgieron informes sobre una inminente nueva fase de operaciones en Venezuela; y se reveló que Trump ofreció a Maduro un exilio en paz a cambio de su renuncia. Además, las fuerzas armadas de Estados Unidos secuestraron un tanquero petrolero frente a las costas venezolanas y el Pentágono aumentó considerablemente la presencia de aviones caza y otras aeronaves de uso logística en Puerto Rico y la República Dominicana. Una acción militar contra el régimen parecería inminente. 

¿La balcanización de Venezuela?

El resultado más deseable para Trump es que la mera demostración de fuerza provoque un golpe interno, destituyendo a Maduro. Sin embargo, para que tal transición sea estable se requeriría un acuerdo preestablecido con la oposición que garantice la continuidad de la mayoría de los elementos bolivarianos en el aparato estatal y una amnistía política. Sin embargo, no hay garantía de que Machado se convierta en presidente en este escenario. El régimen bolivariano no es personalista y podría continuar sustituyendo a la cabeza. Pero un golpe interno solo ocurriría si suficientes miembros de las fuerzas armadas, fuerzas de seguridad y el Partido Socialista Unido concluyeran que sus respectivas esferas de poder, redes de influencia y fuentes de ingresos no sobrevivirían a una posible intervención estadounidense.

Sin un golpe interno, las opciones de Trump son limitadas. El despliegue de fuerzas es de tal magnitud que retirarse sin ningún resultado tangible sería una humillación autoinfligida, además de un gasto inútil de recursos. Dado que Trump prefiere no arriesgarse e involucrar tropas en otro conflicto interminable, especialmente uno que requeriría un mínimo de 150.000 soldados, un enfoque multifacético que incluya operaciones encubiertas y ataques aéreos con el objetivo de expulsar a Maduro fomentando levantamientos populares y rompiendo la cohesión del régimen podría ser su primera opción. Si dichas acciones generan suficientes focos de protesta y rebelión contra el régimen y no lo fortalecen, Washington, asumiendo que el descontento popular generalizado legitimé sus acciones, podría expandir sus ataques con el objetivo de decapitar al régimen.

Sin embargo, uno de los problemas con los cambios de régimen político impuestos es que, sin una transición democrática negociada, planificada e institucionalizada, tienden a ser altamente inestables, violentos e inconclusos. Los derrocamientos de regímenes por parte de una potencia extranjera rara vez fomentan la democratización y tienden, en la mayoría de los casos, a desencadenar guerras civiles. Las intervenciones extranjeras que reemplazan gobiernos, tienden a instalar élites que implementan políticas que les beneficien. Y aunque los gobiernos impuestos suelen ser más frágiles, al carecer de legitimidad interna y depender por completo del apoyo externo, la mayoría de las transiciones hacia la democracia termina fracasando.       

Incluso si Maduro aceptara el exilio, persisten importantes interrogantes como se describe en un informe reciente de International Crisis Group : ¿podría Machado asumir el poder si gran parte del aparato chavista permanece intacto? Este fue el problema que enfrentó la oposición democrática en Serbia tras el derrocamiento de Milošević en 2000. ¿Estarían Machado y Estados Unidos dispuestos y serían capaces de establecer un acuerdo de colaboración con los chavistas de nivel medio? Este es el modelo en Alemania, Italia y Japón después de 1945. ¿O planearía Machado una purga tras asumir el poder? Como así fue con la desbaazificación implementada en el Irak post-Saddam por las autoridades estadounidenses, que fue determinante para el inicio de la guerra civil. ¿Qué sucedería si las fuerzas armadas se negaran a reconocer un gobierno establecido tras la destitución de Maduro? Este sería un panorama similar al de  Libia post-Gadafi.

Una transición negociada no está libre de riesgos. Sectores de las fuerzas de seguridad podrían rebelarse e incluso iniciar una guerra de guerrillas contra las nuevas autoridades. Además, la plétora de grupos armados que operan en gran parte del país probablemente aprovecharía cualquier vacío de poder para consolidar o incluso expandir su control territorial. Cualquiera sea el gobierno que se imponga tras la salida de Maduro deberá lidiar con una burocracia disfuncional y politizada, una grave crisis económica y humanitaria, y una infraestructura colapsada. La presencia militar estadounidense a largo plazo sería la única forma de que un gobierno posterior a Maduro sobreviviera.

Evitar la catástrofe

La mayoría de los venezolanos desean el fin del régimen de Maduro. Los venezolanos votaron por un cambio con un amplio margen en las elecciones presidenciales de 2024, pero el gobierno se negó a aceptar el resultado. Muchos venezolanos llevan años luchando contra un gobierno autoritario y sin duda, el fin del régimen sería un avance positivo para los venezolanos, la región y el mundo.

Sin embargo, es poco probable que una acción militar unilateral estadounidense, incluso con el apoyo de la mayoría de la población, logre avanzar hacia una transición política pacífica y podría tener consecuencias catastróficas. Una transición democrática sólo puede ser estable y duradera si se negocia e incluye a elementos chavistas del antiguo régimen. Cualquier acuerdo debe estar garantizado por un compromiso sostenido de Estados Unidos y los países de la región dispuestos a apoyar al nuevo gobierno en un conflicto potencialmente prolongado y de baja intensidad con grupos armados que han rechazado cualquier negociación.

De no ser así, es muy probable que se desatara una guerra civil, lo que agravaría aún más el futuro de Venezuela. El futuro democrático y pacífico de del país y la región depende de iniciativas institucionales y multilaterales, no de iniciativas coercitivas y unilaterales.

Segunda vuelta presidencial chilena, ¿la historia se repite o se reinventa?

El próximo mes de enero se cumplirán veintiséis años de un desenlace electoral inédito en la historia posterior al retorno a la democracia en 1989. Corría el final del mandato del presidente centroizquierdista, Eduardo Frei Ruiz – Tagle. El panorama electoral no era promisorio. El desempleo alcanzaba el 11%, el crecimiento era nulo, la conflictividad social y la percepción de inseguridad estaban en alza y el rechazo a la gestión del gobierno alcanzó el 45% contra apenas un 28% de aprobación.

La continuidad de la coalición gubernamental estaba en dudas. Cuando el candidato presidencial del partido gobernante compite llevando sobre sus hombros el lastre de la insatisfacción ciudadana con el desempeño del presidente de turno, retener el poder, generalmente, es improbable.

Pero, las elecciones presidenciales del año 2000 contradijeron esa tendencia. Superando un contexto electoral desafiante, Ricardo Lagos, candidato del oficialismo logró imponerse en la segunda vuelta por apenas tres puntos porcentuales sobre Joaquín Lavín, representante de la coalición de derecha.

Desde el retorno a la democracia fue la única ocasión en que el partido gobernante retuvo el poder pese a que el rechazo a la gestión del mandatario de turno era mayoritario. En el futuro no faltaron intentos fallidos. En las presidenciales de 2013 y 2021, la apuesta de la centroderecha gobernante por conservar el poder se estrelló contra el obstáculo insalvable que representó el hartazgo ciudadano con el desempeño del ejecutivo de turno, Sebastián Piñera. Mientras en los comicios de 2017 la centroizquierda batalló infructuosamente contra el rechazo a la gestión de gobierno de Michelle Bachelet.

Razones del inédito triunfo gubernamental en el año 2000

Aunque el pobre desempeño del presidente Frei Ruiz-Tagle potenció las opciones de triunfo de la oposición, el caudal de votos de la derecha resultó insuficiente. En el año 2000, a solo una década del inicio de la transición y con el fuerte legado de enclaves autoritarios que dejó el dictador, un eventual ascenso al poder de la derecha representaba una seria amenaza para la continuidad del régimen democrático en construcción en Chile.

Los lazos de Joaquín Lavín y los representantes principales de la derecha con el régimen militar pinochetista eran inocultables. En el imaginario de segmentos decisivos de electores un eventual ascenso al poder de la derecha constituía una amenaza para la continuidad democrática. Las fallas en la gestión de Frei hicieron de la oposición una fuerza electoralmente más pujante. Incluso, alcanzaron la mejor votación de su historia. Pero, no convencieron a la mayoría de los votantes comprometidos con el rumbo democrático del país que constituían una alternativa de gobierno creíble.

Elecciones presidenciales de 2025, ¿en el mismo eje que las del año 2000?

Existe una importante similitud entre la segunda vuelta electoral del año 2000 y la que se efectuará el próximo 14 de diciembre. La candidata presidencial de la coalición de gobierno, la comunista y ex ministra de Trabajo, Jeanette Jara, compite arrastrando la carga de una evaluación ciudadana notoriamente negativa del desempeño del presidente de turno, Gabriel Boric.

La encuesta de septiembre-octubre del Centro de Estudios Públicos (CEP) ubica la desaprobación de Boric en 62%. Solo el 28% aprueba la gestión del mandatario. Indudablemente, es un dato que, tanto en Chile como en América Latina, ha anunciado de manera consistente un desenlace electoral desfavorable para el oficialismo.

Pero, en la esquina contraria se encuentra la figura controvertida del líder del partido republicano, José Manuel Kast. En 1998, Kast apoyó la opción a favor de la continuación de Pinochet. Presidió la red Political Network for Value que muchos consideran de posiciones extremas. Ha defendido el legado económico de la dictadura y en las elecciones de 2017 aseguró que el General votaría por él si viviera. Kast y los republicanos proceden de uno de los extremos del espectro ideológico (ultraderecha) y no cuentan con experiencia ejecutiva a nivel nacional.

El informe de 2024 de Latinobarómetro arrojó que el 61% de los chilenos apoya la democracia.  La pregunta es, un eventual gobierno de Kast, ¿representa una amenaza para la continuidad del régimen democrático en Chile?

En efecto, la segunda vuelta de 2025 reedita, en cierta forma, el eje de los comicios del año 2000. Una fuerza gubernamental de izquierda cuya gestión es evaluada negativamente por los ciudadanos busca conservar el poder frente a una formación de (ultra) derecha que despierta serias dudas sobre su compromiso con la democracia.

¿Se repetirá la historia?

El antecedente del año 2000 es importante pero no forzosamente decisivo. No hay que olvidar que los comicios presidenciales de 2023 en la vecina Argentina enfrentaron también a una fuerza gubernamental de orientación izquierdista devaluada por una gestión infructuosa (Unión por la Patria) y a una formación política de extrema derecha sin experiencia de gobierno (La Libertad Avanza) que, sin embargo, obtuvo el respaldo de la mayoría indiscutida del electorado.

La contienda electoral entre esos dos tipos de adversarios no necesariamente concluye con el mismo resultado. Por eso, el punto de partida correcto debe ser otra interrogante. Por ejemplo, ¿de qué depende que la competencia entre un oficialismo de izquierda mal evaluado y una formación de derecha con una credibilidad limitada unas veces se incline a favor de un contendiente y en otras oportunidades lo haga en beneficio del otro.

El dominio desde el que acuden los votantes a las urnas

El respaldo del electorado en esas circunstancias depende de la percepción que predomina sobre el contexto en que acuden a votar. Si el mismo tiende a ser percibido como moderadamente desfavorable apoyarán la continuidad del partido gobernante. Pero, si es percibido como crítico optarán por dejar en un segundo plano sus dudas y respaldarán a la fuerza política retadora.

La última encuesta del CEP brinda algunas pistas sobre el dominio desde el que acudirán a votar los chilenos el próximo 14 de diciembre.

El 84% califica como mala o regular la situación del país. El 80% considera que el país se encuentra estancado o en decadencia. El 89% califica la actual situación política del país como regular, mala o muy mala. El 64% considera que la democracia funciona mal o regular contra el 33% que considera lo hace bien o muy bien. El 48% está de acuerdo con que en algunas circunstancias un régimen autoritario puede ser preferible o le da lo mismo un régimen democrático que uno autoritario. Mientras que para el 47% la democracia es preferible a cualquier forma de gobierno.

Otros datos

A su vez, otras mediciones muestran hacia dónde podría inclinarse la balanza. La imagen de los candidatos es una medición que importa. Esta vez, Kast llega a la elección con 38% de imagen positiva y 39% de negativa. Sustancialmente diferente del Kast perdedor de las elecciones de 2021. Entonces solo el 16% lo evaluaba positivamente mientras el 61% lo hacía negativamente. En cambio, su adversaria, Jeanette Jara, registró un 32% de imagen positiva contra un 44% negativa.

En primera vuelta, Jeanette Jara obtuvo 26,8% contra 23,9% de Kast. En tercer lugar se ubicó el populista Franco Parisi del partido de la gente con casi el 20% de los votos. El respaldo de los votantes de Parisi, quien anunció que votaría nulo, será muy importante y según las encuestas, mientras el 49% de sus seguidores apoyaría a Kast solo un 16% respaldaría a Jara.

A su vez, dos candidatos presidenciales, el libertario Johannes Kaiser y la representante de la derecha tradicional Evelyn Matthei alcanzaron en primera vuelta el 14% y el 12,5% de los votos, respectivamente. Ambas formaciones, cercanas ideológicamente al partido republicano, inmediatamente otorgaron su respaldo en segunda vuelta a Kast.

Aunque los republicanos de Kast obtuvieron la mayor representación en la cámara de diputados y el senado los escaños que controlan son insuficientes para impulsar reformas legislativas que subrepticiamente cambien la naturaleza del régimen político. En caso de llegar a ser fuerza gobernante, la composición del congreso los obligará a dialogar y llegar a acuerdos con otras fuerzas.

Por último, Kast centró su campaña en tres temas prioritarios del ciudadano chileno en los que los resultados el oficialismo fueron insatisfactorios: orden, control migratorio y economía.

La sorpresa sería que se reditara el desenlace electoral del año 2000. Parece más sensato esperar que la mayoría del electorado deje en un segundo plano las reservas que pueda tener sobre una eventual gestión de José Antonio Kast y lo coronen como el nuevo presidente. Algunas veces la historia se repite, pero en otras ocasiones se reinventa.

El país donde nadie acepta perder: anatomía del colapso electoral hondureño

La noche del 30 de noviembre, Honduras encendió de nuevo todas sus alarmas. Lo que debía ser una jornada electoral con resultados rápidos y una transición ordenada terminó convirtiéndose en un proceso lleno de interrupciones, acusaciones cruzadas y una sensación generalizada de que el país había retrocedido varios años en materia democrática. Más de una semana después, el país sigue sin un resultado definitivo y con los candidatos Nasry Asfura, del Partido Nacional y Salvador Nasralla, candidato en esta oportunidad por el Partido Liberal, alternándose el liderazgo por márgenes mínimos.

Lo que podría interpretarse como una disputa técnica terminó derivando en un episodio más amplio de inestabilidad política. No porque exista evidencia clara de manipulación electoral, sino porque Honduras llega a esta elección con un entramado institucional frágil, erosionado y sin anclas de confianza suficientes. En este contexto, cualquier irregularidad —real, potencial o simplemente imaginada— activa los reflejos de crisis que el país ha acumulado en la última década.

Un resultado estrecho en un sistema sin segunda vuelta

El primer corte presentado por el Consejo Nacional Electoral (CNE), con solo el 57% de las actas procesadas, ya anticipaba una noche difícil. Las interrupciones posteriores en la transmisión, los cambios de tendencia en el conteo y la ausencia de explicaciones convincentes reactivaron la sensación de déjà vu: para muchos hondureños, la historia de 2017 parecía estar repitiéndose. En un sistema de mayoría simple, donde una ventaja de medio punto porcentual es suficiente para declarar ganador, la legitimidad siempre está en disputa. Y cuando no existe segunda vuelta, los márgenes estrechos se convierten en combustible para la desconfianza.

El CNE y el problema estructural de la confianza

Las fallas en la transmisión fueron la cara visible de la crisis, pero no su origen. El CNE llegó a las elecciones debilitado tras unas primarias llenas de retrasos, materiales incompletos y centros que nunca pudieron abrir. Lejos de corregir esas deficiencias, el organismo entró a la elección general con tensiones internas agudizadas: cada uno de los tres consejeros responde directamente a un partido, lo que ralentiza decisiones técnicas y alimenta la percepción de parcialidad.

El nuevo sistema de transmisión, contratado tarde y sin garantías suficientes, terminó profundizando esa sensación de improvisación. En un contexto de desconfianza total, cualquier problema —incluso los meramente técnicos— fue interpretado como una operación deliberada. Y los partidos se movieron rápidamente para explotar esa narrativa.

Libre denunció irregularidades incluso antes de la jornada electoral y adelantó que no reconocería una derrota. El Partido Nacional habló de un pacto entre Libre y el Partido Liberal para desplazarlo. El Partido Liberal insinuó acuerdos ocultos entre el Partido Nacional y Manuel Zelaya. En Honduras, perder equivale casi automáticamente a denunciar fraude. Esa reacción no es solo producto del momento: es síntoma de un deterioro institucional acumulado y de un sistema donde ninguna fuerza se siente protegida por las reglas del juego.

Un deterioro democrático que no empezó en las urnas

La crisis electoral no puede entenderse sin revisar el periodo 2022–2025. El gobierno de Xiomara Castro enfrentó tensiones desde el inicio, comenzando por el conflicto por la presidencia del Congreso. A ello se sumaron la amnistía para aliados políticos, las acusaciones de nepotismo, la larga vigencia del estado de excepción y la designación irregular de un fiscal general interino. Cada uno de estos episodios desgastó el capital político con el que había llegado Libre.

El clima se tensó aún más con los conflictos con medios de comunicación y con la aparición de investigaciones que vinculan a figuras cercanas al oficialismo con redes criminales. La promesa de “refundación” que marcó la campaña de 2021 terminó cediendo ante una percepción de continuidad. Para muchos hondureños, lo que se ofrecía como cambio terminó siendo más de lo mismo.

La injerencia de Estados Unidos: un invitado que nadie pidió

El proceso electoral tampoco quedó aislado del factor externo. Las declaraciones del presidente Donald Trump, quien expresó un respaldo explícito a Nasry Asfura y lanzó advertencias sobre “las consecuencias de elegir al candidato equivocado”, añadieron presión y polarización. El indulto a Juan Orlando Hernández —dos días antes de la votación— reforzó la idea de que Washington estaba tomando partido por el viejo orden político hondureño.

En un país con más de un millón de ciudadanos viviendo en Estados Unidos, estos gestos tienen efectos tangibles sobre las percepciones y sobre la ya frágil legitimidad del proceso.

El regreso del bipartidismo y un Congreso decisivo

Mientras el escrutinio presidencial avanza lentamente, el Congreso ya muestra una tendencia consolidada: el bipartidismo no solo sobrevivió, sino que regresó con fuerza. Nacionalistas y liberales suman más de 90 de los 128 escaños, desplazando a Libre a un tercer lugar.

Este Congreso será clave. Debe elegir su junta directiva, discutir reformas electorales urgentes, evaluar posibles juicios políticos y redefinir la relación con un Poder Ejecutivo que, gane quien gane, nacerá debilitado.

¿Y ahora qué? posibles escenarios

Honduras no enfrenta, al menos por ahora, un quiebre institucional inmediato. Pero sí atraviesa una crisis de legitimidad profunda, producto de la acumulación de tensiones políticas, fallas institucionales y una ciudadanía cansada.

El problema central no es solo lo estrecho del resultado. Es que el sistema electoral funciona sobre una estructura que ya no genera confianza. Hoy Honduras necesita más que un ganador oficial. Necesita recuperar reglas creíbles, instituciones imparciales y actores políticos capaces de llegar a acuerdos mínimos. De lo contrario, cada proceso electoral seguirá siendo una prueba de resistencia, y no un ejercicio democrático.

¿Por qué los inmigrantes apoyan las políticas antiinmigratorias?

Aunque no es nueva, la retórica antiinmigratoria ha cobrado protagonismo en campañas electorales, reformas legislativas y las llamadas guerras culturales, especialmente desde el auge de los partidos y movimientos de extrema derecha en los últimos años. En Estados Unidos, Europa y Latinoamérica, el sentimiento antiinmigrante ha sido un catalizador de la indignación popular. A través de diferentes narrativas que buscan instrumentalizar las emociones e infundir miedo, la inmigración, especialmente la proveniente del Sur Global, se ha asociado con crisis económicas, violencia y problemas sociales.

La difusión de contenido que expone o ataca a los inmigrantes, impulsada por las plataformas digitales, ha fortalecido el activismo antiinmigratorio. Algunos de estos activistas actúan como influencers o mantienen perfiles monetizados. Su contenido recurre a narrativas conspirativas, como la idea de la «reconquista» ante una supuesta invasión étnica y cultural.

También hay activistas que utilizan el lenguaje periodístico para «informar» sobre incidentes que involucran a inmigrantes, además de movimientos ultraconservadores que se presentan como pro-trabajo, pro-vivienda o pro-seguridad. La desinformación permea este escenario, como en el caso del ataque a un anciano en Torre Pacheco, España, en julio de 2025, que desencadenó ataques contra inmigrantes, especialmente africanos, y enfrentamientos violentos conocidos como «cacerías de inmigrantes».

En este escenario, destaca un fenómeno específico: individuos o grupos de inmigrantes latinoamericanos que apoyan agendas antiinmigración y movimientos de extrema derecha. El caso de Portugal es ilustrativo. El país, que después de la década de 2000 comenzó a ser citado como referente en políticas migratorias más inclusivas, aprobó una nueva ley en 2025 que restringe el acceso a visados y la reunificación familiar y limita los visados ​​de búsqueda de trabajo a perfiles altamente cualificados, con efectos directos para los brasileños, la comunidad extranjera más numerosa del país. 

Estos cambios legislativos contaron con el apoyo de una parte significativa de la diáspora brasileña residente en Portugal, que recurrió a las redes sociales para reproducir las narrativas del gobierno y mostrar su apoyo al endurecimiento de las normas de entrada y estancia en el país para los nuevos inmigrantes. Chega, el partido de extrema derecha que lideró los cambios mediante un ataque agresivo contra las comunidades migrantes, cuenta con brasileños elegidos por el partido a nivel local y nacional.

En Estados Unidos, segmentos del electorado latinoamericano han apoyado las políticas antiinmigratorias de Donald Trump, que incluyen deportaciones, detenciones de inmigrantes y controles fronterizos más estrictos. En Chile, los inmigrantes venezolanos han expresado su apoyo al candidato de extrema derecha, José Antonio Kast, a pesar de que el político basó su campaña presidencial en declaraciones que culpaban a los propios venezolanos del aumento de la delincuencia en el país, además de defender propuestas como el «Escudo Fronterizo», un plan que prevé la disponibilidad de aviones para los inmigrantes que deseen salir del país voluntariamente. En todos estos casos, los inmigrantes acaban actuando como legitimadores de agendas excluyentes, ofreciendo al discurso antiinmigratorio una imagen que combina la experiencia del desplazamiento con la adhesión a proyectos nacionalistas.

¿Por qué estos inmigrantes han apoyado las agendas antiinmigratorias? 

Las razones son diversas, pero el argumento moral que distingue entre inmigrantes «buenos» y «malos» ayuda a comprender este apoyo. En este marco, el «buen migrante» —aquel considerado merecedor porque no representa un riesgo para la sociedad receptora— se presenta como alguien que entró al país legalmente o regularizó su situación, cumple las normas y respeta las leyes, paga impuestos, trabaja sin depender del Estado, se gana su lugar mediante el esfuerzo individual y rechaza la posición de víctima.

Cuando un brasileño en Portugal o un venezolano en Chile defienden el endurecimiento de la política migratoria, el discurso adquiere una legitimidad específica: la autoridad moral de quien «sabe lo que es migrar» y, precisamente por esta experiencia, reconoce la necesidad de barreras y filtros migratorios más rígidos. Este tipo de compromiso cobra fuerza en un entorno marcado por las desigualdades internas dentro de las propias diásporas. Narrativas como «ya estamos integrados», «seguimos las reglas» o «amamos este país» funcionan tanto como una afirmación de identidad, como una frontera simbólica en relación con los recién llegados, los refugiados o los inmigrantes indocumentados.

Las investigaciones sobre las comunidades latinas en Estados Unidos muestran que los segmentos con mayor educación, mayores ingresos o ciudadanía consolidada tienden a expresar mayor simpatía por las medidas de control, especialmente cuando perciben competencia por empleos, presión sobre los servicios públicos o el riesgo de ser asociados con identidades estigmatizadas. En estos casos, la adhesión al discurso antiinmigratorio funciona como una señal de alineamiento con el «nosotros» nacional, una especie de credencial moral para demostrar lealtad al país de acogida.

La influencia de las plataformas digitales

Las plataformas digitales amplifican este movimiento al favorecer el contenido emocional, los antagonismos morales y las narrativas simplificadas sobre el orden y el desorden. Estudios etnográficos con activistas antiinmigratorios vinculados a Chega muestran la intensa circulación de contenido en plataformas como X, YouTube y TikTok que combina referencias históricas idealizadas, imaginarios coloniales y datos selectivos sobre la delincuencia y el uso de políticas sociales.

Los intereses económicos también se entrelazan con estas dinámicas. Los inmigrantes que ofrecen servicios de consultoría migratoria, intermediación de vivienda o asistencia con la documentación dependen de la existencia de complejos sistemas burocráticos. Las situaciones en las que los procesos de regularización se dificultan crean nichos de mercado para quienes dominan el lenguaje jurídico, los flujos administrativos y las redes de contactos. En ciertos contextos, los inmigrantes que han alcanzado una posición consolidada ven las políticas restrictivas como una forma de organizar el campo migratorio a su favor y transformarlo en un modelo de negocio rentable.

Las migraciones «buenas» y «malas»

La heterogeneidad de las comunidades migrantes, especialmente entre los latinoamericanos, es otra variable que explica la adhesión de algunos inmigrantes a las agendas antiinmigratorias. Las diferencias de clase, raza, origen nacional, género, idioma, capital cultural y redes de apoyo resultan en un acceso desigual a derechos y oportunidades, configurando lo que los autores describen como «castas» migrantes. En la cima, los perfiles blancos y con estudios, vinculados a las clases medias o altas y a las empresas multinacionales, reciben una hospitalidad selectiva, con visas de trámite rápido, regímenes fiscales ventajosos y acceso facilitado a la vivienda, la educación y la salud. En el nivel de base, los grupos racializados, los trabajadores precarios, los refugiados y las personas con estatus migratorio precario enfrentan mayor violencia institucional, estigma y barreras de acceso.

El debate sobre las migraciones «buenas» y «malas» trasciende tanto los discursos partidistas como las interacciones cotidianas y digitales entre las propias comunidades. Cuando las políticas migratorias distinguen entre inversiones multimillonarias y trabajadores de bajos ingresos, o entre visas altamente cualificadas y filas de regularización, el mensaje es claro: algunos cuerpos y trayectorias son más deseables que otros. El apoyo de ciertos inmigrantes a las políticas antiinmigratorias revela cómo el campo migratorio contemporáneo está marcado por jerarquías internas, distinciones y estrategias de pertenencia que redistribuyen privilegios dentro de las propias diásporas.

*Este texto forma parte del proyecto de investigación “Activismo migrante en plataformas digitales en apoyo a políticas de extrema derecha y antiinmigración”, financiado por el CNPq (n.º de proceso 403377/2024-2) y la FAPESP (n.º de proceso 2024/20729-0) y desarrollado en PPGCOM ESPM.

La huella de la injerencia china

Durante la última década, en su aspiración por consolidarse como un actor hegemónico en distintas regiones del Sur Global —desde África y Asia Pacífico hasta América Latina—, China ha buscado ganarse las mentes y los corazones de la opinión pública mediante grandes inversiones en infraestructura bajo el paraguas de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, acompañadas por una retórica diseñada para contrastar con las deudas históricas de las potencias occidentales. 

Desde ahí, China ha promovido fórmulas como las “relaciones horizontales”, la “cooperación Sur-Sur” y, sobre todo, la “no injerencia” en los asuntos internos de otros países como principios rectores de su política exterior, en abierta oposición a la imagen de intervencionismo estadounidense marcada por décadas de operaciones militares y agendas de seguridad nacional en América Latina.

El retorno de Donald Trump a la Casa Blanca reforzó esta narrativa. Los embates unilaterales del 47º presidente contra sus propios aliados —la imposición de aranceles, el retiro de cooperación internacional, el distanciamiento de organismos multilaterales— facilitaron que Pekín se presentara como una potencia responsable, abierta al diálogo, al consenso y a la cooperación entre iguales. No es casual que, en este período, China impulsara acuerdos comerciales con Corea del Sur y Japón —dos de sus competidores regionales más directos—, defendiera mecanismos de arbitraje internacional como la OIMed y avanzara rápidamente en áreas donde el repliegue de USAID dejó un vacío visible.

Sin embargo, los acontecimientos recientes revelan un patrón difícil de conciliar con esa imagen. Por detrás del discurso de neutralidad y respeto mutuo que la RPC proyecta hacia el Sur Global, persiste una práctica política que contradice sus propios principios declarados. Allí donde algún gobierno, legislador o candidato cuestiona el tema de Taiwán —un punto especialmente sensible para el Partido Comunista—, Pekín abandona la prudencia diplomática para ejercer presiones directas, emitir advertencias públicas o interferir abiertamente en los debates internos. Del Pacífico al Caribe, estos episodios confirman que China está lejos de ser la potencia responsable que afirma ser.

La no injerencia bajo escrutinio

Tres episodios recientes ilustran bien esta contradicción. El 7 de noviembre de 2025, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, afirmó que Japón asumiría “responsabilidades históricas” ante cualquier agresión china contra Taiwán. La reacción de Pekín fue inmediata y, en buena medida, ilustrativa de su diplomacia de lobo guerrero. Entre los comentarios difundidos por la prensa japonesa, un funcionario diplomático chino llegó a insinuar que Takaichi “merecía perder la cabeza” por sus declaraciones, una frase que —más allá del tono— revela hasta qué punto la retórica china se ha vuelto abiertamente confrontativa cuando la cuestión taiwanesa entra en juego.

El episodio no se limitó al ámbito verbal. Pekín acompañó esas declaraciones con amenazas de restringir el suministro de tierras raras y con advertencias de viaje dirigidas a sus propios ciudadanos para desalentar el turismo en Japón. En conjunto, estos gestos encajan en un patrón ya conocido: respuestas desproporcionadas destinadas a castigar cualquier posicionamiento público que contradiga la narrativa oficial sobre Taiwán.

Los precedentes ayudan a entender esta respuesta. En 2010, tras un incidente en las islas Senkaku, China detuvo de facto la exportación de minerales estratégicos hacia Japón. En 2011, Noruega enfrentó restricciones tácitas a su salmón luego de que el Comité Nobel premiara a Liu Xiaobo, activista chino de derechos humanos. 

En 2021, Lituania fue objeto de una campaña de coerción económica tras permitir la apertura de una oficina de representación taiwanesa en Vilna. Y en 2024, Guatemala sufrió un embargo no declarado sobre el cardamomo —uno de sus principales productos de exportación— después de que el gobierno reafirmara su relación diplomática con Taipéi. La coerción económica es, pues, un instrumento habitual en la política exterior china.

Los otros dos episodios centroamericanos apuntan en la misma dirección. Recientemente, en Honduras, la embajada china exigió a un candidato presidencial que se retractara de sus declaraciones favorables a Taiwán y recordó a las “fuerzas políticas” que se trata de un asunto de “alta sensibilidad”. La advertencia omite algo fundamental: aunque el reconocimiento del principio de “una sola China” es condición para establecer relaciones diplomáticas, ese compromiso se limita a intercambios oficiales entre cancillerías. 

No impide que partidos, legisladores o candidatos expresen opiniones políticas o mantengan contactos no gubernamentales. De hecho, Pekín utiliza esos mismos espacios —interparlamentarios, partidarios— para proyectar su influencia en países que aún reconocen a Taipéi. Pretender controlarlos revela la flexibilidad interesada de su doctrina de no injerencia.

Algo similar ocurre en Panamá. Mientras una delegación de legisladores panameños se encuentra actualmente de visita en Taipéi, la embajada china emitió una advertencia inusualmente severa, insinuando que ese viaje podría “dañar la confianza mutua” y “afectar los intereses fundamentales” de la RPC. 

La cancillería panameña respondió recordando que los parlamentarios actúan con autonomía constitucional y que sus desplazamientos no constituyen política exterior oficial. Para Pekín, sin embargo, cualquier gesto —incluso informal— que legitime a Taiwán es tratado como una provocación.

Del Pacífico al Caribe, estos casos demuestran la distancia entre la retórica china de no injerencia y su comportamiento real. Cuando gobiernos, Parlamentos o actores políticos se pronuncian sobre Taiwán, Pekín abandona la neutralidad y despliega presiones económicas, advertencias diplomáticas e intentos explícitos de disciplinamiento. La no injerencia opera como narrativa; la intervención, como práctica.

Taiwán como trasfondo

Como recuerda el profesor Miles Yu, la reacción desproporcionada de Pekín frente a cualquier gesto internacional hacia Taiwán descansa en una arquitectura jurídica e histórica frágil. China suele invocar la Resolución 2758 de la ONU como prueba de su soberanía sobre la isla, cuando dicho texto simplemente reconoce al gobierno de la República Popular como “el único representante legítimo de China” ante Naciones Unidas. 

No menciona a Taiwán, no exige unificación, no autoriza reclamos territoriales. La interpretación china es —como sostiene Yu— una construcción política posterior, más útil como herramienta de presión que como argumento legal.

A ello se suma una realidad histórica innegable: el Partido Comunista nunca ha gobernado Taiwán. Desde 1949, la isla ha desarrollado un orden institucional propio, democrático y funcional, completamente separado del continente. En este sentido, la ironía difundida desde Taiwán al referirse a la RPC como West Taiwan funciona menos como burla y más como recordatorio incómodo de que la continuidad histórica no respalda el reclamo de soberanía de Pekín; si algo, lo cuestiona.

Finalmente, existe un temor político aún más profundo. Taiwán demuestra —ante Asia y ante el mundo— que puede existir una sociedad china democrática, abierta y próspera, sin un partido único ni una burocracia autoritaria escudada en el desarrollo. Ese ejemplo, más que cualquier declaración diplomática, es lo que Pekín se empeña en contener.

Las ‘ollas’ de microtráfico en Colombia: un problema de seguridad nacional y transnacional

En Colombia, la transformación de las llamadas ollas de microtráfico —es decir, lugares donde se venden y consumen drogas ilícitas de forma constante— refleja un fenómeno estructural que está excediendo el marco de la delincuencia común. Lejos de limitarse a espacios de expendio improvisado, estos nodos criminales han evolucionado hacia formas de criminalidad convergente, altamente funcionales y adaptativas. 

En ciudades como Bogotá, donde se han identificado más de 350 puntos activos controlados por al menos 79 estructuras delictivas especializadas, las ollas operan como plataformas logísticas que articulan la distribución de narcóticos con dinámicas de control territorial, blanqueo de activos, instrumentalización de menores y cooptación de servicios públicos, ampliando así su capacidad operativa y su resistencia a la intervención estatal. 

No solo se trata de una expresión local de un problema de seguridad urbana. Las ollas constituyen un subsistema criminal con interdependencias múltiples que atraviesan lo territorial, lo social y lo geopolítico. La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) advierte que existe evidencia de que los entornos urbanos dominados por el microtráfico funcionan como espacios de captación y explotación de personas en situación de vulnerabilidad, especialmente migrantes irregulares, consumidores de bazuco, habitantes de calle y trabajadores sexuales.

Por lo tanto, desde una perspectiva de inteligencia estratégica, deben ser comprendidas como eslabones bajos dentro de una arquitectura criminal que conecta mercados ilegales diversos, incluyendo el tráfico de armas, la explotación sexual y la trata de personas con fines de extracción de órganos. 

Una problemática de fondo

El carácter persistente de las ollas radica en su capacidad de anclarse en contextos de marginalidad, desigualdad y déficit institucional. Las ollas tienden a ubicarse deliberadamente en entornos de alta vulnerabilidad institucional y social, con énfasis en zonas escolares, corredores turísticos o espacios de confluencia urbana. Esta elección no es casual: responde a una lógica de expansión del mercado de consumo y de reclutamiento temprano, que convierte a estudiantes, jóvenes y visitantes en blancos potenciales de captación. 

A su vez, la cercanía a colegios favorece el inicio precoz en el consumo de sustancias psicoactivas, mientras que la presencia en zonas turísticas facilita el tránsito de droga y su comercialización en circuitos de difícil trazabilidad, lo que profundiza la inseguridad local y acentúa la fragmentación del control estatal.

Como correlato, estos enclaves de ilegalidad producen un fenómeno de irradiación delictiva, ampliamente documentado como “contagio criminal”. Se trata de una propagación de delitos asociados —hurtos, homicidios y extorsiones— hacia el entorno inmediato, cosa que incrementa los niveles de violencia en áreas colindantes. Pero no se trata solo de efectos colaterales.  En el fondo, es una manifestación directa del poder que están ejerciendo las redes criminales sobre el espacio urbano. La violencia, en este contexto, opera como herramienta de disciplina territorial y disuasión comunitaria, que consolida una arquitectura del miedo, cuyo efecto es el debilitamiento de la presencia institucional.

El fenómeno también ha dado paso a la diversificación de las modalidades de distribución, que ya no se limita a los tradicionales puntos fijos. La sofisticación logística del delito incluye formas móviles como el formato mano blanca —según el cual se depositan drogas en puntos georreferenciados para recogida anónima—, repartos programados a través de mensajería o expendios móviles. Desde las ollas, por cierto, ya se emulan las estrategias de evasión y fragmentación territorial propias del crimen organizado transnacional. 

La resiliencia operativa de las ollas se explica, en gran medida, por su anclaje en una economía ilícita de alta rentabilidad, capaz de sostener ingresos diarios que ascienden a decenas de millones de pesos, incluso en contextos de presión institucional sostenida. Su capacidad financiera logra alimentar procesos continuos de profesionalización del delito, materializados en estructuras logísticas cada vez más dinámicas, descentralizadas y flexibles. El uso táctico del entorno urbano les ha permitido adaptarse rápidamente a los operativos de control, desplazando su accionar sin alterar la continuidad del flujo ilegal.

El resultado de esta transformación estructural, más allá de los desafíos logísticos, coincide con el incremento en los patrones de consumo de drogas a nivel nacional. Según datos de la UNODC, en 2023 Colombia experimentó un incremento del 53 % en la producción de cocaína pura, alcanzando las 2.600 toneladas, de las cuales aproximadamente el 20 % fue destinado al mercado interno; un mercado, generalmente, abastecido desde las ollas.

En este contexto, la expansión sostenida del consumo local no puede entenderse de forma aislada, sino como el resultado directo de la consolidación territorial y funcional de las ollas como infraestructuras criminales altamente eficientes, más que simples puntos de expendio.

La captura del menor de 14 años como presunto autor del atentado contra Miguel Uribe Turbay volvió a poner en evidencia la manera en la que las redes del microtráfico instrumentalizan a jóvenes en contextos urbanos vulnerables desde las ollas. Según la Fiscalía, el adolescente habría sido contratado por el jefe de una olla del barrio Villas de Alcalá, donde se realizan operativos para ubicar al autor intelectual del ataque. 

¿Cómo responder?

La respuesta estatal a este fenómeno ha sido principalmente punitiva, centrada en operativos de interdicción y desarticulación de bandas, como el que permitió identificar e intervenir 60 ollas en los primeros meses de 2024 en Bogotá. No obstante, estos esfuerzos —aunque necesarios— resultan insuficientes y frecuentemente ineficaces cuando no se acompañan de políticas integrales orientadas a la reducción del daño, la prevención del consumo y la reinserción socioeconómica de las poblaciones afectadas. 

Ejemplos como la experiencia del barrio La Favorita de Bogotá, donde se sustituyó una olla por una huerta urbana y programas de inclusión social, demuestran que es posible transformar territorios bajo control criminal mediante estrategias sostenidas de desarrollo urbano, participación comunitaria y articulación institucional.

A pesar de experiencias como esta, las iniciativas aún son escasas y marginales frente a la magnitud del problema. La falta de articulación entre las dimensiones judicial, sanitaria y social del fenómeno impide que se aborden sus raíces, perpetuando un modelo reactivo centrado en la represión, más que en la transformación de las condiciones estructurales que sustentan el microtráfico.

Este enfoque es clave, no solo para prevenir que los mercados ilegales se diversifiquen y descentralicen, sino para que mitigar que las ollas se catapulten como plataformas estratégicas dentro de un sistema transnacional de economías ilegales. 

Entender la problemática como una lógica híbrida —local y global, informal y estructurada— exige incluso repensar el marco normativo e institucional con el que el Estado colombiano debería abordar la seguridad urbana, pues la comprensión parcial del fenómeno, centrada en su expresión delictiva más visible, ha limitado la formulación de respuestas multidimensionales, generando intervenciones fragmentadas y de corto alcance.

Desde una perspectiva de política pública, el desafío es abandonar el enfoque monocausal del microtráfico como problema policial y avanzar hacia una lectura compleja que lo sitúe en el cruce de tres dimensiones clave: seguridad, salud pública y desarrollo social. Ello implica, en primer lugar, reforzar las capacidades de inteligencia criminal para mapear redes complejas de criminalidad urbana, incluyendo la detección de patrones financieros y logísticos que conectan las ollas con el lavado de activos y otras actividades ilícitas. En segundo lugar, se requiere una estrategia nacional de reducción del daño que incluya atención en salud mental, tratamiento para adicciones, educación comunitaria y alternativas económicas para jóvenes en riesgo. Finalmente, es necesario un urbanismo de seguridad que recupere el espacio público a través de infraestructura social, participación ciudadana y control institucional efectivo. 

En últimas, el modelo de respuesta debe ser interinstitucional y estar basado en evidencia empírica, evitando las soluciones simbólicas que, aunque mediáticamente efectivas, resultan ineficientes frente a la resiliencia criminal.

Contradicciones del desarrollo en tiempos de crisis climática

Brasil y Uruguay llevan adelante apuestas petroleras al tiempo que sus gobiernos plantean ganar protagonismo en la lucha contra el cambio climático. Estas estrategias, sintetizan las contradicciones que surgen en el seno, tanto del progresismo como del neo–desarrollismo en tiempos de urgencia climática. Y es que la crisis climática nos obliga a modificar el patrón de producción y consumo, a optar por inversiones en sectores más dinámicos y a apostar por la transición.

Obviamente dicha transformación no resulta sencilla, ni rápida, ni puede esperarse que sea el mercado quien la lidere. Es necesario un planeamiento estratégico que imponga una nueva visión del Estado, incluida una mediación en el flujo de las inversiones extranjeras para impedir que lleguen nuevos capitales para nuevos proyectos petroleros. Para ello se deben redefinir instituciones y rediseñar políticas.

La ambivalencia de Brasil

Una publicación reciente ARG1.5 analiza los diversos actores intervinientes en la toma de decisiones de gobierno, donde la prevalencia de los “petroleros» evidencia las contradicciones que presenta el discurso de Lula, explica la ambivalencia en el plan de transición energética del Brasil. En los días previos al inicio de la COP30, el gobierno autorizó la licencia de exploración petrolera en el bloque FZA-M-59, ubicado en la desembocadura del Amazonas. La cuenca generaría 14 mil millones de barriles, lo cual liberaría un 5% del volumen restante para sobrepasar el 1.5C de la temperatura preindustrial.

A pesar de las críticas que generó dicha medida entre las comunidades indígenas del Amazonas y las organizaciones no gubernamentales, la administración Lula ha proseguido con la apuesta ya que la considera necesaria para avanzar con la transición. Aunque Petrobras reinvierte 95% de los ingresos en nuevos proyectos fósiles, el relato se condice tras el crecimiento espectacular que evidenció la actividad petrolera tras el descubrimiento del Pre-Sal, lo que colocó al Brasil entre los principales productores del mundo.

Los fondos para financiar la transición siguen siendo escasos, al tiempo que aumentan los subsidios al sector petrolero. Esto debido a que la rentabilidad de corto plazo que imponen los accionistas bloquea cualquier tipo de estrategia de cambio. Tampoco los inversores están interesados en reducir los subsidios que benefician al sector y mucho menos transferirlos a aquellos que brindan alternativas limpias. Según un estudio del Instituto de Estudios Socioeconómico (INESC), la mayor parte de los subsidios energéticos otorgados por el gobierno en 2022-2023 beneficiaron desproporcionadamente a las fuentes fósiles respecto a las renovables.

Lo mismo sucede con la política industrial. Aunque aumentan las energías renovables, el programa de aceleración del crecimiento lanzado en 2023 sigue privilegiando a las empresas del sector petrolero. El gobierno esgrime cuestiones de seguridad energética, desconociendo los desafíos de largo plazo que significa invertir capitales en un sector donde los activos pueden quedar varados.

La dirigencia de Petrobras sigue encapsulada en el tiempo, donde la soberanía pasaba por la autosuficiencia energética, asociada a la producción de petróleo. Aunque la idea de “o petróleo e nosso” siga entusiasmando a muchos, la dirigencia de Brasil también debería entender que “o petróleo não e progresso”, tanto como considerar la responsabilidad que le corresponde al país en la crisis climática que evidencia la humanidad – recordando que el gigante de Sudamérica se encuentra en el selecto club de las 10 primeras economías del mundo. De avanzar con la explotación en el bloque 59, Brasil se convertiría en el quinto productor mundial de petróleo.

El caso uruguayo

A días del inicio de la reunión en Belem, la gerencia de transición energética de la empresa petrolera uruguaya, ANCAP, exponía las bondades del proyecto de exploración offshore ante inversores reunidos en Río de Janeiro. De momento el gobierno ha licitado 7 áreas de exploración, con varias empresas globales (Shell, YPF, ENI, CGG) ya comprometidas en su desarrollo. Para la dirigencia de la petrolera de propiedad estatal, el éxito de la iniciativa se asienta en la similitud geológica que ofrece la plataforma uruguaya con la de Namibia.

Como en el caso brasileño, la empresa uruguaya espera monetizar los recursos para el desarrollo, en una región plagada de experiencias fracasadas. Esto, a pesar de la amenaza ambiental ya que las operaciones tendrían lugar en una zona de alta biodiversidad, y al turismo teniendo en cuenta que la zona licitada se encuentra frente a las costas de Punta del Este.

Cabe recordar que la transformación de su matriz energética le valió a Uruguay el reconocimiento internacional. Casi la totalidad de la electricidad es originada por fuentes renovables, mientras que su plan de movilidad eléctrica ya muestra signos de transformación considerando la proporción de autos eléctricos en las ventas totales.

Uruguay ha sido también pionero en el campo del financiamiento sostenible, tal como lo prueba el lanzamiento del bono indexado a indicadores climáticos, emisiones y superficie de bosque nativo. Lo paradójico del caso surge al observar que el mencionado cambio logró reducir drásticamente las importaciones petroleras, lo cual implicó reducir la sangría de divisas que representaba dicha dependencia. Todo ello le permitió ganarse el respeto y construir reputación en materia ambiental. Por lo tanto, avanzar con la exploración petrolera implica un retroceso, una eventual pérdida de reputación ante los inversores “verdes” y un costo moral para un país que supo abanderarse con la transición.

Privilegiar el modelo extractivo obedece a intereses y el sector petrolero resulta muy poderoso. Ello se evidenció en la presión ejercida por Arabia Saudita en la COP30, que terminó luchando por todos los medios para que no se emitiera una declaración para dejar atrás el petróleo. Esta disputa plantea una nueva faceta con la ambivalencia de Lula que busca ir a la próxima cumbre del G20 en nombre de quienes pujan por avanzar hacia un mundo libre de petróleo y con el gobierno uruguayo cuyo ministerio de ambiente plantea que la exploración offshore no resulta incompatible con el proceso de descarbonización del país.

Los gobiernos no deben olvidar lo que la comunidad científica no para de advertir: traspasar la barrera de los 1.5 Cº es una amenaza para la humanidad. Debemos relanzar el debate respecto a la economía del futuro, reemplazar las narrativas del desarrollo permanente que aún predominan en nuestra dirigencia y bregar para que la opinión de la ciudadanía sea respetada, particularmente la de aquellos cuyas comunidades resultan más afectadas. Para cumplir con dicho cometido, los líderes mundiales deberían impedir el accionar del lobby petrolero en la próxima reunión y priorizar el debate científico en las deliberaciones de la COP.

IA y datos satelitales: una oportunidad con grandes desafíos para América Latina

El aumento acelerado de datos está impulsando el surgimiento de un sin fin de nuevas aplicaciones que intentan dar solución a diversos problemas que aquejan a nuestra sociedad. Tal es el caso de las imágenes satelitales que pueden ayudar a la detección de diversos fenómenos ambientales, como incendios, fugas de agua o inundaciones, entre otros. Si a estos datos le aplicamos el uso de la Inteligencia Artificial (IA) para el aprendizaje automático, que es aquella área de la IA que se encarga básicamente de aprender a partir de ejemplos, su aplicabilidad tiene un potencial inimaginable.

¿El uso de estas tecnologías para la solución de problemas es confiable?

En la mayoría de los casos, la respuesta es: sí. Sin embargo, los modelos basados en IA carecen de una característica que en problemas públicos es de vital importancia: la explicabilidad. Los modelos inteligentes muchas veces pueden funcionar con determinado error, lo cual podría ser aceptable, pero, cuando desconocemos los motivos por los cuales se toman ciertas decisiones, su utilización deja de ser confiable.

En este marco, en función del entendimiento del problema que se desee abordar, se puede definir si los modelos basados en IA son útiles, o no. De momento, aún es debatible el hecho de utilizar IA en cualquier situación, ya que depende en gran medida de las circunstancias y de las condiciones en que se debe cumplir una determinada solución.

Por otro lado, si bien es cierto que las imágenes suelen ser fáciles de adquirir y en muchos casos son gratuitas, en América Latina dependemos generalmente de la disponibilidad y el acceso a dichos insumos de empresas privadas del mundo desarrollado. Esto no solo limita las posibilidades de los países en desarrollo de poder desarrollar aplicaciones novedosas, sino que mantienen a la región en una situación vulnerable, ya que no hay certeza de la accesibilidad a dichos datos en el futuro.

Por lo tanto, mientras la región no pueda desarrollar tecnología satelital propia que sea capaz de generar datos de calidad accesibles para la región, no hay que olvidar que, para cualquier solución que deseemos atender a través de la combinación de algoritmos de IA con bases de datos sólidas, seremos dependientes de terceros.

Aplicaciones que combinan IA con imágenes satelitales

Más allá de las limitaciones, reales o teóricas, en la región ya hay infinidad de aplicaciones que están dando solución a problemas reales. Un caso interesante de aplicabilidad de este sistema es el que estima índices de pobreza a través de imágenes nocturnas, donde se analiza la relación entre la cantidad de luz artificial y el nivel de ingreso económico de ese lugar, o la detección de fugas de agua a través de imágenes satelitales que permiten calcular los volúmenes de dicha fuga de agua y sus consecuencias en la zona.

Un ejemplo más delicado de la aplicación de esta tecnología es la utilización de las imágenes para la detección de fosas clandestinas en México. Algunos investigadores del Centro de Investigación en Ciencias de Información Geoespacial (CentroGeo) han trabajado por más de una década en generar modelos capaces de detectar las zonas donde hay mayor probabilidad de que existan fosas clandestinas. Esta aplicación ha tenido un impacto enorme en colectivos de madres buscadoras, entre otras organizaciones.

Las soluciones basadas en IA e imágenes de satélite tienen un sinfín de aplicabilidades y a medida que avance la tecnología y se allane el camino al acceso libre de datos se seguirá avanzando para dar solución a nuevos problemas de la sociedad. Pero, más allá de las expectativas, de momento en América Latina debemos adaptarnos a las condiciones actuales y crear mecanismos o respaldos suficientes para que, en el momento en que se nos limite el acceso a dichos datos, las empresas y organizaciones puedan seguir ofreciendo las prestaciones.

Sin embargo, más allá de la vulnerabilidad tecnológica de la región, no debemos cerrarnos a estas nuevas tecnologías porque, más que una amenaza, son una oportunidad de crecimiento, de solucionar problemas de forma más rápida, y quizá con menor esfuerzo. Adoptemos la tecnología a nuestra vida cotidiana y aprendamos a utilizarla de una forma responsable, ética y adecuada.

*Este texto se enmarca en la colaboración entre la Organización de Estados Iberoamericanos para la Educación, la Ciencia y la Cultura (OEI) y Latinoamérica21 para la difusión de la plataforma Voces de Mujeres Iberoamericanas. Conoce y únete AQUÍ a la Plataforma.

Los impactos de la crisis climática en América Latina

Después de varias décadas de definir acciones multilaterales ante la crisis climática global, no solo los horizontes son desalentadores, sino que muestran el inminente fracaso de los compromisos asumidos desde los distintos organismos internacionales. El Informe 2023 del Foro Económico Mundial sostiene que los niveles atmosféricos de dióxido de carbono, metano y óxido nitroso han alcanzado máximos históricos, haciendo difícil de conseguir la meta global de limitar el calentamiento a 1,5 °C; incluso, debido al actual enfoque geopolítico de gases de efecto invernadero (GEI), diversas instancias han pronosticado un incremento de 2,7 °C de la temperatura a mediados de siglo, muy por encima de los objetivos trazados en el Acuerdo de París.

Con el 8,6% de la población del mundo y una aportación de 7,5% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, América Latina y el Caribe (ALC) no escapa a las consecuencias e impactos graves derivados de la crisis climática: derretimiento de los glaciares andinos en el 30% de su superficie, la desertificación de algunas de sus zonas agrícolas, incremento de las inundaciones y los deslaves, así como amenazas a su infraestructura y a las poblaciones más vulnerables, que generalmente son las más expuestas a eventos extremos. La temperatura se ha incrementado entre 0,7 °C y 1 °C, y se estima que, en un escenario de altas emisiones, los efectos del cambio climático significarían alrededor de 4,6% y 30% del PIB per cápita desde los tiempos actuales al 2100 (CEPAL, 2024).

La Oficina de Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastre ([UNDRR] 2024) afirma que Latinoamérica ocupa la segunda posición más expuesta por los desastres naturales, después de Asia y el Pacífico. El organismo enfatiza que más del 80% de los desastres en la región tienen como origen la crisis climática. Los eventos extremos son cada vez más letales, con lluvias en épocas secas, sequías pronunciadas, desaparición de especies animales, disminución de los niveles de ríos y lagos, etc., profundizados por las actividades humanas. En estos sucesos destacan los fenómenos Niño o Niña como los más recurrentes y agresivos. Los impactos adversos proyectados, así como las pérdidas y daños relacionados con la crisis climática, se intensifican con cada aumento del calentamiento global. A estos riesgos se suma el lento crecimiento, la inestabilidad política, el desplazamiento de comunidades enteras, la pérdida de derechos sociales y laborales, entre otros.

Uno de los principales países afectados por los desastres naturales es Brasil, con inundaciones (115) y tormentas (15), México destaca por la frecuencia de tormentas (81) e inundaciones (48), Colombia registró fuertes inundaciones (76) y movimientos de masas húmedos (23); en Argentina se presentaron 78 eventos, siendo los más relevantes las inundaciones y en menor medida las tormentas (17). Por su parte, Guatemala, Nicaragua, El Salvador, Honduras y Costa Rica han sido las naciones más afectadas en las últimas dos décadas. Entre 2000 y 2024, los desastres naturales en ALC han afectado a un número creciente de personas, cerca de 194.060.903, de las cuales 30.494 han perdido la vida y 1.989.564 se han quedado sin hogar.


Tanto las inundaciones como los ciclones, además de generar destrucciones, han desplazado a comunidades completas. De igual manera, el incremento del nivel del mar, las sequías y las olas de calor obliga al abandono de tierras y de seguridad social (ACNUR, 2024). El potencial destructivo de estos fenómenos incrementa la desigualdad dentro y entre las naciones de la región, lo que representa una amenaza existencial. La UNDRR estimó que, para el año 2050, los impactos de la crisis climática pueden llegar a generar que 17 millones de personas en ALC abandonen sus hogares. Por su parte, la ONU ha pronosticado a nivel mundial un desplazamiento de doscientos cincuenta millones de seres humanos para el mismo año, números elevados y alarmantes. Los desastres naturales y los elevados costos en vidas y recursos que plantea la crisis climática nos sitúan frente a la necesidad de atacar las causas de la crisis climática. La mayor de ellas es, sin duda, la reducción de los gases de efecto invernadero. Por tanto, se requiere de manera ineludible una reforma energética. La pregunta es: ¿existe una sola vía para esa transición?

Contrariamente a los planteamientos propuestos por los países desarrollados que proponen una sola ruta, pensamos que ALC debe impulsar transiciones propias, distintas a las establecidas por las élites dominantes y sus lógicas de mercado. En consecuencia, es necesario apostar por otros imaginarios, considerando necesidades propias y la existencia de otras realidades económicas. Se trata de alternativas que implican obligatoriamente comprender el colapso climático no como un hecho aislado, sino como parte de la crisis civilizatoria del capitalismo.