Las tierras indígenas y la tesis del marco temporal en Brasil 

Los criterios de demarcación de las tierras indígenas vuelven a ser una cuestión importante para el Congreso Nacional de Brasil en el segundo semestre de 2023. En el mes en que se conmemora el trigésimo quinto aniversario de la promulgación de la nueva Constitución Federal de Brasil, el Senado Federal debate la creación de herramientas jurídicas para legitimar la tesis del marco temporal, de que los grupos indígenas sólo pueden tener sus tierras demarcadas si ya las ocupaban cuando se instaló la nueva República brasileña, en octubre de 1988.

La llamada tesis del hito temporal es muy controvertida. Se trata de una idea que limita cronológicamente el derecho de posesión de los indios sobre importantes franjas del territorio brasileño. En 2003, se creó la Tierra Indígena Ibirama-Laklãnõ, en el estado de Santa Catarina, que abarca unos ochenta mil kilómetros cuadrados y está ocupada actualmente por el pueblo indígena xogleng. Ante las demandas de decenas de agricultores de la región, el gobierno de Santa Catarina llevó el asunto ante el Supremo Tribunal Federal, alegando que los nuevos propietarios de la tierra no estaban allí cuando se promulgó la Constitución brasileña y, por tanto, no debían tener control legal sobre la zona.

Un dictamen jurídico de la Procuraduría General de la República en 2009 cristalizó aún más la base de la tesis del hito temporal. En relación con la demarcación de la reserva indígena de Raposa-Serra do Sol, en el norte del país, se argumentó que sólo podría delimitarse una vez que se hubiera cumplido este criterio temporal y, ante este impasse, se hizo necesaria una sentencia del Tribunal Constitucional de Brasil, dada la necesidad de que el Poder Judicial se pronunciara sobre asuntos para los que había sido convocado.

El caso del impasse entre indígenas y propietarios rurales en Santa Catarina tendría el poder de influir en más de trescientos procesos de demarcación de tierras en todo el país y, con la decisión de la Corte Suprema, tendría repercusiones generales. El 21 de septiembre de 2023, veinte años después del inicio del litigio, la mayoría de los jueces del Tribunal decidió anular las limitaciones temporales, garantizando una victoria para los pueblos indígenas de todo el país, que podrán reclamar la propiedad de sus espacios naturales.

Lo más importante por el momento es saber que, después de haber sido considerado por la legislatura brasileña, el Proyecto de Ley 2903 de 2023 va para sanción presidencial, habiendo sido aprobado por la Cámara de Diputados y el Senado Federal. Activistas rurales de todo el país, a través de frentes parlamentarios, han presionado a sus representantes para crear una nueva legislación que detenga la eficacia de la decisión dictada por el poder judicial a favor de los pueblos indígenas.

En un momento de gran polarización en el Congreso, que numéricamente cuenta con una mayoría de representantes conservadores, los Poderes de la República están en curso de colisión. En recientes intervenciones, el presidente del Senado, Rodrigo Pacheco, ha criticado la frecuente intervención del poder judicial en asuntos propios del Congreso. El proyecto de ley aprobado recibió el apoyo masivo no sólo de grupos vinculados al agronegocio nacional, sino también de sectores importantes como los evangélicos y los grupos de seguridad pública.

Juristas de Brasil y del exterior han sido consultados sobre la capacidad de un proyecto de ley para anular una decisión vinculante del máximo tribunal del país. Por un lado, están los que defienden el poder judicial y consideran que la reciente sentencia garantiza los derechos fundamentales de los pueblos indígenas y que, por esta razón, está más allá de la revisión del Congreso.

En el otro extremo están los que definen la decisión judicial como un exceso de los poderes garantizados al Supremo por la Constitución de 1988 y abogan por que el Legislativo actúe para reequilibrar los poderes. El presidente Lula ya ha anunciado que vetará la propuesta, por considerarla inconstitucional. Legisladores de todas las tendencias políticas han hecho pública su intención de anular el probable veto presidencial.

Frente a intereses tan diversos, representados en las esferas políticas más importantes del país, la Constitución, que cumple un año más de vigencia, pasa por una prueba de fuego. La complejidad de este escenario pretende ser útil para definir con claridad los límites del equilibrio de poderes ideado en el siglo XVII por los padres fundadores de la democracia estadounidense, Madison, Hamilton y Jay, y aplicado a varios países latinoamericanos.

A pesar de los momentos de quiebre del orden democrático, los países de la región están ansiosos por mejorar sus regímenes políticos a través de situaciones que permitan conocer la solidez -o no- de sus instituciones.

El caso de los 9000 muertos desaparecidos en Cuba

El 25 de enero la cuenta en X de la Oficina Nacional de Estadística e Información de Cuba (ONEI) informó de una entrevista que al segundo de esa institución, Juan Carlos Alfonso Fraga, le hiciera Andrea Rodríguez, corresponsal de AP en el país. De las cifras reveladas en dicha entrevista, la periodista usó tres para un artículo suyo publicado el 22 de febrero sobre la presente situación demográfica cubana. Estas cifras son la de población de Cuba el 31 de diciembre de 2022: 11 089 500; la del número de personas fallecidas en ese año: 129 049, y la de los nacimientos: 95 402. 

Cuatro meses después, el 19 de mayo, la institución estadística oficial cubana presentó su informe demográfico de 2022: Indicadores Demográficos de Cuba y sus Territorios 2022. En él, mientras que con respecto a lo revelado por Alfonso Fraga a AP el número de nacimientos aumentó en uno (hasta 95 403) y el de habitantes en 11 (hasta 11 089 511), en el caso de los fallecimientos la variación ha sido en comparación desproporcionada, y a la baja. De los 129 049 fallecidos revelados en enero por el segundo de la ONEI se ha pasado a 120 098, es decir, un desplome de 8 951 fallecimientos

Sin duda las cifras pueden variar, y deben variar, a medida que la información es aumentada y depurada, como por ejemplo varió el número de nacimientos. Sin embargo, en primer lugar es muy improbable una variación de tal magnitud como la que vemos en el caso de los fallecimientos –se ha desplomado en alrededor del 7%-, y, en segundo lugar, si bien resulta entendible que los registros crezcan, al contabilizarse poco a poco nacimientos o fallecimientos que no fueron registrados en tiempo, no lo es que disminuyan. No hay, por tanto, ninguna explicación verosímil a un error estadístico semejante –el demógrafo Juan Carlos Albizu-Campos Espiñeira lo ha llamado “horror estadístico”. 

Este sobrerregistro inicial podría achacarse, por ejemplo, al hecho de que las personas fallecidas fuera de su lugar de residencia hubieran sido contabilizadas en dos lugares a la vez, y solo algo después se hubiera podido corregir el error, al comparar las listas respectivas. Mas ello es imposible en Cuba, donde todos los ciudadanos tienen un carnet de identidad y el procedimiento de certificación de la muerte es claro: ocurran donde ocurran, los fallecimientos son registrados en el municipio de residencia que aparece en el carnet del difunto, por lo que de ninguna manera cabe que se hubiera contabilizado un tan importante número de muertes en dos lugares a la vez.

En Cuba se registra a todas las personas que nacen, o que mueren, según un procedimiento legal expedito, por lo que resulta imposible creer en un error tan masivo. Hablamos de un país en el cual el estado, del cual la ONEI es su institución estadística oficial, administra tanto todos los hospitales de maternidad como todas las funerarias y cementerios. Cuba no es la India, y ni incluso los Estados Unidos: aquí ningún ciudadano anda tan por su cuenta.

Lo evidente es que, con un exceso de muertes de alrededor de 52 000 en 2021 (al crecer el número de muertes de 112 441 en 2020 a 167 645), el gobierno de Miguel Díaz-Canel no podría estar muy complacido con que algo parecido se repitiera en 2022, y así fuera reflejado en las estadísticas demográficas. De entrada, 129 049 fallecidos en 2022 implicaría entre 9 000 y 12 000 muertes más de las que hubiera cabido esperar en Cuba si se hubiera mantenido la tendencia de mortalidad anterior a la llegada de la pandemia. O sea, hablamos de un exceso de muertes, que es la variable que la OMS usa para medir el verdadero efecto de la pandemia (más allá de las siempre dudosas cifras oficiales, sobre todo en estados autoritarios, o totalitarios), entre 44 y 58 veces mayor a las 207 personas que oficialmente fueron reportadas por el Ministerio de Salud Pública (MINSAP) como fallecidas por covid en 2022. Por tanto, de haberse mantenido en las estadísticas oficiales las 129 049 muertes de las que Alfonso Fraga le informó a AP en enero, Cuba volvería a quedar en entredicho por tan cuantiosa diferencia entre las cifras oficiales de fallecimiento por covid y el exceso de muertes. 

Pero más allá de la duda general que sobre la credibilidad de las cifras que hace públicas el estado cubano crea este caso particular, había un problema de más fondo con los 129 049 muertos. El hecho es que si bien en 2021 podían entenderse los estragos de la pandemia en Cuba, reflejados en el exceso de muertes, en 2022 ya no. Porque si bien durante la mayor parte de 2021 la población cubana no estuvo inmunizada, con las vacunas cubanas a comienzos de 2022 los porcentajes de cubanos completamente inmunizados, con todas las muchas dosis recomendadas, alcanzaba a más del 90%. ¿Cómo explicar entonces que en 2022 se alcanzara un exceso de muertes de entre 9 000 y 12 000?

Para que se entienda, esa cantidad de muertes en exceso con respecto a lo que debería haberse esperado según las tendencias de la mortalidad previas a la llegada de la pandemia equivaldría a entre 81 y 108 muertes de más por cada 100 000 habitantes, achacables al covid –directamente, o en sus efectos colaterales-, al menos según la metodología escogida por la OMS para medir los efectos de la pandemia. Un valor no tan alto, pero que un número importante de países, incluso con una población tan o más envejecida que la cubana, ya habían logrado mantener desde antes de comenzar su proceso de inmunización artificial.  

Los 129 049 fallecidos en 2022 ponían en duda la efectividad de las vacunas cubanas, algo que no podía permitirse un gobierno que lo apostó todo a ellas, incluido el futuro desarrollo de su industria de medicamentos. Y es que no ya la credibilidad de las vacunas estaba en juego, sino también la del presidente, de su gobierno, e incluso de “la Revolución”, porque en un final la industria farmacológica cubana, que habría sido la responsable de unos resultados en todo caso tan dudosos, es obra del Comandante. 

Si se quería salvar la cada vez menor credibilidad de todo ello, había que cambiar la cifra de enero.

Los vaivenes del Mercosur y la UE

La elección del presidente de Paraguay, Santiago Peña, coincidió con el retorno político del presidente Luis Ignacio da Silva, Lula. Los dos personajes comparten una impronta muy particular, la de la diplomacia presidencial. Lula retornó a la palestra mundial con enorme ímpetu en lo que se refiere a las relaciones internacionales. En cierto sentido se hizo eco y amplificó la expresión utilizada por el presidente Biden en su discurso inaugural: “Estamos de regreso”. Efectivamente, al cabo de pocos meses nadie podía dudar que el Brasil estaba de regreso, desempeñando un rol destacado en el concierto de las naciones, con sus luces y sus sombras, ciertamente. El caso de Santiago Peña es distinto porque se trata de un país pequeño y de menor peso en el contexto internacional. Sin embargo, sus intervenciones han puesto el país en el mapa y hasta han ocasionado sorpresa entre sus vecinos, acostumbrados a un rol de más bajo perfil. El nuevo sello que está queriendo dar el presidente paraguayo a su política exterior marca una diferencia. Hay que ver cuál será el impacto.

En diciembre de 2023, Brasil le transfiere la presidencia pro tempore del Mercosur al Paraguay. En vistas a ese proceso de transición, el presidente Santiago Peña le ha recordado al presidente Lula que el plazo para concretar el acuerdo con la Unión Europea vence ese mismo mes y que si los europeos no se manifiestan con respecto a las contrapropuestas referentes a los temas ambientales, el bloque debería proyectarse hacia regiones como el Medio Oriente y Asia.

El problema es que la fuerza del presidente paraguayo para liderar ese cambio de perspectiva puede no ser la requerida, ni vaya a encontrar el escenario más propicio. Nos referimos sobre todo a que estamos ante una coyuntura en que, por un lado, las relaciones entre las naciones hermanas del Mercosur no pasan por su mejor momento, y, por otro, hay un contexto político argentino minado de incertidumbres.

Efectivamente, uno de los temas más actuales a nivel regional es la disputa en torno al peaje que está cobrando la Argentina a las embarcaciones que utilizan la Hidrovia Paraguay – Paraná, un peaje que es rechazado por el Paraguay y los otros socios de la Comisión del Acuerdo de la Hidrovía (Brasil, Bolivia y Uruguay).  En el marco de esa tensión, también saltó el tema del cobro de la energía de la hidroeléctrica binacional Yacyretá que el lado paraguayo cede a la Argentina. El Paraguay ha puesto en la mesa la opción de utilizar el 100% de su energía, en vez de cederle a la Argentina por una compensación, ya que Buenos Aires no está honrando los pagos debidamente. Curiosamente, en paralelo, Argentina comenzó a retener camiones que transportan gas licuado al Paraguay, dando señales de un escalamiento de la guerra comercial.  

Aparte, el panorama político argentino se presenta muy amenazante desde la perspectiva del Mercosur. El hecho de que el candidato ultraliberal de La Libertad Avanza (LLA), que obtuvo el mayor porcentaje de votos en las PASO, Javier Milei, sea un librecambista fervoroso es un claro indicador de que, si llegase a ganar la presidencia, la idea de una unión aduanera imperfecta, con un arancel externo común poroso, va a chocar frontalmente con dicha ideología. Ello implicaría una nueva crisis a nivel del entendimiento de los países sudamericanos, poniendo en jaque la capacidad del bloque de actuar como conjunto en negociaciones de integración con otras regiones, como la Unión Europea, o cualquier otro que quiera proponer el presidente Santiago Peña.

Sin duda, estos temas se irán deshilvanando con el tiempo. Hay que ver si la UE responde en tiempo y forma, primero. Si lo hace de manera satisfactoria el desafío para el Mercosur será mayor. Se trataría de un acuerdo comercial histórico, en una época muy distinta a la que predominaba hace 20 años, cuando se inició el proceso. Ninguno de los gobiernos de la región, inclusive con un Milei en la presidencia de la Argentina, podría descartar la opción fácilmente. La UE ha prometido no reproducir el modelo extractivista, de simplemente explotar recursos naturales, sea este el litio o la soja. Hay un acompañamiento con inversiones que buscan fortalecer procesos de producción con valor agregado más complejos. Al mismo tiempo, los sudamericanos han prometido utilizar sus propias regulaciones, de manera soberana, para cuidar que la producción agroganadera no acreciente la deforestación ni dilapide los sumideros del CO2.  Si estas promesas son creíbles o no es otra cuestión. En el caso paraguayo, el poderoso lobby agroganadero del país ha manifestado reticencias respecto a la cuestión medioambiental, el uso de agrotóxicos y la deforestación. 

En todo caso, para el presidente Santiago Peña y su diplomacia presidencial, la concreción del acuerdo Mercosur – UE lo obligaría a marchar más al unísono con sus pares . Ello simplemente porque, al firmarse un acuerdo con la UE, el mercado común del sur se fortalecería y las cláusulas que impiden tratados de libre comercio bilaterales adquirían mayor vigencia, quitándole así mayor autonomía al Paraguay o cualquier otro. Así como fue el caso del proyecto fallido de Uruguay para firmar un TLC con China, que declinó al final por respetar los reglamentos del Mercosur.

Si bien mucho depende de cómo se va configurando el espacio político regional, la posición de Peña es delicada. Es el último presidente de Sudamérica que mantiene una relación con Taiwán. Su relación con Estados Unidas se tensa de manera intermitente por los programas anticorrupción de USAID en Paraguay, así como por la designación de su mentor político y expresidente Horacio Cartes como “significativamente corrupto”, por parte del Departamento de Estado. Por otro lado, una parte importante de la bancada de su partido quiso derogar un convenio con la UE en base a argumentos falaces sobre la imposición de la ideología de género en la educación.

Migración: la realidad demanda decisiones… humanitarias

El académico mexicano Rafael Hernández, de forma precisa, ha sostenido que el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador registra una suerte de promesa incumplida en materia de política de migración. Cuando ascendía al poder, en 2018, anunció que, a diferencia de las gestiones anteriores, la suya se basaría en la definición de un nuevo paradigma que privilegiaría el respeto pleno de los derechos humanos y apostaría por el desarrollo social y económico como sustento material de las personas en movilidad dentro de México.

Tal cosa no ha ocurrido, como lo vienen documentando diversas denuncias de maltratos y violaciones a los derechos humanos, por parte de autoridades mexicanas, contra migrantes venezolanos, cubanos, centroamericanos y haitianos principalmente, en particular desde que se activó el acuerdo bilateral con Estados Unidos para impedir el acceso sin documentación de los oriundos de Venezuela, hace ya un año. Desde entonces se ha intensificado la respuesta policial y militar.

La actual crisis migratoria debe abordarse desde una perspectiva regional, ya que está envolviendo a países expulsores, como Venezuela, Ecuador, Colombia, Haití y Cuba, junto al tradicional triángulo de la frontera norte centroamericano (El Salvador, Honduras y Guatemala); a países de tránsito, como Colombia, Panamá y prácticamente toda América Central, y obviamente a México, pero siendo este no solo lugar de circulación sino también de asentamiento para miles de migrantes, aquellos que no logran ingresar a Estados Unidos.

El territorio estadounidense sigue siendo una suerte de imán, profundamente atractivo, sabiendo o a veces desconociendo las travesías, obstáculos y peligros que acechan en muy distintos lugares de la región para quienes van en su búsqueda sin tener permiso de ingreso por vía regular.

México, por razones geopolíticas y, por tradición, al haber sido históricamente un país de emigrantes, y siendo además un nudo gordiano en la actual crisis, debe liderar una política integral en coordinación con otros países. México, que con López Obrador ha reproducido de nuevo el rol de perro guardián de la frontera con Estados Unidos, debe abrirse a otra discusión más amplia, signada por la respuesta humanitaria integral que demanda la actual crisis.

El anuncio de la Cancillería mexicana de que se convocara una conferencia regional, con una decena de países, para discutir sobre la situación migratoria, debe ser visto como una primera señal positiva. Es un primer paso en una serie de decisiones que deberán tomar los países de manera individual y de forma concertada para hacer frente al mayor volumen, en menor tiempo y de más rápido crecimiento de un flujo migratorio en la región que a todas luces es desordenado, y está protagonizado por personas en clara condición de vulnerabilidad, que están literalmente huyendo de sus países con lo poco que llevan encima.

Cualquier discusión gubernamental en la región sobre el creciente volumen de migrantes, sin duda una problemática que amerita respuestas gubernamentales a diversas escalas, debe partir de un principio claramente definido por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2019: “Todo migrante tiene derecho al respeto de su dignidad humana”. Todo migrante es, a fin de cuentas, una persona, y por ser humano es portador de los derechos básicos universalmente reconocidos. Parece una perogrullada, pero es una verdad que no debe ser relativizada en cualquier decisión gubernamental que involucre a los migrantes, sin importar su estatus migratorio.

México ha confirmado, este 1 de octubre, que unas 10.000 personas llegan cada día a la frontera de este país con Estados Unidos. Según el gobierno de López Obrador, es una situación que les desborda. EE.UU. también se ha visto excedido: en los primeros 17 días de septiembre hubo 142.037 detenciones de migrantes en la frontera, un 15% más que las 123.777 del mismo periodo del mes pasado. Junto a esto, alrededor de 1.450 personas cada día son admitidas por vía regular, en territorio estadounidense, a través de la aplicación móvil CBP One, con trámites que se realizan en su mayoría desde suelo mexicano.

Costa Rica se ha adelantado a la reunión en México para declarar, el pasado 26 de septiembre, una emergencia nacional. De acuerdo con los datos oficiales de las autoridades fronterizas, hasta el 23 de septiembre más de 390.000 migrantes habían cruzado este año la peligrosa selva del Darién que separa a Colombia de Panamá. Se trata de la cifra más alta registrada, y convierte de facto a esta zona selvática en el principal corredor migratorio de las Américas. En todo 2022, unas 248.000 personas atravesaron el Darién.

Los migrantes, una vez que pasan el Darién, no se detienen en territorio panameño: el gobierno de Panamá llama “flujo controlado” al traslado en buses de los extranjeros hacia la frontera con Costa Rica, que es el siguiente país en la ruta. Desde junio, cuando ingresaban en territorio costarricense unos 900 migrantes al día por la frontera sur, el flujo se triplicó hasta unos 2.600 diarios durante agosto. La respuesta del gobierno de Rodrigo Chaves, sin embargo, no ha sido atender la situación humanitaria, sino evitar que los migrantes permanezcan en el territorio de su país.

Lo anunciado por Chaves es un esquema de transporte, organizado por el Estado con empresas privadas, bajo el cual se le cobra 30 dólares a cada persona por su traslado exprés entre la frontera sur de Costa Rica (con Panamá) y la norte, colindante con Nicaragua.

El portal BBC Mundo ha narrado que una vez que llegan al norte de Costa Rica, muchos migrantes recurren al servicio de “talibanes”, como se conoce a transportistas que los llevan hasta puntos ciegos de la frontera nicaragüense al no poder pagar los 150 dólares que el gobierno de Managua cobra como salvoconducto para ingresar regularmente por el punto fronterizo de Las Tablillas.

Y así, estos traslados, pagos, movilizaciones, son parte de una ruta que según el dinero con el que se cuente puede transcurrir más rápido o no. Un hombre de 30 años, hijo de un señor que suele servirme el café en un establecimiento en Venezuela, tardó un mes desde que salió del Darién y pudo llegar al norte de México. Allí hace trabajos menores y trata de recuperarse económicamente para dar el salto hacia suelo estadounidense, donde sueña poder llevarse en el futuro a su esposa y dos hijas, que quedaron atrás.

Decidir por encuestas: la selección de candidatas a la presidencia en México

El más reciente proceso de elección interna de candidatos, o en este caso de candidatas, a la presidencia de la República en México, realizado por el partido en el gobierno, el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), y el Frente Amplio por México, una coalición opositora integrada por el Partido Revolucionario Institucional (PRI), el Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido de la Revolución Democrática (PRD), tuvo como denominador común el uso de las encuestas como criterio único de selección. 

Es importante señalar que no es la primera vez que un partido político o coalición de partidos en México utiliza los resultados de las encuestas como el criterio principal de selección de candidatos a distintos niveles de gobierno, incluida la presidencia de la República. Lo que sí resulta significativo es que tanto Morena como el Frente Amplio por México hayan decidido con ello renunciar a todo proceso electivo.  

Destaca el caso de Morena; desde su fundación, este partido ha descartado llevar a cabo elecciones internas para la designación de sus candidatos. Esto fue refrendado por el propio presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, cuando señaló en junio de este año, en una de sus tantas conferencias de prensa matutinas, que la encuesta como método de designación, al formar parte de los estatutos del partido, “ha probado su eficacia” y “ha evitado rupturas”.

Por su parte, el Frente Amplio por México, después de sucesivas rondas de descarte de sus distintos precandidatos, decidió ya no llevar a cabo la última fase del proceso, la consulta ciudadana entre las personas registradas para tal efecto, y quedarse únicamente con el resultado de los estudios de opinión pública que dieron como ganadora a Xóchitl Gálvez sobre Beatriz Paredes por más de 15 puntos porcentuales en promedio.

Al respecto, ¿qué implicaciones tiene la sustitución de facto de todo proceso electivo por los resultados demoscópicos para la democracia en general y para la democracia interna de los partidos políticos en particular?

En principio, la decisión del partido en el poder y de la coalición opositora de introducir la encuesta en una suerte de mecanismo equivalente de democracia participativa para evitar conflictos o rupturas, o en un afán de evitar una baja afluencia de votantes, ha estado lejos de producir un mayor acercamiento con la población. De hecho, cabe recordar el fracaso en términos de participación ciudadana que supuso la consulta de revocación de mandato que realizó el Instituto Nacional Electoral (INE) en 2022 impulsada por la presidencia de la República. Por el contrario, esta decisión fortalece la hipótesis del politólogo Peter Mair, que hablaba de “gobernar el vacío” y que sugiere que, debido a las deficiencias de los partidos políticos, la democracia paulatinamente se va despojando de su componente popular, alejándose del demos.  

Lo que acabamos de atestiguar en México fortalece esta hipótesis. Los partidos políticos, al circunscribirse únicamente a las encuestas como criterio electivo, han conducido a dos escenarios: 1) se rompe con el ciclo mismo de la deliberación política democrática; esta apuesta a que toda deliberación termine en agregación, como sugería el politólogo Adam Przeworski, acaba frustrándose, y 2) se da por hecho que el resultado mismo de la encuesta es de facto coincidente con un hipotético resultado electoral. 

Este último punto nos coloca de frente al debate en torno al grado de precisión de las encuestas. Un debate que se relaciona con el grado de concordancia que se presume puede existir, o no, entre la particular distribución de opiniones entorno a la intención de voto y la distribución final de los resultados electorales.  

Lo anterior es la fuente misma de la característica de todo régimen democrático: la incertidumbre sustantiva, la cual se traduce en el hecho de que nadie puede garantizar ex ante el resultado de una contienda electoral; en el hecho de que nadie puede contestar a priori con absoluta certeza una simple pregunta: ¿quién va a ganar las elecciones?

La incapacidad de nuestro sistema de partidos de llevar a cabo elecciones internas ha cancelado toda posibilidad de incertidumbre sustantiva, requisito primordial de toda organización política de este tipo que se precie de democrática. La legitimidad de los sondeos, de carácter técnico, se impone sobre la legitimidad democrática que proviene del voto. 

*Este texto está escrito en el marco del X congreso de WAPOR Latam: www.waporlatinoamerica.org. 

Haití de nuevo bajo intervención internacional

Brasil asumió la presidencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas el pasado lunes, 2 de octubre. En el primer día laborable de su mandato, se aprobó la Resolución 2699 (2023), con la abstención de Rusia y China. Esta resolución autoriza el despliegue de un contingente militar de Kenia para apoyar a la Policía Nacional de Haití en la lucha contra las bandas armadas que controlan los barrios de la capital, Puerto Príncipe, desde hace al menos dos años. Los ataques se intensificaron a finales de 2021 y se politizaron con el déficit democrático que generó el asesinato del presidente Jovenel Moïse el 7 de julio de ese año.

Es lamentable que la diplomacia brasileña haya sometido a votación, en su primer día en la presidencia del Consejo de Seguridad, una resolución cuestionablemente realizada a instigación de la República Dominicana. Este país está construyendo un muro para detener el flujo de migrantes del país vecino e impide a los haitianos el acceso al agua del río Masacre, en la frontera entre Dajabón y Ouanaminthe, en su día escenario del mayor genocidio de la historia del Caribe en 1937, cuando más de 30.000 haitianos fueron cruelmente ejecutados por el gobierno dictatorial y racista de Trujillo.

La literatura sobre relaciones internacionales no tiene constancia del interés de Kenia por Haití. De repente, este interés fue sancionado en el Consejo de Seguridad con el apoyo de Jamaica y Guyana, todas ellas antiguas colonias o todavía colonias (en el caso de Jamaica que forma parte del Commonwealth y reconoce la autoridad de la monarquía británica) de Inglaterra. No logramos entender las directrices de la política exterior de Brasil: ¿por qué apoyar, someter a votación y votar a favor de una Resolución basada en el Capítulo VII de la Carta de la ONU, que autoriza el uso de la fuerza en territorio extranjero? ¿Dónde están los compromisos para proteger a los países afrodiaspóricos de la intervención armada? ¿Por qué no ser prudentes y votar a favor de una misión de observación basada en el Capítulo VI de la Carta de la ONU? ¿Cómo ayudará el envío de un contingente militar desde Kenia a la Policía Nacional de Haití, que ya cuenta con la cooperación de la policía mexicana? ¿Es este realmente el máximo esfuerzo que puede hacer Brasil al frente del Consejo de Seguridad? ¿Repetir los mismos errores del pasado, como cuando la diplomacia brasileña presionó para la aprobación de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), que permaneció en el país durante 14 años y agravó su fragilidad, es realmente un esfuerzo diplomático a favor de la Cooperación Sur-Sur?

Deploramos esta postura y esperamos una corrección de rumbo en la política bilateral Brasil-Haití. En lugar de acciones precipitadas en el Consejo de Seguridad, Brasil podría estar llevando a cabo diversas acciones bilaterales para reducir los niveles de violencia en Puerto Príncipe, podría estar ayudando a los migrantes haitianos que quieren ir a Brasil de forma antirracista y fortaleciendo el sistema de justicia en Haití, dado que la Misión de las Naciones Unidas de Apoyo a la Justicia en Haití (MINUJUSTH), cuyo mandato duró dos años (de octubre de 2017 a octubre de 2019) y que sucedió a la MINUSTAH, no tuvo el compromiso suficiente para construir bases comunitarias a favor de la paz en el país.

Basándose en la cooperación técnica en el área de inteligencia y prevención de la expansión de la actividad de pandillas por medio de drones que ya existe entre la Policía Nacional de Haití y la Policía de México, Brasil podría ofrecer cooperación con el servicio de inteligencia e investigación de su Policía Civil, en sus atribuciones previstas en el artículo 144 de la Constitución Federal de 1988, en las áreas procesales relativas a investigaciones policiales y su remisión al poder judicial, con unos plazos procesales que garanticen el acceso al debido proceso legal para la investigación de crímenes contra la vida, asociados al fortalecimiento del sistema carcelario en Puerto Príncipe.

El gobierno brasileño también podría proponer al Consejo de Seguridad una inversión multilateral en la construcción de más prisiones de acuerdo con las especificaciones técnicas de accesibilidad, permeabilidad del suelo, confort bioclimático e impacto ambiental, siguiendo las Directrices Básicas de Brasil para la arquitectura penal, dado que las condiciones carcelarias en Haití violan los principios más elementales de los derechos humanos. Brasil también podría estar construyendo una política de diálogo sobre el destino final de los criminales de las bandas: juzgarlos, amnistiarlos o reasentarlos.

Brasil podría estar discutiendo estrategias de reasentamiento en el Consejo, teniendo en cuenta que, si los criminales de las bandas de Puerto Príncipe son juzgados fuera de Haití, considerando la inclinación por tomarse la justicia por su mano del movimiento Bwa Kale, no saldrán vivos del país en el período posterior al conflicto. También podría ayudar con las siguientes acciones: a) Solicitar al TSE la cooperación técnica con el CEP – Consejo Electoral Provisional de Haití para celebrar elecciones limpias y justas en el país lo antes posible; b) Proponer al gobierno de la República Dominicana la creación de viviendas de apoyo para los inmigrantes haitianos, con los recursos de la comunidad internacional; c) Facilitar la entrada de inmigrantes haitianos en territorio brasileño, eximiéndolos de la exigencia de visado; d) Relanzar el Programa CAPES Pro-Haití, destinado al intercambio de estudiantes haitianos a universidades públicas brasileñas, que se perdió en medio de la ruptura de gobierno en Brasil en 2016; f) Reforzar el aumento de plazas para estudiantes haitianos en los programas PEC-G y PEC-PG y exigir a la embajada de Brasil en Haití un Plan de Marketing para divulgar adecuadamente este programa entre los estudiantes haitianos interesados; g) Proponer la creación de una versión PROUNI-Haití para que las universidades privadas reciban a estudiantes haitianos; h) Dialogar con la Agencia Brasileña de Cooperación para presentar un nuevo Programa de Cooperación Sur-Sur de Brasil con Haití, basado en las demandas de la sociedad civil organizada haitiana.

La fragilidad de la segunda ola de gobiernos de izquierda en la región

Hace ya un par de años, la idea de una segunda ola de gobiernos de izquierda en América Latina parecía evidente. La vuelta al poder del MAS en Bolivia (2020), luego del confuso final del tercer gobierno de Evo Morales; la elección de Boric en Chile (2021) tras la violenta explosión social durante el segundo gobierno de Piñera en 2019; y la elección de Castillo en Perú (2021), precedida de cuatro presidentes y dos impeachments en un período de tan solo cuatro años; sumado a los gobiernos de López Obrador en México y de Fernández en Argentina, conformaron lo que para muchos representaba el inicio de un nuevo ciclo de gobiernos de izquierda en la región. Pero dos años después y a pesar de la vuelta al poder de Lula en Brasil y del histórico triunfo de la izquierda colombiana con la elección de Gustavo Petro, ese nuevo ciclo muestra dificultad para consolidarse como movimiento regional.  

Este nuevo ciclo sigue estando lejos de la estabilidad y el alcance geográfico del primer ciclo de gobiernos de izquierda durante la primera década del siglo. Y al menos tres hechos constatan esta dificultad: el impeachment de Castillo en Perú; la derrota del proyecto de reforma constitucional chileno respaldado por el presidente Boric, que fue seguida por la elección de una nueva Asamblea Constituyente con mayoría de representantes de la oposición; y la evidente pérdida de apoyo popular del gobierno de Fernández en Argentina, confirmada con la caída al tercer puesto en las primarias de agosto pasado.

Mucho ya se ha escrito sobre la diferencia entre el contexto actual de incertidumbre económica internacional, en relación a la bonanza económica durante la primera década del siglo, gracias al alto precio de las commodities que mucho benefició a los gobiernos de la llamada “marea roja”. Esa diferencia, sumada a las múltiples crisis generadas a raíz de la pandemia del Covid-19, ha incidido en la dificultad, por parte de los nuevos gobiernos de izquierdas, para atender las demandas de los ciudadanos. Esto ha llevado a estos gobiernos, en parte, a sufrir una mayor fragilidad.

La visión de una segunda marea roja en América Latina resultó, al menos en el caso de algunos de los países mencionados, de una lectura simplificada de la complejidad de los sistemas políticos surgidos de las últimas elecciones. En Perú, dado el exiguo margen de diferencia en las elecciones presidenciales de 2021– menos de 50 mil votos–, y la falta de apoyo legislativo, difícilmente podía afirmarse que el país había girado a la izquierda con la elección de Castillo. Por el contrario, desde el primer día se sabía de la dificultad que tendría el nuevo presidente para conseguir apoyos para conducir el país y concluir su mandato, especialmente tomando en cuenta la inestabilidad política de Perú durante los cuatro años precedentes.

En el caso de Chile, la fragmentación del sistema político en la última elección tampoco justificaba la lectura de un giro político en el país. Recordemos que Boric fue el segundo candidato más votado en el primer turno de las elecciones, siendo superado por el candidato de la extrema derecha, José Antonio Kast, y que la alianza política del presidente electo consiguió poco más del 20% de los diputados.  

Sin embargo, el mismo argumento no puede aplicarse a todos los casos. El gobierno de Fernández, en Argentina, contaba, al inicio de su mandato, con el respaldo de casi la mitad de la Cámara de Diputados y la mayoría absoluta del Senado. Su desgaste político, excluidos los factores externos ya mencionados, puede ser atribuido, por lo tanto, a una gestión ineficiente, en particular en la conducción de la economía.

Pero la fragilidad política de los presidentes y la rápida pérdida de apoyo político no es una característica exclusiva de los nuevos gobiernos de izquierda. Esto afecta también a los gobiernos de derecha. La crisis política del gobierno de Lasso en Ecuador, que derivó en un llamado a elecciones generales anticipadas a solo dos años de iniciado el período de gobierno, es un ejemplo. De hecho, si hay un nueva ola o marea política en América Latina es la del aumento significativo de la fragmentación y la polarización política, lo que lleva a presidentes electos con márgenes muy reducidos (Castillo, Lasso, Lacalle Pou y Lula en su última elección) y/o a gobiernos electos sin contar con mayoría legislativa (los casos de Castillo y Lasso son los más emblemáticos).

En un contexto como el actual en América Latina, marcado por una alta polarización, esta configuración política dificulta la posibilidad de alcanzar acuerdos amplios que garanticen un gobierno con una base relativamente amplia y que ofrezca estabilidad. Ya sean de derecha como de izquierda.

Elecciones en Argentina: una campaña que empodera a Milei y a Massa

A partir de una elección de tres tercios donde presenciamos un empate técnico en las últimas primarias nacionales entre la fuerza libertaria La Libertad Avanza (LLA) con 29,86% de los votos, Juntos por el Cambio (JxC) con el 28% y el oficialista Unión por la Patria (UP) con el 27,28%, surgieron una serie de preguntas ¿por qué el resultado? ¿Por qué las encuestas vuelven a fallar? ¿por qué La Libertad Avanza de Milei, de tercera fuerza escaló a primera? ¿por qué el kirchnerismo llegó al empate técnico cuando su candidato es el ministro de una economía cuasi hiperinflacionaria? o ¿por qué Juntos por el Cambio, que viene siendo la oposición organizada, obtuvo mucho menor apoyo del esperado en las elecciones en Argentina?

Un poco de memoria

Milei y Bullrich, los candidatos de la ultra derecha y derecha respectivamente, mantuvieron una excelente relación hasta las primarias del 13 de agosto. Han coincidido con frecuencia respecto a diversos temas como la defensa del libre mercado, la desaprobación de las regulaciones estatales, sobre la necesidad de políticas más duras para combatir el delito o poner freno a las protestas en las calles, incluso se han invitado mutuamente para formar parte de un mismo espacio.

Pero tras las elecciones primarias se develó, sorpresivamente, que Milei, quien individualmente obtuvo 29,86% de apoyo, frente a Bullrich que obtuvo 16,81% y Massa 21,43%, cuenta con altas chances de llegar a ser el futuro presidente. A partir de entonces, Milei comenzó a tomar distancia de Patricia Bullrich y a deslegitimarla como líder de la oposición organizada desde 2015.

Milei, quien se expresa mayormente a través de redes sociales, ha manifestado con la violencia que lo caracteriza, que Patricia Bullrich es “una montonera, tira bombas y peronista”, apelando al pasado de la líder de JxC, quien militaba en el peronismo y era guerrillera en su juventud. Milei también señala a Bullrich como “casta”, asimilándola al resto de los políticos y especialmente asimilándola al kirchnerismo. Pero si bien la descalifica, no parece confrontarla sino, contrariamente, parece querer restarle importancia para posicionarse como la verdadera oposición al kirchnerismo.

Las estrategias de los tres candidatos de cara al 22 de octubre

Si bien las elecciones internas dejaron en claro que triunfaron los extremistas (el reaccionario Javier Milei de LLA fue el que más votos obtuvo; la dura de JxC, Patricia Bullrich, le ganó al blando de Rodríguez Larreta; Sergio Massa versión ultra kirchnerista de UP logró una alta performance), siguiendo la lógica electoralista de todos los tiempos, podríamos suponer que las fuerzas centrípetas operarán en una contienda general. En ese marco, Juntos por el Cambio, desde la más sensata moderación post elecciones primarias, podría atraer electorado de ambos extremos y acrecentar sus chances de ganar.

Bajo esta posible premisa, la fuerza libertaria LLA, que desde las primarias se percibe ganadora, parece deducir que sería más sencillo ganar en un ballotage al oficialista UP. Mientras que UP deduce que sería más sencillo ganar en un ballotage a LLA. Y así venimos observando una situación post primarias en el cual Milei y Massa se empeñan en demostrar, ante la opinión pública, que son quienes representan dos modelos bien confrontados de gobierno y de país. Esto se manifiesta en los diversos discursos y en redes sociales. Y así presenciamos una suerte de ping pong electoral, donde Bullrich parece ser una mera observadora.

En el debate vicepresidencial celebrado el 20 de septiembre pudimos constatar como la libertaria Victoria Villarruel, que acompaña la fórmula de Milei, y el candidato a la vicepresidencia que acompaña la fórmula a Massa, Agustín Rossi, eligieron confrontar mutuamente. Durante el debate, bajo una estrategia polarizadora, iban y venían insolencias de todo calibre que parecen estar dando buenos resultados electorales en Argentina.

JxC, por su parte, se limita a reprobar mínimamente las violentas exposiciones del libertario Javier Milei contra la coalición y dedica la mayoría de sus energías a confrontar con el kirchnerismo. Y así Bullrich repite, una y otra vez, que viene “a terminar con el kirchnerismo para siempre”. En un spot reciente, Bullrich aparece exhibiendo una maqueta de un proyecto de una mega cárcel de máxima seguridad (al estilo de la construida por Bukele en El Salvador) como queriendo disputarle el monopolio de “la mano dura” a Milei; pero nuevamente predomina la confrontación con el kirchnerismo, cuando nos muestra que el nombre del penal sería “Dra. Cristina Fernández de Kirchner” (en alusión a la condena en primera instancia que tuvo la actual vicepresidenta).

En el ya mencionado debate vicepresidencial, el candidato que acompaña a Bullrich, Luis Petri, se limitó a reprobar en un par de ocasiones a Milei para dedicarse el resto del debate a enfatizar que “sin eufemismos para terminar con la inflación primero hay que terminar con el kirchnerismo, que es una máquina de generar pobreza y de poner palos a los que producen en este país”.

Bullrich elige una y otra vez polarizar con Massa, porque, bajo el supuesto (reafirmado por los resultados de las continuas encuestas que tanto se equivocan) de que La Libertad Avanza mantiene la delantera, JxC y el oficialista UP se estarían enfocando para disputar el segundo lugar, para llegar a la segunda vuelta electoral.

Democracias híbridas y autocracias de audiencias 

Desde el surgimiento de las sociedades como las conocemos, los dirigentes políticos han recurrido al populismo. El subcontinente ha visto varios liderazgos carismáticos como Getulio Vargas y Joao Goulart en Brasil, Juan Domingo Perón y los Kirchner en Argentina o Lázaro Cárdenas, Adolfo López Mateos o Andrés Manuel López Obrador en México. 

En los albores de la democratización en los años noventa del siglo pasado la región presenció una metamorfosis de los liderazgos y también de la democracia. Sería incorrecto negar la existencia del populismo desde hace siglos, antes se lo concebía como forma para acceder al poder, pero ahora se ha vuelto en una técnica para conservarlo. Esto no ocurrió por generación espontánea, sino que se dio cuando la democracia liberal se transformó en democracia de audiencias. 

De acuerdo con el politólogo Bernard Manin, la democracia de audiencias se entiende como el modelo en el que los partidos y agenda de gobierno son relegados a un segundo término, pero la candidatura que contiende por un cargo adquiere relevancia por su estridencia política. Este fenómeno surge a partir de la liberalización económica y la masificación de los medios de comunicación, inclusive Giovanni Sartori lo llamó la sociedad teledirigida en su libro Homo Videns, donde explica cómo la democracia adquiere similitudes con los programas televisivos. 

América Latina ha sido testigo de gobiernos que ejercen el poder a través del populismo para mantener la aprobación y el respaldo e incluso señalar a adversarios políticos. México es uno de los mejores ejemplos, un presidente que diariamente realiza conferencias matutinas para fijar la discusión en la opinión pública. Sus simpatizantes creen dogmáticamente lo que el ejecutivo declara en su conferencia e incluso a la luz de los datos, la realidad o los hechos si esta les es adversa, la niegan o descalifican. 

Incluso la oposición al gobierno de López Obrador está marcada por la retórica presidencial, ya que se han dedicado a lo largo del sexenio a solo responder los dichos presidenciales, cosa que les ha dificultado la construcción de un discurso propio. Asimismo, la imagen que ha creado el presidente sobre los opositores hace que sus simpatizantes construyan el perfil o la idea de lo que es un conservador o un fifí, de acuerdo a la visión lopezobradorista. 

Otro país que ha mezclado el modelo de audiencias con el populismo gubernamental es El Salvador. El caso Bukele es interesante, ya que es un mandatario joven, con amplia aprobación y que utiliza las redes sociales y medios de comunicación tradicionales como altavoces de su gobierno. El mandatario publica en Twitter todo lo que hace y ha llegado al extremo de convocar manifestaciones a través de la red social. Así logró que en 2020 la sociedad se manifestara al exterior de la Asamblea Nacional y presionara para que se aprobara su plan de seguridad. 

En el modelo de audiencias el líder político asume el rol de emisor y sus seguidores son los receptores. A pesar de que Manin se refiere a las democracias de audiencias, en Latinoamérica también concibo un nuevo modelo que desde mi óptica puede denominarse autocracias de audiencias. La autocracia es la deformación de un régimen político que se moldea a la imagen y semejanza de un líder; estos tienden a no ser democráticos y se sostienen a través de tintes populistas, en algunos casos. 

Hago mención de este concepto debido a que hay países que han dejado de ser democracias si se habla de la consistencia del concepto y este se reduce al ámbito electoral. La Venezuela chavista (1999-2013) transitó de una democracia liberal a una autocracia de audiencias. En ese entonces Hugo Chávez apostó por los programas de radio y televisión; sus apariciones contando chistes, cantando o ejercitándose fueron técnicas que encantaron a sus simpatizantes y seguidores. 

Chávez no solo fue el presidente; fue el cantante, el conductor de radio, el beisbolista, pero también se convirtió en un ser omnipresente de Venezuela. Esto puede identificarse en su promocional “Ya no me pertenezco, Chávez es un pueblo”, en el cual él personificaba al pueblo en su totalidad. Tras su deceso en 2013 y el ascenso de Nicolás Maduro, se continuó con esta técnica. El presidente se ha vuelto tendencia por sus dichos, como su declaración sobre el pájaro en forma de Chávez que le habló hasta sus eventos donde baila todo tipo de música, juega béisbol o toca instrumentos musicales. 

El objetivo es mostrar simpatía y cercanía con la gente. No necesita solo trabajar en una oficina hermética sino que debe mostrar que también es un ser de carne y hueso. El populismo sedujo a una parte de la ciudadanía, pero también fue la estrategia para avalar la construcción de la autocracia. Se redujeron las libertades políticas, el Estado se volvió omnipresente y la polarización se volvió parte de la vida diaria.

Por último, otro país que funciona como una autocracia de audiencias es la Nicaragua de la pareja Ortega-Murillo. Este caso llevó más tiempo, pero desde el segundo mandato de Daniel Ortega, que inició en 2007, se realizó una producción profunda en el sentido televisivo de la palabra. Muchos recordaban al comandante vestido de verde olivo y grandes lentes, empero, cuando ganó otro mandato, comenzó a vestirse con ropa de civil y principalmente de color blanco para enviar un mensaje de paz.

Asimismo, el orteguismo no podría sostenerse sin el apoyo de la primera dama, coordinadora de Comunicación y hoy vicepresidenta Rosario Murillo. Ella ha sido la responsable de construir el mensaje, el escenario y el discurso ya no de la Revolución Sandinista, sino de los logros que ha traído y la necesidad de mantenerla. Las personas que comulgan con el orteguismo se sienten parte de la Historia y conciben la necesidad de defender a su país de cualquier amenaza. 

Como vemos en algunos ejemplos, los presidentes han optado por el modelo de audiencias, el cual es benéfico para su imagen y los temas de su interés. No se necesitan resultados en el ejercicio del poder cuando los presidentes logran imponer su realidad de país y los hechos. A pesar de que muchos sectores se ven atraídos por este modelo, no debemos olvidar que las agendas y propuestas deben tener un papel central en la vida democrática. 

Los problemas de las naciones se resuelven con medidas coherentes, técnicas y datos duros, no a través de bailes, descalificaciones y redes sociales. Se puede simpatizar con un personaje, pero la democracia y el pluralismo no puede reducirse a su voluntad o visión.

Un escenario político preocupante de cara a las elecciones en México

México celebrará elecciones concurrentes el 2 de junio de 2024, y en ellas podrían votar aproximadamente 100 millones de mexicanos registrados en la lista nominal. Hasta el 31 de agosto había registrados 97.727.250 ciudadanos. En esa jornada se elegirá presidente de la República, 128 senadores, 500 diputados federales, ocho gobernadores y la jefatura de gobierno de la gran Ciudad de México. Asimismo, se renovarán los 32 Congresos locales y la mayoría de los ayuntamientos del país, lo que significa más de 20.000 cargos públicos en disputa electoral.

Actualmente hay dos campañas preelectorales de las ya coordinadoras nacionales: la de la coalición Juntos hacemos historia, integrada por los partidos Morena, Partido del Trabajo y Partido Verde, que llevará como candidata a Claudia Sheinbaum, ex jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Y la de la coalición Frente Amplio por México, integrada por el Partido Revolucionario Institucional, el Partido Acción Nacional y el Partido de la Revolución Democrática, que impulsa como su candidata a la senadora Xóchilt Gálvez. Hay, además, seis aspirantes a candidatos presidenciales independientes que deberán conseguir el apoyo del 1% de la lista nominal para poder participar en la contienda por los votos.

En este proceso, hay un actor beligerante que es el crimen organizado y que todos los días da lo nota en diversos estados de la República con sus asaltos, incendios, extorsiones, secuestros, enfrentamientos, asesinatos y desafíos a las autoridades de los tres niveles de gobierno. Estas autoridades se muestran incapaces de atajar su violencia, de manera que la escena pública está marcada por desplazamientos forzados, pueblos abandonados y temor ante lo inesperado.

Hay, recordemos, el antecedente de que los cárteles del crimen organizado en las elecciones intermedias de 2021 se metieron en los procesos electorales que se celebraron en los estados causando la muerte de casi un centenar de candidatos, militantes y operadores de todo el arco político, y es probable, que lo que hoy estamos viendo, sea el preámbulo de su intervención en los comicios de 2024.

La actuación de los cárteles está generando una atmósfera cargada de hechos convertidos en imágenes que producen temor en franjas de la sociedad y que se refleja hoy en muchos lugares en un cambio de las rutinas convencionales: prácticamente en esas regiones la vida social se acaba al caer la noche, por no hablar del tránsito por muchas carreteras y caminos del país.

Este escenario lleva a aquello de la teoría política acción racional que pone sobre la mesa los incentivos que tienen los ciudadanos para participar en una convocatoria pública, sea social o política, en condiciones de alto riesgo. La respuesta estaría en la matriz de “qué gano y qué pierdo si participo en ellas” (dilema del prisionero).

El temor, entonces, se convierte en un resorte que puede llevar a que el ciudadano se active para evitar un mayor deterioro de la vida pública y, con ello, pérdida de libertades de primera generación; o también está el ciudadano que decide simplemente no participar para no correr riesgos innecesarios.

Las dos hipótesis, no hay duda, estarán en juego la próxima primavera: habrá quien vea la participación como un deber cívico para defender las libertades, y también los otros, especialmente en aquellas regiones más castigadas por la violencia, en donde probablemente haya dificultades para, como antes, instalar las casillas electorales.

¿A cuál coalición le favorece una situación como la descrita? 

Va a depender de las preferencias de cada uno de los cárteles y de las zonas bajo su control. Está demostrado que su intervención en las elecciones está en clave de influir en las decisiones políticas, y en algunos casos conocidos, en el destino de las inversiones públicas donde han encontrado una forma de controlar el gasto de los ayuntamientos.

Los candidatos de la coalición Juntos haremos historia fueron los principales beneficiarios en los comicios de 2021, como lo demuestran sus triunfos apabullantes en los estados costeros, desde el sur chiapaneco hasta la frontera bajacaliforniana, además, del estratégico estado fronterizo de Tamaulipas. 

Y, aunque no hay seguridad de que esto vaya a repetirse, la atmósfera de violencia que precede a estas elecciones no favorece el optimismo sobre el freno que podrían imprimir las instituciones de la democracia mexicana, sobre todo si el principal organizador, que es el Instituto Nacional Electoral, está en entredicho cuando militantes de Morena empiezan a copar áreas estratégicas.

México va a unas elecciones altamente competitivas, y las coaliciones futuras han echado a andar estrategias para debilitar al adversario e ir así encuadrando a su electorado. Los sondeos de intención de voto favorecen hasta hoy a Claudia Sheinbaum, pero Xóchilt Gálvez, está a menos de diez puntos de distancia. 

Y eso sucede cuando el pasado 7 de septiembre el Consejo General del INE se instaló y oficialmente inició el proceso electoral 2023-24. Ahora vendrá la fase de las llamadas precampañas a partir del 5 de noviembre, aunque, habiendo definición de candidatas, prácticamente ya empezaron las campañas por la presidencia de la República con un entorno violento, humeante y sonoro que no augura un ejercicio en condiciones de normalidad democrática.