Una región, todas las voces

El futuro gobierno de Honduras define la ruta

A pocos días de ser electa presidenta de la república, aunque todavía no proclamada como tal por el Consejo Nacional Electoral (CNE), desde el entorno de Xiomara Castro se dio a conocer de forma no oficial una propuesta de 30 puntos para los primeros 100 días de gobierno. Esta propuesta permite vislumbrar el rumbo que seguirá el gobierno de un sector político-social que lucha desde el 28 de junio de 2009 —fecha del golpe de Estado que depuso al presidente Manuel Zelaya— contra los poderes fácticos que entronizaron un gobierno de facto, tres gobiernos nacionalistas y un fraude escandaloso en 2017.

Algunos de los puntos propuestos están claramente dirigidos a las bases del partido y de la alianza que apoyó a Castro, así como a la población más castigada por las políticas neoliberales aplicadas en el país durante los últimos años. Otros, envían mensajes al empresariado, buena parte del cual llamó a votar por Castro, y otros tantos están dirigidos al ámbito internacional, especialmente a Estados Unidos. Unos para transmitir que habrá colaboración en temas álgidos como la corrupción y la economía, causantes del aumento de la emigración irregular, y otros menos amistosos que anuncian el establecimiento de relaciones diplomáticas y comerciales con China.

Este último, sin embargo, según declaraciones del futuro vicepresidente, Salvador Nasralla, y del diputado electo Hugo Noé Pino, será pospuesto para su tratamiento en el Congreso Nacional. Este fue, en realidad, un guiño hacia Washington previo a la elección, como señal de la prudencia que caracterizaría al nuevo gobierno respecto de sus relaciones con el norte.

Doce años de lucha constante

El Partido Libertad y Refundación (Libre) partició electoralmente por primera vez en las elecciones generales de 2013. Desde entonces, el camino ha sido largo, tortuoso y no exento de ásperas discusiones, duros enfrentamientos internos y diáspora de dirigentes, cuadros medios y bases. Sin embargo, al final, el nuevo partido fue visualizado como el único con capacidad para expulsar de la Casa Presidencial al oficialista Partido Nacional, un partido desgastado por doce años de gobierno, por su autoritarismo, por la resistencia popular a algunas de sus políticas y, sobre todo, por la corrupción y su relación con el narcotráfico.

En este marco, a lo primero que apunta la propuesta es a derogar las leyes más controvertidas de lo que Xiomara denomina como una “dictadura”. Así, irán al cesto de basura la Ley del Consejo de Seguridad y Defensa, la Ley de Secretos, la Ley de Escuchas, la Ley de Zonas Empleo y Desarrollo Económico (ZEDE) y otras similares, “aprobadas en la hemorragia legislativa del 2013 para conformar la dictadura”.

El segundo punto, también de una gran relevancia, podría generar rispideces en parte de la sociedad, así como en Washington, al proponer el llamado a una consulta popular para que el pueblo decida acerca de una Asamblea Nacional Constituyente. Este fue precisamente uno de los motivos esgrimidos en 2009 para derrocar a su esposo, Manuel Zelaya Rosales. Sin embargo, este punto también se pospondría para generar consenso entre las fuerzas políticas y las representaciones de la sociedad civil.

Los aspectos dirigidos a las bases y al conjunto de la población más marginada, proponen la disminución de los altos y desproporcionados sueldos de funcionarios y todo gasto oneroso y superfluo, así como la venta del avión presidencial y los vehículos de lujo del Estado. Además, se propone una baja en el costo de los combustibles y la reorganización de las empresas estatales.

La propuesta asegura, asimismo, que no se impondrán impuestos al pueblo hondureño, especialmente a los sectores productivo y comercial y “mucho menos a los pobres”. Se indica, además, que se cancelarán los impuestos que han afectado al consumidor final y la competitividad del sector empresarial, pero también se señala que se impondrán “compromisos de aportación a los grandes capitales financieros” y que con esos aportes se financiarán becas y empleo para la juventud.

Medidas para las víctimas

Una medida muy esperada por los seguidores de la futura presidenta, es la decisión de decretar una amnistía inmediata para los llamados presos políticos y “un indulto para aquellos prisioneros que fueron condenados indebidamente por protestas en defensa de los derechos humanos y de los recursos naturales”. Y en cuanto a los casos de los asesinatos de Berta Cáceres y Margarita Murillo, se pretende seguir adelante con los juicios para llegar a los autores intelectuales. Algo complicado de concretar, dado el poder que ostentan los supuestos mandantes.

En esta línea, se contempla la protección del medio ambiente y la derogación de permisos mineros, hidroeléctricos y forestales de dudosa aprobación por parte de las autoridades salientes. La propuesta señala, además, que hay un compromiso de “trabajar por la reparación de los daños causados por las violaciones a víctimas de la violencia política, de los asesinados durante el fraude electoral de 2017 y de los feminicidios”.

En este marco y como uno de los puntos más relevantes, se indica “la instalación de una Comisión Internacional contra la Corrupción y la Impunidad (CICIH). Esta Comisión será creada por el Gobierno de Honduras con apoyo de la Organización de Naciones Unidas”. De esta manera, Honduras retoma la senda abandonada por Guatemala de establecer un órgano independiente de carácter internacional, cuya finalidad será apoyar a las instituciones del Estado en la investigación de los delitos cometidos en el país y que en el caso de Guatemala, terminó con el encarcelamiento del expresidente Pérez Molina y la exvicepresidenta Roxana Baldetti.

En otros puntos, lo propuesta incluye el tema de los migrantes y de sus necesidades de reunificación familiar, y a los docentes con la renegociación del Estatuto del Docente. También se promete el aumento al salario básico, becas para los sectores más desposeídos y la derogación de leyes lesivas para los intereses de los sectores más sumergidos, como la Ley Fundamental de Educación, la Ley de Empleo Temporal y la Ley Marco de Seguridad Social.

En conclusión, los puntos planteados en esta propuesta indican que el nuevo gobierno comenzará su gestión con fuerza y decisión. El pueblo hondureño espera que se cumplan las promesas con eficiencia y eficacia y que el país inicie una senda que permita vislumbrar horizontes de progreso y bienestar.

La disputa por la democracia en América Latina

Durante las campañas electorales que se llevaron a cabo en 2021 en Ecuador, Argentina, Perú, Chile, México, Honduras y Nicaragua, abundaron discursos polarizadores y estrategias electorales de ríspida confrontación. La polarización refleja un estado de ánimo que comparten las élites y la ciudadanía, pero esta no se limita a las contiendas electorales y a la confrontación entre partidos, es producto de una grieta profunda en torno al significado de la democracia que se abrió tras las transiciones a finales del siglo XX.

A principios de los 80 del siglo XX América Latina transitó a la democracia por default, pues la alternativa socialista se empezaba a diluir, y no obstante que aún subsistían esfuerzos por promoverla, se desvaneció totalmente con la posterior implosión de la Unión Soviética. Por otro lado, Estados Unidos abandonó su política de apoyo a los gobiernos autoritarios y abrió una nueva política de promoción de la democracia en la región, no sin cuestionamientos.

La democratización no solo implicó la incorporación de las elecciones libres como instrumento para instaurar y cambiar gobiernos, también creó una fractura entre dos posiciones político-ideológicas que se disputan los significados de la democracia.

Dos modelos de democracia

En 1951 el historiador Jacob L. Talmón publicó “Los orígenes de la democracia totalitaria”, en donde argumenta que durante el siglo XVIII y paralelamente al surgimiento de la democracia liberal, emergió otro tipo de democracia que denominó “totalitaria”.Esta última, si bien afirma el valor de la libertad, difiere de la democracia liberal en su actitud frente a la política.

La concepción liberal —señala Talmón— asume que la política es una actividad de aciertos y errores, de resultados pragmáticos debido al arbitrio e ingenio humano, donde se acepta la pluralidad de planos porque existen actividades colectivas y personales que exceden el campo de la política.

En contraparte, la perspectiva democrático-totalitaria se basa en la suposición de una verdad política única y exclusiva, que postula un esquema mesíanico de realidades perfectas, preordenadas y armoniosas a las que las personas son conducidas y obligadas a llegar. La democracia totalitaria solo reconoce un plano: el político, y por lo tanto extiende el campo de la política hasta abarcar toda la existencia humana.

A diferencia de la democracia liberal, que se basa en un conjunto de ideas y preceptos pragmáticos, la democracia totalitaria se basa en una coherente y completa filosofía que tiene como fin aplicar la política de manera absoluta en todos los campos de la vida. ¿Es la libertad humana compatible con un modelo exclusivo de existencia social?

Para la democracia totalitaria si es compatible, según Talmón, pues esta idea se le cree inmanente a la voluntad y razón de las personas, de allí que todas las formas extremas de soberanía popular llegan a ser concomitantes con este fin absoluto.

Aunque Talmón acuñó el término “democracia totalitaria” hace más de setenta años, sus argumentos vuelven a tener sentido, no en torno a los referentes empíricos inmediatos que el observó, sino respecto a la sustancia de la confrontación de cómo comprender los componentes de la democracia.

Las dos ideas de democracia apelan al dogma de la soberanía del pueblo, pero mientras la democracia totalitaria asume que la voluntad del pueblo expresada espontáneamente debe aceptarse sin reservas, la democracia liberal la sujeta a controles republicanos e institucionales. Mientras que la primera supone que no se debe cuestionar a las mayorías, la segunda plantea la pregunta de ¿hasta donde estamos sujetos a la voluntad de la mayoría?

Actualmente en América Latina coexisten dos modelos opuestos de democracia, uno liberal-representativo y otro mesiánico -popular o de masas. Mientras el primero es elitista, pues supone que la democracia es la competencia de élites políticas por el voto de la ciudadanía para acceder al gobierno, el segundo apela a una lógica plebiscitaria y “movimentista” donde no existe la ciudadanía sino el pueblo que se expresa por medio de las mayorías.

La fractura y la confrontación ideológica

Dos de los modelos de democracia que están en disputa en América Latina se condensan en los documentos de dos organizaciones que son reflejo de la fractura y la confrontación ideológica. El primer modelo lo promueve el Foro de Sao Paulo que surgió en 1990 a iniciativa de Luis Inácio Lula Da Silva y Fidel Castro. Este Foro nace en el contexto del desencanto que generó el fracaso del socialismo y trata de recomponerlo y transformarlo en el contexto de la democracia latinoamericana.

Como se lee en uno desus documentos base de 2017, “Entre la globalización neoliberal y el proteccionismo imperial” para los miembros del Foro, los sistemas pluripartidistas“representan intereses de clase antagónicos entre sí, y las instituciones se convierten en trincheras de lucha”. Cuestionan la democracia representativa y las elecciones porque dividen al pueblo. “En nuestro caso, -afirman- la división tiene que ser entre el proyecto neocolonial-neoliberal y el proyecto nacionalista y de transformación social.”

Esta corriente apela a que el compromiso con la democracia debe tener un carácter “popular, directo, participativo y comunitario”, así como la construcción de identidad nacional y americana “como mecanismo de construcción de hegemonía y poder popular y político”. Reclama el papel del Estado como insustituible para garantizar a la ciudadanía el disfrute de los derechos y la movilización popular como expresión del pueblo.

A casi once años de la creación del Foro, los países que integran la Organización de Estados Americanos (OEA), adoptaron en Lima, en septiembre de 2001, la Carta Democrática Interamericana que es precisamente el otro polo de la idea de la democracia en la región. Promueve fundamentalmente la democracia liberal representativa, y su esencia se resume en su artículo tercero que establece “el respeto a los derechos humanos y las libertades fundamentales; el acceso al poder y su ejercicio con sujeción al estado de derecho; la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo; el régimen plural de partidos y organizaciones políticas; y la separación e independencia de los poderes públicos.”

Es evidente que la OEA y el Foro de Sao Paulo son organizaciones diferentes. La primera es un organismo regional que se conforma por Estados, mientras que el Foro es un mecanismo de coordinación entre partidos y movimientos. Pero ambos definen líneas de política y condensan dos visiones opuestas sobre la democracia y en disputa en América Latina.

A esta disputa hay que agregar la perspectiva iliberal de los partidos y líderes de la nueva ultraderecha, también muy críticos con componentes esenciales de la democracia liberal representativa, como las instituciones del Estado que controlan el Ejecutivo (en particular el Poder Judicial), los partidos políticos y los medios de comunicación. Sin embargo, a diferencia de las otras dos visiones, esta corriente no cuenta con una organización o foro que aglutine los partidos y sectores sociales que la promueven.

El modelo liberal-representativo fue el que se adoptó para promover la democratización, en tanto que el modelo de democracia popular y mesiánico, así como el iliberal de la ultraderecha, surgen en contraposición a las promesas incumplidas de ese modelo.

A inicios de la tercera década del siglo XXI, la política en la región oscila entre estos modelos de democracia. La cuestión es que mientras no se resuelva esta disputa por la democracia, la polarización en la región puede aumentar y abrir la puerta a soluciones no democráticas que nadie desea.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Guillermo Lasso y sus demonios

Antes de empezar su mandato como presidente de Ecuador, Guillermo Lasso ya era políticamente débil. Llegó con una votación prestada, ganó en una primera vuelta tan ajustada que era en sí misma sospechosa, enhebró un acuerdo ideológico con un aliado natural, el Partido Social Cristiano, que nunca confió en él y no tenía partido, aunque le sobrara dinero para la campaña. Dos razones más profundas conspiraban en contra de su programa económico y social conservador. En las urnas y en el parlamento se impusieron movimientos políticos que han mantenido una retórica bastante alejada de las políticas de ajuste neoliberal, tanto entre los seguidores del expresidente Rafael Correa como en el poderoso movimiento indígena, Pachakutik, que históricamente ha mantenido una agenda política radical.

En las calles, el vigoroso levantamiento de octubre de 2019 contra las draconianas medidas de ajuste económico acordadas por Lenin Moreno con el Fondo Monetario Internacional había demostrado que el margen de maniobra para reducir el déficit fiscal con típicas medidas impopulares, como el alza del precio de los servicios básicos, era bastante estrecho.

Un presidente en dificultades

El problema de fondo es que la agenda económica neoliberal es muy poco aceptable. Asume que las empresas necesitan pagar menos impuestos y sufrir menos regulaciones para crecer; mientras, paralelamente, las clases trabajadoras deben tener menos seguridades y estabilidad para trabajar eficientemente. Para que los ricos trabajen, hay que pagarles más; para que los pobres trabajen, hay que pagarles menos. No es una pastilla fácil de tragar. No solo en Ecuador.

Con frecuencia, las agendas neoliberales más estrictas se han aplicado por la fuerza, sin deliberación democrática, o han sido el resultado de un giro pragmático de gobernantes que llegaron a ganar elecciones enarbolando un discurso muy diferente. El neoliberalismo ha exacerbado las desigualdades económicas, porque ése es, precisamente, su supuesto. Los más exitosos sobreviven y prosperan, y reciben el premio que se merecen. Los demás pagan el precio de la ineficiencia y quiebran. También merecidamente. Medidas compensatorias temporales, como transferencias condicionadas y focalizadas, buscan evitar resultados demasiado extremos entre quienes fracasan; mientras la educación debe servir para mejorar paulatinamente la competitividad de las nuevas generaciones de trabajadores menos aptos.

En ciertas circunstancias, más o menos excepcionales, este tipo de razonamiento y de lógica política, gana más adeptos de lo usual, que oscila entre un 20 o 30% del electorado en América Latina. En Ecuador, tales circunstancias excepcionales no han aparecido. Guillermo Lasso, por lo tanto, atado de pies y manos, se ha visto obligado a postergar o moderar sus aspiraciones de imponer una agenda semejante.

Presentó a la Asamblea una reforma laboral flexibilizadora denostada por la izquierda, junto a una reforma fiscal muy tímidamente redistributiva, impugnada por sus aliados a la derecha. Luego decidió presentar únicamente la reforma fiscal, esperando que una mayoría parlamentaria hostil aceptara aumentar impuestos en época de crisis. Al momento de escribir estas líneas, este segundo intento parece haber recibido el apoyo velado del correísmo para que entrara en vigencia sin ser negado ni aceptado por el Parlamento. Una victoria relativa.

Deshonrado por las revelaciones de los Papeles de Pandora de que mantiene una parte de su fortuna en el extranjero, sin que todavía se haya revelado el monto del dinero que sacó al exterior, —su programa económico convoca a la inversión extranjera y nacional— Lasso reaccionó acusando a sus detractores de formar parte de una conspiración internacional.

Formaban parte del acuerdo para desacreditarlo tanto su antiguo aliado a la derecha, Jaime Nebot, como sus adversarios Rafael Correa y el presidente de la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE), Leonidas Iza. La verdad es que no importa el gobierno de que se trate; las teorías conspirativas pululan en todos los gobernantes acechados por los desastres creados por su propia incompetencia: desde Nicolás Maduro hasta Jair Bolsonaro, pasando por Guillermo Lasso.

No debería sorprender si pronto acusa de conspiración política a quienes perpetraron las masacres carcelarias, que por primera vez en la historia ecuatoriana han significado la muerte de casi 300 presos en un año.

Hacia la recuperación de la política y de un proyecto de país

¿Le queda alguna alternativa? El gobierno parece encontrarse en un punto muerto. Ha perdido aliados a la derecha y solo siembra desconfianzas a su izquierda. No puede aspirar a convocar una consulta popular: ¿sobre qué tema? ¿El alza de impuestos? ¿De las gasolinas? ¿Una reforma laboral que facilite los despidos y la contratación por horas? ¿Alguien piensa que tendría alguna oportunidad de ganar?

Tampoco parece viable recurrir a la llamada “muerte cruzada”, disposición constitucional por la cual se disuelve el parlamento y se convoca a nuevas elecciones. Todas las previsiones sugieren una derrota apabullante en la eventualidad de querer recurrir a semejante opción.

La única alternativa políticamente viable es un giro radical en su agenda económica y social. Aprovechando el alza de los precios del petróleo, ciertos préstamos internacionales cuyos costos descienden precisamente por el alza de precios, y otras medidas quizá más cercanas a su programa neoliberal (por ejemplo, la venta de propiedades públicas rentables diseñadas para favorecer a los compradores), podría hacer una inyección poderosa de fondos públicos en la economía para su reactivación.

Podría apelar a una típica medida contra-cíclica en momentos de recesión, facilitar la circulación de dinero para reactivar el consumo y aumentar la tasa de inversión. Obras públicas, transportes, el sector inmobiliario y el turismo nacional (hasta que el internacional se reactive).

La actual devaluación del dólar en la economía internacional ofrece otro respiro. En una economía dolarizada, la producción nacional se abarata, las exportaciones se vuelven más competitivas, la cotización de las materias primas que el país exporta tiende al alza, el drenaje de dólares por importaciones baratas en los países vecinos se desacelera.

El contexto internacional ofrece una oportunidad para emprender una agresiva política de reactivación económica y recomponer su mellada credibilidad interna. Pero eso significa abandonar los dogmas de la austeridad y la mínima intervención pública en la economía.

Ha sido mucho más común ver candidatos heterodoxos sufrir una conversión a la ortodoxia económica neoliberal (Menem, Fujimori, Cardoso, Alan García, Paz Estenssoro). ¿Podría ser Guillermo Lasso el primer candidato neoliberal que se convirtiera al keynesianismo en momentos en que priman en todo el mundo los paquetes de estímulos al consumo interno, al gasto público y la producción nacional? Soñar cuesta poco.

¿Un nuevo rumbo en la política alemana hacia América Latina?

Después de 16 años de gobierno de Angela Merkel, Alemania ahora tiene un nuevo canciller. ¿Qué significa eso para las relaciones con América Latina?

Como ex alcalde de Hamburgo, una ciudad con una larga tradición comercial con América Latina, el nuevo canciller federal Olaf Scholz conoce la importancia de la región para la economía alemana. Durante su tiempo como alcalde, cultivó activamente contactos con Latinoamérica. No obstante, esta no tendrá una alta prioridad en la política exterior alemana. Habrá mucha continuidad. Pero también se pondrán nuevos acentos.

Como canciller Scholz encabeza una coalición heterogénea que incluye al Partido Socialdemócrata (SPD), al Partido Democrático Libre (FDP) y al Partido Verde (Bündnis 90 / Die Grünen). En los manifiestos electorales de los tres partidos de gobierno, el Partido Verde ha dado el mayor espacio a América Latina. Según el manifiesto la sostenibilidad ecológica, la participación democrática, la paz y la igualdad de género estarán en el centro de la cooperación con los estados y sociedades civiles en América Latina.

El FDP es un partido liberal clásico. En su manifiesto electoral, pide que Alemania se convierta en un defensor del libre comercio basado en reglas y que promueva nuevos acuerdos de libre comercio. La única mención de América Latina se refiere a la rápida firma y ratificación del acuerdo entre la UE y Mercosur. El manifiesto electoral del SPD también menciona el Acuerdo UE-Mercosur, pero, al igual que el Partido Verde, condiciona la firma al cumplimiento de diversos requisitos.

En Alemania los resultados de las negociaciones de coalición se consignan en un acuerdo de coalición. Según este acuerdo la política exterior del nuevo gobierno estará basada en valores y tendrá un enfoque europeo más fuerte. Trabajar por la paz, la libertad, los derechos humanos, la democracia, el estado de derecho y la sostenibilidad son las piedras angulares de la política exterior.

La coalición de gobierno expresa la intención de fortalecer “la comunidad de valores” con las democracias en América Latina y el Caribe. Promete ampliar “su compromiso de fortalecer a las sociedades de la región en su lucha contra el populismo, los movimientos autoritarios y las dictaduras”. Apoyará los procesos de reconciliación y paz en el continente. Además, el gobierno alemán ve los estados de la región “como socios centrales para la cooperación multilateral, entre otras cosas en la preservación de la biodiversidad, en la lucha contra la crisis climática y para relaciones económicas sostenibles”.

La política exterior depende, no solo de los programas gubernamentales, sino también de las personas responsables. En muchos países de América Latina, mujeres han sido nombradas ministras de Relaciones Exteriores, mientras que en Alemania Annalena Baerbock es la primera mujer en dirigir el Ministerio de Relaciones Exteriores. Es la segunda vez que el Partido Verde nombra al Ministro de esta cartera y el primero, Joschka Fischer (1998-2005), fue muy respetado tanto en Alemania como en el extranjero.

La nueva ministra de Relaciones Exteriores se enfrenta a grandes expectativas y cierto escepticismo sobre cómo una política exterior más orientada en valores puede hacer frente a realidades geopolíticas adversas. El acuerdo de coalición contiene muchas ideas innovadoras como una política exterior feminista para fortalecer los derechos, recursos y la representación de mujeres y niñas en todo el mundo y promover la diversidad social. Además, aboga por “una política climática exterior consecuente” que se refleja en la posición del nuevo gobierno respecto al acuerdo con el Mercosur.   

La ratificación del acuerdo UE-Mercosur

Los requisitos para la firma y ratificación del acuerdo UE-Mercosur son muy exigentes. La coalición condiciona su apoyo al acuerdo a la disposición de los países socios de contraer previamente obligaciones legalmente vinculantes, viables y verificables sobre la protección ambiental, social y de derechos humanos. Además, estos deben concluir acuerdos adicionales aplicables en la práctica sobre la protección y el mantenimiento de las áreas forestales existentes.

Estas demandas exigentes son bien intencionadas y apuntan en la dirección correcta, pero podrían fallar en su objetivo y no conducir a los resultados deseados. Se debe evitar en todo caso que se dé la impresión de que Alemania está subiendo a un pedestal político-moral y desde allí dando instrucciones a los países del Mercosur.

Demasiado idealismo en las relaciones con América Latina puede provocar resultados adversos. En su posicionamiento respecto al acuerdo UE-Mercosur el nuevo gobierno debe lograr un equilibrio entre valores e intereses tanto económicos como geopolíticos. Según el acuerdo de coalición, el nuevo gobierno quiere aumentar la soberanía estratégica de Europa en un sistema multilateral en estrecha cooperación con aquellos estados que comparten sus valores democráticos.

Pero la UE, y ciertamente Alemania por sí sola, no son los socios comerciales más importantes de América Latina y su peso seguirá disminuyendo durante esta década. Si la UE no firma pronto el acuerdo con Mercosur, este acuerdo eventualmente se volverá irrelevante; especialmente porque en su forma actual contiene muchas más ventajas para la UE que para los miembros del Mercosur.

La nueva ministra de Relaciones Exteriores, Baerbock, también aboga por una postura más dura hacia China. Esto conlleva el riesgo de alinear demasiado a Alemania con la política estadounidense, y que no encaja con los intereses de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos que tratan de no verse envueltos en el conflicto entre China y Estados Unidos, especialmente porque China es un socio comercial importante para muchos países.

En caso de una política más confrontativa con China, Alemania no necesariamente puede contar con el apoyo de América Latina, a pesar de que América Latina quiere a Europa y a Alemania como socio y como contrapeso a la creciente influencia económica de China en América Latina.

Queda por ver cómo se puede conciliar una política exterior con una orientación más basada en valores con la orientación más pragmática de la era Merkel, que también caracteriza el enfoque del nuevo canciller Olaf Scholz.

¿Hacia una sociedad sin cárceles?

La historia latinoamericana recordará al 2021 como un año complejo. No solo por los retos de la recuperación social y económica post-pandemia, sino por otros eventos preocupantes que nos siguen revelando la fragilidad de nuestras democracias como las protestas violentamente reprimidas en Colombia, las manifestaciones anti-inmigración en Chile y los resultados electorales inesperados en varios países de la región.

Más allá de la violencia y de las masacres carcelarias

Entre febrero y noviembre de este año, en varias cárceles de Ecuador han tenido lugar una serie de episodios de violencia extrema que resultaron en el asesinato de cientos de personas encarceladas. La cobertura mediática y la narrativa oficial para explicar estas masacres ha puesto en el centro al empresariado mafioso dedicado al narcotráfico transnacional. Sin embargo, hay que considerar una cuestión más profunda y a la vez muy cotidiana relacionada con el “sentido común”: el significado de la justicia y el rol que el castigo penal cumple en nuestra identidad colectiva.

Una de las instituciones consideradas indispensables, que considero paradójicas, es la penalidad. Es decir, el conjunto de mecanismos a través de los cuales opera el poder punitivo (leyes sustantivas y procedimentales, juzgados, penitenciarías, policía, discursos securitistas, entre otros) y que incluye al castigo carcelario. Aunque hoy nos parezca que nuestra forma de castigar es “civilizada” en comparación con los castigos corporales y la ejecuciones públicas de la Edad Media, en la práctica, el aparato penal nunca ha dejado de ser brutal. La masacre de Carandirú (Brasil) y las masacres en Ecuador nos han permitido confrontar lo que cotidianamente negamos: nuestros sistemas de justicia producen dolor, violencia, desposesión y exterminio.

Quizá uno de los sostenes más importantes de la creencia que tenemos de que el castigo cruento es una cuestión del pasado y nuestro presente de democracias liberales es un pináculo de la evolución histórica, es que hoy, formalmente, los castigos crueles, inhumanos y degradantes están expresamente prohibidos en instrumentos internacionales y constituciones. No obstante, aún somos muy medievales en la práctica: la prohibición formal no se ha traducido en realidad material.

De hecho, en gran medida, la prohibición expresa de castigos deshumanizantes tiene el efecto paradójico de reconciliarnos con el castigo penal, nos hace percibirlo como benigno, nos hace creer que es susceptible de “optimización”, y “humanización”, aunque la historia haya probado lo contrario década tras década, siglo tras siglo. Sin mayor evidencia para probarlo asumimos que el castigo repara a las víctimas, que disuade a potenciales infractores futuros, que remedia problemas que lejos de ser interpersonales son producto de un capitalismo tardío que opera a través del despojo.

Además, nos confiamos porque hay un sistema de derechos humanos que en el papel protege a las personas encarceladas. Nos sentimos tranquilos porque hay un debido proceso (también en el papel), que creemos que velará por nosotros si nos investigan penalmente. Sentimos tranquilidad porque pensamos que la violencia carcelaria es cosa de “los otros”, de los “delincuentes”, aunque ante nuestra mirada se vaya expandiendo el sistema penal, criminalizando cada vez más conductas y acercándose cada vez más a nuestras familias.

Construir alternativas al sistema carcelario

Por décadas, la investigación ha mostrado que la reincidencia es lo más común (la prisión no rehabilita), que el ingreso a la cárcel suele poner a las personas en contacto con redes delictivas con las que antes no tenían relación (la prisión no neutraliza) y que las personas en prisión tenían tan pocas oportunidades de supervivencia que habrían delinquido sin importar la amenaza de castigo penal (la prisión no disuade). Aun así, no somos capaces de imaginar un mundo sin cárceles.

El problema no es, vale aclarar, que existan principios de derechos humanos cuyo fin es proscribir tratos y castigos que atentan contra la dignidad humana. Estos son necesarios. El problema es que nuestras respuestas como sociedades tienden a ser cada vez más legalistas y menos socioeconómicas. La repetida creación de leyes, reformas legales y políticas públicas, desvían nuestra atención de la experiencia encarnada, corporal, de existir en la prisión.

Cuando comprobamos que ocurren violaciones a los derechos humanos en las cárceles, en lugar de plantearnos la reducción y potencial eliminación de un sistema que siempre produce dolor, pedimos la creación de más reglas abstractas. Reglas que nos consuelan, pero que poco o nada cambian en el mundo real.

Cuando un juzgado penal ordena prisión preventiva o un tribunal dicta sentencia condenatoria a un nivel formal y abstracto está actuando en el marco de la Constitución y los principios de derechos humanos. Sin embargo, sobre todo ante un problema sistémico, recurrente y estructural como el de las cárceles ecuatorianas, la condena es, en el mejor de los casos, una condena a castigos inhumanos, y en el peor de los casos, una condena a muerte.

Los enunciados legales que establecen límites a las penas ocultan la materialidad corporal del castigo. El ordenamiento jerárquico de los principios abstractos por encima de las experiencias encarnadas es muy propio del modelo epistémico cartesiano y del liberalismo jurídico, que a su vez propicia el relegamiento de otras formas posibles de ver el mundo y la vida en comunidad. La normalización del encierro y el dolor infligido sobre el cuerpo como una retribución “justa”, a la par con el carácter fundamentalmente abstracto y autorreferencial del derecho, restringe nuestra capacidad de imaginar un mundo distinto.

Entonces, mi invitación es a que pensemos en todos los mecanismos no penales que ya tenemos para resolver nuestros conflictos y los llevemos más allá. La justicia no penal ya existe: cuando se redistribuyen los recursos para que más personas puedan vivir dignamente, cuando accedemos a educación y salud sin importar nuestro nivel de ingresos, cuando podemos comprar productos locales y contribuir a una economía más solidaria. Pensemos en el abolicionismo penal como una estrategia radical para contrarrestar los nefastos efectos de la hegemonía capitalista, colonial y patriarcal. El poder político de nuestra imaginación es más revolucionario de lo que creemos.

Apuntes sobre la valoración de la democracia y las instituciones

¿Qué nos dice el Latinobarómetro 2021 sobre la valoración de las instituciones y la democracia en América Latina? Las alarmas siguen encendidas. La pandemia movió los cimientos de la sociedad y sus instituciones, pero demostró ampliamente que la democracia es el mejor sistema posible para navegar las mareas más embravecidas. Este aprendizaje también derramó, aunque discretamente, en el ideario latinoamericano con relación a la valoración que hacen los ciudadanos de la región sobre la democracia.

Insatisfacción con la democracia en América Latina

El más reciente informe de la Corporación Latinobarómetro publicado en octubre de 2021 cuenta con una muestra tomada en plena crisis del coronavirus entre octubre de 2020 y mayo de 2021, registra un pequeño descenso de la insatisfacción con la democracia como sistema de gobierno: 70%, dos puntos porcentuales menos que los registrados en el último reporte de 2018. De tal forma que la satisfacción apenas subió un punto porcentual y se ubica en 25%. Es una confianza escasa, tímida y lamentablemente en picada. Los principales actores de la democracia, los partidos políticos, han sufrido un descalabro sin igual. Solo un 29% de los encuestados en los 18 países de América Latina declaran cercanía partidaria. En 2015 este dato era de 40%.

Si bien la insatisfacción con el sistema democrático en América Latina se acentúa. La región promedia un 49% de apoyo a la democracia. Los casos más dramáticos de bajo apoyo a la democracia se encuentran en Honduras (30%), Guatemala (37%), Brasil (40%), México (43%) y El Salvador (46%).

Una de las preguntas interesantes que el estudio hace a los encuestados es su adhesión a la frase de Wiston Churchill: «La democracia puede tener problemas, pero es el mejor sistema de gobierno». En 2013, Latinobarómetro registró el valor más alto de apoyo a esta afirmación: 79%. Desde entonces, la caída de este indicador no se ha detenido. Para 2020 fue de 63%.

¿Auge de la mano dura como idea popular en América Latina?

El descenso en los números de soporte a la democracia encuentran un correlato en el respaldo al autoritarismo, a la posibilidad de gobiernos militares y al populismo. Grosso modo, el nuevo Latinobarómetro dice que 31% de los latinoamericanos apoyaría a un gobierno militar en reemplazo del gobierno democrático y al 51% no le importaría «que un gobierno no democrático llegara al poder si resuelve los problemas». Son dos puntos porcentuales más que en el año 2008. Estos números cuentan de una situación preexistente a la pandemia. El apoyo a la democracia en América Latina requiere un empujón y las luces amarillas (casi rojas) están encendidas.

¿Cuánto más fuerte deben sonar las alarmas? En resumen 7 de cada 10 personas están insatisfechas con el sistema democrático, y apenas 3 de cada 10 dicen tener simpatía por algún partido. Nuestras democracias se están quedando sin apoyo popular y sin militantes.

La paradoja del poder

¿En la actualidad tienen más poder los actores en quienes menos confiamos? ¿Confianza y poder están desvinculados? Son preguntas propias de reflexiones en marcos de autocracias. Pero, en la región, con más democracias que autoritarismos, Latinobarómetro refresca que la confianza de la ciudadanía no está puesta mayoritariamente en la élite política responsable de conducir el barco. Está encabezada por la Iglesia (65%), con distancia sobre las fuerzas armadas (44%), la policía (36%) y luego aparece un primer actor político: el presidente (33%). El Parlamento (20%) y los partidos (13%) aparecen entre los últimos lugares cuando se pregunta sobre la confianza institucional.

Los números que presenta Latinobarómetro sobre democracia en América Latina en su informe 2021 son preocupantes. Interpelan directamente el trabajo del sistema político en su conjunto. Muy especialmente a los partidos políticos. Estas señales aparecen en un contexto de crisis de la institucionalidad democrática en varios países y consolidación de experiencias autocráticas como la de Venezuela y Nicaragua, y la permanencia histórica de la dictadura cubana. Pero también, del ascenso de algunos populismos que, desde distintos puntos del espectro político (como por ejemplo México con un gobierno de izquierda y El Salvador y Brasil con gobiernos de derecha), influyen en la percepción ciudadana sobre la democracia como el sistema que garantiza las libertades y el consenso social.

*Texto original publicado en Diálogo Político

La opción «por» los pobres y la opción «de» los pobres

Se cumplen 50 años de la publicación de la obra de un movimiento eclesial que consiguió gran predicamento social en toda América Latina. Un movimiento cuya represión por parte de la propia Iglesia Católica marcó decisivamente la historia religiosa, social y política de los países de la región al allanar el camino al evangelismo. El libro Teología de la Liberación. Perspectivas, del sacerdote, filósofo e historiador peruano Gustavo Gutiérrez, marcó una época y se convirtió en el texto de referencia para pensar al progresismo católico latinoamericano.

Apoyándose en la metodología de las ciencias sociales, el teólogo fue la voz de un sentir de denuncia y renovación muy difundido entre la curia hispanoamericana interpelada por la pobreza y la violencia. Un sentir que quedó evidenciado en la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano (CELAM) celebrada en Medellín en 1968, y que fue una revisión crítica de la realidad de la Iglesia en el continente a luz del Concilio Vaticano II. Es en Medellín donde la Teología de la liberación (TL) se consolidó y la Iglesia latinoamericana tomó conciencia de que también tenía que aportar a la teología desde la experiencia cotidiana en las comunidades. Se irrumpió con propuestas para una nueva manera de ser iglesia en la que los pobres ya no eran vistos como los que “heredarán el reino de los cielos”, pues su muy terrenal miseria es causa de un “pecado estructural” convertido en Sistema que institucionaliza la injusticia.

La opción de Dios por los pobres no es solo una tesis para la salvación del alma en el más allá, sino que exige en el más acá la liberación de la opresión. El hecho de que todas estas tesis se apoyaran en el materialismo dialéctico y en la ciencia social más avanzada del momento hizo que se confundieran la metodología con el mensaje y lo coyuntural con lo permanente, haciendo saltar todas las alarmas anticomunistas.

La Curia Romana y los estamentos militares de Estados Unidos y de casi todos los países latinoamericanos se empeñaron en erradicar este fenómeno dejando un incontable número de mártires en nuestros países: Romero, Ellacuría, Gerardi, Espinal, Rosales, Mackinnon, Poblete, Hubert Guillard, y muchos otros que no podemos olvidar.

El cerco persecutorio institucional se cerró, el Vaticano intervino rápidamente la CELAM, nombrando como secretario a un joven y muy conservador obispo colombiano que se convirtió en el más acendrado inquisidor contra el progresismo. Se sentaron así las bases de un eficiente triángulo correccional: López Trujillo/Ratzinger/Wojtyla. El colombiano reprimiendo desde el terreno latinoamericano, el alemán desde la Congregación para la Doctrina de la Fe y el polaco desde la silla de Pedro.

La sistemática reacción de Roma frente a la TL, como un asunto de disciplina interna, significó un gran esfuerzo para depurar los círculos eclesiales, mientras afuera seguían creciendo los problemas de exclusión social que son la verdadera fuente del mal.

En el fragor de las luchas sociales de los 80, los religiosos resistentes tuvieron que hacer su labor pastoral bajo constante amenaza. Unos cuantos se radicalizaron y tomaron las armas, integrándose en diversos grupos insurgentes, y esto sirvió de excusa para intensificar su persecución.

Mientras la Teología de la liberación perdía toda legitimidad institucional y era tratada como la hija no deseada del Concilio Vaticano II, su hijo predilecto: el Ecumenismo, avanzaba con fuerza en la legitimación del evangelismo. La agenda de reunificación de la cristiandad hizo que los grupos evangélicos dejaran de ser calificados por Roma como “seguidores de la herejía protestante” para pasar a considerarlos “hermanos en la fe”. 

Este proceso legitimador se afianzó jurídicamente en la década de los noventa cuando las nuevas o reformadas Constituciones latinoamericanas blindaron la libertad de culto como un derecho fundamental garantizado por los jueces frente al Estado y los particulares. Una vez conseguida esta protección, la acción religiosa se politizaría rápidamente y las iglesias cristianas cambiarían de repente su postura. De considerar la política como una actividad corrupta pasaron a participar activamente en ella. Primero apoyando electoralmente a formaciones tradicionales y más adelante con movimientos y candidatos propios.

Así se convirtieron en el actor emergente de nuestras democracias. Los sectores populares que años antes habían comenzado a cobijar una esperanza organizativa y liberadora en las Comunidades Eclesiales de Base se vieron a la deriva. Y, mientras tanto, el evangelismo penetraba barriadas y pueblos con asistencialismo y apoyo espiritual; llevando un mensaje a los pobres y haciéndose fuertes allí donde nuestros Estados estaban ausentes.

Actualmente, cerca del 20% de los latinoamericanos pertenece a alguna iglesia evangélica y casi la mitad de esas personas nacieron católicas. El crecimiento exponencial del pentecostalismo demuestra que los pobres optaron por un tipo de relación más personal con Dios que diera libre juego a la dimensión mística y espiritista que habita en nuestros pueblos.

Con su enorme éxito, la llamada “Teología de la Prosperidad” de hoy pone en cuestión la opción por los pobres de la TL de ayer. Pues Dios no quiere a sus hijos pobres, aquí la pobreza es síntoma de un problema espiritual y no la consecuencia de una explotación estructural.

La práctica religiosa de estos pobres no tiene el horizonte puesto en la liberación social, sino en la prosperidad individual, algo perfectamente compatible con el neoliberalismo. Algunos templos y pastores exhiben su ostentación y opulencia y las iglesias cuentan con gran libertad para movilizar recursos. Presenciamos la construcción de un nuevo corporativismo religioso transnacional con propiedad de conglomerados mediáticos y un poder político incuestionable. Nada más lejano al evangelio liberador de los comprometidos teólogos latinoamericanos de los 70s y 80s. 

Durante los pontificados de Juan Paulo II y Benedicto XVI se impugnó este movimiento, renegando de una gran oportunidad de contacto más espiritual de la Iglesia con la realidad social. Muchos pobres corrieron en desbandada hacia las iglesias pentecostales. Pero como las causas que le dieron origen no fueron eliminadas, la Teología de la Liberación tampoco pudo ser eliminada. Su trabajo intelectual y sus estrategias de actuación son la base sobre la que se apoyan hoy otras teologías críticas como las que responden al grito de las mujeres y al grito de la tierra.

Hoy, el primer papa latinoamericano, quien fuera testigo directo de esa labor pastoral, trae un cambio de actitud a Roma. Francisco llegó pidiendo una “Iglesia pobre entre los pobres”, reconociendo el valor de las luchas, desbloqueando causas de beatificación como la de Monseñor Romero, y mostrando su apoyo al ala carismática del catolicismo. Sin embargo, los pobres ya han tomado su opción, han cambiado la liberación del Sistema por la prosperidad en el Sistema. Que Dios se apiade de los pobres.

La entrada oficial de Sergio Moro en la política

Coautor Paulo Loiola

El evento de afiliación partidaria de Sergio Moro, ex juez de la Operación Lava Jato y ex ministro de Justicia de Jair Bolsonaro (sin partido), al partido político PODEMOS el 10 de noviembre en Brasilia, confirma las recurrentes especulaciones sobre sus ambiciones electorales. En su discurso de cincuenta minutos durante la afiliación, el tono de campaña fue evidente.

Hasta ahora, Moro es el candidato del partido para ocupar la famosa «tercera vía» en la disputa por el sillón presidencial en 2022. Algunos creen que la supuesta candidatura presidencial de Moro puede ser una «fórmula de ensayo» para que PODEMOS aumente su poder de negociación en la disputa. Y que el exjuez se postularía para un escaño en el Senado en el estado de Paraná.

Sergio Moro y las encuestas

Si será candidato presidencial o no, sólo el tiempo lo dirá. Los datos recientes de las encuestas realizadas por QUAEST/GENIAL revelan que Moro ocupa el tercer lugar en el escenario estimulado por el instituto, con un 8%. Un porcentaje muy modesto comparado con el actual 48% del expresidente Lula (PT) y el 21% de Jair Bolsonaro. Sin embargo, no es despreciable si se compara con el modesto 6% de Ciro Gomes (PDT), por ejemplo, que viene de una carrera presidencial en la que obtuvo el 12% de los votos, y que ya cuenta con un equipo de campaña dirigido por una estrella del marketing.

Sin duda, la filiación de Moro enciende una señal de alerta en las precampañas de los distintos candidatos de la «tercera vía» y, quizás más interesante, en el núcleo de Jair Bolsonaro. La participación de su ex ministro de Justicia en la misma contienda electoral obligará a Bolsonaro a batirse en duelo con la figura que contribuyó a la conquista de un nicho específico de su electorado en 2018, los partidarios de la Operación Lava Jato. Es cierto que ambos apuntan a un votante con un perfil ideológico a la derecha, por lo que la búsqueda de la conquista de este electorado, ya sea en la agenda de costumbres o en la agenda económica, obligará a ambos a atacarse mutuamente.

Además de disputar el público, también disputarán las bases partidarias. REPUBLICANOS, partido que ha sido parte de la base de Bolsonaro desde el inicio de su mandato también está en diálogo con Moro, el mismo efecto seguramente ocurrirá con los financiadores y con sus simpatizantes en general.

Al asumir la misión como precandidato, Moro realiza ataques al gobierno federal y pasa a buscar la atención del público. El movimiento actual apunta a influir en el debate sobre el Auxílio Brasil, un programa de ayuda social que sustituirá al Bolsa Família. El exjuez se ubica en la oposición al gobierno federal, compartiendo el espacio que hasta ahora ocupaban Lula y Ciro Gomes. Este último es uno de los grandes perdedores de la entrada de Moro en el juego, ya que potencialmente hace más difícil llegar a los votantes de centroderecha.

¿Qué dicen las redes sociales sobre la posible tercera vía?

Los datos de redes sociales de la consultora de Social Listening «The Strategy» -recogidos del 6 al 12 de noviembre- revelan que la afiliación de Sergio Moro a PODEMOS generó 18.600 posts, con un alcance de 10,8 millones de personas y 973.400 interacciones en las redes. Un número muy alto.

Sin embargo, si tenemos en cuenta la segmentación por redes sociales, observamos que el 91% del «ruido» se concentra sólo en Twitter. Se sabe que esta red concentra sobre todo a personas con gran interés en la política, además de periodistas, políticos y expertos. Se puede especular que el acontecimiento no tuvo mucha resonancia en las redes más populares para los ciudadanos de a pie, como Facebook, por ejemplo, donde hubo poco más de mil menciones al exjuez. En Instagram se identificó un número aún menor, sólo 155 menciones.

Aunque las menciones se concentran en Twitter, el mayor alcance encontrado fue en Facebook, llegando a 7 millones de personas y mostrando la adhesión de la plataforma en la vida de los brasileños.

Otro dato que llama la atención es que casi el 70% de las menciones proceden de hombres, y de ellos el 60% tiene entre 26 y 40 años, lo que dificulta la conquista del público femenino.

Siguiendo con la encuesta, también es importante señalar que gran parte de las menciones se debieron a las críticas recibidas por el candidato. Sin embargo, en la dinámica actual de las redes debemos entender que el hecho de que el candidato tenga muchas menciones ya es significativo, puesto que en términos de capilaridad electoral, se trata del famoso «habla mal, pero habla de mí», tan utilizado por Bolsonaro en el pasado.

La lista de ciudades en las que se identificaron las interacciones revela que el tema estaba muy concentrado en cuatro ciudades: São Paulo (1.520 menciones), Río de Janeiro (816), Belo Horizonte (314) y Curitiba (282). Así, a pesar de ser conocido a nivel nacional, dada su constante aparición durante la cobertura mediática de la Operación Lava Jato, la entrada oficial de Moro en la política aún no ha conquistado al país.

Sin embargo, no hay duda de que la entrada de Moro en la disputa política está agitando el tablero electoral. De hecho, su actuación en las redes ha resultado acertada y ya hay pruebas de una buena alineación partidista entre sus agendas de seguridad pública y su nuevo partido, PODEMOS, que también ha ido asumiendo estas agendas para sí.

Paulo Loiola, Máster en gestión pública por la Fundación Getúlio Vargas (FGV), estratega político y socio fundador de Baselab.cc, consultora especializada en estrategias innovadoras para campañas electorales y mandatos progresistas.


Episodio relacionado de nuestro podcast:

Ecuador: los seis primeros meses de Lasso

Guillermo Lasso cumple sus primeros seis meses de gobierno en Ecuador de un periodo de cuatro años. El balance presenta múltiples matices en un contexto de crisis económica heredada, pero que se exacerba debido a la pandemia. En los 100 primeros días cumplió su principal oferta de campaña: vacunar nueve millones de personas con la finalidad de reactivar la economía, propiciar confianza y legitimidad, sobre todo en los sectores que no votaron por él. Arrancó bien, sin embargo, hay tres factores que complejizan su gestión: carece de cualquier mayoría en Asamblea (relativa, absoluta y calificada), su equipo está en curva de aprendizaje pues proviene del sector privado y le desborda la realidad: desempleo e inseguridad.

La crisis económica impide que Lasso amplíe su margen de maniobra política con los sectores sociales que insisten en un conjunto de medidas que son difíciles de resolver, más aún, cuando el Gobierno enfrenta el reto de reducir un déficit fiscal de USD 11 mil millones para el 2022 y se le agotan los recursos con los multilaterales de crédito. El Parlamento de los Pueblos es el principal contradictor del oficialismo y aglutina a sectores con capacidad de movilización, protesta y paro como la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie), el Frente Unitario de Trabajadores (Fut), la Unión Nacional de Educadores (Une), el Partido Socialista, Unidad Popular y el movimiento Pachakutik.

El diálogo entre el Gobierno y la Conaie configura un escenario de suma cero en las dos ocasiones que se han propiciado encuentros para buscar salidas conjuntas, por cuanto las demandas de la dirigencia indígena más radical no están dentro de la hoja de ruta del Presidente, es decir, que se detenga el incremento de los combustibles y se congele el precio a como estaba antes de la presidencia de Lasso, el fin de las relaciones con los multilaterales (FMI), la no extracción minera, la lucha contra la evasión tributaria, entre las más importantes. Pese a que hay coincidencias de la situación de crisis por parte de los dos grandes actores, no hay acuerdo. La Conaie ha puesto un ultimátum al Gobierno hasta fin de mes, sino vuelven a las calles.

Desde el lado del Gobierno se ha enfatizado en mejorar la agenda que reivindica el sector indígena, ya que hay varios problemas que, paradójicamente, no constan en las demandas de la Coanie. Las comunidades de la Sierra Centro son las que más padecen de desnutrición crónica infantil (38%), acceso a servicios básicos como el agua, deserción escolar en los diferentes niveles de formación, no cuentan con conectividad, ni crédito para el desarrollo de actividades de agricultura familiar y campesina. Desde esta perspectiva, parece que el Gobierno y la dirigencia indígena miran los problemas y las soluciones con distintos lentes.

A la dificultad de encontrar una salida consensuada entre el sector social y el Gobierno se agrega el problema de inseguridad que, si bien no es una expresión nueva en este periodo, se recrudece debido a las masacres registradas en los centros de rehabilitación social, en donde la violencia y el descontrol entre las bandas han registrado 316 muertes en lo que va del año. El manejo de las cárceles desbordó al Estado, pues no hay respuestas contundentes, más bien un conjunto de ensayos. El Gobierno defiende la hipótesis de que el crimen organizado y los carteles de México provocan el caos, mientras que por el otro lado, dicen que las masacres evidencian una disputa entre bandas por controlar las cárceles.

La crisis carcelaria abrió un espacio de gobernabilidad, pues el Ejecutivo logró el espaldarazo de los representantes de las demás Funciones del Estado y el sistema de justicia para trabajar en soluciones conjuntas, sin embargo, se vive una tensa calma, pues el Estado está en indefensión mientras los diferentes sectores de la sociedad discuten si la delincuencia debe ser resuelta con mano dura o sobre la base de procesos de negociación con las bandas criminales. Desde el partido de derecha, Social Cristiano (PSC), se levanta la propuesta del porte de armas, mientras que los sectores más moderados han brillado por su ausencia debido a la complejidad que entraña la inseguridad.

En este contexto, la mayoría de los integrantes de la Comisión de Garantías Constitucionales de la Asamblea aprobó el informe de investigación acerca de los Pandora Papers, en donde se insiste en la necesidad de que el Presidente concurra al Legislativo para explicar si violó o no el Código Ético, es decir, si al momento de inscribir su candidatura mantenía empresas off shore. Lasso ha dejado todo en manos de sus abogados, en un escenario en donde el correísmo y el bloque político de la Conaie, Pachakutik, han afilado en su contra. Pese a la debilidad del Ejecutivo, la tesis de una posible destitución se ha diluido.

Desde la sociedad civil emerge la propuesta de impulsar un diálogo nacional entre los principales actores políticos y sectores de la sociedad con la finalidad de acercar posiciones entre las partes en controversia, pero además de ir más allá de la coyuntura, pues no se trata de que haya soluciones coyunturales o medidas parches cuando a la vuelta de la esquina la conflictividad puede aparecer con más fuerza. Este llamado se hace a un Gobierno que peca de autosuficiente cuando la complejidad le sobrepasa y a una oposición que asume una postura intransigente sin contar con propuestas concretas para salir de la crisis.

Es un reto para el Gobierno llegar a diciembre con dinero para pagar el salario del sector público y haber capeado las distintas amenazas de paros, movilizaciones y protestas. El desenlace de la aprobación de la reforma tributaria enviada a la Asamblea por el Ejecutivo será un termómetro para lo que se viene. Si entra por el Ministerio de la Ley, la consecuencia será un escenario que deslegitime la propuesta, mientras que si se logran los votos para su aprobación habrá un mínimo respiro para iniciar el siguiente año. Apenas son seis meses de Lasso y la crisis política es intensa.      

Foto da Casa de América en Foter

Chile: ¿tragedia anunciada o evitable?

Coautor Alexis Cortés

Con mayor o menor grado de perplejidad, en las últimas semanas hemos seguido el avance de la candidatura de extrema derecha de José Antonio Kast a la presidencia de Chile. Su acelerado ascenso culminó con su paso al primer puesto (aunque por un pequeño margen de 2 puntos porcentuales) en la segunda vuelta, acompañado por el candidato de izquierdas y antiguo líder del movimiento estudiantil de 2011, Gabriel Boric.

¿Por qué una sociedad que hace sólo dos años lideró el estallido social, una de las mayores movilizaciones sociales de su historia, cuestionando el gobierno del derechista Sebastián Piñera, se inclina ahora por un candidato de extrema derecha como primera opción? El principal resultado del estallido fue la aprobación por parte del 80% del electorado de un proceso constituyente paritario sin precedentes que deja atrás el último enclave institucional de la dictadura: la Constitución de Pinochet. ¿Por qué entonces la primera opción para el triunfo presidencial está en un candidato que encabezó el rechazo contra la Nueva Constitución?

Aparentemente, el cansancio por saturación de las incertidumbres acumuladas por la crisis política, económica, migratoria (en el norte del país) y sanitaria creó un escenario favorable para una candidatura que ofreció orden y mano firme. Además, Kast consiguió movilizar a un electorado de derechas que cada vez se abstenía más, ya que estaba desconcertado y falto de confianza por los resultados negativos del sector en las tres últimas elecciones.

Diversos análisis coinciden en señalar que Chile está viviendo una bolsonarización política que, aunque sorprendente, sitúa al país andino en una tendencia cada vez más global. ¿Qué tan cercanos son Kast y Jair Bolsonaro? ¿Y qué debería pasar para que no se repita el escenario que permitió el triunfo del excapitán en Brasil?

Bolsonaro y Kast: ¿hermanos siameses?

Kast representaría un elemento más de una ola derechista en la región, de la que Bolsonaro es el principal representante. De hecho, muchas de sus posiciones son similares. Para empezar, ambos son defensores del legado dictatorial de la región, en particular del legado de Pinochet. Defienden posiciones religiosas moralistas, la «mano dura contra la delincuencia» y el punitivismo. En la política interior, hacen hincapié en un vago «anticomunismo» combinado con recetas neoliberales. Externamente, simpatizan con Donald Trump y el neoconservadurismo, y agitan los mismos espantajos: Cuba, Venezuela y Nicaragua.

Sin embargo, hay pequeñas diferencias. Bolsonaro se asocia más abiertamente con sectores criminales milicianos. Kast hace hincapié en el «inmigrante ilegal» respecto a la crisis migratoria y humanitaria que vive Chile en su frontera norte. Personalmente, Kast parece más articulado y equilibrado que Bolsonaro, tanto que parte de su ascenso se explica por sus buenas actuaciones en los debates con otros candidatos, espacios en los que Bolsonaro no podía estar presente o directamente evitaba.   

La gran diferencia es el momento que vive cada país. Son dos «reacciones», pero se produjeron de forma diferente. Bolsonaro es el resultado de una ola conservadora iniciada en 2013, del agotamiento de los gobiernos de centroizquierda, de intensas campañas mediáticas y de lawfare, de un golpe institucional en 2016 (que derrocó a Dilma Rousseff) y de la detención del principal favorito en las elecciones de 2018 (Luiz Inácio Lula da Silva). Kast parece ser la reacción rápida y estructurada de una parte considerable de la sociedad chilena que ha guardado silencio desde 2019, que se ha aterrorizado con el estallido o que al menos considera que ya es hora de poner la casa en orden.

Otra gran diferencia es que mientras Bolsonaro siempre transitó en el bajo clero y se presentó como un outsider político, Kast proviene de un clan político-empresarial con fuertes redes en los partidos de derecha. Tanto el ala estrechamente asociada a la dictadura (es el hermano menor de una de las figuras clave de las reformas estructurales de Pinochet) como la nueva derecha liberal (encabezada por su primo, el senador Felipe Kast), expresaron rápidamente su apoyo en la segunda vuelta.

¿Es posible un déjà vu? Claves del segundo turno

¿Hasta qué punto podría repetirse en Chile un escenario como el que llevó al triunfo de Bolsonaro? La trama de las elecciones brasileñas estuvo marcada por el eje corrupción/anticorrupción, reproducido en la identificación PT/anti-PT. En este marco, las claves antifascistas, antiautoritarias y antipatriarcales tuvieron muy poca capacidad para movilizar a los votantes en disputa en Brasil. En el caso de Chile, Kast apuesta por enmarcar la elección como la disputa libertad versus comunismo, algo que se hace eco parcialmente de la estrategia bolsonarista.

Sin embargo, es más probable que se imponga el eje dictadura/democracia, ya que este fue el clivaje que guió la democratización chilena y la derecha sólo logró romperlo con la figura de Sebastián Piñera, quien, a diferencia de los partidos conservadores que lo apoyan, nunca se identificó con la dictadura. La memoria chilena de los crímenes de Pinochet contra una parte importante de la población está más fresca que en Brasil, más aún después de las graves violaciones de los derechos humanos cometidas durante el estallido social.

Si bien el crecimiento del sector político de Boric se ha basado en la crítica a los gobiernos de centroizquierda, sería impensable que sus principales figuras, como Ricardo Lagos, Michelle Bachelet o la familia Frei (de la Democracia Cristiana), se mantuvieran neutrales ante la posibilidad de que una clara candidatura pinochetista llegue a La Moneda. Todos los partidos de centro e izquierda ya se han posicionado a favor de Boric, reforzando la idea de defender la democracia.

La estrategia de Boric también puede verse respaldada por los resultados del plebiscito constitucional: los que apoyaron la Nueva Constitución (80%) frente a los que la rechazaron para mantener la Carta Magna de Pinochet (20%). Aunque el apoyo a la Convención Constitucional está disminuyendo, la mayoría de la población es optimista respecto a la nueva Constitución. ¿Arriesgarán los chilenos todo el proceso constituyente eligiendo a un Presidente que ya ha prometido hacerlo naufragar?

Si Boric logra mostrar a Kast como el candidato que promete volver a lo peor del pasado, y se posiciona como el candidato del Chile del futuro, con una Nueva Constitución y con cambios responsables, lo más probable es que el país andino no repita el destino de Brasil. No cabe duda de que, en gran medida, el destino de la región se jugará en Chile de aquí al 19 de diciembre. Los defensores de la democracia y la justicia tendrán que unir sus fuerzas en torno a la candidatura de Boric y la defensa del proceso constituyente.

Alexis Cortés Doctor en Sociología por el IESP-UERJ (Brasil), profesor de la Universidad Alberto Hurtado (Chile).