Uruguay no es una isla

Uruguay vive la principal crisis política desde la restauración de la democracia en 1985, y el desencadenante es tan escandaloso que para el sereno y ordenado país suena casi que a ficción. De momento han renunciado dos de los principales ministros del gobierno, dos subsecretarios y el principal asesor del presidente. Con esto, sin embargo, no se finiquita el tema, como ha intentado el mandatario, sino que comienza un largo camino legal que puede llevar al país a vaya a saber dónde.

La bomba detonó con la difusión de audios en los que el ahora ex canciller le sugería a su subsecretaría que perdiera su teléfono para ocultar a la fiscalía sus comunicaciones con el subsecretario del ministerio del Interior. Y es que la información guardada en el teléfono demostraba que todos los jerarcas vinculados a la entrega exprés del pasaporte al narco uruguayo Sebastián Marset, detenido en Dubái, sabían de quién se trataba.

A pesar de ello, las autoridades uruguayas entregaron el documento en un tiempo récord. Esto no permitió al gobierno de Paraguay, quien estaba tramitando la orden de captura internacional entre otras causas por el asesinato del principal fiscal antimafia paraguayo en Colombia, emitir la orden a tiempo. Y así, el narco, con su flamante pasaporte, pudo abandonar Emiratos Árabes y esfumarse en la clandestinidad.

El enorme impacto del audio es que desmanteló el principal argumento que los jerarcas involucrados venían manejando hace más de un año para justificar la entrega del pasaporte. El 22 de agosto de 2022, mientras eran interpelados por la oposición por la emisión del documento, el entonces canciller afirmó ante el Parlamento que, en noviembre de 2021, cuando se entregó el pasaporte, “nadie sabía quién era Marset”.

Con los audios se hicieron públicas también las comunicaciones en las que el subsecretario del Ministerio Interior le comentaba por WhatsApp a la ex subsecretaria de Cancillería que se trataba de “un narco peligroso y pesado y sería terrible que quedara libre”. Además, en declaración ante fiscalía, la ex vicecanciller afirmó que el principal asesor del presidente le dijo que destruyó el informe con las comunicaciones entre los jerarcas, un documento que era parte de un expediente de cancillería, a pesar de que el primer mandatario lo haya negado ante la prensa.

Cuando estalló el escándalo, el presidente se encontraba de gira por Estados Unidos. El canciller renunció inmediatamente y ni bien el mandatario puso un pie en el país, aceptó la renuncia de los otros tres jerarcas. En la ansiada conferencia de prensa del presidente, que el país llevaba 3 días esperando y que duró 16 minutos, incluidas las respuestas a las únicas 4 preguntas que se permitió realizar a la prensa, Lacalle Pou, en lugar de aclarar las dudas, concluyó que el caso estaba en manos de la justicia pero que el pasaporte había sido emitido legalmente.

Tras la desarticulación del argumento de que nadie sabía quién era el narco, la idea de que el pasaporte fue emitido correctamente pasó a ser la principal narrativa para justificar su entrega. Y con el pasar de las horas, uno a uno los líderes de los diferentes partidos de la coalición oficialista, que en un inicio habían mostrado preocupación y, en algún caso, evidente malestar con los audios, fueron abrazando este nuevo argumento que se ha convertido en el escudo del gobierno.

Según el presidente, el gobierno no tenía otra salida que entregar el pasaporte de acuerdo a la normativa activada durante la administración de José Mujica. Sin embargo, si bien esta normativa permitía emitir el documento, el decreto también establecía alternativas. Una de ellas, por ejemplo, es que en lugar de emitir el pasaporte se enviara un documento que permitiera al ciudadano realizar un viaje de regreso a Uruguay. Otra alternativa es que ante casos excepcionales –evidentemente este era uno de ellos– la entrega quede a discrecionalidad de las autoridades.

Por lo tanto, a diferencia de lo que afirma el presidente Lacalle Pou, el gobierno no “tenía” que emitir el pasaporte, “podía” emitirlo, y eso hizo a sabiendas de que se lo estaba entregando a “un narco peligroso y pesado”, según el propio ex subsecretaria del Ministerio del Interior.

Los hechos son dramáticos, pero hay más. La reunión para definir si presentar o no las comunicaciones en la interpelación fue convocada por el propio presidente a través de su asesor. Y la indicación fue que los convocados ingresaran a la Torre Ejecutiva por el garaje del edificio. El encuentro se realizó a metros del despacho del presidente. Y este incluso estuvo presente, aunque no está claro si pasó dos, cinco o diez minutos.

Aún hay muchas cosas que no han sido explicadas en este complicado y delicado asunto. Si no hubo ilegalidad, ¿por qué algunos de los principales jerarcas del gobierno, tres de ellos amigos personales del presidente, se enredaron en tantas contradicciones llegando a destruir información? Como dice el presidente, el tema está en manos de la justicia.

Pero a falta de esclarecimiento y teniendo en cuenta que estamos hablando de un peligroso y poderoso narcotraficante, las dudas sobre si esto es el reflejo de un acto de corrupción o, peor aún, de infiltramiento del narcotráfico en el Estado uruguayo, no parecen injustificadas. Sobre todo, teniendo en cuenta que ya antes del actual gobierno han ido surgiendo casos sospechosos de vínculos entre el narcotráfico y funcionarios del Estado.

A pesar de todo, la gobernabilidad del país, de momento, no está en juego. A un año de las próximas elecciones, los socios de la coalición han decidido cerrar filas detrás del presidente y la oposición ha optado, hasta ahora, por la moderación. La idea de un juicio político al presidente apenas se menciona y todos parecen coincidir en que será la justicia quien dirima.

Este escándalo, si bien es el más grave, no es el primero del gobierno. Para dimensionar el asunto, en lo que va de gestión han renunciado o han sido removidos 15 ministros y 7 por mala gestión, el mayor recambio por cuestionamientos desde el retorno a la democracia. Además, han sido sustituidos subsecretarios y numerosos cargos técnicos, entre ellos toda la cúpula de la policía.

Pero es el caso que se centra en el ex jefe de seguridad del presidente, el caso Astesiano, acusado, entre otras cosas, de gestionar pasaportes uruguayos a ciudadanos rusos con documentos de identidad falsos, y que también se encuentra en la justicia, el que hasta ahora vinculaba al presidente, de una u otra manera, a más escándalos. Entre ellos, el delito de abuso de funciones en la utilización de canales oficiales para averiguar el destino de un viaje de su propia esposa luego de haberse separado.

Esta sucesión de hechos ha llevado al oficialismo a desarrollar otro argumento, el de las malas compañías. Una idea en forma de coraza que busca blindar al presidente de su entorno, culpabilizando únicamente a los involucrados directos en las escuchas y mensajes en los diferentes casos. A esta altura, sin embargo, ya se hace difícil creer que el mandatario está rodeado y parece más bien ser el mismo centro de la cuestión. Pero esto lo decidirá la justicia. Lo que sí está claro es que por más sereno y ordenado, Uruguay no es una isla.

Caminos hacia un hidrógeno verde más competitivo

Considerado uno de los pilares de la transición energética del planeta, el hidrógeno verde encuentra en Brasil un terreno fértil para su desarrollo. Dotado de una matriz eléctrica compuesta mayoritariamente por fuentes renovables, Brasil está naturalmente preparado para convertirse en uno de los principales centros de producción de la nueva fuente de energía y en uno de los principales proveedores mundiales de un mercado ávido de fuentes de energía sostenibles. Pero a pesar de sus ventajas naturales, el país se enfrenta a un buen número de retos que habrá que superar para que esta vocación se haga realidad.

El hidrógeno verde es la máxima estrella, desde el punto de vista de la sostenibilidad, en la acuarela de este codiciado combustible, en la que cada color corresponde a la ruta tecnológica utilizada para producirlo. La expectativa es que los proyectos ya anunciados para la producción de hidrógeno con bajas emisiones de carbono puedan generar inversiones de unos 350.000 millones de dólares hasta 2030. En el mismo período, según cálculos de Thymos Energia, Brasil invertirá cerca de 28.000 millones de dólares.

La demanda también es prometedora. En 2022, se consumirán 95 millones de toneladas de hidrógeno en el mundo, considerando todas sus aplicaciones, con fuerte enfoque en el segmento industrial, principalmente en la industria química y en la producción siderúrgica. La principal fuente de energía utilizada en la producción fue el gas natural, con el 62% del total, seguido del carbón (21%) y el petróleo y la nafta (16%). Sólo el 1% del hidrógeno consumido el año pasado se produjo a partir de combustibles fósiles con CCUS.

Con una matriz eléctrica que utiliza el 89,2% de fuentes renovables, según el Balance Energético Nacional (BEN 2023), Brasil ofrece un escenario favorable para hacer del hidrógeno una alternativa aún más limpia. Este es un contrapunto a la matriz eléctrica mundial, compuesta por sólo el 28,6% de fuentes renovables. Con el auge de la energía eólica y solar en el país, se espera que esta ventaja comparativa respecto a otros países aumente.  

Convertir el potencial en proyectos, sin embargo, requiere superar algunos retos importantes. Los costes que implica la producción de hidrógeno verde son uno de ellos. Según la literatura internacional, para que la fuente de energía sea utilizada a gran escala, tendría que costar 2 dólares por kilo, un objetivo desafiante incluso para países afortunados en fuentes renovables, como Brasil.

Para alcanzar este nivel, sería necesario reducir dos partidas importantes de la hoja de cálculo de costes: los gastos de electricidad, que representan por término medio el 50% de los costes de producción de hidrógeno, y los gastos de utilización del electrolizador, el equipo utilizado para electrolizar el agua, proceso en el que se descompone la molécula de hidrógeno. En el caso de los costes del electrolizador, la reducción necesaria sería del 75%; en el de la electricidad, del 50%.

Una forma podría ser optimizar las horas de uso del hidrolizador. Dado que la energía más barata sólo está disponible durante unas horas al día, suele haber una baja utilización del equipo, lo que aumenta los costes de producción de hidrógeno. Si el electrolizador funciona durante más tiempo, aunque se produzca un aumento de los costes de electricidad, puede producirse un descenso de los costes de producción hasta un nivel ideal de unas 3.000 a 6.000 horas equivalentes de carga completa para una unidad de hidrógeno. Aun así, incluso si se alcanza la media de 2 dólares por kilo en la producción mundial, los costes añadidos de almacenamiento y transporte de hidrógeno supondrían una factura de unos 3,50 dólares por kilo.

Otros retos para el desarrollo del hidrógeno verde en el país, como en el resto del mundo, son la falta de infraestructuras dedicadas, las pérdidas de energía y la ausencia de una estructura de mercado. Actualmente, el hidrógeno se produce cerca de los puntos de consumo, ya que la red de transporte es aún bastante pequeña. Hay unos 5.000 kilómetros de tuberías de hidrógeno en el planeta, una red mucho más pequeña que los 3 millones de kilómetros de tuberías utilizadas para transportar gas natural.

También hay importantes pérdidas de energía a lo largo de la cadena de valor del hidrógeno verde. En la electrólisis, las pérdidas oscilan entre el 30% y el 35%, y en la conversión del hidrógeno verde en amoníaco, entre el 13% y el 25%. Además, se necesita entre un 10% y un 12% de energía adicional para transportar el hidrógeno.

Para que un mercado tan importante y prometedor se consolide, es esencial invertir en estructura, investigación y estudios para optimizarlo y hacerlo más competitivo, así como un estudio más profundo de los consumidores potenciales y las formas en que la energía puede llegar a ellos. Otro reto es incluir el uso final total de la energía en las estadísticas oficiales para que la tarificación sea realista. Aún quedan muchos pasos por dar para que las inversiones se materialicen, y es necesario planteárselos cuanto antes para que Brasil se convierta en uno de los protagonistas de esta industria.

Elecciones argentinas: cancha inclinada y limitaciones a la auditoría ciudadana

El pasado 22 de octubre se celebraron las elecciones generales de Argentina. El ambiente general fue de tranquilidad y civilidad, sin incidentes importantes que lamentar. Los primeros resultados se anunciaron antes de la hora prevista (22:30 h), dado que ya se evidenciaba una tendencia clara. Desde 2019, cuando se automatizó la transmisión de los telegramas desde los centros de votación, la carga es ágil y bastante homogénea. 

La mayoría de los análisis fueron sobre la derrota (¿y desaparición?) de Juntos por el Cambio, el impresionante performance del candidato oficialista (sumando 3 millones de votos), y, sobre todo, sobre la posibilidad de que Javier Milei llegue a la presidencia.

Sin embargo, nos gustaría ofrecer otra perspectiva: la de la integridad de las elecciones y la capacidad por parte de la ciudadanía de auditarlas. Si bien índices internacionales, como por ejemplo el de la Unidad de Inteligencia de The Economist, clasifica a la Argentina como una democracia imperfecta, y a sus elecciones nacionales las valora positivamente, existe todo un abanico de malas prácticas que se dan constantemente y que se han naturalizado.

Estas son especialmente determinantes en las elecciones subnacionales, en las que podemos encontrar reelecciones indefinidas, ley de lemas, acoples, uso de los recursos del Estado a favor del oficialismo, entrega de mercadería o acarreo de votantes. Cada una de estas herramientas forman parte del toolbox de las elecciones amañadas y han servido para que los oficialismos se perpetúen en el poder, ya sea a través del mismo partido o de los mismos gobernantes (Formosa) o sus familiares (Santiago del Estero, San Luis, Santa Cruz).

A nivel de las elecciones nacionales, el marco legal no prevé lemas o reelecciones indefinidas, aunque sí existen limitaciones legales que afectan a la capacidad de la ciudadanía de auditar el proceso.

Por ejemplo, en Argentina no existe la figura de observación electoral (nacional o internacional). Sí está prevista una mucho más limitada, el acompañamiento cívico, pero no tiene rango de ley, de manera que no hay garantías para que se cumpla. Por ejemplo, Transparencia Electoral intentó acreditar en las PASO y las generales una misión de acompañamiento cívico. En la primera ocasión, la solicitud fue denegada por la Cámara Nacional Electoral. En la segunda, ni siquiera fue respondida.

En cuanto a las condiciones de competencia electoral, se evidenció un escenario de cancha inclinada, con el oficialismo haciendo uso indiscriminado de los recursos del Estado a favor de su candidato, Sergio Massa, que, aunque es ministro de Economía, ha monopolizado la presencia mediática gubernamental haciendo anuncios no solo económicos sino de infraestructura, deportivos, turísticos, fungiendo como un ministro plenipotenciario. 

En este apartado también entran temas como la cobertura sesgada de la Televisión Pública durante la campaña electoral, en la que los segmentos dedicados a las fuerzas opositoras Juntos por el Cambio (JxC) y La Libertad Avanza (LLA) fueron mayoritariamente negativos; el reparto discrecional de bonos para la administración pública nacional y los privados, bonos para empleados públicos de algunas provincias (i.e.: Santiago del Estero), el reparto de dádivas y electrodomésticos a nivel local, y, más recientemente, el uso de instituciones y espacios públicos administrados por el Estado Nacional para hacer actividad proselitista, como es el caso de la campaña sobre subsidios del pasaje del tren.

Al no apartarse de su condición de ministro de Economía, el candidato de la coalición oficialista (Unión por la Patria -UxP-), Sergio Massa, hizo uso de sus atribuciones y de las de otros ministerios para llevar a cabo actos oficiales que califican como actos de campaña. Destaca el anuncio del Mundial 2030 en Argentina, en el que acompañó al presidente de la federación argentina de fútbol (AFA) y al ministro de Turismo; la quita de planes sociales a quienes hayan participado de los saqueos de fines de agosto, y el anuncio de obras públicas, como el de la planta de pretratamiento del Sistema Riachuelo.

Debido a estas cuestiones, junto con las debilidades propias de la boleta partidaria, las dádivas, el acarreo de votantes, la falta de medidas para garantizar la participación de los/as argentinos/as residentes en el exterior, podemos concluir de que se trató de un proceso electoral con un gran margen de mejora.

Urge que los partidos políticos y la sociedad civil organizada trabajen para consensuar reformas al Código Nacional Electoral que fortalezcan la calidad de las elecciones y mejoren la integridad y competitividad.   

Jesús Delgado Valery. Director Ejecutivo de Transparencia Electoral. 

El gran consenso

De entre las muchas definiciones de carácter lapidario que conozco del término política, la que establece que es “la gestión del conflicto” es mi favorita. Cuatro palabras que resumen el sentir de una actividad humana por excelencia cuyo análisis da pie a un elevado número de volúmenes y cuyo estudio configura carreras universitarias de duración diferente. El conflicto como un escenario en el que el miedo desempeña un papel trascendental y la gestión como un conjunto de artes en el complejo proceso de toma de decisiones en el seno de una colectividad.

Sin embargo, hay una versión más benévola y cargada de notables dosis de optimismo que pone el acento en el establecimiento de marcos de entendimiento y de negociación. En ella lo que predomina es la búsqueda de consensos en el comportamiento de los individuos bien sea por la existencia de un clima de confianza mutua o por el establecimiento de reglas que propicien un determinado nivel de convivencia. El capital social e instituciones marcadas por un reconocimiento ampliamente extendido constituyen los resortes en que se basa su desarrollo.

En cierta manera estos dos factores pueden también encontrarse en el primer escenario con independencia de la ausencia de una visión “buenista” del problema. Pero frente al subrayado de lo conflictivo, lo consensual gozaría de una mayor dosis de fervor. Así, gobernar mediante el consenso estaría siempre más valorado que el gobierno del conflicto, pues este, además, supondría una caída en la polarización siempre repudiada.

En las últimas fechas, la ausencia del consenso ha sido el mantra más repetido a la hora de enjuiciar el documento entregado al presidente Gabriel Boric por el Consejo Constitucional encargado de la elaboración del proyecto de Constitución que será sometido a plebiscito el próximo 17 de diciembre. Ricardo Lagos, en declaraciones al diario El País del 4 de noviembre, advertía al respecto que “(se) nos entrega un texto partisano, sin ninguna posibilidad de representar a la Nación como un todo”. La política del consenso que tenía una loable reivindicación para marcar un futuro promisorio en torno a una pretendida comunidad homogénea y puesta de acuerdo en lineamientos básicos de su quehacer inmediato se veía defraudada.

Después de una tarea que se ha extendido de modo prácticamente ininterrumpido durante cuatro años, la vía constituyente chilena va camino de una conclusión estéril. El probable voto negativo echará por tierra miles de horas dedicadas al mismo por parte de activistas, clase política, analistas –de opinión y de la academia– y una ciudadanía participante en consultas y en procesos electorales. Gente comprometida con lo que individualmente estiman que es lo mejor para el país, bienintencionada (o no) y dotada de un mayor o menor conocimiento. El triunfo del voto afirmativo no mejoraría las cosas. En fin, un esfuerzo en pro de un consenso vano enterrado por, dicen algunos, la irracionalidad del conflicto siempre presente.

Las razones y la casuística de lo acontecido han sido, están, y lo seguirán siendo, objeto de documentados análisis, pero de momento parecieran desprenderse tres grandes cuestiones que ameritan considerarse por las implicaciones que pudieran tener para confrontar situaciones similares en los países del vecindario. Algo relevante si además no se deja de tener en cuenta la circunstancia de que el nivel de la democracia de Chile sitúa al país entre los tres más destacados de América Latina de acuerdo con cualquiera de los índices al uso. El carácter sistémico de estos asuntos anima a su consideración de manera integrada.

Las reformas a la totalidad que pretenden implementar, como es en este caso, un nuevo orden constitucional, chocan diametralmente con aquellas que se pueden llevar a cabo de manera paulatina. El gradualismo es un procedimiento “de dos pasos adelante y uno atrás” que al adecuar las decisiones tanto en el tiempo como en los temas permite avances substantivos a largo plazo. Por el contrario, el maximalismo basado en “el todo o nada” supuestamente permite en su límite “asaltar el cielo”, pero con frecuencia conlleva atropello y vaciamiento del proceso que concluye siendo el de una parte de la sociedad. La confusión generada por el reclamo urgente hace dos décadas de la afamada “construcción de hegemonía” sigue cobrándose sus dividendos.

En segundo lugar, el siglo XXI viene asentado sobre una modernidad líquida, en los términos de Zygmunt Bauman. Una situación que se fue potenciando por la revolución digital en clave de un individualismo muy agudo y la proliferación de identidades múltiples, cambiantes y superponibles que hacen muy difícil la articulación de proyectos colectivos unidimensionales. Si siempre la nación fue una construcción artificiosa, sin duda bastante exitosa hasta cierto momento, hoy resulta una quimera. De esta forma, pretender expresar la presumida voluntad de la nación como un todo en un único proceso, aunque este vea sus pasos articulados por mecanismos que en otros momentos funcionaron, significa ignorar los cambios exponenciales registrados en la sociedad en los últimos años.

Por último, como viene señalando Mariano Torcal en sus más recientes trabajos, la polarización afectiva se enseñorea hoy del panorama político de forma generalizada siendo el epítome que asola por excelencia a las democracias actuales. Entendida como la tendencia a ver negativamente a los partidarios opuestos y positivamente a los copartidarios, supone la entrada en la política de las emociones en un mundo extremadamente fragmentado y singularizado. La polarización afectiva expandida por doquier conlleva que la pretensión de establecer el gran consenso refundador de un nuevo orden político encuentra una traba cuya confrontación requiere, en la línea del apartado anterior, plantear nuevos mecanismos de acción. Me temo que los procesos constituyentes como los conocimos hasta hace poco son asuntos definitivamente del pasado y estimo que el momento actual demanda conceptos novedosos y estrategias innovadoras donde el señuelo del consenso encuentre su reemplazo. Mientras tanto no queda más remedio que lidiar con el conflicto gestado en tantas direcciones como hay individuos supuestamente empoderados por su celular.

El nuevo menú de la manipulación electoral

En la última semana de octubre de 2023 el régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo en Nicaragua se apoderó del Poder Judicial por la vía policial. Se desalojó a su presidenta Alba Ramos y a la magistrada Yadira Centeno, y se apresó a otros funcionarios. Esta acción fue una más para apoderarse de instituciones clave del Estado, como sucedió con el Tribunal Electoral, el ministerio de Relaciones Exteriores, la Policía y el Ministerio Público. Pero el fin de la separación de poderes y la concentración en una sola persona inició cuando en 2011 Ortega volvió a reelegirse violando la Constitución e inaugurando una nueva era autoritaria en ese país. 

A diferencia de lo que sucedió en el siglo XX, cuando las débiles democracias latinoamericanas sucumbieron ante golpes de estado de coaliciones de gobierno formados por militares y sectores reaccionarios, muchas veces apoyados por agentes externos, en el siglo XXI las democracias latinoamericanas se erosionan desde dentro. Dicha erosión es impulsada por una ciudadanía insatisfecha y por liderazgos políticos con baja lealtad democrática, pero no deriva de una confrontación ideológica, ni de la intervención de los militares como actores centrales, y no existe una clara la influencia de agentes externos. En Latinoamérica impera la máxima de “sin elecciones no hay democracia”, empero, parecen ser insuficientes, pues, según los datos del Latinobarómetro para el 2023, el apoyo a la democracia ha caído a niveles menores al 50%, un porcentaje nunca antes registrado, con mayor incidencia en 12 países como Costa Rica, México, Chile y Uruguay. Consecuentemente, la indiferencia a tener un gobierno democrático o no, ha aumentado, y en casos como México, Guatemala y República Dominicana preocupa que el apoyo al autoritarismo haya crecido significativamente.

Para evitar la continua erosión de la democracia es importante ubicar los procesos políticos que la preceden. En 2002 Andreas Schedler identificó el “menú de la manipulación electoral” en los regímenes autoritarios que usaban las elecciones para legitimarse. Las estrategias eran: a) limitar los cargos a elegir y sustraer de las elecciones los cargos neurálgicos; b) la exclusión de las elecciones de candidatos opositores potencialmente peligrosos para el régimen; c) limitar las opciones para la ciudadanía, d) la privación informal del derecho al voto; d) la coacción del voto; e) el uso abierto del fraude electoral y/o la introducción de mecanismos que sesgaran los resultados a través del desempeño de las autoridades electorales y f) la tutela de los representantes electos, es decir, reducir su poder al papel. Schedler observaba los casos en el contexto de tercera ola de la democratización. Allí los gobernantes autócratas conservaban una buena parte del control de las instituciones del Estado, y en muchos casos estas estrategias fueron superadas por las prácticas democráticas. Pocos años después, en 2010, nuevamente Schedler identificó que había regímenes autoritarios que “aceptaban” las instituciones liberal-representativas al grado que parecían democracias liberales pero que se especializaban en su manipulación: restringían y neutralizaban sus acciones, controlaban los procesos de designación, promovían su fragmentación y la descoordinación entre instituciones de control y limitaban sus redes de apoyo, así como sus recursos.

En el siglo XXI, los casos de El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Venezuela, y en menor medida, mas no por ello menos preocupante, Bolivia y México, han abierto un nuevo menú de la manipulación electoral e institucional. Todo comienza con una marcada obsesión del presidente en turno por mantenerse en el poder, y dadas las restricciones -limitada a solo dos periodos o prohibida, según sea el caso- se ponen en marcha maniobras para modificar ilegítimamente las normas, donde se requiere la colusión de diversos actores individuales y colectivos, como el poder judicial, las autoridades electorales, y los partidos políticos mayoritarios en los congresos, y para lograrlo se degradan los poderes de control y la integridad electoral. 

Estas estrategias se presentan de manera diferente en cada caso pero se caracterizan por: a) el debilitamiento del poder judicial y de los órganos electorales, iniciando por la descalificación pública y el hostigamiento hacia sus miembros apoyados por medios pro-gubernamentales, las presiones se materializan con juicios de responsabilidad orillándolos a renunciar o destituyéndolos de manera ilegal; b) el uso ilegítimo de mayorías legislativas cuando las hay, o la presión abierta a los legisladores bajo congresos divididos, para distorsionar y/o modificar las leyes que regulan las elecciones y el funcionamiento de las instituciones de control alejándolas del espíritu que les dio origen; c) la cooptación y la captura del poder judicial y los órganos electorales, a través de modificaciones normativas alterando su funcionamiento, la afectación de sus presupuestos para reducir sus posibilidades de actuación, el aumento del número de miembros de las salas superiores, y finalmente el nombramiento de personas incondicionales con el fin de anular las decisiones que sean contrarias a los intereses del gobierno; todo sumado permite, d) la neutralización de las oposiciones, pues una vez que se logran los objetivos de eliminar los controles, se usan abiertamente para afectar a las candidaturas de la oposición en todos los niveles, para que en los resultados favorezcan por default al partido en el gobierno. En fases más intensas y avanzada, si las instituciones de control resisten los embates, se promueven profundas reformas legales para debilitarlos o desaparecerlos y sustituirlos por otros órganos con personas afines al régimen como sucedió en Venezuela y como sucede en Nicaragua. 

La novedad de ese este menú es que opera en países que se habían más o menos democratizado o que estaban en vías de hacerlo como El Salvador o Nicaragua, o que eran democracias más o menos funcionales, como el caso de Venezuela, donde las elecciones funcionaban de manera aceptable o cumplían con los estándares mínimos, existen o existían oposiciones fuertes y estructuradas dentro un sistema de partidos como en Guatemala, Bolivia y México. Las estrategias del menú son impulsadas por gobernantes emanados de elecciones libres y que ascendieron al poder con promesas de mejorar los déficits de la democracia, pero ya en el cargo se transformaron en autoritarios, y no se limitan a manipular las instituciones y las elecciones guardando las formas, sino que abiertamente usan estas vías para posicionar su influencia después de terminado su periodo como sucedió con Evo Morales o López Obrador, mantenerse en el poder como Nicolás Maduro, Daniel Ortega y Nayib Bukele, o mantener sus privilegios como sucede con el sistema del “Pacto de corrupción” en Guatemala. Los menús aparecen y se amplían debido a la persistente debilidad estatal, economías con resultados precarios, y mientras no se solventen, pareciera que la región está condenada a los vaivenes entre autoritarismo y democracia.

¿Por qué los peruanos quieren irse del país?

Las cifras oficiales disponibles indican que en lo que va de 2023 la cifra de peruanos que salen del país y no retornan se ha multiplicado por cuatro respecto de los años precedentes. Las notas periodísticas empiezan a hablar de una “diáspora peruana”.

En rigor, el fenómeno no es nuevo, aunque parece haberse potenciado recientemente. Las encuestas aplicadas por la encuestadora IPSOS revelan que en Lima solo en 2010, 2011, 2013 y 2014 la negativa a emigrar superó a la afirmativa. A lo largo del periodo de treinta años para el cual hay información proveniente de encuestas, en diez de ellas el estuvo por encima de 60% y en cinco de ellas –1992, 2002, 2004, 2005 y 2007– llegó o superó el nivel de 70%. En la última encuesta aplicada en la capital, en agosto de 2022, más de la mitad de quienes respondieron (55%) dijeron querer irse del país… si pudieran, y tres de cada diez (29%) afirmaron que tenían planes para dejar el Perú.

Un país que expulsa a su gente

En un libro reciente he explorado, a través de testimonios de emigrantes peruanos de diferentes momentos a lo largo de los últimos cuarenta años, los motivos para dejar el país. Las respuestas reunidas en este volumen son las obtenidas en tres momentos: 1981, 1998 y 2021-2022.

Ciertamente, los motivos son diversos. En unos casos, el peruano sale por motivos económicos, en busca de un empleo que le permita sostener a su familia. Es ese el caso de los migrantes provenientes de estratos medios bajos que se han instalado en Argentina y Chile, principalmente, y en menor medida en España y Estados Unidos. Aunque no hay base estadística para sostenerlo, puede imaginarse que la mayoría de los millones de emigrantes peruanos –cuyo número exacto no se conoce debido a deficiencias de los datos disponibles– se halla en esta categoría. Son gentes que huyen de la condición de pobreza que el entorno les impone.

Pero en otros casos, que son los provenientes de clases medias y que el libro recoge, las razones para abandonar el país se hallan principalmente en las dificultades y trabas que muchos peruanos encuentran para desarrollar la tarea que se han propuesto. 

Las respuestas dadas en 1981 y en 1998 muestran dos líneas de desarrollo, ambas incluidas usualmente en los testimonios. La primera busca compartir las circunstancias específicas que los llevaron a dejar el país: una beca, un conflicto familiar o laboral, la caída en el desempleo, etc. La segunda explora, más bien, las características del país y sus habitantes –percibidas en el momento de tomar la opción o apreciadas, luego, con las ventajas que da la distancia– que pesaron al tomar la decisión o la reforzaron posteriormente hasta el punto de optar por no retornar.

Sean escritores, artistas o investigadores, los declarantes dan cuenta de diversos intentos realizados con el propósito de hacer en el Perú un trabajo para el cual se les negó espacio y recursos. Se concluye en que el país no deja desarrollar a quienes son creadores o innovadores en cualquier terreno. El escritor Manuel Scorza –autor de Redoble por Rancas, entre otras importantes novelas– escribió: “El hombre que se rebela contra una sociedad, en especial contra la peruana, si sobrevive, se enfrenta a una disyuntiva: someterse o alejarse”.

Al ir a otro país, a menudo sin el propósito de permanecer en él, los emigrantes descubrieron que se les ofrecía lo que en su tierra de origen se les negó. Este tipo de razones aparecen más nítidamente en los testimonios de 2021-2022. La búsqueda de un mejor lugar para desarrollar las propias capacidades atraviesa muchas de estas respuestas. Pero también hay razones en negativo: sentirse sin lugar en su propio país. Hay un par de historias que impresionan mucho, son las de quienes salieron del país para estudiar, para capacitarse y volver a aportar al Perú. Y encontraron las puertas cerradas, incluso se les descalificó por haberse ido a estudiar fuera.

Salida en tromba

En una reciente encuesta de IPSOS se preguntó al entrevistado qué sentimientos le genera el Perú. La respuesta “esperanza” fue escogida por el 29%. En el Perú de hoy hay una desesperanza muy grande y, frente a eso, una respuesta posible es tratar de irse en busca de una vida mejor. Acaso este factor explique el actual nivel de aquellos que salen para no volver. La cuantía es tal que la autoridad de migraciones no se da abasto para expedir pasaportes, cuya obtención supone meses de espera.

La desesperanza ha ido incrementándose durante décadas y en los últimos años ha dado un salto, al compás de las sucesivas crisis políticas que dibujan un escenario de incertidumbre. El gobierno de Pedro Castillo, instalado en julio de 2021, estuvo lastrado por la ineficacia y la corrupción en su gestión; desembocó en una intentona de golpe de estado que lo llevó a prisión a fines del año siguiente. Lo ha sucedido quien fuera vicepresidenta, Dina Boluarte, e inauguró su periodo con medio centenar de muertos, como producto de una severa represión de las protestas con las que en el sur del país se contestó a la instalación de su gobierno. Actualmente no es seguro que Boluarte, con apoyos precarios en el Congreso, pueda permanecer en el cargo hasta julio de 2026.

Otro factor de peso es que, como resultado de la pandemia y las medidas adoptadas frente a ella, la pobreza se ha incrementado en el país. Este año, un informe del Banco Mundial ha indicado que siete de cada diez peruanos son pobres o son vulnerables en riesgo de caer en pobreza. El informe detalla que “la tasa de pobreza nacional se incrementó a 30.1 por ciento, un nivel que no se había visto desde 2010, y la pobreza extrema alcanzó 5.1 por ciento en 2020, comparable con la tasa de 2013”. El país, pues, ha retrocedido y su economía no es capaz de sostener a quienes viven en él.

Cuando las encuestas preguntan, como lo hacen periódicamente, cuál es el principal problema del país, la inseguridad aparece crecientemente como una preocupación central del ciudadano. En octubre IPSOS interrogó a los encuestados por el problema del país que más les afecta. El 23% de las respuestas fueron para la delincuencia, por encima del costo de vida, la corrupción y el desempleo, que no son problemas menores en la situación peruana. Las noticias sobre asaltos, secuestros, robos al paso y extorsiones llenan minutos de la TV y páginas de los diarios. En particular, la extorsión se ha acrecentado, asfixiando a pequeños comercios e incluso a los taxistas. El Congreso ha querido hacerse eco de quienes reclaman medidas contra la delincuencia, censurando al ministro del Interior a mediados de noviembre. 

Como si la incertidumbre política, las penurias económicas y la inseguridad ciudadana no fueran suficientes, el fenómeno climático de El Niño empieza a golpear a Perú con extrema dureza. Entre fines de este año y mediados de 2024, las lluvias en unas partes del territorio y la sequía en otras afectarán al país de un modo que repercutirá gravemente en la producción de alimentos. Un informe técnico sostiene: “El Niño desencadenaría una serie de problemas para el sector agrícola. El calentamiento de las aguas puede alterar los patrones de lluvia, lo que daría lugar a sequías o inundaciones. Estos cambios en la precipitación dificultarían el cultivo y, por ende, ocasionarían malas cosechas. Además, El Niño puede propiciar un aumento de plagas y enfermedades, lo cual agravará aún más los problemas en los cultivos”.

Si salir del país fue, desde hace décadas, una opción propia de intelectuales y creadores, hoy está en la mente de cada vez más peruanos, de diversa condición, para quienes emigrar probablemente aparece como una vía de supervivencia.

Entre el hartazgo y la incertidumbre del cambio 

Un nuevo ciclo político comienza en la Argentina a partir del 10 de diciembre próximo ¿Cómo entender en estas horas este verdadero terremoto electoral? El triunfo de Javier Milei podría explicarse por al menos cinco factores principales. El primero está relacionado con el contexto regional, el segundo con la crisis de mediana edad por la que atraviesa la democracia argentina, el tercero con el carácter frecuentemente sorpresivo que ha caracterizado a la política argentina desde 1983, el cuarto con las propuestas presentadas a la sociedad por el candidato triunfante a lo a largo de la campaña electoral y el último con el clima de cambio imperante en la sociedad. 

Con respecto al primer factor, la región ha sido un verdadero campo de prueba para la emergencia de líderes de derecha radical con diferentes niveles de suceso electoral, desde aquellos que llegaron al poder como Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil, Nayib Bukele en El Salvador, hasta candidatos altamente competitivos derrotados en segunda vuelta como Rodolfo Hernández en Colombia o José Antonio Kast en Chile. Al mismo tiempo, este clima regional convive con un contexto de fuerte castigo electoral a los diferentes oficialismos en la región en el período postpandemia, siendo excepciones a la regla Paraguay (sistema de partido hegemónico) y Nicaragua (sistema de partido único con un régimen no democrático). 

En relación al segundo factor, el largo ciclo de 40 años de democracia nos enfrenta a un muy modesto balance en materia de satisfacción de las expectativas sociales. Este ha sido un proceso de escasos logros y muchas frustraciones en relación al incumplimiento de múltiples demandas. No se han cumplido las esperanzas que despertaba aquel lema tan presente en la campaña de Raúl Alfonsín de 1983: “con la democracia se come, se cura y se educa”. 

El tercer factor que explica el ascenso de Milei es la amplia experiencia que tiene el país en cuanto al surgimiento de actores políticos, no detectados por el radar de la política tradicional, que rápidamente lograron convertirse en referentes políticos nacionales. Tales han sido los casos de Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Néstor Kirchner, Mauricio Macri y Alberto Fernández. Las excepciones han sido Fernando De La Rúa y Cristina Fernández. 

Así también el precandidato Milei ha presentado a la sociedad un conjunto de propuestas, muy polémicas. Algunas como la venta de órganos, difícilmente practicables y otras díficiles aunque no imposible en la Argentina como el cierre del Banco Central o la dolarización. Todo esto en un contexto de campaña en la cual el deterioro del debate público y la ausencia de propuestas han sido sus rasgos principales. 

Por último, el clima político en el país ha estado signado -y esto se ha hecho patente durante el último tramo de la campaña electoral- por el conflicto entre dos grandes emociones: por un lado, el cansancio con un largo ciclo político iniciado en el año 2003 -excepción del interregno de Mauricio Macri entre 2015 y 2019- por otro el miedo asociado a un cambio incierto. El hartazgo con lo conocido mató miedo a lo desconocido. 

Finalmente, ¿qué podría suceder en el próximo gobierno de Javier Milei? El riesgo de la “peruanización” de la política argentina resulta verosímil en el contexto de un gobierno del líder de La Libertad Avanza (LLA) que, aun con un triunfo contundente en segunda vuelta, tendrá muy débil inserción parlamentaria y nula presencia territorial por no disponer ni de gobernadores ni de intendentes propios en los municipios de todo el país. Sin embargo, dispondrá del principal recurso en la asignación de los recursos públicos: la lapicera ordena y disciplina. 

¿Qué caminos podría seguir Javier Milei? Se nos ocurren por lo menos tres. El primer camino sería el intento exitoso de cierre del congreso como Alberto Fujimori o uno fallido como el de Pedro Castillo. ¿Cuál es el principal problema de esta alternativa? No parece que las Fuerzas Armadas tengan intención de dar algún respaldo a decisiones de esta dimensión y gravedad, tal como ocurrió en el caso de Fujimori y no tuvo lugar en el caso de Castillo. 

El segundo camino sería intentar una vía de negociación con la “casta política”, en particular con aquella parte que pudiera compartir el impulso reformista de la nueva administración. ¿Cuál sería el principal riesgo? La pérdida de pureza ideológica de LLA. El acuerdo político con el sector “duro” del PRO durante el ballotage daría algún indicio de que el próximo oficialismo iría en esta dirección. Esta incógnita se responderá a partir del 10 diciembre si el PRO otorga finalmente ese soporte necesario, aunque insuficiente, para garantizar gobernabilidad. 

Por último, una vía consistente en una suerte de gimnasia plebiscitaria permanente e incluso combinada con las opciones anteriores. ¿Cuál podría ser la desventaja? El desgaste del recurso y de sus adherentes no tan enfervorizados. Es un escenario complejo, dirá el politólogo.

Transición energética en tiempos de oscuridad climática

Hasta el 12 de diciembre tendrá lugar en Dubái la vigésimo octava Conferencia de las Partes (COP28). Presidida en esta oportunidad por el Sultán Al Jaber, quien ejerce también la presidencia de la petrolera ADNOC, pocos mantienen una visión optimista respecto al devenir de la cumbre. La excepción la brinda el sector petrolero, cuyos lobistas superan con creces a los delegados de varios países.

Dos días antes de su finalización asumirá un nuevo presidente en Argentina, quien, a semejanza de otros líderes de extrema derecha, ha negado el cambio climático. Si nos guiamos por las declaraciones pre-electorales, resulta palpable que ninguno de los dirigentes de La Libertad Avanza muestra interés alguno por lo ambiental. Se escuchan planteos muy bizarros, tal como el cercar mares para conservar a las ballenas. 

Si bien hasta aquí las señales que emanaban del gobierno saliente resultaban cuanto menos ambiguas, por no decir contradictorias en la materia, al menos desde el ejecutivo se reconocía la problemática. Tal contradicción se ejemplifica con la política de inversiones que llevó adelante la petrolera pública (YPF) en los últimos años: mientras que la empresa ha decidido invertir en algunos proyectos renovables, la mayoría de los fondos se destinan a no renovables. Con respecto al devenir, las indefiniciones abundan. Poco se sabe cómo terminará de estructurarse la cartera de energía o qué rol terminará teniendo la transición energética en las políticas públicas. Tampoco se conoce cuál será la actitud respecto a los compromisos internacionales en materia climática y ambiental, aunque, hasta hace poco, J. Milei hablaba de retirarse de la convención de París.  

El sector petrolero ha tenido un rol preponderante en el diseño de la política energético del país, lo tuvo durante el gobierno de M. Macri tanto como bajo el mandato de A. Fernández. Dicha relevancia se mantiene con la llegada de Javier Milei, el denominado “presidente del club del petróleo”, que ha nombrado a Horacio Marín, del grupo Techint, en la presidencia de YPF. Una nueva vuelta en la puerta giratoria que caracteriza al sector energético, otra vez el “cambiar todo para que nada cambie”.

El mundo, mientras tanto, sufre los efectos de una crisis climática cada día más virulenta. Mantener el esquema de “negocios habituales” no resulta factible mismo al tiempo que denota cero responsabilidad social y ambiental por parte de los empresarios. Y ello tiene un costo que va más allá de lo moral. En vísperas de la próxima COP, el director ejecutivo de la Agencia Internacional de Energía (IEA) plantea que el sector petrolero enfrenta un momento de verdad; sus decisiones, si erróneas, pueden resultarles muy onerosas. De continuar así, plantea Fatih Birol, la industria no podrá deslindar su responsabilidad de los problemas que aquejan a la humanidad.

Pero también hay espacio para el optimismo. Al considerar datos de financiamiento climático a nivel global, un concepto que engloba tanto inversiones de mitigación como de adaptación, el último bienio se contabilizaron inversiones por más de 1,26 trillones de dólares – frente a los 364.000 millones que se destinaban en 2011-12. Vale destacar tres aspectos del informe citado. Por una parte, la mayoría de los fondos se invierten en proyectos de transición energética (mitigación), desde nuevas energías limpias hasta vehículos eléctricos. Una porción importante de los fondos, por otra parte, se origina en la banca de desarrollo o fomento. Independientemente del origen, también destaca que la mayor parte de los créditos otorgados van al financiamiento de proyectos locales. Es este último aspecto que aquí destaca: la transición energética se ha convertido en un puntal de la carrera geopolítica, donde los principales jugadores disputan la supremacía tecnológica por las energías del futuro. Al observar los números en detalle, se observa que más del 45% del total invertido ocurre en el sudeste de Asia – Pacífico. Considerando las industrias del futuro verde, China se ha convertido en líder indisputable. Con inversiones por $ 325.000 millones aparece segunda la UE, que tras la invasión de Ucrania por parte de Rusia ha decidido acelerar la transición energética a partir del programa REPowerEU. Con poco menos que un 13% del monto total se encuentra EE.UU., un rezago que sin duda se explica por el negacionismo climático que mantuvo esta nación durante la presidencia de D. Trump. Esto ha cambiado tras la aprobación del paquete de lucha contra la inflación (IRA), un conjunto de medidas por 391.000 millones de dólares mayoritariamente destinado a la lucha ambiental.

Las advertencias que surgen de los principales expertos energéticos como los números aquí descritos deberían llevar a pensar a las nuevas autoridades acerca de las políticas a seguir en materia energética. Independientemente de lo que ambiciona algún líder devenido mesiánico, si no comenzamos con la transición de seguro dejaremos al país en peores condiciones que las actuales. El mercado por sí solo es incapaz de garantizar la transición; se necesita de decisión política, así como políticas públicas. De hacerse realidad las previsiones que realizará IEA, el pico de petróleo llegará antes de que termine esta década. Según nos dice la comunidad científica, el umbral de 1,5 ºC está al doblar de la esquina.

Mientras tanto, el presidente electo persiste en su negacionismo y en encargar al sector petrolero el diseño de la transición. De ser así puede que Argentina quede rezagada, estancada con inversiones en un sector que afronta fuertes riesgos financieros. En 30 o 40 años no solo dichos activos quedarán varados, sino también habremos reforzado una matriz energética del pasado. Profundizar el modelo fósil conlleva también fuertes costos fiscales en el presente; a setiembre del 2023 los subsidios energéticos rondaban los 8.400 millones de dólares, un monto que engloba beneficios a empresas y usuarios y que resulta insostenible. Otra razón para avanzar con la transición. Líderes de todo el mundo, de Occidente a Oriente, parecen convencidos de la seriedad del problema climático; la inserción al mundo del mañana pasa por aceptar el reto y trabajar por la transición. Más que parecernos a tal o cual país, quienes nos gobiernan deberían pensar en cómo la emergencia climática y la transición energética afectan a la inserción global del país de aquí a 30 o 40 años.

Nicaragua y la lucrativa ruta migratoria 

En la última década, el fenómeno migratorio en América Latina ha experimentado transformaciones significativas y el papel que juega Nicaragua en las rutas migratorias hacia los Estados Unidos ha cobrado mayor relevancia. Desde 2016, Nicaragua ha emergido como un eje crucial en el tránsito de migrantes, particularmente para aquellos provenientes de países como Cuba, Haití, Ecuador y, en fechas más recientes, Venezuela. Esta relevancia ha sido motivada por diversos factores, entre ellos el aumento del peligro en rutas tradicionales como el Darién y la implementación de políticas migratorias específicas por parte del gobierno nicaragüense.

Nicaragua como ruta de tránsito

Multiplicidad de rutas y el costo de la esperanza

La elección de la ruta migratoria hacia y a través de Nicaragua no es uniforme. Mientras algunos migrantes optan por llegar a las costas nicaragüenses desde la Isla de San Andrés, Colombia, otros prefieren la ruta terrestre desde Los Chiles, Costa Rica. Ambas rutas conllevan diferencias significativas en términos de costos y riesgos, pero comparten una constante: ninguna es económicamente accesible para la mayoría de los migrantes.

La ilusión de la ruta económica

La ruta que podría considerarse más económica no debe confundirse con una opción realmente asequible. Aun en su forma más barata, el viaje representa una carga financiera considerable para los migrantes, quienes a menudo ya se encuentran en situaciones de vulnerabilidad económica. Este alto costo es aún más alarmante cuando se considera que, independientemente de la ruta elegida, una porción de este dinero parece fluir hacia las autoridades o estructuras no oficiales en Nicaragua.

Evitando el Darién: un cambio en la ruta

Históricamente, el tapón del Darién, una selva densa y peligrosa que conecta Colombia con Panamá, ha sido una ruta transitada por migrantes. Sin embargo, su creciente peligrosidad ha llevado a muchos a buscar alternativas. Un viaje más directo hacia Nicaragua surge como una de estas, presentándose como un paso relativamente más seguro y directo hacia el norte. La ruta que comienza en la Isla de San Andrés, Colombia, y se extiende hasta Corn Island y Bluefields, en Nicaragua, antes de proseguir por tierra hacia Honduras, se ha consolidado como una vía preferida para aquellos que pueden costear los altos costos.

Restricciones migratorias y visas: una política de cuotas

El gobierno de Nicaragua ha impuesto restricciones de entrada a ciudadanos de ciertos países, incluyendo Cuba, Haití, República Dominicana, Ecuador, Colombia y Venezuela. Para sortear estas restricciones, los migrantes deben pagar una cuota de aproximadamente 150 dólares estadounidenses por un salvoconducto. Esta política ha tenido un doble efecto: por un lado, genera ingresos significativos para ciertas entidades públicas y funcionarios nicaragüenses; por otro lado, establece un sistema que permite el tránsito de migrantes sin generar costos políticos significativos para el país.

El auge de los vuelos y la conectividad aérea

El incremento en la importancia de la conexión aérea es otro factor crucial. Vuelos regulares y charters desde La Habana, Puerto Príncipe y Guyana, entre otros, hacia Managua se han convertido en una opción popular para migrantes con mayores recursos económicos, sobre todo entre quienes cuentan con el apoyo de familiares en los Estados Unidos. Esto ha reducido el flujo de cubanos y haitianos que cruzan el Darién, reorientando su ruta hacia Nicaragua vía aérea.

Impactos y consecuencias

Ingresos y transparencia fiscal

La cuota de 150 dólares por migrante representa una fuente de ingresos significativa. Sin embargo, la falta de transparencia sobre el destino de estos fondos plantea interrogantes sobre la gestión y la ética de este sistema. No está claro si estos fondos están beneficiando a las arcas del Estado o a intereses particulares.

Costo político y percepción interna

Desde una perspectiva diplomática, la política migratoria de Nicaragua en este contexto parece tener un costo mínimo. Dada la situación de aislamiento del país y la prevalencia de temas más urgentes, como las violaciones a los derechos humanos, la migración no ocupa un lugar central en el debate público nacional.

El costo humano del tránsito migratorio

El alto costo de los boletos de avión, que asciende a unos 2.400 dólares para un viaje de La Habana a Managua, pone de manifiesto la carga económica que enfrentan los migrantes. Esta situación se ve agravada por la paradoja de que muchos de estos vuelos hacen escala en Cancún, México, un país al que no pueden ingresar legalmente, antes de continuar hacia Nicaragua.

Conclusión

El papel de Nicaragua en las rutas migratorias de la región refleja una adaptación a las dinámicas cambiantes de la migración. Mientras las rutas tradicionales se vuelven más peligrosas y los países ajustan sus políticas migratorias, los migrantes buscan nuevas vías, a menudo más costosas y complejas. Nicaragua, en este contexto, emerge como un actor clave, cuyas políticas y prácticas merecen un análisis detallado, no solo por su impacto en los flujos migratorios sino también por las implicaciones éticas y económicas que conllevan. El entendimiento profundo de estas dinámicas es esencial para abordar los retos y oportunidades que presenta la migración en el siglo XXI.

Cuba y la crónica de una suspensión anunciada

Cuba suspendió su Examen Periódico Universal en la sede del Consejo de Derechos Humanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en Ginebra, Suiza, el pasado 15 de noviembre. Una buena parte de las recomendaciones formuladas al Estado cubano se centraron en la compleja situación de los derechos humanos, la cual no solo afecta a los civiles y políticos, sino a esos que durante muchos años sirvieron de bastión discursivo al gobierno de La Habana. 

Una situación que, si los mecanismos de elección de los Estados que integran dicho consejo fuesen otros, no hubiese permitido la reelección del Estado cubano hasta 2026 como miembro de ese órgano. La mayor parte de las recomendaciones más críticas se formularon por Estados democráticos de América Latina y Europa, lo cual es muy positivo. Se trata de países con los cuales las autoridades cubanas no tienen capacidades de negociación tan amplias como las que posee con Estados autocráticos como Corea del Norte o Irán. Estas y otras autocracias, junto con algunas democracias con gobiernos de izquierda y aliadas de Cuba, se limitaron a formular recomendaciones positivas. En total, más de 144 países se pronunciaron respecto a la situación de los derechos humanos en el contexto cubano.

Algunos de los temas más abordados en tales recomendaciones se vinculan con la represión a activistas y defensores de derechos humanos, los periodistas independientes y los opositores políticos, en particular mediante el uso de delitos tipificados en el Código Penal de 2022. También se formularon otros señalamientos sobre la necesidad de ratificar varios tratados sobre derechos humanos, en particular los pactos internacionales sobre derechos civiles y políticos y económicos, sociales y culturales; garantizar la independencia judicial; liberar a las personas presas por motivos políticos, entre otras.

Por ejemplo, Suecia manifestó su preocupación por las detenciones y las penas de prisión excesivamente largas contra personas que participaron en las manifestaciones de julio de 2021 y las restricciones a las libertades de expresión y de reunión pacífica. Además, solicitó a las autoridades cubanas permitir a observadores independientes tener libre acceso a juicios y prisiones. 

Países Bajos llamó a finalizar el acoso, la represión, los arrestos arbitrarios y las detenciones de la sociedad civil y cesar la práctica de detener arbitrariamente a periodistas, miembros de la oposición, defensores de derechos humanos, actores religiosos y otras personas que pretenden ejercer sus derechos humanos y libertades fundamentales. Asimismo, solicitó la liberación de las casi 1.000 personas detenidas de forma injusta o arbitraria; adoptar un marco legal que garantice la independencia de los órganos judiciales, y finalizar con el sistema de partido único para permitir elecciones libres y justas.

Otros Estados democráticos como Francia, Eslovaquia, Eslovenia, Suecia, Suiza, Ucrania, Reino Unido, Australia, Bélgica, República Checa, Rumanía, Italia, Irlanda, Polonia, Finlandia y Alemania pidieron el cese de la represión contra periodistas, artistas y activistas independientes. Noruega recomendó a las autoridades cubanas abstenerse de utilizar el nuevo Código Penal para criminalizar a los actores de la sociedad civil y las voces individuales críticas con las autoridades. Pronunciamientos similares a este formularon España, Reino Unido, Australia y Canadá.

Es válido destacar que Italia solicitó garantizar la libertad de opinión y expresión y el derecho de reunión pacífica, así como salvaguardar la actividad libre e independiente de los defensores de derechos humanos y periodistas. No obstante, saludó la promulgación del texto constitucional de 2019, en el cual se consagra al Partido Comunista de Cuba (PCC) como el único con estatus legal en su artículo 5. Más directa fue la delegación lituana, quien se mostró alarmada por la ampliación de delitos sancionados con la pena de muerte en el Código Penal de 2022 respecto a su antecesor, de 1989. El país báltico pidió garantizar las libertades de reunión, asociación pacífica, opinión y expresión y liberar a todos los presos políticos, incluidos los menores de edad.

En el caso de los países de América Latina, las posiciones más contundentes se asumieron por Perú, que recomendó garantizar que los defensores de los derechos humanos gocen de un entorno seguro y apropiado, y velar por que todo acto de hostigamiento, represión o intimidación que sufran se investigue a profundidad. El Estado peruano también recomendó prohibir de forma explícita la discriminación por motivos de opinión política u origen social en el empleo. En este sentido, Ecuador solicitó prevenir y cesar los actos de hostigamiento, intimidación, amenaza y descalificación contra los defensores de derechos humanos, así como armonizar la legislación sobre medios de comunicación y radiodifusión, Internet y ciberseguridad con las normas internacionales relativas a la libertad de expresión.

Por otra parte, es notable que algunos países latinoamericanos cercanos políticamente a Cuba formularon algunas recomendaciones críticas, aunque de forma menos frontal, haciéndose eco de demandas realizadas por organizaciones de la sociedad civil independientes del gobierno cubano. De tal forma, México recomendó tipificar el feminicidio como delito. Mientras, Brasil solicitó el fortalecimiento de los programas de producción y distribución de alimentos, para garantizar la seguridad alimentaria y nutricional de las personas en Cuba, en especial de mujeres, niños y personas privadas de libertad. De igual forma, abordó el tema de la violencia contra las mujeres e instó al Estado cubano a crear un organismo independiente de derechos humanos. Con esta última recomendación coincidió Panamá.

Como era previsible, Colombia no asumió una postura crítica y solo le solicitó al Estado cubano avanzar en la prevención de los embarazos en adolescentes, y los países africanos le agradecieron sus programas contra el racismo. Sin embargo, es oportuno resaltar que estos pronunciamientos favorables a Cuba se negocian antes de que se realice la presentación de su informe ante el Consejo de Derechos Humanos. De ahí que es fundamental concentrarse en aquellas recomendaciones que, provenientes de Estados democráticos y con los cuales las autoridades cubanas no tienen una capacidad de negociación tan amplia como con sus aliados, dejan en evidencias las violaciones a los derechos humanos en Cuba. Esas recomendaciones son las que más se ajustan a la realidad que vive este país en la materia y se identifican con el trabajo que realizan las organizaciones de la sociedad civil no controladas por la élite del PCC.

Ciertamente, el EPU no es el mecanismo ideal para condenar las violaciones de los derechos humanos en Cuba. El hecho de que los Estados miembros del Consejo de Derechos Humanos sean electos por la Asamblea General de la ONU permite que varios aliados del gobierno de La Habana participen en ese examen. Sin embargo, que muchas democracias le recuerden al Estado cubano las violaciones que comete de los derechos humanos es muy importante porque manda un mensaje claro: los observamos y apoyamos las demandas de la sociedad civil independiente. Esa vigilancia es la que hace a Cuba suspender una y otra vez.