La segunda vuelta se ha convertido en la norma en América Latina, donde la fragmentación política y la polarización ponen a prueba la legitimidad electoral.
La movilización de la sociedad civil en las calles y las redes sociales, demostró que la participación ciudadana puede frenar el avance autoritario y defender la democracia frente a la desafección política.
Con Flávio Bolsonaro fortalecido tras la primera vuelta, Lula afronta una decisiva segunda ronda que pondrá a prueba su capacidad de reinventarse y el futuro de la democracia brasileña.
Las elecciones en Brasil pueden marcar el rumbo de la transición energética latinoamericana con el impulso de un modelo que prioriza el extractivismo y las inversiones sobre la justicia climática.
La segunda vuelta electoral puede inflar artificialmente la legitimidad presidencial sin garantizar mayorías legislativas ni estabilidad democrática, aunque sigue siendo útil en elecciones muy competidas.